7 jun. 2013

Retrato de un incauto. Novela de José Díaz-Díaz. Fragmento


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A continuación les adelanto un fragmento. 




                      







                                                          13

                                                     Mirtaloba






Pero ahora que Eugenia trae a colación  sus obras de teatro, mi memoria no puede dejar de pensar en ese personaje, en esa femme fatale que ya conocemos y que es nada menos que Mirtaloba. El asunto no es que Mirtaloba haya finalmente encontrado a su victimario Luciano y haya saciado en el enano su sed de venganza. No. Lo verídico según me lo confesó Gerardo Antonio sucedió cuando unos seis meses después del infortunado incidente de la jarra de agua helada, la vampiresa criolla sí lo contactó pero ya no con el ánimo de cobrar deudas lejanas, sino para que la ayudara a salir de un problema muy serio que la tenía en ascuas. Requería con urgencia los servicios profesionales del maestro Luciano, sobre todo ahora que según los diarios del país reseñaban el nuevo título que el genial liliputiense poseía entre sus credenciales académicas, el de <<Exorcista Certificado>>. El documento, en efecto, estaba suscrito por la sociedad de santeros del caribe, fieles practicantes del culto yoruba y avalado por la orden sincretista Babalú número uno con sede en la Habana, Cuba. La rúbrica del abogado y respetabilísimo santero Oscar Tariche, avalaba la autenticidad del diploma.

—Maestro— le dijo Mirtaloba a Luciano, enseñándole los dientes blancos y parejos en una media sonrisa que no se sabía si era fingida o verdadera. Estaban sentados uno frente al otro en la terraza del segundo piso de la cafetería Monteblanco ubicada en la esquina la carrera séptima con catorce en Bogotá, cita a la cual accedió el maestro después de semanas de llamadas telefónicas en las cuales ella le aseguraba que estaba olvidado y perdonado el incidente aquel y que si lo quería ver era porque realmente necesitaba de su ayuda y de que los amigos si en verdad eran amigos tenían que ser solidarios en las buenas y en las malas.

 —Maestro— le volvió a decir sin reticencia alguna mientras llamó con un chasquido de los dedos pulgar y del corazón a la mesera para pedirle dos tazas de aguas aromáticas (las uñas se le veían todas comidas)— yo sé que no te caigo muy simpática por lo loba y golfa que dicen que soy; una bocazas que habla con desparpajo sobre las cosas íntimas de la gente; que soy altanera, que ando metiendo la pata en todo lo que digo y lo que hago como si fuera una torcida de nacimiento; que la paso flirteando con todo el mundo, que soy una buscona, una mosquita muerta; una casquivana de medio pelo con ese aire de corista de segunda categoría, pizpireta y ridícula; que me gusta lucir prendas prestadas; que me gusta aparentar lo que no soy, que compro ropa fina y de marca en tiendas exclusivas y que a la semana después de usarlas al menos una vez, las devuelvo y aquí no pasó nada. Qué va. Nada que ver. Lo que pasa es que me tienen ojeriza. Pero qué le vamos a hacer no todas somos monedita de oro y entre nosotros han pasado cosas tan íntimas que sea como sea son cosas que nos unen más que nos separan. De hecho, te digo que quisiera volver a estar contigo en la intimidad pero sin triquiñuelas ni mañerías para que te regodees de verdad esta golosina jugosita que te espera impaciente. Así de fácil, papito, lo tomas o lo dejas. Qué puñeta. Lucianito, para no dilatar más la tragedia, el caso es que estoy estudiando Reiki con el fin de ayudarme a mí misma en mi sanación pues ya no puedo con ese rollo de las posesiones carnales de las benditas ánimas que me han escogido como su templo de carne y hueso para visitarme en la paz de la noche y gozarme y saciar sus apetencias y desahogar en mi humanidad sus inmortales ganas de coitar como si en su mundo no existieran mujeres y si en este no existiera más que yo. Tampoco.

