14 ene. 2011

El último romántico capítulo 29


 


En este capítulo se narra una de los arrebatos místicos que el protagonista de la novela El último romántico, Gerardo Antonio, experimenta al visitar las cuevas del Guácharo en Venezuela. Al  alejarse  del grupo de vendedores de libros que visitan el parque y permanecer en total soledad, se aboca- como mirándose desnudo ante un espejo- a contemplar alborozado la verdad y el esplendor de su propio ser. Y comprende que el ojo con el cual mira a Dios es el mismo ojo con el cual Dios lo mira a él.

29.Meditaciones en las cuevas del Guácharo

Y las excursiones al interior del país continuaban su curso. Las enciclopedias seguían llegando por montones de la madre patria, con nuevos y diversificados temas, aunque no tuvieran una adaptación práctica a las características del medio. De tal modo las fórmulas y recetas de la enciclopedia de cocina, eran imposibles de llevar a la olla porque los ingredientes indicados, aparecían con nombres trastocados o no se conseguían en el mercado local sino que habría que ir a buscarlos a las mismísimas Españas. Los consejos de la enciclopedia médica, para curar enfermedades se quedaban sin manera de utilizarlos por la imposibilidad de conseguir los menjurjes o pócimas para su aplicación. Tampoco las sugerencias de la enciclopedia de agricultura y veterinaria eran factibles de llevar a cabo, porque los riegos y abonos o los alimentos sugeridos eran simplemente desconocidos en esta latitud. De todos modos, los libros había que colocarlos en el mercado criollo, con o sin la posibilidad de uso práctico.
En una de estas ocasiones, el viajante salió con su camioneta cargado de cultura, rumbo a esa zona del oriente venezolano, junto con sus ejecutivos, el guajiro y el uruguayo. El objetivo consistía en vaciar la camioneta en una semana, entre las ciudades de Maturín, Caripe, Cumaná y Cumanacoa. La primera estación fue en Maturín, donde visitaron cuanto Liceo de la secundaria encontraron, y cuantas granjas agrícolas se les atravesó en su camino. El clima lucía agradable y a la vera de la carretera, ese septiembre se sentía esplendoroso, con poca lluvia, y con el paisaje de los innumerables burritos metálicos extrayendo petróleo del fondo de la tierra, pues se hallaban en presencia de una franja petrolífera.
Llegando a Caripe, oyeron hablar del famoso Parque Nacional del Guácharo y de las cuevas de su mismo nombre, por boca de un parroquiano, quien los entusiasmó para que fueran a visitarlo. En la medida que el lugareño les iba describiendo la caverna y les contaba su historia y el exotismo de sus habitantes principales, unos pájaros fotofóbicos llamados guácharos, los muchachos se entusiasmaron y decidieron que el día siguiente declararían unas vacaciones forzosas para dedicarlas a conocer la famosa montaña.
Muy temprano en la mañana de ese miércoles se encaminaron hacia la montaña del Caripe, y ataviados con ropas más bien ligeras pero no totalmente apropiadas, con unas mínimas viandas y una linterna, se introdujeron en la galería más compleja y estructurada que se conozca en territorio americano, las cuevas del Guácharo. Entraron con un pequeño grupo de universitarios y por ellos se enteraron de que la cueva provenía de una formación rocosa de ciento treinta millones de lustros de antigüedad, que había sido utilizada por los aborígenes de la región para defenderse y esconderse del ataque de los invasores y también más tarde en la época de la Colonia para encarcelar a los monjes afectos a las fuerzas de la corona. Caminaron unos setecientos metros al fondo de la gigantesca ermita, plena de estalactitas que semejaban esculturas trabajadas por orfebres y ceramistas invisibles. Las rocas calizas, arcillosas y areniscas, integraban con las lutitas unas paredes sólidas, a veces angostas, a veces anchas que se desparramaban en escalones y pasadizos, con estalagmitas fosforescentes desgajadas del techo que surgían como cáscara de diamantes en plena formación. Allí descansaron, en El Castillo, lugar hasta donde llegó Alejandro Von Humboldt en 1799 y en cuyo honor y reconocimiento el parque lleva su nombre. A partir de este salón abrigado aunque húmedo con una temperatura ideal de 19 grados, el monumento se bifurca en dos caminos, el uno que sigue hacia el este, hacia Los Monjes, y el otro hacia el Paso del Silencio. Allí también se separaron nuestros amigos, El uruguayo y el guajiro, prefirieron el camino del este, y el flaco se dirigió, solo, en la búsqueda del paso del Silencio.
