26 sep. 2010

Literatura para principiantes José Díaz -Díaz


Amigos lectores: a partir de la fecha encontrarán intercalados en Arando sobre el agua, algunos mini-ensayos tomados de mi libro Literatura para principiantes, que complementarán los ya acostumbrados comentarios y reseñas sobre la novela El último romántico, además de las noticias sobre eventos y presentaciones  de la novela. Bienvenidos los comentarios porque con ellos se activa la palanca de la comunicación que en el fondo, es lo que más importa.
Sincero saludo.


Introducción.




Como su título lo indica, el objetivo primordial de la presente colección de mini ensayos es simplificar al máximo la complejidad que algunas veces representa para el lector común, un acercamiento a la poesía y a la narrativa.

En este sentido, y con el afán de que el delicioso bocado literario llegue a la mayoría de quienes buscan  plenamente el goce de la lectura, he dado cuerpo a esta compilación de escritos. En consecuencia, al contrario de una crítica rigurosa y formal, académica y dirigida a especialistas, el lector encontrará en ellos breves y sugestivas reflexiones puntuales sobre textos y autores, escogidos a la luz de una mirada subjetiva hispanoamericana. Es esta una selección guiada por una desprevenida intuición estética, en la que el amante de la lectura se topará con  elementos de juicio que le servirán de herramientas para penetrar en el panorama literario al que está poco familiarizado.

Deliberadamente, no he asumido esta tarea a partir de estructuras predeterminadas, ni de géneros, estilos o escuelas, como tampoco de corrientes o tendencias literarias que buscan metodizar la supuesta enseñanza de aprender a leer. Sin embargo la investigación que soporta los artículos conduce a reconocer  la determinante unidad indisoluble entre Filosofía, Historia y Literatura. Tampoco utilizo un vocabulario estrictamente técnico, puesto que mi intención primaria es facilitar la comprensión del mensaje a un público no profesional dentro del área que nos ocupa.  Son textos muy cortos que buscan enfatizar el sentido de la presencia dialogante del lector y del autor, como polos interactuantes dentro de un fenómeno especial de comunicación. Resaltar la carga ética del mensaje y del autor, se me impone como actitud obligante.


Entiendo que toda crítica sobre Arte y la literatura es uno de sus productos más   complejos- conlleva como sello inevitable las huellas ideológicas y culturales subjetivas del ensayista, al igual que la crítica de una escuela o corriente determinada que disecciona un texto a la luz de sus iluminados principios. En este sentido también, es necesario hacer notar que el crítico viene a configurarse como un cuarto agente, y que juega un rol especial, entre los tres ya consabidos emisor- obra-receptor.
 Pero sobretodo, asumo el texto literario como un producto limitado por coordenadas espacio-temporales que van a caracterizarlo y a explicar la historicidad  del mensaje al que el crítico está abocado.

 Sabemos que muchas de las  publicaciones literarias de la actualidad no obedecen a una clasificación con criterios estéticos, lo que inclina al mercado a ofrecer obras de dudosa calidad.  De un modo perturbador se impone como juicio de selección  el interés económico -que desdeña el criterio estético- a través del status mediático, los consorcios editoriales y la industria cultural. En consecuencia, las estanterías se abarrotan de contenidos orientados más a manipular, a imponer temas amarillistas o crónicas de moda como sucede con la narco-literatura que salvo muy pocas excepciones, tienen una bajísima calidad literaria por no decir nula. Los textos de verdadero talante literario que cumplirían  la función de divertir y distraer, de recrear, sensibilizar y potenciar la riqueza oculta en la conciencia del inadvertido lector, queda esperando en la antesala de los editores.

Pero como presencia antagónica, no es menos cierto que muchos poetas y escritores toman con profunda seriedad y vocación irrenunciable su destino de asumir los retos  del verdadero Arte, que son entre otros los de seducir con su lenguaje, inducir en el lector el goce estético a partir de la rica sensibilidad que se encuentra latente en su conciencia, y la de producir un sentimiento de voluntad y deseo de optar por una catarsis transformadora de su realidad interior y a la postre exterior, al contacto con la obra y con el descubrimiento de su mundo real.

El Arte en definitiva no es más que eso: un ramalazo de éxtasis, un banquete estético para los sentidos, la inteligencia y el espíritu. Un instrumento para develar el yo profundo y las trampas del entorno social. Y ese festín y esa realidad es lo que el crítico debe ayudar a descubrir.

