En busca de la infancia perdida

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20 abr. 2018

La poética de Charles Bukowski







La Poética de Charles  Bukowski.
©José Díaz- Díaz
Director de la Fundación La Caverna













La poesía  cultista de T. S. ELIOT, pareciera ser una de las excepciones  al resto de la producción poética del siglo veinte, en U.S.A   El grueso de los que le siguen en esta centuria,  recogen con dolor el árbol que roza los umbrales  de la desesperanza. Charles Bukowski (Alemania, 1920- Los Ángeles, 1994), es quizás uno de los extremos de esta tendencia crítica que por la vía del cinismo descarnado, se inmola en su poesía y en su vida  para protestar sin contemplación ni concesión alguna, la doble moral y la hipocresía imperante que impone el Tener sobre el Ser, como valores supremos, en el engranaje de una sociedad que evita mirarse a sí misma, para no asustarse del camino errático que transita.

Tuvo grandes maestros que lo influenciaron desde distintos ángulos. Ezra Pound, lo hizo  desde una tendencia liberadora  de lenguaje y conciencia. Henry Miller con sus  “Trópicos”,  desmitificando el tabú del asunto sexual; y Ernest  Hemingway, más en su poesía que en su narrativa, poniendo al desnudo el orgullo de jugar a perdedor, siempre por la vía moral de la elegancia en el sufrimiento.

Allen Ginsberg, pope de la poesía “beatnik”, (quienes se sienten extranjeros en su propia tierra) le señala la angustiosa  simbiosis del poeta y su medio con los primeros versos de su conocido poema Aullido: “Yo he visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, desnudas histéricas muriéndose de hambre...”. También Bukowski transita el camino que ya anteriormente Tristán Tzara describiera cuando decía que “la poesía no es meramente un producto escrito, sino una manera de vivir”.













 En definitiva, su literatura se recrea en su propia miseria. La materia prima de sus versos es extraída literalmente de su marginamiento social, y de su limpia conciencia  que ve con ojos de inocencia  el derrumbamiento de su propio mundo en el muladar  de   unas circunstancias  históricas nauseabundas.

 Su poesía—que destila amargura y humor negro— descarnada y cruda; cínica  y voluptuosamente sucia, invita al lector a emerger purificado luego de enrostrarle las llagas que a través del dolor obran sus poemas como milagrosa catarsis para aliviar el desasosiego y el marasmo existencial.

Charles Dubois definía la Literatura como: “El lugar de encuentro de dos almas”.
Charles Bukowski, nos entrega en sus versos y en su narrativa la posibilidad de ver el
lado oscuro de la nuestra. Su poema Melancolía, bien nos puede servir de abrebocas  para acceder a una de las ventanas de su desesperanza:












La historia  de la melancolía
nos incluye a todos.
Me retuerzo entre las sábanas sucias
Mientras fijo mi mirada
en las paredes azules
Y nada.
Me he acostumbrado tanto a la melancolía/
que
la saludo como a una vieja
amiga.
Ahora tendré 15 minutos de aflicción
por la pelirroja que se fue,
se lo diré a los dioses.
me siento realmente mal
realmente triste
entonces me levanto
PURIFICADO
aunque no haya resuelto
nada(...)
hay algo mal en mí
además de la
melancolía.







16 abr. 2018

Intimidades del oficio de narrar


Intimidades del oficio de narrar
©José Díaz-Díaz
Director de la Fundación cultural La Caverna








La creación literaria así como el arte en general continúan siendo en su génesis un fenómeno casi inexplicable, a la vez que misterioso. Leyendo textos sobre el particular— que han llegado a mis manos sin orden estricto— algunos me han conmovido a fondo, de tal manera que los he reproducido en el manual para escritores neófitos que acabo de publicar y que he titulado: Todo lo que debe saber un escritor principiante.
Uno de esos párrafos sobre el tema está escrito por  Ernesto Sábato y dice lo siguiente:

