4 dic. 2013

Los conejitos de Bayfront Park


Los conejitos de Bayfront Park
Cuento de José Díaz- Díaz









Los dos alfeñiques jugaban en medio de un angosto caminito de cemento que dividía en dos la alfombra natural, verdosa y fresca de uno de los rincones del Bayfront Park  en la bahía de Biscayne. Amagaban jugar a lo que en algunos lugares le llaman << las escondidas>>. Es un juego más bien estúpido que consiste en que uno se esconde y el otro lo busca hasta encontrarlo. Cuando esto sucede, entonces se cambian los papeles y el cazador pasa a ser cazado.

 Arrebujados, los mequetrefes saltan para aquí y para allá, se toman de la mano girando los brazos como columpios, saltan sobre una cuerda invisible y se empujan para ver cuál cae primero. Van disfrazados de conejitos. Capucha blanca con orejitas blanquinegras y mameluco blanco con cola también blanquinegra. Su majadera risa no cesa como tampoco sus chillidos de monos ahorcados. En medio de la calleja del espléndido parque público, los guasones no paran de fastidiar con sus piruetas descompuestas. Ahora corren, después bailan, tantean a caerse a golpes, y en verdad, el que parece más acuerpado enciende a patadas al más debilucho hasta doblarlo en el piso; en fin, que no dejan de llamar la atención a como dé lugar con tal de distraer a los lugareños y turistas y quitarles — después de un buen rato de artimañas y mohines— un céntimo que aquellos depositarán en una gorra (también blanca) que reposa como abandonada en el piso, al lado de una banca de madera donde yo estoy sentado observando el espectáculo, como el cenobita perdido que soy.
Un círculo creciente se va conformando paulatinamente alrededor del espectáculo improvisado, engrosado por caminantes que deambulan por el bulevar aledaño al Downtown de Miami, saboreando el salitre del mar que a esa hora  de la tarde es conducido por la brisa marina. Al  tropezar con los payasos aflojan sus pasos hasta detenerse y observar el alboroto producido por los bufones. Unos son turistas de ropas ligeras y cachuchas con largas viseras que los cubren los rostros atezados por el sol caribeño. Engrosan la fauna, parejas de tiernos enamorados tomados de las manos y con los ojos encendidos. Las de allí son madres y nanas atajando a sus críos para que no se alejen demasiado de ellas; otros son solitarios (como yo) que van al parque a oxigenarse y de paso a vindicar cualquier atropello que se atraviese en el camino; los de allá, echan un vistazo al centro de la pista, alargando sus pescuezos y afinando la mirada mientras pasean a sus mascotas en un ceremonial de silencio y ausencia. Todos a uno tenemos los ojos puestos en los blancos fantasmas como esperando que de un momento a otro suceda algo extraordinario.

Sin embargo, para desesperación de los transeúntes nada de raro sucede. Lo saltimbanquis continúan con sus movimientos estrambóticos sin parar. El fortachón continúa cayéndole a trompadas al delgaducho demostrando ante el soberano quién domina a quién. De esta manera surrealista se desgranan los minutos cual perlas artificiales de una camándula bendecida por el papa Francisco en las manos temblorosas de una rezandera.  A los que llevan mayor tiempo observando se les empieza a notar el cansancio en las caras largas y el desconsuelo de que no suceda nada especial. Los que apenas llegan, se abren paso a codo limpio y se les nota la expectación por descubrir qué es lo que está aconteciendo en el centro del redondel. Vaya ilusos, si supieran que no pasa nada ni que va a pasar absolutamente nada, o ¿de pronto, sí?

