27 jun. 2016

Adiós a las FARC, fragmento de la novela: El último romántico, de José Díaz- Díaz

Adiós a las FARC, fragmento de la novela: El último romántico, de José Díaz- Díaz


A propósito de la firma del acuerdo de paz.












  

De violines y fusiles

(Capítulo 7)

Tan pronto el varoncito logró graduarse a duras penas de bachiller, a pesar de que no le fue fácil acceder a las notas reglamentarias de matemáticas y el profesor de cálculo, álgebra y trigonometría (quien en sus ratos de ocio escribía versitos y sonetillos) se condolió de ese alumno tan adelantado para las letras pero tan cerrado de testa para los números, que terminó regalándole las notas necesarias para que lograra aprobar su secundaria. Al mes siguiente, le cayeron los funcionarios del servicio militar obligatorio, del ejército nacional, y en cuestión de horas ya estaba enrolado casi a la fuerza en el contingente # 5 del batallón Boyacá asentado en la ciudad de Pasto, Departamento de Nariño, integrando el honroso cuerpo del ejército nacional de la República de Colombia, tierra de prohombres que defendían la nación bajo el manto de Nuestra Señora de Chiquinquirá, patrona del país.

Nunca pasó mayores trabajos— recordaba con acritud Gerardo Antonio Montoya— que durante esos noventa días que estuvo acuartelado. Elizabeth casi enloquece de rabia y de impotencia al conocer la noticia de que su hijo había sido reclutado para las filas del ejército sin aviso alguno y sin mediar un previo estudio social o consentimiento familiar, sin nada, pues era de carácter obligatorio para los jóvenes prestar el servicio militar.

¿Cómo es que mi único hijito, tan desvalido el pobre que no puede con un fusil tan pesado, vaya a convivir con esa recua de gañanes y labriegos?— protestaba, pálida de la furia — Mi hijito que es tan frágil, tan endeble, tan canijo. Cómo va a poder enfrentarse con los avezados guerrilleros, ágiles micos saltamontes, machos testiculados, hombres bragados que han matado y que han visto morir y probados en la sobrevivencia y en la valentía. ¡Dios me salve! Abogado, usted estudió leyes y sabe cómo sacar a mi hijo de esta pesadilla. Alegue las excepciones a la ley contempladas en la Constitución. Alegue que es hijo único de padre desconocido, que debe entrar a trabajar ahora que ya es bachiller para ayudar al sostén de su familia. Además es de una constitución física muy endeble, mi pobre efebo, para que lo enrolen en esas cosas de vergajos y mocetones rudos. Además no sabe sino recitar versos del poeta nacional Julio Flórez, Las flores negras, y del llanero Eduardo Carranza... Salvo mi corazón / todo está bien. Por favor, abogado, invente cualquier cosa pero lo quiero aquí de regreso ¡Ya!

Por fortuna, el abogado, quien había tenido la ocasión de conocer a Elizabeth en el coctel de inauguración de una exposición de pintura del maestro Diego Arango Ruiz en los predios del museo de arte de la ciudad, recordaba con nitidez a esa joven mujer de ademanes tan seguros, de mirada penetrante y de dulce y sensual olor a sándalo. Por supuesto que por su mente pasó fugaz la idea de conquistarla, es verdad, pero fue una tarea infructuosa, ya que ella no dio muestras de interés alguno. De todas maneras trabajó el caso con excelentes resultados ya que salvó a Montoya del año y medio de servicio, que era el lapso de tiempo exigido por la ley para los reclutas de entonces. Y como, ya se dijo, en tres meses, estaba de vuelta a casa. Como nota curiosa, se le notaba más rellenito, en efecto, había aumentado ocho libras en ese lapso, pero llegaba con una vida menos, como veremos de inmediato. No lo olvides, amigo lector, con una vida menos (cero y van dos).

