26 dic. 2012

LOS TRES



Cuento de: José Díaz- Díaz
(Hace parte de su libro de relatos LOS AUSENTES, de próxima publicación).


                                                                                      

Uno de los tres estaba confuso en sus sentimientos. David Martínez  amaba a su mujer pero la pulsión de sus instintos buscaba afanosa la presencia de Melody. Melody era feliz y solo algunas veces le inquietaba la ambigüedad de emociones que sentía respecto del esposo de su tía. Para ser sinceros, más de una vez, cuando abrazaba a David por cualquier motivo— ya fuera un saludo, una despedida— lo que palpitaba junto a su cuerpo no era el calor afectuoso de su <<pariente>>  sino las ansias inocultables del hombre que la irrigaba de un cosquilleo perturbador.
  En cuanto a Carline, francamente ella no sabía qué pensar cuando veía a su marido tan apegado a su sobrina, gozando  cualquier juego simplón que se les ocurriera en algún momento del día o de la noche. Total, se sentía seducida por su esposo y también amada a través de  su sobrina; y si esto último era necesario aceptarlo para retenerlo, pues bueno, había que admitirlo. Además, para qué oponerse.  Desde la muerte de su primer esposo, acaecida en ese nefasto octubre del dos mil uno, los dos, su marido David Martínez y su sobrina Melody Ramírez,  constituían el único asidero y  sentido de su vida.
“¿Hasta cuándo durará esto?” Se preguntaba David, mientras el corazón se le salía del pecho y su respiración agitada contrastaba con la placidez angelical de Melody quien tomada de su mano, entraba en un sueño seguro y prolongado. Sentado en el borde de la cama de la bella durmiente, esperaba con impaciencia y turbado temblor que  se durmiera para luego retirarse en silencio  a la habitación contigua donde Carline lo esperaba, tal vez dormida o tal vez despierta— ¿quién sabe?— para conciliar el sueño uno junto al otro como cualquier  pareja matrimonial. Esa era la ceremonia o ritual (como quiera llamársele) que imponía la inocente Melody todas las noches, con la complacencia de David y el consentimiento de su tía. Era la solución que la joven había encontrado para poder dormir y así contrarrestar el ataque de pánico que le entraba a la hora de irse a la cama. Ya  llevaban casi dos años en ese ceremonial y los ataques de miedo y persecución no aflojaban para nada.
                                                                                      

Melody era melómana. Por lo regular, las mañanas amanecían anegadas de música en la estancia de Pembroke Pines, como aquel domingo cuando la joven despertó muy pensativa reflexionando sobre sus cosas, después de que una pesadilla la hiciera saltar de la cama con un desasosiego inusual.  El débil sonido  de la música de piano que provenía del equipo de sonido  instalado a la entrada del enorme salón dividido por columnatas en dos módulos, inundaba los rincones más apartados de la casa  e invadía saltarina  el largo recinto derecho  donde se encontraba instalada una mesa de billar y una pantalla de tele gigante. Le seguían  dos sofás de piel color sepia, enormes y cómodos  aguardando  a que alguien los calentara. A la derecha de los sofás, se podía ver una biblioteca color caoba repleta de libros. En el lomo de uno de ellos se leía: El nombre de la rosa. Umberto Eco; y en el siguiente: El juego de los abalorios. Hermann Hesse, (solo un libraco rompía el impoluto orden de los anaqueles porque reposaba acostado sobre el segundo nivel, era de tapa verde y lomo negro y una pintoresca Geisha ilustraba la parte inferior de la portada).  Las ondas musicales serpenteaban  en el comedor vacío de cuatro puestos dispuesto al final del módulo, hacían un giro a la izquierda y se mezclaba con el tenue olor a café recién colado  que despedía la moderna instalación de la  cocina ubicada en la otra ala del mismo salón, y continuaban su periplo hasta el final a la derecha. Allí se bifurcaban entre los dos  dormitorios —el de la pareja y el de la joven— y morían a los pies de las camas vestidas con edredones de color naranja.
                                                                                        