—Maestrico— le decía Mirtaloba a Luciano tomándole con sus dos manos su manita derecha, mirándolo a los ojos con una expresión enigmática entre angustiada y triste — si me ves así de flaca no es porque lleve una dieta muy rigurosa, sino de tanta singadera con las ánimas de dos o tres sementales sibaritas que no se cansan de darme falo todas las noches y si vieras maestro cómo me despierto de sobresalto toda bañada en sudor por la potencia de esos orgasmos que me hacen gemir de placer. Menos mal que duermo en mi habitación independiente, si no cómo fuera. Qué vergüenza. Qué diría mi mamá. Otra cosa es cuando lo hago con mi preferido, mi benemérito, mi médico de cabecera, el beato José Gregorio. Con él es distinto porque sea como sea es mi protector y muchos son los favores que me hace como para yo ir a negarle lo que él como hombre que es necesita de vez en cuando. Además no me pone tan fría la cama ni mi cuerpo al inicio de la visita, como sucede con los otros ni me deja la piel con un olorcito maluco que solo después de varios días de jabón y perfume logro ahuyentar. ¡Guácala! Él sí es bienvenido y con alborozo lo recibo lástima que cuando me vengo y me despierto a la vez, y lo quiero abrazar, el santo se me esfuma, su cuerpo se desprende de mi bisagra y huye, se evade ¡puff! desaparece y deja mis brazos abrazando el vacío. Qué va. Así no vale.

Créemelo maestro, no es fácil ser amante de tanta sombra en pena, que me dejan frágil todo el día, como trastornada, dual, mal y fatal. Que se las arreglen con las once mil vírgenes que dicen que tienen por allá. Holgazanes de la eternidad. La chimba’e Lola. No es mi problema. Claro, con el beato es otra cosa. A él nunca se lo voy a negar, al contrario es un honor y un privilegio para mí. Bueno, lo que se dice privilegio, privilegio, no. Pero sí me siento distinguida y premiada con su escogencia. Total, una mano lava a la otra, si yo todo el tiempo le estoy pidiendo favores que a decir verdad el siempre me concede, nunca me falla. Siempre seré su pistilo dispuesta a recibir su leche celestial, como dicen. Pero otra cosa muy distinta es con esos padrotes gigantescos que ni conozco ni sé a ciencia cierta quienes son pues cuando me despierto sobresaltada y por la potencia del clímax quedo sentada y con los ojos abiertos en el mismo instante en que el visitante se desprende de mí y desaparece como alma que lleva el diablo. Claro, maestro, que al final de cuentas no te puedo negar que también gozo. Mañosos que son, cómo no gozar con esas artes amatorias que recorren el manual del kamasutra con qué facilidad, feroces expertos de la sodomía. ¡Huyyy...! ¡Qué bárbaros! ¡Qué verriondera!

— ¡Pero ya basta!—. Continuaba diciendo Mirtaloba como volviendo en sí de sus pesadillas que ahora evocaba de manera tan vívida — Maestro Luciano. No más. Ya no más tontinas. Yo no me chupo el dedo. Estas y todas las cosas que me pasan por estúpida y confiada deben acabar. Ya no voy a buscar como lo hacía antes el amor verdadero entre el desfile de amantes y tinieblos que he tenido y que no son pocos. Siempre y con cada uno de ellos buscando el amor y lo que encontraba al final era un acezante chorizo de carne esperando para penetrarme. Todos, sin excepción lo que querían era cepillarme. No voy a hacer más la pendeja dizque socorriendo a mis amigos del barrio que no tenían novia, con una felación relámpago o con un polvito de gallo salvador para que se aliviaran el cuerpo del peso de la abstinencia y se les aclarara la mente casi tostada de tanta paja. Toco madera.

