13 ago. 2016

Fragmento de la novela: En busca de la infancia perdida

Fragmento de la novela: En busca de la infancia perdida

Los dejo con un fragmento bilingüe de mi nueva novela: En busca de la infancia perdida. Bienvenidos los comentarios. Se puede ordenar en Amazon, en versión Kindle o papel.










La joven se llamaba Nairobi. De cara grande, labios gruesos y facciones bien marcadas; fornida aunque no gorda; alta, de un metro con setenta, llevaba el cabello corto como de muchacho; de frente estrecha y ojos inmensos y oscuros parecía estar mirando al infinito. Su piel era de un bonito color mulato tirando a blanco, bruñido por las frecuentes exposiciones en las playas del sol caribeño. Daba la sensación de que vivía en un territorio alucinado donde se sentía a todo confort. Hacía dos años que había culminado, a duras penas, el High School y ahora tomaba clases para sacar una licencia del Estado en masajes y cosmetología. Mientras tanto, junto con su papá— a quien llamaban simplemente Beltrán—ayudaba  a mantener el estudio de Masajes el cual habían acreditado desde quince años atrás y, por fortuna, tenían una clientela casi fija que les permitía vivir con decoro y sin apuros económicos. Liz, la mujer de Beltrán, era oriunda de Santo Domingo y él, de San Juan de Puerto Rico. Se habían conocido cuando eran estudiantes en una academia de belleza, situada en Hialeah, a mediados de los ochenta. Contaban apenas con veintiún años cuando se entusiasmaron en una amistad que los llevó a consolidar el compromiso matrimonial. De esa unión nació Nairobi quien por lo visto, seguirá la profesión de sus padres.

Puedo afirmar que constituían un matrimonio feliz. Sin grandes expectativas ni requerimientos existenciales complicados, eran de esos grupos familiares que se habían logrado acomodar a un ritmo de vida doméstica de buenos vecinos y buenas personas. De hecho eran apreciados en el vecindario de esa parte del este de Boca Ratón. Iban al servicio religioso de los Testigos de Jehová de jueves en la noche y los domingos en la mañana y a veces Liz tenía que sacar más tiempo ya que fungía como Pastora substituta cuando por alguna razón el pastor principal no podía atender una ceremonia.
El negocio, Le bateau ivre, que ya funcionaba como sala de masajes desde los años sesenta, se lo habían comprado a una anciana proveniente de la isla de San Martin y  criada en Paris, soltera y muy religiosa; por cierto, pertenecía al mismo grupo de los Testigos. Por motivos de edad ya no podía atender en persona a sus selectos clientes, casi todos procedentes del cercano condado de West Palm Beach y prefirió venderlo al no conseguir masajistas que trabajaran con la competencia y el profesionalismo que ella lo hacía. Y qué mejor que fuera la familia Beltrán— sus correligionarios— quienes tomaran las riendas de su amado negocio. Cuando conoció a la familia Beltrán y después de un diálogo amplio, supo que ellos heredarían el nombre y el honor de una firma a la que ella le había dedicado toda su vida desde que emigró de su querida isla huyendo del convento donde sus padres la habían ingresado para que al menos un miembro de su familia abrazara una orden religiosa. El nombre de Le bateau ivre lo había escogido en honor a su poeta amado el marsellés Arthur Rimbaud de quien recitaba de memoria el poema de su mismo nombre.

