16 ago. 2015

Muestrario de ficciones hispanoamericanas

Muestrario de ficciones hispanoamericanas
Antología bilingüe 2015 de La Caverna, escuela de escritura creativa
Showcase of Latin American fiction






                               I love my cat. Pintura de Chenco



Fragmentos de la novela: El último romántico, de José Díaz -Díaz*                        

Mirtaloba

Pero ahora que Eugenia trae a colación  sus obras de teatro, mi memoria no puede dejar de pensar en ese personaje, en esa femme fatale que ya conocemos y que es nada menos que Mirtaloba. El asunto no es que Mirtaloba haya finalmente encontrado a su victimario Luciano y haya saciado en el pequeño su sed de venganza. No. Lo verídico según me lo confesó Gerardo Antonio sucedió cuando unos seis meses después del infortunado incidente de la jarra de agua helada, la vampiresa criolla sí lo contactó pero ya no con el ánimo de cobrar deudas lejanas, sino para que la ayudara a salir de un problema muy serio que la tenía en ascuas. Requería con urgencia los servicios profesionales del maestro Luciano, sobre todo ahora que según los diarios del país reseñaban el nuevo título que el genial liliputiense poseía entre sus credenciales académicas, el de <<Exorcista Certificado>>. El documento, en efecto, estaba suscrito por la sociedad de santeros del caribe, fieles practicantes del culto yoruba y avalado por la orden sincretista Babalú número uno con sede en la Habana, Cuba. La rúbrica del abogado y respetabilísimo santero Oscar Tariche, avalaba la autenticidad del diploma.

—Maestro— le dijo Mirtaloba a Luciano, enseñándole los dientes blancos y parejos en una media sonrisa que no se sabía si era fingida o verdadera. Estaban sentados uno frente al otro en la terraza del segundo piso de la cafetería Monteblanco ubicada en la esquina la carrera séptima con catorce en Bogotá, cita a la cual accedió el maestro después de semanas de llamadas telefónicas en las cuales ella le aseguraba que estaba olvidado y perdonado el incidente aquel y que si lo quería ver era porque realmente necesitaba de su ayuda y de que los amigos si en verdad eran amigos tenían que ser solidarios en las buenas y en las malas.

—Maestro— le volvió a decir sin reticencia alguna mientras llamó con un chasquido de los dedos pulgar y del corazón a la mesera para pedirle dos tazas de aguas aromáticas (las uñas se le veían todas comidas)— yo sé que no te caigo muy simpática por lo loba y golfa que dicen que soy; una bocazas que habla con desparpajo sobre las cosas íntimas de la gente; que soy altanera, que ando metiendo la pata en todo lo que digo y lo que hago como si fuera una torcida de nacimiento; que la paso flirteando con todo el mundo, que soy una buscona, una mosquita muerta; una casquivana de medio pelo con ese aire de corista de segunda categoría, pizpireta y ridícula; que me gusta lucir prendas prestadas; que me gusta aparentar lo que no soy, que compro ropa fina y de marca en tiendas exclusivas y que a la semana después de usarlas al menos una vez, las devuelvo y aquí no pasó nada. Qué va. Nada que ver. Lo que pasa es que me tienen ojeriza. Pero qué le vamos a hacer no todas somos monedita de oro y entre nosotros han pasado cosas tan íntimas que sea como sea son cosas que nos unen más que nos separan. De hecho, te digo que quisiera volver a estar contigo en la intimidad pero sin triquiñuelas ni mañerías para que te regodees de verdad esta golosina jugosita que te espera impaciente. Así de fácil, papito, lo tomas o lo dejas. Qué puñeta. Lucianito, para no dilatar más la tragedia, el caso es que estoy estudiando Reiki con el fin de ayudarme a mí misma en mi sanación pues ya no puedo con ese rollo de las posesiones carnales de las benditas ánimas que me han escogido como su templo de carne y hueso para visitarme en la paz de la noche y gozarme y saciar sus apetencias y desahogar en mi humanidad sus inmortales ganas de coitar como si en su mundo no existieran mujeres y si en este no existiera más que yo. Tampoco.

