4 oct. 2014

Los rasgos de la narrativa actual








Los rasgos de la narrativa actual

José Díaz- Díaz



Releyendo algunos de los múltiples artículos que se han escrito sobre el significado de la narrativa de Roberto Bolaño y la nueva identidad de la novela contemporánea, rescato algunos fragmentos del ensayo  de Luis Veres que titula: Metaliteratura e identidad: Roberto Bolaño, pues lo considero muy acertado y revelador para quienes andan en busca de un faro que oriente el norte de sus borradores. Quizás también a los lectores les ayude a distinguir y separar lo rescatable de tanta hojarasca. La difusión de artículos como este de Luis Veres, es uno de los objetivos de La caverna, escuela de escritura creativa.


“(…) Uno de los rasgos más característicos de la postmodernidad ha sido la crisis de los grandes relatos. A partir de la decadencia del lenguaje, de la historia y en general de todas las disciplinas teóricas y de los discursos redentores, la credibilidad se ha trasladado a los medios de comunicación. Ya Ángel Rama o Jean Franco señalaron que su influencia es inmensa en la sociedad actual y es determinante en la estructura y contenido de las nuevas novelas. Surgen así discursos fragmentarios en donde lo auto-referencial resulta muy importante y en donde la anécdota de la historia, de la tradición adquiere  una función lúdica y ejemplarizante en un mundo en donde prima el malestar y en donde las identidades parecen borradas. Este trabajo trata de reflexionar sobre estos aspectos en la obra de Roberto Bolaño.

Empezaré hablando sobre una historia reciente. Cuando me hallaba reflexionando sobre el tema de la memoria y la identidad, me sucedió una cosa inaudita. A mi hijo de seis años el profesor lo castigó en clase de Educación Física. Lo habían apartado durante unos minutos del grupo por estar jugando con un sacapuntas. Cuando le pregunté por la razón de que lo hubieran apartado del grupo, él no confeso tan grave delito. Sencillamente, dijo “no me acuerdo”. El asunto me dio qué pensar, por la sencilla razón de que quien miente muchas veces alude a una excusa tan simple como el no me acuerdo. Mi hijo confesó finalmente su obsesión con el sacapuntas, pero a menudo los atentados contra la memoria entrañan mentiras atribuidas al olvido. Esa es la razón sencilla y llana de que la memoria se haya convertido en el tema esencial del siglo XXI y de muchos años más que nos van a seguir : el hecho de que el siglo XX, como ha dicho Todorov fue el siglo del mal y, diría más, el siglo de las mentiras : Trotsky borrado de las fotografías, dos guerras mundiales, Auschwitz, la CIA y el KGB, Vietnam, el muro de Berlín, las dictaduras de España, Chile, Argentina, Uruguay, Cuba, Nicaragua, y demás repúblicas latinoamericanas aquejadas del mal del dictador, el estalinismo borrando a veinte millones de personas, el Watergate, los vuelos de la muerte, el 11, 12 y 13 de marzo en Madrid tras los atentados de Atocha, los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez y las fantasías de un mundo paralelo que los medios han construido y que Baudrillard ha popularizado. Por esa razón la literatura de finales del siglo XX y de principios del siglo XXI juega con el papel de la memoria en nuestras sociedades y en la identidad de los sujetos que las componen. Es la historia del emigrante, del exilado, del huido, del viajero y del expulsado. En definitiva, la historia de muchos escritores latinoamericanos desplazados de su país de origen de manera voluntaria o forzosa y acogidos por una nueva patria. Es la historia de Rodrigo Fresán, de Santiago Roncagliolo, de Edmundo Paz Soldán, de Jorge Volpi, de Roberto Bolaño, de Ignacio Padilla, etc., si nos referimos a las últimas generaciones de narradores, escritores cuyos referentes han cambiado, pero cuyo origen persiste mediante la reivindicación de la memoria.

