29 ago. 2012

Cartas a un Joven Novelista


Cartas a un Joven Novelista
Mario Vargas Llosa
I
PARÁBOLA DE LA SOLITARIA
Querido amigo:
Su carta me ha emocionado, porque, a través de ella, me he visto yo mismo a mis
catorce o quince años, en la grisácea Lima de la dictadura del general Odría, exaltado
con la ilusión de llegar a ser algún día un escritor, y deprimido por no saber qué pasos
dar, por dónde comenzar a cristalizar en obras esa vocación que sentía como un
mandato perentorio: escribir historias que deslumbraran a sus lectores como me habían
deslumbrado a mí las de esos escritores que empezaba a instalar en mi panteón privado:
Faulkner, Hemingway, Malraux, Dos Passos, Camus, Sartre.
Muchas veces se me pasó por la cabeza la idea de escribir a alguno de ellos (todos
estaban vivos entonces) y pedirle una orientación sobre cómo ser un escritor. Nunca me
atreví a hacerlo, por timidez, o, acaso, por ese pesimismo inhibitorio —,para qué
escribirles, si sé que ninguno se dignará contestarme?— que suele frustrar las
vocaciones de muchos jóvenes en países donde la literatura no significa gran cosa para
la mayoría y sobrevive en los márgenes de la vida social, como quehacer casi
clandestino.
Usted no ha experimentado esa parálisis puesto que me ha escrito. Es un buen comienzo
para la aventura que le gustaría emprender y de la que espera —estoy seguro, aunque en
su carta no me lo diga— tantas maravillas. Me atrevo a sugerirle que no cuente
demasiado con ello, ni se haga muchas ilusiones en cuanto al éxito. No hay razón
alguna para que usted no lo alcance, desde luego, pero, si persevera, escribe y publica,
pronto descubrirá que los premios, el reconocimiento público, la venta de los libros, el
prestigio social de un escritor, tienen un encaminamiento sui géneris, arbitrario a más no
poder, pues a veces rehúyen tenazmente a quienes más los merecerían y asedian y
abruman a quienes menos. De manera que quien y en el éxito el estímulo esencia1te su
vocación es probable que vea frustrado su sueño y confunda la vocación literaria con la
vocación por el relumbrón y los beneficios económicos que a ciertos escritores (muy
contados) depara la literatura. Ambas cosas son distintas.
Tal vez el atributo principal de la vocación literaria sea que quien la tiene vive el
ejercicio de esa vocación como su mejor recompensa, más, mucho más, que todas las
que pudiera alcanzar como consecuencia de sus frutos. Ésa es una de las seguridades
que tengo, entre muchas incertidumbres sobre la vocación literaria: el escritor siente
íntimamente que escribir es lo mejor que le ha pasado y puede pasarle, pues escribir
significa para él la mejor manera posible de vivir, con prescindencia de las
consecuencias sociales, políticas o económicas que puede lograr mediante lo que
escribe.
La vocación me parece el punto de partida indispensable para hablar de aquello que lo
anima y angustia: cómo se llega a ser un escritor. Es un asunto misterioso, desde luego,
cercado de incertidumbre y subjetividad. Pero ello no es obstáculo para tratar de
explicarlo de una manera racional, evitando la mitología vanidosa, teñida de
religiosidad y de soberbia, con que la rodeaban los románticos, hacienda del escritor el
elegido de los dioses, un ser señalado por una fuerza sobrehumana, trascendente, para
escribir aquellas palabras divinas a cuyo efluvio el espíritu humano se sublimaría a sí
mismo, y, gracias a esa contaminación con la Belleza (con mayúscula, por supuesto),
alcanzaría la inmortalidad.
Hoy nadie habla de esta manera de la vocación literaria o artística, pero, a pesar de que
la explicación que se ofrece en nuestros días es menos grandiosa o fatídica, ella sigue
siendo bastante huidiza, una predisposición de oscuro origen, que lleva a ciertas mujeres
y hombres a dedicar sus vidas a. una actividad para la que, un día, se sienten llamados,
obligados casi a ejercerla, porque intuyen que sólo ejercitando esa vocación —
escribiendo historias, por ejemplo— se sentirán realizados, de acuerdo consigo mismos,
volcando lo mejor que poseen, sin la miserable sensación de estar desperdiciando sus
vidas.
