19 dic. 2010

Cuento de navidad : Isabela. Por José Díaz-Díaz

                       
      Lo recuerdo como si fuera ayer. Era la voz nítida de la secretaria del consultorio que me llamaba por teléfono para advertirme que  el día siguiente  a las diez de la mañana debía acudir a la oficina médica. Se refería a la cuarta sesión terapéutica  de hipnosis. Hipnosis en tiempos de navidad, pensé. Qué le vamos a hacer. En qué rollos me meto yo.

      Aún encamado estiré el brazo izquierdo y alcancé el reloj que reposaba sobre la mesita de noche, ensanché los ojos para sacarme el sueño de encima y me di cuenta de  que  eran ya las ocho y treinta minutos de la mañana. La voz de la secretaria me llega, ahora, más delgada y afilada como si poseyera un registro de soprano coloratura. La percibo un poco aniñada a pesar de que yo le pongo por lo menos cuarenta años o eso me pareció en las pocas veces que la he visto fungiendo de recepcionista en la oficina de la psicóloga. Ojos oscuros y pequeñitos escondidos detrás de unos grandes anteojos. Ojos que no quieren mirar, ojos que huyen, me pareció. Un poco rara en verdad, más tímida que yo, Tal vez.

       –¿Me está escuchando, señor Néstor Núñez?-Me preguntó sacándome de mi distracción involuntaria.
      - ¡Oh sí! Por supuesto- repliqué.- entonces le veré mañana ¿ no es cierto?-Remató. Que pase un bonito día.
      - Igual para usted. Respondí.
 Por instantes llegué a sentirla cercana y una ráfaga de calor se coló entre las cobijas estremeciéndome involuntariamente. El hilo de su voz dulzona aguzó mi soledad que justo por la época de navidad solía envolverme de manera  corrosiva.


       Vivía por ese entonces en la Nueva York de los años setenta. Llevaba ya un lustro de haber emigrado de Suramérica. Y aquel tiempo lo evocaba con desacostumbrada claridad pues era el quinto invierno que sufría en La gran manzana y  a ese friíto que cala  los huesos hasta la médula nunca me pude acostumbrar. Estaba domiciliado en Brooklyn,  distrito de Bensonhurst en un apartamento tipo estudio donde me sentía cómodo.
       Aquel miércoles fue un día común y corriente. A las once de mañana y guarnecido de pies a cabeza con ropa gruesa, gorro, abrigo de paño, bufanda y guantes, estaba descendiendo al subterráneo  de la estación M. del Metro que me conduciría en una hora a Manhattan y me arrojaría a la superficie helada en la estación de la calle 14. Menos mal que muy cerca, en el 221 W de la 14 St. se encontraba ubicada la librería Macondo donde yo trabajaba desde su apertura dos años atrás y la cual, ahora lo recuerdo con acritud, fue cerrada por orden de la Corte del décimo distrito, treinta y cinco años más tarde en el 2007 ante la imposibilidad de  poder pagar la renta debido a un bajón sostenido en la venta de los libros en español.
      Los peatones caminaban con paso rápido abrigados hasta las orejas y sin mirar para ningún lado, eran sombras que exhalaban en su respiración agitada vahos de humo blancuzco como si se estuvieran quemando por dentro. Y en verdad que el frío quema, pienso ahora. Bueno, yo también caminaba reconcentrado en mis pensamientos. Los dientes me rechinaban de manera instintiva, mientras me invadían unos acordes lejanos de música de blues que me enternecían sin causa aparente. Solo una cosa me inquietaba y era que la voz dulzona de la secretaria no se me salía del cuerpo. Una sensación estúpida pero agradable me acompañaba sin saber porqué, era como si su hilo de voz en la exigua conversación que sostuvimos, me hubiera inyectado en las venas, en la piel y sobre todo en la memoria un chorro de elixir extraño que me producía una efecto sedante de felicidad, de constante expectación, de querer estar con ella.

       Y llegó el jueves. Fueron veinte minutos más del viaje acostumbrado en el Metro sin necesidad de cambiar de ruta. La oficina estaba ubicada una cuadra al oriente del Central Park que lucía blanco como una sábana pues la noche anterior había nevado un poco. No mucho pero sí un poco. Subí por la escalera al segundo piso, me sentí tranquilo, eran justo las diez de la mañana.
 La secretaria me sonrió al verme, yo también hice lo propio. Me sonrió enigmáticamente, o así lo capté. Me desestabilizó de momento. La sala de espera estaba vacía. Me acerqué a su escritorio y le dije: Hola. Como si la viera por primera vez descubrí en su rostro blanco de facciones finas un hermoso y bien cuidado cabello negro. Ella me respondió: Hola, sonriendo de nuevo, cerrando los ojos por un instante y agachando la cabeza, lo cual me sorprendió aún más. Esas cuatro letras <<h-o-l-a >> susurradas con ese encanto irresistible me aflojaron las piernas.

-         Siéntate- dijo- En unos tres minutos te va a atender la terapeuta.
-         Gracias-atiné a responder-Te ves muy lindas hoy -me atreví a decirle.-perdón, ¿Cual es tu nombre?
-         Isabela- dijo -pero puedes llamarme Bela.
-         Así lo haré, Bella- Respondí con mi rostro iluminado. Se volvió a sonreír y yo me froté las manos enfundadas en los bolsillos del abrigo contra mis piernas desfallecientes.

      Un silencio se apoderó del ambiente y en segundos apareció por la puerta del consultorio la terapeuta vestida con una bata blanca,  indicándome de manera amable que la siguiera. Así lo hice.
      Era la última sesión del tratamiento. Y a decir verdad, me sentía curado  de esa horrible sensación de pánico, de vértigo y de extrañamiento que me tenía postrado y que me había obligado a pedir auxilio profesional. La psicóloga logró con su técnica de hipnosis restituir en mi subconsciente la imagen y la memoria  de mi niñez perdida con lo cual recuperé mi capacidad para el asombro, para disfrutar el goce lúdico y para sentirme centrado en una ciudad afamada por endurecer a sus habitantes.
Cuando abandoné el consultorio, la recepción estaba vacía.

     Pasó una semana, yo me sentía muy tranquilo. A mis treinta y seis  años ya sabía que la juventud era un  espejismo, una ilusión tan pasajera que la vida le jugaba a uno para hacerlo creer que era fuerte. Y esa fortaleza estaba desapareciendo a pasos agigantados. Me sentía frágil e inseguro, la ciudad parecía que se me venía encima, la soledad me doblegaba. La incapacidad para mantener relaciones estables me aislaba de la gente. Pero la terapia me puso otra vez como un toro y la oportunidad de entablar una relación sentimental con Bella me disparó al paraíso de mi niñez de donde nunca debí haber salido. Por todo eso me refugié en el mundo de los libros puesto que la realidad me era insoportable. Por todo eso la librería Macondo sustituía un hogar real para convertirse en mi hogar de ficción. Por eso viví allí treinta y tres años, hibernando, encuadernado entre portadas y contraportadas, saltando de solapa en solapa. Espiando el mundo exterior sin que me vieran, como una hoja de papel que se resguarda en el cuerpo de sus hermanas gemelas.
     Por eso, cuando me asaltó el presentimiento de compartir con Bella un retazo de mi existencia, el corazón me saltó de manera inusual, y entonces fue cuando tomé la decisión de llamarla y lo hice de inmediato. Ella siempre con  su voz de flauta dulce conversaba conmigo y su alegría me llegaba a través del  teléfono inundando mi interior de energía color naranja y de euforia. Las conversaciones más entrañables  las sosteníamos en las noches cuando ella se encontraba reposando en su casita del barrio de Jackson Height en Queens. Había nacido en San Juan de Puerto rico y sus padres, que ya murieron, la trajeron a la edad de seis años, junto con su único hermano Alberto quien ahora vive en San Antonio,Texas. Después supe que Bella nunca se había casado. Un noviazgo traumático la paralizó para emprender en adelante  compromiso amoroso alguna.