En cuanto a mí, yo sí que no esperaba nada de esos infelices. Me enfogonaba que el uno abusara del otro. Ya en mi remoto pueblo — cuando era niño—asistí a un sinnúmero de <<espectáculos>> como este, en el parque central de mi barrio y después de tanta curiosidad y tanta espera porque algo mágico sucediera al final de la presentación, nunca pasó nada memorable. Solo me acuerdo de la terrible calentura que cogí una vez cuando en una presentación callejera, dos papanatas, un viejón desdentado y de barbas descuidadas, no paraba de azotar con una gruesa soga de amansar caballos, a un bobote que huía en círculo mientras reía, gemía y lloraba a la misma vez, asimilando con entereza y a la vez con desamparo, la tremenda golpiza que recibía de su verdugo. Nunca entendí dónde estaba la gracia de ese pasatiempo. Ya se tratara de un trotamundos con un mono trepado a su espalda, o de un músico ciego interpretando en un viejo acordeón cansadas melodías; o de un buscavidas vestido de mago con una paloma a punto de volar…; les juro que no ocurría nada que lo sacara a uno del marasmo de lo cotidiano. Ni el bailarín que danzaba con una muñeca de trapo (de su misma estatura) haciendo cabriolas al ritmo del danzón que con sonido ronco salía de un gramófono RCA Víctor; ni el contorsionista semidesnudo que miraba con ojos saltados de asombro desde su rostro que le aparecía por debajo de sus flacuchas piernas; ni el hombre de fuego, mejor dicho, el hombre que se tragaba lenguas de fuego y luego las escupía sin quemarse ni siquiera el bigote; ninguno de ellos lograban sacarlo a uno de la apatía ni de alimentarle, aunque fuera un poquito, la sed de milagro y maravilla que desde el fondo de nuestra inocencia hubiéramos querido que emergiera. Que emergiera, digo, como si uno fuera un pozo de agua y de repente algo inesperado brincara a la superficie como esos peces gigantescos que emanan de sus nidos de agua saliendo a la superficie para dibujar una semicircunferencia en el aire y luego desaparecer tan rápido como se elevaron.

No debió pasar mucho tiempo mientras cavilaba estas tonterías cuando, volviendo en sí, ¿así se dice?, ¿volviendo en sí, volviendo de dónde? Qué cosas tiene el idioma. Bueno, el asunto es que minutos después de mi distracción volví a prestar atención a los payasos y prácticamente ya no quedaba gente a su alrededor. Una patota de  mocetones que no pasaban de cinco los abucheaban y los desconcentraron tan de mala manera de sus papeles que a los pobres no les quedó otro remedio que abandonar la <<representación>>. El grandulón amagó a enfrentárseles pero el chiquito lo disuadió con un gesto de manos. Agotados de tanto desmadre despejaron la vía reculando hacia la banqueta donde yo permanecía sentado. “Por fin, a descansar de tan bonito espectáculo”, les dije hipócritamente mientras me corría hacia un lado de la banca para darles espacio y los dos sonrieron entre complacidos pero amargados por la burla de que estaban siendo objeto por el grupo de adolescentes. Se sentaron y su respiración era fuerte. Sudaban a chorro, consecuencia, digo yo, de tanta saltadera. Uno de ellos, el que se sentó al otro extremo de la banca colocó con cuidado la gorra con los billetes y monedas recogidas durante la feria. Yo alargué la vista para calcular el monto de lo recogido y para mis adentros calculé unos veinte dólares en total. Diez por cabeza, concluí como si alguien me hubiera llamado de lambón a repartir las utilidades conseguidas con tan desgraciada labor.

