En busca de la infancia perdida

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12 feb. 2018

Fundación La Caverna, creada para el empoderamiento de la imagen hispanoamericana en USA


Fundación la Caverna, creada para el empoderamiento de la imagen hispanoamericana en USA











La Fundación La Caverna, Inc. es una organización sin fines de lucro. Busca enfatizar la presencia y empoderamiento de las expresiones culturales y literarias de autores y artistas hispanoamericanos que enaltecen los reales valores de nuestros países.

Nuestra tarea consiste en coordinar esfuerzos para invitar y presentar autores, artistas plásticos, músicos y folcloristas en los Estados Unidos, que con sus mensajes elevan el nivel cultural y fortalecen el crecimiento integral de toda la comunidad.

Auspiciamos foros, conversatorios e intercambios internacionales; círculos de lectura; edición y publicación de libros; traducciones; talleres literarios Publicación de textos narrativos, de  poesía, ensayo, memorias.











Los miembros de La Fundación La Caverna, Inc. conformamos un equipo cuyo objetivo es difundir y auspiciar las expresiones culturales, artísticas y literarias realizadas por hispanoamericanos, en los Estados Unidos de América.

 

Su apoyo y aporte será determinante para conseguir los objetivos propuestos.

Integre el círculo de amigos y hágase miembro. Bienvenido el voluntariado y las donaciones. Póngase en contacto con nosotros.





José Díaz Díaz: Director.Teléfono:7865123437
Correo electrónico: joserdiazdiaz@gmail.comb:
www.arandosobreelagua.com Facebook: fundacionlacaverna


5 feb. 2018

El lenguaje sensorial como criterio de valor literario

El lenguaje sensorial como criterio de valor literario
©José Díaz-Díaz. Director de la Fundación La Caverna.








Es mucha la confusión que reina entre los lectores a la hora de saber con certeza si el libro que se tiene entre manos posee calidad literaria o no. Tampoco es menos cierto que la publicidad— ajena por principio a la valoración estética—  orienta sus artimañas a conseguir su objetivo que no es otro que vender sea como sea, imponiendo en el mercado obras de exiguo valor literario.

En estas circunstancias, es imperioso difundir todo punto de vista que oriente y ayude  al lector a sopesar  el valor estético de la obra en referencia.
Uno de los criterios consiste en medir los logros de profundización que el autor alcance en su escrito basándose en la relación inseparable entre la forma y el contenido. El manejo del lenguaje escrito, que hace parte de la forma en cuanto significante, debe ser oficioso, detallado y cuidadoso para que comunique las inquietudes existenciales más sentidas y sustanciales del ser humano. Exige ser sensorial, pulsional. Todo entra primero por los sentidos decía el filósofo Aristóteles  “Nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu”, y más cuando se trata del lenguaje artístico, puesto que la pregunta ante un poema o una narración no es qué me dice sino cómo me lo dice.
 De modo que la estructura, escenografía, descripciones espacio-temporales, diálogo entre personajes; tipo de narrador, ritmo y tono, más todos los demás elementos que conforman la totalidad de la composición se debe dar en colores o en sabores; en sonido y música; en olores y sensaciones táctiles de tal modo que seduzcan al lector a través de las sensaciones y pulsiones más elementales y primitivas posibles pues estas son las ventanas que conducen directamente a su conciencia profunda.

Por esto, el carácter metafórico de la comunicación literaria propiamente dicha, es obligante. Y ese lenguaje metafórico se elabora a partir del uso de las figuras literarias, que en nuestra gramática superan en número de noventa.  El conocimiento y buen uso y apropiación de ellas, o al menos de unas cuantas, constituyen el arsenal secreto con las cuales el buen escritor va a enfrentarse a la hoja en blanco y sorprendernos y hasta deslumbrarnos con sus aciertos creativos. A ese quehacer oficioso es lo que popularmente ha venido en llamarse talento o inspiración, tras lograr con el nuevo texto creativo una  fabulación sorprendente e impactante, una ficción literaria que embriaga la emoción del lector de un inenarrable gozo estético. 
La Trama no solo debe ser una transmisión de sorpresas, o una transmisión de información o de contar historias, sino que debe ser una sucesión cada vez más emocionante de descubrimientos (de desvelamientos repentinos), o de momentos de comprensión.