 (...) podría decir que (al escribir) sucede lo mismo que cuando uno se enamora. De pronto uno necesita escribir. Uno se enamora y no sabe por qué. (...) Esto nos lleva al problema de las ideas en relación con las ficciones, problema que me ha preocupado durante toda mi vida literaria. Aludí ante a lo que puede llamarse el "pensamiento mágico" del escritor. Hay dos momentos en su trabajo: en el primero -no me refiero a lo temporal sino a lo esencial-, se sume en las profundidades del ser, se entrega a las potencias de la magia y del sueño recorriendo para atrás los territorios que lo retrotraen a la infancia y a las inmemoriales de la especie, allí donde reinan los instintos básicos de la vida y de la muerte, donde el sexo, el incesto y el parricidio mueven sus fantasmas; es donde el artista encuentra los grandes temas de su creación. Luego, a diferencia del sueño, en que angustiosamente se ve obligado a permanecer en esas regiones antiguas y monstruosas, el artista retorna al mundo de la luz, momento en que los materiales son elaborados, con todas las facultades del creador, no ya hombre arcaico, sino hombre de hoy, lector de libros, receptor de ideas, con prejuicios ideológicos, con posición política y social.

En este sentido, un texto literario gracias al talento y la magia del narrador (si la tiene) nos conduciría a lo que se suele llamar el misterio de la comunicación artística. Concluyo que aquí la artesanía y el oficio de escribir toman su pleno sentido, logrando que la magia de la literatura contagie el estado anímico del lector y lo seduzca.
La paciencia y la experiencia son dos consejeras ineludibles para lograr una escritura de impacto. El secreto del narrador está en la voz que se oye en sus libros.
Dice García Márquez:
Un relato es una transposición cifrada de la realidad, una adivinanza del mundo”. Tener la capacidad para reinterpretar el mundo, sería la impronta de una escritura de calidad.
 Los cuentos de Jorge Luis Borges quedan flotando en la mente y el corazón del lector para que los llene de sentido, los nutra con sus vivencias anteriores, con su sensibilidad e imaginación, pero partiendo de un todo (la trama perfecta) y retornando, luego de seguir las reglas del juego, a mantenerlo siempre igual a sí mismo para los lectores de los tiempos futuros que a su vez volverán a participar de la alegría asombrosa de seguir escribiendo (soñando) el libro infinito.

De otra parte el maestro Vladimir Nabokov, autor de la novela Lolita, y quien fuera profesor universitario por muchos años, nos ayuda a comprender el fenómeno de la creación literaria, cuando habla de la Inspiración:
El paso del estadio disociativo al asociativo está marcado por una especie de estremecimiento espiritual que en inglés se denomina a grosso modo inspiration. Un transeúnte silba una tonada en el momento exacto en que observamos el reflejo de una rama en un charco que a su vez, y simultáneamente, nos despierta el recuerdo de una mezcla de hojas verdes y húmedas y una algarabía de pájaros en algún viejo jardín y el viejo amigo, muerto hace tiempo, emerge súbitamente del pasado sonriendo y cerrando su paraguas mojado. La escena sólo dura un radiante segundo, y la sucesión de impresiones e imágenes es tan vertiginosa que no podemos averiguar las leyes exactas que rigen su reconocimiento, formación y fusión —por qué este charco y no otro, por qué este sonido y no otro—, ni la precisión con que se relacionan todas esas partes; es como un rompecabezas que, en un solo instante, se ensambla en nuestro cerebro, sin que el cerebro llegue a darse cuenta de cómo y por qué encajan las piezas; en ese momento, una sensación de magia nos estremece, experimentamos una resurrección interior, como si reviviese un muerto en virtud de una pócima centelleante mezclada a toda velocidad en nuestra presencia. Esta impresión se encuentra en la base de la llamada inspiración, ese estado tan condenable para el sentido común. Pues el sentido común subrayará que la vida en la tierra, desde el percebe al ganso, desde la lombriz más humilde a la mujer más bonita, surgió de un limo carbonoso coloidal activado por fermentos, al tiempo que la tierra se iba enfriando servicialmente. Puede que la sangre sea el mar silúrico en nuestras venas, y estamos dispuestos a aceptar la evolución al menos como fórmula modal. Puede que los ratones del profesor Pavlov y las ratas giratorias del doctor Griffith deleiten a las mentes prácticas; y puede que la ameba artificial de Rhumbler llegue a ser una mascota preciosa. Pero repito, una cosa es tratar de averiguar los vínculos y etapas de la vida, y otra muy distinta tratar de comprender la vida y el fenómeno de la inspiración.

