21 feb. 2019

Bartleby, el escribiente, otro clásico de la literatura


Bartleby, el escribiente, otro clásico de la  literatura
© José Díaz-Díaz






A la pregunta obligada de  por qué una obra literaria deviene en clásica, sin titubeos debemos afirmar que alcanza esa categoría porque las nuevas  generaciones la siguen leyendo, ganándole de esa manera la partida al tiempo y a su poderosa arma, el olvido. Tal es el caso de este cuento de Herman Melville que, aunque publicado por primera vez hace 166 años, conserva intacta su misteriosa atracción, ineludible para todo lector sensible.

La figura interiormente lastrada de Bartleby, su personaje principal, acrecienta su vigencia en cuanto símbolo de resistencia pasiva a un estado de cosas que resienten su adecuación a los parámetros existenciales de la vida moderna y posmoderna. En ese sentido Melville propone una narración de anticipación, que más adelante y con sus peculiaridades propias, retratarán la compleja psicología otros personajes de la gran literatura tales como Gregorio Samsa en La metamorfosis de Kafka(1915), Meursault, en El extranjero de Camus(1942), o Mauricio el personaje de Bartleby y compañía de Enrique Vila-Matas(2007).






La sinopsis argumental del cuento cabe en un párrafo, pero la trama, las descripciones y las reflexiones profundas y simbólicas que acompañan su escritura dimensionan su potencia a tal punto que cautivan y noquean al lector dejándolo sumido en un estado de shock emocional ante la fuerza persuasiva de su personaje. Bartleby, invade con su insoslayable presencia nuestra sensibilidad emocional y con su conducta obcecada, caprichosa e insólita, ajena a cualquier intención aviesa, se convierte en el antihéroe angelical protagonista de la inacción y la impotencia enlodándonos con su radical nihilismo. Necio, herido de mansedumbre, con su descolorida altivez y austera reserva; desolado, melancólico, apático, ecuánime, que parece el más triste de los hombres, que parece solo, absolutamente solo en el universo sin abrazar una pálida esperanza de que las cosas cambien, es un obstinado, de marginación extrema. Y es que Melville ha logrado poner en escena a un personaje despojado de toda alegría de vivir, sin raíces, sin historia, pleno de silencios. La inactividad e inadaptación llevadas al extremo  confieren a Bartleby rasgos angelicales y originarios, dibujando una fuerza primaria del ser humano, cuya sola presencia causa turbación para quien es capaz de ver. Pero no todos son capaces de sostener la vista hasta el fondo de esa oscuridad, sobre todo cuando enfila hacia donde la marginalidad irrumpe en una zona oscura y amenazadora por una caída en prisión y la muerte por inanición. El arte narrativo de este cuento escapa de la lógica social normal (zanahoria o mazo) para deslizarse por un sentido de la resistencia hasta el absurdo, porque todas las relaciones se disuelven en la obcecación del escribiente.

El estilo de Melville es lúcido, caracterizado por un  magistral uso de todo recurso lingüístico y de técnicas narrativas sencillas y complejas en donde no se escapa el mínimo detalle ni la analogía, la metáfora o el símbolo que encumbran su escritura y la elevan a un plano de excelsa laboriosidad. Ya desde la publicación de Moby Dick el autor indicaba la potencia de su oficio. Seguramente que leyó la Filosofía de la composición de Poe, publicado tres años antes y en el cual comunica los secretos de cómo escribió su poema más famoso: El Cuervo. Seguramente leyó también El Manifiesto del Partido Comunista, publicado cinco años antes, en 1848, en donde ya se denuncia la deshumanización del sistema económico imperante. Las descripciones detalladas al máximo, vienen acompañadas de un humor ácido, tragicómico de los personajes. Las escenas a veces llaman a la hilaridad dentro de un tono extravagante y discreto.









La escenografía y el paisaje opresivo; la ambientación  y la atmósfera por donde deambula nuestro personaje no pueden ser más contundente en cuanto a acrecentar la devastada personalidad de esta alma cuasi romántica y melancólica. El edificio, el ciego muro de ladrillos sin ventanas, dibujan una  arquitectura moral y emocional que contienen armoniosamente su infeliz espíritu. Ese Mecanismo literario que ensambla personas y espacios para imprimirles una unidad de imagen es colosal en la pluma de Melville.

