17 oct. 2012

Presentación de José Díaz-Díaz en el consulado de Colombia en Miami.


A continuación, el capítulo 22 de la novela El último romántico, leída y comentada por el autor en la presentación en el Consulado de Colombia en Miami.


22. Los hongos festivos

Entre unas cosas y otras, y volviendo al asunto del proyecto personal del poeta, la escritura de la novela crecía pero no con la rapidez que él pretendía. De todos modos ya había alcanzado los 196 folios, que no es poca tinta derramada en el blanco de la imaginación. Durante uno de eso fines de semana largos - que suelen ser frecuentes-, en uno de esos “puentes laborales” donde el grueso de la población aprovecha para desplazarse a la provincia e ir a visitar a sus parientes, un amigo de G.A., Rafael, lector empedernido y especializado en los relatos de viajes y excursiones exóticas, lo invitó junto con dos amigos también viciosos lectores de historia grecorromana y literatura medieval para acampar a orillas del río La Miel a dos horas de la capital vía Girardot donde según comentaban viajeros experimentados, crecían de manera silvestre unos hongos inmensos, multicolores y alucinógenos que inducían a unos viajes psicodélicos fenomenales. En el río se podían zambullir y  nadar pues el agua no era muy fría ni la corriente peligrosa, tampoco era demasiado profunda, en fin que había parajes solitarios en los cuales era fácil montar la carpa, prender un pequeño fogón para cocinar los pescados que lograran atrapar. Llevarían también una hamaca para colgar entre los sauzales que abundaban en esa zona.
Todo fue decirlo y el siguiente viernes en la tarde ya estaban los cinco montados en el jeep de Rafa que los llevaría hasta el paraíso perdido. También los acompañaba Mara, una amiga de Juan José, el menor de todo el grupo, que se había sumado al paseo a última hora. Después de descender las dos horas de carretera, de curvas de nunca acabar, ya estaban saboreando ese viento tibio que golpeaba sus ropas y una temperatura súper agradable que por sí sola obraba el milagro de lanzarlos a una dimensión de sutil encuentro con esa naturaleza indomeñable pero a la vez acogedora y complaciente. Entre claro y oscuro lograron escoger el idílico paraje donde acamparon bajo sauces que bailaban pausados al compás de la brisa montañera y el rumor del agua desplazándose con la imagen de la luna llena que se clavaba sobre su piel y las voces de los contertulios que gozaban las horas celebrando la juventud al calor también de una fogata que consumía sus sombras y que las acercaba y las alejaba en la ebriedad total de la noche que los contenía. Ante el impacto de ese bucólico paisaje, la búsqueda de los hongos bien podía esperar para el día siguiente.
Durmieron hasta bien entrada la mañana del sábado, Mara enfundada en su sleeper parecía una muñeca de juguete de tamaño natural. Hasta que los rayos del sol los levantó y luego de desperezarse, al agua todo el mundo. El río La Miel en ese lugar era como una piscina mediana, una hondonada de mínimo desnivel y plano el fondo donde caminaban desnudos mis amigos. Nadaban, reían, se lanzaban agua con las manos, chapoteaban, se empujaban y cuidaban a Mara quien era como un ángel para ellos, la muy inocente, la muy casta también en cueros, con su mirada siempre dulce, perdida y pura, total, una criatura sin vicios ni malicia, jugando con ellos como si no existiera ninguna diferencia entre sus cuerpos. Mara sin pecado, ni desasosiego, Mara más allá del bien y del mal. Mara con senos de púber y cabellos blondos — Ráscame la espalda que me picó un bichito—, le decía Juan José. Y todo era prístino y transparente, como la infancia del mundo, como la niñez de la raza antes de inventarse la culpa. Después de los emparedados del almuerzo y de la siesta obligada, vino la búsqueda del tesoro escondido, los hongos multicolores. Comenzaron explorando río abajo y muy cerca del campamento ya hallaron indicios de su presencia. Primero unas flores pequeñísimas, luego unas abejas revoloteando y por último, resguardados sobre la maleza aparecieron a ras de tierra, los sombreritos. Primero uno, dos y luego docenas de ellos. Con cuidado los fueron arrancando de sus raíces, lucían endebles, como pitufos mudos e inofensivos. Los fueron colocando sobre una bandeja grande y regresaron con el botín felices porque el banquete comenzaba de inmediato.
Rafa, quien oficiaba de chamán, no porque dominara las artes y códigos del trance, sino porque era el único que había tenido una experiencia iniciática anterior con la ingesta de hongos alucinógenos. Los convocó a que se sentaran en círculo y con la bandeja en el centro de ellos les ofrendó seis sombreritos a cada uno pero antes de precipitarse sobre el banquete les habló con cierta ceremoniosa actitud sobre el significado de la vianda:
“Hay un triple objetivo en esta cena sagrada que ahora comenzamos, queridos muchachos y que lograremos alcanzar con esta comilona— les dijo con tono sacerdotal—”. Y sin más preámbulos los enumeró:
