13 sep. 2012

Alejandra Pizarnik o la Poética de la carencia. Por José Díaz-Díaz







          Alejandra Pizarnik, de nacionalidad argentina, murió en París, de una sobredosis intencional de seconal. (1936-1972) Provenía de una familia de inmigrantes de Europa oriental y estudió Filosofía y Letras en Buenos aires y Literatura francesa en París. Sus principales trabajos están publicados en los volúmenes: "Los trabajos y las noches, Extracción de la piedra de la locura, y El infierno musical”.

Su poesía nos abre el camino hacia una comprensión de la vida de manera más total, más plena, más entera; quizás más auténtica, más desprendida , desbordada hasta la locura, embriagada del goce y el dolor de vivir hasta llegar a verter su existencia por su propia mano y voluntad en el sagrado misterio de la muerte.

Metáforas extraordinarias, es lo de menos. Lo importante es como nos golpea su entrega existencial abierta como una flor que se sabe sublime y marchita en el mismo instante de su mejor color, mujer que besa la vida con los labios alados de su soledad, mujer que delira la belleza insufrible de la existencia en los límites del cuerpo y en las valvas sin horizonte de un espíritu que se sabe inmortal y perfecto.

Y es que Alejandra Pizarnik, nos enseña con su sacrificio, a vibrar en la vida con un sentido de plenitud, que este momento histórico, pisotea, opaca y aliena. Ella entró en el oficio de la Poesía con todo, pues la Poesía es la puerta por donde se reconcilia la existencia humana con su plenitud: por la magia de la Poesía, los sentidos se convierten, entonces, en instrumentos para acceder al goce estético del color o de la música, de la plasticidad del movimiento o de la forma, o en el uso de los sentimientos para acceder a la bondad del corazón en la ternura indescifrable de una energía que se siente y se sabe parcial en la totalidad y una con la perfecta simetría del universo, una con el prójimo que sufre, una, con las lágrimas que sellan una amistad de ojos que se miran más allá de sus cuerpos, de unas manos que se fortalecen cuando se anudan en el silencio de dos sombras que se sustentan en el vacío de la soledad.

Alejandra nos indica definitivamente, la manera de transitar por la alucinante embriaguez del despojo de bienes materiales, a roer la belleza de la inmortalidad humana, con los dientes en posición de batalla escondidos sutilmente detrás de una boca que bebe el dulce aliento de un universo que siempre titila en la distancia. El cosmos, diría ella, es nuestra casa y nuestro hogar. La conciencia, el cántaro y el géiser por donde afloran sensaciones extraordinarias e innombrables.

Transcribo su poema La Jaula, donde se percibe el sacrificio de su existencia.
<< Afuera hay sol./ No es más que un sol/ pero los hombres lo miran/ y después cantan./ Yo no sé del sol./ Yo sé la melodía del ángel/ y el sermón caliente/ del último viento./ Sé gritar hasta el alba/ cuando la muerte se posa desnuda/ en mi sombra./ Yo lloro debajo de mi nombre./ Yo agito pañuelos en la noche y barcos sedientos de realidad/ bailan conmigo./ Yo oculto clavos/ para escarnecer a mis sueños enfermos./ Afuera hay sol./ Yo me visto de cenizas. >>



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