18 dic. 2012

El plagio literario y el Remake. Por José Díaz -Díaz




Si no me equivoco, lo concerniente al Plagio Literario lo tenemos básicamente  claro. Es un burda y descarada copia de un material escrito, que el plagiario lo hace pasar como propio. Al comparar los dos textos y comprobarse la identidad o similitud esencial de los mismos, concluimos en que la comisión del delito es un hecho. Si en efecto este es el caso, nos encontramos ante la presencia de  un típico y vergonzoso robo de propiedad intelectual, punto.
Pero cuando hablamos del Remake literario, nos estamos refiriendo a otra cosa. A una técnica más bien sofisticada que involucra un sinnúmero de aspectos que tienen que ver con la manera como el autor se posiciona y encara su oficio de escritor.  Quizás el nombre de Remake  nos suene un poco novedoso—a anglicismo impuesto por la moda— pero el ejercicio de lo que el concepto involucra no lo es tanto. Si extendemos  su significado y  aceptamos que es una reescritura de un texto, encontraremos en la historia de la literatura un sinnúmero de ejemplos sobre esta práctica que es totalmente aceptada y, que sin lugar a dudas, tipifica el natural desarrollo y retroalimentación del fenómeno de la creación. Ya lo afirmaba Jorge Luis Borges  cuando dijo que hay un solo y único libro universal que se escribe desde siempre y para siempre. Dicha afirmación encaja perfectamente en ese principio rector de la cultura y el conocimiento: “lo nuevo siempre se construye a través de lo viejo y de lo ajeno”.

 Sin embargo, no todo el mundo acepta estas premisas como ciertas. Para la muestra, les cuento (a quienes no lo sabían) un dato curioso y paradójico: la viuda de Borges, María Kodama en fecha reciente  logró hacer retirar de las estanterías españolas—apoyada según dice en el consejo de su abogado—el libro del gallego  Agustín Fernández Mallo, titulado “El hacedor (de Borges), Remake”. El contrasentido de la acción ejercida por la <<custodia del legado borgiano>> se encuentra en que fue justamente Borges quien practicó, fundamentó y explicó el sentido del fenómeno literario entendido como un único cuerpo vivo que se desarrolla y expande en la Historia desde adentro, desde su propia materia (copia repetitiva de los mismos temas, tiempo y espacio, etc.). En este sentido la Originalidad como tal, no existe. “todo es literatura de segunda mano” afirma Borges. De todas maneras la originalidad, entendida de este modo, quedaría reducida a la manera  como se narra, como se enuncian y  transmiten los temas. Es decir, al punto de vista, al enfoque, al tono con que el autor maneja la emoción de su voz.

Digamos que la substancia matriz de la materia literaria parece venir de un solo tronco. Así se deduce cuando  entendemos a cabalidad el concepto de INTERTEXTUALIDAD. Mario Capasso en su artículo El libro infinito, refiriéndose a las técnicas utilizadas por Borges, lo describe así: “Con las diversas formas de intertextualidad utilizadas, ya se trate de la inserción en la trama de citas verdaderas o falsas o la remisión a libros imaginarios o reales, Borges nos da en varios de sus relatos la impresión de contarnos un cuento donde nos señala a su vez cómo se escribe un cuento. La intertextualidad en Borges sirve además para justificar un relato y hacernos ver que la historia de la literatura universal no avanza en forma cronológica o lineal sino que se repliega sobre sí misma y se convierte en un tejido donde los precursores se convierten en discípulos. El plagio se transforma en re-escritura adaptada a un nuevo contexto histórico y social. Así el lector o receptor productivo transforma la obra en otra de su autoría, indefinidamente, ya que se destruye el mito de la propiedad exclusiva de un texto. Prima en Borges la invención, la imaginación, el sueño creador del escritor entendido esencialmente como lector. Ejemplo de ello es la biblioteca infinita de Tlon en donde todo es anónimo, en donde los personajes se leen a sí mismos y nosotros, lectores, somos también personajes porque alguien nos lee. Lo real es cuestionado. En conclusión: no hay autor ni texto original. Se establece una ley de recurrencia infinita”.
Sea como sea, el escritor proclive a utilizar estas técnicas y procesos de elaboración de su narrativa apoyados en la reelaboración, la reescritura, el remake y la intertextualidad, son conscientes de su voluntad transgresora y de su afán por involucrar sus propios textos con y en la matriz de ese árbol literario que, como en un manuscrito que contiene vestigios de palimpsestos frescos y antiguos, se suma a la construcción del libro universal.
De este modo, vamos entendiendo el valor literario de versiones y adaptaciones de gran trascendencia tales como el Ulises de Joyce inspirado y elaborado a partir de la estructura del Ulises de Homero. Y por qué no, redescubriendo la génesis del Quijote de Cervantes, inspirado y elaborado a partir de la estructura de los libros de caballería de su época. Entonces nos hallaremos más a gusto leyendo a Goethe y Thomas Mann cuando hacen  lo propio con el viejo personaje de El Fausto. Pero ¡Ojo! que no es nada fácil reelaborar una obra clásica ni  jugar con los temas tratados por los grandes maestros, porque para caer en el << refrito>>es muy fácil, además de penoso.
 Hay que hilar finito cuando nos decidimos a retomar una obra para construir la nuestra a partir de ella. Recordemos el caso de García Márquez quien logró una obra inmensa de esplendida riqueza y tonalidad lúdica como lo es Cien años de soledad, a partir de trazos y rasgos de ¡Absalom, Absalom! de William Faulkner; pero no así con Memoria de mis putas tristes (2004), donde al confrontarla con La casa de las bellas durmientes (1961) de Yasunari Kawabata (obra que lo inspiró), echamos de menos esa magistral escenografía y ambientación, esas descripciones de tono poético que van más allá de lo sensorial y de lo intelectual, esa honda sensibilidad para sugerir estados de ánimo sobre temas tan determinantes en la condición del ser humano como lo son los de la vejez y la muerte, llevadas a la cima por el Nobel japonés.
Ya que hemos tomado a Borges como ejemplo para escudriñar sobre la técnica que nos ocupa, terminemos honrando, ahora, el vicio de la lectura. Y más si caemos en la tentación de escribir algún Remake. Todo gran escritor es en sus comienzos  un gran lector. Así lo reafirma el maestro Borges cuando dice: “Que otros se enorgullezcan de las páginas que ha escrito, a mi me enorgullecen las que he leído”. Es evidente que la práctica del préstamo intertextual, el  retomar elementos preexistentes, el ensamble de las partes en el todo inyectándolas de ideas nuevas vigorizan el nuevo texto, le dan un  valor agregado al universo literario del autor y de paso, le abre la curiosidad al lector por conocer las obras y autores involucrados en la densidad significativa de libro que lee. Es preciso leer con exceso para aprehender la esencia de la literatura y para  desarrollar las potencialidades del lenguaje. Al final de cuentas, como pensaba Platón, quizás al realizar este ejercicio de lectura y reescritura solamente estamos <<recordando>> algo ya preexistente en las cepas de la vida ya sea real o fantástica.
José Díaz-Díaz.  Me pueden leer también en: Revista sub-urbano.com
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