Esta circunstancia se presenta en la obra de un gran escritor chileno que ha servido de referencia para los escritores que le han seguido en el tiempo: Roberto Bolaño. En la narrativa de Roberto Bolaño se da una necesidad de destacar la identidad latinoamericana en sentido amplio, desatendiendo a los diversos localismos nacionales. Rodrigo Fresán, en el discurso del entierro de Roberto Bolaño, incluido como prólogo a Estrella distante, reproduce un pasaje de la vida del escritor en un Kentucky Fried Chicken que es explicativo de sus intenciones identitarias:

“Yo acompaño a Bolaño (…) y pedimos nuestros menús. Bolaño se sienta a una mesa desde la que domina todo el recinto iluminado por neones violentos y contempla fascinado el paisaje. ‘¿Te das cuenta? Aquí están todos…”, sonríe casi extasiado y todos – me volteo a verlos – es una multitud aluvional de sudamericanos. Se los reconoce tanto por sus rasgos extranjeros como por la disciplina con que cuentan sus monedas justas al pagar, por el silencio casi reverencial con que mastican y el concentrado esmero que ponen en no mancharse sus sweaters con motivos aborígenes. Había también – es cierto – orientales, subsaharianos y algún que otro estudiante de college norteamericano…Pero el componente latinoamericano se impone por clara mayoría; y Bolaño no puede dejar de mirarlos como si se trataran de obras maestras en potencia a las que sólo había que pelar, quitarles la cáscara, para que encandilaran con su brillo; y, después, enseguida, morderlas y ponerlas por escrito con una prosa torrencial como la tempestad que se acercaba a la Plaza de Cataluña. El ¿amor? En la mirada de Bolaño no es otro que el que siente un padre por sus hijos o el orgullo horrorizado del más cuerdo de los científicos locos entusiasmado por un laboratorio desbordante de posibles experimentos”.

De estos desclasados latinoamericanos, Bolaño trazó las figuras de lo que Fresán llama monstruos esperanzados, los detectives salvajes, los sudacas voladores, los niños más lindos de Latinoamérica , los veteranos de las guerras latinoamericanas, los niños envejecidos, que constituyen esa extraña especie de escritores latinoamericanos errantes, sin domicilio ni acogimiento en patria conocida, calco evidente de la condición de muchos latinoamericanos expatriados en Europa y América, trasunto del propio Bolaño y de lo que conoció en ese éxodo de Chile a México y de México a España, pasando por residencias temporales en otros países. Como él mismo reconociera, Mi proyecto literario y mi vida ya están totalmente confundidos. Son uno solo. La preocupación por el destino de los latinoamericanos que viven en la inmigración está presente en casi todos los libros de Bolaño. Es una constante en ese errar difuso que atraviesa Los detectives salvajes, con encuentros en Chile, en México, en Estados Unidos, en Argentina, pero también lo está en Amuleto, en ese recorrido mental en el tiempo y el espacio que realiza Auxilio Lacouture sin moverse de la cabina del urinario de la UAM o en la presencia de los exilados León Felipe y Pedro Garfias en México. Y también está presente en los personajes marginales de Una novelita Lumpen, desarraigados de familia, trabajo y patria, y, como no, en los protagonistas de La pista de hielo, explícitamente inmigrantes, un senegalés, un escritor chileno, un poeta mexicano y un catalán sin destino ni futuro, uno de los cuales dice :
“Cuando nos preguntaban cuáles eran nuestros proyectos no sabíamos qué decir. El plural de la pregunta nos avergonzaba. Vivir en Barcelona, probablemente, decíamos mirándonos de reojo. O viajar, o irnos a vivir a Marruecos, o estudiar, o tirar cada uno por su lado. En el fondo sólo sabíamos que estábamos colgando en el vacío. Pero no teníamos miedo”.

Junto a este refuerzo identitario la narrativa de Bolaño presenta una crítica política consistente en la recuperación del pasado: desde la matanza de Tlatelolco a las torturas del Chile de Pinochet, pasando por la explotación de los inmigrantes ilegales en el Ampurdán de la costa de Barcelona. Los personajes de Bolaño están siempre en movimiento, huyen de dictaduras y de persecuciones políticas, de enigmas inexplicados y de misteriosos designios. Como ha señalado Rodrigo Pinto, buscan un lugar en donde sobrevivir, aunque sea en un urinario. Es la desgarradora búsqueda de una generación, la suya, que ha estado buscando en el vacío, y que en un país sin futuro, sólo parece encontrar ya respuesta en un pasado ya perdido. Otras veces el desplazamiento es en busca de un mito, como Cesárea Tinarejo, y esos mitos son útiles para acabar con ellos o reevaluarlos. Pero siempre hay un pasado detrás, un pasado que dejan o que los persigue. Y ese pasado es fuente de identidad, aunque los mitos de identidad se han convertido en fuentes de ironía en la narrativa de los últimos años. Un ejemplo es el relato El gaucho insufrible, en el que el personaje de la tradición argentina resulta parodiado como algo fuera de lugar, en un tiempo en que los mitos del pasado ya no parecen tener cabida como consecuencia de una globalización que rompe con el paradigma de lo nacional a favor de un modelo postnacional.