La icónica y estrecha calle de Wall Street, emblemática de Nueva York, luego convertida en el corazón de la Bolsa de Valores y hasta del símbolo del capitalismo financiero mundial será el espacio geográfico  por donde se mueven los personajes. La famosa calle encarna el simbolismo absoluto del poder monetario universal. La oficina del abogado y el biombo donde es «fijado» el amanuense, es una prisión y un refugio para el agobiado copista. Más tarde la cárcel  constituirá el encierro final y La oficina de las cartas muertas donde se constata el fracaso de los mensajes y la conversión en basura para incinerarse, constituirán el golpe final que remata la descripción implacable de nuestro personaje. La pérdida de las palabras en esas “cartas muertas” es la hipótesis para la parálisis de Bartleby, por un efecto devastador de ese extravío en los fragmentos de la existencia ajena. Ante esa posibilidad de que los mensajes nunca encuentren un destino, el cuentista desata su extremo sensible. Uniendo ambos eslabones (la copia mecánica con la destrucción de cartas personales) se redondea la protesta: de un lado, el Estado-productividad, y, del otro, el Destino impersonal se conjugan para introducir la tragedia, especie de irracionalidad extrema que acosa al personaje Bartleby. Cuando un individuo queda contaminado por esa irracionalidad el universo entero cobra un carácter ominoso, el relato posee un tono sombrío y hasta terrible. El espíritu del escribiente virginal por dentro se comporta impermeable e inactivo por fuera. Es la terrible consecuencia de la resistencia pasiva.

“Preferiría no hacerlo”, en inglés “I would prefer not to”, es el leit-motiv y la frase elegante y enigmática que ha permanecido para la posteridad, en calidad de un sello distintivo de este relato y motivo de análisis concienzudos para revelar su confección. Posee encanto literario cual repetición de un sonsonete musical. Para el lector tal rechazo termina por ser previsible y añade un toque cómico. Luego de esa irrupción de fuerza originaria, el lenguaje posterior termina mudo alrededor de tanta negación. La frase opera cual «bomba» que destruye y paraliza el campo de batalla, entonces al personaje lo rodea el silencio y la inacción.

Bartleby es para los filósofos un nihilista estoico o un escéptico; para los religiosos un místico contemplativo, para los políticos un anarquista antisistema, para los psiquiatras un paranoico esquizoide aquejado de mutismo. Bartleby es una figura inquietantemente polimorfa que desafía tanto a la lógica como a la psicología. Bartleby es un hombre sin referencias, sin cualidades, sin particularidades, usando el concepto de Musil, un hombre sin atributos. Hermético e impenetrable, aparece de la nada y se instala en una pura pasividad paciente y al final se deja morir de inanición. Es la alegoría de una posición existencial caracterizada por una suspensión de la acción regida por una "lógica de la preferencia negativa" Su divisa "Preferiría no hacerlo" no indica que se niegue a hacer (voluntad), sino que prefiere (intención) no hacer algo. Su negativa inmotivada a hacer, combinada con su inhumana calma y su firmeza suave, desconcierta y causa una extrañeza paralizante a aquellos con los que interactúa. Además el escribiente permanece inmutable mientras los demás sufren importantes cambios a raíz de su relación con él. El abogado, protagonista y narrador, pasa de la sorpresa a la ira, de la ira a la irritación, de la irritación a la reconciliación, de ésta a la piedad y la caridad, para acabar en pura fraternidad.

A Bartleby se le presiona para que diga sí o no. Esperan de él una negativa rotunda, una insubordinación para así poder echarlo, pero el escribiente no rechaza aunque tampoco acepta, avanza y se retira en su mismo avance, se expone apenas en una ligera retirada de la palabra. Por otra parte, Bartleby tampoco expresa algo preferible, de manera que entre lo que no prefiere -conocido- y lo que prefiere -desconocido- se abre un ámbito de indeterminación que desconcierta.

Para Vila Matas, estos personajes de ficción encarnan o simbolizan la tensión constante entre escritura y silencio, entre narrar y callar. La desconfianza ante la posibilidad del lenguaje, de decir la vida, hace que el escritor se plantee las razones de preferir escribir a no hacerlo y algunos al final prefieren no escribir, prefieren el vértigo de la nada que la palabrería vana, prefieren el misterioso y virginal silencio que la repetición de lo mil veces dicho.


Debo terminar acotando que también Borges tuvo que ver con esta maravillosa historia de Melville. Él traduce y prologa a Bartleby. Nos confirma con su calma sapiencia que: “…  el tema constante de Melville es la soledad; la soledad fue acaso el acontecimiento central de su azarosa vida. Bartleby es más que un artificio o un ocio de la imaginación onírica; es, fundamentalmente, un libro triste y verdadero que nos muestra esa inutilidad esencial, que es una de las cotidianas ironías del universo”.











7 feb. 2019

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30 ene. 2019

Espiral de silencios, una novela coral sobre el conflicto armado en Colombia


Espiral de silencios, una novela coral sobre el conflicto armado en Colombia

© José Díaz-Díaz








A diez años de la publicación de la novela de Elvira Sánchez-Blake: Espiral de silencios, y con la formidable noticia de su traducción y publicación al inglés, no puedo menos que retrotraer en esta Reseña Literaria, algunos elementos que cobran especial interés y vigencia en cuanto  al acercamiento narrativo y literario que la autora logra en esta su ópera prima.