La novela El último romántico se puede ordenar llamando al número (786) 512-3437 o en las librerías:
 
Revistas y Periódicos
Librería Universal
Downtown Book Center
Barnes & Noble
amazon.com

15 sep. 2010

Narcocultura y Narcoliteratura en Colombia. Por: José Díaz-Díaz

New Violence- White Williams

Partiendo del supuesto de que la Ideología y la Cultura como parte de ella, obedecen en su diseño  a una infraestructura socio-económica que la sustenta, bien podría deducir que parte de  los contenidos de la nueva novelística en Colombia, obedecen a su vez a la influencia que la subcultura del narcotráfico ejerce sobre sus narradores.
Y es que la literatura en general, exceptuando algunos géneros tales como el fantástico o el de ciencia-ficción, se nutre de la realidad inmediata de su entorno histórico. Virgilio describió en Églogas o bucólicas y en Las Geórgicas la  vida pastoril y el  inventario de la producción agrícola del imperio romano. El Decamerón de Boccaccio, dibuja la vida campestre de la Italia del siglo XIV. La picaresca española de los siglos XVI y XVII con El buscón, El Lazarillo, Rinconete, etc nos señala a un personaje central, el pícaro y sus aventuras para sobrevivir. Tolstói  en La guerra y la paz recrea a la Rusia Zarista en la época de la invasión napoleónica. Süskind en el Perfume fabula sobre el negocio de los perfumistas en el París de 1780. En Venezuela Rómulo Gallegos en Doña Bárbara nos familiariza con el comercio y las costumbres de los llanos occidentales de su país. En Perú, la novela sobre el problema indígena no puede ser más elocuente con Ríos Profundos del antropólogo José María Arguedas. Y en Colombia hace lo propio Jorge Isaacs en La María (1867) y las haciendas azucareras del Valle del Cauca. Después, José Eustasio Rivera con La Vorágine (1924) nos instruirá sobre el negocio y la explotación del caucho y de los caucheros en el Amazonas. Uno de sus personajes afirmará proféticamente: “ Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia.”

La novela sobre la Violencia en Colombia parece adueñarse de todo el siglo veinte. Hasta la década de los sesenta se escribe narrativa “en la Violencia”, un realismo pedestre de crónica y anécdota de miseria y dolor. Acordémonos de El nueve de Abril, de Pedro Gómez;  o  El monstruo, de Carlos H. Pareja. En adelante, aparece una literatura más elaborada y con utilización de técnicas sofisticadas y que podríamos llamar como literatura “sobre la Violencia.” En la medida que se toma distancia del fenómeno, la calidad y la técnica van mejorando. Tal es el caso de Noche de pájaros de Arturo Alape o Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, de Alba lucía Ángel ( 1976)

El subgénero sicaresco ( pariente lejano de la picaresca española, por aquello del pícaro y ahora del sicario)y la metaforización del mundillo narco,  surge al mercado con una fuerza impresionante gracias al BOOM editorial que caracterizó a la narrativa latinoamericana a partir de las décadas de los setenta y que internacionaliza la producción de nuestros narradores. Pegados como mercancía de segunda a este tren y con el impulso de los Media, de la industria editorial y en particular de la Televisión, que sin duda alguna favorece la puesta en escena de un tipo de temática macabra y amarillista que es la que más vende y por lo tanto arroja mayor utilidad, la novela sobre el narcotráfico nos invade como una honda en expansión paralela a la misma realidad que estamos viviendo. La subcultura del narcotráfico impone su propia narcoliteratura.

Con Gustavo Álvarez Gardeazábal en El Divino (1985); con Laura Restrepo en Leopardo al sol ( 1993); con Fernando Vallejo en La virgen de los sicarios (1994); y con Jorge Franco, en Rosario tijeras (1999) se inicia el camino hacia una construcción y deconstrucción de los elementos que identifican y racionalizan la presencia en la sociedad colombiana del fenómeno generado por el tráfico de estupefacientes, a pesar de que el escritor aparece no tanto como creador si no como un amanuense o copista intermediario  de un testimonio auténtico. Se realiza un intento por decodificar literariamente causas y efectos, por copiar las relaciones que se establecen con las diferentes instancias del poder, por mostrar los procedimientos de identificación comunitaria y el impacto en el imaginario popular del fascinante y a la vez perturbador mundo de la narco-delincuencia.

 Se intenta una lectura ética de la dialéctica del temor y el deseo, de la atracción y el rechazo, que cual imán prepotente sobre el imaginario popular ganan adeptos a su causa.  Se aspira a  aclarar y elevar a un metalenguaje  el sentido y la fascinación por el enriquecimiento fácil y rápido, que  como solución mágica  acabaría de un plumazo con los dictados del Poder establecido,   superaría el predominio de un sector minoritario dueño de las instituciones y de la ley, en fin, que  terminaría con la prepotencia y la hegemonía sobre el acceso a los bienes y a la riqueza sin necesidad de  poseer un talento empresarial, sin tradición y sin linaje.  

