22 nov. 2014

Fragmentos de la Antología: Un Escorzo Tropical

Fragmentos de la Antología: Un Escorzo Tropical






Los invito a leer fragmentos de los cuentos de la Antología: Un Escorzo Tropical, dentro del marco de su lanzamiento en la plataforma de Amazon.com


Del cuento de María Gabriela Madrid:


La primera vez

“Solo para él habría sido la primera vez de Irene. Su negligé anaranjado de encajes burdos tendido sobre la sábana blanca. Ella miró su rostro en el espejo. Vio su cabello negro recién lavado aún destilando agua, sus granitos disimulados con la base del maquillaje un poco oscura para su piel pues la base al igual que el negligé le pertenecía a su madre. Del escogido no sabía mucho solo que el año pasado entró en cuarto año de bachillerato y que dicho por sus amigas cercanas, él había comentado su deseo de conocerla más, de tenerla entre sus brazos, de sentir su respiración acelerando el paso, de su deseo ardiente de tener sexo con ella.
Entrada la noche la casa les pertenecería. Los padres de Irene irían al baile anual de la compañía y Frank tocaría la puerta  contrario a lo acostumbrado en los cuentos de hadas donde el novio escalaba la enredadera con una flor apresada entre sus labios.
Irene untó sus manos con loción y frotó su cuerpo. Primero fueron sus contornadas piernas, luego su vientre plano para finalizar con sus brazos y cuello. Luego bajó y subió la cabeza varias veces para sacudir el exceso de agua de su cabello mojado. Tomó el secador de pelo, lo acercó con movimientos sinuosos hacia su nuca y cabello. El aire caliente que emitía del secador era pálido a los calores que predecía sentiría bajo las caricias de Frank.  Frank no sabía que esa noche no sería su primera vez...".


***
Del cuento de Aymara Jares:

Pesadilla, Luz y Demencia

“No recuerdo nada en particular. Solo sé que mis ojos permanecían abiertos y que la oscuridad era fastidiosa. Pequeños destellos de luz se  filtraban por una rendija. No sé exactamente dónde estaba, el espacio era reducido y me tambaleaba de un lado a otro como barco en mal temporal.   El cuerpo dolorido, mis brazos y piernas delgados al tacto.  Escuchaba sonidos que me atormentaban simultáneamente, voces hablándome a la misma vez, una cerca, otras lejanas. El sobresalto descontrolado de mi pecho fluctuaba en intensidad. No entendía qué sucedía, me sentía atrapada, sin energías.  Poco a poco, me fui quedando dormida.
En la oscuridad, un estruendo me sacó del letargo en el que me encontraba. Un objeto se abalanzó sobre mí,  me aporreé la cabeza y sentí cómo la cara terminó incrustada en la pared.
— ¡Ay, mi nariz!— se me escaparon las palabras en un grito de dolor.
 Mientras tanto, traté de sacar como pude  el objeto pesado que tenía encima. Escuché voces que no reconocí, nadie vino a socorrerme.  De pronto, algo líquido se deslizó y se escurrió por el costado superior del labio hasta infiltrarse en mi boca y mezclarse con la saliva.  “Ese sabor me es familiar”, pensé.  De pronto, sentí nauseas.   Sin querer, percibí una mezcla asquerosa de sangre y saliva, mientras continuaba diluida en aquel momento que no era real. 
Al no saber dónde estaba, ni  poder ver bien por ausencia de luz, decidí cerrar los ojos como lo hice tantas noches, en las que escuchaba los gritos  de Constanza, mi compañera de cuarto.  Se la llevaban diariamente a media noche, ella nunca quería ir, les decía que no, que se había portado bien y que no quería ir a pasear.  Cuando cerraban la puerta después de llevársela contra su voluntad, sus gritos desgarraban mis oídos, la escuchaba clamar mi nombre desconsoladamente por los pasillos de aquel lugar.   
Al principio corría hacia la puerta detrás de ella, solo para encontrarme frente a Fabián, el verdugo que estaba de guardia en las noches en que se llevaban. Me era imposible salir a socorrerla, cerraban la puerta con llave desde afuera para que yo no saliera. Con el tiempo comprendí que era inútil.  Más de una vez Alondra— la enfermera encargada del piso donde dormíamos— me propinó una paliza que me dejó moribunda y llena de moretones. Terminé con los ojos hinchados de los golpes que recibí;  pero era preferible eso a las espantosas golpizas propiciadas por el desgraciado de Fabián, una lacra humana que decía llamarse enfermero y que al igual que Alondra se dedicaron a removernos por completo de la realidad.  Las heridas no sanaban, antes de que cicatrizaran, me propinaban una paliza mucho peor, siempre que intentaba evitar que se la llevaran a esos paseos nocturnos. Con el tiempo me di por vencida y solo lloraba en un rincón. De  la impotencia, no sabía cómo ayudarla. 
Yo no entendía qué hacía allí, me atormentaba el sufrimiento permanente de Constanza. Nunca comprendí el porqué de esos paseos a media noche, el porqué de tanto pánico, especialmente cuando al amanecer la encontraba tranquilamente dormida en su cama.
Poco tiempo después viví en carne propia la desesperación de mi compañera de cuarto, a la cual nunca más volví a ver, después de una de esas noches en que se la llevaron. 
Fabián llegó por mí, con su mirada burlona, me miraba de reojo y se reía sarcásticamente. Me levantó del piso tomándome por los cabellos, fue tan fuerte el  jalón que perdí el aliento. En el pasillo, lo esperaba otro tipo con cara de malo. Me tomaron de los brazos y descalza, me hicieron caminar por un pasillo largo, parecía que no tenía fin.  Mis pies al contacto con el suelo se helaron, también mis piernas flacuchas y el cuerpo. Escuché el tiritar de mi interior. Me llevaron a una habitación llena de luz, tanta que prácticamente me cegaba. No era luz natural, parecían más bien luces de quirófano, y todas sobre mí. 
Me encontraba totalmente inmovilizada, la pesadumbre me consumía, pensé en Constanza, cerré mis ojos y advertí sus gritos de pánico paseándose lentamente en mi memoria. Intenté moverme y no pude. Relajé mi cuerpo mientras sentía el aliento podrido de Fabián sobre mi rostro, escuché su risa sarcástica de verdugo infernal sobre mi oreja y la humedad de su lengua sobre mi cara y mis labios…”.

