En busca de la infancia perdida

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16 abr. 2018

Intimidades del oficio de narrar


Intimidades del oficio de narrar
©José Díaz-Díaz
Director de la Fundación cultural La Caverna








La creación literaria así como el arte en general continúan siendo en su génesis un fenómeno casi inexplicable, a la vez que misterioso. Leyendo textos sobre el particular— que han llegado a mis manos sin orden estricto— algunos me han conmovido a fondo, de tal manera que los he reproducido en el manual para escritores neófitos que acabo de publicar y que he titulado: Todo lo que debe saber un escritor principiante.
Uno de esos párrafos sobre el tema está escrito por  Ernesto Sábato y dice lo siguiente:

 (...) podría decir que (al escribir) sucede lo mismo que cuando uno se enamora. De pronto uno necesita escribir. Uno se enamora y no sabe por qué. (...) Esto nos lleva al problema de las ideas en relación con las ficciones, problema que me ha preocupado durante toda mi vida literaria. Aludí ante a lo que puede llamarse el "pensamiento mágico" del escritor. Hay dos momentos en su trabajo: en el primero -no me refiero a lo temporal sino a lo esencial-, se sume en las profundidades del ser, se entrega a las potencias de la magia y del sueño recorriendo para atrás los territorios que lo retrotraen a la infancia y a las inmemoriales de la especie, allí donde reinan los instintos básicos de la vida y de la muerte, donde el sexo, el incesto y el parricidio mueven sus fantasmas; es donde el artista encuentra los grandes temas de su creación. Luego, a diferencia del sueño, en que angustiosamente se ve obligado a permanecer en esas regiones antiguas y monstruosas, el artista retorna al mundo de la luz, momento en que los materiales son elaborados, con todas las facultades del creador, no ya hombre arcaico, sino hombre de hoy, lector de libros, receptor de ideas, con prejuicios ideológicos, con posición política y social.

En este sentido, un texto literario gracias al talento y la magia del narrador (si la tiene) nos conduciría a lo que se suele llamar el misterio de la comunicación artística. Concluyo que aquí la artesanía y el oficio de escribir toman su pleno sentido, logrando que la magia de la literatura contagie el estado anímico del lector y lo seduzca.
La paciencia y la experiencia son dos consejeras ineludibles para lograr una escritura de impacto. El secreto del narrador está en la voz que se oye en sus libros.
Dice García Márquez:
Un relato es una transposición cifrada de la realidad, una adivinanza del mundo”. Tener la capacidad para reinterpretar el mundo, sería la impronta de una escritura de calidad.
 Los cuentos de Jorge Luis Borges quedan flotando en la mente y el corazón del lector para que los llene de sentido, los nutra con sus vivencias anteriores, con su sensibilidad e imaginación, pero partiendo de un todo (la trama perfecta) y retornando, luego de seguir las reglas del juego, a mantenerlo siempre igual a sí mismo para los lectores de los tiempos futuros que a su vez volverán a participar de la alegría asombrosa de seguir escribiendo (soñando) el libro infinito.