No creo que los seres humanos nazcan con un destino programado desde su gestación,
por obra del azar o de una caprichosa divinidad que distribuiría aptitudes, ineptitudes,
apetitos y desganos entre las flamantes existencias. Pero, tampoco creo, ahora, lo que en
algún momento de mi juventud, bajo la influencia del voluntarismo de los
existencialistas franceses —Sartre, sobre todo—, llegué a creer: que la vocación era
también una elección, un movimiento libre de la voluntad individual que decidía el
futuro de la persona. Aunque creo que la vocación literaria no es algo fatídico, inscrito
en los genes de los futuros escritores, y pese a que estoy convencido de que la disciplina
y la perseverancia pueden en algunos casos producir el genio, he llegado al
convencimiento de que la vocación literaria no se puede explicar sólo como una libre
elección. Ésta, para mí, es indispensable, pero sólo en una segunda fase, a partir de una
primera disposición subjetiva, innata o forjada en la infancia o primera juventud, a la
que aquella elección racional viene a fortalecer, pero no a fabricar de pies a cabeza.
Si no me equivoco en mi sospecha (hay más posibilidades de que me equivoque de que
acierte, por supuesto), una mujer o un hombre desarrollan precozmente, en su infancia o
comienzos de la adolescencia, una predisposición a fantasear personas, situaciones,
anécdotas, mundos diferentes del mundo en el que viven, y esa proclividad es el punto
de partida de lo que más tarde podrá llamarse una vocación literaria. Naturalmente, de
esa propensión a apartarse del mundo real, de la vida verdadera, en alas de la
imaginación, al ejercicio de la literatura, hay un abismo que la gran mayoría de seres
humanos no llega a franquear. Los que lo hacen y llegan a ser creadores de mundos
mediante la palabra escrita, los escritores, son una minoría, que, a aquella
predisposición o tendencia, añadieron ese movimiento de la voluntad que Sartre llamaba
una elección. En un momento dado, decidieron ser escritores. Se eligieron como tales.
Organizaron su vida para trasladar a la palabra escrita esa vocación que, antes, se
contentaba con fabular, en el impalpable y secreto territorio de la mente, otras vidas y
mundos. Ése es el momento que usted vive ahora: la difícil y apasionante circunstancia
en que debe decidir si, además de contentarse con fantasear una realidad ficticia, la
materializará mediante la escritura. Si decide hacerlo, habrá dado un paso
importantísimo, desde luego, aunque ello no le garantice aún nada sobre su futuro de
escritor. Pero, empeñarse en serlo, decidirse a orientar la vida propia en función de ese
proyecto, es ya una manera—la única posible— de empezar a serlo.
¿Qué origen tiene esa disposición precoz a inventar seres e historias que es el punto de
partida de la vocación de escritor? Creo que la respuesta es: la rebeldía, Estoy
convencido de que quien se abandona a la elucubración de vidas distintas a aquella que
vive en la realidad manifiesta de esta indirecta manera su rechazo y crítica de la vida tal
como es, del mundo real, y su deseo de sustituirlos por aquellos que fabrica con su
imaginación y sus deseos. ¿Por qué dedicaría su tiempo a algo tan evanescente y
quimérico —la creación de realidades ficticias— quien está íntimamente satisfecho con
la realidad real, con la vida tal como la vive? Ahora bien: quien se rebela .contra esta
última valiéndose del artilugio de crear otra vida y otras gentes puede hacerlo impulsado
por sinnúmero de razones. Altruistas o innobles, generosas o mezquinas, complejas o
banales. La índole de ese cuestionamiento esencial de la realidad real que, a mi juicio,
late en el fondo de toda vocación de escribidor de historias no importa nada. Lo que
importa es que ese rechazo sea tan radical como para alimentar el entusiasmo por esa
operación —tan quijotesca como cargar lanza en ristre contra molinos de viento— que
consiste en reemplazar ilusoriamente el mundo concreto y objetivo de la vida vivida por
el sutil y efímero de la ficción.
