8 dic. 2017

La casa desbarnizada, relatos de Jesus I. Callejas

La casa desbarnizada, relatos de Jesús I. Callejas
José Díaz- Díaz














Jesús I. Callejas habita Miami desde hace muchos años. Aquí vino a despojarse del “American dream”, que muchos ingenuos aún persiguen.

Es evidente que para Callejas Miami no es la imagen de la ciudad que venden las compañías turísticas. Y él prefiere más bien utilizar el recurso literario para mirar crecer su dimensión ética personal y de relación con la ciudad, separándose de ésta, renegando de ella y pisoteando cualquier desliz o coqueteo del pasado.

 Amores y desamores con la ciudad que habita. Hiperrealismo literario. Realidad desdibujada a partir de un lenguaje hiperbólico y adjetivado. Analogías estiradas hasta el máximo de su significación. Todo lo anterior puede afirmarse del texto narrativo que toma vida propia a partir de la transcripción de sensaciones y sentimientos que desde su conciencia, Callejas, el escritor, decide comunicar y expeler de su cuerpo y mente adoloridas.

El relato: La Ciudad, que hace parte de su nueva novela: La Casa desbarnizada, consolida el ropaje formal de un estilo que contiene el corpus inerme e impotente de una conciencia desadaptada  a un profundo nivel existencial, urbano y rural, ético y social.  Baudeleriano a más no poder, Callejas señala los desatinos de esta civilización degenerada para acorralarla con su verbo ofensivo, tomado de su propia naturaleza pudibunda.

El verbo lujurioso e iconoclasta de Callejas, se toma o se deja, pero jamás se puede olvidar.









  
LA CIUDAD

Despierto viscoso en ácido. Estoy afuera… La ciudad me espera siempre; pero ¿siempre regreso? Diseñada con infalible sabiduría neoclásica, favoreciendo global visión, o al menos para hacerla impresionantemente asequible desde cualquier pelícano angular sin irritantes entorpecimientos que remolcan ingentes urbes admirativamente llamadas junglas de acero, es luminosa, no brillante.
 París, por ejemplo, es de plata; Roma de oro. Esta ciudad, ni una cosa ni la otra y apesta igual por mucho desodorante que se rocíe en la vulva al levantarse la falda-acera. Soy parte suya más que visual: llévola incrustada a trozos: en achacosas rodillas, en vencidos antebrazos, en montón de órganos con pegajoso toque y desapego, en las enzimas de mí, por la vil canalla, subestimado hermoso temperamento, aunque alerta, en los cometas de mi esputo, en la pinga de estiramientos babeantes y en el flatulento culo cuando suelto espantajos dignos de Geoffrey Chaucer y sus demonios armados con vengativa lancería fecal.
La ciudad me odia porque, a su pesar, soy parte de ella; porque me resisto a sus seducciones de puta alejandrina tratando de arrancar pisadas a la alambrada mercernaria; me odia porque la desprecio y ridiculizo sus pretensiones de cosmopolitismo. Nunca le creí: desamor a primera vista. Soy grande, mimético, ubicuo y la ciudad bestia pretende no saberlo. A través de innúmeros siglos las reservas minerales y vegetales fueron devocionalmente codiciadas y gravosamente heridas en asombrosas construcciones implantadas en Roma, Florencia, Madrid, Toledo, Granada, París, Londres, Atenas, Berlín, Viena, Amsterdam, Estocolmo, Praga, Moscú, Budapest, Tokio.
 ¿Qué puedo esperar del resentimiento sino la repetición de su vejez? La ciudad me acecha; quiere hundirme en su cristalería invisible, pero si me deja ir lo intentará despojándome de los mejores ingredientes; ansía tanto verme partir derrotado en refulgencia de amaneceres buenos, de límpida radiografía en el corazón y no colores baratos a lo calendario meretriz. La ciudad, en su vastedad aérea, se extiende ya y desde en colosales vías al océano, su última presea; la considerada inviable. Desde ahora no sólo Mediterráneo y Caribe monopolizan voluptuosidad oscilante de andróginas golosinas playeras.
 La ciudad se refocila en veranos de húmeda vaginalidad y falosas palmas que chiclean desde bahía hasta condominio, haciendo creer a sus visitantes cargando camaritas de paludismo y poses asquerosamente familiares que no otro finge ser actriz interpretando lo que inobjetablemente es: la pelirroja idiota del momento. Maravillosa época trastocasional: La bien pagada por mal actuada, devocional chupa vergas en limusinas y se masajea el tetaje cuando quiere algo de su papi, no el biológico, sino el pingoso. La grosera ciudad controla inviernos, los fustiga entre paredones de líquido espejo, pero la indiscreción de baja clase, virus en su cuerpo de vedette portuaria, la traiciona. Dice que le estorbo; lo emite en susurros, lo ha gritado cuando la borrachera, la marihuana y la cocaína de las implacables bacterias que la putrefactan durante años de multiplicidad octagonal dejan fuera de control su carnoso culo al aire y es bugarroneada por los que cargan a palas el billete, cuando el “mal gusto” de descuidar poder sobre “apariencias” la hace vociferar que me aborrece porque soy un renegado. Sin embargo me ha usado y usa, se ha servido de mis partes para ser ciudad, pero no tengo deudas con su agenda de servicios.
 Fui cómplice de sus desmanes, pero a la fuerza; me esclavizó sin siquiera descifrar mi historial genético, no obstante, algo decisivo le falló: no sentí placer, no sentí deleite alguno en planes de vana complacencia. Le estorbé, la jodí sin pausa desde el occipucio orbital hasta las raíces uñas y no supo dónde colocarme en el conglomerado fétido. No hay tablero para mí que la conozco y lo sabe. La ciudad no es correctamente percibida por fieles moradores, menos por turistas de chanclas, bloqueador solar y bolsas con ropa de marca en rebaja. La ciudad es insulto vertical de fango y mangle. En cierto libertino punto de confluencia arenosa y terruña es, cuidando bien “las apariencias”, acosada en espirales acuáticos que renuevan empujes estimulados por volcánicos rencores. El maremoto acecha. El agua vestirá de sosegado olvido toda ciudad sobre las olas… y bajo ellas, ah, pero ella, como toda puta sin tarifa vocacional, se resiste a declararse fango. Sus brillosos músculos juveniles son en realidad, lo que la mayoría ignora por elemental anomalía dimensional: el obsceno rictus de lo agónico. 

Nota: El texto completo de la novela se puede leer gratis, online, entrando a: BookRix




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