27 oct. 2010

La novela postmoderna y James Joyce


      Si alguna vez tuviésemos que preguntarnos, quien comenzó a escribir  la Novela con las técnicas que hoy se utilizan, tendremos que darle ese puesto de padre y pionero al irlandés James Joyce (1882-1941), un dublinés inconforme a fondo y sacrificado por lo que fue su vocación, la Literatura. Inmigrante a morir, muy joven, se desplaza a Francia e Italia y otros países de Europa, siempre buscando un lugar menos anodino en sus valores y costumbres para vivir y para lograr publicar sus obras lo cual no le fue nada fácil.

   Y la suerte le sonríe cuando conoce al poeta norteamericano Ezra Pound, en 1913 y éste al interesarse en su obra le ayuda a publicar  uno  de sus libros hoy más  populares,  El retrato del artista adolescente. El protagonista Stephen Dedalos, alter ego del autor, construirá su vida como si se tratara de la creación de una obra de arte, al estilo ético de Michel Foucault, concepto que el pensador francés décadas más tarde  propusiera como un imperativo existencial válido para darle  sentido a la vida.

 Joyce tiene también en su haber el estupendo trabajo que realizó sobre un tema apasionante en la literatura: La Epifanía. Se trata de hacer emerger del fondo del personaje un sentimiento revelador de una verdad escondida. Se trata de un darse cuenta de modo repentino de algo que cambiará su vida para siempre. Normalmente es una verdad nueva y conmovedora que le da un viraje total al ser del personaje. Estas Epifanías las desarrolla, particularmente  en sus cuentos cortos editados con el título de Dublineses (1914) Sugestivas narraciones de un realismo de nuevo tipo que se pueden leer  en un par de horas.

   Pero la obra fundamental de este rebelde escritor de formación jesuita, admirador de Aristóteles, de Dante, de Tomás de Aquino, es decir centrado en la cultura de Occidente, es su novela Ulises (1922) retrato patético de un Dublín gris y de una humanidad del mismo color. Leopold Bloom y su mujer  Molly Bloom  serán los personajes principales encargados de transportarnos en su odisea existencial en 24 horas por los principales mitos y símbolos de la cultura de Occidente.   Allí se hermana con el Ulises homérico y recrea los mitos que la Odisea elabora. Allí desarrolla  a fondo  sus novedosas técnicas, abandona el manejo del tiempo lineal de la novela hasta entonces vigente; le da vida también a sus personajes a través de sus famosos monólogos interiores y el torrente incontenible de un fluir de conciencia desbocado y justiciero, de una descarga emotiva  que, entre otra características, elevó estéticamente dentro de esa forma y a partir de personajes que se narran a sí mismos, los conceptos de obscenidad y vulgaridad  a un nivel de aceptación literaria, dada la necesaria comprensión de  que dichas expresiones verbales constituyen el desagüe y el desahogo erótico y existencial de un ser humano humillado y ofendido. Dicho fenómeno verbal es como un río de sentimientos aflorados que constituyen un discurrir arbitrario del inconsciente ( Ver cartas eróticas de James Joyce.) En adelante, el uso de este tipo de vocabulario duro y seco, áspero y directo definitivamente influenciará a los nuevos escritores, consolidando un nuevo modo de escribir, donde “lo oscuro” tiene un espacio verbal para escapar y mostrarse en la superficie. Es el ejercicio de una estética profunda donde el lenguaje libera la conciencia y abofetea una moral cimentada en la prohibición y la culpa. Con algunos de estos basamentos Joyce construirá e interpretará en la literatura un nuevo momento histórico, el de la Modernidad. El de la permisividad y la tolerancia. El del caos y la desesperanza. El fin de la utopía.

El manejo del tiempo en la novela, quizás sea una de sus innovaciones más importantes para la historia de la literatura de todos los tiempos, según lo afirma Milan Kundera en su ensayo El arte de la novela (1960) Si con Marcel Proust En busca del tiempo perdido  (1913-1927 ), la novela se centra y se apropia del tiempo pasado, en la memoria, en el ayer; y con la literatura de Franz Kafka el tiempo se nutre de un sabor de inquietud e incertidumbre centrado en la anticipación de un futuro de abatimiento y absoluta debilidad; en la obra joyciana y en particular en el Ulises, el tiempo cíclico y de un presente continuo vertical estacionario, nos fija y nos ata, alejándonos de cualquier pasado, y de todo futuro. En efecto, toda la acción de la novela transcurre en 24 horas de un presente aplastante y fulminante, donde la vida toda de los protagonistas se vacía en su totalidad.

 De otra parte, Joyce logra en su proceso transformador y experimental de las técnicas y filosofía de la novela llegar hasta un punto límite en donde el lenguaje por sí mismo se convierte en personaje dejando atrás a los demás protagonistas. Muestra de ello es su último libro Finnegans wake (1939) de muy difícil traducción al español ya que la propia obra en inglés involucra palabras y formas lingüísticas de más de sesenta idiomas lo cual lo hace ininteligible para lectores no especializados.

   Inmigrante rebelde, James Joyce,  vivió y luchó por lo que consideró importante, sufrió y padeció  la escasez económica, la incomprensión  de sus contemporáneos, pero cumplió a  mares sus metas  de orientar  y señalar el cauce de una nueva literatura, sin tapujos, sin dobleces, sin temas tabú, tal como quiso que fuera el espíritu de la humanidad: que se mirara a sí misma cara a cara  en su dolor y en su alegría, única forma de ser auténticos.