     Nuestra especial relación ha durado por todo el resto de nuestras vidas. Ahora ella tiene setenta y dos años y yo sesenta y ocho. Somos viejos. Nos hemos visto una vez al año, para navidad, por un lapso ininterrumpido de treinta y un años. Ella continuó trabajando por mucho tiempo hasta cuando cerraron el consultorio, siempre al lado de la psicóloga. También supe que asistía a una sesión anual de terapia de hipnosis porque padecía de similares trastornos a los míos en especial de pánico y misantropía y era el recurso que la mantenía a flote para poder soportar el mundo que le había tocado en suerte. Bella siempre fue muy frágil igual que su voz de ángel que siempre me acompañó.

     No piensen que no pretendí romper con el rito y la ceremonia de la visita anual. Lo intenté de verdad, pero no pudo ser. Ella siempre me recordaba que no quería perder mi amistad y que por lo tanto hasta cuando no se sintiera bien segura no iba a dar un paso adelante. Y para mi desamparo total, nunca estuvo lo suficientemente segura.
 Ahora, me estoy cobijando al máximo con ropa gruesa, con la bufanda y el abrigo, con el gorro y los guantes porque me dispongo a tomar el Metro y a pasar la noche de Navidad en casa del amor de mi vida. Me arropo bien porque con la edad, el helaje y sobre todo el viento se convierten en hojillas metálicas que atraviesan la piel. Ya tengo los labios cuarteados de tanta nevisca y el alma arrugada  de tanta desolación. Vale la pena hacer el viaje. En mi memoria el tiempo no pasa y percibiré a Bella en sus plenos cuarenta años, como aquella primera vez que la vi. Me abrirá la puerta de su casa  saludándome con ese ¡Hola! Sonriéndome, cerrando los ojos por un instante y agachando la cabeza.
 Como dos niños deslumbrados reviviendo su infancia paradisíaca, platicaremos hasta el amanecer al calor de las llamas abrasantes de  la chimenea y la música de sus palabras me engolosinará el espíritu hasta que el sueño nos doblegue.  


Nota: Este cuento hace parte del libro de relatos: Los ausentes. Ordénelo por Amazon en su versión en papel o e-book.

4 dic. 2010

Vargas Llosa y el erotismo en la literatura.

      Delville-Escuela Platón

     Uno de los temas recurrentes en la extensa obra narrativa  de Mario Vargas Llosa quizás sea el del erotismo, por su constante presencia como ingrediente  en la mixtura de elementos que constituyen el cuerpo de su escritura. Rastreando algunos de sus Ensayos entre los cuales están  La Orgía perpetua (1978) y La verdad de las mentiras (2002) se puede deducir que  le concede una importancia primordial al concepto de Erotismo en cuanto a considerarlo un componente enriquecedor del texto literario que debería estar presente en toda obra de calidad.

      Vargas Llosa Conoce desde muy joven, desde sus inicios como escritor, por allá desde sus años de estudiante universitario  cuando fungiendo como asistente de bibliotecario en el club nacional de Lima, las diversas teorías, duras y blandas, sobre el tema en cuestión. Desde la pornografía literaria del  Marqués de Sade, (Justine[1791])  hasta los más profundos símbolos de la sexualidad humana desarrollados en sus diversos estudios teóricos y narrativos por Georges Bataille, (Historia del ojo[1928]) y por supuesto,  disfrutará de las más sobresalientes obras de la literatura erótica a partir de la lectura de la colección Los maestros del amor, dirigida en Francia por el escritor surrealista Guillaume Apollinaire.

      En unas cuantas de sus innumerables charlas y entrevistas, el nóbel peruano  se ha referido a la importancia  de la literatura como agente que  ayuda a potenciar esa dimensión creadora del hombre en su cotidianidad, al agregarle ese valor de ficción, de fantasía y de imaginación, que a través de un lenguaje escrito, lo empuja a descubrir una dimensión cultural enriquecida para acceder a degustar el goce, la  exploración y la recreación de  nuevas experiencias vitales. De este modo, el ingrediente del Erotismo en la obra literaria es el propicio para espolear la sensualidad inmanente en todo sujeto y de propiciar un tipo de comunicación de calidad superior siempre y cuando la ficción que se ocupe de lo sexual alcance un determinado coeficiente estético que lo distancie de lo meramente pornográfico.

      Dentro de este contexto, en sus obras Elogio de la madrastra ( 1988) Los cuadernos de don Rigoberto (1997) y Las travesuras de la niña mala (2006) principalmente, encontramos una alta dosis de contenido erótico, que a mi modo de ver y obedeciendo a los conceptos defendidos por el mismo autor, emanan de las obras de manera natural aunque reguladas por la voluntad calculadora del escritor. Una especie de erotismo a cuenta gotas. Sin embargo, esa dosis por lo general no viene dada por simples descripciones de personajes y su interrelación, de argumentos y tramas que se acomodan para exaltar momentos inflamados de pasión o de escenas íntimas sino que el fondo y entorno erótico está dado por la forma en que el lenguaje, casi siempre barroco, se transfigura y recrea en sí mismo espacios nuevos en donde el lector no puede menos que conmoverse y dejarse llevar por un rapto de excitación. Recordemos que el erotismo es el triunfo de la cultura por el ejercicio de la imaginación sobre la naturaleza. Y eso es justamente lo que persigue el escritor. Abrir ventanas, desatrancar compuertas.

      En cuanto a los lineamientos conceptuales sobre el tema que nos ocupa,, Vargas Llosa adhiere en la práctica a los postulados que enuncia Georges Bataille en su obra Erotismo (1957) y a los indicados por  Michell Foucault en su extensa e inconclusa  obra Historia de la sexualidad (1976-1984)   entendiéndose este concepto como una sexualidad transfigurada, en donde el sentido último del erotismo es la fusión, la continuidad, la supresión de limites entre el sujeto mismo y entre el sujeto y su pareja, o entre el sujeto y sus acompañantes. Debemos entender, entonces, que al erotismo le interesa el goce, el placer y la vida no la reproducción y que el género humano a diferencia de los animales es el único que puede convertir  la pulsión sexual en erotismo sin que medie la intención de la procreación. El ejercicio del erotismo constituye una practica de libertad individual y privada de gran contenido liberador y catártico que el sujeto ejerce como un verdadero ascenso hacia la aprehensión de dimensiones humanas más integrales complejas y totalizadoras.

       En este sentido, el ejercicio del erotismo surge cuando el individuo es capaz de desprenderse del interdicto, de la prohibición y de la regla. Si hay conciliación con el interdicto, ya no hay erotismo. Se hace imperativo transgredir el tabú, el pudor, el recato, para alcanzar lo obsceno que es la desnudez del cuerpo y de la conciencia. Al superar las restricciones impuestas por la norma, por  la mojigatería, por la pudibundez o la tendencia de demonizar el sexo, la acción erótica se aviene más con la clandestinidad y la privacidad  que con la normalidad plana. En tal sentido, Vargas Llosa dice en boca de uno de sus personajes de Los cuadernos de don Rigoberto:  “Gracias a los colegios de monjas, el mundo esta lleno de mesalinas.”