* * *
                                 
Corría el mes de Julio de 1974, ya Gerardo Antonio Montoya había cumplido en mayo trece sus dieciséis años. Iluso como era ya tenía decidido en secreto tan pronto se graduara, si las cosas no se torcían a última hora, huir de su ciudad para comenzar a conocer el mundo. Se sentía libre, sin ataduras sin nada que lo retuviera en esa provincia acogedora pero alejada de la gran vida de las grandes ciudades tan febrilmente imaginadas por las lecturas que devoraba a diario y sin parar. En efecto, habría salido en la búsqueda de lo que no se le había perdido al siguiente día de su cumpleaños, a no ser por el inconveniente imprevisto que le demoró tres meses su viaje secreto.

Ya en la unidad militar no tuvo otra alternativa que tratar de adaptarse y acogió los sermones de los sargentos con indulgencia de intelectual comprensivo: “Miren a estos payasos dizque  venir a decirme a qué horas debo levantarme y a qué hora acostarme— se decía a sí mismo— miren a estos iletrados queriéndome señalar el abecé de la valentía y el honor cuando aquí lo que se aprende es solo a obedecer”. En fin, él protestaba ese tipo de vida y a regañadientes se iba habituando a la rutina diaria. Una de las cosas que más le costaba trabajo era la de levantarse a las cinco y media de la mañana todos los días, ducharse con agua fría y tender la cama. Por lo demás, a desayunar con arepa y chocolate caliente unas veces, otras con café con leche y pan, pero nada de huevitos revueltos ni fritos ni pericos, ni mucho menos caldito con carne y cilantro. Olvídate de eso Montoya. La posibilidad de variar el menú es en los restaurantes y no en los comederos de reclutas. A la hora del almuerzo, las raciones de papas, arroz y carne durante toda la semana eran inevitables. Así pues, que Montoya muy tarde vino a darse cuenta de que en realidad estaba inmerso en una guerra de verdad, en una confrontación armada entre ejército y guerrilla, y en la cual él participaba de manera efectiva y directa.

Sucedió una noche cerrada y sombría de ese mes de julio inolvidable, cuando le había correspondido cumplir el servicio de centinela en la garita sur del batallón. El viento frío de la montaña golpeaba con persistencia las instalaciones del cuartel de la ciudad de Pasto, Montoya se defendía de la nevada acomodándose la gabardina de dotación hasta cubrirse las orejas mientras apretaba con sus yertas manos el fusil cargado que para él pesaba un mundo, mientras atisbaba con desgano la noche despoblada de estrellas.
De sopetón, del vientre del silencio, se fue consolidando un macabro ruido que cada vez era más atronador y agresivo. Era el ruido de los motores de tres motocicletas que pasaban muy cerca haciendo un estruendo del mismísimo demonio a la vez que vaciaban inmisericordes todas las balas de sus metralletas mini Ussi, justo sobre la garita donde nuestro recluta tiritaba de frío y de susto, de espanto, azorado como nunca. En segundos su rostro cambio de semblante y una palidez mortal transparentó su piel sin color y de sus lívidos labios borboteaban maldiciones.

¡Me mataron, hijos de puta! Me mataron y no sé por qué diantre. Exclamó tartamudeando. Qué bochinche. Qué ruido tan horrible y no siento mi brazo derecho. Me han dado. ¡Pandilleros! Y ese silbido de la alarma, ahhh, menos mal que ya se han dado cuenta los tenientes, me estoy desgonzando como un pelele. ¿Qué es esta humedad? me estoy meando ¡Dios mío! ¡Carajo! no siento mi cuerpo. Ahora no escucho ningún sonido, no siento nada ¿Dónde está mi cuerpo? Y este olor a mierda, no, no, no, es olor a sándalo, sí a sándalo, es mi madre que viene a salvarme. Mamá, creo que me borraron del mapa, apuesto a que me dieron materile. Pero qué rico se siente estar arropadito en tu regazo chupándote los pezones, qué rico sabe la leche que me das, esto sí es vida, en tus brazos, mamita, siempre me siento seguro y feliz. Ya no tengo miedo soy feliz, muy feliz. Pero no me hallo, no encuentro ni mis piernas ni mis brazos, ni mis ojos, solo veo el blanco infinito, seguro que estoy muerto. En todo caso, madre, haz justicia como se debe. Mueve cielo y tierra hasta que mis generales encuentren a los bárbaros que me despacharon del mundo de los vivos. Haz lo imposible, madre, para que se haga justicia porque así sufrirás menos mi pérdida. En cuanto a mí… me da lo mismo. Ya estoy del otro lado. Ya no me preocupo por las tonterías que les quita el sueño a los humanos. No olvides, madre, darle cristiana sepultura a mi cuerpo.