Existe un excepcional texto de David Foster Wallace sobre el particular,  que no puedo dejar de reproducir. Afirma que una obra de ficción es una conversación que permite enfrentarse a la soledad esencial que se da en el mundo. Entre los seres humanos se da una situación de incomunicabilidad de emociones. Dice:
La comunicación entre el creador y el lector es algo extraordinariamente misterioso. La buena literatura provoca una experiencia que permite trascender el aislamiento de orden subjetivo. Es un término sumamente idiomático e idiosincrático, en realidad, la expresión de un sonido. Lo encontré una vez leyendo a Auden o Yeats, no recuerdo exactamente. Es como una epifanía, en el sentido que le daba Joyce al término, una revelación, la sensación de armonía y perfección que se siente en presencia de la obra bien hecha, de la obra de arte que logra su cometido. Es como un clic, el sonido que hace una caja que está perfectamente elaborada al cerrarse. El efecto inefable que provoca el contacto con la obra de arte. La comunicación entre distintas conciencias pensantes que se deriva de la contemplación de la belleza poética. En el acto de la lectura se da un componente que es el intento de establecer comunicación con otra conciencia, una interpenetración. Lo que llamo el clic es la capacidad de reconocer pensamientos y sentimientos que el lector siente como suyos, pero que no es capaz de verbalizar. Yo, como lector, en el momento de la lectura siento que el autor ha dado con las palabras que necesito para dar expresión a mis sentimientos. No les he dado forma yo, pero no por eso son menos mías: gracias al poeta, al escritor, han sido transfiguradas, y expresadas en una frase de gran belleza. En ese momento, el mundo cobra plenitud, solidez, rectitud.

No puedo dejar de agradecer a estos maestros de la gran literatura, sus reflexiones sobre ese hecho tan desconocido, como mágico, que envuelve la creación de un texto de calidad y que nace de las profundidades de la conciencia de los  escritores que tienen el privilegio de serlo.














20 mar. 2018

Dos o tres cosas sobre " la novela de la violencia"



Ensayo de GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

García Márquez en su ensayo sobre 'la novela de la violencia' en Colombia, realiza un concienzudo análisis literario que arroja luz sobre los problemas de esta narrativa. El tema de LA VOLENCIA— tan universal como el del amor o la muerte— no es nada fácil de asumir en la literatura y la poesía, a menos que se tengan fuertes y profundas bases sólidas que permitan transcribir en un lenguaje elaborado la esencia de esta compleja y deplorable conducta.









 Las personas de temperamento político, y tanto más cuanto más a la izquierda se sientan situadas, consideran como un deber doctrinario presionar a los amigos escritores en el sentido de que escriban libros políticos. Algunos, tal vez no más sectarios pero si menos comprensivos, se sienten obligados a descalificar, más en privado que en público, a los escritores amigos cuyos trabajos no parecen políticamente comprometidos de manera evidente. Tal vez ninguna circunstancia de la vida colombiana ha dado más motivo a ese género de presiones, que la violencia política de los últimos años. Una pregunta oyen con frecuencia los escritores: “¿Cuándo escribe algo sobre la violencia?” O también un reproche directo: “No es justo que cuando en Colombia ha habido 300.000 muertes atroces en 10 años, los novelistas sean indiferentes a ese drama.” La literatura, suponen sin matices preguntantes y reprochadores, es un arma poderosa que no debe permanecer neutral en la contienda política.