“Soy virgen y ya casi cumplo los dieciocho años. ¿Qué pasará conmigo?” Monologaba Melody. Mis compañeras de último año de la secundaria a veces se burlan de mí porque dicen que ya tengo edad para salir con muchachos. Ellas pasan mucho tiempo hablando de   esas cosas y quizás por eso es que no se concentran en las matemáticas y les va mal en los exámenes. Ahí es cuando entro yo a desquitarme y a burlarme de ellas. Me dicen entonces que soy una Nerd. ¡Y qué! Ellas son unas tontuelas que solo quieren estar flirteando con los chicos, quienes tampoco tienen mucho cerebro que digamos. Como esa vez que la tal María Ángela quiso dárselas de bufona preguntando ante un corrillito de estudiantes que cuál de ellos sería capaz de desflorarme. ¡Vaya estúpida! Se ganó su buena bofetada porque conmigo nadie se sobrepasa. Seré muy tranquila y todo lo que quieran pero no permito que nadie me ofenda. El sexo no me interesa en absoluto ni me hace falta para nada. “Ya te llegará tu momento de despertar” me dice mi tía. Lo que ella no sabe es que me siento más <<despierta>> que todos los demás.
No quiero recordar aquella tarde de mayo  de hace ocho años, cuando, de regreso del colegio, encontré la casa llena de gente extraña y a mi tía Carline, quien vivía en la misma cuadra, dando respuestas y haciendo preguntas, como enloquecida, por aquí y por allá. Ella, acompañada de una mujer de rostro severo, de quien supe más tarde que era funcionaria del departamento de Niños y Familias; me llevaron a mi habitación. Mi ti me abrazó una y otra vez y entre suspiros y en un tono de voz muy tenue  me anunció lo que fue el derrumbamiento de mi vida: “Tus padres murieron esta mañana en un fatal accidente de tránsito”.
 — ¿Cómo? ¿Qué? ¡No puede ser! tía Carline, repítemelo otra vez.
—Sí, mi amor. Lamentablemente es la verdad. Es ¡terrible, terrible! Pero es la verdad—. Repitió entre lágrimas.
—Pero ¿Cómo fue eso? ¿En qué momento?—. Seguí preguntando como una desquiciada.
 Mi tía me seguía contando detalles de la tragedia que yo no podía ni aceptar ni entender. No podía creerlo. Grité y grité hasta que el eco de mis propios alaridos crearon en mi alma desfallecida un túnel por donde, como en un tobogán, me deslicé  hasta verme niñita—como de seis años— frágil ,inerme en el fondo de un pozo de aguas salitrosas.
No sé si me desmayé, o parecía que me desmayaba, la verdad es que todo lo veía borroso. No cabía en mi mente que a mí, justo a mí, me pudiera pasar esto. Un dolor agudo me oprimía el pecho. Lloré hasta la fatiga y creo que agoté de una vez por todas el cántaro de lágrimas que a cada quien le es asignado de por vida. Ahora soy huérfana y hace apenas unas horas era una niña normal con sus padres vivos como todo el mundo.
La primera semana dormí malísimo y eso que mi tía accedió a dejarme dormir en su cama. Yo me encerraba en sus brazos como una madeja de hojas secas tiritando y suspirando toda la noche. Las dos semanas siguientes no asistí al colegio. Mi tía es un angelito del cielo conmigo. Aceptó que Manuel, su primer esposo, durmiera en el sofá de la sala por varias semanas mientras yo estaba convaleciendo de  esa triste condición. Desde entonces se acunaron mis miedos que todavía persisten en quedarse. No quiero recordar aquella tarde de mayo.
                                                                                       

“¿Hasta cuándo durara esto?”.  Se repregunta de manera enigmática David mientras esta noche, una vez más, sentado al borde de la cama de Melody tomando con su mano derecha temblorosa, la mano derecha de ella quien yace semidormida boca arriba; los párpados ocultando su dulce mirada de mar azul-verdoso, apenas bosqueja una angelical sonrisa de satisfacción. La temperatura es perfecta. Un tibio calor invade la estancia. La luz lunar  se filtra a través del grande ventanal adornado con un velo violáceo dentro de un cortinaje de marco carmesí y permite a David contemplar ensimismado la ovalada forma simétrica del rostro  blanco  de su amada. Una amplia frente y unas delgadas cejas, una nariz corta de hoyuelos angostos y los labios semiabiertos rojos y carnosos delinean su boca que él quisiera besar mil veces pero que una fuerza tiránica interior se lo prohíbe. Su liso y delgado cabello marrón oscuro que le llega hasta los hombros enmarca el entorno oblongo de su fino cuello de gacela. Todo es armonía en el rostro de de Melody. Ella sabe que aún dormida puede confiar en él. Apenas si se oye su calma respiración. Su cuerpo vestido con un pijama semitransparente y cubierto apenas por una delgada sábana azulosa deja ver sus hermosas formas de mujer desarrollada. El edredón color naranja reposa abandonado a los pies de la cama. Sus senos medianos y redondos se insinúan bajo la luz lunar; la forma de su vientre, sus caderas, sus formidables y largas piernas están al alcance de sus ojos regocijados y de sus manos temblorosas. Su olor natural (que él lo percibe como un hálito embriagador) penetra las fosas nasales de David y se expande hasta el fondo  de sus pulmones. “¡Dios mío, ayúdame a resistir!”. Implora desde lo más profundo de su voluntad puesta a prueba.
“Yo estoy aquí para cuidarla, solo para eso”, se dice. La concupiscencia del deseo no pasará sobre el goce estético. Han transcurrido unos treinta minutos y sus manos no se desprenden. Pero ella ya parece entrar en un sueño estable y jamás sabrá que él pasó tanto tiempo dedicado a contemplarla. De seguro que Carline lo espera mirando la tele con el volumen muy bajo. Él, se relaja poco a poco de la intensa emoción producida por la larga expectación. Suelta la mano caliente de su amada Melody,  la coloca sobre el regazo de la doncella, le da un beso en la frente,  se levanta y  sin hacer ruido, caminando en la punta de los pies  se dirige a su dormitorio. Carline le pregunta si ya se durmió su niña y él asiente con la cabeza. “Menos mal, ya me estaba quedando dormida. Hasta mañana, corazón”. De inmediato da la vuelta y comienza a entrar en un sueño profundo. David toma el control remoto y apaga la tele. Se acomoda en su lecho matrimonial, respira hondo buscándola en sueños— arañando sus fantasías con las uñas encrispadas— mientras se pregunta: “¿Hasta cuándo durará esto?”.
                                                                                      

Carline es optómetra de profesión y  trabaja veinte horas a la semana (medio tiempo) en una Óptica situada a escasas tres cuadras de su casa, en el Mall de Pembroke Pines y la 114 avenida, dentro del mismo vecindario donde siempre han vivido desde que su familia emigró a los Estados Unidos. Normalmente va y regresa a pie las cuatro tardes que tiene turno en su trabajo. Es impresionante el  parecido  físico con su sobrina,  pero veinte años mayor. No tiene hijos ni puede tenerlos, igual que David. Tal vez por eso se hizo cargo de Melody, además era el único miembro de la familia que le quedaba a la pobre niña después de que su madre, Rosario, muriera en ese desastroso accidente.