Y es que el fenómeno pareciera tener su propia sociología, sus propias reglas éticas  y estéticas ( la llamada cultura traqueta), y hasta sus propios personajes buenos: los Bacanes. Impone una ambigüedad  moral donde la vida no vale nada y en donde el dinero puede comprarlo todo. El blanqueo de dinero conlleva el blanqueo de sus imágenes de criaturas disminuidas por la imposibilidad de un ascenso social. Es un hecho que la fuerza del narcotráfico arrastra con toda aquella población que por presión o por complacencia terminan enredados en sus redes. El intento de transgresión de las normas establecidas es frontal comenzando por el menosprecio de la vida, y las mafias y carteles que internacionalizan y controlan la producción y distribución de los estupefacientes se hacen tan poderosos que llegan a equipararse en algunos momentos con el poder mismo del Estado.

Es necesario puntualizar que no toda la narrativa que se ha escrito en Colombia durante estas cuatro últimas décadas cae evidentemente dentro de este subgénero. Baste mencionar los nombres de García Márquez, de Álvaro Mutis o de Germán Espinosa para darnos cuenta de ello. Algunas otras obras  tocan tangencialmente el asunto sin embargo no podrían caracterizarse como novelas sobre el narcotráfico. Tal sería el caso de Noticia de un secuestro de García Márquez (1996) o Los ejércitos de Evelio Rosero (2007) esta última una entrañable visión moral de la violencia y  una muestra de cómo la buena literatura sí tiene herramientas para acercarse sin elementos amarillistas al fondo del tema.
En cuanto a El último romántico (2010), novela de mi autoría, el mundo del narcotráfico asoma su tufillo de vez en cuando como una atmósfera imposible de evitar y como un telón de fondo que envuelve toda una época. En la pagina 116 se lee:

  “...Gerardo Antonio andaba del timbo al tambo en esa urbe de incertidumbre y de imprevisibles acontecimientos. Escuchó hablar de la bonanza marimbera y luego, del arribo de los carteles de la droga y de los capos y de los traquetos y de los duros y de los mágicos y de los testaferros y de los bacanes y de los sicarios. Nadie sospechaba, por ese entonces, que ese soterrado comercio naciente fuera a engendrar con tentáculos de monstruo gigante la llamada cultura traqueta. De todas maneras, el flaco continuaba inmerso en lo suyo: los libros...”
Y en la página 151:
“...Pasaban los días y el declamador seguía creciendo en incertidumbre sobre la validez de sus proyectos. Mientras la ciudad se debatía entre la búsqueda de la vida fácil y el colapso de los elementales principios ciudadanos, erosionados además por el poder corruptor del narcotráfico; mientras el país en realidad naufragaba en una pérdida y sobre todo en una confusión de valores en donde parecía desvanecerse los límites entre lo legítimo  y lo ilegítimo, entre lo legal y lo ilegal hasta tal punto que se estigmatizaba a los consumidores de drogas y se encumbraba a los traficantes, y hasta donde el sicariato era tolerado como un rebusque justificado; el flaco se guarnecía entre sus amigos de tertulias, en su trabajo en la librería Buchholz y entre sus amistades ocasionales.”

La novela sobre el narcotráfico como honda en expansión de verdad, salta como el mismo fenómeno que la sostiene, las barreras nacionales y se globaliza para hacer acto de presencia en otros países que igual sufren el flagelo. En Méjico, el profesor y escritor Élmer Mendoza se especializa en ese subgénero y en sus novelas: Un asesino solitario y  Balas de plata (premio Tusquets 2008) nos describe dentro de una  estructura narrativa hermanada con los últimos lenguajes televisivos la patética problemática, muy cómoda ahora dentro de los cánones cinematográficos de un realismo crudo y llano. Carlos Fuentes, ( conciencia crítica viviente de nuestro tiempo) no se inhibe ante el desafío de escribir algo sobre la sicaresca y nos regala su novela Adán en Edén (2010) Un retrato severo de una nación desangrada por el efecto del narcotráfico.

Y para cerrar el círculo de la internacionalización del tema en idioma español, Arturo Pérez Reverte desde Madrid nos ofrece su novela La reina del sur (2002), con personajes mejicanos del ambiente sicarial. Le corresponde al norteamericano Don Winslow cerrar la puerta con su novela escrita originalmente  en inglés, El poder del perro (2009) Un thriller épico, coral y sangriento que en 720 páginas explora con total naturalismo sensacionalista los abismos más hondos de la miseria humana. Moviendo a sus personajes desde Nueva York a Tijuana y desde El Putumayo hasta ciudad de Méjico, esta novela es  la versión latina de El padrino (1969)de Mario Puzo obra que recogiera en sus escenas lo más granado de la mafia siciliana asentada en la Nueva York de los años cincuenta.

Y sin embargo y a pesar de todo, la realidad sigue superando a la ficción.