En Nocturno de Chile, el asunto es más complejo, ya que la novela trata los precedentes de la barbarie pinochetista, sobre aquellos que enseñaron y aquellos que trataron de aprender sobre la barbarie. La novela abarca el asunto de los precedentes, de esos alumnos, que acaban identificándose como Pinochet y sus adláteres, y de la señal de alarma, que nunca dieron los que observaron los primeros síntomas. Porque estas novelas son una señal de alarma, un aviso sobre los atentados contra la identidad y la memoria, una constatación de la realidad en tiempos de globalización. Al igual que lo hicieron en su día Rosenzweig, Walter Benjamín, Kafka o Brecht acerca de la amenaza del nazismo, Bolaño advierte sobre esos peligros de distanciamiento de las barbaries pasadas: la memoria colectiva es tal vez una de las más débiles, de las más flacas memorias que puedan existir. Nunca se debe confiar en la memoria colectiva. Escribió el escritor chileno. Por ello sus personajes son errantes, recuerdan de manera difusa, en medio de borracheras o situaciones confusas, con referencias a los discursos de otros, a discursos diferidos y poco fiables, consecuencia todo de esa complejidad que es la complejidad del hombre contemporáneo, del hombre de la modernidad. Se trata de hombres condenados a la reducción del absurdo surgida de la muerte de las grandes ideas y de la derrota de la performatividad de los grandes relatos y de la crítica literaria. Y al mismo tiempo señala que la función del escritor no es servir de recordatorio de nada, más que recordar es mirar, añadirá. Los escritores centroeuropeos de entreguerras, grupo en el que se incluye Vallejo, Neruda o Girondo, advirtieron sobre el peligro del progreso, sobre la amenaza de la modernidad, sobre la extinción del individuo a favor del grupo y de la nación. Bolaño investiga los territorios inexplicables de un sujeto difuminado por la postmodernidad y responde a ese malestar postmoderno reclamando la necesidad del recuerdo. A veces basándose en hechos históricos, a veces en hechos anodinos de la vida de esos escritores insignificantes de Los detectives salvajes, porque son los lectores, al igual que reclamaba Primo Levi al final de Si esto es un hombre, los que con su lectura recogen el testigo de ese recuerdo. Y a veces, también el recuerdo se plasma en esa indagación en la identidad con la presencia de escritores reales, que apuntan a esas señas de identidad en forma de parodia y en clave postmoderna. Así en Los detectives salvajes se encuentra Ulises Lima con Octavio Paz, al igual que en Respiración artificial (1980) Ricardo Piglia se había imaginado un encuentro con Kafka. Y de ese modo, en novelas como Nocturno de Chile o Los detectives salvajes hay referencias a los acontecimientos más deleznables de la historia de Chile, tales como el asesinato de Roque Dalton a manos de los suyos o las torturas de inocentes bajo el régimen de Pinochet. La presencia de personajes de la historia literaria, como el Pablo Neruda de Nocturno de Chile, atestiguan el deseo de búsqueda de una identidad rota por el olvido y por la falta de libertades, pero también son el resultado de la desmitificación que propicia la parodia de la propia nacionalidad que viene dada por la presencia del humor negro y por el descrédito de la tradición del pensamiento postmoderno. El propio Bolaño ha destacado su importancia, muestra del cual es la presencia de real-visceralistas, Ulises Lima y Roberto Belano, trasuntos de los infrarrealistas, de su amigo Mario Santiago y del propio Bolaño. Pero dicha desmitificación procede fundamentalmente de un rechazo al imperialismo poético de escritores como Neruda o Paz y del descrédito de la vanguardia, de su basculamiento político tanto a la izquierda estalinista como a la derecha fascista. La postmodernidad partía de la muerte de los metarrelatos, como señalaba Lyotard, e incidía en la destrucción de los mitos. Tambien de los mitos literarios. Pero la memoria se nutre de formas simbólicas, como dejo escrito Maurice Halbwachs, y los escritores son esos símbolos de la memoria literaria y de la identidad del escritor que se configuran como elemento aglutinador e indicio de la trama.

