17 abr. 2014

Lecturas de vacaciones

Lecturas de vacaciones
Fragmento del libro de relatos: LOS AUSENTES, de José Díaz-díaz
José Díaz Díaz












Los ecos del gong

Aquella noche de jueves fue inolvidable para Rodolfo. En verdad, como todas las noches que pasa con ella. Heather penetra en el cuchitril y exige una copa de vino. Se acomoda en el único mueble que hay en el angosto cuarto, un anticuado sofá de forma arquitectónica decadente color crema—blondo a pesar de viejo—y le echa mano al cojín color marrón que encuentra al alcance de su brazo. Rodolfo le sirve la copa de vino y enseguida destapa una botella plástica de agua y se manda un sorbo para acompañar a la visita. ¡Salud!, ¡salud! se dicen. Él la mira con sus ojos apaciguados sentado en su estrecho camastro y ella sonríe. Buen vino, piensa, pero no dice nada. Realmente es una connaiseur de vinos, pero nunca se jacta de ello. Utiliza el cojín como una almohada, con desparpajo se zafa las botas color caoba y estira el cuerpo a lo largo del sofá, sonríe y le dice que lo encuentra bien de semblante. Él asiente con la cabeza, sabe que es verdad, que de alguna manera lleva una vida sana y saludable. Ella comienza la perorata quejándose de sus padres. Es octubre y a finales de mes ya regresarán a apropiarse del apartamento por otros seis meses. Es la regla desde que los viejos están jubilados. Entre ambos suman 150 años, y puede que más. En otoño e invierno viven en Florida. Huyen de las nevadas y del frío que se cuela hasta los tuétanos. Primavera y verano, otra vez en New York. Los odia y los desdeña sin razón. Desde el inconsciente. Como única hija lo ha tenido todo, lo que se dice todo. Pero nada, su malcriadez destroza sin ningún respeto ni contemplación hasta el amor familiar. “Su mansedumbre me revienta”. Suele gruñir.

Ahora, le alarga la copa a Rodolfo para que se la llene de nuevo, él le hace un gesto cordial con la mano derecha para que se sirva directamente. Las dos botellas serán para ella y se las zampará sin remordimiento alguno. Sigue pensando en sus padres. ¿Por qué no se quedarán de una buena vez por todas en New York y la dejan vivir a sus anchas en el apartamento de Miami Beach? Rodolfo se distiende y le cuenta la anécdota del botero flaco. Ella sonríe y le dice que de buena gana cogería un alfiler para desinflar todos los boteros gordos que encuentre a su paso. La única redondez que le gusta y así lo admite es la barriga de las embarazadas, pero la suya nunca será oval porque es misántropa y jamás tendrá hijos. Rodolfo tampoco ha tenido hijos ni los tendrá en eso sí están de acuerdo sin haber buscado tal coincidencia. Basta ver lo que se ve afuera para estar de acuerdo. Él traga otro buche de agua. Ella se reacomoda, se endereza y extrae de su mochila un tabaco de marihuana y de inmediato lo prende y comienza a fumar. Rodolfo se levanta y abre la minúscula ventanuca para que el aire se renueve con la ayuda del aroma de las buganvilias provenientes de la pérgola. Heather estira la mano para invitarlo a fumar, pero él declina el ofrecimiento. Lleva tantos años que no fuma y ya no lo volverá a hacer. Estuvo en drogas por mucho tiempo, mas eso ya es cosa del pasado. No lo hago y es mi libertad y punto, parece pensar. El ambiente se ablanda en la medida que las volutas de humo se elevan y chocan contra el techo que no es muy alto. Esa luz del techo me molesta. ¿No hay manera de usar otra luz? Rodolfo asintiendo la apaga y enciende la pantalla de la mesita de noche. Es una iluminación más bien blanca, lechosa como especial para leer o para meditar. Ella suspira, se reacomoda y dice algo entre dientes que ninguno de los dos entendemos. ¿Estas piloteando bien la traba, o qué? Calma, querido. Responde ella. Esta sí que es una sedación del carajo, floto y refloto sobre un muladar de flores esparcidas entre lenguas de una azul-violeta que me zarandean y juegan con mi cuerpo de ola. Ella es una ola que navega entre el sofá y el bajísimo techo de la buhardilla. (Les aseguro que la puedo ver con nitidez, pero obvio, ella no me puede ver porque yo apenas si soy un fantasma). Rodolfo la mira con actitud estólida, se frota los ojos y la vuelve a mirar. Flota. La miramos. Sí. Flota en verdad. Rodolfo apura otro sorbo de agua. ¡Joder! Gritó. Las alucinaciones también se pegan. Se puso de pie, a pesar de no ser nada alto, su cabeza casi choca con el techo. Estiró las piernas. Se desplazó hacia el baño caminando de medio lado y meó. El sonido del chorro de orina le sonó como una cascada que en buen momento tuvo la virtud de sacarlo a la realidad. Volvió a la cama, igual caminando de lado por lo angosto del pasillo. Ella continuó en su ensoñación en un silencio solo interrumpido de vez en cuando por murmuraciones intermitentes que salían de sus labios entreabiertos. Por la expresión de su rostro daba la sensación de que bordeaba los umbrales de un goce ahogado y púdico. Parecía que se frotaba los muslos. Las imprecaciones emergían ambiguas, digresiones entre hipos apagados que iban desde el sentido de lo sórdido hasta las bondades sinuosas de la castidad. Parece que dijo ver y oír:

"efebos andróginos, letanías perpetuas, sangre aguada, viscosidades metálicas, líquido espermático, ojos vítreos, un ángel custodio; cuerpos apelmazados, dulcísimos cánticos, salitre mohoso, limo y pátina platinada, muladares de oro, hornos de diamante, jadeos agonizantes, más jadeos; un búho ululando, fisuras cavernosas, amaneceres mutilados, nodrizas adolescentes, serpientes hechizadas, campos de concentración, alambradas de neón, salmos sincopados, mantras antiquísimos, vísceras aún calientes, lengüetazos sacrílegos, visiones truculentas, escupitajos, signos cabalísticos, carcajadas malignas, velones, rojas rosas efervescentes, vaginas dentadas, criaturas lactando, sombras astrales, el sonido de un gong, bailarines beodos, música profunda de gong… la llegada de la primavera, más música de gong... gong... gong... ".

Así transcurrió como una hora, la cual Rodolfo aprovechó la pulsión apagada de la carne para leer unos cuantos poemas de Bukowski. Le gustó en particular ese poema cuyo título se podría traducir como: Consejo amistoso a un montón de jóvenes. Sintió en la lectura como un extraño déjà-lu de otra obra leída anteriormente y que no recordaba ni el título del libro ni al autor de la misma. Pensó en Bukowski y pensó en sí mismo. Se comparó. Los dos amaron las carreras de caballos y las apuestas. La gran diferencia era que el poeta disfrutaba las carreras sin más, mientras que él perseguía vanamente multiplicar su fortuna a costa de ellas. Pero de todas maneras, el poeta murió asqueado del mundo y él moriría reconciliándose con el mundo. De repente, la ola se sienta. ¿Qué pasó, rey? Pregunta la ola. Nada. Aquí leyendo a Charles. Ah verdad. Pues que comience el recital. Pero dame un break y venga la otra botella de vino. Y diciendo esto se levanta, se estira y se dirige al baño. Sus rodillas alcanzaron a rozar el camastro. ¡Mierda! Aquí no hay espacio para nada. ¿Cuándo es que te vas a mudar de esta porquería? Avanzó de lado hasta que conquistó el inodoro. Se subió con ambas manos el batón, se bajó las bragas hasta las rodillas adoloridas. Sobre su pantorrilla derecha reposaba tatuado un pájaro extraño cuyas alas abiertas parecían querer abrazar toda su pierna. Se sentó. El silencio era tal que el ruido de los meaos sonaron como un disparo acuático sobre un lago congelado, mientras las pupilas de sus ojos en blanco y agrandados se alzaban hacia el vacío con una elemental expresión de extravío. Heather reapareció sonriendo. Abrió el refrigerador sacó la botella y se sirvió otra copa de vino. Su exquisito pescuezo saboreó el excelente vino espumoso. — Alcánzame una botella de agua—, le ordenó el dueño de casa y ella obedeció. Le alargó el frasco con una mano mientras que con la otra le acariciaba suavemente los cojones. Su mano estaba cálida y sensual hasta tal punto que Rodolfo alcanzó a percibir cómo automáticamente se le estremecía el colgandejo con el corrientazo que le produjo la caricia, a la vez que sus riñones acusaban una punzada entre dolorosa y placentera. Heather se sentó. Sabía que la noche apenas había comenzado. Tomó su mochila la abrió y buscó con ansiedad e impaciencia algo que solo ella conocía. Encontró la bolsita plástica la rasgó y regó su contenido sobre la mesita de noche. Con el filo de la mano juntó el polvillo blanco hasta el borde de la mesita, se acurrucó muy cerca, estiró el cuello y esnifó a fondo. Ahora sí a leer bien concentrados. Dijo. Le rapó el libro de las manos a Rodolfo y comenzó a leer por el final: No lo intentes.

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