De otra parte el maestro Vladimir Nabokov, autor de la novela Lolita, y quien fuera profesor universitario por muchos años, nos ayuda a comprender el fenómeno de la creación literaria, cuando habla de la Inspiración:
El paso del estadio disociativo al asociativo está marcado por una especie de estremecimiento espiritual que en inglés se denomina a grosso modo inspiration. Un transeúnte silba una tonada en el momento exacto en que observamos el reflejo de una rama en un charco que a su vez, y simultáneamente, nos despierta el recuerdo de una mezcla de hojas verdes y húmedas y una algarabía de pájaros en algún viejo jardín y el viejo amigo, muerto hace tiempo, emerge súbitamente del pasado sonriendo y cerrando su paraguas mojado. La escena sólo dura un radiante segundo, y la sucesión de impresiones e imágenes es tan vertiginosa que no podemos averiguar las leyes exactas que rigen su reconocimiento, formación y fusión —por qué este charco y no otro, por qué este sonido y no otro—, ni la precisión con que se relacionan todas esas partes; es como un rompecabezas que, en un solo instante, se ensambla en nuestro cerebro, sin que el cerebro llegue a darse cuenta de cómo y por qué encajan las piezas; en ese momento, una sensación de magia nos estremece, experimentamos una resurrección interior, como si reviviese un muerto en virtud de una pócima centelleante mezclada a toda velocidad en nuestra presencia. Esta impresión se encuentra en la base de la llamada inspiración, ese estado tan condenable para el sentido común. Pues el sentido común subrayará que la vida en la tierra, desde el percebe al ganso, desde la lombriz más humilde a la mujer más bonita, surgió de un limo carbonoso coloidal activado por fermentos, al tiempo que la tierra se iba enfriando servicialmente. Puede que la sangre sea el mar silúrico en nuestras venas, y estamos dispuestos a aceptar la evolución al menos como fórmula modal. Puede que los ratones del profesor Pavlov y las ratas giratorias del doctor Griffith deleiten a las mentes prácticas; y puede que la ameba artificial de Rhumbler llegue a ser una mascota preciosa. Pero repito, una cosa es tratar de averiguar los vínculos y etapas de la vida, y otra muy distinta tratar de comprender la vida y el fenómeno de la inspiración.

Existe un excepcional texto de David Foster Wallace sobre el particular,  que no puedo dejar de reproducir. Afirma que una obra de ficción es una conversación que permite enfrentarse a la soledad esencial que se da en el mundo. Entre los seres humanos se da una situación de incomunicabilidad de emociones. Dice:
La comunicación entre el creador y el lector es algo extraordinariamente misterioso. La buena literatura provoca una experiencia que permite trascender el aislamiento de orden subjetivo. Es un término sumamente idiomático e idiosincrático, en realidad, la expresión de un sonido. Lo encontré una vez leyendo a Auden o Yeats, no recuerdo exactamente. Es como una epifanía, en el sentido que le daba Joyce al término, una revelación, la sensación de armonía y perfección que se siente en presencia de la obra bien hecha, de la obra de arte que logra su cometido. Es como un clic, el sonido que hace una caja que está perfectamente elaborada al cerrarse. El efecto inefable que provoca el contacto con la obra de arte. La comunicación entre distintas conciencias pensantes que se deriva de la contemplación de la belleza poética. En el acto de la lectura se da un componente que es el intento de establecer comunicación con otra conciencia, una interpenetración. Lo que llamo el clic es la capacidad de reconocer pensamientos y sentimientos que el lector siente como suyos, pero que no es capaz de verbalizar. Yo, como lector, en el momento de la lectura siento que el autor ha dado con las palabras que necesito para dar expresión a mis sentimientos. No les he dado forma yo, pero no por eso son menos mías: gracias al poeta, al escritor, han sido transfiguradas, y expresadas en una frase de gran belleza. En ese momento, el mundo cobra plenitud, solidez, rectitud.

No puedo dejar de agradecer a estos maestros de la gran literatura, sus reflexiones sobre ese hecho tan desconocido, como mágico, que envuelve la creación de un texto de calidad y que nace de las profundidades de la conciencia de los  escritores que tienen el privilegio de serlo.














20 mar. 2018

Dos o tres cosas sobre " la novela de la violencia"



Ensayo de GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

García Márquez en su ensayo sobre 'la novela de la violencia' en Colombia, realiza un concienzudo análisis literario que arroja luz sobre los problemas de esta narrativa. El tema de LA VOLENCIA— tan universal como el del amor o la muerte— no es nada fácil de asumir en la literatura y la poesía, a menos que se tengan fuertes y profundas bases sólidas que permitan transcribir en un lenguaje elaborado la esencia de esta compleja y deplorable conducta.









