30 ago. 2010

Algunos rasgos filosóficos en la novela: El último romántico. Por José Díaz- Díaz

                                   Ilustración de Gustave Doré para "Gargantúa".


 
“El hombre es un Dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”

F. Hölderlin.


 
La utopía al parecer, ha sido una constante en el pensamiento del hombre como indicio claro de inconformidad ante la realidad que vive y conoce, en un momento determinado.

Desde que Tomás Moro acuñó el concepto en 1516 con su libro La Utopía y su adjetivización comenzó a utilizarse como deseo de alcanzar algo ideal, han surgido a la vista un buen número de doctrinas filosóficas y de obras literarias en las cuales se explicitan Estados y países de ficción, islas, ciudades, pueblitos o lugares en donde se vive de una peculiar manera bajo unos valores y una ética cualitativamente superiores a la real que conocemos.

Ya en el siglo IV–AC. Platón describió en La República lo que debería ser un Estado ideal, para contraponerlo a la imperfección y obsolescencia de la democracia griega de ese entonces. François Rabelais en 1534 en su segundo libro llamado Gargantua crea su propia isla ideal a la que nombra La abadía de Thelema, una especie de comunidad con una educación y escolaridad que critica, contradice y rechaza la existente en su entorno renacentista. A la entrada de Thelema podía leerse un rótulo que decía “Haz tu voluntad. ”

Miguel de Cervantes en 1615—reserva varios capítulos en la segunda parte de su Quijote de la Mancha para obsequiarle a su escudero Sancho Panza una ínsula al lado del río Ebro, Barataria en la cual el personaje de marras podrá gobernar a su total antojo y sabiduría. Como por arte de magia el iletrado personaje se convierte en un digno funcionario con nobles sentimientos, ecuánime y sabio en sus ejemplares decisiones, en contravía del ejercicio del poder por esos días y en suspicaz sarcasmo sobre las formas de gobernar de reyes y cortesanos locales.

Hermann Hesse ubica en la Europa central a Castalia, esa tierra privilegiada con un Estado gobernado por los mejores, por los sabios, los científicos, los matemáticos los filósofos y los músicos, quienes orientarían a sus habitantes bajo los hábitos del supremo bien, la belleza y la ética. En su novela El juego de los abalorios (publicada en 1943, en pleno ambiente calamitoso producido por los desastres de la segunda guerra mundial) Hesse conduce a su personaje central Jose Knecht por el duro camino de la ascensión hacia la práctica de una rutina de preparación espiritual bajo los principios de la élite depurada que lo llevaría a convertirse en Magíster del Juego de los abalorios. Al no poderse sostener por mucho tiempo en tan elevado cargo y posición de poder superior y castidad total, pues debían ignorar los placeres carnales, se retira de tan excelsa magistratura y en poco tiempo muere en un accidente banal.

Y como consecuencia de este transcurrir histórico-cultural de una idea que nos pertenece como hijos de nuestro tiempo que somos, el derecho a la Utopía, es que ubico a mi personaje Luciano, el liliputiense, el enano comediante de la novela El último romántico, ( Miami, 2010) arrojado de Castalia por no poder mantenerse casto, (pág. 26) pero con la indeclinable decisión de salvar a la humanidad, construyendo la ciudad de los hombres del futuro y cuya ciudadela central esta descrita al detalle en mi novela. También desde el primer capitulo de la novela el narrador principal y coprotagonista, Rubén Eduardo, lo advierte cuando dice que: “...A mis sesenta y ocho años, prefiero estar atado a este mundo por el señuelo de la ensoñación y de la utopía más que por los vericuetos absurdos y desgastados del previsible acontecer cotidiano.” (pág 11)

El método de la problematización foucaultiana la asumo en la estructura temática del texto literario, con la plena conciencia de que es necesario insuflar en la ficción argumentos conflictivos que induzcan a los personajes emblemáticos y de límite, transgresivos y marginales, a plantearse y replantearse la validez del sentido de sus vidas para que optimicen y potencien la orientación de sus acciones y busquen una salida, así sea equivocada, hacia un fundamento ético válido de su entorno social y de sus existencias individuales mismas. Al darse cuenta de que hay carencias en el sentido de entender sus vidas y de que lo cotidiano real no es en sí mismo lo único posible, mantienen viva una posibilidad de evolución y de búsqueda en vez de mantener un asentimiento burdo y grosero sobre la realidad que se les ofrece. La cuestión es entonces, impulsar el derecho al pensamiento utópico.

No es otro el sentido que Gerardo Antonio, personaje central de esta ficción histórica, dedique su vida a escribir una novela para a través del lenguaje encontrarle un sentido al caos interior y exterior que lo circunda. Él sabe que quien escribe se transforma y quien lee también se transforma. Eugenia hace lo propio a través del teatro, el signo de la máscara( persona) la empuja a buscar su real yo. Mara hace lo suyo entregándose a la práctica del misticismo oriental. Mientras tanto, el bálsamo de la poesía los acompaña en su rutina diaria como si estuviesen convencidos de las lecciones de Friedrich Nietzsche en la Gaya Scienza ( escrita en 1882) no tanto en cuanto a la poética sino en cuanto a la praxis.

El tono carnavalesco y paródico que envuelve la atmósfera de la novela El último romántico ( el título hace referencia al remate del argumento principal, la muerte por amor o Liebstod de Tristan e Isolda), se busca a lo largo de toda la trama y se sostiene como símbolo primario para inyectarle la comicidad a una realidad trágica. Y como el bufón es el único que tiene el poder de reírse del rey, el humor es la única vía con licencia para penetrar con sarcasmo el ensamble de una realidad patética y ruin. El tinglado de valores descompuestos se desajusta con la sonrisa de los desadaptados. Total, hay que escribir divirtiendo como dice, el semiólogo Humberto Eco.

Y el escenario carnavalesco de enanos y duendes, de fantasiosos, alucinados y orates, apuntalados por un lenguaje coloquial que redime sus miserias, es el entramado perfecto para consolidar la parodia de una realidad postmoderna de signo ambiguo y valores híbridos que tambalean entre la verdad y la falsedad de una degradación galopante. No baldíamente quizás Roberto Bolaño nos advirtió que una Escritura debe meter la cabeza en lo oscuro y que hay que saber saltar al vacío y entender que en el fondo la literatura es un oficio peligroso.













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