21 feb. 2015

La Poesía: un amuleto que nos salva de la mediocridad

La poesía: un amuleto que nos salva de la mediocridad

José Díaz-Díaz












La Poesía es definitivamente algo que ha determinado por mucho tiempo la historia del devenir humano. Lo deduzco cuando los entendidos hablan de ella y afirman que el hecho poético es anterior al lenguaje, que nace con el habla misma, es decir, que su presencia es aún anterior a la escritura.

Lo concluyo cuando acepto que es  hermana gemela de la fantasía, y actúa como la imagen en el espejo presta a reconocernos. Dicen que nació en la época de la infancia de la humanidad donde el deslumbramiento y el asombro eran sentimientos a flor de piel. También la acepto como substancia constitutiva del arte cuando escucho decir que detrás de cada creación artística verdadera, hay una actitud poética subyacente que la hace brillar como tal.

Pero ese engolosinamiento con la ingenuidad de la belleza en todas sus formas pareciera que se ha degradado en este tiempo de Postmodernidad. De hecho lo que vemos por todos lados es una actitud  proclive a alejarse de todo lo que huela a una sana recreación metafórica (poética); a alejarse de esa riqueza existencial que pretenda rechazar el consumismo y la banalidad, a alejarse de lo elemental y lo lúdico. Es evidente, que estamos atravesando una alienante actitud anti-poética, un empobrecimiento real de la existencia, en términos de vida, no de posesión de cosas. Una deleznable postración del hombre ante vacuos valores como el éxito y el regodeo lujurioso con el poder.

Sin embargo, la poesía continúa ahora cumpliendo una función de Rescate. El lenguaje entendido como ejercicio de libertad y no de aniquilamiento, es tomado por los poetas (los hay, a pesar de todo y contra todo) como ventana que sirve para respirar más allá de los linderos de los seudo-valores impuestos. El ejercicio del lenguaje poético, con sus conexiones fantásticas, con sus tropos y vías alternas de imaginación, con sus símbolos que irrumpen espacios insospechados de nuevas realidades, con sus comparaciones que violentan el espíritu hacia una estética de la conmoción y del deslumbramiento; irrumpen mágicas y verdaderas tras el rescate evidente de los innegociables valores del ser humano, polisémico en su sentir, enajenable en su infinito poder creativo. El real signo del hombre se expresa íntegro por el don de la poesía, a la cual todos deberíamos tener acceso. Atrevernos a vivir en plenitud consistiría en atrevernos a vivir en verso la miseria de nuestra propia época.

Tenemos la certidumbre de que mientras exista el hombre existirá la Poesía, y la pregunta obligada es entonces: ¿qué clase de hombre habita hoy nuestro tiempo y que clase de poesía expresaría su real imagen? El tiempo por el que transcurren nuestros pasos no es el del Valor sino el del Precio. En consecuencia, si la poesía no tiene precio, no vale. Y si no es mercancía comercializable, ¿para qué perder el tiempo en escribirla o en leerla? Lo cual quiere decir que los poetas están solos, pero que también el hombre en general en su intimidad siente la sensación de  estar vacío, triste y solo.
De otra parte, la masificación de la sociedad ha acabado con la exaltación de lo individual (la unicidad) que en definitiva es la llama de la poesía. Pero como las expectativas del individuo mueren en los límites de la economía de mercado, desaparecen las posibilidades de soñar, desaparece el futuro como utopía, como posibilidad de ser distintos, como posibilidad de hacer historia, ya que la historia ha muerto en los linderos de las cosas que el mercado ofrece.

Por esto, la poesía actual debe ser transgresora del gusto de lo bonito e insubstancial, y rechazar el papel que la envilece y degrada haciéndole el juego a la romanticonería, al ramillete rocambolesco, al adorno, a la retórica y a la decoración descriptiva. Va más bien tras la huella, tras el vacío, persiguiendo esa vacuidad de conciencia y esa trampa absurda en que el tiempo de hoy pretende enredar la justa trascendencia del hombre común enlodado en el pantano del consumismo y la banalidad.

A esta hora de nuestro tiempo, el poema asume con dolor su condición de ser para la muerte. Entonces, nuestra poesía no puede ser otra que aquella que atrapa el desperdicio de la vida; es instante y es vértigo; es rasgadura vital que intenta hacer canción con las boronas que la plusvalía espiritual dejó de esa empobrecida totalidad del hombre pleno saqueada por la colonización de las ideologías y del fanatismo.


Pero no todo es pesimismo, mientras el hombre exista, existirá la poesía y esta seguirá siendo la huella o la llaga que no solo muestra el pantano en el que estamos enlodados sino que es la ventana por donde respira la hermosa esencia real (aunque mancillada) de nuestro fugaz paso por la vida.


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