Me puse en guardia para ver qué era lo que venía enseguida. La tarde estaba cayendo apacible pues era noviembre y la temperatura mezclada con una brisita juguetona me invitaba a quedarme sembrado en la banca (sembrado como un árbol al que se le están cayendo las hojas una a una). Era evidente que el fuerte calor del verano de unas semanas atrás había cedido su puesto a una confortable tibieza que algún poeta de esos que abundan por ahí, diría edénica. Los mamelucos ni me miraban. Me pareció extraño que no hablaran como la gente común ya que el sainete supuestamente había terminado y no había motivo aparente para no hacerlo. Se comunicaban como lo suelen hacer los mimos, a puras señas. Yo miraba de reojo, pues la verdad es que no los sentía muy amigables. Continuaban excitados y parecía que se peleaban. El que cuidaba la gorra que contenía el producido, parecía que mandaba o parecía mandar sobre el otro que era ligeramente más bajito y frágil. Para comenzar, le dio un empellón con el trasero para que no le robara espacio. Con los ojos febriles le envió una señal como diciéndole “no me joda”. El conejo chiquito, de ojos más bien pequeños y afilados, bajó la cabeza en señal de aceptación y disculpa. Mientras tanto, yo saqué un billete de a dólar de la billetera que estaba dentro de mi mochila y como haciendo el que juega basquetbol, lo hice bolita y lo lancé a la gorra. Los dos artistas siguieron con sus caras alargadas y tristes la línea semicircular que dibujó el balón y que encestó directo en el birrete. Los dos a una me voltearon a mirar con una actitud estólida que me confundió. “De nada” les dije,  levantando las manos en señal de vaga respuesta.
De sopetón, un estruendoso pito de sirena que me llevó a cubrirme las orejas con las manos, me sacó momentáneamente de lugar. Alcé los ojos y lo que vi fue una  barcaza de esas que cada dos horas anuncian a los turistas la salida de su recorrido desde Bayside alrededor de las islitas de la fantasía que rodean el sector y que sin necesidad de navegar en aguas profundas, ponen en contacto a los viajeros improvisados con la verdosa piel del mar. Levanté la mirada al horizonte y lo que vi allá a lo lejos fue a tres inmensos cruceros en fila india y con más de diez pisos cada uno y se veían a los turistas (como puntos pequeñitos cual figuras dibujadas por un pintor de marinas) apostadas a lo largo de las cubiertas de los trasatlánticos. A pesar del diabólico rugido que volvió a repetirse, me reconcentré en lo mío y continué fingiendo el despistado, para no poner en alerta a los roedores de mi intención de estar atento a sus más mínimos movimientos. De repente, no sé por qué carraspeé y en tono amigable les dije: “Me llamo Peter, los felicito por su espectáculo, no me perdí ni un solo acto de la obra”. El frágil sonrió tímidamente como dando las gracias pero el de la voz cantante me miró con los ojos aún mas desorbitados como preguntando ¿de qué está hablando este gilipollas? La verdad que me sentí un poco incomodo pero me recompuse y sin carraspear agregué: “Sí, porque lo de ustedes es todo un Performance”, rematé. Me llamo Richard y déjese de tonterías amigo, que está tratando con profesionales. Me llamo Joe, interrumpió con voz aflautada el que estaba pegado a mí. No había terminado de chillar el menor, cuando un fuerte codazo en el estómago proveniente de la humanidad de su socio lo dejó sin aire. Eso, para que no se meta en conversaciones de mayores, lo recriminó, mientras lo fulminaba con la mirada. “Sí, sí claro”, asentí, como si no hubiera visto nada, solo estaba haciendo un cumplido… Vaya, hombre, olvídelo. Me replicó Richard. El tiempo no está bueno para payasadas, agregó. Mire que trabajar casi dos hora para recoger unas monedas que no nos alcanzan ni para pagar el motel de esta noche. La cosa no esta buena, compadre. ¿Y con qué vamos a cubrir los gastos de transporte y comida? Con qué vamos a terminar de pagar el curso de teatro que estamos tomando en el Miami Dade College? ¿Con qué vamos a concluir la gira pactada? No, mi amigo, pagar por aprender a hacer reír no es nada gracioso. Ganarse la vida está bien pero bien cabrón mi amigo. “Sí, tienes razón Richard”, le respondí, llevándole la cuerda rapidito sobre lo que decía.

 No suelo discutir sobre nada. Evidentemente hace años que dejé de hacerlo. Desde entonces a todo le llevo la cuerda, como quien dice vivo en la cuerda floja. Pero cuando puedo dar el zarpazo justiciero, lo doy. Sin creerme ningún acróbata o maromero voy por la vida pisando liviano porque yo soy de los que creen que la calle está sembrada de minas <<quiebra patas>>. Perdón por la digresión pero a veces uno no puede controlar las ocurrencias que se le vienen a la mente. Por un instante se me ocurrió pensar que podría unirme a ellos. Gritarle a Richard que me dejara unirme a ellos, que en verdad el performance me convencía de que era arte del bueno y, en fin, que no estaría mal que un trió mejorara lo que ya de por sí era una pieza posmoderna de propuestas plásticas atractivas. Yo también había estudiado un año de teatro en la escuela Prometeo de Miami y si tuve que abandonar no fue por falta de amor al arte sino porque se me agotaron las reservas que traía de mi país después de tres años de malvivir con trabajitos ocasionales. Aproveché que el hombre estaba desahogando conmigo sus desventuras para <<metérmele en el rancho>>. “Déjeme engrosar su equipo”, le supliqué, “yo también estudie algo de teatro y con seguridad que podremos optimizar las presentaciones con nuevos números que dirán de nuestra genialidad para poner en escena sucesos cotidianos de la vida que a la mayoría de la gente se le pasarían por alto”. El bufón negó con la cabeza y yo apreté los puños dentro de los bolsillos de mis pantalones, mientras me soliviantaba por dentro. El frágil comenzó a seguir nuestra plática con solapada curiosidad. Sentí que su respiración se le comenzó a acelerar ¡No, es no! Dijo rotundo e hizo un gesto como de querer ponerle punto final a la conversación. “Pero, al menos analícelo, Richard”, insistí. No hay nada que analizar, me respondió rotundo, mientras el frágil lo tomaba de la mano. Ahí comprendí yo que mi propuesta los estaba agrediendo a los dos, que estaba interfiriendo un algo bien gordo. Sospeché que más que un dúo era una pareja. Es decir, me sentí como un entrometido en la intimidad de un hogar. Bueno, un hogar… es como demasiado decir. ¿Qué tiene que ver un hogar con un par de infelices que se buscan el pan haciendo piruetas en la calle pública? Aparentemente nada. Sí y no, porque quiérase o no, la ciudad está llena de hogares de infelices que hacen cabriolas para sobrevivir el día. El conejo mayor le retiró la mano tomada sin contemplación de ninguna clase y se levantó de inmediato. Recogió la gorra, se embolsicó los billetes y las monedas. El frágil también se levantó, asustadizo.

