4 oct. 2010

Apreciaciones sobre: El principito. Por José Díaz- Díaz

   
 Pierre Antoine de Saint Exupèry,  francés  de Lion, nació con el siglo veinte y  justo en los fragores de la segunda guerra mundial( l943)  publica “ Le Petit Prince”, cuento que  ocupa un lugar de preferencia entre  las pequeñas grandes  obras de la literatura universal de siempre.

 No es fácil abordar el análisis de  una obra maestra  de esta categoría, pues su misma sencillez  y su infinita riqueza  de significados nos conducen inevitablemente  a contenidos de notable importancia  en cuanto a la comprensión del comportamiento humano.
Si entendemos que la literatura es un Arte y el objetivo del Arte es  el de proporcionar placer estético al lector, entonces, la primera lectura de “ El Principito”, bastaría para dejarnos satisfechos, complacidos, además de agradecidos con este autor que legó a la humanidad  una hermosa creación que  nos subyuga a todos.

Pero cuando nos adentramos en una segunda, tercera o cuarta lectura de su pequeña obra,  no podemos menos que sobrecogernos  ante la riqueza de símbolos y analogías que en ella encontramos, todos girando alrededor  de la vida infantil y del comportamiento humano adulto.

 Entre las reflexiones del  autor que a su vez protagoniza la trama del cuento y sus diálogos con su Personaje el niño príncipe, vamos siendo conducidos  hacia una Crítica  de los valores fundamentales  de nuestra civilización: el hombre contemporáneo ha perdido la brújula  del sentido auténtico de la vida y sus Valores están trastocados.
La niñez de nuestra civilización giraba alrededor  de un valor central: lo lúdico y lo placentero, ahora gira  sobre lo utilitario. El hombre-niño era feliz; el hombre adulto es desgraciado.

 Igualmente, el hombre adulto olvida pronto su niñez, esa etapa histórica de su evolución, ese estado psíquico primordial y naciente de la humanidad; se separa del niño que fue, dejando tras de sí,  el juego, la bondad, la ternura, la fantasía y el sentimiento de asombro  ante la magia de la belleza y de la naturaleza,  para entregarse al utilitarismo y doblegarse ante un sistema de valores  “supuestamente serios” que lo separan y enajenan de su esencia real.

    El hombre de  hoy lo compra todo, pero vive con una profunda sensación de soledad pues al no existir “vendedores de amigos”, no los puede comprar. Al respecto,  el personaje central  nos dice: “—Conozco un planeta donde vive un señor carmesí. Este señor  jamás ha olido una flor, jamás ha contemplado una estrella, jamás ha amado a nadie. Nunca ha hecho más que sumas  y todo el tiempo repite como tú  “Soy un hombre serio! Soy un hombre muy serio. Y esto lo hace hincharse de orgullo,  pero no es un hombre, es un hongo!” En verdad, se hinca ante el dios-dinero y menosprecia su riqueza interior de ser humano.

En efecto, para  Saint Exupèry, el valor central de su Ética radica  en la belleza y la verdad, principios pisoteados por el hombre de hoy ahogado en su tinglado social que lo acorrala irracionalmente en una incesante y agobiante búsqueda de bienes materiales. Ya lo decía Federico Nietzsche  en  su libro “ El origen de la tragedia” (1871)  al indicar  que el hombre en su evolución al someterse a la Razón   como instrumento para alcanzar la Verdad, abandonó su anterior estado de felicidad,  caracterizado por llevar una vida contemplativa, de éxtasis permanente ante la belleza del cosmos, que como un ser mágico, orientado  por una concepción mitológica del mundo, por unos ritos que lo centraban  en palpitante comunicación con la naturaleza y por una auténtica relación atávica y dionisiaca con sus más profundos ancestros, sentía la vida con auténtico júbilo y regocijo.

El relato de El principito, aborda con la inocente disculpa de ser una literatura para niños, el complejo y problemático tema del papel de una educación que está más al servicio de la alienación  de la vida que la de potenciar su pleno disfrute. A su manera, Saint Exupèry  desarrolla en una perfecta metáfora lo que unos cuantos años antes Hermann Hesse en su primera novela Bajo las ruedas (1906), puntualizara acerca del dolor de abandonar la niñez y la adolescencia para someterse y doblegarse en cuanto adulto, a la férula de la normativa institucional.

No quisiera terminar este brevísimo análisis sin citar la frase donde  el escritor (apasionado en pilotear aviones y descender  alborozado  en el paradisíaco estado del alma infantil), nos entrega  su secreto que nos guiará hacia la  verdad  de la comunicación humana: “...Es muy simple... no se ve verdaderamente  más que con el corazón. Para los ojos, lo Esencial es invisible...”.
Así pues, mis amigos, dejemos salir de vez en cuando ese niño que llevamos dentro. No lo ahoguemos ni escondamos.  Que él no sabe de preocupaciones, ni de futuro ni de miedos y sí mucho de desmesura, de  asombro y  de arrojo.

Enlaces temáticos: En busca de la infancia perdida. José Díaz- Díaz.
Ordenar en Amazon.








Publicar un comentario