14 dic. 2014

Humor con aroma de mujer

Humor con aroma de mujer
José Díaz- Díaz














Análisis del cuento: Ese día inolvidable*, de María Gabriela Madrid

Sinopsis

Un joven recién graduado en Turismo, quien acaba de culminar una pasantía en el Hotel Waldorf-Astoria de Nueva York, con anillo en mano se dispone a viajar en avión a la ciudad donde vive su novia para pedirla en matrimonio. Las señales fatales de que «el destino» se estaba oponiendo a esa determinación comienzan a aparecer y no cesan hasta el final, cuando en efecto, Francisco, al llegar  a la casa de su amada Antonia, la encuentra refocilándose con un amante. El clímax del final de la historia es inesperada e insólita.

Técnicas, Tono, tema, trama, desenlace y, todo lo demás…

Un erotismo desapasionado carente de morbo alguno, al mejor estilo del humor inteligente de Woody Allen, es lo que encontramos en esta elaborada pieza narrativa de María Gabriela Madrid. La estructura semántica obedece a leyes de la «Numerología» la cual le imprime un rasgo de hermetismo fantástico. Algo así como la magia del universo matemático que influye en la vida de los personajes y de sus interrelaciones para mantenernos en una dramática tensión en donde todo es imprevisible.
Los números y su carga simbólica subyacen en el mismo ritmo y desenlace del argumento como señales ciertas que inducen hacia una expectación cada vez más profunda y vertical. Augurios que mantienen al lector en ascuas. El tres (el trío amoroso, las tres ráfagas de viento…) es el número clave; el treinta y tres, el puente para acceder al sesenta y seis; final inesperado, hilarante y sobrecogedor.
El Tono que le imprime María Gabriela al discurso, desde su voz omnisciente, es preciso y firme, contundente y seguro. Maneja la conciencia de su personaje central desde adentro con tino y absoluta seguridad. No hay lugar para diálogos directos.  Cuenta la historia desde un tiempo lineal combinando lapsos narrativos de presente continuo, futuro y flashback, logrando un trepidante ritmo que los lectores avezados— gourmets literarios— sabrán saborear. Esa manera de narrar femenina y sensual a la vez que despojada de toda lujuria o lascivia, la hace dueña de un estilo propio que la llevará muy lejos en el reconocimiento de su alto nivel literario. Su forma de acceder al lenguaje me recuerda a la austriaca Elfriede Jelinek quien con sus novelas tales como La pianista, Obsesión y Deseo, entre otras, exaltó el modo de «narrar femenino» a un lugar de privilegio y respeto.
La utilización de la técnica de la Intertextualidad se acomoda de manera natural con el tema y con el argumento: el libro del Kamasutra es un ícono de la cultura oriental y occidental, reconocido en el imaginario universal, que en la trama de Ese día inolvidable define el absurdo albur de sus protagonistas.
En cuanto al protagonista de la historia, Francisco, deviene en la pluma de la narradora: limpio, transparente, cercano y humano, sobre todo muy humano. En cuanto lectores, nos creemos el cuento de su existencia y sufrimos y hasta gozamos sus disparatadas decisiones. Antonia, la antagonista, y los demás personajes secundarios devienen desdibujados a propósito para así elevar al actor principal quien con su asombrosa determinación cambia sus fundamentos morales, abandona el camino de la vulgar venganza y trastoca el dolor del engaño en goce apasionado y estético. La imagen de: “(…) él sería el queso entre esas rebanadas de pan”, refiriéndose al trio de amantes, a mi modo de ver constituye la imagen visual donde descansa el símbolo grandioso del acierto ético (convertir el dolor en placer) y estético (humorismo hilarante) de esta pieza tan bien lograda.
Es obligante decir algo sobre la escenografía que recrea y le sirve de telón a la historia, principalmente el salón principal de la casa de Antonia, donde el «voyerista» Francisco sufre sus aflicciones más trascendentales entre ráfagas de viento, jarrones chinos, palmeras, y la frenética danza de las hojas del libro del Kamasutra… El espacio en esta ficción  narrativa no surge como un elemento aislado, sino ligado estrechamente al acontecer, el tiempo y los personajes. Existen relatos en los cuales el espacio adquiere vida y se relaciona en forma intensa con los sentimientos y acciones de los personajes y este es uno de ellos; influye y condiciona en su forma de ser y actuar pues se produce una identificación entre el estado anímico del personaje y el espacio en que trascurre la acción.
Ese es el temple de María Gabriela Madrid, una narradora que tiene aún mucho que contarnos.