—Maestrico— le decía Mirtaloba a Luciano tomándole con sus dos manos su manita derecha, mirándolo a los ojos con una expresión enigmática entre angustiada y triste — si me ves así de flaca no es porque lleve una dieta muy rigurosa, sino de tanta singadera con las ánimas de dos o tres sementales sibaritas que no se cansan de darme falo todas las noches y si vieras maestro cómo me despierto de sobresalto toda bañada en sudor por la potencia de esos orgasmos que me hacen gemir de placer. Menos mal que duermo en mi habitación independiente, si no, cómo fuera. Qué vergüenza. Qué diría mi mamá. Otra cosa es cuando lo hago con mi preferido, mi benemérito, mi médico de cabecera, el beato José Gregorio. Con él es distinto porque sea como sea es mi protector y muchos son los favores que me hace como para yo ir a negarle lo que él como hombre que es necesita de vez en cuando. Además no me pone tan fría la cama ni mi cuerpo al inicio de la visita, como sucede con los otros ni me deja la piel con un olorcito maluco que solo después de varios días de jabón y perfume logro ahuyentar. ¡Guácala! Él sí es bienvenido y con alborozo lo recibo lástima que cuando me vengo y me despierto a la vez, y lo quiero abrazar, el santo se me esfuma, su cuerpo se desprende de mi bisagra y huye, se evade ¡puff! desaparece y deja mis brazos abrazando el vacío. Qué va. Así no vale.

Créemelo maestro, no es fácil ser amante de tanta sombra en pena, que me dejan frágil todo el día, como trastornada, dual, mal y fatal. Que se las arreglen con las once mil vírgenes que dicen que tienen por allá. Holgazanes de la eternidad. La chimba’e Lola. No es mi problema. Claro, con el beato es otra cosa. A él nunca se lo voy a negar, al contrario es un honor y un privilegio para mí. Bueno, lo que se dice privilegio, privilegio, no. Pero sí me siento distinguida y premiada con su escogencia. Total, una mano lava a la otra, si yo todo el tiempo le estoy pidiendo favores que a decir verdad el siempre me concede, nunca me falla. Siempre seré su pistilo dispuesta a recibir su leche celestial, como dicen. Pero otra cosa muy distinta es con esos padrotes gigantescos que ni conozco ni sé a ciencia cierta quienes son pues cuando me despierto sobresaltada y por la potencia del clímax quedo sentada y con los ojos abiertos en el mismo instante en que el visitante se desprende de mí y desaparece como alma que lleva el diablo. Claro, maestro, que al final de cuentas no te puedo negar que también gozo. Mañosos que son, cómo no gozar con esas artes amatorias que recorren el manual del kamasutra con qué facilidad, feroces expertos de la sodomía. ¡Huyyy...! ¡Qué bárbaros! ¡Qué verriondera!

— ¡Pero ya basta!—. Continuaba diciendo Mirtaloba como volviendo en sí de sus pesadillas que ahora evocaba de manera tan vívida — Maestro Luciano. No más. Ya no más tontinas. Yo no me chupo el dedo. Estas y todas las cosas que me pasan por estúpida y confiada deben acabar. Ya no voy a buscar como lo hacía antes el amor verdadero entre el desfile de amantes y tinieblos que he tenido y que no son pocos. Siempre y con cada uno de ellos buscando el amor y lo que encontraba al final era un acezante chorizo de carne esperando para penetrarme. Todos, sin excepción lo que querían era cepillarme. No voy a hacer más la pendeja dizque socorriendo con profunda compasión y extrema ternura a mis amigos del barrio que no tenían novia, con una felación relámpago o con un polvito de gallo salvador para que se aliviaran el cuerpo del peso de la abstinencia y se les aclarara la mente casi tostada de tanta pajilla. Toco madera.

Pero volviendo a lo actual, de verdad Lucianito que necesito de tu ayuda. Estoy que me hago caquita de solo pensar que no me puedas socorrer. De nada me han servido las sesiones de Reiki. De nada me han servido las sesiones de desahogos colectivos que realizamos en el servicio religioso de la iglesia con los hermanos evangélicos todos los domingos bajo el prodigioso verbo encantado de mi pastor Ángel Manuel, a pesar de lo buena discípula que soy. Porque eso sí nadie me gana en cantar y en orar, en gritar cuando hay que gritar y en bailar y en hablar en lenguas y en entrar rapidito en ese estado de trance letárgico de semiinconsciencia donde ya no sé quién soy pero que me hace sentir liviana y liberada de tanta energía apestosa que abunda por ahí. Pero aún así, nada que me logro curar. Así pues que estoy en tus manos.  Hipnotízame, hazme regresión, Lo que sea. Si crees que estoy posesa, exorcízame. Soy paciente disponible. Ayúdame, mi pequeño iluminado. No seas tan antipático. Ya no aguanto más tristeza. Esto no es vida. Tengo amantes fantasmales y en la vida real no tengo ninguno porque según dicen, ellos son celosos y me alejan cualquier galán de carne y hueso que me quiera pretender. Mi cabeza navega en un limbo de incoherencias y verdades a medias. En serio, maestro, fíjate que hasta en el trabajo estoy teniendo problemas y hasta me pueden echar en cualquier momento pues están cansados de que me quede dormida sobre la máquina de escribir donde me toca transcribir órdenes de compra durante las ocho horas continuas. A veces me doy cuenta de que estoy llorando sin saber por qué de modo inexplicable, sin motivo aparente, amiguito. Llorando a moco tendido. De verdad, créeme que estoy de psiquiatra. Mis nervios no dan más.