 Las personas de temperamento político, y tanto más cuanto más a la izquierda se sientan situadas, consideran como un deber doctrinario presionar a los amigos escritores en el sentido de que escriban libros políticos. Algunos, tal vez no más sectarios pero si menos comprensivos, se sienten obligados a descalificar, más en privado que en público, a los escritores amigos cuyos trabajos no parecen políticamente comprometidos de manera evidente. Tal vez ninguna circunstancia de la vida colombiana ha dado más motivo a ese género de presiones, que la violencia política de los últimos años. Una pregunta oyen con frecuencia los escritores: “¿Cuándo escribe algo sobre la violencia?” O también un reproche directo: “No es justo que cuando en Colombia ha habido 300.000 muertes atroces en 10 años, los novelistas sean indiferentes a ese drama.” La literatura, suponen sin matices preguntantes y reprochadores, es un arma poderosa que no debe permanecer neutral en la contienda política.

Conozco a algunos escritores que están de acuerdo en principio con ese punto de vista. Pero en la práctica —para utilizar los mismos términos que suelen movilizarse en las tertulias sobre el tema— acaso no hayan podido resolver su más aguda contradicción: la que existe entre sus experiencias vitales y su formación teórica. Conozco escritores que envidian la facilidad con que algunos amigos se empeñan en resolver literariamente sus preocupaciones políticas, pero sé que no envidian los resultados. Acaso sea más valioso contar honestamente lo que uno se cree capaz de contar por haberlo vivido, que contar con la misma honestidad lo que nuestra posición política nos indica que debe ser contado, aunque tengamos que inventarlo.

He oído decir a algunos escritores y es preciso creerles a los escritores cuando revelan secretos de su profesión, que la invención tiene que ver muy poco con las cosas que escriben. Consideran que ninguna aventura de la imaginación tiene más valor literario que el más insignificante episodio de la vida cotidiana. Y no lo creen por principio, sino porque la práctica diaria, el esfuerzo de varios años, el haberse trasnochado frente a la máquina de escribir y haber roto mucho y publicado poco, y el haber tenido por eso mismo oportunidad de saber que escribir cuesta trabajo, los ha arrastrado —digamos por la fuerza— a ese convencimiento.

El caso de las novelas equivocadas

Cuando se les exige que aprovechen la violencia con todas sus posibilidades literarias, y también con todas sus implicaciones políticas, los escritores que no vivieron la violencia tienen derecho a preguntar por qué no se les hace la misma exigencia en su oficio a los reporteros. Y los reporteros tienen derecho a defenderse con el contragolpe de que no es honesto escribir reportajes inventados. Me atrevo a creer que un escritor consciente tiene derecho a soltar el mismo contragolpe.

Quienes han leído todas las novelas de violencia que se escribieron en Colombia, parecen de acuerdo en que todas son malas, y hay que confiar en que estén secretamente de acuerdo con ellos algunos de sus propios autores. No es asombroso que el material literario y político más desgarrador del presente siglo en Colombia, no haya producido ni un escritor ni un caudillo. Por lo menos en lo que corresponde a la literatura, la cosa parece tener sus explicaciones. En primer término, ninguno de los señores que escribieron novelas de violencia por haberla visto, tenía según parece suficiente experiencia literaria para componer su testimonio con una cierta validez, después de reponerse del atolondramiento que con razón le produjo el impacto. Otros, al parecer, se sintieron más escritores de lo que eran, y sus terribles experiencias sucumbieron en la retórica de la máquina de escribir. Otros, también, al parecer, despilfarraron sus testimonios tratando de acomodarlos a la fuerza dentro de sus fórmulas políticas. Otros, sencillamente, leyeron la violencia en los periódicos, o la oyeron contar, o se la imaginaron leyendo a Malaparte. Había que esperar que los mejores narradores de la violencia fueran sus testigos. Pero el caso parece ser que estos no se dieron cuenta de que estaban en presencia de una gran novela, y no tuvieron la serenidad ni la paciencia, pero ni siquiera la astucia de tomarse el tiempo que necesitaban para aprender a escribirla. No teniendo en Colombia una tradición que continuar, tenían que empezar por el principio, y no se empieza una tradición literaria en 24 horas. Desgraciadamente, hasta este momento, no parece que algún escritor profesional, técnicamente equipado para la vida, haya sido testigo de la violencia.

