12 jul. 2018

Alejandra Pizarnik o la poética de la carencia







 ALEJANDRA PIZARNIK  O LA POÉTICA DE LA CARENCIA.

© José Díaz- Díaz











Alejandra Pizarnik, de nacionalidad argentina, murió  en París, de una sobredosis intencional de seconal. (1936-1972) Provenía de una familia de inmigrantes de Europa oriental y estudió Filosofía y Letras en Buenos aires  y Literatura francesa en París. Sus principales  trabajos están publicados en los volúmenes: Los trabajos y las noches,  Extracción de la piedra de la locura y  El infierno musical.

Su poesía nos abre el camino  hacia una comprensión de la vida  de manera total, plena, entera; quizás  más auténtica, más desprendida. Desbordada hasta la locura, embriagada del goce y el dolor de vivir  hasta llegar a verter su existencia  por su propia mano y voluntad  en el sagrado misterio de la muerte.

Metáforas  extraordinarias, es lo de menos. Lo importante  es cómo nos  golpea su entrega existencial abierta como una flor que se sabe sublime y marchita  en el mismo instante de su mejor color, mujer que besa la vida con los labios alados de su soledad, mujer que delira en la belleza  insufrible de la existencia en los límites del cuerpo y en las valvas  sin horizonte  de un espíritu que se sabe inmortal y perfecto.

Y es que Alejandra Pizarnik, nos enseña con su sacrificio, a vibrar en la vida  con un sentido de plenitud, que este momento histórico, pisotea, opaca y aliena. Ella entró en el oficio de la Poesía con todo, pues la Poesía es la puerta  por donde se reconcilia la existencia humana con su plenitud: por la magia de la Poesía, los sentidos se convierten,  entonces, en instrumentos  para acceder al goce estético del  color o de la música, de la plasticidad del movimiento y de la forma, o en el uso de los sentimientos  para acceder   a la bondad del corazón en la ternura indescifrable  de una energía que se siente y se sabe parcial en la totalidad  y una con la perfecta simetría del universo, una con el prójimo que sufre, una, con las lágrimas que sellan una amistad de ojos que se miran más allá de sus cuerpos, de unas manos que se fortalecen cuando se anudan en el silencio  de dos sombras que se sustentan en el vacío de la soledad.

Alejandra nos indica, definitivamente, cómo transitar por la alucinante embriaguez del despojo de bienes materiales, a roer la  belleza de la inmortalidad humana, con los dientes en posición de batalla escondidos sutilmente  detrás de una boca  que bebe el dulce aliento de un universo que siempre titila en la distancia. El cosmos, diría ella, es nuestra casa y nuestro hogar. La conciencia, el cántaro y el géiser  por donde afloran sensaciones extraordinarias e innombrables.

Transcribo su poema La Jaula, donde se percibe el sacrificio de su existencia.

Afuera hay sol./ No es más que un sol/ pero los hombres lo miran/ y después cantan./ Yo no sé del sol./ Yo sé la melodía del ángel/ y el sermón caliente/ del último viento./ Sé gritar hasta el alba/ cuando la muerte se posa desnuda/ en mi sombra./ Yo lloro debajo de mi nombre./ Yo agito pañuelos en la noche y barcos sedientos de realidad/ bailan conmigo./ Yo oculto clavos/ para escarnecer a mis sueños enfermos./ Afuera hay sol./ Yo me visto de cenizas.

















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