     En todo caso, una obra literaria no es buena simplemente porque desarrolle o no el tema del erotismo pero sería raro encontrar una narrativa superior sin que contenga una buena dosis de él. Total, el tema de lo erótico-sexual se encuentra en la raíz de los elementos que conforman el psiquismo humano y la escritura lo que hace es recoger aquellos signos, señales y símbolos tales como los de la violencia, el poder y la muerte que conjuntamente con los ritos y ceremonias, con la interrelación entre débiles y fuertes entre lo masculino y lo femenino (eros y thanatos) y hasta en lo andrógino, caracterizan y modulan el ser en el mundo del género humano. Por todo esto y otras cosas, Mario Vargas Llosa llegó a afirmar que sin literatura no hay erotismo.




17 nov. 2010

Los colores de la incertidumbre Relato inédito de José Díaz-Díaz Capitulo XII


Aquella noche de jueves fue inolvidable para Armando. Como todas las noches que pasa con ella. Heather penetra en el cuchitril y exige una copa de vino. Se acomoda en el único mueble que hay en el angosto cuarto, un anticuado sofá de forma arquitectónica decadente color crema, blondo a pesar de viejo y le echa mano al cojín color marrón que encuentra al alcance de su brazo. Armando le sirve la copa de vino y enseguida abre una botella plástica de agua y se manda un sorbo para acompañar a la visita. ¡Salud!, ¡salud! se dicen. Él la mira con sus ojos apaciguados sentado en su estrecho camastro y ella sonríe. Buen vino, piensa, pero no dice nada. Realmente es una connaiseur de vinos pero nunca se jacta de ello. Utiliza el cojín como una almohada, se zafa las botas color caoba y estira el cuerpo a lo largo del sofá, sonríe y le dice que lo encuentra bien de semblante. Él asiente con la cabeza, sabe que es verdad, que de alguna manera lleva una vida sana y saludable. Ella comienza la perorata quejándose de sus padres. Es octubre y a finales de mes ya vendrán a apropiarse del apartamento por otros seis meses. Es la regla desde que están jubilados. En otoño e invierno viven en Florida. Huyen de las nevadas y del frío que se cuela hasta los tuétanos. Primavera y verano, otra vez  en New York.  Los odia y los desdeña sin razón. Desde el inconsciente. Como única hija lo ha tenido todo, lo que se dice todo. Pero nada, su malcriadez  destroza  sin ningún respeto ni contemplación hasta el amor familiar. “Su mansedumbre me revienta”. Suele gruñir.

 Ahora, le alarga la copa a Armando para que se la llene de nuevo, él le hace un gesto cordial con la mano derecha para que se sirva directamente. Las dos botellas serán para ella y  se las zampará sin remordimiento alguno. Sigue pensando en sus padres. ¿Porqué no se quedarán de una buena vez por todas en New York y la dejan vivir a sus anchas en el apartamento de Miami Beach? Armando se distiende y le cuenta la anécdota del botero flaco, ella sonríe y le dice que de buena gana cogería un alfiler para desinflar todos los boteros gordos que encuentre a su paso. La única redondez que le gusta y así lo admite es la de la barriga de las embarazadas pero la suya nunca será oval porque es misántropa y jamás tendrá hijos. Armando tampoco ha tenido hijos ni los tendrá en eso sí están de acuerdo sin haber buscado tal coincidencia. Basta ver lo que se ve afuera para estar de acuerdo. Él traga otro buche de agua. Ella se reacomoda, se endereza y extrae de su mochila un tabaco de marihuana y de inmediato lo prende y comienza a fumar. Armando se levanta y abre la minúscula ventanuca para que el aire se renueve con la ayuda del aroma de las flores provenientes de la pérgola. Heather estira la mano para invitarlo a fumar pero él declina el ofrecimiento. Lleva tantos años que no fuma y ya no lo volverá a hacer. Estuvo en drogas por mucho tiempo, pero eso ya es cosa del pasado. No lo hago y es mi libertad y punto, parece pensar. El ambiente se ablanda en la medida que las volutas de humo se elevan y chocan contra el techo que no es muy alto. Esa luz del techo me molesta. ¿No hay manera de usar otra luz? Armando asintiendo la apaga y prende  la pantalla de la mesita de noche. Es una iluminación más bien blanca, lechosa como especial para leer o para meditar. Ella suspira, se reacomoda y dice algo entre dientes que ninguno de los dos entendemos. ¿Estas piloteando bien la traba, o qué? Calma, querido. Responde ella. Esta sí  que es una sedación del carajo, floto y refloto sobre un muladar de flores esparcidas sobre lenguas de un azulvioleta que me zarandean y juegan con mi cuerpo de ola. Ella es una ola que navega entre el sofá y el bajísimo techo de la buhardilla. Armando la mira con actitud estólida, se frota los ojos y la vuelve a mirar. Flota. La miramos. Sí. Flota en verdad. Armando apura otro sorbo de agua. ¡Joder! Gritó. Las alucinaciones también se pegan. Se puso de pie, a pesar de no ser nada alto, su cabeza casi choca con el techo. Estiró las piernas. Se desplazó al baño caminando de medio lado y meó. El sonido del chorro de orina le sonó como una cascada que en buen momento tuvo la virtud de sacarlo a la realidad. Volvió a la cama, igual caminado de lado por lo angosto del pasillo. Ella continuó en su ensoñación en un silencio solo interrumpido de vez en cuando por murmuraciones intermitentes que salían de sus labios entreabiertos. Por la expresión de su rostro daba la sensación de que bordeaba los umbrales  de un goce ahogado y púdico. Parecía que se frotaba los muslos. Las imprecaciones parecían ambiguas, digresiones entre hipos apagados que iban desde el sentido de lo sórdido hasta las bondades sinuosas de la castidad.