                                                                                      

El destino es así, inextricable. Ahora, mi sobrina es como si fuera mi hija. Y nos parecemos tanto que fácilmente pasamos ante la gente como madre e hija. Pero las cosas se vinieron a complicar cuando, después de que yo enviudé de Manuel (que en paz descanse) y ya vuelta a casar con David, ellos incubaron con el tiempo un mutuo afecto que a veces me parece obsesión del uno por el otro. No sé. Los tres somos felices y eso es lo que cuenta. ¿O no? Hasta donde yo puedo intuir David me ama y nunca me ha fallado en ningún aspecto salvo en la intimidad del sexo, pero eso él me lo advirtió antes de casarnos. Es debido a un síndrome de impotencia que nunca pudo superar pero eso a mí no me causa pena, somos totalmente platónicos. Aparte de ello él es tierno, servicial, amable, responsable. Qué más puedo pedir. Y Melody…bueno, ella es mi espejo. Es la niña de mis ojos, respetuosa, obediente, inteligente…vaya, ¿qué podría yo tener en contra de ella? ¿Celos? ¡Por favor! eso no va conmigo. Los amo en su apego y rejuvenezco en el goce de sus miradas. Palpito en sus abrazos de nunca acabar. ¡Qué gracia y frivolidad la de mi niña, qué agitación espiritual la de mi hombre! Olfateo sus cuerpos sudorosos y me embriago en sus olores cuando les seco el sudor con una pequeña toalla después de sus largas caminatas. Sé que ellos me lo agradecen por la expresión correspondida de sus expresiones. Somos tres pero de alguna manera somos uno.
Son las seis y media de la tarde. Con su taco preferido David vuelve a practicar  su deporte— si es que al juego del billar se  le puede llamar así— y a distraerse elaborando las dificilísimas carambolas tres bandas, que consiste en hacer la carambola después de tocar tres bandas de la mesa. Raras veces las practica con algún amigo ocasional y por lo general juega solo. Mi niña lo acompaña sentada en uno de los sofás sepia pero no está pendiente de la precisión con que el jugador golpea la bola con el taco, sino que lápiz en mano resuelve un crucigrama de esos bien difíciles, en cosa de minutos. David tiene el pulso firme. Como se dice, no le tiembla la mano. Lo que sí le tiembla es el corazón cuando está cerca de  ella. Él sabe que ya no está en edad para ese tipo de sobresaltos afectuosos. Es consciente de que a su edad de sesenta y siete años cumplidos, jubilado de la empresa de ingenieros donde trabajó por casi 25 años, y con cinco años de estar felizmente casado conmigo, debería estar más apacible y sosegado, pero no. Como que la vida, el albur, lo lleva por otros senderos, por caminos, por brechas  desconocidas y tal vez peligrosas que lo desequilibran pero que a la misma vez le imprimen a su emoción de vivir una intensidad que lo reconforta y lo rejuvenece. Es claro que ahora está pensando en Melody. Y la tiene a escasos tres metros. Y la mira y ella le devuelve la mirada azulosa con ternura y complaciente sonrisa, angelical como siempre. — ¿Pasa algo?—. Le pregunta ella con su voz dulce, delgada y alta como de contralto coloratura, levantando la cara de la revista  de acertijos y  acompañando la pregunta con una sonrisa enigmática. —No mi linda, nada. ¡Que te quiero! —.Ella escucha con complacencia la reiteración, asiente con la cabeza y se agacha para escribir una nueva palabra en el puzzle que para ella es como pan comido. La palabra es de ocho sílabas e indica transposición de sentido. Escribe sin dubitación alguna la palabra “metáfora”.

                                                                                      

—La cena está servida—. Les anuncia Carline desde la cocina. “Gracias”. Responden los dos al unísono y se preparan para degustar los apetitosos platos que ella sabe preparar. En esta ocasión van a saborear un delicioso pollo guisado con verduras. Una copa de vino tinto acompaña el puesto del señor. Dos vasos de agua, el de las damas. Después de unos minutos ya están sentados a la mesa. Él a la cabecera, y las dos mujeres a la derecha y a la izquierda. Nadie se fija en el puesto vacío ni tendría ningún sentido fijarse en él. Los tres se miran y se disponen a comer. Huele delicioso. Melody Ramírez acerca con elegancia su rostro al plato, ensancha los hoyuelos de su nariz y exclama “¡Tía, que delicioso huele!”David asiente con un movimiento de cabeza y Carline sonríe con satisfacción. “Pruébenlo y no se diga más”, ordena la cocinera. La armonía reina en su hogar. Se siente en la quietud del ambiente y en el silencio del atardecer. Cada quien se sabe un tesoro para los otros dos. Nada sobra, nada falta. Se miran con satisfacción mientras sus paladares se engolosinan sin afán el sabor del guisado. Más tarde vendrán las conversaciones de sobremesa y después recomenzará el sagrado ritual de las manos tomadas en donde el pacto de la atracción superará el pánico de vivir en orfandad. Se vuelven a entrecruzar las miradas sin decir palabra y en sus ojos juguetean líquidas formas que se atraen, se entrelazan y como olas inmensas invaden los resquicios dulzones de sus cerebros complacidos.
                                                                                      