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Del cuento de Enrique Córdoba:

Tamora es una mujer que…

“Desde cuando la vi pensé que algo pasaría con esa dama que iba a mi lado. Me intrigó conocer su currículo. Tiene los ojos negros como el ónix, viste blusa de seda y su piel es acanelada. No es alta ni bajita, tiene la estatura de la modelo Naomi Campbell y habla modulando la voz, como saboreando las palabras. Posee un cuerpo que para cualquier ojo masculino, que es por donde le entran las mujeres a los hombres, obtendría una calificación sobresaliente. Cabellos al hombro y estatura normal de latina. De piernas largas como una holandesa, viste jean y habla produciendo un chasquido con los dedos de su mano derecha. Su boca puede parecer la de Angelina Jolie. Hace parte de esa secta de mujeres atractivas, que un hombre no puede ignorar. Si no fuera por la arrogancia que se le sale por los poros, diríamos que es una maravillosa mujer de cinco aclamado. Tropecé con ella en la fila para subir al avión. Pisé su pie al tratar de ayudar a un joven discapacitado y reaccionó. Se salió de casillas, se ofendió.     
—Lo siento, dije, ofreciendo mis disculpas. Pero en lugar de aceptarlas, me respondió despóticamente y de malas maneras y para colmo de mi infortunio al abordar el avión, se sentó a mi lado. Le dieron el puesto inmediato al mío. Se acomodó fanfarronamente a mi derecha.       
Avanzado el vuelo y no pudiendo dejar las cosas así con esta mujer guapa, sabiendo que la tendría de compañera durante ocho horas, opté por invitarla a una copa de vino para derrumbar la muralla con la que había comenzado nuestro encuentro.      
—Prefiero vodka tonic respondió. Surtió efecto pensé. En minutos bajó el tono y su actitud fue más cordial. Yo me quedé con el whisky.       
Al momento de habernos tomado tres tragos la conversación fue más sorprendente. Comencé a conocerla. No cesó de hablar pestes y barbaridades del marido. Me confesó herida, que tras los avatares de un accidente de tránsito esta mañana, en el Dolphin Express Way de Miami, descubrió que su esposo tenía una amante.  
Era de noche, creo que pasadas las doce. Viajábamos rumbo a Europa en un avión Boeing 747, que se remontó majestuosamente por los aires sobre el Océano Atlántico. Del techo se infiltraron dos columnas tenues de luz para ser cómplices de nuestra charla mientras la mayoría de los viajeros dormían apaciblemente. Al fondo de la aeronave una pareja veía una película. Mientras adelante un rabino leía de pie la Torah junto a dos jóvenes que parecían ser sus hijos. Yo estaba entretenido con mi vaso de whisky. Del pecho me salió una descarga de euforia en forma de mariposas que revolotearon por todo mi cuerpo. La mujer rozó su pierna con la mía y tal fue el choque eléctrico que activó las membranas de placer en mi cerebro. Se despertó el seductor…”.


