18 mar. 2014

Un cuento de Haruki Murakami













Un cuento de Haruki Murakami:
Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta una bella mañana de abril


José Díaz –Díaz

Estoy comenzando a encontrarme con la narrativa de Haruki Murakami y cada vez estoy más engolosinado con sus historias y su manera de narrarlas. Este escritor japonés(1949), bestseller nominado al Nobel varias veces, constituye, a mi modo de ver, un icono excéntrico y tierno ejemplar de la narrativa posmoderna que juega—con la seriedad del niño—a simplificar la compleja psico-filosofía del hombre actual, a través de inusuales, sorpresivos y, casi siempre, asombrosos artificios literarios.
La artesanía de los relatos y novelas que caracterizan la <>, de este japonés que ha conquistado gran parte del público lector de Occidente, quizás venga genéticamente por vía de sus padres quienes fueron profesores de literatura. Sin embargo, no todo es herencia; el nipón ciertamente, estudió literatura y teatro griego y su vida misma ha estado ligada tanto con la música clásica como con el jazz, con las canciones de los Beatles, con la narrativa de punta de lo estados unidos (valga decir Carver, o Scott Fitzgerald) y ha estado familiarizado con la cultura underground de las grandes ciudades.

La simbología de su escritura se enraiza en las creencias y postulados de André Bretón y la corriente surrealista, plena de voces ahogadas en pánico; en la inversión de los niveles de la realidad, y en la sensación de misterio y confusión que esto genera; persigue la resonancia de una imagen sensorial y conceptual que dibuja el vacío existencial, la vacuidad de conciencia y esa trampa absurda con que el tiempo de hoy pretende enredar la deseable trascendencia del hombre común, enlodado en el pantano del consumismo, del absurdo y de la carencia de un sentido profundo de la vida.

Así, en sus historias la existencia se torna breve y eterna a la vez, enmarañada y trivial siempre buscando una razón, un piso firme o una motivación consistente, clara y transparente que levante la conciencia caída en ese limbo de rutina trivial, de modorra existencial. Los personajes de sus argumentos, elementales y nada extraordinarios, nos llegan cargados de un desasosiego asombroso e insólito, vestidos con su pluma mágica de instante y vértigo, de rasgadura vital que nos seducen a la vez que nos apesadumbran.
Murakami sabe cómo jugar con esos elementos que constituyen el soporte de la conciencia actual y mezcla magistralmente la realidad con la ficción y la fantasía; la vigilia con el sueño, la ensoñación y las imágenes oníricas; la luz con la oscuridad; el yo real con el otro yo; lo que soy con lo que me gustaría que fuera; con lo que pretendo ser o deseo ser; el eco aplastante de la sinrazón de cara a un destino vertical y falaz.
El cuento que vamos a leer, contiene en su aparente simpleza eso y mucho más. La espesura transparente de su narrativa la encontraremos en este breve ejemplo en donde el tiempo lineal desaparece, la voz en primera persona le da paso a la tercera o a la segunda sin aviso alguno; la digresión y el deseo caben en tan mínimo espacio y el diálogo sesgado nos apega a la realidad del absurdo dejando en el remate muchos cabos por atar.
Para sellar de manera definitiva la convivencia entre realidad e irrealidad, Murakami cuenta su historia utilizando un lenguaje sencillo y hábil y, sobre todo, la técnica del <>, es decir, que la historia tiene ahora un soporte único: el cuerpo del lenguaje ensamblado en su elemento vital: la literatura.

Ahí va el cuento:

Una bella mañana de abril, en una estrecha calle del elegante barrio de Harajuku en Tokio, pasé al lado de la chica 100% perfecta.
Siendo sincero, no es tan bonita. No destaca en ninguna forma. Su ropa no es nada especial. La parte trasera del cabello continua doblada de haber dormido. No es joven, tampoco – debe estar cerca de los treinta, nada cerca de una “chica”, hablando propiamente. Pero aun así, me doy cuenta a 45 metros de distancia: que ella es la chica 100% perfecta para mí. El momento en que la veo, hay una resonancia en mi pecho y mi boca está tan seca como un desierto.
Quizás tú tengas tu propio estilo de chica – aquella con tobillos delgados, por decirlo, ojos grandes, o dedos agraciados, o te sientas atraído sin ninguna razón aparente hacia chicas que se toman su tiempo con cada comida. Yo tengo mis preferencias, por supuesto. Algunas veces en un restaurant me pierdo contemplando a una chica en la mesa contigua solo por la forma de su nariz.
Pero nadie puede insistir en que su chica 100% perfecta corresponde a algún estilo preconcebido. Así como me gustan las narices, no puedo recordar la forma de la suya – o incluso si tenía una. Todo lo que puedo recordar con claridad es que ella no era una gran belleza. Es extraño.
“Ayer por la calle me crucé con la chica 100% perfecta”, le diré a alguien.
“ ¿Si?” el dirá. “¿Linda?”
“En realidad no”.
“ ¿Tu estilo favorito, entonces?”
“No sé. No creo poder recordar nada sobre ella – la forma de sus ojos o el tamaño de sus pechos”.
“Raro”.
“Si, extraño”.
“Bueno, de todas maneras” él dice, ya aburrido, “¿qué hiciste? ¿Le hablaste? ¿La seguiste?”
“No, sólo pasé a su lado por la calle”.
Ella camina de este a oeste y yo de oeste a este. Es realmente una bonita mañana de abril.
Desearía poder hablarle. Media hora sería suficiente: sólo preguntarle sobre ella, contarle sobre mí y–lo que verdaderamente quisiera hacer-es explicarle acerca de las complejidades del destino que hicieron que pasemos al lado del otro por un lado de la calle Harajuku una bella mañana de abril en 1981. Esto era algo que seguramente estaría colmado de inocentes secretos, como un antiguo reloj construido cuando la paz reinaba en el mundo.
Después de hablar, almorzaríamos en alguna parte, tal vez veríamos una película de Woody Allen, nos detendríamos en el bar de un hotel a beber cocteles. Con algo de suerte, podríamos acabar en la cama.
La potencialidad llama a la puerta de mi corazón.
Ahora la distancia entre los dos se ha reducido a menos de quince metros.
¿Cómo puedo acercarme? ¿Qué debería decirle?
“Buenos días, señorita. ¿Cree usted que podría regalarme media hora para conversar un poco?”
Ridículo. Sonaría como un vendedor de seguros.
“ ¿Perdóneme, por si acaso, sabe si hay alguna lavandería abierta las 24 horas en el barrio?
No, esto es igual de absurdo. Por un lado, no llevo ropa sucia. ¿Quién creería una frase como esa?
Tal vez lo mejor sea la simple verdad. “Buenos días. Tú eres la chica 100% perfecta para mí”.
No, ella no lo creería. O incluso si lo hiciera, podría no querer hablar conmigo. Lo siento, podría decir, puede que yo sea la chica 100% perfecta para ti, pero tú no eres el chico 100% perfecto para mí. Podría pasar. Y me encontraría en una situación, en la que probablemente me desmoronaría a pedazos. Nunca me recuperaría del shock. Tengo treinta y dos, y de eso se trata el ir haciéndose viejo.
Pasamos en frente de una florería. Un pequeño y tibio aire toca mi piel. El asfalto está húmedo, y percibo la fragancia de rosas. No puedo animarme a hablarle. Ella lleva un suéter blanco, y en la mano derecha agarra un sobre blanco al que le falta una estampilla. Entonces: ella le escribió una carta a alguien, tal vez pasó toda la noche escribiendo, a juzgar por su mirada somnolienta. El sobre podría contener todos los secretos que tuvo alguna vez.
Doy unas cuantas zancadas más y giro: ella se perdió entre la multitud.
Ahora, por supuesto, sé exactamente lo que debería haberle dicho. Hubiera sido un largo discurso, pero, demasiado largo para decirlo de manera apropiada. Las ideas que se me ocurren nunca son muy prácticas.