Ahora, él se siente como quería: estar solo con el alma de la caverna, y la cueva le fue entregando lo mejor de sí, el sonido del silencio solo que musicalizado por el aleteo sobrenatural de las aves reinas del lugar, los Guácharos que con el sonido de sus elevadísimos cantos se guiaban huyéndole a la luz, mientras se alimentaban de las hiervas y frutas cazadas en las tinieblas de la noche en las afueras de su refugio natural.
Acurrucado y sobrecogido avanzas, con la cabeza gacha hacia el misterio de la oscuridad y el sonido del riachuelo subterráneo que empapa tus ropas apenas hace juego con la música del viento que por algunos pasadizos desconocidos invade las paredes cada vez más angostas del túnel con sedimentos originales de la época de la creación de la tierra.
Y llegas al Salón de los Pechos, para estirar las piernas y sentarte a descansar con tu espalda pegada a la roca que te contiene. Te quedas petrificado mirando como un poseso lejano y leve, como un orate desarraigado de la pesadez de la materia, ese inmenso par de tetas formado por las gigantescas estalagmitas que descuelgan ante sus ojos y que los espeleólogos bautizaron con el nombre del salón de los Pechos. Te estás encontrando consigo mismo en los laberintos de la humedad y en la compañía de esas bandadas de trogófilos pájaros que te son tan simpáticos. Te sientes súper bien avanzando a codo limpio con la venia de los murciélagos que te guían por entre esa oscuridad, pues la linterna se quedó en el bolsillo del guajiro, y agachado y en cuclillas tu cuerpo, rompes el sedimento de tu propio sudor y lo mezclas con el almizcle de los ratones mochileros, de los curareques y de los cangrejos marrones. Y así vas enalteciendo la estima lastimada por lustros de desasosiego. En la medida que cantas victoria porque lograste llegar al salón Precioso, al salón Sublime, al Paso del Viento, y por fin, a la cumbre de la galería, el famoso Salón Codazzi, a 1500 metros al interior de la montaña del Caripe.
Pero no te conformaste con eso, y a riesgo propio seguiste hurgando ya no en la sensatez sino en el peligro. Y te deslizas encorvado como serpiente a codazo limpio y a rodilla rápida, lamiendo las areniscas líquidas sobre el manantial que contiene infinidad de peces ciegos al alcance de la mano.
¿Hasta dónde quieres llegar? ¿Estás huyendo o estás buscando algo? Ahijado, mira que ahora solo tienes como compañía la mirada prístina de tu entrañable amigo Luciano; a las pequeñas salamandras perdidas en el limbo de sus nidos prehistóricos. Sólo te siguen, para que no te pierdas, el nerviosismo de las langostas y la inquietud desesperante de las lagartijas. Si no hubiera retorno tendrías que alimentarte de angiospermas y líquenes, de hierba y de musgo, a menos que quisieras probar la carne de murciélago. Avanzas como trastornado porque ya no puedes parar. El silencio y la oscuridad son una sola cosa: LUZ INTERIOR, eso es, eso es lo que buscabas, “rolo e vivo”, ofrecer tu energía a este segmento acanalado de frescura original y beber de la fuente de donde todo fue emanado. Ahora percibo el afán de tu desenfreno.
Mira allí, al frente, hay un cómodo espacio donde puedes descansar sentado, parece como una silla alcalina con dos estalactitas disparadas al cielo y dos estalagmitas desgajadas del techo. Ponle un nombre, tú lo has descubierto, bautízalo con el nombre de La posada del Romántico, o algo así. La historia y el colegio de los paleontólogos te dará los créditos por tu hallazgo. Seguramente eres el primer ser humano que se haya sentado en ese taburete celestial. Lo has logrado, flaco aventurero. El regreso no importa, lo que interesa es el presente y ¡qué banquete de presente! ¿Cómo se siente uno más allá del temor y de la plena seguridad? Pocas veces habías llorado de alegría, pocas veces habías conseguido ese trance de sobreexcitación placentera que elevara tus sustancias corporales a un nivel de apoteosis fisiológica como en este momento. El agua brota y gotea por los poros de la roca virginal, los guácharos perdidos, parlotean en agudísimos tonos el regocijo de la nueva compañía e inhalas como nunca, la cal de la vida, un aroma de almendras saladas, una ráfaga de verano de algas que se cuelan por los intersticios secretos de la piel curtida de la gruta.
Es hora de meditar.