Parece que dijo ver y oír: efebos andróginos, letanías perpetuas, sangre aguada, viscosidades metálicas, líquido espermático, ojos vítreos, un ángel custodio; cuerpos apelmazados, dulcísimos cánticos, salitre mohoso, limo y pátina platinada, muladares de oro, hornos de diamante, jadeos agonizantes, más jadeos; fisuras cavernosas, amaneceres mutilados, nodrizas adolescentes, serpientes hechizadas, campos de concentración, alambradas de neón, salmos sincopados, mantras antiquísimos, vísceras aún calientes, lengüetazos sacrílegos, visiones truculentas, escupitajos, signos cabalísticos, carcajadas malignas, velones, rojas rosas efervescentes, vaginas dentadas, criaturas lactando, sombras astrales, el sonido de un gong, bailarines beodos, música de gong, la llegada de la primavera, más música de gong, gong, gong.
Así transcurrió como una hora la cual Armando aprovechó la pulsión apagada de la carne para leer unos cuantos poemas de Bukowski. Le gustó en particular ese poema cuyo título se podría traducir como: “Consejo amistoso a un montón de jóvenes.” Pensó en Bukowski y pensó en sí mismo. Se comparó. Los dos amaron las carreras de caballos y las apuestas. La gran diferencia era que el poeta disfrutaba las carreras sin más, mientras que él perseguía vanamente multiplicar su fortuna a costa de ellas. Pero de todas maneras, el poeta murió asqueado del mundo y él moriría reconciliándose con el mundo. De repente, la ola se sienta. ¿Qué pasó, rey? Pregunta la ola. Nada. Aquí leyendo a Charles. Ah verdad. Pues que comience el recital. Pero dame un break y venga la otra botella de vino. Y diciendo esto se levanta, se estira y se dirige al baño. Sus rodillas alcanzaron a rozar el camastro. ¡Mierda! Aquí no hay espacio para nada. ¿Cuándo es que te vas a mudar de esta porquería? Avanzó de lado hasta que conquistó el inodoro. Se subió con ambas manos el batón, se bajó las bragas hasta las rodillas adoloridas. Sobre su pantorrilla derecha reposaba tatuado un pájaro extraño cuyas alas abiertas parecían querer abrazar toda su pierna. Se sentó. El silencio era tal que el ruido de los meaos sonaron como un disparo acuático sobre un lago congelado, mientras las pupilas de sus ojos en blanco y agrandados se alzaban hacia el vacío con una elemental expresión de extravío. Heather reapareció sonriendo. Abrió el refrigerador sacó la botella y se sirvió otra copa de vino.  Su exquisito pescuezo saboreó el excelente vino espumoso. Alcánzame una botella de agua, le ordenó el dueño de casa y ella obedeció. Le alargó el frasco con una mano mientras que con la otra le acariciaba suavemente la mejilla. Su mano estaba cálida y sensual hasta tal punto que Armando alcanzó a percibir cómo automáticamente se le estremecía el colgandejo con el corrientazo que le produjo la caricia, a la vez que sus riñones acusaban una punzada entre dolorosa y placentera. Heather se sentó.  Sabía que la fiesta apenas había comenzado. Tomó su mochila la abrió y buscó con ansiedad e impaciencia algo que solo ella conocía. Encontró la bolsita plástica la rasgó y regó su contenido sobre la mesita de noche. Con el filo de la mano juntó el polvillo blanco hasta el borde de la mesita, se acurrucó muy cerca, estiró el cuello y esnifó a fondo. Ahora sí a leer bien concentrados. Dijo. Le rapó el libro de las manos a Armando y comenzó a leer por el final:  “No lo intentes”.

27 oct. 2010

La novela postmoderna y James Joyce


      Si alguna vez tuviésemos que preguntarnos, quien comenzó a escribir  la Novela con las técnicas que hoy se utilizan, tendremos que darle ese puesto de padre y pionero al irlandés James Joyce (1882-1941), un dublinés inconforme a fondo y sacrificado por lo que fue su vocación, la Literatura. Inmigrante a morir, muy joven, se desplaza a Francia e Italia y otros países de Europa, siempre buscando un lugar menos anodino en sus valores y costumbres para vivir y para lograr publicar sus obras lo cual no le fue nada fácil.

   Y la suerte le sonríe cuando conoce al poeta norteamericano Ezra Pound, en 1913 y éste al interesarse en su obra le ayuda a publicar  uno  de sus libros hoy más  populares,  El retrato del artista adolescente. El protagonista Stephen Dedalos, alter ego del autor, construirá su vida como si se tratara de la creación de una obra de arte, al estilo ético de Michel Foucault, concepto que el pensador francés décadas más tarde  propusiera como un imperativo existencial válido para darle  sentido a la vida.

 Joyce tiene también en su haber el estupendo trabajo que realizó sobre un tema apasionante en la literatura: La Epifanía. Se trata de hacer emerger del fondo del personaje un sentimiento revelador de una verdad escondida. Se trata de un darse cuenta de modo repentino de algo que cambiará su vida para siempre. Normalmente es una verdad nueva y conmovedora que le da un viraje total al ser del personaje. Estas Epifanías las desarrolla, particularmente  en sus cuentos cortos editados con el título de Dublineses (1914) Sugestivas narraciones de un realismo de nuevo tipo que se pueden leer  en un par de horas.

   Pero la obra fundamental de este rebelde escritor de formación jesuita, admirador de Aristóteles, de Dante, de Tomás de Aquino, es decir centrado en la cultura de Occidente, es su novela Ulises (1922) retrato patético de un Dublín gris y de una humanidad del mismo color. Leopold Bloom y su mujer  Molly Bloom  serán los personajes principales encargados de transportarnos en su odisea existencial en 24 horas por los principales mitos y símbolos de la cultura de Occidente.   Allí se hermana con el Ulises homérico y recrea los mitos que la Odisea elabora. Allí desarrolla  a fondo  sus novedosas técnicas, abandona el manejo del tiempo lineal de la novela hasta entonces vigente; le da vida también a sus personajes a través de sus famosos monólogos interiores y el torrente incontenible de un fluir de conciencia desbocado y justiciero, de una descarga emotiva  que, entre otra características, elevó estéticamente dentro de esa forma y a partir de personajes que se narran a sí mismos, los conceptos de obscenidad y vulgaridad  a un nivel de aceptación literaria, dada la necesaria comprensión de  que dichas expresiones verbales constituyen el desagüe y el desahogo erótico y existencial de un ser humano humillado y ofendido. Dicho fenómeno verbal es como un río de sentimientos aflorados que constituyen un discurrir arbitrario del inconsciente ( Ver cartas eróticas de James Joyce.) En adelante, el uso de este tipo de vocabulario duro y seco, áspero y directo definitivamente influenciará a los nuevos escritores, consolidando un nuevo modo de escribir, donde “lo oscuro” tiene un espacio verbal para escapar y mostrarse en la superficie. Es el ejercicio de una estética profunda donde el lenguaje libera la conciencia y abofetea una moral cimentada en la prohibición y la culpa. Con algunos de estos basamentos Joyce construirá e interpretará en la literatura un nuevo momento histórico, el de la Modernidad. El de la permisividad y la tolerancia. El del caos y la desesperanza. El fin de la utopía.

El manejo del tiempo en la novela, quizás sea una de sus innovaciones más importantes para la historia de la literatura de todos los tiempos, según lo afirma Milan Kundera en su ensayo El arte de la novela (1960) Si con Marcel Proust En busca del tiempo perdido  (1913-1927 ), la novela se centra y se apropia del tiempo pasado, en la memoria, en el ayer; y con la literatura de Franz Kafka el tiempo se nutre de un sabor de inquietud e incertidumbre centrado en la anticipación de un futuro de abatimiento y absoluta debilidad; en la obra joyciana y en particular en el Ulises, el tiempo cíclico y de un presente continuo vertical estacionario, nos fija y nos ata, alejándonos de cualquier pasado, y de todo futuro. En efecto, toda la acción de la novela transcurre en 24 horas de un presente aplastante y fulminante, donde la vida toda de los protagonistas se vacía en su totalidad.

 De otra parte, Joyce logra en su proceso transformador y experimental de las técnicas y filosofía de la novela llegar hasta un punto límite en donde el lenguaje por sí mismo se convierte en personaje dejando atrás a los demás protagonistas. Muestra de ello es su último libro Finnegans wake (1939) de muy difícil traducción al español ya que la propia obra en inglés involucra palabras y formas lingüísticas de más de sesenta idiomas lo cual lo hace ininteligible para lectores no especializados.

   Inmigrante rebelde, James Joyce,  vivió y luchó por lo que consideró importante, sufrió y padeció  la escasez económica, la incomprensión  de sus contemporáneos, pero cumplió a  mares sus metas  de orientar  y señalar el cauce de una nueva literatura, sin tapujos, sin dobleces, sin temas tabú, tal como quiso que fuera el espíritu de la humanidad: que se mirara a sí misma cara a cara  en su dolor y en su alegría, única forma de ser auténticos.