Conozco a algunos escritores que están de acuerdo en principio con ese punto de vista. Pero en la práctica —para utilizar los mismos términos que suelen movilizarse en las tertulias sobre el tema— acaso no hayan podido resolver su más aguda contradicción: la que existe entre sus experiencias vitales y su formación teórica. Conozco escritores que envidian la facilidad con que algunos amigos se empeñan en resolver literariamente sus preocupaciones políticas, pero sé que no envidian los resultados. Acaso sea más valioso contar honestamente lo que uno se cree capaz de contar por haberlo vivido, que contar con la misma honestidad lo que nuestra posición política nos indica que debe ser contado, aunque tengamos que inventarlo.

He oído decir a algunos escritores y es preciso creerles a los escritores cuando revelan secretos de su profesión, que la invención tiene que ver muy poco con las cosas que escriben. Consideran que ninguna aventura de la imaginación tiene más valor literario que el más insignificante episodio de la vida cotidiana. Y no lo creen por principio, sino porque la práctica diaria, el esfuerzo de varios años, el haberse trasnochado frente a la máquina de escribir y haber roto mucho y publicado poco, y el haber tenido por eso mismo oportunidad de saber que escribir cuesta trabajo, los ha arrastrado —digamos por la fuerza— a ese convencimiento.

El caso de las novelas equivocadas

Cuando se les exige que aprovechen la violencia con todas sus posibilidades literarias, y también con todas sus implicaciones políticas, los escritores que no vivieron la violencia tienen derecho a preguntar por qué no se les hace la misma exigencia en su oficio a los reporteros. Y los reporteros tienen derecho a defenderse con el contragolpe de que no es honesto escribir reportajes inventados. Me atrevo a creer que un escritor consciente tiene derecho a soltar el mismo contragolpe.

Quienes han leído todas las novelas de violencia que se escribieron en Colombia, parecen de acuerdo en que todas son malas, y hay que confiar en que estén secretamente de acuerdo con ellos algunos de sus propios autores. No es asombroso que el material literario y político más desgarrador del presente siglo en Colombia, no haya producido ni un escritor ni un caudillo. Por lo menos en lo que corresponde a la literatura, la cosa parece tener sus explicaciones. En primer término, ninguno de los señores que escribieron novelas de violencia por haberla visto, tenía según parece suficiente experiencia literaria para componer su testimonio con una cierta validez, después de reponerse del atolondramiento que con razón le produjo el impacto. Otros, al parecer, se sintieron más escritores de lo que eran, y sus terribles experiencias sucumbieron en la retórica de la máquina de escribir. Otros, también, al parecer, despilfarraron sus testimonios tratando de acomodarlos a la fuerza dentro de sus fórmulas políticas. Otros, sencillamente, leyeron la violencia en los periódicos, o la oyeron contar, o se la imaginaron leyendo a Malaparte. Había que esperar que los mejores narradores de la violencia fueran sus testigos. Pero el caso parece ser que estos no se dieron cuenta de que estaban en presencia de una gran novela, y no tuvieron la serenidad ni la paciencia, pero ni siquiera la astucia de tomarse el tiempo que necesitaban para aprender a escribirla. No teniendo en Colombia una tradición que continuar, tenían que empezar por el principio, y no se empieza una tradición literaria en 24 horas. Desgraciadamente, hasta este momento, no parece que algún escritor profesional, técnicamente equipado para la vida, haya sido testigo de la violencia.