No todos los caminos conducen a la novela

Probablemente, el mayor desacierto que cometieron, quienes trataron de contar la violencia, fue el de haber agarrado —por inexperiencia o por voracidad— el rábano por las hojas. Apabullados por el material de que disponía, se los tragó la tierra en la descripción de la masacre, sin permitirse una pausa que les habría servido para preguntarse si lo más importante, humana y por tanto literariamente, eran los muertos o los vivos. El exhaustivo inventario de los decapitados, los castrados, las mujeres violadas, los sexos esparcidos y las tripas sacadas, y la descripción minuciosa de la crueldad con que se cometieron esos crímenes, no era probablemente el camino que llevaba a la novela. El drama era el ambiente de terror que provocaron esos crímenes. La novela no estaba en los muertos de tripas sacadas, sino en los vivos que debieron sudar hielo en su escondite, sabiendo que a cada latido del corazón corrían el riesgo de que les sacaran las tripas. Así, quienes vieron la violencia y tuvieron vida para contarla, no se dieron cuenta en la carrera de que la novela no quedaba atrás, en la placita arrasada, sino que la llevaban dentro de ellos mismos.  El resto —los pobrecitos muertos que ya no servían sino para ser enterrados— no eran más que la justificación documental.

El arte de no poner los pelos de punta

Una novela sirve para ilustrar estas parrafadas: La peste, de Albert Camus. Quienes hayan leído las crónicas de las pestes medievales, comprenderán el rigor que debió imponerse Camus para no desbordarse en descripciones alucinantes. Basta recordar los saturnales de los pestíferos en Génova, que cavaban sus propias sepulturas y se entregaban al borde de ellas a toda clase de excesos, hasta cuando sucumbían a la peste y otros pestíferos de última hora los empujaban con un palo a las sepulturas. Hay que recordar las luchas encarnizadas en que los agonizantes se disputaban un hueco en la tierra, para darse cuenta de que Camus tenía suficiente documentación para ponernos los pelos de punta durante dos noches. Pero acaso la misión del escritor en la tierra no sea ponerles los pelos de punta a sus semejantes.

En cada página de La peste se descubre que Camus sabía todo lo que se puede saber sobre las pestes medievales, y que se había informado a fondo de sus características, de la forma y las costumbres de su microbio, y hasta de los tratamientos empleados en todos los tiempos. Casi como al descuido, esos conocimientos están aprovechados a todo lo largo del libro, inclusive con estadísticas y fechas, pero estrictamente calibrados en su función de soporte documental. Otro grande escritor de nuestro tiempo —Ernest Hemingway— explicó su método a un periodista, tratando de contarle cómo escribió El viejo y el mar. Para llegar a ese pescador temerario, el escritor había vivido media vida entre pescadores; para lograr que pescara un pez titánico, había tenido él mismo que pescar muchos peces, y había tenido que aprender mucho, durante muchos años, para escribir el cuento más sencillo de su vida. “La obra literaria —decía Hemingway— es como el ‘iceberg’: la gigantesca mole de hielo que vemos flotar, logra ser invulnerable porque debajo del agua la sostienen los siete octavos de su volumen.”

Algo semejante ocurre en La peste. Apenas estalla el dramatismo cuando salen las ratas a morir en la calle, o en el vómito negro y los ganglios supurados de un portero, mientras la invisible población de Orán está siendo exterminada por la peste, Camus —al contrario de nuestros novelistas de la violencia— no se equivocó de novela. Comprendió que el drama no eran los viejos tranvías que pasaban abarrotados de cadáveres al anochecer, sino los vivos que les lanzaban flores, desde las azoteas, sabiendo que ellos mismos podían tener un puesto reservado en el tranvía de mañana. El drama no eran los que escapaban por la puerta falsa del cementerio —y para quienes la amenaza de la peste había por fin terminado— sino los vivos que sudaban hielo en sus dormitorios sofocantes sin poder escapar de la ciudad sitiada. Sin duda, Camus no vio la peste. Pero debió sudar hielo en las terribles noches de la ocupación, escribiendo editoriales clandestinos en su escondite de París, mientras sonaban en el horizonte los disparos de los nazis cazando resistentes.
La alternativa del escritor, en ese momento, era la misma de los habitantes de Orán en las interminables noches de la peste, y era la misma de los campesinos colombianos en la pesadilla de la violencia.