El contenido y significado de un texto es la otra cara indisoluble de esa unidad, que como puntualizaba Ferdinand de Saussure conforma y completa el mensaje. Lo que se dice debe alcanzar una excelencia que nos lleve a sorprendernos. ¿Para qué repetir afirmaciones que ya se conocen? ¿Para qué llover sobre mojado? Lo banal y anodino es considerado basura literaria. Entonces al buen escritor no le queda otro camino que descubrir y deslumbrar con un nuevo punto de vista sobre el hecho narrado. Y obtener el privilegio de empatizar con el lector, de construir ese mágico momento de rapport comunicacional que lo lleva a seducirlo. El logro de conseguir un texto que contenga varios niveles de sentido, nos indica la presencia de una narrativa densa y rica en mensajes y significados.

Otro ejercicio que ayuda a evaluar un texto es la comparación del libro  con alguna o algunas obras  clásicas de la literatura universal que se enfoquen en el mismo tema y similares personajes. Si aguanta la comparación es un buen signo de que estamos en presencia de algo importante.
Se puede colegir que una obra tiene deficiencias cuando al compararla con otras de su mismo estilo (temática, punto de vista similar, etc.) saltan a la vista los logros de aquellas y la mediocridad de esta.
Un texto que genera discusión, que invita a conversar sobre él, a polemizar sobre algunos de los temas planteados, punto de vista o manejo de personajes; a ser reseñado y a escribir artículos que espontáneamente lo analiza o lo compara con otros; nos indica que el libro posee elementos de consistencia literaria.

Si la obra en cuestión invita a ser  releída en distintos lapsos de tiempo (las obras clásicas lo son porque nunca pasan de moda), y en cada relectura se descubren elementos que antes no se habían tomado en cuenta, indica que el material tiene consistencia y riqueza expresiva. Si el texto no aguanta una segunda lectura y da pereza volver a abrir el libro, este no  es un indicativo halagüeño.
Es muy importante captar las pretensiones de la novela o del poema y los logros alcanzados. Hay algunas narraciones de largo aliento que pretenden condensar toda  una época o expresar una cultura nacional determinada. Hay unas que desean expresar el concepto de Tiempo en la mente humana o del espacio psicológico como única realidad. Hay otras que quieren dibujar el sentir de una generación y sus conflictos. Otras que solo pretenden contar vivencias regionales, locales, etc. Será necesario, entonces, sopesar el manejo de los elementos y artificios con los cuales el autor logra acercarse a su objetivo y contemplar el efecto total de su  creación.

El factor Tiempo (añejamiento y madurez) es un rasero muy importante para medir la calidad. Si el texto mantiene el vigor originario y toda la frescura del momento en que fue escrita es porque el autor consiguió crear una materia viva sustentada en la autonomía de un lenguaje de un poder irreemplazable.
Tanto la temática como la técnica narrativa del texto en cuestión deben aportar algo a la corriente o movimiento literario universal del momento en el cual se publica la obra. Debe mostrar alguna novedad o postular algún cambio así sea a contracorriente del status literario del momento. El autor debe convertirse en escritor señero. Si no hay aporte y no agrega algo a lo ya conocido, la obra va al olvido en el cajón de lo intrascendente.
Una buena obra literaria, tarde o temprano llamará la atención de la Crítica Académica y será objeto de algunos ensayos, de reseñas Literarias, de notas especializadas (ajenas al comercio del libro) y  a debates y tesis que exaltarán las bondades del escrito en cuestión.
La nueva obra debe ir más allá de lo posible y configurar un paradigma estético radical que sea capaz de conmocionar a lectores y escritores.




