4 abr. 2014

Los múltiples rostros del Palimsesto






Los múltiples rostros del Palimsesto
José Díaz Díaz

El tema del Palimsesto vino al caso cuando en el taller de cuento uno de los talleristas me preguntó qué era eso del Palimpsesto; nos contó a todo el grupo, que había oído hablar de ese asunto en alguna tertulia literaria, también había leído en lecturas hipertextuales de la Internet, esas que lo mandan de un link a otro y al final termina uno enfrascado en una discusión sobre los linderos entre el arte y la pornografía, cuando lo que uno quiso leer fue sobre la erótica del poder.

En fin, para evitar que el muchacho continuara con sus elucubraciones y termináramos hablando de todo y de nada, me enfoqué en el tema no sin antes inquirir si alguien de los presentes conocía de la cuestión. Todos negaron con la cabeza y un silencio nos sobrecogió con un patetismo majadero que no venía al caso.
Me enfoqué dentro de lo que mi frágil memoria me lo permitió, y lo que se me ocurrió fue hablarles de esa sentencia de Jorge Luis Borges en la cual afirma que existe un solo libro universal y que todos estamos escribiendo apartes de esa obra. Lo que yo entendía y quería explicar era que los temas y las imágenes que explican nuestras vivencias son las mismas, repetitivas a morir y que justo en ese único y eterno borrador es que se reescribe incansablemente nuestra historia.

Sin embargo, el asunto no es tan abstracto ni complicado. Les aduje que el origen del Palimsesto fue muy simple: consistió en una técnica utilizada en la edad antigua y media, para ahorrar los trozos de papiro (que era el papel de entonces) para escribir textos sobre el mismo papiro luego de borrar malamente el escrito anterior. Debido a que no se podía borrar del todo, los rastros de las viejas grafías se mantenían presentes creando una doble o triple lectura, con planos superpuestos y efectos extraños para el lector quien en vez de leer ahora un solo texto, gracias al efecto palimpsesto podía leer varios mensajes escritos en tiempos distantes como de un siglo a otro y más.

Lo demás, devino en simples comparaciones, en poesía y en símbolo. Les traté de comparar el efecto palimsesto con la acción de pelar una cebolla; para efectos de conocerse uno a sí mismo, había que despojar las capas de la conciencia, como si la conciencia fuera una cebolla, y abrir los ojos ante las huellas imborrables del camino recorrido.
Los disuadí de que el papel utilizado varias veces para reescribir mensajes, amen de constituir un ahorro de material, no era de ningún modo una manera chambona de escribir, sino todo lo contrario, un modo de evitar la pérdida cada vez más flagrante de la memoria; de olvidar nuestros errores y de perder la experiencia colectiva. Por eso es que repetimos tanto la historia y tropezamos más de una voz con la misma piedra.

Cuando uno de los alumnos levantó la mano para preguntar algo, yo lo frené en seco ¡chisssst!, le dije, no me interrumpa, que se me puede ir la inspiración, y continúe con mi perorata. La imagen del Palimsesto, se me ocurre, me lleva a pensar en las múltiples significaciones de un escrito, en el efecto del lenguaje sugerente y hasta en la trampa que la existencia le pone al olvido para que este no carcoma lo vivido, porque eso sí, lo comido y lo bailado nadie se lo puede quitar a uno.

En cuanto al efecto palimsesto sobre la poesía, esto sí lo considero como harina de otro costal y por respeto les dejo cualquier transcripción sobre el asunto a los poetas. Las huellas del caminante están dulcemente atadas al papiro que las contiene; los rostros de la incertidumbre son imborrables y omnipresentes, dirían los filósofos.

Pero no puedo comenzar a responder sus inquietudes, mis caros contertulios, continúe diciéndoles, sin antes comentarles sobre uno de los símbolos literarios que más me ha conmovido cuando pienso en palimsestos, reescrituras, mensajes imborrables… tachaduras imposibles. Se trata de comparar la hoja de papel o el papiro— si queremos ser finos y reminiscentes— con nuestra mismísima piel. Y Kafka lo logró. Lo consiguió con su personaje del cuento: En la colonia penitenciaria. Léanselo, les supliqué, es breve, allí se aplica aquello de "la letra con sangre entra": una máquina con agujas punzantes diseñada para ejecutar el suplicio cifrará sobre la piel desnuda del ciudadano caído en desgracia, con la tinta sangre de la misma víctima, la sentencia perentoria y totalitaria de nuestro tiempo “Sé obediente”.







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