—A ver, a ver— le replicó Luciano tratando de calmarla con su mirada apacible y comprensiva mientras con un gesto paternal la invitaba a tranquilizarse y a beber el agua aromática que una mesera vestida de falda larga y delantal blanco almidonado les había servido hacía ya unos minutos.
— ¿Kikirikihaga, mi niña? No te preocupes. Para comenzar, te tengo dos noticias. Una buena y una mala. La buena es, que ese problemita tiene cura. Y la mala es que después de efectuada la ceremonia de sanación, ya nunca jamás podrás ser toqueteada ni poseída por las ánimas singonas incluyendo al beato.
Mirtaloba lo miraba con una expresión entre incrédula y maravillada a la vez. Se tapaba la cara con las manos, se trataba de levantar de la silla, se movía nerviosa, hasta que después de unos segundos tomó una bocanada de aire y resopló. —Sí maestro. Estoy dispuesta a hacer lo que haya que hacer. Dímelo nomás. Ya sé que hay que hacer sacrificios. Bendito sea el Señor. Dichosos los oídos que te escuchan. Yo sabía que contigo podía contar. No sabes el peso que me quitas de encima. Lo siento por José Gregorio. Él comprenderá.

Enseguida, el liliputiense le puntualizó con pormenores los detalles del rito a seguir. Escogieron como lugar el patio trasero de la casa de Luciano y ese jueves siguiente a las diez de la mañana con la presencia de Gerardo Antonio, quien como testigo voluntario se ofreció para avalar la ceremonia, efectuó lo que para el maestro era pan comido. Mirtaloba iría vestida con ropas muy ligeras y usadas, fáciles de rasgar y quitar por el oficiante, quien colocado con el testigo a espaldas de la paciente (no debían ver sus genitales) y entonando las oraciones pertinentes para el caso, sería despojada de toda vestimenta, mientras con un látigo hecho de ramas del árbol llamado espanta muertos, el liliputiense la aporrearía hasta el cansancio. Así lo dictaba sabiamente la cartilla guía del ceremonial después de haber tirado el óculo sobre una estera hermosísima que el enano guardaba con mucho celo y orgullo, bajo llave, en el armario donde mantenía todo tipo de estatuillas, figuras, reliquias, cuarzos, amuletos, fetiches, talismanes; en fin, utensilios y utilería de uso práctico en sus artes ocultas. Así se hizo. Concluido el ritual, Mirtaloba entre incrédula y alborozada, totalmente confusa con el enrevesado galimatías que había escuchado de boca del oficiante, especialmente para ella que era neófita en esas artes, bañada en sudor mezclado con un abundante llanto de lágrimas gruesas, daba gracias, muchas gracias al maestro por quitarle ese gran peso de encima. Muy modosita se escurrió al interior de la casa y se encerró en el baño donde se dio una ducha de agua caliente que en verdad la reconfortó de tanto zarandeo. Se enfundó un traje nuevo que había adquirido para esa ocasión y que junto con la maleta de marca (también nueva) devolvería al día siguiente a la casa Dior, como quien dice aquí no pasó nada y salió de la casa del maestro dando gracias al cielo como si en verdad se hubiera quitado de encima más de un muerto.

* La novela se ordena en Amazon.com








Showcase of Latin American fiction

Jose Diaz Diaz
Fragments of the novel: The Last Romantic
Translated by Maria Gabriela Madrid.