Pero, no se crea que el estudio de masajes era un comercio cualquiera. Flora— que ese era el nombre de la sanmartinense— en sus años de retiro en un convento de la ciudad de Marigot había reflexionado mucho sobre la condición humana, su individualismo y falta de amor a sí mismos. Esas dos certidumbres la llevaron ya cuando estuvo radicada en  el sur de la Florida, en Boca Ratón, a montar un negocio que en algo ayudara a la gente a «conocerse a sí misma» como recomendara el legendario Sócrates y con una ayuda económica de su abuela materna se decidió fundar Le bateau ivre. En un amplio salón ubicó seis camillas de masajes, en donde se atendería a los clientes sin distinción de sexos para practicarles por el término de una hora una sesión altamente profesional con las técnicas más novedosas del momento. Una decoración tipo Feng Shui  y una agradable música de fondo—música de cámara de preferencia—creaban un ambiente de paz y relax que el solo hecho de estar allí dentro relajaba hasta al temperamento más adusto. Pues bien, los Beltrán habían logrado continuar con el espíritu innovador de Flora. Podría afirmarse que no la habían decepcionado en absoluto.











Mary y Joe, después de refrescarse con sendos un vasos de agua con hielo, conversaron un poco con Liz en la antesala del salón. Beltrán apenas si les pudo dar la bienvenida pues estaba atendiendo una clienta en ese momento mientras Nairobi les preparaba las toallas los aceites y demás utensilios utilizados en la ceremonia. En cosa de minutos pasaron al salón donde se desvistieron y solo se cubrieron sus cuerpos con una toalla enlazada alrededor de la cintura. Mary sería atendida por Liz quien siempre la asistía y Joe por Nairobi. Liz era una mulata blanca fornida y de músculos tonificados. De un metro con setenta de estatura, igual que su hija, sus brazos parecían martillos cuando friccionaban no sin especial delicadeza los músculos, ligamentos y tendones de sus clientes. Parecía que el peso de su cuerpo, que era de unas doscientas cincuenta libras, se posaba en sus manos para desplegar una energía sólida y contundente sobre los cuerpos a moldear. De caderas no tan anchas y trasero monumental, contrastaba el vigor de su contextura con la delicadeza de sus movimientos. A pesar de todo, no se sentía pesada para nada. De este modo, el equipo de los Beltrán, enfundados en sus batas blancas, atendían con el delicado pero firme lenguaje de sus manos los cuerpos desnudos de sus huéspedes quienes con los sentidos bien despiertos y la mente vagando en una levedad de sombras y claroscuros, sentían el goce de sus cuerpos expuestos al bálsamo de los aceites y a la presión armoniosa de unas manos que emanaban una energía acuosa y embriagadora. Una seductora música de Debussy, el Preludio a la siesta del fauno, inundaba el silencio del aposento alabastrino que con el titilar de los velones y la tenue luz color lila que emanaban de las paredes del estudio, invitaban a un dejarse llevar por los territorios misteriosos  de los sentidos.