Los sábados son unos días especiales  para ellos. Entrada la tarde van a la piscina. Las dos mujeres en bikini se parecen aún más como una gota de agua a la otra. Salvo la edad, por supuesto, en donde el tono muscular de la una no es tan fuerte como el de la otra; a la distancia que se encuentra David, sentado  junto a la mesa campestre degustando una limonada, las ve casi iguales. Bueno, y es que en su embrollada mente a veces son la misma persona. Esos rasgos de familia son tan impresionantes que lo confunden. Ellas juegan— como ninfas diosas del agua— con total desparpajo y con la seriedad que tienen los niños al jugar, a lanzarse olas de agua empujando la superficie acuática con la palma de la mano enfilada hacia adelante. Saltan y lanzan grititos que a David le encantan. De hecho lo emocionan sin saber por qué. Un fogaje inesperado invade su cuerpo. Son grititos agudos y sensuales pero solo eso y sin embargo él siente alboroto en sus riñones.
Las bañistas regresan a la mesa. Él las frota y las seca  con la misma toalla grande y suave. Va a la una y va a la otra y ellas se dejan hacer pues es un ritual consentido. Sus cuerpos bien formados, de estatura mediana, van consiguiendo la calma después del ejercicio y del masaje relámpago del hombre. Ahora, se sientan y beben una limonada bien fría mientras David dispone el tablero de un ajedrez gigante de mármol de Carrara sobre la mesa y comienza a disponer las hermosas piezas de reflejos metálicos en los cuadros que corresponde. La contrincante, como siempre, será la Nerd y Carline la testigo y la juez a la misma vez. La juez lanza una moneda al aire para decidir quién va con las blancas y quién con las negras. Gana la Nerd. Pero no importa pues  David siempre le regala la <<salida>>. “Las damas primero”, le dice y ella sale con <<Peón cuatro Rey>> y él le frena el avance del peón con <<Peón cuatro Rey>>. Se nota que van a desarrollar la apertura preferida del maestro Capablanca, aquel cubano que sin mucha teoría ajedrecista pero sí con genialidad y  fervor caribeño llegara en su momento a la cima reservada a los grandes maestros. Aquellos tiempos en que Melody se estaba iniciando en los secretos del juego ciencia y de cuando David aprovechaba para darle en cuatro jugadas el <<Mate Pastor>>, ya había quedado atrás. Ahora había que jugar de verdad, de igual a igual  y ya no se podía predecir quien iba a dar el jaque mate. Carline  olvidaba que fungía de juez y no hacía sino preguntar por qué esta movida, por qué esta y no esta otra; en fin, se involucraba en el juego pero no jugaba. Le daba pereza la concentración debida para poder sacar adelante una partida decente.
Terminada la partida saldrían a cenar a un restaurante del Mall de Pembroke Pines y la 114 avenida y luego irían  a un cine de medianoche, preferiblemente  irían a ver una película de suspenso (seguramente Hitchcock). Las mujeres empujaban a   David para que se sentara en una butaca en medio de ellas y cuando alguna escena las asustaba, abrazaban al hombre para que les aplacara los aspavientos y les diera calma a sus fantasías descontroladas. Ya de regreso en su casa, el ritual continuaría. Ella pediría a su <<tío>>, con pudor contenido y con descuidada indolencia juvenil, que le velara el sueño mientras Carline lo empujaba a que lo hiciera, puesto que la niña había quedado muy impresionada con las escenas de la película.

                                                                                       

Algunas veces, David razona acerca de lo que le sucede con sus dos mujeres como esa tarde de lunes sentado en solitario al lado de la mesa de la piscina  después de darse un refrescante baño. Ama ese espacio abierto al cielo pero también íntimo recinto donde algunas  noches el medita  sobre la velocidad con que la vida abraza la vejez, mientras sus ojos se extasían viendo a la luna temblar sobre la piel del agua. En la casa no se encuentra más que él  puesto que Carline está cumpliendo su turno en la Óptica y Melody ha ido al College de Miami Dade  para preguntar sobre los programas de Matemáticas y física que es lo que  le interesa estudiar.
 << ¿Mis dos mujeres? No. >>. Se contradice y aclara, porque ellas no pertenecen a nadie. Son espíritus libres como ya quisiera serlo yo. Me siento bien, y afortunadamente no encuentro tribulación alguna en mis emociones. ¿Tiene algo de malo  que goce hasta la médula en una contemplación que me lleva al delirio con el solo hecho de seguir con las pupilas de mis asombrados ojos la línea del cuerpo de mi divina Melody? ¿Que me extasíe en su olor felino cuando el sueño comienza a poseerla? ¿Que arda en fogosa llama cuando atado a ella por el calor de su mano, la concupiscencia del deseo me eleve y transporte a estados ardorosos de éxtasis que jamás de otra manera podría obtener? ¿Debería por una veleidad moral negarme a experimentar estos sagrados momentos de arrobamiento que me conectan— frente a su indolente abandono—con la raíz de la felicidad y con el sumo placer de los sentidos abocados a enaltecer la dicha de existir? La respuesta es ¡NO! El heroísmo emana de la debilidad y yo, ciertamente, me arrodillo ante la arrogancia sublime de la belleza. Pero bueno, basta ya de sutilezas éticas y pensamientos de esteta decadente.  Gracias debo dar al cielo por obsequiarme con estas experiencias inofensivas que me salvan de la rutina y me regalan con  inflamados momentos de pasión.
                                                                                       