Hay autores muy prolíficos (veinte títulos o más), esto no es necesariamente garantía de calidad. La historia de la literatura nos señala autores de un solo libro o dos, que han alcanzado el nivel de clásicos. Basta con citar a Pedro Páramo de Juan Rulfo.
No nos dejemos influenciar al analizar la calidad de una obra por criterios de autoridad que el autor pueda mostrar, ajenos a la disciplina literaria (celebridad, político, periodista consagrado, presentador de televisión, etc.). Por el hecho de que el autor sea un triunfador en otra profesión no se colige necesariamente que lo sea en el campo de la literatura.
Los reconocimientos y premios otorgados a un libro, por instituciones y concursos no comerciales pueden constituirse en un indicio favorable a la positiva  valoración de la obra.
Si el Escritor fuera un músico, no habría ninguna dificultad para evaluar la calidad de su trabajo. O se es un buen músico o no se es. O se domina el instrumento, o no. En el campo de la literatura es más complejo el asunto de evaluación. Pero como en todo arte, el decantamiento de la obra y su permanencia en la memoria colectiva en el transcurso de los años, tienen la palabra final.
joserdiazdiaz@gmail.com


9 ene. 2018

Taller de escritura creativa 2018: Los secretos del buen narrador

Taller de escritura creativa 2018: Los secretos del buen narrador








Instructor: José Díaz-Díaz. Escritor. Filósofo de la U. Santo Tomás de Bogotá y posgrado en Literatura de la U. Javeriana de Bogotá. Director de La Caverna, escuela de escritura creativa.

Calendario: sábado, febrero 17 y 24, y marzo 3 y 10 de 2018. Hora: de 3-6 p.m. Lugar: Midas&Books, 9893 W Sample Rd. Coral Springs Broward, Fl. Cupo máximo: 10 personas.

 Objetivos: Taller personalizado para conocer recursos lingüísticos, técnicas y destrezas de lenguaje aplicados al nivel y proyecto particular de cada tallerista. Inscripciones abiertas hasta el 15 de febrero. Costo: $199.00. Aporte de La Fundación La Caverna: $50.00. Costo total por tallerista: $149.00 (Incluye dos libros: Manual para escritores, una novela de ficción histórica y material de apoyo). 

Informes: 786 5123437; joserdiazdiaz@gmail.com; www.arandosobreelagua.com; Twitter: @lenguajevital; Facebook: La caverna, escuela de escritura creativa.

Actividad auspiciada por la Fundación La Caverna, Inc

















Breve biografía de  José Díaz Díaz:

Libros publicados: En poesíaLos versos del emigrante; novelas: El último romántico y En busca de la infancia perdida; Libro de relatos: Los ausentes. Manual: Todo lo que debe saber un escritor principiante. Libro biográfico: Chenco, el pintor. Coeditor con María Gabriela Madrid de las antologías bilingües: Un escorzo tropical, Muestrario de ficciones hispanoamericanas y Vorágine sensual.

Crítico literario, sus artículos pueden leerse en revistas como Nagari, Metaforología y páginas web especializadas. Colabora con Suburbano.net en donde pueden leerse más de treinta reseñas literarias. Ha escrito Prólogos e Introducciones para más de veinte libros. Ha editado más de quince libros bajo el sello de la Caverna. Ha dictado talleres de Narrativa y participado en grupos de lectura. Su página web: www.arandosobreelagua.com registra 79.687 entradas y desde 2012 ha publicado alrededor de 164 artículos críticos.
Realiza tutorías presenciales y on line en donde se desarrollan actividades desde la corrección ortotipográficas de textos, búsqueda de estilo individual, orientación de Lectura, hasta la diagramación, edición y publicación de libros en español y bilingües.

 El taller está dirigido a aquellas personas que desean mejorar su estilo de escritura y a quienes tienen en mente un proyecto poético o narrativo, ya sea en el género de Cuento, Relato o Novela; sobre Memorias, Autoayuda o temas inspiracionales.












8 ene. 2018

La casa desbarnizada, novela de Jesús I. Callejas

La casa desbarnizada, novela de Jesús I. Callejas
Por José Díaz- Díaz, director de la Fundación la Caverna, Inc.














Jesús I. Callejas habita Miami desde hace muchos años. Aquí vino a despojarse del “American dream”, que muchos ingenuos aún persiguen.