No todos los caminos conducen a la novela

Probablemente, el mayor desacierto que cometieron, quienes trataron de contar la violencia, fue el de haber agarrado —por inexperiencia o por voracidad— el rábano por las hojas. Apabullados por el material de que disponía, se los tragó la tierra en la descripción de la masacre, sin permitirse una pausa que les habría servido para preguntarse si lo más importante, humana y por tanto literariamente, eran los muertos o los vivos. El exhaustivo inventario de los decapitados, los castrados, las mujeres violadas, los sexos esparcidos y las tripas sacadas, y la descripción minuciosa de la crueldad con que se cometieron esos crímenes, no era probablemente el camino que llevaba a la novela. El drama era el ambiente de terror que provocaron esos crímenes. La novela no estaba en los muertos de tripas sacadas, sino en los vivos que debieron sudar hielo en su escondite, sabiendo que a cada latido del corazón corrían el riesgo de que les sacaran las tripas. Así, quienes vieron la violencia y tuvieron vida para contarla, no se dieron cuenta en la carrera de que la novela no quedaba atrás, en la placita arrasada, sino que la llevaban dentro de ellos mismos.  El resto —los pobrecitos muertos que ya no servían sino para ser enterrados— no eran más que la justificación documental.

El arte de no poner los pelos de punta

Una novela sirve para ilustrar estas parrafadas: La peste, de Albert Camus. Quienes hayan leído las crónicas de las pestes medievales, comprenderán el rigor que debió imponerse Camus para no desbordarse en descripciones alucinantes. Basta recordar los saturnales de los pestíferos en Génova, que cavaban sus propias sepulturas y se entregaban al borde de ellas a toda clase de excesos, hasta cuando sucumbían a la peste y otros pestíferos de última hora los empujaban con un palo a las sepulturas. Hay que recordar las luchas encarnizadas en que los agonizantes se disputaban un hueco en la tierra, para darse cuenta de que Camus tenía suficiente documentación para ponernos los pelos de punta durante dos noches. Pero acaso la misión del escritor en la tierra no sea ponerles los pelos de punta a sus semejantes.

En cada página de La peste se descubre que Camus sabía todo lo que se puede saber sobre las pestes medievales, y que se había informado a fondo de sus características, de la forma y las costumbres de su microbio, y hasta de los tratamientos empleados en todos los tiempos. Casi como al descuido, esos conocimientos están aprovechados a todo lo largo del libro, inclusive con estadísticas y fechas, pero estrictamente calibrados en su función de soporte documental. Otro grande escritor de nuestro tiempo —Ernest Hemingway— explicó su método a un periodista, tratando de contarle cómo escribió El viejo y el mar. Para llegar a ese pescador temerario, el escritor había vivido media vida entre pescadores; para lograr que pescara un pez titánico, había tenido él mismo que pescar muchos peces, y había tenido que aprender mucho, durante muchos años, para escribir el cuento más sencillo de su vida. “La obra literaria —decía Hemingway— es como el ‘iceberg’: la gigantesca mole de hielo que vemos flotar, logra ser invulnerable porque debajo del agua la sostienen los siete octavos de su volumen.”

Algo semejante ocurre en La peste. Apenas estalla el dramatismo cuando salen las ratas a morir en la calle, o en el vómito negro y los ganglios supurados de un portero, mientras la invisible población de Orán está siendo exterminada por la peste, Camus —al contrario de nuestros novelistas de la violencia— no se equivocó de novela. Comprendió que el drama no eran los viejos tranvías que pasaban abarrotados de cadáveres al anochecer, sino los vivos que les lanzaban flores, desde las azoteas, sabiendo que ellos mismos podían tener un puesto reservado en el tranvía de mañana. El drama no eran los que escapaban por la puerta falsa del cementerio —y para quienes la amenaza de la peste había por fin terminado— sino los vivos que sudaban hielo en sus dormitorios sofocantes sin poder escapar de la ciudad sitiada. Sin duda, Camus no vio la peste. Pero debió sudar hielo en las terribles noches de la ocupación, escribiendo editoriales clandestinos en su escondite de París, mientras sonaban en el horizonte los disparos de los nazis cazando resistentes.
La alternativa del escritor, en ese momento, era la misma de los habitantes de Orán en las interminables noches de la peste, y era la misma de los campesinos colombianos en la pesadilla de la violencia.