Con el respaldo de un background que dice de su probado compromiso  social y académico, esta colombiana graduada en Comunicación Social de la Universidad Javeriana de Bogotá y doctorada en Literatura por la Cornell University de Ithaca, New York; con la autoría de varios ensayos sociológicos, políticos e históricos en los cuales permanece como leitmotiv temático la condición de la mujer colombiana en ese rol de víctima de los conflictos armados, Sánchez-Blake da el salto hacia el universo literario para narrarnos en  una novela testimonial  de ficción histórica que nos sumerge en el mundo alucinante de  de la violencia en Colombia. Escoge como asunto de la  narración y marco histórico de referencia dos sucesos cruciales acaecidos durante las dos últimas décadas del siglo veinte: la toma de la Embajada dominicana en Bogotá  y el asalto al Palacio de Justicia en la misma ciudad, por grupos del M-19.

Pero escribir buena literatura sobre “la violencia en Colombia” no ha sido fácil, ya lo advertía García Márquez en un ensayo sobre el particular que tituló: No todos los caminos conducen a la novela.
Allí el Nobel afirma que: … Probablemente, el mayor desacierto que cometieron, quienes trataron de contar la violencia, fue el de haber agarrado —por inexperiencia o por voracidad— el rábano por las hojas. Apabullados por el material de que disponía, se los tragó la tierra en la descripción de la masacre, sin permitirse una pausa que les habría servido para preguntarse si lo más importante, humana y por tanto literariamente, eran los muertos o los vivos. El exhaustivo inventario de los decapitados, los castrados, las mujeres violadas, los sexos esparcidos y las tripas sacadas, y la descripción minuciosa de la crueldad con que se cometieron esos crímenes, no era probablemente el camino que llevaba a la novela. El drama era el ambiente de terror que provocaron esos crímenes. La novela no estaba en los muertos de tripas sacadas, sino en los vivos que debieron sudar hielo en su escondite, sabiendo que a cada latido del corazón corrían el riesgo de que les sacaran las tripas. Así, quienes vieron la violencia y tuvieron vida para contarla, no se dieron cuenta en la carrera de que la novela no quedaba atrás, en la placita arrasada, sino que la llevaban dentro de ellos mismos.  El resto —los pobrecitos muertos que ya no servían sino para ser enterrados— no eran más que la justificación documental.
















Fiel a las advertencias del Gabo, nuestra narradora consigue superar el facilismo de la anécdota sangrienta y de la crónica noticiosa y elabora— con el apoyo de técnicas estilísticas y recursos lingüísticos—un nivel de alegoría y metáfora, propios para la presentación de un cuadro que compagina con la complejidad del fenómeno que narra. Y esta elaboración no es fácil de conseguir. Es justo precisar que el tema de la violencia en Colombia primó en la pluma de los narradores colombianos durante todo el siglo pasado. Hasta la década de los sesenta se escribe narrativa «en la Violencia», es decir, un realismo pedestre de necrología y muestrarios de miseria y dolor. Acordémonos de El nueve de Abril, de Pedro Gómez;  o  El monstruo, de Carlos H. Pareja. Los anaqueles se llenan de una serie de novelas no literarias escritas por testigos de la acción armada, en algunos casos autobiográficas, en otros, novelas testimonio pero la mayoría carentes de decantamiento, de oficio poético-literario.

Paralelamente, aparece una narrativa más esmerada, con utilización de técnicas propias del lenguaje literario y que podríamos llamar: literatura “sobre la Violencia”. Al mismo tiempo que se toma distancia del fenómeno, la calidad y el nivel de elaboración van mejorando. Tal es el caso de Noche de pájaros de Arturo Alape o Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, de Alba lucía Ángel (1976), o de algunas novelas puntuales  de Laura Restrepo. Por supuesto queda fuera de serie Cien años de soledad, novela señera sobre la violencia en Colombia. En el 2006 se publica: Los ejércitos, de Evelio Rosero, la cual gana el premio Tusquets de novela.

La novela de Rosero es el ejemplo claro de cómo abocarse a una narración de trama de confrontación armada sin tener que disparar un solo tiro. Igual que en la obra de Sánchez-Blake, lo que importa es adentrarse en  la conciencia agobiada del civil, en sus vivencias extraordinarias al interior de su  desvalido rol de víctima acorralada por la agresión externa de su contorno, como dice Rosero: “secuestrados por los cuatro ejércitos: el militarismo, el paramilitarismo, la guerrilla y el narcotráfico”. En Espiral de silencios, no encontramos ni sangre a borbotones ni el feroz ruido de las balas ensordecedoras que cabalgan el viento llevando el perentorio mensaje de la muerte. El espiral de silencios y preguntas sin respuestas que envuelven al lector, en este caso es el absurdo drama de los civiles desarmados que levantan su voz quebrada pero perentoria para exigir el cese de la barbarie.

