19 dic. 2010

Cuento de navidad : Isabela. Por José Díaz-Díaz

                       
      Lo recuerdo como si fuera ayer. Era la voz nítida de la secretaria del consultorio que me llamaba por teléfono para advertirme que  el día siguiente  a las diez de la mañana debía acudir a la oficina médica. Se refería a la cuarta sesión terapéutica  de hipnosis. Hipnosis en tiempos de navidad, pensé. Qué le vamos a hacer. En qué rollos me meto yo.

      Aún encamado estiré el brazo izquierdo y alcancé el reloj que reposaba sobre la mesita de noche, ensanché los ojos para sacarme el sueño de encima y me di cuenta de  que  eran ya las ocho y treinta minutos de la mañana. La voz de la secretaria me llega, ahora, más delgada y afilada como si poseyera un registro de soprano coloratura. La percibo un poco aniñada a pesar de que yo le pongo por lo menos cuarenta años o eso me pareció en las pocas veces que la he visto fungiendo de recepcionista en la oficina de la psicóloga. Ojos oscuros y pequeñitos escondidos detrás de unos grandes anteojos. Ojos que no quieren mirar, ojos que huyen, me pareció. Un poco rara en verdad, más tímida que yo, Tal vez.

       –¿Me está escuchando, señor Néstor Núñez?-Me preguntó sacándome de mi distracción involuntaria.
      - ¡Oh sí! Por supuesto- repliqué.- entonces le veré mañana ¿ no es cierto?-Remató. Que pase un bonito día.
      - Igual para usted. Respondí.
 Por instantes llegué a sentirla cercana y una ráfaga de calor se coló entre las cobijas estremeciéndome involuntariamente. El hilo de su voz dulzona aguzó mi soledad que justo por la época de navidad solía envolverme de manera  corrosiva.


       Vivía por ese entonces en la Nueva York de los años setenta. Llevaba ya un lustro de haber emigrado de Suramérica. Y aquel tiempo lo evocaba con desacostumbrada claridad pues era el quinto invierno que sufría en La gran manzana y  a ese friíto que cala  los huesos hasta la médula nunca me pude acostumbrar. Estaba domiciliado en Brooklyn,  distrito de Bensonhurst en un apartamento tipo estudio donde me sentía cómodo.
       Aquel miércoles fue un día común y corriente. A las once de mañana y guarnecido de pies a cabeza con ropa gruesa, gorro, abrigo de paño, bufanda y guantes, estaba descendiendo al subterráneo  de la estación M. del Metro que me conduciría en una hora a Manhattan y me arrojaría a la superficie helada en la estación de la calle 14. Menos mal que muy cerca, en el 221 W de la 14 St. se encontraba ubicada la librería Macondo donde yo trabajaba desde su apertura dos años atrás y la cual, ahora lo recuerdo con acritud, fue cerrada por orden de la Corte del décimo distrito, treinta y cinco años más tarde en el 2007 ante la imposibilidad de  poder pagar la renta debido a un bajón sostenido en la venta de los libros en español.
      Los peatones caminaban con paso rápido abrigados hasta las orejas y sin mirar para ningún lado, eran sombras que exhalaban en su respiración agitada vahos de humo blancuzco como si se estuvieran quemando por dentro. Y en verdad que el frío quema, pienso ahora. Bueno, yo también caminaba reconcentrado en mis pensamientos. Los dientes me rechinaban de manera instintiva, mientras me invadían unos acordes lejanos de música de blues que me enternecían sin causa aparente. Solo una cosa me inquietaba y era que la voz dulzona de la secretaria no se me salía del cuerpo. Una sensación estúpida pero agradable me acompañaba sin saber porqué, era como si su hilo de voz en la exigua conversación que sostuvimos, me hubiera inyectado en las venas, en la piel y sobre todo en la memoria un chorro de elixir extraño que me producía una efecto sedante de felicidad, de constante expectación, de querer estar con ella.

       Y llegó el jueves. Fueron veinte minutos más del viaje acostumbrado en el Metro sin necesidad de cambiar de ruta. La oficina estaba ubicada una cuadra al oriente del Central Park que lucía blanco como una sábana pues la noche anterior había nevado un poco. No mucho pero sí un poco. Subí por la escalera al segundo piso, me sentí tranquilo, eran justo las diez de la mañana.
 La secretaria me sonrió al verme, yo también hice lo propio. Me sonrió enigmáticamente, o así lo capté. Me desestabilizó de momento. La sala de espera estaba vacía. Me acerqué a su escritorio y le dije: Hola. Como si la viera por primera vez descubrí en su rostro blanco de facciones finas un hermoso y bien cuidado cabello negro. Ella me respondió: Hola, sonriendo de nuevo, cerrando los ojos por un instante y agachando la cabeza, lo cual me sorprendió aún más. Esas cuatro letras <<h-o-l-a >> susurradas con ese encanto irresistible me aflojaron las piernas.