4 oct. 2010

Apreciaciones sobre: El principito. Por José Díaz- Díaz

   
 Pierre Antoine de Saint Exupèry,  francés  de Lion, nació con el siglo veinte y  justo en los fragores de la segunda guerra mundial( l943)  publica “ Le Petit Prince”, cuento que  ocupa un lugar de preferencia entre  las pequeñas grandes  obras de la literatura universal de siempre.

 No es fácil abordar el análisis de  una obra maestra  de esta categoría, pues su misma sencillez  y su infinita riqueza  de significados nos conducen inevitablemente  a contenidos de notable importancia  en cuanto a la comprensión del comportamiento humano.
Si entendemos que la literatura es un Arte y el objetivo del Arte es  el de proporcionar placer estético al lector, entonces, la primera lectura de “ El Principito”, bastaría para dejarnos satisfechos, complacidos, además de agradecidos con este autor que legó a la humanidad  una hermosa creación que  nos subyuga a todos.

Pero cuando nos adentramos en una segunda, tercera o cuarta lectura de su pequeña obra,  no podemos menos que sobrecogernos  ante la riqueza de símbolos y analogías que en ella encontramos, todos girando alrededor  de la vida infantil y del comportamiento humano adulto.

 Entre las reflexiones del  autor que a su vez protagoniza la trama del cuento y sus diálogos con su Personaje el niño príncipe, vamos siendo conducidos  hacia una Crítica  de los valores fundamentales  de nuestra civilización: el hombre contemporáneo ha perdido la brújula  del sentido auténtico de la vida y sus Valores están trastocados.
La niñez de nuestra civilización giraba alrededor  de un valor central: lo lúdico y lo placentero, ahora gira  sobre lo utilitario. El hombre-niño era feliz; el hombre adulto es desgraciado.

 Igualmente, el hombre adulto olvida pronto su niñez, esa etapa histórica de su evolución, ese estado psíquico primordial y naciente de la humanidad; se separa del niño que fue, dejando tras de sí,  el juego, la bondad, la ternura, la fantasía y el sentimiento de asombro  ante la magia de la belleza y de la naturaleza,  para entregarse al utilitarismo y doblegarse ante un sistema de valores  “supuestamente serios” que lo separan y enajenan de su esencia real.

    El hombre de  hoy lo compra todo, pero vive con una profunda sensación de soledad pues al no existir “vendedores de amigos”, no los puede comprar. Al respecto,  el personaje central  nos dice: “—Conozco un planeta donde vive un señor carmesí. Este señor  jamás ha olido una flor, jamás ha contemplado una estrella, jamás ha amado a nadie. Nunca ha hecho más que sumas  y todo el tiempo repite como tú  “Soy un hombre serio! Soy un hombre muy serio. Y esto lo hace hincharse de orgullo,  pero no es un hombre, es un hongo!” En verdad, se hinca ante el dios-dinero y menosprecia su riqueza interior de ser humano.

En efecto, para  Saint Exupèry, el valor central de su Ética radica  en la belleza y la verdad, principios pisoteados por el hombre de hoy ahogado en su tinglado social que lo acorrala irracionalmente en una incesante y agobiante búsqueda de bienes materiales. Ya lo decía Federico Nietzsche  en  su libro “ El origen de la tragedia” (1871)  al indicar  que el hombre en su evolución al someterse a la Razón   como instrumento para alcanzar la Verdad, abandonó su anterior estado de felicidad,  caracterizado por llevar una vida contemplativa, de éxtasis permanente ante la belleza del cosmos, que como un ser mágico, orientado  por una concepción mitológica del mundo, por unos ritos que lo centraban  en palpitante comunicación con la naturaleza y por una auténtica relación atávica y dionisiaca con sus más profundos ancestros, sentía la vida con auténtico júbilo y regocijo.

El relato de El principito, aborda con la inocente disculpa de ser una literatura para niños, el complejo y problemático tema del papel de una educación que está más al servicio de la alienación  de la vida que la de potenciar su pleno disfrute. A su manera, Saint Exupèry  desarrolla en una perfecta metáfora lo que unos cuantos años antes Hermann Hesse en su primera novela Bajo las ruedas (1906), puntualizara acerca del dolor de abandonar la niñez y la adolescencia para someterse y doblegarse en cuanto adulto, a la férula de la normativa institucional.

No quisiera terminar este brevísimo análisis sin citar la frase donde  el escritor (apasionado en pilotear aviones y descender  alborozado  en el paradisíaco estado del alma infantil), nos entrega  su secreto que nos guiará hacia la  verdad  de la comunicación humana: “...Es muy simple... no se ve verdaderamente  más que con el corazón. Para los ojos, lo Esencial es invisible...”.
Así pues, mis amigos, dejemos salir de vez en cuando ese niño que llevamos dentro. No lo ahoguemos ni escondamos.  Que él no sabe de preocupaciones, ni de futuro ni de miedos y sí mucho de desmesura, de  asombro y  de arrojo.

Enlaces temáticos: En busca de la infancia perdida. José Díaz- Díaz.
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26 sep. 2010

Literatura para principiantes José Díaz -Díaz


Amigos lectores: a partir de la fecha encontrarán intercalados en Arando sobre el agua, algunos mini-ensayos tomados de mi libro Literatura para principiantes, que complementarán los ya acostumbrados comentarios y reseñas sobre la novela El último romántico, además de las noticias sobre eventos y presentaciones  de la novela. Bienvenidos los comentarios porque con ellos se activa la palanca de la comunicación que en el fondo, es lo que más importa.
Sincero saludo.


Introducción.




Como su título lo indica, el objetivo primordial de la presente colección de mini ensayos es simplificar al máximo la complejidad que algunas veces representa para el lector común, un acercamiento a la poesía y a la narrativa.

En este sentido, y con el afán de que el delicioso bocado literario llegue a la mayoría de quienes buscan  plenamente el goce de la lectura, he dado cuerpo a esta compilación de escritos. En consecuencia, al contrario de una crítica rigurosa y formal, académica y dirigida a especialistas, el lector encontrará en ellos breves y sugestivas reflexiones puntuales sobre textos y autores, escogidos a la luz de una mirada subjetiva hispanoamericana. Es esta una selección guiada por una desprevenida intuición estética, en la que el amante de la lectura se topará con  elementos de juicio que le servirán de herramientas para penetrar en el panorama literario al que está poco familiarizado.

Deliberadamente, no he asumido esta tarea a partir de estructuras predeterminadas, ni de géneros, estilos o escuelas, como tampoco de corrientes o tendencias literarias que buscan metodizar la supuesta enseñanza de aprender a leer. Sin embargo la investigación que soporta los artículos conduce a reconocer  la determinante unidad indisoluble entre Filosofía, Historia y Literatura. Tampoco utilizo un vocabulario estrictamente técnico, puesto que mi intención primaria es facilitar la comprensión del mensaje a un público no profesional dentro del área que nos ocupa.  Son textos muy cortos que buscan enfatizar el sentido de la presencia dialogante del lector y del autor, como polos interactuantes dentro de un fenómeno especial de comunicación. Resaltar la carga ética del mensaje y del autor, se me impone como actitud obligante.