De repente unos apagados sollozos se sumaron a la atmósfera placentera del lugar, eran gemidos que lanzaba la anciana atendida por Beltrán que dejaban saber a los demás oficiantes el goce supremo por el que atravesaba. No habían pasado unos cinco minutos cuando La anciana, de unos ochenta años, nívea como un resplandor, pequeñita de ojos azules y cabellera blanca, le hizo una señal a Beltrán y le pidió que la ayudara a bajar de la camilla para dirigirse al baño. «Hola a todos» dijo, esbozando una sonrisa de total complacencia y caminó en bola, sin titubeos, hacia el retrete. Mary y Joe a través de su somnolencia miraron a la mujer, le respondieron en coro «Hola» y no pudieron evitar contemplarla. Notaron su frágil figura de espaldas enclenques con las nalgas flácidas y las piernas  delgadas como arbustos secos. Aun así, vieron que caminaba con una esbeltez sorprendente. Ambos cerraron los ojos de nuevo y reflexionaron sobre lo mismo: «la edad no perdona» parecieron decirse y se estremecieron sin saber exactamente por qué. Les dio también ganas de orinar. Tan pronto la anciana regresó, Mary le hizo una señal a Liz Y esta accedió. Se levantó y en bola caminó hacia el retrete. Mirando a Joe le preguntó que cómo la estaba pasando, y él, un poco turbado por la cercanía, ya que estaba a centímetros de Mary, le contestó que muy bien. Ella le acarició el cabello y le dijo, «si quieres ir al retrete, será después de mí», él asintió con un movimiento de cabeza. Mary continuó desplazándose hacia el baño y Joe sintió una agitación en todo su cuerpo segundos antes laxo y quieto. Ya era demasiado. Primero las caricias provocadas por Nairobi con sus musculosas manos de seda y ahora con esa visión estremecedora de la desnudez de Mary, era irresistible. El olor de su piel bronceada, bañada de aceite aromatizado, ese cuerpo casi perfecto, su esbelto cuello de cisne, los huesos prominentes de su clavícula; su cintura de avispa, su cabellera rojiza y su mirada inquisidora; su ombligo adornado con ese hermoso piercing minúsculo de oro que soportaba un arco templado y una flecha; sus piernas de gacela y su pubis de vellos de azabache; sus senos redondos con los pezones erectos sus y nalgas fuertes como de deportista de Triatlón, era demasiado para soportarlo. Sin embargo, «esa aparición» lo que le producía era un goce estético más allá de cualquier excitación física. ¿Cómo iba a tener una escabrosa erección delante de una chica tan perfecta? Era la primera vez en su vida que se encontraba con una mujer que provocaba en él tal sensación. No supo por qué pensó en Epícteto, cuando afirmó que el hombre debía ser capaz de contemplar una bella mujer sin sentir ningún deseo por ella. En este sentido, era necesario tener un dominio absoluto de uno mismo. Pero las grandes manos de Nairobi intuyendo la calentura de su cliente lo trató de aflojar con masajes relajantes y el efecto que conseguía era todo lo contrario a la emoción estética que le producía la visión del desnudo de Mary y que lo inducía a enfrentarse a una excitación endiablada que conformaba un cortocircuito con la nobleza sensual producida por la presencia desnuda de su hada. Bajo los masajes de Nairobi lo que sentía era calentura desmedida. Ahora su animal dormido se estaba despertando y amenazaba con crecer sin importarle el público presente.  ¿En qué pienso ahora para bajarlo?, se preguntó. ¡Oh Dios! La solución le cayó del cielo. Pues sí, pues pienso en mi madre y en sus desgraciados maltratos. Claro en Lesbia, «bendita seas que al final de cuentas para algo sirves. No me golpees más, no más…que yo ya no lo vuelvo a hacer…», musitaba como un poseso. Y en efecto la sensación atemorizante del recuerdo de su madre fue suficiente para que el peligro de una erección no deseada bajara de tono y el animal se acobardara cual angelito obediente.
Mary regresó con el rostro radiante y le indicó a Joe que era su turno. Él obedeció, se sentó en la camilla y luego se desplazó hacia el escusado. No sabía cómo caminar, si normal o marchando o trotando o ¡cómo diablos! Mary lo veía y riendo le dijo «vamos, vamos que esto no es ningún desfile de mariquitas». Miró a Liz y le dijo «Está duro el tío, ¿eh?».

La sesión terminó sin contratiempos. El ritual rezaba que para la despedida los clientes que estuvieran presentes y los técnicos masajistas, en este caso la familia Beltrán, se despedirían en un abrazo colectivo, todos en cueros. Los anfitriones se despojaron de sus batas y en un círculo se abrazaron, juntaron sus cabezas, y durante un minuto compartieron el calor de su energía, su transpiración y su aliento. Sin proponérselo los seis pensaban en lo mismo: somos una misma carne y nuestro cuerpo pertenece a un todo en donde el dolor no tiene cabida.