Sin embargo, pese a ser quimérica, esta empresa se realiza de una manera subjetiva,
figurada, no histórica, y ella llega a tener efectos de largo aliento en el mundo real, es
decir, en la vida de las gentes de carne y hueso.
Este entredicho con la realidad, que es la secreta razón de ser de la literatura —de la
vocación literaria—, determina que ésta nos ofrezca un testimonio único sobre una
época dada. La vida que las ficciones describen —sobre todo, las más logradas— no es
nunca la que realmente vivieron quienes las inventaron, escribieron, leyeron y
celebraron, sino la ficticia, la que debieron artificialmente crear porque no podía vivirla
en la realidad, y por ello se resignaron a vivirla sólo de la manera indirecta y subjetiva
en que se vive esa otra vida: la de los sueños y las ficciones. La ficción es una mentira
que encubre una profunda ella es la vida que no fue, la que los hombres y mujeres de
una época dada quisieron tener y no tuvieron y por eso debieron inventarla. Ella no es el
retrato de la Historia, más bien su contra carátula o reverso, aquello que no sucedió, y,
precisamente por ello debió de ser creado por la imaginación y las palabras para aplacar
las ambiciones que la vida verdadera era incapaz de satisfacer, para llenar los vacíos que
mujeres y hombres descubrían a su alrededor y trataban de poblar con los fantasmas que
ellos mismos fabricaban.
Esa rebeldía es muy relativa, desde luego. Muchos escribidores de historias ni siquiera
son conscientes de ella, y, acaso, si tomaran conciencia de la entraña sediciosa de su
vocación fantaseadora, se sentirían sorprendidos y asustados, pues en sus vidas públicas
no se consideran en absoluto unos dinamiteros secretos del mundo que habitan. De otro
lado, es una rebeldía bastante pacífica a fin de cuentas, porque ¿qué daño puede hacer a
la vida real el oponerle las vidas impalpables de las ficciones? ¿Qué peligro puede
representar, para ella, semejante competencia? A simple vista, ninguno. Se trata de un
juego ¿no es verdad? Y los juegos no suelen ser peligrosos, siempre y cuando no
pretendan desbordar su espacio propio y enredarse con la vida real. Ahora bien, cuando
alguien —por ejemplo, don Quijote o madame Bovary— se empeña en confundir la
ficción con la vida, y trata de que la vida sea como ella aparece en las ficciones, el
resultado suele ser dramático. Quien actúa así suele pagarlo en decepciones terribles.
Sin embargo, el juego de la literatura no es inocuo. Producto de una insatisfacción
íntima contra la vida tal como es, la ficción es más bien fuente de malestar y de
insatisfacción. Porque quien, mediante la lectura, vive una gran ficción —como esas dos
que acabo de mencionar, la de Cervantes y la de Flaubert— regresa a la vida real con
una sensibilidad mucho más alerta ante sus limitaciones e imperfecciones, enterado por
aquellas magníficas fantasías de que el mundo real, la vida vivida, son infinitamente
más mediocres que la vida inventada por los novelistas. Esa intranquilidad frente al
mundo real que la buena literatura alienta, puede, en circunstancias determinadas,
traducirse también en una actitud de rebeldía frente a la autoridad, las instituciones o las
creencias establecidas.