Entiendo que toda crítica sobre Arte y la literatura es uno de sus productos más   complejos- conlleva como sello inevitable las huellas ideológicas y culturales subjetivas del ensayista, al igual que la crítica de una escuela o corriente determinada que disecciona un texto a la luz de sus iluminados principios. En este sentido también, es necesario hacer notar que el crítico viene a configurarse como un cuarto agente, y que juega un rol especial, entre los tres ya consabidos emisor- obra-receptor.
 Pero sobretodo, asumo el texto literario como un producto limitado por coordenadas espacio-temporales que van a caracterizarlo y a explicar la historicidad  del mensaje al que el crítico está abocado.

 Sabemos que muchas de las  publicaciones literarias de la actualidad no obedecen a una clasificación con criterios estéticos, lo que inclina al mercado a ofrecer obras de dudosa calidad.  De un modo perturbador se impone como juicio de selección  el interés económico -que desdeña el criterio estético- a través del status mediático, los consorcios editoriales y la industria cultural. En consecuencia, las estanterías se abarrotan de contenidos orientados más a manipular, a imponer temas amarillistas o crónicas de moda como sucede con la narco-literatura que salvo muy pocas excepciones, tienen una bajísima calidad literaria por no decir nula. Los textos de verdadero talante literario que cumplirían  la función de divertir y distraer, de recrear, sensibilizar y potenciar la riqueza oculta en la conciencia del inadvertido lector, queda esperando en la antesala de los editores.

Pero como presencia antagónica, no es menos cierto que muchos poetas y escritores toman con profunda seriedad y vocación irrenunciable su destino de asumir los retos  del verdadero Arte, que son entre otros los de seducir con su lenguaje, inducir en el lector el goce estético a partir de la rica sensibilidad que se encuentra latente en su conciencia, y la de producir un sentimiento de voluntad y deseo de optar por una catarsis transformadora de su realidad interior y a la postre exterior, al contacto con la obra y con el descubrimiento de su mundo real.

El Arte en definitiva no es más que eso: un ramalazo de éxtasis, un banquete estético para los sentidos, la inteligencia y el espíritu. Un instrumento para develar el yo profundo y las trampas del entorno social. Y ese festín y esa realidad es lo que el crítico debe ayudar a descubrir.

La novela El último romántico se puede ordenar llamando al número (786) 512-3437 o en las librerías:
 
Revistas y Periódicos
Librería Universal
Downtown Book Center
Barnes & Noble
amazon.com

15 sep. 2010

Narcocultura y Narcoliteratura en Colombia. Por: José Díaz-Díaz

New Violence- White Williams

Partiendo del supuesto de que la Ideología y la Cultura como parte de ella, obedecen en su diseño  a una infraestructura socio-económica que la sustenta, bien podría deducir que parte de  los contenidos de la nueva novelística en Colombia, obedecen a su vez a la influencia que la subcultura del narcotráfico ejerce sobre sus narradores.
Y es que la literatura en general, exceptuando algunos géneros tales como el fantástico o el de ciencia-ficción, se nutre de la realidad inmediata de su entorno histórico. Virgilio describió en Églogas o bucólicas y en Las Geórgicas la  vida pastoril y el  inventario de la producción agrícola del imperio romano. El Decamerón de Boccaccio, dibuja la vida campestre de la Italia del siglo XIV. La picaresca española de los siglos XVI y XVII con El buscón, El Lazarillo, Rinconete, etc nos señala a un personaje central, el pícaro y sus aventuras para sobrevivir. Tolstói  en La guerra y la paz recrea a la Rusia Zarista en la época de la invasión napoleónica. Süskind en el Perfume fabula sobre el negocio de los perfumistas en el París de 1780. En Venezuela Rómulo Gallegos en Doña Bárbara nos familiariza con el comercio y las costumbres de los llanos occidentales de su país. En Perú, la novela sobre el problema indígena no puede ser más elocuente con Ríos Profundos del antropólogo José María Arguedas. Y en Colombia hace lo propio Jorge Isaacs en La María (1867) y las haciendas azucareras del Valle del Cauca. Después, José Eustasio Rivera con La Vorágine (1924) nos instruirá sobre el negocio y la explotación del caucho y de los caucheros en el Amazonas. Uno de sus personajes afirmará proféticamente: “ Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia.”

La novela sobre la Violencia en Colombia parece adueñarse de todo el siglo veinte. Hasta la década de los sesenta se escribe narrativa “en la Violencia”, un realismo pedestre de crónica y anécdota de miseria y dolor. Acordémonos de El nueve de Abril, de Pedro Gómez;  o  El monstruo, de Carlos H. Pareja. En adelante, aparece una literatura más elaborada y con utilización de técnicas sofisticadas y que podríamos llamar como literatura “sobre la Violencia.” En la medida que se toma distancia del fenómeno, la calidad y la técnica van mejorando. Tal es el caso de Noche de pájaros de Arturo Alape o Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, de Alba lucía Ángel ( 1976)

El subgénero sicaresco ( pariente lejano de la picaresca española, por aquello del pícaro y ahora del sicario)y la metaforización del mundillo narco,  surge al mercado con una fuerza impresionante gracias al BOOM editorial que caracterizó a la narrativa latinoamericana a partir de las décadas de los setenta y que internacionaliza la producción de nuestros narradores. Pegados como mercancía de segunda a este tren y con el impulso de los Media, de la industria editorial y en particular de la Televisión, que sin duda alguna favorece la puesta en escena de un tipo de temática macabra y amarillista que es la que más vende y por lo tanto arroja mayor utilidad, la novela sobre el narcotráfico nos invade como una honda en expansión paralela a la misma realidad que estamos viviendo. La subcultura del narcotráfico impone su propia narcoliteratura.

Con Gustavo Álvarez Gardeazábal en El Divino (1985); con Laura Restrepo en Leopardo al sol ( 1993); con Fernando Vallejo en La virgen de los sicarios (1994); y con Jorge Franco, en Rosario tijeras (1999) se inicia el camino hacia una construcción y deconstrucción de los elementos que identifican y racionalizan la presencia en la sociedad colombiana del fenómeno generado por el tráfico de estupefacientes, a pesar de que el escritor aparece no tanto como creador si no como un amanuense o copista intermediario  de un testimonio auténtico. Se realiza un intento por decodificar literariamente causas y efectos, por copiar las relaciones que se establecen con las diferentes instancias del poder, por mostrar los procedimientos de identificación comunitaria y el impacto en el imaginario popular del fascinante y a la vez perturbador mundo de la narco-delincuencia.

 Se intenta una lectura ética de la dialéctica del temor y el deseo, de la atracción y el rechazo, que cual imán prepotente sobre el imaginario popular ganan adeptos a su causa.  Se aspira a  aclarar y elevar a un metalenguaje  el sentido y la fascinación por el enriquecimiento fácil y rápido, que  como solución mágica  acabaría de un plumazo con los dictados del Poder establecido,   superaría el predominio de un sector minoritario dueño de las instituciones y de la ley, en fin, que  terminaría con la prepotencia y la hegemonía sobre el acceso a los bienes y a la riqueza sin necesidad de  poseer un talento empresarial, sin tradición y sin linaje.  