Written by Jose Diaz Diaz
Translated by Maria Gabriela Madrid

           

She was called Nairobi. She had a large face, thick lips and well chiseled features; stocky but not fat; tall, one meter seventy, had short hair like a boy; narrow forehead and huge dark eyes that seemed to be staring into space. Her skin was a beautiful, mulatto color tending towards white, burnished by frequent exhibitions on the beaches of the Caribbean sun. It felt like living in a hallucinatory territory where she felt total comfort. Two years ago she had ended, barely, High School and now was taking classes to get a state license in massage and cosmetology. Meanwhile, along with his dad who was called simply Beltran-helped keep the massage studio which had been established fifteen years ago and, fortunately, had an almost fixed clientele that allowed them to live with dignity and without economic hardship. Liz, Beltran's wife, was a native of Santo Domingo and he, of San Juan de Puerto Rico. They had met when they were students at a beauty academy, located in Hialeah, in the mid-eighties. They had barely been twenty years old when they were excited in a friendship that led them to consolidate the marriage. From this union Nairobi was born who apparently follow the profession of their parents.
I can say that constituted a happy marriage. No expectations or complicated existential requirements of those family groups that had managed to accommodate a domestic life of good people and good neighbors. In fact they were valued in the neighborhood of the east part of Boca Raton. They went to the religious service of Jehovah's Witnesses on Thursday night and Sunday morning and sometimes Liz had to stay longer as she acted, as a substitute Pastor when for some reason the senior pastor could not attend a ceremony.
The business, Le Bateau Ivre, already functioned as massage room since the sixties, and had bought it from an old woman from the island of St. Martin. Raised in Paris, single and very religious; she incidentally belonged to the same group of Jehovah’s Witnesses. For reasons of age she could not attend in person her select clients, almost all from the nearby county of West Palm Beach and preferred to sell it since she could not get masseurs to work with the same competence and professionalism that she did. And what better than the Beltran family outside their correligionarios- who took the reins of her beloved business. When she met the Beltran family and after extensive dialogue, she knew that they would inherit the name and honor of a firm to which she had dedicated all her life since emigrating from her beloved island fleeing from the convent where her parents had admitted to at least one member of the family to embraced a religious order. The name of Le Bateau Ivre was chosen to honor her beloved poet Arthur Rimbaud Marseilles who recited from memory the poem of the same name.

But, don’t believe the massage studio was any business. Flora that was the name of the sanmartinense- in their retirement years in a convent in the town of Marigot had thought a lot about the human condition, the individualism and lack of love for themselves. She took those two certainties and when she was based in South Florida, Boca Raton, to start a business in something to help people to "know itself" as recommended by the legendary Socrates and with financial support from their maternal grandmother decided to found Le Bateau Ivre. In a spacious living room she placed six massage tables, where it would serve customers regardless of gender for a period of one hour with a highly professional session with the latest techniques of the time. A kind of Feng Shui decor and pleasant background music, chamber music, the preference-created atmosphere of peace and relaxation that only being there in even the most dour relaxed temperament. Well, Beltran had managed to continue the innovative spirit of Flora. It could be argued that had not been disappointed at all.