Por eso, la Inquisición española desconfió de las ficciones, las sometió a estricta censura
y llegó al extremo de prohibirlas en todas las colonias americanas durante trescientos
años. El pretexto era que esas historias descabelladas podían distraer a los indios de
Dios. La única preocupación importante para una sociedad teocrática. Al igual que la
Inquisición, todos los gobiernos o regímenes que aspiran a controlar la vida de los
ciudadanos han mostrado igual desconfianza hacia las ficciones y las han sometido a esa
vigilancia y domesticación que es la censura. No se equivocaban unos y otros: bajo su
apariencia inofensiva, inventar ficciones es una manera de ejercer la libertad y de
querellarse contra los que —religiosos o laicos— quisieran abolirla. Ésa es la razón por
la que todas las dictaduras —el fascismo, el comunismo, los regímenes integristas
islámicos, los despotismos militares africanos o latinoamericanos— han intentado
controlar la literatura imponiéndole la camisa de fuerza de la censura.
Pero, con estas reflexiones generales nos hemos apartado algo de su caso concreto.
Volvamos a lo específico. Usted ha sentido en su fuero interno esa predisposición y a
ella ha superpuesto un acto de voluntad y decidido dedicarse a la literatura. ¿Y ahora,
qué?
Su decisión de asumir su afición por la literatura como un destino deberá convertirse en
servidumbre, en nada menos que esclavitud. Para explicarlo de una manera gráfica, le
diré que acaba usted de hacer algo que, por lo visto, hacían en el siglo XIX algunas
damas espantadas con el grosor de su cuerpo, que, a fin de recobrar una silueta de
sílfide, se tragaban una solitaria. ¿Ha tenido usted ocasión de ver a alguien que lleva en
sus entrañas ese horrendo parásito? Yo sí, y puedo asegurarle que aquellas damas eran
unas heroínas, unas mártires de la belleza. A comienzos de los años sesenta, en París, yo
tenía un magnífico amigo, José María, un muchacho español, pintor y cineasta, que
padeció esa enfermedad. Una vez que la solitaria se instala en un organismo se
consubstancia con él, se alimenta de él, crece y se fortalece a expensas de él, y es
dificilísimo expulsarla de ese cuerpo del que meda, al que tiene colonizado. José María
enflaquecía a pesar de que debía comer y beber líquidos (leche, sobre todo)
constantemente, para aplacar la ansiedad del animal aposentado en sus entrañas, pues, si
no, su malestar se volvía insoportable. Pero, todo lo que comía y bebía no era para su
gusto y placer, sino para los de la solitaria. Un día, que estábamos conversando en un
pequeño bistrot de Montparnasse, me sorprendió con esta confesión: «Nosotros
hacemos tantas cosas juntos. Vamos al cine, a exposiciones, a recorrer librerías, y
discutimos horas de horas sobre política, libros, películas, amigos comunes. Y tú crees
que yo estoy haciendo esas cosas como las haces tú, porque te divierte hacerlas. Pero, te
equivocas. Yo las hago para ella, la solitaria. Ésa es la impresión que tengo: que todo en
mi vida, ahora, no lo vivo para mí, sino para ese ser que llevo adentro, del que ya no soy
más que un sirviente.-»
Desde entonces, me gusta comparar la situación del escritor con la de mi amigo José
María cuando llevaba adentro la solitaria. La vocación literaria no es un pasatiempo, un
deporte, un juego refinado que se practica en los ratos de ocio. Es una dedicación
exclusiva y excluyente, una prioridad a la que nada puede anteponerse, una servidumbre
libremente elegida que hace de sus víctimas (de sus dichosas víctimas) unos esclavos.
Como mi amigo de París, la literatura pasa a ser una actividad permanente, algo que
ocupa la existencia, que desborda las horas que uno dedica a escribir, e impregna todos
los demás quehaceres, pues la vocación literaria se alimenta de la vida del escritor ni
más ni menos que la longínea solitaria de los cuerpos que invade. Flaubert decía:
«Escribir es una manera de vivir.» En otras palabras, quien ha hecho suya esta hermosa
y absorbente vocación no escribe para vivir, vive para escribir.
Esta idea de comparar la vocación del escritor a una solitaria no es original. Acabo de
descubrirlo, leyendo a Thomas Wolfe (maestro de Faulkner y autor de dos ambiciosas
novelas: Del tiempo y el río y El ángel que nos mira), quien describió su vocación como
el asentamiento de un gusano en su ser: «Pues el sueño estaba muerto para siempre, el
piadoso, oscuro, dulce y olvidado sueño de la niñez. El gusano había penetrado en mi
corazón, y yacía enroscado alimentándose de mi cerebro, mi espíritu, mi memoria.
