En busca de la infancia perdida

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29 dic. 2017

Réquiem para la novela filosófica

Réquiem para la novela filosófica
Por José Díaz-Díaz, Director de la Fundación La Caverna













Al parecer, la novela filosófica no goza de buena salud. El género novela en general, pareciera estar agonizando.

Pero, para poner en contexto el tema que me ocupa debo precisar que, es el hábito de la lectura lo que está en crisis. El facilismo provocado por la imposición del formato breve y corto—como manera de comunicar—impulsado por la Media y la Internet, aunado a la desidia por conocer a profundidad sobre cualquier tema; amén de la abulia de ejercitar el pensamiento crítico como método de acercamiento a un fenómeno cualquiera, llevan al colectivo  a colapsar en una pereza intelectual generalizada en donde la atención solo da para fijarse en un párrafo de pocos caracteres, en una imagen fotográfica, un meme o un video de corta duración.

La falsa creencia de que: “una imagen vale por mil palabras”, continúa impulsando el grueso de la plataforma publicitaria y de Medios hacia el culto de la imagen visual y el Video (el siglo de la imagen), lo cual ha contribuido a acrecentar la desidia creciente por parte del público, receptor abúlico y acrítico de mensajes empaquetados listos para ser consumidos.

 Ahora no se lee, simplemente se ve la imagen visual y ya. El cerebro descansa en paz. En este sentido, el hecho histórico de leer menos, o no leer, es uno de las consecuencias de una ideología global que propugna por una pasividad acrítica del consumidor. Es el signo de la nueva sociedad pobre de espíritu y de irrisoria curiosidad intelectual. Una postración de indolencia ante el conocimiento profundo y por discernir sobre el qué y el cómo de las cosas (motor de la Filosofía). Una torva población influenciada verticalmente por «la era de la Postverdad», está dando al traste con aquella sana curiosidad que engalanaba uno de los rasgos de nuestros antepasados.

El ejercicio de una lectura sopesada, juiciosa y activa, como lo demanda una narrativa de género de novela filosófica, se ha convertido en  cosa del pasado. Un libro de más de trescientas páginas atemoriza al más animoso lector. Ya nadie quiere dejarse llevar y perderse en la magia de un bosque de muchos árboles. Con atisbar unos cuantos arbustos le es suficiente. Así que el tiempo del diletantismo intelectual y la digresión inteligente (propios de la novela filosófica) ya no tienen cabida.

¿Quién lee al chileno Roberto Bolaño en su novela inconclusa de mil cien páginas llamada 2666? ¿Quién se atreve a leer: La broma infinita del estadounidense David Foster Wallace de novecientas páginas, o yendo más atrás, quien se le mide a: El hombre sin atributos (también novela inconclusa) del austriaco Robert Musil, de setecientas paginas? O a El Ulises del irlandés James Joyce o a: En busca del tiempo perdido del francés Marcel Proust? Y ni mencionar a El Quijote.

Sin embargo, para no convertirme en un «profeta del desastre», y de estar alimentando teorías conspirativas, debo admitir que un subgénero literario como lo es el Cuento, parece haber encontrado un nicho histórico para tomar fuerza y desarrollarse como un genuino formato donde los pocos lectores que aún quedan pueden abrevar y  nutrirse de una buena metáfora narrativa. Y no es que el Cuento no haya coexistido con la Novela desde siglos atrás, es más, es anterior al mismo relato novelado, sino que ahora, es valorado como un género mayor con posibilidades estéticas tan válidas como la novela. Cortázar tiene ensayos valiosos sobre esta relación entre cuento-novela y Borges nunca quiso escribir novela para gratificarse en esa cualidad eximia del cuento como lo es la de su precisión, concisión, y rotunda unidad de forma y contenido.

Y es que el fenómeno tecnológico de la Internet por el que estamos atravesando, incide, además, en el comportamiento de las nuevas generaciones, de manera definitiva, principalmente  a partir de los «Milenios». La incursión de la lectura digital propiciada por la nueva tecnología, así como ha popularizado el acceso al texto literario convirtiendo la Red en una biblioteca universal gratuita, también ha modificado la manera de leer en el monitor. La desatención y falta de concentración al leer un texto cualquiera es asunto de agravamiento desproporcionado cuando se hace no desde un libro de papel sino desde una pantalla de Ordenador ya que el bombardeo de la red con los Links que atraviesan como flechas la columna vertebral de la lectura, fácilmente distraen y descarrilan el rumbo del tema escogido.

Así las cosas, con el ocaso de la novela filosófica y de la escasez de lectores, así como hay algunos narradores que toman la decisión drástica y definitiva de no volver a escribir una línea, al estilo del judío americano Philip Roth, (Pastoral americana), hay otros que acomodan su estilo y la extensión de sus libros al formato de novela corta, en donde se siente la ausencia de la voz narrativa de hondo aliento y se sustituye por los diálogos anodinos de poco calado significativo, empobreciendo en contexto la calidad del género. La aventura al estilo hollywoodense, La acción y argumento que cuenta pero no reflexiona, sobrepasan de lejos la inexistente substancia de un enjundioso cuerpo del lenguaje otrora sine qua non  para señalar la calidad de una obra.


Al parecer la novela filosófica no goza de buena salud. Quizás sea un problema de generaciones. De todos modos, el pan está ahí, solo faltan las ganas de comer. La mesa está servida.











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