1 jul. 2012

Philip Roth gana el premio Príncipe de Asturias de las letras 2012 Por José Díaz-Díaz



Considerado por la crítica como uno de los cuatro novelistas estadounidenses  más importantes de los últimos veinticinco años, Philip Roth, judío-americano nacido en Newark, New Jersey (1933) y postulado al Nobel durante varios años seguidos, en esta oportunidad ha sido laureado con el Príncipe de Asturias de las letras
Leer a Roth es obligante y urgente para todo lector que desee seguir el hilo del desarrollo de la narrativa universal de los últimos cincuenta años, porque detrás de esa novelística va a descubrir los intrincadas señales de la cultura de nuestro tiempo. En cuanto a Philip Roth compete, a través de sus novelas: Pastoral Americana (premio Pulitzer 2009), Operación Shylock (1996), El lamento de Portnoy (1997), Me casé con un comunista (2000), La mancha humana (2001), El animal moribundo (2006); disecciona y critica el comportamiento del ser norteamericano de las últimas décadas, desguaza el animal político-cultural y erótico, desde sus ancestros y valores impulsados por los “Padres fundadores” para, de manera valiente, golpear donde debe golpear y salvar, lo que es éticamente salvable de las transformaciones  que han  caracterizado la historia de la vida norteamericana hasta el momento actual.
Me limitaré en esta reseña, a anotar algunas señales literarias— que a mi modo de ver— el genio y la inspiración narrativa de Roth trabaja en El animal moribundo y que de manera magistral nos presenta en su extraordinaria novela. Dos personajes centrales, el profesor universitario David Kepeck (alter ego de Roth) un hombre seductor, inteligente y culto, de setenta y dos años y su amante y ex-alumna, de origen cubano, Consuelo Castillo, de treinta y dos; sirven de eje donde convergen los más sentidos e intrincados temas de relación de pareja y de la sociedad en la cual viven. El lugar es Nueva York y Estados Unidos. La época: de los sesenta hasta el dos mil.
 Igual que en sus otras novelas—pero siempre superándose a sí mismo— el autor conforma en su texto un retrato, una ventana, desde la cual nos desvela su mirada sobre la identidad cultural y étnica, sobre la creación artística, sobre los movimientos sociales que dejan al hombre de hoy despojado de cualquier concepto seguro a seguir en la búsqueda de una explicación válida para expresar sus vidas y sus destinos de seres cuyo final ineludible es la muerte.  
Con un estilo directo y descarnado, fluido e incisivo, la trama de la novela trata de la juventud, la vejez y la pulsión omnipresente de  la muerte; del eros y el thanatos; de la belleza física y de su decadencia; de los celos y  del poder del hombre sobre la mujer y de la mujer sobre el hombre; trata sobre el sexo como arma de doble filo que puede darle coherencia a la existencia pero que también puede echar por la borda la disciplina más férrea. Habla sobre el matrimonio como un acuerdo social facilista y cobarde y habla sobre el enamoramiento como un abandono de la identidad personal. La fuerza de los cambios conquistados en la década de los sesenta por los movimientos juveniles en la sociedad estadounidense, le sirve de marco histórico para ambientar sus personajes.
En la medida que avanzamos en la lectura de El animal moribundo, podemos sentir asco o admiración; aturdimiento, vergüenza o asombro y, como cuando estamos a las puertas de algo grande: fascinación. Gracias a la pluma despojada de retórica y de artilugios, en donde la poesía anda escondida entre el tono realista y desconsolado de un angustiado existencial; la desnudez y sabiduría de un escritor  como Roth sigue la orden de Nietzsche de << escribir con sangre>>, asumiendo con valentía una realidad trágica  que a la postre  nos ahoga en su verdad, las más de las veces amarga y dolorosa.
Pero para comprender y entender con sentido ecuánime a Philip Roth, tenemos que transitar, para fortuna nuestra, por las obras de aquellos clásicos de la psicología y de la literatura erótica que le dan consistencia a su discurso. Es menester que recordemos a Freud y sus planteamientos sobre el placer y el dolor. Debemos transitar por la narrativa del marqués de Sade y por la obra cumbre del erotismo, me refiero a Historia del ojo, de George Bataille; y regalarnos con  las exquisiteces de La Lolita de Vladimir Nabokov. Quizás debamos releer algunos de los Trópicos de Henry Miller y condimentarlo con algún poema de Charles Bukowski. Tal vez de esa manera podríamos vanagloriarnos, ahora, de que tenemos vivo a uno de los grandes de la literatura de nuestra cultura.
José Díaz-Díaz
Crítico literario<<joserdiazdiazblogspot.com>>
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