Es evidente que para Callejas Miami no es la imagen de la ciudad que venden las compañías turísticas. Y él prefiere más bien utilizar el recurso literario para mirar crecer su dimensión ética personal y de relación con la ciudad, separándose de ésta, renegando de ella y pisoteando cualquier desliz o coqueteo del pasado.

 Amores y desamores de un «escritor maldito» con la ciudad que habita. Hiperrealismo literario. Realidad desdibujada a partir de un lenguaje hiperbólico y adjetivado. Analogías estiradas hasta el máximo de su significación entre los despojos del cuerpo y los despojos de su casa en ruinas. Todo lo anterior puede afirmarse del texto narrativo que toma vida propia a partir de la transcripción de sensaciones y sentimientos que desde su conciencia, Callejas, el escritor, decide comunicar y expeler de su cuerpo y mente adoloridas a través de esa analogía matriz: su casa desbarnizada, en ruindad, con su cuerpo moribundo. Es el selfie fusionado de mundo exterior y mundo interior en obsceno estado de descomposición. 

Y las paredes de la casa desbarnizada es su piel, y su esófago son las conexiones e interconexiones de acueducto, aguas negras servidas, la plomería de su sistema fisiológico y anatómico convertido en abyecto símbolo de la decadencia.

Los títulos: La Ciudad y El Jardín, que hacen parte de su nueva novela La Ciudad desbarnizada transcritos en este artículo, constituyen prueba fehaciente que consolida el ropaje formal de un estilo que contiene el corpus inerme e impotente de una conciencia desadaptada  a un profundo nivel existencial, ético y social.  Baudeleriano a más no poder, Callejas señala en imágenes de asco y perversa lasitud  los desatinos de esta sociedad degenerada para acorralarla con su verbo ofensivo, tomado de su propia naturaleza pudibunda. Ojo, que el verbo desbocado de Callejas, turbulento y arrollador como magma enloquecido de volcán en erupción, pudiera parecer insondable y hermético, pero no. Solo que está dirigido para lectores medianamente cultos.

El verbo lujurioso e iconoclasta de Callejas, sucedáneo de una incontenible «justicia poética» se toma o se deja, pero jamás se puede olvidar. Su narrativa, Inscrita dentro de lo que históricamente ha venido en llamarse de los «escritores malditos», bien se amolda a esas características de misantropía, desadaptación vertical y transgresión visceral a las normas sociales imperantes. El concepto pertinente a los escritores malditos  que aparece por primera vez en 1832 en Francia y que se proyecta con solidez hasta finales de 1880, constituye antecedentes válidos para el estilo callejiano.  Esa categoría de literatura maldita se extiende a otros países, culturas y naciones, siendo uno de los primeros Inglaterra. De manera que  lo que podemos denominar como la primera generación de escritores y poetas malditos comprende nombres como F. Villon, Rimbaud y Beaudelaire y se extiende a figuras como G. Sand y O. Wilde. Desde entonces, hasta la fecha, la literatura maldita constituye una vertiente propia, subterránea, clandestina o marginal de la literatura que produce una sociedad. En USA Charles Bukoswki, por ejemplo; en Colombia: Porfirio Barba Jacob; José María Vargas Vila y  Fernando Vallejo constituyen expresiones de una contracultura que confronta radicalmente los valores de las sociedades que los contiene. Estos eremitas urbanos parecieran cumplir la misión de destapar lo ominoso de nuestro entorno.

Escrita en primera persona a partir de un personaje central y único (el mismo escritor), en cuanto narrador omnisciente desboca en una historia de presente continuo que, como monólogo infinito no cesa en la autodestrucción de sí mismo a través de su «casa desbarnizada» que lo aloja. El ser que se derrumba es la casa que implosiona y colapsa. El asco de vivir en esas condiciones antiéticas es el motivo susbstancial que lo induce a purificarse en su destrucción.
