 Es imperativo resaltar el acierto en el trabajo sobre  técnica estilística que empodera la fuerza de la estructura narrativa de la  escritura de Sánchez-Blake. Ella logra construir una  trama  clásica dentro de la llamada «novela coral» con todas las características que la tipifican. Recordemos, por ejemplo la novela Manhattan Transfer de John Dos Passos o a  Salsa de Clara Obligado. En las dos tenemos a varios personajes cuyas vidas se entremezclan, para hilar las historias que convergen en un centro donde todos gravitan. Asimismo escogen un escenario común, que es el punto de encuentro de los personajes. Al igual que hace Dos Passos en Manhattan Transfer con la estación del tren, este salón se convierte en protagonista de la historia. En el caso de Sánchez, el lugar es San Juan y específicamente el salón es el telar donde se reúnen las mujeres a tejer y a buscar colectivamente la salida al drama trágico que padecen.

La lente, el ojo  y la mirada femenina con que la autora enfoca su singular acercamiento al drama que relata, constituye la unicidad de su escritura. Este acoplamiento «abiertamente femenino» con la materia narrada es claro y sobresaliente en el objetivo de la autora. Las voces corales también son femeninas, todas personajes principales sin protagonistas. Mariate, Norma y Marina, son las voces del coro, dirigidas o narradas en este caso por Nora, personaje y narrador omnisciente y testigo, quizás trasunto de Elvira. Ellas serán quienes nos cuenten su tragedia y nos envuelvan en sus dolorosas historias imbricadas, en la torturada y secuestrada piel social que las contienen.

La contundencia y fuerza con que estas voces femeninas narran sus miserias en primera persona, en un presente continuo, entre diálogos precisos y cortos, consiguen impactar al lector y dejarlo alelado y absorto, sufriendo el mismo vahído de impotencia y desconsuelo ante un absurdo destino que se empeña en acorralar a sus víctimas sin permitirles una salida hacia el encuentro con la dignidad humana que solo pide vivir en paz.  Elvira Sánchez-Blake logra magistralmente encontrar ese camino de catarsis y liberación, al interior de su historia narrada, involucrando un personaje colectivo constituido por todas las  de mujeres del pueblo, quienes con su arrojo de lanzarse todas a una en el campo de batalla sin arma alguna más que su valentía, paralizan a los combatientes enfrentados, evitando una mortandad  y liberando a los habitantes del pueblo (San Juan) de la violencia fratricida entre paramilitares y  guerrilla.

Otro elemento del oficio narrativo muy bien logrado—y exigido por la novela coral— que la autora consolida es el de entremezclar en este caso,  las vidas de las coristas que se retroalimentan y entrecruzan, hasta conseguir que sus destinos comunes se fusionen como una madeja indisoluble. La gran metáfora de la novela, está asentada en la figura del telar, taller que sirve de núcleo aglutinante de las mujeres víctimas y desplazadas que con su avance de “punto, cadeneta, punto, punto, cadeneta punto”, hebra a hebra logran felizmente construir el tapiz perfecto final de la labor cumplida, lo que es igual, analógicamente entendido,  a la superación de un albur de desdicha y aniquilamiento al lograr la tan ansiada paz para su pueblo.

Es necesario hacer notar el excelente nivel de descripción que la autora maneja. Como ejemplo copio el párrafo referente al encuentro entre un grupo de la comuna 13 de Medellín con un comando guerrillero:

Norma observó desde el resquicio de la ventana la dotación de armas que traían esos jóvenes, y no pasó inadvertida la codicia irreprimible que experimentó el jefe guerrillero, porque su ceño fruncido se convirtió en un gesto de avidez. A pesar de su corta edad, estos chicos podrían tener más experiencia en la guerra que los más diestros guerrilleros. La sorprendía y horrorizaba la juventud de los muchachos de ambos bandos. En sus rostros apenas se asomaba una pelusa incipiente y sus voces arrastraban todavía la inflexión aguda de la infancia. Solo en sus ojos se atisbaba la perdida de la inocencia. Tras sus lentes oscuros se perfilaba la marca de amargura y la acritud de quienes desconocen la compasión.

Para terminar, debo decir que Espiral de silencios, es un sensible documento literario que logra llegar a lo profundo de la conciencia humana para interrogar sobre su avieso destino que pareciera conducirlo por los caminos de la autodestrucción. La mesa está servida. En este caso, una vez más la vida se salva por el embrujo de la palabra.


José Díaz- Díaz es Director de La Caverna, escuela de escritura creativa
www.arandosobreelagua.com; joserdiazdiaz@gmail.com




13 ene. 2019

Cómo escribir una novela literaria


Cómo escribir una novela literaria











El Club de lectura en español de la Miramar Branch Library cordialmente los invita para participar en el Análisis de la novela de José Díaz Díaz: En busca de la infancia perdida.

Esta convocatoria hace parte del ciclo de tertulias mensuales que realizamos para intercambiar ideas sobre libros previamente leídos con la intención de empoderar nuestra condición de lectores o escritores.

Aprovechamos  esta ocasión para invitarlos también a que se hagan miembros del club y nos acompañen mensualmente a dialogar sobre libros y autores que han sido referente en la producción literaria local e internacional.