*

Sentado en posición de loto, no sabías si reír o llorar. Las horas pasaban y tu dejabas que siguieran su curso, porque te sentías fuera del tiempo, macerando tu espíritu para extraerle al máximo las volátiles esencias que engendran lo sublime. Cuando la vivencia evade el tiempo cronológico, se comienza a vivir en otra dimensión. Y seguías caminando hacia el interior de ti mismo con los ojos cerrados, pero daba igual que si los tuvieras abiertos, total no se veía nada con los ojos del cuerpo pero sí mucho con la mirada interior, porque siempre los sentidos tienen esa doble capacidad, como si doble fuera la realidad a la que el hombre puede acceder. Se ve con los ojos una realidad exterior, y se mira con la vista interior un mundo interno de pronto más rico que el de afuera. En este sentido los ciegos, lo son únicamente para ver los colores exteriores pero no los interiores. Y tú ves porque quieres ver, bienaventurado seas porque no hay peor ciego que el que no quiere ver.
Y continúas, Gerardo Antonio, sigues aferrado al mundo con tus sentidos internos, desflorando un camino, que como un Mandala exacto y secreto te conduce a la levedad de los poseídos pero en vez de sosegar tu ánimo y entregarte al placer inaudito de contemplarte en tu propio nirvana, lo que haces es continuar indagando por aquellas materias que siempre te han intrigado y hasta confundido. Yo te sugiero que sigas hibernando para que renazcas pulcro y retomes tu inocencia perdida como a ese tesoro olvidado que no se pensaba volver a encontrar.
¿En qué te puede ayudar la religión cuando estás conectado directamente con la energía divina que ahora se te ofrece en este pasadizo sin tiempo? Un sincretismo apabullante se te agolpa en el bombeo de la sangre sobre las arterias. María Magdalena te lava los pies con generosidad de diosa en plenitud de poderes, María Lionza te pasa la palma de la mano sobre tu espalda encorvada en señal de respeto, la virgen de la Chinita te acoge en su regazo. Si Dios tuviera sexo seguramente que sería femenino pues es el símbolo de la creación y de la fecundidad. Y te sientes como Él o al menos como una participación plena de su perfección. Te veo consternado al sentir tanto poder en medio de tu nulidad. Un anacoreta agazapado desde siempre en tu interior pareciera despertar. El despojo de tu materia te hace grande, ¿verdad? No sólo estás dentro de un santuario, sino que eres un santuario, y la caverna donde te encuentras es una mezquita apropiada para alabar a Alá y la cueva donde te hallas es una sinagoga para homenajear al Dios de David, y es una pagoda para celebrar oraciones al que todo lo puede, y es un Sho Dojo donde encontramos la luz para iluminar el camino.
Alucinación o realidad, has convertido en ermita lo que talvez para otros no es más que un muladar de vómitos y excrementos de Guácharos ciegos embriagados del néctar de las frutas tropicales robadas en las tinieblas de la noche por estas aves que le temen a la luz.
Mentira o verdad, has convertido en nicho de adoración, en oráculo de Delfos lo que para otros es un antro donde los vampiros criollos esconden su fealdad para mutilar en la noche las frutas de los inermes árboles. Sea como sea, tu cuerpo acuclillado recibe el beneplácito para gritar con la voz del corazón que eres feliz, que eres libre, que el silencio te ha llevado a escuchar la voz de los emisarios del insomnio de la tierra y que la oscuridad de la caverna te ha iluminado.
El regreso es extremadamente fácil mi querido ahijado: sigue raudo la manada de los pájaros noctámbulos porque ya es la hora de la cena y de la oscuridad. Ve tras ellos y llegarás a la puerta por donde entraste desandando el salón Codazzi y el paso del Viento, el salón Sublime y el salón Precioso, repasa el paso del Viento y el salón de los Pechos, retoma el paso del Silencio y del Castillo y ya estás casi a las puertas de la galerías que te expulsan como si lo hicieran del mismísimo vientre de tu madre, afuera, a la intemperie. Pero ahora brotas nuevo y distinto, renovado y bendito porque sin esperarlo, este es tu segundo nacimiento.
Efectivamente, cuando Gerardo Antonio salió a la superficie, eran ya las once de la noche, y sus amigos lo esperaban muy preocupados y rendidos del cansancio, sin fuerzas para recriminarle por su tardanza. Habían decidido con el guardia de turno del parque, esperar unas horas más y si no aparecía, organizarían un grupo de búsqueda y salvamento, lo que para bien de todos, no fue necesario.
Gerardo Antonio apareció sano y salvo. Los que estaban rezagados en la maraña de la superficie infecunda y baldía eran los otros. En efecto, a partir de esa insólita experiencia mística, mi ahijado jamás sería el mismo. Algo en su interior lo trastocó haciendo más liviana su carne y más poderoso su espíritu. Podría afirmar que comenzó a levitar como papalote libre, sólo halado a tierra por la pita sostenida por un niño que no era otro que Luciano, aunque, la verdad sea dicha, su verdadero polo a tierra lo constituía la sensualidad y fortaleza de su amada Lisandra.