Bueno. Hubiera comenzado con “Érase una vez” y terminado con “Una triste historia, ¿no crees?”.
Érase una vez, un chico y una chica. El chico tenía 18 y la chica 16. Él no era inusualmente guapo, y ella no era especialmente bella. Ellos solamente eran un solitario chico común y una solitaria chica común, como el resto. Pero creían con todo su corazón que en alguna parte del mundo vivían el chico 100% perfecto y la chica 100% perfecta para ellos. Si, ellos creyeron en un milagro. Y ese milagro, en realidad sucedió.
Un día los dos se toparon en la esquina de una calle.
“Esto es increíble”, él dijo. “Te he estado buscando toda mi vida. No creerás esto, pero tú eres la chica 100% perfecta para mí”.
“Y tú”, ella le diría, “eres el chico 100% perfecto para mí, exactamente como te imagine en cada detalle. Es como un sueño”.
Se sentaron en la banca de un parque, se tomaron de las manos, y se contaron sus historias por horas y horas. Ya no estaban más solos. Habían encontrado y habían sido encontrados por su 100% perfecta mitad. Que cosa maravillosa es encontrar y ser encontrado por tu otro 100% perfecto. Es un milagro, un milagro cósmico.
Mientras se sentaron y conversaron, sin embargo, una pequeña, pequeña semilla de duda se sembró en sus corazones: ¿era realmente correcto que los sueños de alguien se hagan realidad tan fácilmente?
Y entonces, cuando se dio una momentánea pausa en su conversación, el chico le dijo a la chica: “Pongámonos a prueba-solo una vez. Si verdaderamente somos los amantes 100% perfectos para cada uno, entonces alguna vez, en algún lugar, nos volveremos a encontrar sin falta. Y cuando eso suceda, y sepamos que somos los indicados 100% perfectos, nos casaremos ahí en ese momento. ¿Qué opinas?
“Si” dijo ella, “eso es exactamente lo que deberíamos hacer”.
Y entonces se separaron, ella hacia el este, y el hacia el oeste.
La prueba que ambos habían acordado hacer, no obstante, era completamente innecesaria. Ellos nunca deberían haberse sometido a ella, porque real y verdaderamente eran el 100% correctos el uno para el otro, y era un milagro que se hayan conocido alguna vez. Pero era imposible que ellos supieran esto, tan jóvenes como eran. Las frías, indiferentes olas del destino procedieron a sacudirlos sin piedad.
Un invierno, tanto el chico como la chica se enfermaron de la terrible influenza, y luego de divagar entre la vida y la muerta perdieron todos los recuerdos de sus años mozos. Cuando despertaron, sus cabezas estaban tan vacías como la alcancía de D.H. Lawrence en su juventud.
Sin embargo, los dos eran jóvenes brillantes y decididos, y a través de sus incesantes esfuerzos lograron adquirir nuevamente el conocimiento y los sentimientos que los calificaron para retornar como miembros plenos de la sociedad. Alabado sea el cielo, se convirtieron en ciudadanos verdaderamente distinguidos que sabían transferirse de una línea de metro a otra, que eran completamente capaces de depositar una carta expresa en el correo. Incluso experimentaron el amor nuevamente, algunas veces tanto como en 75% o inclusive un 85%.
El tiempo pasó vertiginosamente, y pronto el chico tenía 32 años, y la chica 30.
Una bella mañana de abril, en busca de una taza de café para comenzar el día, el chico caminaba de oeste a
este, mientras que la chica, con la intención de enviar una carta expresa, estaba caminando de este a oeste, ambos a través de la estrecha calle del barrio Harajuku en Tokio. Se cruzaron en el medio mismo de la calle. El pálido destello de sus recuerdos perdidos brilló por un breve instante en sus corazones. Cada uno sintió una resonancia en el pecho. Y ellos sabían:
Ella es la chica 100% perfecta para mí.
Él es el chico 100% perfecto para mí.
Pero el resplandor de sus recuerdos era demasiado débil, y sus ideas ya no tenían la claridad de catorce años atrás. Sin una sola palabra, pasaron al lado del otro, desapareciendo entre la multitud. Para siempre.
Una triste historia, ¿no crees?
Sí, eso es, eso es lo que debería haberle dicho a ella.




Publicar un comentario