Y es que el fenómeno pareciera tener su propia sociología, sus propias reglas éticas  y estéticas ( la llamada cultura traqueta), y hasta sus propios personajes buenos: los Bacanes. Impone una ambigüedad  moral donde la vida no vale nada y en donde el dinero puede comprarlo todo. El blanqueo de dinero conlleva el blanqueo de sus imágenes de criaturas disminuidas por la imposibilidad de un ascenso social. Es un hecho que la fuerza del narcotráfico arrastra con toda aquella población que por presión o por complacencia terminan enredados en sus redes. El intento de transgresión de las normas establecidas es frontal comenzando por el menosprecio de la vida, y las mafias y carteles que internacionalizan y controlan la producción y distribución de los estupefacientes se hacen tan poderosos que llegan a equipararse en algunos momentos con el poder mismo del Estado.

Es necesario puntualizar que no toda la narrativa que se ha escrito en Colombia durante estas cuatro últimas décadas cae evidentemente dentro de este subgénero. Baste mencionar los nombres de García Márquez, de Álvaro Mutis o de Germán Espinosa para darnos cuenta de ello. Algunas otras obras  tocan tangencialmente el asunto sin embargo no podrían caracterizarse como novelas sobre el narcotráfico. Tal sería el caso de Noticia de un secuestro de García Márquez (1996) o Los ejércitos de Evelio Rosero (2007) esta última una entrañable visión moral de la violencia y  una muestra de cómo la buena literatura sí tiene herramientas para acercarse sin elementos amarillistas al fondo del tema.
En cuanto a El último romántico (2010), novela de mi autoría, el mundo del narcotráfico asoma su tufillo de vez en cuando como una atmósfera imposible de evitar y como un telón de fondo que envuelve toda una época. En la pagina 116 se lee:

  “...Gerardo Antonio andaba del timbo al tambo en esa urbe de incertidumbre y de imprevisibles acontecimientos. Escuchó hablar de la bonanza marimbera y luego, del arribo de los carteles de la droga y de los capos y de los traquetos y de los duros y de los mágicos y de los testaferros y de los bacanes y de los sicarios. Nadie sospechaba, por ese entonces, que ese soterrado comercio naciente fuera a engendrar con tentáculos de monstruo gigante la llamada cultura traqueta. De todas maneras, el flaco continuaba inmerso en lo suyo: los libros...”
Y en la página 151:
“...Pasaban los días y el declamador seguía creciendo en incertidumbre sobre la validez de sus proyectos. Mientras la ciudad se debatía entre la búsqueda de la vida fácil y el colapso de los elementales principios ciudadanos, erosionados además por el poder corruptor del narcotráfico; mientras el país en realidad naufragaba en una pérdida y sobre todo en una confusión de valores en donde parecía desvanecerse los límites entre lo legítimo  y lo ilegítimo, entre lo legal y lo ilegal hasta tal punto que se estigmatizaba a los consumidores de drogas y se encumbraba a los traficantes, y hasta donde el sicariato era tolerado como un rebusque justificado; el flaco se guarnecía entre sus amigos de tertulias, en su trabajo en la librería Buchholz y entre sus amistades ocasionales.”

La novela sobre el narcotráfico como honda en expansión de verdad, salta como el mismo fenómeno que la sostiene, las barreras nacionales y se globaliza para hacer acto de presencia en otros países que igual sufren el flagelo. En Méjico, el profesor y escritor Élmer Mendoza se especializa en ese subgénero y en sus novelas: Un asesino solitario y  Balas de plata (premio Tusquets 2008) nos describe dentro de una  estructura narrativa hermanada con los últimos lenguajes televisivos la patética problemática, muy cómoda ahora dentro de los cánones cinematográficos de un realismo crudo y llano. Carlos Fuentes, ( conciencia crítica viviente de nuestro tiempo) no se inhibe ante el desafío de escribir algo sobre la sicaresca y nos regala su novela Adán en Edén (2010) Un retrato severo de una nación desangrada por el efecto del narcotráfico.

Y para cerrar el círculo de la internacionalización del tema en idioma español, Arturo Pérez Reverte desde Madrid nos ofrece su novela La reina del sur (2002), con personajes mejicanos del ambiente sicarial. Le corresponde al norteamericano Don Winslow cerrar la puerta con su novela escrita originalmente  en inglés, El poder del perro (2009) Un thriller épico, coral y sangriento que en 720 páginas explora con total naturalismo sensacionalista los abismos más hondos de la miseria humana. Moviendo a sus personajes desde Nueva York a Tijuana y desde El Putumayo hasta ciudad de Méjico, esta novela es  la versión latina de El padrino (1969)de Mario Puzo obra que recogiera en sus escenas lo más granado de la mafia siciliana asentada en la Nueva York de los años cincuenta.

Y sin embargo y a pesar de todo, la realidad sigue superando a la ficción.

30 ago. 2010

Algunos rasgos filosóficos en la novela: El último romántico. Por José Díaz- Díaz

                                   Ilustración de Gustave Doré para "Gargantúa".


 
“El hombre es un Dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”

F. Hölderlin.


 
La utopía al parecer, ha sido una constante en el pensamiento del hombre como indicio claro de inconformidad ante la realidad que vive y conoce, en un momento determinado.

Desde que Tomás Moro acuñó el concepto en 1516 con su libro La Utopía y su adjetivización comenzó a utilizarse como deseo de alcanzar algo ideal, han surgido a la vista un buen número de doctrinas filosóficas y de obras literarias en las cuales se explicitan Estados y países de ficción, islas, ciudades, pueblitos o lugares en donde se vive de una peculiar manera bajo unos valores y una ética cualitativamente superiores a la real que conocemos.

Ya en el siglo IV–AC. Platón describió en La República lo que debería ser un Estado ideal, para contraponerlo a la imperfección y obsolescencia de la democracia griega de ese entonces. François Rabelais en 1534 en su segundo libro llamado Gargantua crea su propia isla ideal a la que nombra La abadía de Thelema, una especie de comunidad con una educación y escolaridad que critica, contradice y rechaza la existente en su entorno renacentista. A la entrada de Thelema podía leerse un rótulo que decía “Haz tu voluntad. ”

Miguel de Cervantes en 1615—reserva varios capítulos en la segunda parte de su Quijote de la Mancha para obsequiarle a su escudero Sancho Panza una ínsula al lado del río Ebro, Barataria en la cual el personaje de marras podrá gobernar a su total antojo y sabiduría. Como por arte de magia el iletrado personaje se convierte en un digno funcionario con nobles sentimientos, ecuánime y sabio en sus ejemplares decisiones, en contravía del ejercicio del poder por esos días y en suspicaz sarcasmo sobre las formas de gobernar de reyes y cortesanos locales.

Hermann Hesse ubica en la Europa central a Castalia, esa tierra privilegiada con un Estado gobernado por los mejores, por los sabios, los científicos, los matemáticos los filósofos y los músicos, quienes orientarían a sus habitantes bajo los hábitos del supremo bien, la belleza y la ética. En su novela El juego de los abalorios (publicada en 1943, en pleno ambiente calamitoso producido por los desastres de la segunda guerra mundial) Hesse conduce a su personaje central Jose Knecht por el duro camino de la ascensión hacia la práctica de una rutina de preparación espiritual bajo los principios de la élite depurada que lo llevaría a convertirse en Magíster del Juego de los abalorios. Al no poderse sostener por mucho tiempo en tan elevado cargo y posición de poder superior y castidad total, pues debían ignorar los placeres carnales, se retira de tan excelsa magistratura y en poco tiempo muere en un accidente banal.

