21 dic. 2016

Vorágine sensual/ Sensual Vortex. Antología bilingüe 2016 de La Caverna, escuela de escritura creativa

Vorágine sensual,  antología bilingüe de La Caverna, escuela de escritura creativa, pronto en Amazon.


Voragine sensual: Relatos de ficcion (Spanish Edition) CreateSpace Independen... https://t.co/TPLoTIx4Wg vía @amazon

Coeditada por José Díaz Díaz y María Gabriela Madrid. Ilustraciones de la escultora Rosibel Ramírez.

Mientras tanto, leamos un texto de la coantóloga, poeta  Mariela Zuluaga














Mariela Zuluaga


El último testigo*

Me despertó el chapoteo del martín pescador cuando rompió el espejo del río y entonces, recordé que el currucutú había cantado muchas veces la noche anterior. Una corriente  fría  recorrió  mi esqueleto. 
Ahora, cuando le cuento a usted los hechos pienso que, tal vez, aquello que sucedió no me habría afectado si esa mañana  mis ojos no se clavan en el oriente y me convierten  en testigo  y protagonista  de la historia.
Allí, tras los matorrales, mostrando sus dientes de piraña, estaban ellos. Los había visto en otras ocasiones arrasando monte con el resplandor que cargan a la cintura y marcando territorio con los truenos del brazo. Mi primera y única familia la perdí en una de esas. Dos polluelos con plumón apenas, incapaces de volar,   fueron sacados de la cueva donde  los teníamos y  pisoteados por patas que sólo sabían ir hacia delante. Aún hoy escucho el eco de  su llamado de auxilio.  Nunca más he vuelto a empollar. La rabia y el dolor me hicieron más solitario que cualquiera otro  de mi familia y, por miedo, renuncié al amor. Por eso, aquella noche, como muchas, me había quedado solo sobre la rama más baja del  jacarandá, atento, eso sí,  a  las contiendas nocturnas del  monte para rastrear los restos del perdedor de turno.
Y ahí estaban de nuevo, pero en esta ocasión no tumbaban monte, traían  acorraladas a sus presas.  Yo, iluso y hambriento,   presentí un banquete. En ese tiempo aún  disfrutaba la carroña,  por eso abrí mi pico para permitir que el viento me entregara el aroma de la posible comida. Eran animales asustados, tantos como mis dedos delanteros, unos más grandes y otros más pequeños  y con el mismo jadeo del conejo cuando se enfrenta al perro que lo caza. Pero, a diferencia del conejo, ellos no podían correr, algo los hacia estar inmóviles como las estacas.
Dicen que la curiosidad mata, a mí no me mató pero me dejó sin vida. Volé con disimulo hasta la alambrada más cercana, con esa parsimonia que aprendemos desde el nido: agitando suavemente las alas, casi con desinterés, como si no se quisiera avanzar, pero avanzando y pude mirar bien a los cazadores: carrangueros  como yo, pero con el don de la palabra. 
Abrían la boca y le gritaban a sus presas para asustarlas, para  ablandar su carne, pensé en  ese momento, pero por lo que vi después no querían comer la carne, sólo  destruirla y desgarrarla  y  sacar desde el fondo de  sus entrañas ese jugo espeso y rojo al que llaman sangre.
Tumbaron a sus víctimas sobre el matojo sin importar que sus  cuerpos  se estrellaran contra  las espinas de las zarzas   y  cuando los levantaron  para volver a tumbarlos, vi que las burbujas  de agua  pantanosa que brotaban de sus bocas, al ser traspasadas por el sol mañanero,  eran como  estrellas  que explotaban  en el aire.
Retrocedí en el tiempo y ahí estaban  de nuevo  mis  polluelos  sangrantes y  pidiendo auxilio, y estaba  ella mirándome desesperada, reprochando mi cobardía, porque eso fui esa vez, señor, un cobarde: no moví una sola de mis plumas negras para defender  lo propio.
Después, cuando el sol salió entero  y empezó a calentar el pasto negro,  los llevaron a la planada, allá donde se ven esas dos matas de iraca  junto al matarratón solitario y, amarrados como estaban, los pusieron a cavar la tierra como si fueran  armadillos a punto de tener camada.  Los tuvieron escarbando todo el día,  hasta que se fueron doblando  sobre  la madriguera que construían con su  miedo.