Yo calculo que le llevaría unos cinco años a Richard y creo que me sentía con más experiencia que él. De seguro que yo había comido más mierda que este mameluco aprovechador del desamparado Joe. Me levanté, también de una. No sé por qué sentí que mi destino estaba enganchado al destino disparatado de estos dos miserables. Estaba molesto porque los dos bufones al poner en escena de manera tan ridícula una pieza de teatro, estaban poniendo por el piso la grandeza del arte de Píndaro. Estaba molesto porque ridiculizaron a Marcel Marceau, el gran mimo; porque pisotearon las cenizas de Eugène Ionesco… el maestro del absurdo y, de paso, a los profesores del Miami Dade College. Me hervía la sangre de pensar que Richard, fungiendo de guasón mayor abusara injustamente de esa oveja trémula que era el frágil de Joe. Estaba molesto de verdad. Ellos echaron a caminar y yo detrás de ellos. ¿Hacia dónde se dirigían? Tampoco lo sé. Atravesaron el parque a paso firme y se detuvieron unos segundos frente al monumento de Cristóbal Colón. Lo miraron como preguntándose algo. Yo también me detuve, levante la vista y lo miré como queriendo también preguntarme algo. Avanzaron hasta la parada del bus de la Biscayne Boulevard y yo hice lo mismo. Aún llevaba los puños cerrados entre los bolsillos de mis bluyines. El guasón mayor volteó a mirarme y me midió con los ojos, de la cabeza los pies, como quien dice “no te atrevas a seguirnos, poca cosa”. El autobús llegó en ese momento. Tan pronto se abrió la puerta los dos saltaron adentro con una agilidad inusitada. Yo, como un autómata hice lo mismo. Pagué mi boleto de dos dólares y me fui a sentar justo detrás de ellos. Nuestro destino estaba sellado, comprendí con una perentoria convicción que jamás había sentido.

Con ritmo cansino el autobús continuó su ruta hacia el norte. Paraba y avanzaba un corto trecho. Paraba y avanzaba. Estaba oscureciendo y aparte del movimiento de uno que otro pasajero que se preparaba para salir o de uno que otro que entraba, nada sucedía. Afuera en la intemperie, una que otra alma deambulaba afanosa hacia algún lugar; descontando eso, nada, en verdad, sucedía. Se sentía menos humedad que afuera y el murmullo del motor que ronroneaba como miles de gatos en gigantesco coro, adormecía el ambiente. Mi mente estaba en blanco. No sentía mi cuerpo, solo mis puños como garfios afilados esperando por el momento propicio para el ataque. Las casas, comercios y anuncios de moteles iban quedando atrás. Habría transcurrido una media hora cuando los conejos amagaron a levantarse. “Hemos llegado”, me dije. En efecto, mi pálpito era correcto. La pareja comenzó a desfilar hacia la salida y yo hice lo propio detrás de ellos. Tan pronto el autobús llegó a la parada, se apearon y yo hice lo mismo. El bus cerró su puerta y los tres quedamos a la intemperie. El guasón mayor me miró desafiante. Yo le mantuve la mirada. Ojo con lo que planeas hacer, puede ser tu fin. Me dijo amenazante. “Ese es mi problema”, le respondí sin asomo de cobardía. Alguna cosa le cuchicheó al frágil y este asintió sin más. Cruzaron la calle oscura y vacía y se dirigieron a la entrada de un motel con un letrero fluorescente que rezaba: “The heaven motel”. Hice lo mismo que ellos, como si fuera un integrante del grupo. El dependiente del motelito ya los conocía porque los saludó con familiaridad y tan pronto los vio se agachó detrás del mostrador y luego reapareció con una llave atada a  una manija de madera con un número, el 33. Se la alargó de inmediato al conejo mayor. ¿Y ese? Preguntó dirigiéndose a mí  ¿viene con ustedes? No, nada que ver, le contestó cortante Richard. Ok., que descansen, les dijo. Mientras los conejos se alejaban al fondo de la edificación, el dependiente me preguntó ¿le puedo ayudar en algo? “Sí gracias”. Le respondí. “Necesito una habitación”. ¿Por una noche? “Sí, por una noche”. Déjeme ver porque hoy estamos full. Déjeme ver… y fijó sus ojos en una cartelera. Luego de unos largos instantes, aclarando la voz me dijo: tiene suerte mi amigo solo queda una, la 32, cuesta cuarenta dólares ¿está bien? “Sí”. Le respondí con la respiración entrecortada. “Es el destino”, me repetí, “yo lo sabía, yo lo sabía”. Pagué, luego le enseñé mis documentos falsos. Desapareció detrás del mostrador para reaparecer con una llave atada a un pedazo de madera con el número 32. ¿Equipaje? Solo mi mochila. “Es por una noche”, aclaré. Bienvenido me dijo mientras me indicaba con el dedo índice el pasillo por donde se encontraba la habitación. Cortó de manera abrupta el diálogo y fue a sentarse a seguir viendo en la tele un juego de pelota.