Y como consecuencia de este transcurrir histórico-cultural de una idea que nos pertenece como hijos de nuestro tiempo que somos, el derecho a la Utopía, es que ubico a mi personaje Luciano, el liliputiense, el enano comediante de la novela El último romántico, ( Miami, 2010) arrojado de Castalia por no poder mantenerse casto, (pág. 26) pero con la indeclinable decisión de salvar a la humanidad, construyendo la ciudad de los hombres del futuro y cuya ciudadela central esta descrita al detalle en mi novela. También desde el primer capitulo de la novela el narrador principal y coprotagonista, Rubén Eduardo, lo advierte cuando dice que: “...A mis sesenta y ocho años, prefiero estar atado a este mundo por el señuelo de la ensoñación y de la utopía más que por los vericuetos absurdos y desgastados del previsible acontecer cotidiano.” (pág 11)

El método de la problematización foucaultiana la asumo en la estructura temática del texto literario, con la plena conciencia de que es necesario insuflar en la ficción argumentos conflictivos que induzcan a los personajes emblemáticos y de límite, transgresivos y marginales, a plantearse y replantearse la validez del sentido de sus vidas para que optimicen y potencien la orientación de sus acciones y busquen una salida, así sea equivocada, hacia un fundamento ético válido de su entorno social y de sus existencias individuales mismas. Al darse cuenta de que hay carencias en el sentido de entender sus vidas y de que lo cotidiano real no es en sí mismo lo único posible, mantienen viva una posibilidad de evolución y de búsqueda en vez de mantener un asentimiento burdo y grosero sobre la realidad que se les ofrece. La cuestión es entonces, impulsar el derecho al pensamiento utópico.

No es otro el sentido que Gerardo Antonio, personaje central de esta ficción histórica, dedique su vida a escribir una novela para a través del lenguaje encontrarle un sentido al caos interior y exterior que lo circunda. Él sabe que quien escribe se transforma y quien lee también se transforma. Eugenia hace lo propio a través del teatro, el signo de la máscara( persona) la empuja a buscar su real yo. Mara hace lo suyo entregándose a la práctica del misticismo oriental. Mientras tanto, el bálsamo de la poesía los acompaña en su rutina diaria como si estuviesen convencidos de las lecciones de Friedrich Nietzsche en la Gaya Scienza ( escrita en 1882) no tanto en cuanto a la poética sino en cuanto a la praxis.

El tono carnavalesco y paródico que envuelve la atmósfera de la novela El último romántico ( el título hace referencia al remate del argumento principal, la muerte por amor o Liebstod de Tristan e Isolda), se busca a lo largo de toda la trama y se sostiene como símbolo primario para inyectarle la comicidad a una realidad trágica. Y como el bufón es el único que tiene el poder de reírse del rey, el humor es la única vía con licencia para penetrar con sarcasmo el ensamble de una realidad patética y ruin. El tinglado de valores descompuestos se desajusta con la sonrisa de los desadaptados. Total, hay que escribir divirtiendo como dice, el semiólogo Humberto Eco.

Y el escenario carnavalesco de enanos y duendes, de fantasiosos, alucinados y orates, apuntalados por un lenguaje coloquial que redime sus miserias, es el entramado perfecto para consolidar la parodia de una realidad postmoderna de signo ambiguo y valores híbridos que tambalean entre la verdad y la falsedad de una degradación galopante. No baldíamente quizás Roberto Bolaño nos advirtió que una Escritura debe meter la cabeza en lo oscuro y que hay que saber saltar al vacío y entender que en el fondo la literatura es un oficio peligroso.













19 ago. 2010

Palabras de Introducción de Nelson Mosquera con ocasión de la presentación de la novela El último romántico, en la universidad Ana G. Méndez de Miramar, Fl. el 08/17/10



Buenas tardes, gracias por venir, gracias a la Universidad Ana G. Méndez por prestarnos sus magníficas instalaciones, pero por sobre todo gracias a Katia Núñez que ha hecho de estas noches culturales la cita obligada de la intelectualidad hispanohablante del sur de la Florida. Mi nombre es Nelson Mosquera, soy ingeniero químico de profesión pero asiduo lector de vocación. Hace unas semanas aquí mismo después de la excelente presentación del poeta dominicano René Rodríguez Soriano, José Díaz Díaz se me acercó y me pidió que presentara su novela El último romántico. Le respondí que yo no era crítico literario, profesor de literatura y mucho menos académico de la lengua. Mi única experiencia como presentador de autores se reduce a la que hice hace algunos años en la biblioteca pública de Broward del filósofo español Fernando Savater y ahí la embarré, sin darme cuenta había caído en la trampa pues El último romántico es una novela filosófica de alto vuelo en la que reinan la ironía, la comicidad y la mordacidad revestidas del barniz poético del autor.



José Díaz-Díaz nace en la ciudad de Guateque, Colombia, en pleno centro del altiplano cundiboyacense, territorio que fue habitado por los antiguos chibchas o muiscas que aunque no descollaron en la arquitectura lítica como los aztecas y los incas lograron un alto grado de desarrollo cultural; astrónomos, economistas, juristas, orfebres tejedores y ceramistas; su pensamiento mítico religiosa aun se respira en los valles y sabanas donde el espíritu del Zipa de Bacatá y el Zaque de Tunja merodea escondido entre las ruanas de los campesinos.



José Díaz Díaz se traslada a la ciudad de Bogotá allí estudia filosofía en la universidad Tomás de Aquino y luego se especializa en Literatura en la universidad Javeriana de la misma ciudad. En 1978 se traslada a Caracas donde vive hasta 1989. En 1996 fija su residencia en Nueva York y desde el 2000 vive en el sur de la Florida dedicándose a la promoción cultural, a leer y a escribir.



El último romántico es la historia de Gerardo Antonio Montoya, un desgarbado mozalbete de larga nariz y anteojos con cristales de culo de botella cuya vida ha sido un continuo huir de la realidad. Nacido en el llamado eje cafetero de Colombia tras una relación nada convencional entre una adolescente y un cura gallego. Sus primeros años transcurren en la ciudad de Manizales donde descubre el encanto de la literatura y la relación entre la vida corriente y la sensibilidad poética, el arte de la poesía o la Gaya ciencia que nos libera del desgaste de la repetición doméstica. Una accidentada y corta carrera militar lo lanza a buscar fortuna en la capital, Bogotá, con un maletín repleto de sueños y una colección de poemas transcritos a mano que recitaba de memoria. Trabaja como librero y frecuenta los cafés literarios de la moribunda Atenas suramericana, donde conoce a Mara Castellanos y el amor tántrico mejor conocido como el orgasmo budista.



Conoce también a Rosita Moreno, una cucuteña que había vivido 8 años en Nueva York y viaja a Colombia par desintoxicarse del febril ambiente de la gran manzana y de paso estudiar inglés en el instituto colombo-americano. Conoce a Luciano García un enano milenario, clarividente, telépata y quiromántico, espiritista y discípulo adelantado de Madame Blavatsky.



El espíritu libertario y romántico de Simón Bolívar lo ilumina y viaja a Venezuela donde trabaja como vendedor de enciclopedias. Allí conoce a la exuberante llanera Lisandra Cordero e inicia la escritura de la primera parte de la trilogía que llamará El último romántico. Sin embargo los avatares de la vida le dan un vuelco total a la historia y nuestros héroes mueren de amor. El Liebstod de Tristán e Isolda, ópera de otro último romántico el compositor alemán Richard Wagner.



Sin mas preámbulos, con ustedes Jose Diaz- Diaz.