Sabía que finalmente había sido atrapado en mi propio fuego, consumido por mis
propias lumbres, desgarrado por el garfio de ese furioso e insaciable anhelo que había
absorbido mi vida durante años. Sabía, en breve, que una célula luminosa, en el cerebro
o en el corazón o en la memoria, brillaría por siempre, de día, de noche, en cada
despertar o instante de sueño de mi vida; que el gusano se alimentaría y la luz brillaría;
que ninguna distracción, comida, bebida, viajes de placer o mujeres podrían extinguirla
y que nunca más, hasta que la muerte cubriera mi vida con su total y definitiva
oscuridad, podría yo librarme de ella.
“Supe que al fin me había convertido en escritor: supe al fin qué le sucede a un hombre
que hace de su vida la de un escritor.”
Creo que sólo quien entra en literatura como se entra en religión, dispuesto a dedicar a
esa vocación su tiempo, su energía, su esfuerzo, está en condiciones de llegar a ser
verdaderamente un escritor y escribir una obra que lo trascienda. Esa otra cosa
miseriosa que llamamos el talento, el genio, no nace —por lo menos, no entre los
novelistas, aunque sí se da a veces entre los poetas o los músicos— de una manera
precoz y fulminante (los ejemplos clásicos son, por supuesto, Rimbaud y Mozart), sino
a través de una larga secuencia, años de disciplina y perse: verancia. No hay novelistas
precoces. Todos los grandes, los admirables novelistas, fueron, al principio, escribidores
aprendices cuyo talento se fue gestando a base de constancia y convicción. Es muy
alentador, ¿no es cierto?, para alguien que empieza a escribir, el ejemplo de aquellos
escritores, que, a diferencia de un Rimbaud, que era un poeta genial en plena
adolescencia, fueron construyendo su talento.
Si este tema, el de la gestación del genio literario, le interesa, le recomiendo la
voluminosa correspondencia de Flaubert, sobre todo las cartas que escribió a su amante
Louise Colet entre 1850 y 1854, años en que escribía Madame Bovary, su primera obra
maestra. A mí me ayudó mucho leer esa correspondencia cuando escribía mis primeros
libros. Aunque Flaubert era un pesimista y sus cartas están llenas de improperios contra
la humanidad, su amor por la literatura no tuvo límites. Por eso asumió su vocación
como un cruzado, entregándose a ella de día y de noche, con una convicción fanática,
exigiéndose hasta extremos indecibles. De este modo consiguió vencer sus limitaciones
(muy visibles en sus primeros escritos, tan retóricos y ancilares respecto de los modelos
románticos en boga) y escribir novelas como Madame Bovary y La educación
sentimental, acaso las dos primeras novelas modernas.
Otro libro que me atrevería a recomendarle sobre el tema de esta carta es el de un autor
muy distinto, el norteamericano William Burroughs: Junkie. Burroughs no me interesa
nada como novelista: sus historias experimentales, psicodélicas, siempre me han
aburrido sobremanera, al extremo de que no creo haber sido capaz de terminar una sola
de ellas. Pero, el primer libro que escribió, Junkie, factual y autobiográfico, donde relata
cómo se volvió drogadicto y cómo la adicción a las drogas —una libre elección añadida
a lo que era sin duda cierta proclividad— hizo de él un esclavo feliz, un sirviente
deliberado de su adicción, es una certera descripción de lo que, creo yo, es la vocación
literaria, de la dependencia total que establece entre el escritor y su oficio y la manera
como éste en todo lo que es, hace o deja de hacer.
Pero, mi amigo, esta carta se ha prolongado más de lo recomendable, para un género —
el epistolar— cuya virtud principal debería ser precisamente la brevedad, así que me
despido.
Un abrazo.
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