 LA CIUDAD


 Despierto viscoso en ácido. Estoy afuera… La ciudad me espera siempre; pero ¿siempre regreso? Diseñada con infalible sabiduría neoclásica, favoreciendo global visión, o al menos para hacerla impresionantemente asequible desde cualquier pelícano angular sin irritantes entorpecimientos que remolcan ingentes urbes admirativamente llamadas junglas de acero, es luminosa, no brillante.
 París, por ejemplo, es de plata; Roma de oro. Esta ciudad, ni una cosa ni la otra y apesta igual por mucho desodorante que se rocíe en la vulva al levantarse la falda-acera. Soy parte suya más que visual: llévola incrustada a trozos: en achacosas rodillas, en vencidos antebrazos, en montón de órganos con pegajoso toque y desapego, en las enzimas de mí, por la vil canalla, subestimado hermoso temperamento, aunque alerta, en los cometas de mi esputo, en la pinga de estiramientos babeantes y en el flatulento culo cuando suelto espantajos dignos de Geoffrey Chaucer y sus demonios armados con vengativa lancería fecal.
La ciudad me odia porque, a su pesar, soy parte de ella; porque me resisto a sus seducciones de puta alejandrina tratando de arrancar pisadas a la alambrada mercernaria; me odia porque la desprecio y ridiculizo sus pretensiones de cosmopolitismo. Nunca le creí: desamor a primera vista. Soy grande, mimético, ubicuo y la ciudad bestia pretende no saberlo. A través de innúmeros siglos las reservas minerales y vegetales fueron devocionalmente codiciadas y gravosamente heridas en asombrosas construcciones implantadas en Roma, Florencia, Madrid, Toledo, Granada, París, Londres, Atenas, Berlín, Viena, Amsterdam, Estocolmo, Praga, Moscú, Budapest, Tokio.
 ¿Qué puedo esperar del resentimiento sino la repetición de su vejez? La ciudad me acecha; quiere hundirme en su cristalería invisible, pero si me deja ir lo intentará despojándome de los mejores ingredientes; ansía tanto verme partir derrotado en refulgencia de amaneceres buenos, de límpida radiografía en el corazón y no colores baratos a lo calendario meretriz. La ciudad, en su vastedad aérea, se extiende ya y desde en colosales vías al océano, su última presea; la considerada inviable. Desde ahora no sólo Mediterráneo y Caribe monopolizan voluptuosidad oscilante de andróginas golosinas playeras.
 La ciudad se refocila en veranos de húmeda vaginalidad y falosas palmas que chiclean desde bahía hasta condominio, haciendo creer a sus visitantes cargando camaritas de paludismo y poses asquerosamente familiares que no otro finge ser actriz interpretando lo que inobjetablemente es: la pelirroja idiota del momento. Maravillosa época trastocasional: La bien pagada por mal actuada, devocional chupa vergas en limusinas y se masajea el tetaje cuando quiere algo de su papi, no el biológico, sino el pingoso. La grosera ciudad controla inviernos, los fustiga entre paredones de líquido espejo, pero la indiscreción de baja clase, virus en su cuerpo de vedette portuaria, la traiciona. Dice que le estorbo; lo emite en susurros, lo ha gritado cuando la borrachera, la marihuana y la cocaína de las implacables bacterias que la putrefactan durante años de multiplicidad octagonal dejan fuera de control su carnoso culo al aire y es bugarroneada por los que cargan a palas el billete, cuando el “mal gusto” de descuidar poder sobre “apariencias” la hace vociferar que me aborrece porque soy un renegado. Sin embargo me ha usado y usa, se ha servido de mis partes para ser ciudad, pero no tengo deudas con su agenda de servicios.
 Fui cómplice de sus desmanes, pero a la fuerza; me esclavizó sin siquiera descifrar mi historial genético, no obstante, algo decisivo le falló: no sentí placer, no sentí deleite alguno en planes de vana complacencia. Le estorbé, la jodí sin pausa desde el occipucio orbital hasta las raíces uñas y no supo dónde colocarme en el conglomerado fétido. No hay tablero para mí que la conozco y lo sabe. La ciudad no es correctamente percibida por fieles moradores, menos por turistas de chanclas, bloqueador solar y bolsas con ropa de marca en rebaja. La ciudad es insulto vertical de fango y mangle. En cierto libertino punto de confluencia arenosa y terruña es, cuidando bien “las apariencias”, acosada en espirales acuáticos que renuevan empujes estimulados por volcánicos rencores. El maremoto acecha. El agua vestirá de sosegado olvido toda ciudad sobre las olas… y bajo ellas, ah, pero ella, como toda puta sin tarifa vocacional, se resiste a declararse fango. Sus brillosos músculos juveniles son en realidad, lo que la mayoría ignora por elemental anomalía dimensional: el obsceno rictus de lo agónico. 