4 oct. 2010

Apreciaciones sobre: El principito. Por José Díaz- Díaz

   
 Pierre Antoine de Saint Exupèry,  francés  de Lion, nació con el siglo veinte y  justo en los fragores de la segunda guerra mundial( l943)  publica “ Le Petit Prince”, cuento que  ocupa un lugar de preferencia entre  las pequeñas grandes  obras de la literatura universal de siempre.

 No es fácil abordar el análisis de  una obra maestra  de esta categoría, pues su misma sencillez  y su infinita riqueza  de significados nos conducen inevitablemente  a contenidos de notable importancia  en cuanto a la comprensión del comportamiento humano.
Si entendemos que la literatura es un Arte y el objetivo del Arte es  el de proporcionar placer estético al lector, entonces, la primera lectura de “ El Principito”, bastaría para dejarnos satisfechos, complacidos, además de agradecidos con este autor que legó a la humanidad  una hermosa creación que  nos subyuga a todos.

Pero cuando nos adentramos en una segunda, tercera o cuarta lectura de su pequeña obra,  no podemos menos que sobrecogernos  ante la riqueza de símbolos y analogías que en ella encontramos, todos girando alrededor  de la vida infantil y del comportamiento humano adulto.

 Entre las reflexiones del  autor que a su vez protagoniza la trama del cuento y sus diálogos con su Personaje el niño príncipe, vamos siendo conducidos  hacia una Crítica  de los valores fundamentales  de nuestra civilización: el hombre contemporáneo ha perdido la brújula  del sentido auténtico de la vida y sus Valores están trastocados.
La niñez de nuestra civilización giraba alrededor  de un valor central: lo lúdico y lo placentero, ahora gira  sobre lo utilitario. El hombre-niño era feliz; el hombre adulto es desgraciado.

 Igualmente, el hombre adulto olvida pronto su niñez, esa etapa histórica de su evolución, ese estado psíquico primordial y naciente de la humanidad; se separa del niño que fue, dejando tras de sí,  el juego, la bondad, la ternura, la fantasía y el sentimiento de asombro  ante la magia de la belleza y de la naturaleza,  para entregarse al utilitarismo y doblegarse ante un sistema de valores  “supuestamente serios” que lo separan y enajenan de su esencia real.

    El hombre de  hoy lo compra todo, pero vive con una profunda sensación de soledad pues al no existir “vendedores de amigos”, no los puede comprar. Al respecto,  el personaje central  nos dice: “—Conozco un planeta donde vive un señor carmesí. Este señor  jamás ha olido una flor, jamás ha contemplado una estrella, jamás ha amado a nadie. Nunca ha hecho más que sumas  y todo el tiempo repite como tú  “Soy un hombre serio! Soy un hombre muy serio. Y esto lo hace hincharse de orgullo,  pero no es un hombre, es un hongo!” En verdad, se hinca ante el dios-dinero y menosprecia su riqueza interior de ser humano.

En efecto, para  Saint Exupèry, el valor central de su Ética radica  en la belleza y la verdad, principios pisoteados por el hombre de hoy ahogado en su tinglado social que lo acorrala irracionalmente en una incesante y agobiante búsqueda de bienes materiales. Ya lo decía Federico Nietzsche  en  su libro “ El origen de la tragedia” (1871)  al indicar  que el hombre en su evolución al someterse a la Razón   como instrumento para alcanzar la Verdad, abandonó su anterior estado de felicidad,  caracterizado por llevar una vida contemplativa, de éxtasis permanente ante la belleza del cosmos, que como un ser mágico, orientado  por una concepción mitológica del mundo, por unos ritos que lo centraban  en palpitante comunicación con la naturaleza y por una auténtica relación atávica y dionisiaca con sus más profundos ancestros, sentía la vida con auténtico júbilo y regocijo.

El relato de El principito, aborda con la inocente disculpa de ser una literatura para niños, el complejo y problemático tema del papel de una educación que está más al servicio de la alienación  de la vida que la de potenciar su pleno disfrute. A su manera, Saint Exupèry  desarrolla en una perfecta metáfora lo que unos cuantos años antes Hermann Hesse en su primera novela Bajo las ruedas (1906), puntualizara acerca del dolor de abandonar la niñez y la adolescencia para someterse y doblegarse en cuanto adulto, a la férula de la normativa institucional.

No quisiera terminar este brevísimo análisis sin citar la frase donde  el escritor (apasionado en pilotear aviones y descender  alborozado  en el paradisíaco estado del alma infantil), nos entrega  su secreto que nos guiará hacia la  verdad  de la comunicación humana: “...Es muy simple... no se ve verdaderamente  más que con el corazón. Para los ojos, lo Esencial es invisible...”.
Así pues, mis amigos, dejemos salir de vez en cuando ese niño que llevamos dentro. No lo ahoguemos ni escondamos.  Que él no sabe de preocupaciones, ni de futuro ni de miedos y sí mucho de desmesura, de  asombro y  de arrojo.

Enlaces temáticos: En busca de la infancia perdida. José Díaz- Díaz.
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