23 dic. 2013

Retrato de un incauto. E-book. Primer capítulo





                            José   Díaz – Díaz

                                                     Retrato de un incauto



                                      Novela


Retrato de un incauto
© 2013, José Díaz-Díaz
Sub-Urbano ediciones. Suburbano-Ebooks
ISBN 978-1-4507-1188-3
Todos los derechos reservados.
Esta novela es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes o son producto de la imaginación del autor o se usan de forma ficticia. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, eventos o escenarios son puramente casuales.
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, sin permiso escrito del autor.
josediaz-diaz@hotmail.com
@lenguajevital
 Miami, Florida.


Para Nadgia

Sobre el teclado, una danza de sonidos acuclillados
como manjar esperan.


 “Nunca debe subestimarse el poder de los libros”
Paul Auster, en Brooklyn follies


        

                                  1

 Confesiones de un aprendiz de lector





Soy un hombre retirado de los afanes de la vida mundana. A mis sesenta y ocho años prefiero seguir atado a este mundo por el señuelo de la ensoñación y de la utopía, más que por los vericuetos absurdos y desgastados del previsible acontecer cotidiano. Ejercí como librero de oficio, actividad por demás venida a menos desde cuando las librerías fueron banalizadas y convertidas en supermercados de best sellers y los libros pretendieron competir con las hamburguesas. Mi nombre es Rubén Eduardo Miranda y celebro con beneplácito la ocurrencia del destino que como un golpe de dados me empujó a finiquitar una promesa pospuesta sin razón. Nadie desconoce la tranquilidad experimentada ante la certidumbre de estar cumpliendo con la palabra empeñada.
Así pues, nos encontramos en este irrenunciable evento: tú leyendo en soledad con curiosa expectación y yo como narrador solitario, con mis precarias cualidades de cronista de la inocencia, dispuesto a contarte las infortunados aventuras de mi ahijado Gerardo Antonio Montoya—que en paz descanse—y que tal como se lo hice saber en vida, alguna vez tuve la insensata y peregrina idea de prometerle que divulgaría a los cuatro vientos escenas de su atribulada existencia. ¿Metí la pata a fondo cuando le hice esa promesa? Quién sabe.
 Escúchame lo que te voy a contar. Él no fue ni rico ni famoso, ni tuvo enemigos que le cogieran ojeriza, ni le sacó ronchas a nadie. Entonces, me preguntarás ¿por qué me echo a cuestas tan ardua tarea?...hmmm...bueno, figúrate tú, yo pienso que  es una misión de vida que se me ha encomendado. No hay de otra. Y me doy ánimo para iniciar la historia y todo el rollo de su vida con la complicidad de este naciente otoño, recostado en mi hamaca que está amarrada en diagonal entre las paredes de la terraza de mi vivienda y  arropado con la brisa del océano que acaricia mis piernas velludas y mi rostro atezado, pues estoy de pantalones cortos y camiseta. Apaciguado del todo, disfruto el desfile del velamen que pareciera huir de la marina que lo contiene. Así, pues, llegó la hora de la verdad. Enconchado en este recoveco íntimo de la bahía en Miami Beach, me encuentro enteramente dispuesto a cumplir con mi palabra empeñada.
La veracidad de la historia está garantizada por la incansable vigilancia de mi conciencia, la cual no me dejará mentir. Me acompañan en esta casa de remanso donde la pereza transita oronda— además de mi mujer— mi perro de siempre, un shar pei  blanco de orejas y trompa negra a quien traspaso todas las arrugas que el tiempo me va prodigando para yo engañarme con la vana ilusión de sentirme joven. También me acompañan un reguero de libros que se encuentran arrumados por todas partes. Desorden y no desorden, que al parecer es lo único que a estas alturas le da sentido y coherencia —vaya contradicción—a lo que me resta de existencia.
 Qué pena, pero he llegado— y me siento obligado a confesarlo— a la edad en la cual la vida es finalmente aceptada como una derrota. Me hierve la sangre admitirlo, pero es así. Sin embargo, la visión desoladora que tengo de la condición humana, te prometo, no va a influir en el semblante del relato.
Sin más preámbulos hoy jueves dieciocho de octubre del año 2007 siendo las seis de la tarde doy inicio al acatamiento de mi promesa de recuperar para la memoria colectiva, rasgos y retazos, sesgos de tu discreta presencia por esta tierra de ilusión, ahijado benevolente a quien sigo queriendo como al hijo que nunca tuve.
Lo conocí por allá a finales de los setenta, en Caracas, cuando participábamos en una tertulia literaria a la cual asistían, entre otros, un médico peruano, calvo, de entrecejo autoritario y aficionado a la poesía; una italiana recién divorciada, profesora de Letras del Instituto Pedagógico que tiene su sede en el barrio el Paraíso; y Gustavo García Márquez, uno de los hermanos menores del Nobel quien por esos años estaba residenciado en Venezuela y gustaba de las peñas literarias; leía y escribía pero no publicaba porque tenía la certidumbre y el complejo de que nunca lo haría mejor que su hermano.
Recuerdo que el muchacho me tomó gran afecto desde entonces y también yo a él; amistad generada, pienso, aunque me puedo equivocar, por la compartida actitud ante esa esquina de la vida: desapego y búsqueda, indagación permanente y una crónica inestabilidad emocional que era lo que nos generaba ese desequilibrado estado de inconformidad con todo lo establecido. En cuanto a todo lo demás, hay que establecer las distancias, lo mío es crepúsculo, lo de él, ilusión.
En una de aquellas sesiones, de las pocas que a decir verdad tomó la palabra pues solía ser de ordinario tímido y reservado como esos individuos a los cuales hay que sacarles una palabra con tirabuzón y quienes siempre salen del paso ante alguna pregunta con un encogerse de hombros, con una media sonrisa, o con un sí, o con un no, es decir, callados hasta decir basta. En esa ocasión nos narró Gerardo Antonio lo que fue su primer contacto consciente con los libros de ficción. Nos habló de su primera intromisión en el mundo y la magia de una historia literaria la cual evocaba con una inocultable agitación. Frisaba por aquel entonces, nos aseguraba Gerardo, en los trece años y apenas si estaba despertando de esa nebulosa que recubre el inocente y fantasioso mundo de los niños; estaba rompiendo ese amnios de incondicional complacencia, esa placenta inmejorable que hace de los chiquillos las criaturas felices que todos conocemos. El personaje literario que lo impactó se llamaba Viernes, el indígena salvado de ser devorado por los antropófagos que habitaban esa remota isla tropical, de aguas transparentes, de follaje lujurioso, de incesante sinfonía de cantos de pájaros exóticos y de playas de blancos arenales. El nombre del libro como todos pueden suponer era en efecto: Robinson Crusoe, publicado en 1719 por el escritor inglés Daniel Defoe.