La novela total, escrita dentro de ese estilo barroco con el cual Callejas ya nos tiene acostumbrados, pletórico de figuras literarias ajenas a la narrativa plana contemporánea y con un vocabulario dirigido a un lector  culto( a pesar de los términos escatológicos), está conformada por treinta y tres títulos. Sorprende por su absoluta unidad analógica y simbólica de tal manera que cada aparte, bien puede ser inicio válido para emprender este periplo al infierno callejiano. Se puede leer la narración completa  en orden distinto sin que esto altere el sentido de la obra total. La novela se funda en la  historia y la  reflexión más que en el argumento. Al limpio estilo de Rayuela de Cortázar el hipertexto es redondo hasta tal punto que en cualquier orden que se comience hasta cuando se termine, el argumento— maleable como plastilina en manos del cerebro agonizante de un niño— nos remite a la imagen madre de la indefensión existencial que supura el texto.

EL JARDIN


El tracto rectal cual antesala al culo es invernadero y éste oráculo de óculo al revés, porque los fastuosos duomos todos se han declarado adeptos de bonísima fe, al lavado intestinal profuso, artesanal, aséptico, y ascético. Frescos y pinturas invertidos son amapolas flotantes, periplantes océanos de rubíes equinos, cejas aledañas al primer corte telúrico, cabelleras escobillas de sílfides decrépitamente quietas para foto. La playa de vacaciones al cielo, éste se desploma aliviado. La ciudad rejuvenece; no obstante, alerta, es falsaria, ya que la mezquindad fenece en el recto no tan recto: la traición en curvas inhala rotundas feministas de machistas machos, tardes de té pose de pintura inglesa, tieso siglo XVIII, y clubes de libros menstruales, no mensuales. Bueno, si hojeamos la pomposa lista de Premios Nobel de Literatura y elegimos no ambiciosos la lectura de por lo menos un título de cada triunfador veremos que tres cuartas partes de la producción arrastra más estiércol que el derramado en esta ruin postura cuya permanencia me tienen diría yo y no mis clones -¿pudiera ser éste yo uno de los clones?- si no siglos sí cantidad infame de años, pero como asevera el majestuoso Kant, espacio y tiempo son creaciones del sujeto. La rigurosa cocción de huevos y sus paseos por Königsberg, de la que se alejó sólo una vez por algo más de dieciséis quilómetros, dirían lo contrario. Claro, los sentidos son otra cosa… ¿Quién o qué colocó esas nociones en la mente, si la escurridiza mente existe en algún cubil, flotando jodedora? Me aburro soltando triste patrulla de migajas mierdosas bajo disfraces de variada consistencia hacia el coqueto jardín de fuentes colgante de la imbecilidad, donde trepan nichos, murallones, buganvilias, los extasiados cretinos que este mundo enloquecido califica cuales faros de la humanidad y en cuyas oportunas fuentes lavan grasientas garras los intelectuales, mayormente rameras torpes que harían ruborizar a putas dulcificadas por las canallescas recurrencias de la vida. No biblioteca aquí dentro; llegan periódicos, pero no quejarse: en ciertas aldeas satelitales se usan para sanitizar los siete pliegues culecales con menos distinción que la conjurada por Salomé en intentos por levantarle pellejo entrepiernero a Herodes hemofílico. Por cierto, la madura repartidora de periódicos es una frígida señorita pecosa deseosa de atrapar triunfador semental sin saber que se le escapó el vagón de los iniciáticos festines eleusinos, pero ella cabalga bicicleta—le gusta encajarse en la punta del asiento— y en desventajosas condiciones no se persiguen trenes balas. Soy hoy grosera vía de inmolaciones (quiera la providencia que no se aparezca por ahí un tolete a escupir lo que encuentra a su paso). Recuerdo a la rubia; nuestro vínculo acuarela post fornicatoria. Al acusarme, sentados desnudos, a lo Rodin sutura, bajo Dánae en trance cannabis sativa, toda ventanas de partículas solares, al osar acusarme de no ambicioso y perdedor, respondí con dignidad de ascendentes pantalones, único signo de lluviosa especie: Querida, no lograrás ponerme a producir para ti como máquina ATM. Te has tirado el “polvo” con el hombre equivocado. Inundantes periódicos llegan exudando tinta de calamares transexuales y exquisita fibra óptica. Tabletas, Ipads, teléfonos inteligentes y brutísimos que la basta gente, a falta de mejor ocupación, se mete por el culo con la pasión, un poco de entusiasmo, por favor, dilectos señores, que una libertina barra de chocolate obscuro es despojada de su prana en siniestro gogó junto al hipódromo. No respetan la nobleza de algunos animales ni la reverencia que merecen las putas auténticas. Nunca vi tanta flor exhibicionista entre la mierda y su bagaje de pinacoteca multicolor; ni la Flor de Fango del panfletario Vargas Vila se les acerca en histrionismo modernista. El jardín, delicioso convite; caimanes, serpientes, pumas, cangrejos, mosquitos, confraternizan esperando señal de ataque para quebrar tregua y es punto de convergencia espacio-temporal el momento en que la presidenta del Club del Libro por la Expresión de la Cultura, copada de corrugadas acólitas e impotentes “mignons” extraen al unísono cuarenta volúmenes de Madame Bovary… Entonces, el infierno; el día se convirtió en noche, la noche se tiñó de escarcha enrojecida; espadas de fuego guiaron la furia de las bestias que cayeron sobre todo visible en el jardín, por lo que cauteloso en anticipación a los horrores puse a excelente recaudo a la pecosa señorita: de muy portentoso pedo la colgué en las aguadas bombachas de la Osa Mayor. Sajados miembros y cuerpos devorados enteros se esparcían y viendo que si no ejercía los recursos autorizados era el exterminio cedí paso a un tsunami intestinal que arrasó con todo y más. Hubo, al fin, paz en el jardín barroco adulterado. 