1— Fortalecemos nuestros lazos de unión, de camaradería, de compinchería, y de  amistad. Este es un obsequio de la madre natura para nuestro acercamiento y mejor comprensión como seres humanos.
2— Es un derroche de emoción e hilarante paseo por los pasillos secretos de nuestros sentidos y nuestra mente, que fluirán libres. Estado que se agota y se explica en sí mismo, al pasar el efecto del desdoblamiento, y que culmina con la experiencia vivida y,
3— Es un medio para alcanzar estados extra sensoriales, lúdicos y psicodélicos, que nos permiten elevarnos sobre nuestra actitud mental ordinaria, desdoblarnos para conocer los misterios de nuestro yo interior y navegar mundos del inconsciente vetados a la razón y a la lógica. Este tercer objetivo—explicó— era sin duda el que pretendían nuestros antepasados para integrarlo como parte de sus rituales y fiestas sagradas, donde, gracias a la interiorización profunda que conseguían con el consumo de estos hongos milagrosos, afloraban los lazos de cohesión entre la conciencia, la existencia y el cosmos... era, para ser precisos, un símbolo de afirmación a la vida”.
Sin más preparación teórica iniciaron la cena. Se miraban unos a otros con curiosidad, con expectación, con hilaridad. El poeta consumió los seis sombreritos con asombrosa rapidez, estaba excitado por saber qué sensaciones le iban a producir. No sospechaba que llevaría la peor parte o la mejor tal vez. Las distorsiones perceptivas no se hicieron esperar. Sintió su cerebro como una masa acuosa y maleable. Sus sesos se ablandaban adquiriendo la forma de objetos extraños pero hermosos. Todo ruido se convertía en sonido. Todo sonido en música. El desplazamiento del viento hería sus oídos como si se tratara del paso de un tren. De un tren que se deslizaba lento pero inalcanzable. De las ventanas del tren rostros felices saludaban con las manos o mejor, se despedían agitando las manos. Gerardo Antonio estiraba las suyas respondiendo a las despedidas y la punta de sus dedos alcanzaban a acariciar las puntas de los dedos de las manos que se despedían y su garganta se cerraba de emoción y tristeza por la ausencia inminente de esos rostros felices que iban desapareciendo llevándose consigo su afecto. El cielo, de un intenso color rojizo parecía desplomarse sobre su cabeza y él alargaba sus brazos para tomarlo, confundiéndolo con un trozo de arcoíris. Sus fosas nasales se ensancharon para secuestrar el olor real de los sauces y de las flores silvestres. Aspiró con sus pulmones ensanchados el olor a tierra húmeda. Del fondo de su estómago surgía en oleadas un incontenible llanto imposible de acallar. Lloraba y reía, reía y lloraba. “Me ha penetrado la felicidad” Pensaba, sentía y veía. Y la felicidad estaba en todas partes y en ninguna.
En efecto mientras a sus compañeros, incluyendo a Mara los tornó risueños y saltarines, bailarines unas veces, meditativos otras, dos de ellos Juan José y Rafa vomitaron. Mara se orinó mientras cantaba. Rodríguez se vació en los pantalones a la vez que lanzaba alabanzas al Creador. Todos a pesar de todo se sintieron instrumentos magnificentes de la creación que filtraban a través de sus sentidos abiertos el esplendor sideral y la vibración cósmica que los poseía. Mi ahijado, por ser el más fantasioso e imaginativo de todos, fue violentado con mayor fuerza en el efecto catártico de las mágicas plantas. La expansión de su psiquismo sin sujeción alguna lo empujó a experimentar sensaciones combinadas de pánico y éxtasis mientras deambulaba más allá de las fronteras del yo. Un viaje un poco incómodo. Sin embargo, cuando digo que llevó la peor parte, me refiero a ese flash back que lo indujo a revivir sus tres experiencias anteriores con la pelona. Un desbloqueo de esos recuerdos reprimidos que lo concitó a vivirlas de nuevo, como si en esta cuarta muerte se fusionaran las tres anteriores. Con angustia al comienzo pero con absoluta serenidad después, al entrar en el túnel astral de la blancura total, al reencontrarse con su madre y con Luciano y al prometerle a los muchachos que les contaría <<qué hay después de la vida>>, si era que lo ayudaban a salir pronto de ese trance donde todo sucedía en cámara lenta.
Ya entrada la noche del sábado, durmieron a moco tendido la tremenda cruda que fue más pesada que un guayabo después de una borrachera con vino tinto. El domingo en la tarde, y el lunes hasta el mediodía, antes del retorno, volvieron a zambullirse en las límpidas aguas del río La Miel, desnudos y con una sensación de limpieza por fuera y por dentro como nunca la habían sentido; con una liviandad de ánimo rayana en la santidad, parecían orates poseídos por dioses desconocidos, salmodiando himnos magnificentes, mientras se lanzaban agua a sus rostros felices, con las palmas de sus manos. Mara reía, suspiraba y gemía a la vez, dulcificando con su expresión angelical el golpeteo rítmico de los sauces sobre la piel del agua. La caña de pescar y los anzuelos se quedaron sin usar esperando en los morrales, una nueva oportunidad para probar suerte.

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