Y no fue aquí, donde  usted puso la marca  para que los de su grupo busquen, es allá, señor, donde le digo. Lo sé muy bien, porque ese día, -después de que los cazadores  volvieron a tapar el hueco y pusieron  rastrojo encima para disimular la tierra removida- yo  coloqué una  pluma de mi cola para marcar el sitio.  Esa pluma se secó, pero cada tanto la reemplazo. Vea mi cola señor, está rala,  asómese y  allá  encontrará  los cañones de todas las plumas que me faltan. 
Usted verá si me cree o no, pero así pasó todo y yo fui testigo.  El único, porque cuando llegó la jauría todos salieron espantados y dejaron el monte solo para nosotros,  los dueños de la mortanga. Ellos, aunque me vieron, al principio ni siquiera intentaron ahuyentarme. ¿Qué peligro podía  significar un chulo, guala, zamuro o gallinazo común para alguien que maneja la luz a su acomodo y se siente  dueño del llano,  de la montaña, del río y de todos los que vivimos aquí?
No se ría señor.
Me acerqué un poco más, pero esta vez caminando con mis pasos chuecos, olfateando, mostrando interés por lo que hacían, como si estuvieran desenterrando un mortecino  para mi comida.
Y ahí fue cuando  supe quiénes eran las víctimas.  Mi vista aguda para la muerte, era torpe para la vida. Las ansias de carroña no me habían permitido distinguirlos antes: cazadores  y presas,  animales de la misma especie y entre ellos, amarrado a la madre, reventado por dentro,  un polluelo casi en plumón como  los míos.  Me acerqué un poco más y descubrí sus  ojos que me miraron sin asombro y una  boca sangrante que  pronunció palabras.  Y yo, que me movía  sólo por el interés de saciar mi hambre, sentí pena  ajena por la especie hablante y un vapor caliente que venía desde el fondo de mí,  me hizo vomitar toda la podredumbre que había comido hasta ese momento. Quise alejarme de ahí y olvidarme para siempre de lo que había visto.  Intenté levantar el vuelo, pero un planazo me dejó tirado sobre la sabana.
Y fue entonces, señor, cuando sucedió algo  extraño. Mientras estaba ahí, tendido, soñé que ese polluelo cabalgaba a mi espalda y volaba conmigo sobre la llanura, que los dos  contemplábamos la curva más hermosa del río  y que yo le mostraba mis polluelos  y él me contaba dónde tenía escondidos sus tesoros. Y durante ese sueño el polluelo me enseñó  a hablar.  Ponía su mano sobre mi garganta sin plumas y me pedía que abriera el pico y permitiera que el aire entrara a mis pulmones y  que después, lo dejara salir  lentamente. Así  pronuncié mis primeras  palabras.
Cuando desperté, busqué con mis ojos el polluelo pero, el grupo de cautivos ya no estaba.  Los cazadores ponían  chamizos secos y hojarasca  sobre el sitio donde sus  presas  habían cavado todo el día y luego les prendieron fuego. No me moví por un buen rato.  Después, casi  a la media noche, cuando ellos se fueron,  me levanté  y como pude  arranqué la  pluma más larga de mi cola y la sembré   sobre las cenizas calientes.  Ahora no hay cenizas, la lluvia y el tiempo han emparejado la tierra y el rastrojo volvió a su sitio.  Sólo mi pluma más reciente y los  viejos cañones, permanecen ahí.
—¿Por qué la carcajada, señor?   ¡Venga¡,  yo lo llevo hasta allá y le ayudo a escarbar,  para que me crea.
—¿Qué será lo que quiere este chulo de mierda que ha estado  graznando y  persiguiéndome todo el día? 
—¡Venga¡ ¡Mire¡
¡Péguenle un tiro  a este animal,  que   me está  sacando los ojos!



*Este cuento fue uno de los 20 seleccionados entre 427, por el jurado (Juan Gustavo Cobo Borda, Guillermo González Uribe y Fernando Jiovani Arias) del Concurso de cuento sobre desaparición forzada Sin rastro, de la Fundación Dos Mundos, para hacer parte de la antología Cuentos para no olvidar el rastro, Bogotá, Fundación dos mundos, 2009.
 
 
 
 
 
 
 
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