El verbo lujurioso e iconoclasta de Callejas, se toma o se deja, pero jamás se puede olvidar. Nunca seremos los mismos después de su lectura. ¿Qué más se le puede pedir a la buena literatura?

Nota: el libro completo se puede leer gratis entrando a: BookRix



29 dic. 2017

Réquiem para la novela filosófica

Réquiem para la novela filosófica
Por José Díaz-Díaz, Director de la Fundación La Caverna













Al parecer, la novela filosófica no goza de buena salud. El género novela en general, pareciera estar agonizando.

Pero, para poner en contexto el tema que me ocupa debo precisar que, es el hábito de la lectura lo que está en crisis. El facilismo provocado por la imposición del formato breve y corto—como manera de comunicar—impulsado por la Media y la Internet, aunado a la desidia por conocer a profundidad sobre cualquier tema; amén de la abulia de ejercitar el pensamiento crítico como método de acercamiento a un fenómeno cualquiera, llevan al colectivo  a colapsar en una pereza intelectual generalizada en donde la atención solo da para fijarse en un párrafo de pocos caracteres, en una imagen fotográfica, un meme o un video de corta duración.

La falsa creencia de que: “una imagen vale por mil palabras”, continúa impulsando el grueso de la plataforma publicitaria y de Medios hacia el culto de la imagen visual y el Video (el siglo de la imagen), lo cual ha contribuido a acrecentar la desidia creciente por parte del público, receptor abúlico y acrítico de mensajes empaquetados listos para ser consumidos.