 David se sacude la cabeza, se levanta, cruza las manos sobre su nuca y gira el rostro unas cuantas veces a derecha e izquierda. Luego se dirige a su biblioteca ubicada al lado de los sofás de color sepia, se sienta y retoma la lectura de La casa de las bellas durmientes del escritor japonés Yasunari Kawabata. Un tenue sonido de música de piano proveniente del equipo Panasonic le ayuda a deslizarse en un placentero ambiente de relajamiento total y de inmersión en la historia que lee. En su febril fantasía se transforma en Yoshio Eguchi, el anciano protagonista de la obra de Kawabata. Encarnado en el personaje se ve en la posada de las durmientes acostado en el lecho de la habitación (asignada exclusivamente para él por la enigmática mujer que dirige el ceremonial erótico)  con una adolescente virgen narcotizada totalmente a la cual solamente le es permitido contemplar. Solo le es concedido “beber la juventud de la muchacha dormida” y él como hombre de palabra respeta la norma. Se encuentra embebido en la lectura del libro en el cual se hace además una profunda reflexión sobre el estrago del tiempo en el alma de los hombres. Permanece sumido en ese mundo onírico por largo rato en donde el derroche de juventud y vitalidad que brota natural de la piel de la joven dormida, contrasta y abofetea la fealdad insalvable de su vejez cercana a la muerte; y en donde el esplendor y la lozanía de la criatura dormida hace más visible la patética postración de su decrepitud inminente. Evoca con placidez teñida de nostalgia aquellos innumerables momentos de ímpetu desbordado e  infinito goce erótico que encienden y materializan recuerdos de encuentros amorosos de liviandad juvenil y licenciosa adultez.
 En algún momento, el ring- ring de una llamada telefónica equivocada lo saca de esa realidad cenagosa y elusiva y lo devuelve a la realidad del presente.
                                                                                     

Es de noche. El día ha estado pleno de noticias y Melody luce expectante ante la inminente admisión de su nombre como nueva alumna de Física en el Massachusetts Institute of Technology, situado en Cambridge, Massachusetts. Con alborozo les cuenta a su tía y a David la buena nueva. Le han asignado una beca que le cubre gran parte del costo total de la carrera. Es una de las mejores universidades del país. Sin lugar a dudas, comenzará una nueva etapa en su vida y será un fructífero periodo de aprendizaje justo en el área de estudios que siempre ha querido. Un futuro profesional brillante le espera. “En mis vacaciones vendré a visitarlos” les dice abrazándolos y de sus ojos emanan chispazos de tristeza  combinados con fugaces resplandores de alegría. Los dos la abrazan y la felicitan. Sabemos que es por tu bien y compartimos tu inmensa alegría, le dice Carline sollozando. Y permanecen abrazados por un prolongadísimo momento con sus frentes pegadas la una contra las otras. David también está feliz por ella pero por dentro está devastado. No puede admitir que el final del ritual nocturno haya llegado a término. Se siente desolado y su mente navega en el vacío. “En mis vacaciones vendré a visitarlos”. Repite la niña dándoles ánimo y fortaleza.
Esa noche a la hora de dormir David Martínez va a velarle el sueño, como es la costumbre, pero un estremecimiento invade su cuerpo cuando pasados ya unos minutos y sentado, como siempre a la orilla de su lecho  ella con los parpados cerrados y su rostro dulce le alarga la mano para que le traspase su energía calma y así pueda entrar de la vigilia azarosa en un ensueño plácido e inocente. <<Ella comenzará una nueva etapa en su vida>>, piensa de repente David, pero él también iniciará una nueva etapa de desasosiego e incertidumbre. ¿Cómo serán mis noches sin ella? , se pregunta y una agitación espiritual lo invade y lo llena de insondable inquietud. ¿Cómo transmitirle paz a su bello semblante cuando él se está desquiciando ante la inminencia de un abandono que no puede soportar? Ahora es ella quien en su indolente abandono le da quietud a su alma confundida. Y él se deja seducir por la música de su respiración entrecortada y por la fragancia de su cuerpo liviano raptado de la miseria de la realidad al silencio de la noche que la embiste con su magia para transfigurarla en la doncella de la  inocencia donde la pulsión del deseo no puede más que extasiarse en el arrobamiento de la contemplación y en el desvarío de una mística posesión. David la acaricia con las palabras que no alcanzan a articularse en su garganta pero que están rumiadas para conjurar su lujuria contenida.  Inclina sus fosas nasales muy cerca de sus senos redondos y evoca conmovido el aroma de la leche materna. Entornando los ojos se deja llevar hacia adentro, como quien se dirige a un túnel dentro de sí mismo, se refugia dentro de sus propios sesos ablandados y dulcificados que como masas gelatinosas yacen en un manantial de paredes erotizadas hasta las lágrimas. Con los ojos aguados aprieta levemente la mano  de Melody y ella apenas lanza un leve suspiro. “No sé qué será de mí”, se dice, mientras se dispone a abandonar la estancia. No puede más. Sufre más que nunca el poder que ella ha ejercido siempre  sobre su débil voluntad. Se siente exhausto como después de una extenuante y agotadora jornada de trabajo. Le suelta la mano con ternura contenida, se la coloca como siempre sobre su regazo, y en pie juntillas camina hacia su habitación. “Que duermas con los angelitos” Le parece escuchar de los labios entreabiertos de su seráfica amada, mientras camina. <<Chitttsss>>, responde él volteando ligeramente la cabeza mientras se dice “Ella, como siempre, hablando dormida”.
Y la hora de partir llegó. Tres meses después del anuncio de la inscripción en el MIT, en el sopor de los calores de mediados de agosto, Carline y David se encontraban en el terminal D del aeropuerto de Fort Lauderdale despidiendo a su sobrina y a su ángel quien maleta en mano y morral a la espalda, estaba lista para emprender la nueva etapa de su vida. David no pudo oponerse  a su partida puesto que nunca podría anteponer de manera egoísta sus sentimientos personales al porvenir profesional de Melody. Se sentía maltrecho y sin fuerzas para seguir viviendo pero la mirada compasiva de su mujer le decía que podría superar la ausencia. Ella se encargaría como espejo y fantasma de la ausente, de insuflar de delirio las noches vacías. Total, habían sido una pareja estable hasta el momento, y lo seguirían siendo a pesar de la lejanía de ella. La nueva universitaria comprendía los sentimientos que los embargaba a los dos y les daba ánimo. Total en junio del año siguiente vendría a compartir con ellos sus dos meses de vacaciones. También tendría que superar sus miedos y solventar su pánico nocturno, a lo cual estaba totalmente decidida. Si fuera del caso pediría ayuda a su futura compañera de cuarto en el Campus del MIT, una muchacha de origen colombiano residenciada en Boston que estudiaría la misma carrera de ella y con la cual ya habían intercambiado correos electrónicos y números de teléfonos y hasta habían conversado sobre sus cosas personales. En cuanto a David, volcaría toda la emoción de sus arrebatos fantasiosos en la amorosa espera de unos cuantos meses. Como una bestia (aletargada, mansa y leal) transformaría su lacerante y agónica espera en sufrimiento vivificante. Desaceleraría el desenfreno sensual de los últimos años hasta conseguir una quietud casi absoluta dentro de un estado de hibernación severo pero saludable.  “Todo seguirá igual que antes” les prometió Melody,  mientras los abrazaba y se  fundían en una sola sombra que el viento de la tarde acunaba y mecía como la luna en la piel del  agua de la piscina de su casa vacía.