Pero volviendo a lo actual, de verdad Lucianito que necesito de tu ayuda. Estoy que me hago caquita de solo pensar que no me puedas socorrer. De nada me han servido las sesiones de Reiki. De nada me han servido las sesiones de desahogos colectivos que realizamos en el servicio religioso de la iglesia con los hermanos evangélicos todos los domingos bajo el prodigioso verbo encantado de mi pastor Ángel Manuel, a pesar de lo buena discípula que soy. Porque eso sí nadie me gana en cantar y en orar, en gritar cuando hay que gritar y en bailar y en hablar en lenguas y en entrar rapidito en ese estado de trance letárgico de semiinconsciencia donde ya no sé quién soy pero que me hace sentir liviana y liberada de tanta energía apestosa que abunda por ahí. Pero aún así, nada que me logro curar. Así pues que estoy en tus manos.  Hipnotízame, hazme regresión, Lo que sea. Si crees que estoy posesa, exorcízame. Soy paciente disponible. Ayúdame, mi pequeño iluminado. No seas tan antipático. Ya no aguanto más tristeza. Esto no es vida. Tengo amantes fantasmales y en la vida real no tengo ninguno porque según dicen, ellos son celosos y me alejan cualquier galán de carne y hueso que me quiera pretender. Mi cabeza navega en un limbo de incoherencias y verdades a medias. En serio, maestro, fíjate que hasta en el trabajo estoy teniendo problemas y hasta me pueden echar en cualquier momento pues están cansados de que me quede dormida sobre la máquina de escribir donde me toca transcribir ordenes de compra durante las ocho horas continuas. A veces me doy cuenta de que estoy llorando sin saber por qué de modo inexplicable, sin motivo aparente amiguito. Llorando a moco tendido. De verdad, créeme que estoy de psiquiatra. Mis nervios no dan más.

—A ver, a ver— le replicó Luciano tratando de calmarla con su mirada apacible y comprensiva mientras con un gesto paternal la invitaba a tranquilizarse y a beber el agua aromática que una mesera vestida de falda larga y delantal blanco almidonado les había servido hacía ya unos minutos.
— ¿Kikirikihaga, mi niña? No te preocupes. Para comenzar, te tengo dos noticias. Una buena y una mala. La buena es, que ese problemita tiene cura. Y la mala es que después de efectuada la ceremonia de sanación, ya nunca jamás podrás ser toqueteada ni poseída por las ánimas singonas incluyendo al beato.

Mirtaloba lo miraba con una expresión entre incrédula y maravillada a la vez. Se tapaba la cara con las manos, se trataba de levantar de la silla, se movía nerviosa, hasta que después de unos segundos tomó una bocanada de aire y resopló. —Sí maestro. Estoy dispuesta a hacer lo que haya que hacer. Dímelo nomás. Ya sé que hay que hacer sacrificios. Bendito sea el Señor. Dichosos los oídos que te escuchan. Yo sabía que contigo podía contar. No sabes el peso que me quitas de encima. Lo siento por José Gregorio. Él comprenderá.


Enseguida, el liliputiense le puntualizó con pormenores los detalles del rito a seguir. Escogieron como lugar el patio trasero de la casa de Luciano y ese jueves siguiente a las diez de la mañana con la presencia de Gerardo Antonio, quien como testigo voluntario se ofreció para avalar la ceremonia, efectuó lo que para el maestro era pan comido. Mirtaloba iría vestida con ropas muy ligeras y usadas, fáciles de rasgar y quitar por el oficiante, quien colocado con el testigo a espaldas de la paciente (no debían ver sus genitales) y entonando las oraciones pertinentes para el caso, sería despojada de toda vestimenta, mientras con un látigo hecho de ramas del árbol llamado espanta muertos, el liliputiense la aporrearía hasta el cansancio. Así lo dictaba sabiamente la cartilla guía del ceremonial después de haber tirado el óculo sobre una estera hermosísima que el enano guardaba con mucho celo y orgullo, bajo llave, en el armario donde mantenía todo tipo de estatuillas, figuras, reliquias, cuarzos, amuletos, fetiches, talismanes; en fin, utensilios y utilería de uso práctico en sus artes ocultas. Así se hizo. Concluido el ritual, Mirtaloba entre incrédula y alborozada, totalmente confusa con el enrevesado galimatías que había escuchado de boca del oficiante, especialmente para ella que era neófita en esas artes, bañada en sudor mezclado con un abundante llanto de lágrimas gruesas, daba gracias, muchas gracias al maestro por quitarle ese gran peso de encima. Muy modosita se escurrió al interior de la casa y se encerró en el baño donde se dio una ducha de agua caliente que en verdad la reconfortó de tanto zarandeo. Se enfundó un traje nuevo que había adquirido para esa ocasión y que junto con la maleta de marca (también nueva) devolvería al día siguiente a la casa Dior, como quien dice aquí no pasó nada y salió de la casa del maestro dando gracias al cielo como si en verdad se hubiera quitado de encima más de un muerto.
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