17 feb. 2014

Tras la huella de GENTE QUE CAMINA

Tras la huella de: GENTE QUE CAMINA
José Díaz- Díaz








A la edición numerada de Gente que camina, novela de la poeta y escritora colombiana Mariela Zuluaga y publicada por editorial Orbis de Bogotá, hay que acercársele con curiosidad y sana aprensión  porque uno no sabe qué viene dentro de esa caja de pandora: si golosinas de chocolate,  algún enlatado, un gigantesco acertijo (en lenguaje cifrado con caracteres extraños ) o quizás  lo que uno ansía con callada expectación, que no es más que la grata sorpresa de una buena novela para paliar la resequedad de este cotidiano  ir y venir.

 Y es que el libro está impreso y estampado como un souvenir, como un objeto de colección digno de las <<profecías>> del autor italiano Umberto Eco respecto de los libros de papel. Amén de las ilustraciones referentes a la utilería de la comunidad primitiva y los signos y símbolos inherentes a la lengua Nukak, esta suma de aciertos hacen del libro un verdadero fetiche, un exquisito y casi sagrado receptáculo de lo que será una mística lectura que en una prosa poética de factura mayor, nos envuelve  en ese nido que es la selva del Guaviare en Colombia, ad portas de la selva amazónica, donde la placenta de los Nukak,( la tribu de indígenas nómadas diezmada por circunstancias tan adversas como deplorables) agoniza con la desaparición de sus ancestrales habitantes.

La reveladora Crónica Histórica de 135 páginas que aparece ante nuestra lectura dentro de esa caja de Pandora, fundamentada con una separata de 20 páginas plenas de mapas, ilustraciones, fechas y datos que arrojan una exhaustiva investigación de más de 15 años por parte de la autora, nos persuade de que nos encontramos ante un tesoro literario que descansa en los pilares de un minucioso estudio sobre un hecho antropológico, lingüístico  e histórico de gigantescas proporciones y que sintetiza— en el lenguaje traslaticio de la prosa poética, las últimas décadas de vida de una población tribal menguada y tristemente abandonada a una condición de indefensión total que la está llevando a su exterminio, en el mismo tiempo en que nosotros—impávidos— leemos este texto.

La magia del Popol Vuh, libro genésico del pueblo maya, traducido al español por Miguel Ángel Asturias, ronda las orillas de Gente que camina, por su cosmogonía que devela los códigos ancestrales de los pueblos de la selva profunda.  La mirada desbordada de terneza y desolación con que José María Arguedas (Ríos Profundos) se acerca para describir los sentimientos de los indígenas de su tierra peruana está presente en la mirada quebrada y en la voz omnisciente de la autora que nos acerca a los rituales y costumbres, a los oficios y ceremonias, a los hábitos de sobrevivencia y al acorralamiento perenne de los Nukak,  para devenir en esta novela lírica una vivencia que solo un lenguaje poético muy elaborado puede alcanzar. Sospecho que los padres de la literatura indigenista como Ciro Alegría (El mundo es ancho y ajeno) o Jorge Icaza (Huasipungo) estarían orgullosos de haber podido leer este texto que logra insertar para siempre en la historia de Colombia la memoria de una comunidad abandonada.

Para mí, la trama gira alrededor de dos personajes principales: el espacio que es la selva y Jeenbúda que es el joven Nukak sobre quien recae la tarea de mostrarnos la tragedia de su pueblo y también la de enseñarnos el temple de una etnia que, arropada dentro del cuerpo viviente de la selva profunda, no se cansaba de caminar sus senderos. El punto de partida de lo que sucede allí dentro y que le permite a la autora despegar la historia está en el mismo comienzo del libro que titula: Génesis y que en  su párrafo final reza así:

"...Lo que pasa en seguida sucede a la velocidad del rayo. El joven entra a la maleza que rodea el espacio y se pierde en la inmensidad de la selva sin que nadie haga algo por alcanzarlo...".

Un tiempo mítico nos acogerá después de este ritual iniciático para permitirnos en el asombro de evocaciones reiteradas y diálogos indirectos, los saltos hacia adelante y hacia atrás que Jeenbúda maniobra para pretender vanamente regresar a su origen, muriendo finalmente en el intento. Es necesario puntualizar que precisamente en la elaboración alegórica de ese desplazamiento, en esa vuelta atrás donde radica el logro literario que Mariela Zuluaga consigue en Gente que camina: la metáfora desesperada de un pueblo que se calcina en la aterradora visión de su propia extinción.


No nos llamemos a engaños. La buena literatura, en su lenguaje polisémico, logra perforar hasta los resquicios más escondidos de la perniciosa condición humana; palpita en los dinteles donde la sinrazón muestra su rostro de intemperancia;  y  acecha, armada de un expresivo lenguaje que logra trasmutar lo cotidiano en asombro y leyenda. Gracias poeta por ese exquisito bocado de excelsa amargura.
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