El pasillo estaba completamente oscuro, solo un foco de luz mortecina ubicado al final permitía leer los números fijados en las puertas. Las chicharras con su ruido me confortaban y con su intermitente luz vegetal me ayudaban a orientar. Mi mente seguía en blanco. El angosto andén por donde caminaba apenas si permitía desplazarse sin tropezar con las raíces de los árboles de mango que encerraban la estancia, pues lo que luego venía era un alto mural que encerraba la propiedad. Tuve— no sé por qué—la sensación de que me encontraba dentro de una cárcel. A medida que avanzaba los números de las puertas aumentaban: 28…29…30…31… y por fin el 32. Apliqué la llave a la cerradura y entré. A tientas como un auténtico ciego estiré mi brazo derecho con la mano extendida y palpé la pared. Fue fácil. Encontré el interruptor y encendí la luz. La habitación consistía en un cubículo pequeño con un camastro y una mesita de noche sobre la cual reposaba una diminuta pantalla. “Es solo por unas horas” me conforté. Mi mente continuaba en blanco. En verdad sabía y no sabía lo que la fatalidad tenía previsto para mí. Me saqué el morral de mis espaldas lo lancé a los pies de la cama y me tire de una con todo y ropa. Permanecí así como una hora. Miré el reloj eran apenas las nueve de la noche. No tenía hambre. Qué raro. Aunque no tan raro en mi caso, a veces pasaba más de doce horas sin tragar bocado, apenas bebía un poco de agua de algún grifo que se me atravesara en el camino. Quizás por eso vivía últimamente en un estado de elevada condescendencia con la nada. La cita con el guasón mayor la pacté (para mis adentros) para las doce de la noche. Tenía tiempo para leer un rato. Encendí la luz de la pantallita y saqué de mi morral el único libro que me acompañaba: La broma infinita del joven difunto David Foster Wallace. Me engolosiné con el capítulo referente a los asesinos de las sillas de ruedas. Locura total. Los minutos transcurrían dentro de mi cuerpo como si  yo todo fuera un reloj de arena que se carga y se descarga minuto a minuto. No podía escapar ni tenía  otra alternativa que ejecutar la decisión tomada: el guasón mayor debía desaparecer de la faz de la tierra. ¿Razón? ¡Por abusivo, por controlador! El frágil Joe merecía vivir en libertad y yo sería el ejecutor de tan digno encargo. ¿Encargo de quién? Tampoco yo lo sé. Solo sé que obro por misericordia. El insensato debe morir. No hay otra alternativa. Hay un punto en que se le debe poner un parado a la abyección. A las doce en punto me dirigiré a la habitación contigua (la 33). Aplicaré el ojo a la cerradura. Como todo estará en calma, con la llave maestra que siempre llevo conmigo cual crucifijo de cristiano, abriré la puerta en el sigilo de los designios más insondables. Ya no me tiembla mi mano derecha que como garfio mortal apretará el cuello del guasón mayor hasta sacarle el último aliento de su mortecino pecho. Al Frágil le diré mirándolo a los ojos: “Si me has visto, no te acuerdas. Y no indagues en razones. No temas más, ya está bueno”.
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