La recuperación de ese pasado no deja de ser su signo más obvio, no deja de ser una intentona de lucha contra el olvido. Adorno señalaba que la memoria era la mejor forma de lucha contra la barbarie, pero el problema de la sustentación de la memoria estriba en su fragilidad. La mentira que ha generado gran parte del siglo XX, con Auschwitz a la cabeza, son proyectos de anulación de la memoria, y lo mismo la matanza de Tlatelolco o los vuelos de la muerte o los campos de fútbol llenos de presos sin cargos que acabaron convirtiéndose en desaparecidos, en testigos anulados de esa memoria, asuntos presentes en la narrativa de Bolaño. Sin testigos ni testimonios, no hay verdad. Y la literatura se convierte en ese amuleto, en esa respuesta contra el olvido, ese testimonio clave, esa respuesta contra el silencio de los crímenes o como ha escrito Reyes Mate:
“Si decimos que aquello fue un crimen contra la humanidad lo que estamos diciendo es que el proyecto fue ejecutado, es decir, que consiguieron borrar muchas huellas. El silencio de los propios asesinados es la prueba más evidente de que mucho de lo que allí ocurrió, de lo más grave de lo sucedido, se nos escapa. (…) la base de esa estrategia es la palabra del testigo, el testimonio”.

Este asunto tiene una especial relevancia tanto en Amuleto como en Nocturno de Chile. La literatura salva a la protagonista de Amuleto de ser masacrada en la matanza de Tlatelolco, al quedar encerrada en los urinarios, y su escritura en el rollo de papel higiénico es lo que salva a esos hechos del olvido, a pesar de que acaben colándose por el desagüe de forma paródica. Ya se sabe lo que escribió el sabio Emilio Lledó: Con la escritura se inventa un fármaco para superar la limitación de la naturaleza circunscrita, obviamente, al horizonte de lo concreto, al tiempo de la inmediatez. , es decir que sin Platón, por poner el ejemplo más característico de toda la historia del pensamiento, no hubiera existido Sócrates. Pero en Bolaño se reconocen dos cosas: la importancia de la literatura y su propia inutilidad o su carencia de finalidad.

Junto al tema explícito de la búsqueda policial, de manera infiel a los cánones del género, en Roberto Bolaño se presentan múltiples búsquedas implícitas que el lector capta en otro estrato de significación: la búsqueda del sentido, la búsqueda de una redefinición de lo literario, la búsqueda de quién es cada uno, la búsqueda de la significación de la vida, de esa dispersión de la trama mediante sucesos anodinos que se entremezclan en una enrevesada red de complejidades, de secretos que no se explicitan y que guían las voluntades de los personajes, lo cual logra perturbar al lector que cree moverse continuamente en la inseguridad, porque no hay respuestas para nada. Y al mismo tiempo, en sus novelas, se cumple la tesis de Ricardo Piglia de que el relato cuenta una historia visible en cuyos huecos se esconde una historia secreta. Como señala Alain Pauls, Bolaño escribe para poblar. Escribe como quien ocupa un territorio, un territorio poblado de todos los debates heridos por nuestra contemporaneidad. Así la búsqueda de la identidad es una de esas investigaciones que se coloca continuamente en los intersticios de la trama que viene marcada por su periplo vital. Bolaño no se reconocía como latinoamericano, como ha repetido varias veces:
“Yo he vivido muchísimos años en España. Aquí no me siento extranjero, eso sin ninguna duda. De hecho, cuando estoy en Latinoamérica todo el mundo me dice: Pero si tú eres español, porque para ellos hablo como un español. Para un español, no. Un español ve claramente que soy un sudamericano. Y ese estar en medio, no ser ni latinoamericano si español, a mí me pone en un territorio bastante cómodo, en donde puedo fácilmente sentirme tanto de un lado como del otro”.

”A mí lo mismo me da que digan que soy chileno, aunque algunos colegas chilenos prefieran verme como mexicano, o que digan que soy mexicano, aunque algunos colegas mexicanos prefieren considerarme español, o, ya de plano, desaparecido en combate, e incluso lo mismo me da que me consideren español, aunque algunos colegas españoles pongan el grito en el cielo”.