Valga también esta oportunidad para que el equipo de La Caverna, escuela de escritura creativa comparta con sus lectores cinco puntos cruciales para tener en cuenta a la hora de escribir una novela:

1-    El título de la novela, como linterna y sombrilla del contenido y la forma.

El impacto del título no debe ser solo un anzuelo para captar la atención del lector sino un contenedor de la forma y del contenido de la narración.

2-    Una potente imagen preferiblemente sensorial más que conceptual debe materializar y arropar las palabras que lo contienen.

3-    El título se puede extraer de una frase impactante proveniente del interior del mismo texto.

4-    Si bien es cierto que el título puede llevar una connotación no directa sino simbólica, sí debe aparejarse con el contenido del tema principal y los subtemas.

5-  Si al terminar de escribir la novela el título no convence del todo, entonces  buscaremos otro, hasta encontrar el que encaje perfectamente. La unidad entre título y novela va a ser indisoluble de por vida. Así que más vale escoger el que es.  
    
Dirección2050 Civic Center Pl, Miramar, FL 33025 Tel. 954 357 8090
Fecha: 18 de Enero de 2019. Hora: 10; 30 AM
Tel. de contacto: 786 512 3437
Moderadores: José Díaz- Díaz, Alejandra Morales y Rafael Ávila.












Confesiones del autor.


Siempre tuve la corazonada de que la amistad es más perdurable que el amor.  Es decir, que una amistad bien llevada puede constituir lazos permanentes más fuertes y significativos que una relación de enamoramiento, por lo general, fugaz y apasionada.
Esa corazonada constituyó uno de los motivos por los cuales encuadré los rasgos, sentimientos y acciones de Mary Monserrat— el personaje central de mi nueva novelaen ese nicho de confort, quizás develado después de un largo periodo de hibernación. Sin embargo, fue la fuerza del título,  el cual devino primero que el texto, la que marcó el tejido que imbricó las partes del cuerpo de la ficción.
Pero, ¿Qué importancia tiene retrotraer algo que ya se fue, como lo es la lejana niñez?, me preguntaba una y otra vez en la medida que avanzaba en la redacción de la novela. Dudaba, pero siempre salía airoso con la respuesta. Estaba absolutamente seguro de que ese estadio de nuestras vidas—la infancia— subyace siempre en nuestro comportamiento de adultos. El inconsciente nos lo recalca siempre, y cuando soñamos, la mayoría de las veces lo hacemos sobre ese periodo de la vida.
Los recuerdos memorables recrean escenas agradables o fallidos de esa etapa, y aunque todos llevamos un niño herido por dentro; la infancia nos remite al goce sin cuestionamiento de esos instantes. Lo lúdico, lo inocente, lo no contaminado, lo mágico, se nos impone característico de esa edad. Como complemento y reafirmación de la relevancia del asunto, el sentir la infancia nos salva cual bálsamo milagroso, de este momento histórico en donde la duda sobre todo y sobre todos, rompe el corazón y la inteligencia. Cuando escribí la palabra «fin», confirmé que el tema era en verdad el que la novela estaba imponiendo.
Las columnas conceptuales del contenido se materializan en sentencias repetitivas a lo largo del texto, como mantras que reiteran los principios éticos del personaje principal. Por ejemplo, la frase: «Si tú sientes paz en tu corazón, entonces no necesitas de ninguna  religión», o, “Si tú te sientes completo en cuerpo, mente y espíritu, entonces no necesitas de otro para que te complete”, lo encontramos a lo largo del contenido de ciento cincuenta páginas.
Mary Monserrat y Joe Alberto Nieves constituyen una pareja en soledad.  En el relato afloran con bastante frecuencia recuerdos incesantes que recrean los momentos trascendentales de sus aventuras personales, que los han dejado lisiados, desvalidos, lo cual los lleva a desnudar sus almas para terminar vislumbrando una epifanía que les impone la aceptación inequívoca de que viven en un mundo falaz de fingimiento total, que les impide tener certeza alguna sobre lo que son y lo que buscan. Es una novela de huida y de búsqueda. De frustración y de entusiasmo.
 Aquí todo acercamiento a la aprehensión de la realidad es sesgada. La lente inquisidora me muestra una gran mentira global. Las deslealtades, los compromisos fallidos, las familias disfuncionales, la insinceridad y el declive moral, la máscara y la mascarada tocan fondo en el remolino narrado.
 Pero no todo es pesimismo. La protagonista comprende con claridad que no es fácil escapar al molde impuesto por la ola social de banalidad y vacío, y por ello propone hacer del cotidiano vivir una obra de arte. Vivir la vida algo así como en un performance regido por el bien y la belleza, la bondad y el desprendimiento. Me pareció pertinente circundar esa utopía con unos cuantos paletazos de color local, chispazos humorísticos, barruntando una atmósfera salpicada de develamientos oníricos y puntuales connotaciones de sibaritismo cultural. 
En cuanto al lenguaje, persigo un estilo detallista y descriptivo, que se detiene en representar los rasgos de un rostro, la forma de vestir de un personaje o la evanescente atmósfera de los sueños. Voy tras una expresión narrativa viva, coloquial y sin artificios, con el empleo de frases cortas, directas y contundentes.
De argumento débil y reflexión ambiciosa sobre la percepción de conciencia de sus personajes, todo sucede un mes de octubre del 2012 enmarcado en una trama que transita una época desde 1980 hasta el 2012. Las descripciones muestran una polifonía de  época precisa. No hay historia redonda ni lineal. Todo vuelve hacia atrás buscando el tiempo mítico de la infancia. No es la acción sino la reflexión lo que constituye el movimiento al interior de la trama narrativa.
Tres espacios cerrados y cargados de simbolismo ocupan el centro de la mirada: 1- el apartamento de Mary, hogar de desahogo y descanso; 2- el lugar de su trabajo: el hospital, ámbito de dolor y sufrimiento y 3- el salón de masajes, templo para la exaltación del cuerpo.
Me preocupé en particular por describir espacios que corresponden a la geografía de Miami y del  Sur de la Florida. La intención es la de contribuir a la formación de una narrativa de la ciudad. Como quien dice: la «ciudad del sol» no puede ser solo playas y centros comerciales. Buceo entre palafitos, manglares  y desperdicios buscando  un lugar para la cultura literaria de nuestro entorno. 
