Hay otro drama detrás del fusil

Como modelo de la terrible novela que aún no se ha escrito en Colombia, tal vez ninguno sea mejor que la apacible novela de Camus. Un breve episodio del género humano en el cual ni siquiera los microbios de la peste son definitivamente malos, ni sus víctimas necesariamente buenas. Quienes vuelvan sobre el tema de la violencia en Colombia, tendrán que reconocer que el drama de ese tiempo no era sólo el del perseguido, sino también el del perseguidor. Que por lo menos una vez, frente al cadáver destrozado del pobre campesino, debió coincidir el pobre policía de a ochenta pesos, sintiendo miedo de matar, pero matando para evitar que lo mataran. Porque no hay drama humano que pueda ser definitivamente unilateral.

Con todo, un valioso servicio nos han prestado los testigos de la violencia, al imprimir sus testimonios en bruto. Hay que confiar en que ellos prestarán buena ayuda a quienes sobrevivieron a la violencia y se están tomando el tiempo para aprender a escribirla, y en todo caso a los numerosos niños que la padecieron como una pesadilla de la infancia y ahora están creciendo en silencio sin olvidarla. La aparición de esa gran novela es inevitable en una segunda vuelta de ganadores. Aunque ciertos amigos impacientes consideren que entonces será demasiado tarde para que sirva de algo el contenido político que tendrá sin remedio, en cualquier tiempo.


Tomado de: “De Europa y América” (1955–1960), Obra periodística 3, Barcelona: Mondadori, 1992, pp 646–650.


16 mar. 2018

Diez cuentos de autores de culto para leer mientras otros duermen


Diez cuentos de autores de culto para leer mientras otros duermen
©José Díaz Díaz

 Leer es muy bueno, y leer directo a los autores que merecen ser leídos, pues mucho mejor porque además de todo nos ahorra tiempo y vamos— sin altibajos— derecho a la crema de la literatura.
Estos son mis recomendados. En la web se pueden leer gratis.
¡Feliz lectura!





1-Edgar Alan Poe (1809-1849)
El tonel del amontillado







2-Antón Chéjov (1860-1904)                                           
La víspera de la cuaresma





3-Franz Kafka (1883-1924)
En la colonia penitenciaria





4-William Faulkner (1897-1962)
Una rosa para Emilia




5-Jorge Luis Borges (1899-1986)
El Aleph




6-Julio Cortázar (1914-1984)
Casa tomada




7-Augusto Monterroso (1921-2003)
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.







8-Gabriel García Márquez (1927-2014)
La santa







9-Alice Munro (1931 … )
Radicales libres






10-Roberto Bolaño (1953-2003)
El ojo Silva



12 feb. 2018

Fundación La Caverna, creada para el empoderamiento de la imagen hispanoamericana en USA


Fundación la Caverna, creada para el empoderamiento de la imagen hispanoamericana en USA







La Fundación La Caverna, Inc. es una organización sin fines de lucro. Busca enfatizar la presencia y empoderamiento de las expresiones culturales y literarias de autores y artistas hispanoamericanos que enaltecen los reales valores de nuestros países.

Nuestra tarea consiste en coordinar esfuerzos para invitar y presentar autores, artistas plásticos, músicos y folcloristas en los Estados Unidos, que con sus mensajes elevan el nivel cultural y fortalecen el crecimiento integral de toda la comunidad.

Auspiciamos foros, conversatorios e intercambios internacionales; círculos de lectura; edición y publicación de libros; traducciones; talleres literarios Publicación de textos narrativos, de  poesía, ensayo, memorias.











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