Pero es detrás de los escritores latinoamericanos en donde Bolaño descifra su propia identidad, y detrás de sus naciones : México, Chile, Argentina. También la identidad es fuente del espanto, del pavor de América Latina. Y de ahí sale La literatura nazi en América. Junto a Enrique Vila-Matas, Roberto Bolaño es el escritor contemporáneo que más literatura utiliza en sus libros. Rodrigo Fresán recuerda que en su último libro de poesía, Tres, Bolaño se despide con un texto titulado Un paseo por la literatura. Allí Bolaño se convierte en un rastreador de libros, un médium de escritores olvidados que encuentran en común el estante de una librería. Y tras estos escritores donde se encuentra la patria de un autor enfermo de literatura. Lo cierto es que Bolaño es el último gran escritor para el que la literatura es lo más importante. Soñaba con componer una antología de escritores latinoamericanos que es lo que aparece en sus novelas, especialmente en Los detectives salvajes, una especie de arqueología del saber literario a la manera de Foucault. De hecho, los personajes de los detectives salvajes hablan de la literatura, pero siempre de la literatura de los otros. De ellos nada se sabe ni de su obra tampoco. Es la normalidad de lo que les ocurre a miles de escritores. Bolaño escribió en su significativo ensayo Literatura + enfermedad = enfermedad, que los tres peldaños del aprendizaje poético son el viaje, el sexo y los libros para agregar finalmente la relación de la literatura con la enfermedad, al igual que hiciera Vila-Matas:
“Yo sin ir mas lejos, comencé a viajar desde muy joven, desde los siete u ocho años, aproximadamente. Primero en el camión de mi padre, por carreteras chilenas solitarias que parecían carreteras posnucleares y que me ponían los pelos de punta, luego en trenes y en autobuses, hasta que a los quince años tomé mi primer avión y me fui a vivir a México. A partir de ese momento los viajes fueron constantes. Resultado: enfermedades múltiples”.

Esta búsqueda identitaria refleja una ambivalencia que por una parte detalla la filiación latinoamericana del escritor y que por otra, como muchos de sus compañeros y discípulos de generación, busca ese enfrentamiento, esa reacción al canon del realismo dominado por los grandes escritores del Boom. Enfrentamiento que se debe situar en un intento de recuperación de lo infame, de fascinación por el recuerdo del mal y dentro de un  proceso de desgaste del lenguaje tras la dictadura de Pinochet y una política de democratización de recuerdos y olvidos. Y todo ello en un marco en donde la cultura cada vez es algo menos nacional para formar parte de una red global. El peso de la memoria en ese proceso es considerable, porque la memoria, como señalaba Benjamin, se convierte en una teoría del conocimiento. Recordar es conocer. Los crímenes existen porque son recordados. Y si el olvido es injusticia, la memoria es justicia y, como decía Gramsci, la historia siempre es contemporánea y siempre es política. Olvidar es olvidar la historia y hacer un juicio político de un presente sin pasado.

¿Y a qué se debe este gran interés por rescatar el pasado y la tradición ? En los libros de Bolaño hay una mezcla de narración y ensayo, en donde se mezclan los sucesos de sus personajes con reflexiones autorreferenciales y metaliterarias que van desde lo ficcional a la inserción de personajes de la historia de la literatura. Así en Amuleto se comenta el libro de Juana de Ibarbourou Las lenguas de diamante (1919) y Auxilio Lacouture realiza profecías sobre el futuro de los escritores considerados los clásicos de la modernidad : Vallejo, Proust, Maiakovski, Pound, Virgina Wolf, Oliverio Girondo, Pavese, Roberto Arlt, Bioy, Borges, Kafka, etc. Muchos de estos escritores le sirven para crear un discurso metahistórico en el que se incluyen las vivencias de sus personajes. Desde Octavio Paz que se encuentra con Ulises Lima en México a Pedro Garfias y León Felipe para los que trabaja la protagonista de Amuleto. En el fondo la verdadera protagonista de las novelas de Bolaño es la propia literatura fuera de naciones y nacionalismos. Pero esa literatura se inserta en una reflexión metaliteraria sobre el proceso de creación y sobre lo que fue el pasado del escritor que trata de recuperar. Se trata de una búsqueda interior de ese hombre, Roberto Bolaño, oculto detrás de una serie de dobles, que recupera ese pasado inaprensible que habla de sí mismo y de los otros como un conjunto ineludible de esencias desvanecidas por el olvido y la confusión de la postmodernidad”.


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