“Fue una revelación que me enfervorizó hasta quitarme el sueño”, nos confesaba esa noche de sábado el desgarbado mozalbete de larga nariz y anteojos con cristales de culo de botella, entre nervioso y feliz de tener un auditorio donde podía desahogar sus más íntimos recuerdos. “Qué quieren que les diga… las aventuras de Robinson y Viernes las veía de manera tan real que me parecía estar allí compartiendo las pesadillas de sus destinos”, sentenció. “Mi fantasía nunca se había disparado como en esa ocasión. Se me agrandó el mundo y de repente las ventanas de mi alma o las ventanas de mi conciencia o las ventanas de yo no sé qué—disculpen si les estoy hablando como un chalado— se abrieron dichosas al encuentro de una geografía de mares e islas paradisíacas que me sembraron en esa tierra encantada y me estimularon el apetito por los viajes y las aventuras. Y a decir verdad— como mis excursiones han sido muy escasas dada mi condición económica siempre en aprietos— la lectura fue la sustituta a mi obligado sedentarismo y además, la portadora de un universo misterioso y fresco que me atrapaba sacándome de una realidad escurridiza para entregarme abismado a otra en el confort de lo novedoso  sin tener que moverme de mi butaca de aprendiz de lector. Como les vengo diciendo, así es como hoy evoco mi primer contacto con los libros de ficción, mis queridos amigos”, agregó.
 Luego entornando los ojos como pretendiendo apresar todo el pasado en ese único instante y respirando a fondo continuó soltando vivencias de su lejana experiencia:
“...O sea, que también en ese momento se me comenzó a mezclar de manera fatal el mundo de la fábula con el mundo de la realidad, figúrense ustedes. Lo cual quiere decir, hoy lo analizo de esta manera, que pasé de una quimera a otra con la  consecuencia de  no saber hasta ahora dónde estoy parado. ¿Saben una cosa?—se preguntó mientras abría los ojazos  y se rascaba la cabeza con la mano derecha—  Les confieso que mi vida toda ha sido un continuo huir de la realidad. Qué lata”.

Cuando dejó de hablar se hizo un silencio largo en donde todos los presentes parecíamos sumidos en nuestros recuerdos infantiles, signados por algún libro con historias que se nos quedaron para siempre estancadas en la memoria. Tal vez lo dijo todo, tal vez no dijo nada. De todas maneras no pudimos evitar que un ramalazo triste agitara remembranzas salpicadas de emoción y hasta de sensiblería. Vivencias como esas eran parte del embrujo que las tertulias literarias significaban para nosotros y por las cuales tanto nos apasionábamos en aquellos años.






Publicar un comentario