Mary and Joe, after cooling off with two big glasses of ice water, chatted a bit with Liz in the anteroom of the hall. Beltran barely able to welcome them was attending a client at that time while Nairobi prepared the towels, oils and other utensils used in the ceremony. Within minutes they went to the room where they undressed and only covered their bodies with a towel bound around the waist. Mary would be attended by Liz who always attended her and Joe by Nairobi. Liz was a stocky white mulatta and toned muscles. One meter seventy tall, like her daughter, her arms looked like hammers when touched without special delicacy the muscles, ligaments and tendons of the customers. It seemed that the weight of her body, which was about two hundred fifty pounds, rested in her hands to display a solid energy and strength on the bodies to shape. Her hips were not as wide and her monumental rear contrasted the vigor of her body with the delicacy of her movements. Nevertheless, she did not feel heavy at all. Thus, the team Beltran, dressed in their white coats, attended with delicate but firm language of their hands the guests naked bodies who with their senses wide awake and their minds wandering in a lightness of shadows and chiaroscuro, felt the enjoyment of their bodies exposed to balsam oil and the harmonious pressure of the hands that emanated an aqueous and intoxicating energy. A seductive music of Debussy, the Prelude to the Afternoon of a Faun, filled the silence of the alabastrine room that with the flickering of the candles and the dim lilac light emanating from the studio walls, invited to be carried away by the mysterious territories of the senses.
Suddenly subtle sobs joined the pleasant atmosphere of the place; they were from the old woman attended by Beltran to let others know the supreme enjoyment that she was experimenting. It had not gone five minutes when the old woman, in her eighties, as a glow, tiny of blue eyes and white hair, made a sign to Beltran and asked him to help her get off the couch to go to the bathroom. "Hello everyone" she said, with a smile total complacency and walked naked, without hesitation, to the toilet. Mary and Joe through his drowsiness looked at the woman, and responded in chorus "Hello" and could not help contemplate her. They noticed her frail figure of weaklings back with flabby buttocks and slender legs as dry bushes. Still, they saw her walked with a surprising slenderness. Both closed their eyes again and reflected on it: "Age does not forgive" seemed to say and shuddered without knowing exactly why. They also had an urge to urinate. As soon as the old woman returned, Mary motioned Liz and she agreed. She got up and walked naked to the toilet. Looking to Joe asked him how he was doing, and he was a little disturbed by the proximity as it was centimeters of Mary, answered that very well. She stroked his hair and told him, "If you want to go to the toilet, it will be after me," he nodded his head. Mary continued to shift into the bathroom and Joe felt a stirring in his whole body seconds before limp and still. It was too much. First, the caresses caused by Nairobi with her muscular hands of silk and now with this chilling vision of nudity of Mary. She was irresistible. The smell of her tanned skin, bathed in scented oil, the body almost perfect, her slender gooseneck, the prominent bones of her collarbone; her tiny waist, her red hair and her inquisitive look; her navel adorned with that beautiful miniscule piercing of gold that bear a template arc and an arrow; her gazelle legs and her jet black pubic hair; her round breasts with her erect nipples and buttocks as strong Triathlon athlete, it was too much to bear. However, "that vision" produced an aesthetic enjoyment beyond any physical arousal. How he would have a rough erection before such a perfect girl? It was the first time in his life that a woman caused him such a sensation. He did not know why he thought of Epictetus when he said that man should be able to see a beautiful woman without feeling any desire for her. In this regard, it was necessary to have a   stranglehold of self. But the big hands of Nairobi intuiting the hotness of his client tried to relax him with massages and the effect was the opposite of the aesthetic emotion that gave him the nude vision of Mary and induced him to face an evil excitement that formed a short circuit with sensual nobility produced by the naked presence of her fairy. Under the Nairobi massage he felt an excessive arousal. Now his sleeping animal was waking up and threatened to grow regardless of the audience. What do I think now to lower it? he asked. Oh God! The solution fell from the sky. Yes, because I think of my mother and her unfortunate abuse. Lesbia "blessed her that in the end serve for something”. ”Do not hit me more, no more ... I no longer do it again ... "he mumbled like a man possessed. And indeed the frightening sensation of memories of his mother was enough for the danger of an erection not desired to tone down the animal and which obedient little angel cower.
Mary returned with the radiant face and told Joe it was his turn. He obeyed, sat on the stretcher and then shifted to the toilet. He did not know how to walk, whether normal or marching or jogging or How the hell! Mary saw him and laughing said 'c'mon, c'mon this is no a parade of sissies. " He looked at Liz and said, "It is hard the guy, huh?”
The session ended smoothly. The ritual farewell stated that customers were present and technical masseurs, in this case the Beltran family, would say goodbye in a collective embrace, all naked. The hosts took off their robes and embraced in a circle, put their heads together, and for a minute shared the warmth of their energy, their sweat and their breath. Unintentionally the six thought the same: we are one flesh and our body belongs to a whole where pain has no place.


Video de entrevista a Jose Diaz Diaz:
https://www.youtube.com/watch?v=32LnDXu6AxY&feature=share



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