18 dic. 2012

El plagio literario y el Remake. Por José Díaz -Díaz




Si no me equivoco, lo concerniente al Plagio Literario lo tenemos básicamente  claro. Es un burda y descarada copia de un material escrito, que el plagiario lo hace pasar como propio. Al comparar los dos textos y comprobarse la identidad o similitud esencial de los mismos, concluimos en que la comisión del delito es un hecho. Si en efecto este es el caso, nos encontramos ante la presencia de  un típico y vergonzoso robo de propiedad intelectual, punto.
Pero cuando hablamos del Remake literario, nos estamos refiriendo a otra cosa. A una técnica más bien sofisticada que involucra un sinnúmero de aspectos que tienen que ver con la manera como el autor se posiciona y encara su oficio de escritor.  Quizás el nombre de Remake  nos suene un poco novedoso—a anglicismo impuesto por la moda— pero el ejercicio de lo que el concepto involucra no lo es tanto. Si extendemos  su significado y  aceptamos que es una reescritura de un texto, encontraremos en la historia de la literatura un sinnúmero de ejemplos sobre esta práctica que es totalmente aceptada y, que sin lugar a dudas, tipifica el natural desarrollo y retroalimentación del fenómeno de la creación. Ya lo afirmaba Jorge Luis Borges  cuando dijo que hay un solo y único libro universal que se escribe desde siempre y para siempre. Dicha afirmación encaja perfectamente en ese principio rector de la cultura y el conocimiento: “lo nuevo siempre se construye a través de lo viejo y de lo ajeno”.

 Sin embargo, no todo el mundo acepta estas premisas como ciertas. Para la muestra, les cuento (a quienes no lo sabían) un dato curioso y paradójico: la viuda de Borges, María Kodama en fecha reciente  logró hacer retirar de las estanterías españolas—apoyada según dice en el consejo de su abogado—el libro del gallego  Agustín Fernández Mallo, titulado “El hacedor (de Borges), Remake”. El contrasentido de la acción ejercida por la <<custodia del legado borgiano>> se encuentra en que fue justamente Borges quien practicó, fundamentó y explicó el sentido del fenómeno literario entendido como un único cuerpo vivo que se desarrolla y expande en la Historia desde adentro, desde su propia materia (copia repetitiva de los mismos temas, tiempo y espacio, etc.). En este sentido la Originalidad como tal, no existe. “todo es literatura de segunda mano” afirma Borges. De todas maneras la originalidad, entendida de este modo, quedaría reducida a la manera  como se narra, como se enuncian y  transmiten los temas. Es decir, al punto de vista, al enfoque, al tono con que el autor maneja la emoción de su voz.