 Ahora no se lee, simplemente se ve la imagen visual y ya. El cerebro descansa en paz. En este sentido, el hecho histórico de leer menos, o no leer, es uno de las consecuencias de una ideología global que propugna por una pasividad acrítica del consumidor. Es el signo de la nueva sociedad pobre de espíritu y de irrisoria curiosidad intelectual. Una postración de indolencia ante el conocimiento profundo y por discernir sobre el qué y el cómo de las cosas (motor de la Filosofía). Una torva población influenciada verticalmente por «la era de la Postverdad», está dando al traste con aquella sana curiosidad que engalanaba uno de los rasgos de nuestros antepasados.

El ejercicio de una lectura sopesada, juiciosa y activa, como lo demanda una narrativa de género de novela filosófica, se ha convertido en  cosa del pasado. Un libro de más de trescientas páginas atemoriza al más animoso lector. Ya nadie quiere dejarse llevar y perderse en la magia de un bosque de muchos árboles. Con atisbar unos cuantos arbustos le es suficiente. Así que el tiempo del diletantismo intelectual y la digresión inteligente (propios de la novela filosófica) ya no tienen cabida.

¿Quién lee al chileno Roberto Bolaño en su novela inconclusa de mil cien páginas llamada 2666? ¿Quién se atreve a leer: La broma infinita del estadounidense David Foster Wallace de novecientas páginas, o yendo más atrás, quien se le mide a: El hombre sin atributos (también novela inconclusa) del austriaco Robert Musil, de setecientas paginas? O a El Ulises del irlandés James Joyce o a: En busca del tiempo perdido del francés Marcel Proust? Y ni mencionar a El Quijote.

Sin embargo, para no convertirme en un «profeta del desastre», y de estar alimentando teorías conspirativas, debo admitir que un subgénero literario como lo es el Cuento, parece haber encontrado un nicho histórico para tomar fuerza y desarrollarse como un genuino formato donde los pocos lectores que aún quedan pueden abrevar y  nutrirse de una buena metáfora narrativa. Y no es que el Cuento no haya coexistido con la Novela desde siglos atrás, es más, es anterior al mismo relato novelado, sino que ahora, es valorado como un género mayor con posibilidades estéticas tan válidas como la novela. Cortázar tiene ensayos valiosos sobre esta relación entre cuento-novela y Borges nunca quiso escribir novela para gratificarse en esa cualidad eximia del cuento como lo es la de su precisión, concisión, y rotunda unidad de forma y contenido.

Y es que el fenómeno tecnológico de la Internet por el que estamos atravesando, incide, además, en el comportamiento de las nuevas generaciones, de manera definitiva, principalmente  a partir de los «Milenios». La incursión de la lectura digital propiciada por la nueva tecnología, así como ha popularizado el acceso al texto literario convirtiendo la Red en una biblioteca universal gratuita, también ha modificado la manera de leer en el monitor. La desatención y falta de concentración al leer un texto cualquiera es asunto de agravamiento desproporcionado cuando se hace no desde un libro de papel sino desde una pantalla de Ordenador ya que el bombardeo de la red con los Links que atraviesan como flechas la columna vertebral de la lectura, fácilmente distraen y descarrilan el rumbo del tema escogido.

Así las cosas, con el ocaso de la novela filosófica y de la escasez de lectores, así como hay algunos narradores que toman la decisión drástica y definitiva de no volver a escribir una línea, al estilo del judío americano Philip Roth, (Pastoral americana), hay otros que acomodan su estilo y la extensión de sus libros al formato de novela corta, en donde se siente la ausencia de la voz narrativa de hondo aliento y se sustituye por los diálogos anodinos de poco calado significativo, empobreciendo en contexto la calidad del género. La aventura al estilo hollywoodense, La acción y argumento que cuenta pero no reflexiona, sobrepasan de lejos la inexistente substancia de un enjundioso cuerpo del lenguaje otrora sine qua non  para señalar la calidad de una obra.


Al parecer la novela filosófica no goza de buena salud. Quizás sea un problema de generaciones. De todos modos, el pan está ahí, solo faltan las ganas de comer. La mesa está servida.