18 dic. 2018

Isabela, cuento de navidad


Isabela

© José Díaz-Díaz









Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Era la voz dulce y delgada de la secretaria del consultorio del psicólogo que me llamaba por teléfono para recordarme que al día siguiente a las diez de la mañana debía acudir a la cita concertada. Se refería a la cuarta sesión terapéutica de hipnosis. «Hipnosis en tiempos de navidad», suspiré. Qué le vamos a hacer. En qué rollos me meto yo.
Aún encamado estiré el brazo izquierdo y alcancé el reloj que reposaba sobre la mesita de noche, ensanché los ojos para sacarme el sueño de encima y me di cuenta de  que eran ya las ocho y treinta minutos de la mañana. La voz de la secretaria me llega en este momento más musical y melodiosa como si poseyera un registro de soprano coloratura que se acoplara perfectamente con mi soledad esencial dándole un tono colorido y feliz. También percibo su voz un poco aniñada, o mejor, ingenua y elemental, a pesar de que yo le pongo por lo menos cuarenta años o eso me pareció en las pocas veces que la he visto fungiendo de recepcionista en la oficina de la psicóloga. Revivo en mi memoria sus ojillos oscuros, brillantes y pequeñitos escondidos detrás de unos grandes anteojos. Ojos que no quieren mirar, o que miran hacia adentro, ojos que huyen, me pareció. Un poco rara en verdad, más tímida que yo, tal vez.
— ¿Me está escuchando, señor Néstor Núñez?—. Preguntó ella sacándome de mi ensueño evocativo.
— ¡Oh sí! Por supuesto—repliqué.
—¿Cómo se siente hoy? Entonces le veré mañana ¿no es cierto?—remató en tono amigable—  que pase un bonito día.
—Igual para usted—. Respondí tratando de ponerle cierto calor al tono de mi voz para corresponderle a su aparente simpatía que me parecía sentir a través de su vocecita que me rasgaba mis oídos como los conciertos de flauta dulce de Mozart que tanto me gustaba escuchar sobre todo cuando me enfrascaba en lecturas románticas.
Por instantes llegué a sentirla muy cercana—como si me rozara con su piel tersa— y una ráfaga de calor se coló entre las cobijas estremeciéndome involuntariamente. El hilo de su voz de timbre sensual y caluroso aguzó mi soledad que justo por la época de navidad solía envolverme de manera repetida y corrosiva.
Yo vivía por ese entonces en la New York de los años setenta. Llevaba ya un lustro de haber emigrado de Bogotá. Y aquel tiempo lo evocaba con desacostumbrada lucidez pues era el quinto invierno que sufría en La Gran Manzana y a ese friíto que cala  los huesos hasta la médula nunca me pude acostumbrar. De solo evocarlo me da temblequeo. Algunas veces solía retarlo como cuando me iba al Central Park a ver patinar en la pista de hielo, me sentaba en uno de los bancos de hierro forjado y madera caoba que hay por allí y tiritaba a más no poder. Vivía en Brooklyn, distrito de Bensonhurst en un apartamento tipo estudio donde me sentía, en verdad, cómodo.
Eran aproximadamente las once de mañana y guarnecido de pies a cabeza con ropa gruesa, gorro, abrigo de paño, bufanda y guantes, estaba descendiendo al subterráneo  de la estación M. del Metro que me conduciría en una hora a Manhattan y me arrojaría a la superficie helada en la estación de la calle 14. Muy cerca de allí, en el 221 West de la 14 St. se encontraba ubicada la librería Macondo donde yo trabajaba desde su apertura dos años atrás y la cual— ahora lo recuerdo con acritud— fue cerrada por orden de la Corte del Décimo Distrito, treinta y cinco años más tarde en el 2007, ante la imposibilidad de  poder pagar la renta debido a un bajón sostenido en la venta de los libros en español. ¡Qué pereza, ya nadie lee y menos en español!