Hay otro drama detrás del fusil

Como modelo de la terrible novela que aún no se ha escrito en Colombia, tal vez ninguno sea mejor que la apacible novela de Camus. Un breve episodio del género humano en el cual ni siquiera los microbios de la peste son definitivamente malos, ni sus víctimas necesariamente buenas. Quienes vuelvan sobre el tema de la violencia en Colombia, tendrán que reconocer que el drama de ese tiempo no era sólo el del perseguido, sino también el del perseguidor. Que por lo menos una vez, frente al cadáver destrozado del pobre campesino, debió coincidir el pobre policía de a ochenta pesos, sintiendo miedo de matar, pero matando para evitar que lo mataran. Porque no hay drama humano que pueda ser definitivamente unilateral.

Con todo, un valioso servicio nos han prestado los testigos de la violencia, al imprimir sus testimonios en bruto. Hay que confiar en que ellos prestarán buena ayuda a quienes sobrevivieron a la violencia y se están tomando el tiempo para aprender a escribirla, y en todo caso a los numerosos niños que la padecieron como una pesadilla de la infancia y ahora están creciendo en silencio sin olvidarla. La aparición de esa gran novela es inevitable en una segunda vuelta de ganadores. Aunque ciertos amigos impacientes consideren que entonces será demasiado tarde para que sirva de algo el contenido político que tendrá sin remedio, en cualquier tiempo.


Tomado de: “De Europa y América” (1955–1960), Obra periodística 3, Barcelona: Mondadori, 1992, pp 646–650.


16 mar. 2018

Diez cuentos de autores de culto para leer mientras otros duermen


Diez cuentos de autores de culto para leer mientras otros duermen
©José Díaz Díaz

 Leer es muy bueno, y leer directo a los autores que merecen ser leídos, pues mucho mejor porque además de todo nos ahorra tiempo y vamos— sin altibajos— derecho a la crema de la literatura.
Estos son mis recomendados. En la web se pueden leer gratis.
¡Feliz lectura!





1-Edgar Alan Poe (1809-1849)
El tonel del amontillado







2-Antón Chéjov (1860-1904)                                           
La víspera de la cuaresma





3-Franz Kafka (1883-1924)
En la colonia penitenciaria





4-William Faulkner (1897-1962)
Una rosa para Emilia




5-Jorge Luis Borges (1899-1986)
El Aleph




6-Julio Cortázar (1914-1984)
Casa tomada




7-Augusto Monterroso (1921-2003)
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.







8-Gabriel García Márquez (1927-2014)
La santa







9-Alice Munro (1931 … )
Radicales libres






10-Roberto Bolaño (1953-2003)
El ojo Silva



12 feb. 2018

Fundación La Caverna, creada para el empoderamiento de la imagen hispanoamericana en USA


Fundación la Caverna, creada para el empoderamiento de la imagen hispanoamericana en USA







La Fundación La Caverna, Inc. es una organización sin fines de lucro. Busca enfatizar la presencia y empoderamiento de las expresiones culturales y literarias de autores y artistas hispanoamericanos que enaltecen los reales valores de nuestros países.

Nuestra tarea consiste en coordinar esfuerzos para invitar y presentar autores, artistas plásticos, músicos y folcloristas en los Estados Unidos, que con sus mensajes elevan el nivel cultural y fortalecen el crecimiento integral de toda la comunidad.

Auspiciamos foros, conversatorios e intercambios internacionales; círculos de lectura; edición y publicación de libros; traducciones; talleres literarios Publicación de textos narrativos, de  poesía, ensayo, memorias.











