11 nov. 2012

La Poesía: ¿sepultada sin funeral? Por José Díaz-Díaz




“A nadie se le ocurrirá preguntarse cuál es la utilidad del canto de un canario o de los arreboles de un crepúsculo”.                                 Jorge Luis Borges

Cuando uno lee que el hecho poético es anterior al Lenguaje, que nace con el Habla misma, es decir, anterior a la escritura… O que es  hermana gemela de la fantasía y que surgió en la época de la infancia de la humanidad cuando el deslumbramiento y el asombro al tomar conciencia de hechos y cosas hacían brotar sentimientos a flor de piel…  Cuando escuchamos decir que detrás de cada creación artística llámese pintura o música, literatura o escultura, hay una actitud poética subyacente y que la historia y pre-historia del hombre está orientada e iluminada por una acción poética determinada, entonces deberíamos— siendo consecuentes con el razonamiento—   concluir que La Poesía es definitivamente algo que viene determinando por mucho tiempo la historia de los hombres en su devenir.
 Pero  también este tiempo de Postmodernidad puede implicar— por lo que uno ve alrededor de acciones, valores y actitudes— un  talante proclive a alejarse de todo lo que huela a una sana recreación metafórica (poética) de todo lo hermoso que hay en el ser humano, a alejarse de esa riqueza existencial que pretenda rechazar el consumismo, a congraciarse con las cosas elementales y lúdicas de la acción cotidiana y del sentido válido de una vida personal, familiar  y colectiva de espaldas al mercantilismo. Es evidente, que estamos atravesando una alienante actitud anti-poética, un empobrecimiento real de la existencia, en términos de vida, no de posesión de cosas. Una deleznable postración del hombre ante los signos y la impronta de lo insubstancial y lo falaz, donde todo es convertible en mercancía y por lo tanto a ser mercadeado.
¿Quiénes de nuestros vecinos viven poéticamente? ¿Quiénes de nuestros conocidos leen textos poéticos? Muy pocos, hay que admitirlo. Y las preguntas surgen: ¿Por qué, cuándo, cómo? El gusto por lo rampante se ha impuesto. La mayoría de las editoriales están renuentes a publicar libros de Poesía. La razón: simplemente no son rentables. El estilo de vida light se está llevando por delante el ejercicio de la reflexión, de la meditación y del goce estético del arte y la literatura de calidad. El entretenimiento banal, los deportes de masas, los programas de TV amarillistas y de escasa calidad roban las horas de entretenimiento de nuestros contemporáneos. Solo un minúsculo grupo dentro de todo el grueso de la población cultiva tanto en sus vidas como en sus gustos una permanente aquiescencia y actitud poética en la rutina de sus vidas.  
Sin embargo la poesía continúa, ahora, cumpliendo (así no sea escuchada) una función de Rescate. El lenguaje entendido como ejercicio de libertad y no de aniquilamiento, es tomado por los poetas (los hay, a pesar de todo y contra todo) como ventana que sirve para respirar más allá de los linderos de los anti-valores impuestos. El ejercicio del lenguaje poético, con sus conexiones fantásticas, con sus tropos y vías alternas de imaginación, con sus símbolos que irrumpen espacios insospechados de nuevas realidades; con sus comparaciones que violentan el espíritu hacia una estética de la conmoción y del deslumbramiento, irrumpen mágicas y verdaderas tras el rescate evidente de los innegociables valores del ser humano, único en su unicidad, polisémico en su sentir, enajenable en su infinito poder creativo.
Es nuestra tarea enfatizar en que el real signo del hombre se expresa íntegro por el don de la Poesía, a la cual todo mundo debería tener acceso. Atrevernos a vivir en plenitud consistiría en atrevernos a vivir en verso la MISERIA de nuestra propia época.
Tenemos la certidumbre de que mientras exista el Hombre existirá la Poesía, pero la pregunta obligada es, entonces: ¿qué clase de hombre habita hoy nuestro tiempo y qué clase de poesía expresaría su real imagen? El tiempo por el que transcurrimos no es el del Valor sino el del Precio. En consecuencia, si la poesía no tiene precio, no vale. Y si no es mercancía comercializable, ¿para qué perder el tiempo en leerla? Lo cual quiere decir que los poetas están solos, pero que también el hombre masificado está solo.
La masificación de la sociedad ha acabado con la exaltación de lo individual que en definitiva es la llama de la poesía. Pero como las expectativas del individuo mueren en los límites de la economía de mercado, desaparecen las posibilidades de soñar, desaparece el futuro como utopía, como posibilidad de ser distintos, como posibilidad de hacer historia, ya que la historia ha muerto en los linderos y la supremacía  de las cosas sobre los individuos.
Por todo esto la poesía que se está escribiendo actualmente transgrede el gusto de lo retórico y de lo bonito, o el papel de adorno o de decoración o de simple diversión. Va más bien tras la huella, tras el vacío, persiguiendo esa vacuidad de conciencia y esa trampa absurda en que el tiempo de hoy pretende enredar la justa trascendencia del hombre común enlodado en el pantano del consumismo.
Así, la vida se torna breve y el poema asume con dolor su condición de ser para la muerte. Entonces, nuestra poesía es instante y es vértigo, es rasgadura vital que intenta hacer canción con los desperdicios que la plusvalía espiritual dejó de esa empobrecida totalidad del hombre pleno, saqueada por la colonización de sus más sentidos valores.

Pero no todo es pesimismo, mientras el hombre exista, existirá la poesía y esta seguirá siendo la huella o la llaga que no solo muestra el pantano sino que es la ventana por donde respira la hermosa esencia real de nuestra existencia.
José Díaz- Díaz<www.arandosobreelagua.com>>

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