Sin embargo, a pesar del drama el vigía salió ileso de ese atentado. Apenas había sido herido en el brazo derecho y las dos balas que le rozaron el antebrazo no le alcanzaron a fracturar el hueso. La hemorragia le fue frenada pronto y bastó una cirugía menor para curarle las excoriaciones. Una hora después ya estaba recuperándose recostado en una camilla de la sala de la enfermería del batallón. El estado cataléptico que en verdad padeció de momento se debió al azoro y a la cobardía, al físico miedo que lo invadió y lo empujó hasta el umbral de lo desconocido. Dos finas arrugas verticales en su entrecejo decoraban de improviso su amplia frente.

Hablando en serio, lo que pasó fue que los guerrilleros habían dado una muestra de fortaleza de su presencia en esa zona con escaramuzas baladíes y repartían volantes lanzando al interior de los muros del cuartel decenas de pasquines donde explicaban la razón de su lucha e invitaban a los soldados a la sublevación. Ellos administraban justicia e imponían alcaldes en las áreas de su influencia, tales como en los territorios selváticos del Guaviare, del Caquetá y del Putumayo, y extendían su dominio bajo la supervisión del comandante Marulanda, alias Tirofijo, quien en sus ratos libres practicaba la esgrima y tocaba el violín. Sí, como se lee, el violín. Que por cierto, el encargado de transportar el instrumento durante las largas jornadas por entre trochas selváticas era su adorado hijo Rigo, un enano que apenas medía los cien centímetros; bonachón, de piernas arqueadas, de andar zambo y culo de boba con corazón de ornitorrinco. Vestido con traje camuflado igual que los demás guerrilleros, nunca se desprendía del estuche que en vez de contener una mini Ussi portaba el violín de su padre. Rigo— que había sido educado en el extranjero— además de armar francachelas y de divertir a la tropa en las noches apaciguadas, también ejercía de traductor oficial del inglés al español de documentos secretos que les llegaban del exterior.

Las FARC, organizados en Frentes, abarcaban territorios mucho más allá de Marquetalia, cuartel principal de sus operaciones. Allí donde el Estado no hacía acto de presencia, allí estaban ellos. A Estado fallido, presencia guerrillera. A estas alturas los sediciosos ya no sufrían por escasez de dinero, como en los años sesenta; no padecían las penurias de la falta de provisiones, bastimentos o vituallas ni de víveres o de medicamentos, pues los negocios del secuestro, las vacunas, y el servicio de seguridad para los laboratorios donde procesaban la  cocaína, les producía suficientes utilidades como para comprarse con holgura todo lo que necesitaban y podían hasta pagarle a sus reclutas un salario mucho más elevado que el sueldo de los soldados oficiales del ejército regular.

El recluta Montoya, para concluir este episodio, en efecto se había desmayado en un acceso incontenible de pavor, timorato como era, fue sorprendido en medio de una guerra que no le interesaba, gallina al fin, y el tremendo susto todavía lo lleva vivo en el morral de sus recuerdos, como no ha podido olvidar tampoco la imagen de ese hombrecillo pequeñísimo que se le apareció de improviso ( ni más ni menos que un diminuto Erlkönig) y que con pícara sonrisa le miraba a sus ojos vacíos y le decía que tranquilo que todo estaba bajo control, que todavía no era su hora.


Nota

La novela está disponible en Amazon en archivo digital o en papel.
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