Ahora, sin más dilación, vamos al cuento:


Ese día inolvidable

Sábado, trece de abril, diez de la mañana. Francisco, apurado, busca cerrar las maletas. A punto de viajar, no quiere arriesgarse a que le roben sus pertenencias, o lo que es peor, a que lo incriminen con  algún paquete ilícito. Alterado, levanta los cojines, tira la ropa al suelo en busca de los candados. Apenas los consigue, corre al baño y mira su reflejo en el espejo. Quince minutos peinándose para arreglar su pelo simulando el aspecto de los años treinta pero tan de moda en el siglo XXI: pelo engominado, brilloso, manteniendo alejado a quien pretenda tocarlo.
Al escuchar la bocina del taxi, carga las maletas e impaciente espera por el ascensor que demora en llegar. Una vez en el carro, pide al taxista que aumente la velocidad hasta que llegan al aeropuerto. El vuelo está retrasado. Debe esperar una hora antes de abordar el avión. El propósito del viaje es visitar a su novia, después de seis meses de separación. El anillo de compromiso, un brillante comprado con su  salario abulta el bolsillo lateral de la chaqueta. Francisco acaba de terminar la maestría en turismo. La pasantía en el Waldorf-Astoria fue fructífera, conoció el funcionamiento del hotel. Participó en todos los departamentos, gustándole menos el de la lavandería, donde cambió sábanas del piso doce por tres semanas consecutivas. Ahora cree estar listo para tener su propio hotel. Será pequeño, un “Bed and Breakfast” fácil de manejar. Con Antonia hablará al respecto pues tienen que buscar el local.
El avión despegó. El vuelo, hasta el momento tranquilo, comenzó a sacudirse. Turbulencias constantes y una sensación de vacío provocó su vómito. Agradecido con la vida y con el piloto por haber logrado aterrizar, se encontró con el infortunio de que sus maletas fueron acuchilladas. Maletas nuevas, costosas, de tela fina ahora rasgadas por manos delictivas que robaron los trajes, suéteres, corbatines y zapatos italianos de charol. Tras llenar la planilla de reclamo solo queda que algún día lo llamen para recibir dinero a cambio.
El carro que recibió en el aeropuerto no era el que había reservado. El chofer supuesto a entregarlo lo acababa de chocar. Ahora conduce un fiat color marfil. El trayecto a la casa de Antonia lo hará a la brevedad posible, desea verla, tenerla, acariciarla, besarla y sin más premura con el anillo que con tanto esfuerzo compró, pedirle el “sí” que los comprometería a estar juntos por el resto de la vida. En la curva de la carretera, a nivel de la interestatal 70, estalló una llanta. Con el rostro impávido cambió la llanta sin poder creer todo lo que había sucedido, y ajustando el último tornillo, ráfagas de viento y gotas de lluvia ennegrecieron el cielo desatándose una tempestad que lo empapó mientras recogía las herramientas. Todo lo acontecido desde que voló de Nueva York parecían señales del universo para que interrumpiera los planes, pero Francisco, de pensamiento práctico, no cree en nada que no pueda comprobar. Sabe que Antonia debe estar en casa pues ya debe haber regresado del colegio. Antonia está pronta a graduarse y la sorpresa de pedir su mano será un gran acontecimiento. Solo espera llegar antes que los padres de Antonia regresen del trabajo. Quizás puedan tener la casa por unas horas a su disposición.