-         Siéntate- dijo- En unos tres minutos te va a atender la terapeuta.
-         Gracias-atiné a responder-Te ves muy lindas hoy -me atreví a decirle.-perdón, ¿Cual es tu nombre?
-         Isabela- dijo -pero puedes llamarme Bela.
-         Así lo haré, Bella- Respondí con mi rostro iluminado. Se volvió a sonreír y yo me froté las manos enfundadas en los bolsillos del abrigo contra mis piernas desfallecientes.

      Un silencio se apoderó del ambiente y en segundos apareció por la puerta del consultorio la terapeuta vestida con una bata blanca,  indicándome de manera amable que la siguiera. Así lo hice.
      Era la última sesión del tratamiento. Y a decir verdad, me sentía curado  de esa horrible sensación de pánico, de vértigo y de extrañamiento que me tenía postrado y que me había obligado a pedir auxilio profesional. La psicóloga logró con su técnica de hipnosis restituir en mi subconsciente la imagen y la memoria  de mi niñez perdida con lo cual recuperé mi capacidad para el asombro, para disfrutar el goce lúdico y para sentirme centrado en una ciudad afamada por endurecer a sus habitantes.
Cuando abandoné el consultorio, la recepción estaba vacía.

     Pasó una semana, yo me sentía muy tranquilo. A mis treinta y seis  años ya sabía que la juventud era un  espejismo, una ilusión tan pasajera que la vida le jugaba a uno para hacerlo creer que era fuerte. Y esa fortaleza estaba desapareciendo a pasos agigantados. Me sentía frágil e inseguro, la ciudad parecía que se me venía encima, la soledad me doblegaba. La incapacidad para mantener relaciones estables me aislaba de la gente. Pero la terapia me puso otra vez como un toro y la oportunidad de entablar una relación sentimental con Bella me disparó al paraíso de mi niñez de donde nunca debí haber salido. Por todo eso me refugié en el mundo de los libros puesto que la realidad me era insoportable. Por todo eso la librería Macondo sustituía un hogar real para convertirse en mi hogar de ficción. Por eso viví allí treinta y tres años, hibernando, encuadernado entre portadas y contraportadas, saltando de solapa en solapa. Espiando el mundo exterior sin que me vieran, como una hoja de papel que se resguarda en el cuerpo de sus hermanas gemelas.
     Por eso, cuando me asaltó el presentimiento de compartir con Bella un retazo de mi existencia, el corazón me saltó de manera inusual, y entonces fue cuando tomé la decisión de llamarla y lo hice de inmediato. Ella siempre con  su voz de flauta dulce conversaba conmigo y su alegría me llegaba a través del  teléfono inundando mi interior de energía color naranja y de euforia. Las conversaciones más entrañables  las sosteníamos en las noches cuando ella se encontraba reposando en su casita del barrio de Jackson Height en Queens. Había nacido en San Juan de Puerto rico y sus padres, que ya murieron, la trajeron a la edad de seis años, junto con su único hermano Alberto quien ahora vive en San Antonio,Texas. Después supe que Bella nunca se había casado. Un noviazgo traumático la paralizó para emprender en adelante  compromiso amoroso alguna.

     Nuestra especial relación ha durado por todo el resto de nuestras vidas. Ahora ella tiene setenta y dos años y yo sesenta y ocho. Somos viejos. Nos hemos visto una vez al año, para navidad, por un lapso ininterrumpido de treinta y un años. Ella continuó trabajando por mucho tiempo hasta cuando cerraron el consultorio, siempre al lado de la psicóloga. También supe que asistía a una sesión anual de terapia de hipnosis porque padecía de similares trastornos a los míos en especial de pánico y misantropía y era el recurso que la mantenía a flote para poder soportar el mundo que le había tocado en suerte. Bella siempre fue muy frágil igual que su voz de ángel que siempre me acompañó.

     No piensen que no pretendí romper con el rito y la ceremonia de la visita anual. Lo intenté de verdad, pero no pudo ser. Ella siempre me recordaba que no quería perder mi amistad y que por lo tanto hasta cuando no se sintiera bien segura no iba a dar un paso adelante. Y para mi desamparo total, nunca estuvo lo suficientemente segura.
 Ahora, me estoy cobijando al máximo con ropa gruesa, con la bufanda y el abrigo, con el gorro y los guantes porque me dispongo a tomar el Metro y a pasar la noche de Navidad en casa del amor de mi vida. Me arropo bien porque con la edad, el helaje y sobre todo el viento se convierten en hojillas metálicas que atraviesan la piel. Ya tengo los labios cuarteados de tanta nevisca y el alma arrugada  de tanta desolación. Vale la pena hacer el viaje. En mi memoria el tiempo no pasa y percibiré a Bella en sus plenos cuarenta años, como aquella primera vez que la vi. Me abrirá la puerta de su casa  saludándome con ese ¡Hola! Sonriéndome, cerrando los ojos por un instante y agachando la cabeza.
 Como dos niños deslumbrados reviviendo su infancia paradisíaca, platicaremos hasta el amanecer al calor de las llamas abrasantes de  la chimenea y la música de sus palabras me engolosinará el espíritu hasta que el sueño nos doblegue.  


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