Mirtaloba


But now that Eugenia talks about her plays, my memory cannot stop thinking about that character, in that femme fatale we already know and that is nothing less than Mirtaloba. The issue is not that Mirtaloba has finally found his killer Luciano and has satisfied in the small one her thirst for revenge. No. The true as Gerardo Antonio confessed happened when about six months after the unfortunate incident of the pitcher of ice water, the Creole vampire contacted him but no longer with the aim of collecting far away debts, but to help her out a very serious problem that had her in embers. She urgently needed the professional services of master Luciano, especially now that the country's newspapers wrote about the new title that had the great Lilliputian among its academic credentials, the “Certificate of Exorcist”. The document, in effect, was signed by the Society of Santeros of the Caribbean, faithful practitioners of the Yoruba religion and endorsed by the syncretistic order Babalu. The number one with based in Havana, Cuba. The heading of the respectable lawyer and santero Oscar Tariche, guaranteed the authenticity of the diploma.

-Master- Mirtaloba said to Luciano, showing her white, even teeth in a half-smile that does not know if it was feigned or real. They sat facing each other on the second floor of the terrace of Monte Blanco Café located on the corner the Seventh Avenue with fourteen in Bogota. An appointment which agreed the master after weeks of phone calls in which she assured him she was forgotten and forgiven for that incident and that if she wanted to see him was because she really needed his help, and that friends were real friends if they had to be supportive in good and in bad times.
 -Master- Said again without any reticence as she called with a snap of the thumb and the heart to ask the waitress for two cups of aromatic waters (you could see the nails were bitten) - I know you do not like me because of what they say about me that I am a wolf and a slut; one loudmouth who with impudence way speaks about intimate things that happens to people; that I am arrogant, that I'm screwing up in everything I say, and what I do like I am crooked since birth; that I am flirting with everyone, that I'm a hooker, a hypocrite; one frivolous middling with that air of second-showgirl, pert and ridiculous; that I  like to wear borrowed clothes; that I like to pretend what I'm not, that I buy fine brand clothing at exclusive shops and that a week after using them at least once, I return them and nothing happened here. No way. Nothing to do with me. What happens is that they have a grudge. But what can we do, not all are golden coins and between us there have happened such intimate things that no matter what these are things that unite us rather than divide us. In fact, I tell you I would want to be with you in intimacy but without tricks for you to enjoy this real juicy treat that awaits you impatiently. Just like that, Daddy, take it or leave it.  Lucianito, to not further delay the tragedy, the fact is that I am studying Reiki in order to help myself in my healing because I can not go with the carnal possessions of the blessed souls who have chosen me as their temple of body and flesh to visit me in peace at night and enjoy me and satisfy their desires and vent in my humanity their immortal desire to have an intercourse as if in their world women did not exist and if it does not exist more than me. No way.

-Little master- Said Mirtaloba to Luciano while grabbing with both her hands his right hand and looking into his eyes with an enigmatic expression between distressed and sad - if you see me so skinny it's not because I carry a very strict diet, but of all much fornication with the souls of two or three stallions foodies who never get tire of phallus me every night and if you saw master how I awake all startled, drenched in sweat by the power of those orgasms that make me moan with pleasure. Good thing I sleep in my private room, if not how would that be. What a shame. What would my mom said. Another thing is when I do my favorite, my worthy, my doctor, my blessed Jose Gregorio. With him is different because as my protector and many are the favors he has done for me as I go to deny what he is like a man who needs from time to time. Also it does not make my bed and my body so cold at the beginning of the visit, as it happen with the others that leave my skin with a whiff smell that only after several days of soap and fragrance I manage to get rid of. Yuck! He certainly is welcome and with joy and pity I receive him. To bad that when I wake up and wanted to hug him, the saint disappeared at once, his body leaves my hinge and flees, evades and puff! disappears and leaves my arms embracing the void. No way. Its so not worth it.

Believe me master, it is not so easy to be the lover of all shadow in penalty that leave me weak all day, as deranged, dual, evil and fatal. Get fixed with the eleven thousand virgins who say they have there. Loafers of eternity. The bad Lola. It’s not my problem. Of course, with the Blessed is something else. I will never deny it to him; on the contrary it is an honor and a privilege for me. Well, what is said privilege, privilege, it not said. But I feel honored and awarded of his choice.  One hand washes the other, all the time if I'm asking favors and in fact are always granted. He never fails me. I will always be his pistil ready to receive his heavenly milk, as they say. But quite another thing is with these giant stallions as pimps that I do not even know neither know for sure who they are because when I wake up startled and because of the power of the climax I sat there and with open eyes at the very moment when the visitor leaves me and disappears like a soul pursuit by the devil. Sure, master, at the end I cannot deny that I also enjoy it. Crafty they are, how not enjoy the arts of love with those who travel the kamasutra easily, fierce experts of sodomy. Huyyy..! What barbarians!