Los peatones caminaban con paso rápido abrigados hasta las orejas y sin mirar para ningún lado. Eran sombras que exhalaban en su respiración agitada vahos de humo blancuzco como si se estuvieran quemando por dentro. Y en verdad que el frío quema, lo confirmo ahora. Bueno, yo también caminaba reconcentrado en mis pensamientos. Los dientes me rechinaban de manera instintiva, mientras me invadían unos acordes lejanos de música de blues provenientes de alguna taberna, los cuales  me enternecían sin causa aparente. Solo una cosa me inquietaba y era que la voz afrodisiaca de la secretaria no se me salía del cuerpo. « ¿Me está escuchando, señor Néstor Núñez? ¿Cómo se siente hoy?». Una sensación insólita y agradable me acompañaba sin saber el porqué; era como si su hilo de voz en la exigua conversación que sostuvimos me hubiera inyectado en las venas, en el cerebro, en la piel y sobre todo en el área profunda de mis sentimientos un chorro de elixir extraño que me producía un efecto sedante, envolvente, de constante expectación, de felicidad como un disparo de endorfinas en la cresta de un ejercicio extremo.  Vamos, el corazón se me agitaba del deseo de querer estar cerca de ella o mejor, con ella.
Y llegó el jueves. Fueron veinte minutos más del viaje acostumbrado en el Metro sin necesidad de cambiar de ruta. La oficina estaba ubicada una cuadra al oriente del Central Park, que lucía blanco como una sábana pues la noche anterior había nevado mucho. Subí por la escalera al segundo piso, me sentí tranquilo, eran justo las diez de la mañana.
La secretaria me sonrió con una sonrisa íntima al verme (me pareció), yo también hice lo propio. Me sonrió enigmáticamente, o así lo percibí, lo que me desestabilizó de momento. La sala de espera estaba vacía. Me acerqué a su escritorio y le dije: ¡Hola! Como si la viera por primera vez descubrí su cuerpo esbelto, su rostro blanco, reluciente, de labios macizos y facciones finas adornadas con un hermoso y bien cuidado cabello negro más bien corto que le llegaba hasta los hombros peinado en forma de hongo. Ella me respondió: ¡Hola! Sonriendo de nuevo, cerrando los ojos por un instante y agachando la cabeza lo cual me sorprendió aún más. Esas cuatro letras «h-o-l-a » susurradas con ese encanto irresistible me aflojaron las piernas. Al parecer yo estaba muy sensible.
—Siéntate—me dijo con amabilidad—. En un par de minutos te va a atender la terapeuta.
—Gracias—. Atiné a responder—. Te ves muy linda hoy—le dije como cumplido y agregué— perdón, ¿me recuerdas tu nombre?
—Isabela— dijo—,  puedes llamarme Bela.
—Así lo haré, Be (l) la—. Respondí con mi rostro iluminado. B-e-l-l-a, repitió mi voz interior con indescriptible complacencia.
Volvió a sonreír y yo me froté las manos enfundadas en los bolsillos del abrigo contra mis piernas desfallecientes. No había duda de que estaba flirteando conmigo. Tenía la certeza de que un flechazo concertado nos estaba ligando. Un silencio se apoderó del ambiente y en efecto en cosa de segundos apareció por la puerta del consultorio la terapeuta vestida con una bata blanca indicándome de manera afable que la siguiera. Así lo hice.
Era la última sesión del tratamiento. Y a decir verdad, me sentía curado de esa horrible sensación de pánico, de vértigo y de extrañamiento que me tenía postrado y que me había obligado a pedir auxilio profesional. Ya era hora de que me sintiera más maleable. La psicóloga logró con su técnica de hipnosis restituir en mi inconsciente la imagen y la memoria  de mi niñez perdida, con lo cual recuperé mi capacidad para el asombro, para disfrutar el goce lúdico y redimirme a mí mismo. Para sentirme centrado en una ciudad afamada por la dureza de sus habitantes.
Cuando abandoné el consultorio, la recepción estaba vacía.

