4 dic. 2010

Vargas Llosa y el erotismo en la literatura.

      Delville-Escuela Platón

     Uno de los temas recurrentes en la extensa obra narrativa  de Mario Vargas Llosa quizás sea el del erotismo, por su constante presencia como ingrediente  en la mixtura de elementos que constituyen el cuerpo de su escritura. Rastreando algunos de sus Ensayos entre los cuales están  La Orgía perpetua (1978) y La verdad de las mentiras (2002) se puede deducir que  le concede una importancia primordial al concepto de Erotismo en cuanto a considerarlo un componente enriquecedor del texto literario que debería estar presente en toda obra de calidad.

      Vargas Llosa Conoce desde muy joven, desde sus inicios como escritor, por allá desde sus años de estudiante universitario  cuando fungiendo como asistente de bibliotecario en el club nacional de Lima, las diversas teorías, duras y blandas, sobre el tema en cuestión. Desde la pornografía literaria del  Marqués de Sade, (Justine[1791])  hasta los más profundos símbolos de la sexualidad humana desarrollados en sus diversos estudios teóricos y narrativos por Georges Bataille, (Historia del ojo[1928]) y por supuesto,  disfrutará de las más sobresalientes obras de la literatura erótica a partir de la lectura de la colección Los maestros del amor, dirigida en Francia por el escritor surrealista Guillaume Apollinaire.

      En unas cuantas de sus innumerables charlas y entrevistas, el nóbel peruano  se ha referido a la importancia  de la literatura como agente que  ayuda a potenciar esa dimensión creadora del hombre en su cotidianidad, al agregarle ese valor de ficción, de fantasía y de imaginación, que a través de un lenguaje escrito, lo empuja a descubrir una dimensión cultural enriquecida para acceder a degustar el goce, la  exploración y la recreación de  nuevas experiencias vitales. De este modo, el ingrediente del Erotismo en la obra literaria es el propicio para espolear la sensualidad inmanente en todo sujeto y de propiciar un tipo de comunicación de calidad superior siempre y cuando la ficción que se ocupe de lo sexual alcance un determinado coeficiente estético que lo distancie de lo meramente pornográfico.

      Dentro de este contexto, en sus obras Elogio de la madrastra ( 1988) Los cuadernos de don Rigoberto (1997) y Las travesuras de la niña mala (2006) principalmente, encontramos una alta dosis de contenido erótico, que a mi modo de ver y obedeciendo a los conceptos defendidos por el mismo autor, emanan de las obras de manera natural aunque reguladas por la voluntad calculadora del escritor. Una especie de erotismo a cuenta gotas. Sin embargo, esa dosis por lo general no viene dada por simples descripciones de personajes y su interrelación, de argumentos y tramas que se acomodan para exaltar momentos inflamados de pasión o de escenas íntimas sino que el fondo y entorno erótico está dado por la forma en que el lenguaje, casi siempre barroco, se transfigura y recrea en sí mismo espacios nuevos en donde el lector no puede menos que conmoverse y dejarse llevar por un rapto de excitación. Recordemos que el erotismo es el triunfo de la cultura por el ejercicio de la imaginación sobre la naturaleza. Y eso es justamente lo que persigue el escritor. Abrir ventanas, desatrancar compuertas.

      En cuanto a los lineamientos conceptuales sobre el tema que nos ocupa,, Vargas Llosa adhiere en la práctica a los postulados que enuncia Georges Bataille en su obra Erotismo (1957) y a los indicados por  Michell Foucault en su extensa e inconclusa  obra Historia de la sexualidad (1976-1984)   entendiéndose este concepto como una sexualidad transfigurada, en donde el sentido último del erotismo es la fusión, la continuidad, la supresión de limites entre el sujeto mismo y entre el sujeto y su pareja, o entre el sujeto y sus acompañantes. Debemos entender, entonces, que al erotismo le interesa el goce, el placer y la vida no la reproducción y que el género humano a diferencia de los animales es el único que puede convertir  la pulsión sexual en erotismo sin que medie la intención de la procreación. El ejercicio del erotismo constituye una practica de libertad individual y privada de gran contenido liberador y catártico que el sujeto ejerce como un verdadero ascenso hacia la aprehensión de dimensiones humanas más integrales complejas y totalizadoras.

       En este sentido, el ejercicio del erotismo surge cuando el individuo es capaz de desprenderse del interdicto, de la prohibición y de la regla. Si hay conciliación con el interdicto, ya no hay erotismo. Se hace imperativo transgredir el tabú, el pudor, el recato, para alcanzar lo obsceno que es la desnudez del cuerpo y de la conciencia. Al superar las restricciones impuestas por la norma, por  la mojigatería, por la pudibundez o la tendencia de demonizar el sexo, la acción erótica se aviene más con la clandestinidad y la privacidad  que con la normalidad plana. En tal sentido, Vargas Llosa dice en boca de uno de sus personajes de Los cuadernos de don Rigoberto:  “Gracias a los colegios de monjas, el mundo esta lleno de mesalinas.”

     En todo caso, una obra literaria no es buena simplemente porque desarrolle o no el tema del erotismo pero sería raro encontrar una narrativa superior sin que contenga una buena dosis de él. Total, el tema de lo erótico-sexual se encuentra en la raíz de los elementos que conforman el psiquismo humano y la escritura lo que hace es recoger aquellos signos, señales y símbolos tales como los de la violencia, el poder y la muerte que conjuntamente con los ritos y ceremonias, con la interrelación entre débiles y fuertes entre lo masculino y lo femenino (eros y thanatos) y hasta en lo andrógino, caracterizan y modulan el ser en el mundo del género humano. Por todo esto y otras cosas, Mario Vargas Llosa llegó a afirmar que sin literatura no hay erotismo.




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