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Del cuento de José Díaz- Díaz


Los Tres

“Algunas veces, David razona acerca de lo que le sucede con sus dos mujeres como esa tarde de lunes sentado en solitario al lado de la mesa de la piscina  después de darse un refrescante baño. Ama ese espacio abierto al cielo y también íntimo recinto donde algunas  noches medita  sobre la velocidad con que la vida abraza la vejez, mientras sus ojos se extasían viendo a la luna temblar sobre la piel del agua. En la casa no se encuentra más que él  puesto que Carline está cumpliendo su turno en la óptica y Melody ha ido al College de Miami Dade  para preguntar sobre los programas de Matemáticas y física que es lo que  le interesa estudiar.
 « ¿Mis dos mujeres? No». Se contradice y aclara, porque ellas no pertenecen a nadie. Son espíritus libres como ya quisiera serlo yo. Me siento bien, y afortunadamente no encuentro tribulación alguna en mis emociones. ¿Tiene algo de malo  que goce hasta la médula en una contemplación que me lleva al delirio con el solo hecho de seguir con las pupilas de mis asombrados ojos la línea del cuerpo de mi divina Melody? ¿Que me extasíe en su olor felino cuando el sueño comienza a poseerla? ¿Que arda en fogosa llama cuando atado a ella por el calor de su mano, la concupiscencia del deseo me eleve y transporte a estados ardorosos de éxtasis que jamás de otra manera podría obtener? ¿Debería por una veleidad moral negarme a experimentar estos sagrados momentos de arrobamiento que me conectan— frente a su indolente abandono—con la raíz de la felicidad y con el sumo placer de los sentidos abocados a enaltecer la dicha de existir? La respuesta es ¡NO! El heroísmo emana de la debilidad y yo, ciertamente, me arrodillo ante la arrogancia sublime de la belleza. Pero bueno, basta ya de sutilezas éticas y pensamientos de esteta decadente.  Gracias debo dar al cielo por obsequiarme con estas experiencias inofensivas que me salvan de la rutina y me regalan con  inflamados momentos de pasión.
David se sacude la cabeza, se levanta, cruza las manos sobre su nuca y gira el rostro unas cuantas veces a derecha e izquierda. Luego se dirige a su biblioteca ubicada al lado de los sofás de color sepia, se sienta y retoma la lectura de La casa de las bellas durmientes del escritor japonés Yasunari Kawabata. Un tenue sonido de música de piano proveniente del equipo Panasonic le ayuda a deslizarse en un placentero ambiente de relajamiento total y de inmersión en la historia que lee. En su febril fantasía se transforma en Yoshio Eguchi, el anciano protagonista de la obra de Kawabata. Encarnado en el personaje se ve en la posada de las durmientes acostado en el lecho de la habitación (asignada exclusivamente para él por la enigmática mujer que dirige el ceremonial erótico)  con una adolescente virgen narcotizada totalmente a la cual solamente le es permitido contemplar. Solo le es concedido “beber la juventud de la muchacha dormida” y él como hombre de palabra respeta la norma. Se encuentra embebido en la lectura del libro en el cual se hace además una profunda reflexión sobre el estrago del tiempo en el alma de los hombres. Permanece sumido en ese mundo onírico por largo rato en donde el derroche de juventud y vitalidad que brota natural de la piel de la joven dormida, contrasta y abofetea la fealdad insalvable de su vejez cercana a la muerte; y en donde el esplendor y la lozanía de la criatura dormida hace más visible la patética postración de su decrepitud inminente. Evoca con placidez teñida de nostalgia aquellos innumerables momentos de ímpetu desbordado e  infinito goce erótico que encienden y materializan recuerdos de encuentros amorosos de liviandad juvenil y licenciosa adultez.
 En algún momento, el ring- ring de una llamada telefónica equivocada lo saca de esa realidad cenagosa y elusiva y lo devuelve a la realidad del presente…”.

        




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