Pasó una semana, yo me sentía muy tranquilo, sin ayuda de tanto medicamento. A mis años ya sabía que la juventud era un engaño, un espejismo, una ilusión tan pasajera que la vida le jugaba a uno para hacerle creer que era fuerte por siempre. Y esa fortaleza estaba desapareciendo a pasos agigantados. Me sentía frágil e inseguro, la ciudad parecía que se me venía encima, la soledad me doblegaba. Una vaciedad emocional me consumía. La incapacidad para mantener una real comunicación y unas relaciones estables me aislaba de la gente. Sin embargo, la terapia me puso otra vez como un toro y la oportunidad de entablar un vínculo sentimental con «Bella» en este caso (vaya qué iluso y soñador), me disparó al paraíso de mi niñez de donde nunca debí haber salido. ¡Cómo añoro el confort de la placenta de mi madre!  Por todo eso me refugié en el mundo de los libros puesto que la realidad de la vida exterior me era insoportable. Por todo eso la librería Macondo sustituía un hogar real para convertirse en mi hogar de ficción. Por eso viví allí treinta y tres años, hibernando como mamífero que baja su calor corporal al límite de la hipotermia en espera de mejores tiempos. Encuadernado—perdónenme el símil un poco traído de los cabellos— entre portadas y contraportadas, saltando de solapa en solapa. Consintiendo un ostracismo desesperante. Espiando el mundo exterior sin que me vieran, como un voyeur oculto, como una hoja de papel que se resguarda entre las sombras y el calor de sus hermanas gemelas.
Por eso, cuando me asaltó el presentimiento de compartir con Bella un retazo de mi existencia el corazón me saltó de manera inusual y entonces fue cuando tomé la decisión de llamarla y lo hice de inmediato. Fue cosa de abrirle mi corazón (poco a poco) con la ilusa pretensión de que Bella hiciera lo mismo. Ella siempre con  su voz encantadora de flauta dulce conversaba conmigo y su alegría me llegaba a través del  teléfono inundando mi interior de una energía como de color naranja y de mucha, pero mucha euforia. Las conversaciones más entrañables las sosteníamos en las noches cuando ella se encontraba reposando en su casita del barrio de Jackson Heights en Queens. Había nacido en San Juan de Puerto rico y sus padres, que ya murieron, la trajeron a la edad de seis años, junto con su único hermano, Alberto, quien ahora vive en San Antonio, Texas. Después supe que Bella nunca se había casado. Un noviazgo traumático la paralizó para siempre y no pudo emprender en adelante  compromiso amoroso alguno.
Y las cosas se dieron. Yo no sé si las energías del universo conspiraron a nuestro favor o qué carajo pasó, pero lo cierto es que las cosas se dieron. ¡A nuestra manera, pero se dieron! Nuestra especial relación ha durado por todo el resto de nuestras vidas. Ahora ella tiene setenta y dos años y yo sesenta y ocho. Somos viejos. No convivimos bajo el mismo techo pero nos vemos de vez en cuando y la felicidad que nos embarga es plena. Desde entonces nunca hemos dejado de vernos para navidad por un lapso ininterrumpido de treinta años. Ella continuó trabajando por mucho tiempo hasta cuando cerraron el consultorio, siempre acompañando a la psicóloga. También supe que asistía a una sesión mensual de terapia de hipnosis porque padecía de similares trastornos a los míos en especial de pánico y misantropía y era el recurso que la mantenía a flote para poder soportar el absurdo de este mundo que nos ha tocado en suerte. Bella siempre ha sido una criatura muy frágil igual que su candorosa voz de ángel que desde entonces me sirve de bálsamo y compañía.
No piensen que no pretendí romper con el rito y la ceremonia de las visitas distantes para resguardarnos de una buena vez bajo el mismo techo. Lo intenté de verdad, pero no pudo ser. Ella siempre me recordaba que no quería perder mi amistad y que por lo tanto hasta cuando no se sintiera bien segura no iba a dar un paso adelante. Y para mi desamparo total, nunca estuvo lo suficientemente segura.  La amistad pudo más que el amor. Y quizás por eso ha durado tanto nuestra relación.
Ahora, me estoy cobijando al máximo con ropa gruesa, con la bufanda y el abrigo, con el gorro y los guantes porque me dispongo a tomar el Metro y a pasar la noche de Navidad en casa del «amor de mi vida». Me arropo bien porque con la edad, el ríspido frío y, sobre todo las ráfagas de viento helado se convierten en una especie de hojillas metálicas que penetran la piel socavando la poca tibieza que aún pervive. Ya tengo los labios cuarteados de tanta nevisca y el alma arrugada  de tanta desolación. Vale la pena hacer el viaje. En mi memoria el tiempo no pasa y percibiré a Bella, — a B-e-l-l-a—, en sus plenos cuarenta años, como aquella primera vez que la vi mirándome tímidamente con sus ojillos risueños. Me abrirá la puerta de su casa saludándome con ese ¡Hola!, sonriéndome, cerrando los ojos por un instante y bajando la cabeza como adolescente azorada y perpleja.
Como dos niños deslumbrados reviviendo su infancia dichosa, platicaremos hasta el amanecer al calor de las llamas abrasantes de  la chimenea que se ceban con la madera rojiza y sibilante; y la dulzura de sus palabras me engolosinará el espíritu hasta que el sueño nos doblegue.