Los miembros de La Fundación La Caverna, Inc. conformamos un equipo cuyo objetivo es difundir y auspiciar las expresiones culturales, artísticas y literarias realizadas por hispanoamericanos, en los Estados Unidos de América.

 

Su apoyo y aporte será determinante para conseguir los objetivos propuestos.

Integre el círculo de amigos y hágase miembro. Bienvenido el voluntariado y las donaciones. Póngase en contacto con nosotros.





José Díaz Díaz: Director.Teléfono:7865123437
Correo electrónico: joserdiazdiaz@gmail.comb:
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5 feb. 2018

El lenguaje sensorial como criterio de valor literario

El lenguaje sensorial como criterio de valor literario
©José Díaz-Díaz. Director de la Fundación La Caverna.








Es mucha la confusión que reina entre los lectores a la hora de saber con certeza si el libro que se tiene entre manos posee calidad literaria o no. Tampoco es menos cierto que la publicidad— ajena por principio a la valoración estética—  orienta sus artimañas a conseguir su objetivo que no es otro que vender sea como sea, imponiendo en el mercado obras de exiguo valor literario.

En estas circunstancias, es imperioso difundir todo punto de vista que oriente y ayude  al lector a sopesar  el valor estético de la obra en referencia.
Uno de los criterios consiste en medir los logros de profundización que el autor alcance en su escrito basándose en la relación inseparable entre la forma y el contenido. El manejo del lenguaje escrito, que hace parte de la forma en cuanto significante, debe ser oficioso, detallado y cuidadoso para que comunique las inquietudes existenciales más sentidas y sustanciales del ser humano. Exige ser sensorial, pulsional. Todo entra primero por los sentidos decía el filósofo Aristóteles  “Nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu”, y más cuando se trata del lenguaje artístico, puesto que la pregunta ante un poema o una narración no es qué me dice sino cómo me lo dice.
 De modo que la estructura, escenografía, descripciones espacio-temporales, diálogo entre personajes; tipo de narrador, ritmo y tono, más todos los demás elementos que conforman la totalidad de la composición se debe dar en colores o en sabores; en sonido y música; en olores y sensaciones táctiles de tal modo que seduzcan al lector a través de las sensaciones y pulsiones más elementales y primitivas posibles pues estas son las ventanas que conducen directamente a su conciencia profunda.

Por esto, el carácter metafórico de la comunicación literaria propiamente dicha, es obligante. Y ese lenguaje metafórico se elabora a partir del uso de las figuras literarias, que en nuestra gramática superan en número de noventa.  El conocimiento y buen uso y apropiación de ellas, o al menos de unas cuantas, constituyen el arsenal secreto con las cuales el buen escritor va a enfrentarse a la hoja en blanco y sorprendernos y hasta deslumbrarnos con sus aciertos creativos. A ese quehacer oficioso es lo que popularmente ha venido en llamarse talento o inspiración, tras lograr con el nuevo texto creativo una  fabulación sorprendente e impactante, una ficción literaria que embriaga la emoción del lector de un inenarrable gozo estético. 
La Trama no solo debe ser una transmisión de sorpresas, o una transmisión de información o de contar historias, sino que debe ser una sucesión cada vez más emocionante de descubrimientos (de desvelamientos repentinos), o de momentos de comprensión.










El contenido y significado de un texto es la otra cara indisoluble de esa unidad, que como puntualizaba Ferdinand de Saussure conforma y completa el mensaje. Lo que se dice debe alcanzar una excelencia que nos lleve a sorprendernos. ¿Para qué repetir afirmaciones que ya se conocen? ¿Para qué llover sobre mojado? Lo banal y anodino es considerado basura literaria. Entonces al buen escritor no le queda otro camino que descubrir y deslumbrar con un nuevo punto de vista sobre el hecho narrado. Y obtener el privilegio de empatizar con el lector, de construir ese mágico momento de rapport comunicacional que lo lleva a seducirlo. El logro de conseguir un texto que contenga varios niveles de sentido, nos indica la presencia de una narrativa densa y rica en mensajes y significados.