- But that’s enough! -. Mirtaloba kept saying as she came to herself of her nightmares now so vividly evoked - Master Luciano. No more. No more stupidities. I do not suck my thumb. These and all the things that happen for being stupid and trusting must end. I'm not going to look as I did before, the true love, between the parade of lovers I’ve had and they are not few. Always looking for love and what lay at the end was an impatient sausage of meat waiting to penetrate me.  All without exception wanted to have me. I will not be the idiotic supposedly aiding with deep compassion and extreme tenderness my friends in the neighborhood who had no girlfriend, a lightning fellatio or a dust of the savior rooster to alleviate the body weight of abstinence and the mind almost toasted from doing it alone clarify. Touch wood.

But back to the actual, for sure Lucianito I need your help. I am almost pooping just thinking that you cannot help me. The Reiki sessions have not served me.  It have not serve me the collective sessions of outbursts in the religious service of the brothers of the evangelical church every Sunday under the prodigious verb of my pastor Angel Manuel, despite what I'm good disciple. Yes because nobody wins in singing and praying, to shout when to shout and dance and speak in tongues and quickly get in that state of semi-consciousness lethargic trance where I no longer know who I am but it makes me feel light and released of that stinking energy that abounds there. But still, nothing cures me. So I'm in your hands. Hypnotize me, make me regression whatever. If you think I'm possessed, exorcise me. I am an available patient. Help me, my little enlightened. Do not be so unfriendly. I cannot take more sadness. This is not life. I have ghostly lovers and in real life I have none because as they say they are jealous and keep me away from any hunk of flesh and blood that wants to pretend me. My head sails in a limbo of inconsistencies and half-truths. Seriously, master, note that even at work I'm having trouble and they can fire me at any time because they are tired that I fell asleep on the typewriter where I have to transcribe request of buying for eight continuous hours. Sometimes I realize I'm crying inexplicably without knowing why, for not apparent reason, buddy. Crying my eyes. Really, believe me I'm ready for a psychiatrist. My nerves do not give more.
-Lets see, lets see replied Luciano trying to calm her with his gentle and sympathetic look while with a fatherly gesture inviting her to calm down and drink the herbal tea a waitress dressed in long skirts and starched white apron had served them few minutes ago.
- Kikirikihaga, my child? Do not worry. To begin, I have two news for you. One is good and the other bad. The good news is that little problem has cure. And the bad news is that after the healing ceremony is performed, you will never ever be touched or possessed by spirits including the Blessed one.
Mirtaloba looked at him with an expression between incredulous and amazed at the same time. She covered her face with her hands, she tried to get up from a chair, she moved nervously, until after a few seconds took a deep breath and blew. -Yes master. I'm willing to do what I have to do. Just tell me. I know I have to make sacrifices. Praise the Lord. Blessed are the ears that hear you. I knew I could count on you. You do not know the heavy weight you took off. Sorry for Jose Gregorio. He will understand.


Then, the Lilliputian pointed on the details of the ritual to follow. They chose as place the backyard of the house of Luciano and the following Thursday at ten in the morning with the presence of Gerardo Antonio, who as a volunteer witness offered to endorse the ceremony. He did what for the master was a breeze. Mirtaloba will dress in very light clothing, easy to tear and remove by the officiant, who standing with the witness behind the patient (they should not see the genitals) and chanting the appropriate prayers for that matter, she would be stripped of all clothing while with a whip made of tree branches called scares dead, the Lilliputian will hit her until she drop. So dictated wisely the ceremonial guide after having thrown the oculus on a beautiful mat kept by the dwarf with great zeal and pride, locked in the closet where he kept all kinds of statues, figures, relics, quartz, amulets, fetishes, talismans; finally, utensils and props for practical use in the secret arts. That’s how it was done. Completed the ritual, Mirtaloba between incredulous and exhilarated, totally confused with convoluted gibberish she had heard from the mouth of the officiant, especially for her that as being a neophyte in these arts, bathed in sweat mixed with a hearty cry of big tears, gave thanks, many thanks to the master for taking of this great burden. Very shy slipped into the house and locked herself in the bathroom where took a shower of hot water that actually comforted from all the shaking. She dressed a new suit that had bought for the occasion and with the brand suitcase (also new) would return it the next day at Dior, as they say here nothing happened and left the house of the master thanking heaven as if indeed she had taking off more than one dead.

* La novela se ordena en Amazon.com


Publicar un comentario