Para sorprender a Antonia anticipando el momento saca del bolsillo lateral de la chaqueta el anillo de compromiso y lo sujeta con su mano izquierda y decide dar la vuelta por el jardín de atrás y entrar  a la casa por la puerta corrediza del salón principal. Grandes floreros chinos con palmeras decoran las mesas laterales y sobre la mesa central dos cuerpos desnudos se agitan entre besos y mordiscos, amándose con gran pasión. Aterrado, Francisco por la luz tenue no entiende lo que ve. Está en shock y mudo no puede gesticular palabra. Solo siente el temblor incontrolable de sus piernas tan distinto al movimiento rítmico, coordinado de aquellos cuerpos desnudos que sigue viendo con asombro. Tieso presencia varias formas de hacer el amor. Del sexo casual que Antonia  practica y practica buscando la perfección. El libro de Kamasutra  sobre la alfombra abierto en la página 10 mostraba apenas una de las tantas 100 posiciones que  Antonia y su amante de turno buscan explorar con ímpetu.
 De pronto otra ráfaga de viento entra al salón refrescando a los presentes al igual que agitando las páginas hasta detenerse en la página 33 que muestra un dibujo de seres amándose. Francisco, rígido y sudando frío mira el dibujo con detenimiento y siente como su cuerpo comienza a calentarse. Con soltura sacude sus brazos y piernas y recuerda todos los impedimentos que tuvo para llegar ahí, y decide dar media vuelta y en completo silencio salir de la casa sin ser visto. Emprender el viaje en carretera al aeropuerto para viajar de regreso a Nueva York y seguir su vida como estaba antes planeada. Todo con la intención de no violentar los mensajes del universo que prevenía se reuniera con Antonia. Pero había algo que no cuadraba. ¿Por qué entonces las ráfagas de viento? No serían esas  señales del universo mostrando que todos los impedimentos eran para que se demorara su llegada y pudiera verlos a los dos en pleno apogeo. Su cerebro ardía ante tal revelación mientras rascaba su cuello por la  carraspera de su garganta y pensaba que quizás lo mejor era preparar sus pulmones para gritar con la fuerza de un huracán, de un tornado dispuesto a acabar con todo. La furia de un hombre asqueado por la traición. La rabia sufrida por el engaño de Antonia lo llevaría a patear el jarrón chino que hasta el momento lo protegía y abalanzaría su cuerpo hacia ellos quienes sorprendidos buscarían evitar ser agredidos. Quizás sería la reacción más común pero mirando de nuevo fijamente el dibujo de la página 33 sintió un cosquilleo en su miembro inferior. Aquel miembro adormecido por los  seis meses de separación que lentamente despertó  y excitado por estar Francisco viendo a  Antonia y a su amante desnudos en pleno apogeo quienes de forma rítmica agitan sus cuerpos, compartiendo risas, besos y lamidos. Ambos recostados de lado hacen que Francisco visualice su lugar. El sería el queso entre esas rebanadas de pan. La imagen del Sandwich  abre  más su apetito. Aun viendo sin ser visto  detalla con deleite centímetro a centímetro el cuerpo atlético del amante de Antonia, el contorno de sus brazos, de sus piernas y  sintiendo un hormigueo en su mano deja caer el anillo de compromiso que sujetó con tanta ilusión. Se quita los tenis, desata la correa que sujeta  su pantalón, y se quita la franela quedando completamente desnudo y  alborotado dejando atrás al jarrón chino, a la palmera que lo resguardaba y sin palabras le guiñé el ojo al amante de Antonia quien sorprendida busca levantarse pero Francisco suavemente le pide que sean un trío como el dibujo 33.  Antonia y su amante aceptan y Francisco entre las dos rebanadas de pan se siente acogido y de lado a lado besa y lame la piel de ambos saboreando el sudor y sintiendo el ardor de los que lo acompañan. Todos ignorantes de la llegada de los padres de Antonia quienes atónitos miran al trío y al libro de Kamasutra que por otra ráfaga de viento agita las páginas y las detiene en la  número 66…


*El cuento hace parte de la Antología bilingüe: Un escorzo tropical- A tropical foreshortening. Se puede ordenar en Amazon.com en su versión ilustrada (de colección); en blanco y negro y en e-book.








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