Otro ejercicio que ayuda a evaluar un texto es la comparación del libro  con alguna o algunas obras  clásicas de la literatura universal que se enfoquen en el mismo tema y similares personajes. Si aguanta la comparación es un buen signo de que estamos en presencia de algo importante.
Se puede colegir que una obra tiene deficiencias cuando al compararla con otras de su mismo estilo (temática, punto de vista similar, etc.) saltan a la vista los logros de aquellas y la mediocridad de esta.
Un texto que genera discusión, que invita a conversar sobre él, a polemizar sobre algunos de los temas planteados, punto de vista o manejo de personajes; a ser reseñado y a escribir artículos que espontáneamente lo analiza o lo compara con otros; nos indica que el libro posee elementos de consistencia literaria.

Si la obra en cuestión invita a ser  releída en distintos lapsos de tiempo (las obras clásicas lo son porque nunca pasan de moda), y en cada relectura se descubren elementos que antes no se habían tomado en cuenta, indica que el material tiene consistencia y riqueza expresiva. Si el texto no aguanta una segunda lectura y da pereza volver a abrir el libro, este no  es un indicativo halagüeño.
Es muy importante captar las pretensiones de la novela o del poema y los logros alcanzados. Hay algunas narraciones de largo aliento que pretenden condensar toda  una época o expresar una cultura nacional determinada. Hay unas que desean expresar el concepto de Tiempo en la mente humana o del espacio psicológico como única realidad. Hay otras que quieren dibujar el sentir de una generación y sus conflictos. Otras que solo pretenden contar vivencias regionales, locales, etc. Será necesario, entonces, sopesar el manejo de los elementos y artificios con los cuales el autor logra acercarse a su objetivo y contemplar el efecto total de su  creación.

El factor Tiempo (añejamiento y madurez) es un rasero muy importante para medir la calidad. Si el texto mantiene el vigor originario y toda la frescura del momento en que fue escrita es porque el autor consiguió crear una materia viva sustentada en la autonomía de un lenguaje de un poder irreemplazable.
Tanto la temática como la técnica narrativa del texto en cuestión deben aportar algo a la corriente o movimiento literario universal del momento en el cual se publica la obra. Debe mostrar alguna novedad o postular algún cambio así sea a contracorriente del status literario del momento. El autor debe convertirse en escritor señero. Si no hay aporte y no agrega algo a lo ya conocido, la obra va al olvido en el cajón de lo intrascendente.
Una buena obra literaria, tarde o temprano llamará la atención de la Crítica Académica y será objeto de algunos ensayos, de reseñas Literarias, de notas especializadas (ajenas al comercio del libro) y  a debates y tesis que exaltarán las bondades del escrito en cuestión.
La nueva obra debe ir más allá de lo posible y configurar un paradigma estético radical que sea capaz de conmocionar a lectores y escritores.




Hay autores muy prolíficos (veinte títulos o más), esto no es necesariamente garantía de calidad. La historia de la literatura nos señala autores de un solo libro o dos, que han alcanzado el nivel de clásicos. Basta con citar a Pedro Páramo de Juan Rulfo.
No nos dejemos influenciar al analizar la calidad de una obra por criterios de autoridad que el autor pueda mostrar, ajenos a la disciplina literaria (celebridad, político, periodista consagrado, presentador de televisión, etc.). Por el hecho de que el autor sea un triunfador en otra profesión no se colige necesariamente que lo sea en el campo de la literatura.
Los reconocimientos y premios otorgados a un libro, por instituciones y concursos no comerciales pueden constituirse en un indicio favorable a la positiva  valoración de la obra.
Si el Escritor fuera un músico, no habría ninguna dificultad para evaluar la calidad de su trabajo. O se es un buen músico o no se es. O se domina el instrumento, o no. En el campo de la literatura es más complejo el asunto de evaluación. Pero como en todo arte, el decantamiento de la obra y su permanencia en la memoria colectiva en el transcurso de los años, tienen la palabra final.
joserdiazdiaz@gmail.com