Digamos que la substancia matriz de la materia literaria parece venir de un solo tronco. Así se deduce cuando  entendemos a cabalidad el concepto de INTERTEXTUALIDAD. Mario Capasso en su artículo El libro infinito, refiriéndose a las técnicas utilizadas por Borges, lo describe así: “Con las diversas formas de intertextualidad utilizadas, ya se trate de la inserción en la trama de citas verdaderas o falsas o la remisión a libros imaginarios o reales, Borges nos da en varios de sus relatos la impresión de contarnos un cuento donde nos señala a su vez cómo se escribe un cuento. La intertextualidad en Borges sirve además para justificar un relato y hacernos ver que la historia de la literatura universal no avanza en forma cronológica o lineal sino que se repliega sobre sí misma y se convierte en un tejido donde los precursores se convierten en discípulos. El plagio se transforma en re-escritura adaptada a un nuevo contexto histórico y social. Así el lector o receptor productivo transforma la obra en otra de su autoría, indefinidamente, ya que se destruye el mito de la propiedad exclusiva de un texto. Prima en Borges la invención, la imaginación, el sueño creador del escritor entendido esencialmente como lector. Ejemplo de ello es la biblioteca infinita de Tlon en donde todo es anónimo, en donde los personajes se leen a sí mismos y nosotros, lectores, somos también personajes porque alguien nos lee. Lo real es cuestionado. En conclusión: no hay autor ni texto original. Se establece una ley de recurrencia infinita”.
Sea como sea, el escritor proclive a utilizar estas técnicas y procesos de elaboración de su narrativa apoyados en la reelaboración, la reescritura, el remake y la intertextualidad, son conscientes de su voluntad transgresora y de su afán por involucrar sus propios textos con y en la matriz de ese árbol literario que, como en un manuscrito que contiene vestigios de palimpsestos frescos y antiguos, se suma a la construcción del libro universal.
De este modo, vamos entendiendo el valor literario de versiones y adaptaciones de gran trascendencia tales como el Ulises de Joyce inspirado y elaborado a partir de la estructura del Ulises de Homero. Y por qué no, redescubriendo la génesis del Quijote de Cervantes, inspirado y elaborado a partir de la estructura de los libros de caballería de su época. Entonces nos hallaremos más a gusto leyendo a Goethe y Thomas Mann cuando hacen  lo propio con el viejo personaje de El Fausto. Pero ¡Ojo! que no es nada fácil reelaborar una obra clásica ni  jugar con los temas tratados por los grandes maestros, porque para caer en el << refrito>>es muy fácil, además de penoso.
 Hay que hilar finito cuando nos decidimos a retomar una obra para construir la nuestra a partir de ella. Recordemos el caso de García Márquez quien logró una obra inmensa de esplendida riqueza y tonalidad lúdica como lo es Cien años de soledad, a partir de trazos y rasgos de ¡Absalom, Absalom! de William Faulkner; pero no así con Memoria de mis putas tristes (2004), donde al confrontarla con La casa de las bellas durmientes (1961) de Yasunari Kawabata (obra que lo inspiró), echamos de menos esa magistral escenografía y ambientación, esas descripciones de tono poético que van más allá de lo sensorial y de lo intelectual, esa honda sensibilidad para sugerir estados de ánimo sobre temas tan determinantes en la condición del ser humano como lo son los de la vejez y la muerte, llevadas a la cima por el Nobel japonés.
Ya que hemos tomado a Borges como ejemplo para escudriñar sobre la técnica que nos ocupa, terminemos honrando, ahora, el vicio de la lectura. Y más si caemos en la tentación de escribir algún Remake. Todo gran escritor es en sus comienzos  un gran lector. Así lo reafirma el maestro Borges cuando dice: “Que otros se enorgullezcan de las páginas que ha escrito, a mi me enorgullecen las que he leído”. Es evidente que la práctica del préstamo intertextual, el  retomar elementos preexistentes, el ensamble de las partes en el todo inyectándolas de ideas nuevas vigorizan el nuevo texto, le dan un  valor agregado al universo literario del autor y de paso, le abre la curiosidad al lector por conocer las obras y autores involucrados en la densidad significativa de libro que lee. Es preciso leer con exceso para aprehender la esencia de la literatura y para  desarrollar las potencialidades del lenguaje. Al final de cuentas, como pensaba Platón, quizás al realizar este ejercicio de lectura y reescritura solamente estamos <<recordando>> algo ya preexistente en las cepas de la vida ya sea real o fantástica.
José Díaz-Díaz.  Me pueden leer también en: Revista sub-urbano.com

4 dic. 2012

Un comentario para "El último romántico"


El Circulo de Lectores y Escritores de la Florida

Presenta la novela:
EL ULTIMO ROMANTICO
Autor: José Díaz-Díaz
Un librero retirado narra las aventuras de un ingenuo y joven provinciano perdidamente enamorado del mundo de los libros quien dedica su vida a escribir una novela con la pretensión de que el éxito obtenido le otorgue sentido pleno a su caótica existencia.
Mientras los tiempos cambian, un exquisito y rebosado erotismo tropical va anudando las diversas secciones del entramado de las dos ficciones. La picardía criolla, la guasonería y el humor picante salpican las páginas del texto total conformando un escenario tragicómico donde toda va en serio y nada es serio, salvo las reflexiones puntuales sobre la inminente muerte de los libros de papel y el advenimiento de los libros digitales con el triunfo de la era de la Internet.
Escrita en un lenguaje coloquial unas veces, y otras en un lenguaje depurado, la dramatización nos vapulea entre lo anodino y lo sublime, entre lo sencillo y lo profundo, todo ensamblado dentro del pintoresco paisaje colombo-venezolano.
La parodia de la novela dentro de la novela, teñida de un sustrato poético que emociona, ensambla la alegoría perfecta de la contradicción central de nuestro tiempo: mixtura de valores, las dos caras de la misma moneda, la verdad y la mentira fusionadas en una sola.
Presentacion tomada del libro, escrita por su autor.

Una respuesta a Lectura del mes de Agosto, 2011: Novela “El último romántico” por José Díaz-Díaz

  1. “Tranquilo mi biógrafo, que la inmortalidad es un fastidio… uno no sabe al final que hacer con ella.”
    “El último romántico” por José Díaz-Díaz

    Capítulo 38, Página 278

    Hoy terminé de leer la novela “El último romántico” del escritor José Díaz-Díaz. Sentí mucha familiaridad con el ambiente y con los personajes. Encontré que algunos de los personajes tenían mi voz y hasta me leían el pensamiento; otros se presentaron con naturalidad, develaron sus experiencias y tomaron rumbos que yo no esperaba, pero que le agregaron un matiz de sorpresa a la novela.
    La memoria de un librero, apasionado por la lectura, sirvió de tiquete al escritor, para embarcar al lector en una travesía rica en experiencias, conocimientos y reflexiones. El narrador fue muy bien escogido. Se escucha su voz y se siente su vejez.

    Disfruté de la creatividad del autor para dar origen a los personajes y conducirlos en el tiempo hasta el cierre de su historia. La narración tiene su propia música, donde el relato no termina drástica o inesperadamente y es conectado con acierto capítulo a capítulo.
    El tiempo es muy bien manejado, al igual que la atmósfera en la que se mueven los personajes. Un dominio de la descripción, de las experiencias y de la época, afianza la compenetración entre el lector y la narración.

    Un delicado y profundo análisis de los personajes es trascendental en esta novela. Gerardo Antonio, por ejemplo, es un antihéroe que lleva a cuestas el karma de muchos escritores o aprendices del oficio -que aman y sueñan demasiado con el éxito y persisten en la vida que escogieron, con la firme esperanza de llegar a ser leídos o de hacer algo que valga la pena con su existencia. La exaltación que vive Gerardo Antonio dando a luz su primera novela, esa búsqueda de la perfección, mas una cadena de peripecias, arrastra al lector como si fuese el testigo de un largo alumbramiento que no comienza con la vida ni termina con la muerte. Otro de los personajes es Elizabeth, la madre de Gerardo Antonio, “el flaco” como lo bautiza el autor, también encierra en su historia esos eventos de desgracia, que más tarde culminan con su plena realización y aceptación personal.

    El autor nos conduce con audacia hacia lugares selectos, libros y hechos históricos, los cuales brindan elementos que hacen más atractiva la trama y caracterizan con precisión a los personajes; como es el caso del “maestro Luciano”, el enanito clarividente, espiritista, quiromántico y experto en magia blanca, quien aseguraba haber sido un discípulo adelantado de madame Blavastky y también un espíritu errante, que llevaba más de cinco siglos re-encarnando. Luciano, salido de los túneles mentales, es la creación de la creación y el pasajero que viaja de a gratis en el libro, fiel a la cotidianidad de Gerardo Antonio.

    La novela de Jose Díaz-Díaz, hace una sutil invitación a debatir sobre la pregunta: ¿Quién no es romántico? A sabiendas de que lo que se conoció como un movimiento cultural y socio político del siglo XVIII, es en realidad una abierta declaración del amor por la libertad y la expresión del sentimiento en todas sus formas. Nadie escapa al romanticismo, es por eso que a lo mejor el personaje central, Gerardo Antonio, decide escribir el “Último Romántico” para enmarcar en sí mismo al “fantasma o la versión del ser romántico” que habita dentro del ciudadano contemporáneo. Es esa caracterización del romanticismo, lo que conlleva al personaje a esa búsqueda permanente. El autor logra que el lector se encariñe con “el flaco” y que sienta el mismo afán para que culmine su obra.

    La novela de José Díaz-Díaz evidencia la nostalgia causada por la pérdida de lo que es sacrificado en nombre del desarrollo y la influencia de los conflictos sociales en el destino de los personajes. Cabe resaltar, que el autor combina con maestría la ingenuidad y la picardía, como elementos que entretienen y le sirven de herramienta para desarrollar las historias que se entretejen con cierto aire a fabula, a anécdota, y en ocasiones a monólogo.
    El autor, rescata del olvido pasajes de la idiosincrasia latinoamericana y nos obliga en medio del humor, a reflexionar sobre ciertos temas tan propios de la naturaleza humana y la influencia de la evolución tecnológica, que entre otras cosas esta sepultando a nuestros queridos libros de papel.
    Por Pilar Vélez, Directora AIPEH-Miami

2 dic. 2012

Philip Roth ¿dejará de escribir?


Philip Roth ¿dejará de escribir?
Por José Díaz-Díaz
Considerado por la crítica como uno de los cuatro novelistas estadounidenses  más importantes de los últimos veinticinco años, Philip Roth, judío-americano nacido en Newark, New Jersey (1933) y postulado al Nobel durante varios años seguidos, este año ha sido laureado con el Príncipe de Asturias de las letras, después de ser distinguido  en el 2009 con el Pulitzer de literatura. Entre otras distinciones a nivel nacional que enaltecen su carrera figuran: Premio Nacional del libro (1960). Premio Hemingway (2001), Premio Faulkner (2006) y Premio Nabokov (2007), los tres anteriores otorgados por el Pen Club. Doctor en letras honoris causa por la Universidad de Harvard (1993).
Sin embargo, todos estos reconocimientos—que fácilmente  obnubilarían a un escritor de ego elevado dado el <<éxito>> obtenido con la totalidad de su obra— no han confundido a Roth, y por el contrario, él prefiere enunciar su verdad: reconoce que  su proceso creativo es una “agonía espontánea […] extremadamente difícil, extremadamente frustrante y poco satisfactoria”, como lo expresara en una reciente entrevista. “Si pudiera dejar de escribir lo haría, pero no sé cómo hacerlo” acotaba en esa ocasión.
Su honda concepción pesimista sobre la condición humana, y no por tal menos realista, lo lleva también a condolerse por la creciente pérdida del hábito que generaciones anteriores mantenían con vigor y exultante satisfacción: la pasión por la lectura. Roth augura la <<muerte del lector>>. “Los lectores van a desaparecer”, afirma. “Seguirá habiendo novelistas que seguirán escribiendo, pero serán leídos por menos y menos gente. Tiene que ser así. Simplemente hay demasiadas pantallas […], dentro de cincuenta años habrá la misma gente leyendo en Estados Unidos que la que lee hoy en día Poesía del Renacimiento en Latín”.
Estas inquietantes reflexiones por sí solas nos deberían  impulsar a conocer a su autor. Y es que leer a Philip Roth es obligante y urgente para todo lector (incluido el hispanoamericano) que desee seguir el hilo del desarrollo de la narrativa universal de los últimos cincuenta años, porque detrás de esa novelística va a descubrir los intrincadas señales de la cultura literaria estadounidense de nuestro tiempo. A través de sus treinta y una novelas entre las cuales se encuentran: Pastoral Americana (premio Pulitzer 2009), Operación Shylock (1996), El lamento de Portnoy (1997), Me casé con un comunista (2000), La mancha humana (2001), La conjura contra América (2004), El animal moribundo (2006) Indignación (2008), Némesis (2010); Roth disecciona y critica el comportamiento del ser norteamericano de las últimas décadas; desguaza la conciencia de ese animal masificado, político-cultural y erótico desde sus ancestros y valores impulsados por los <<Padres fundadores>>, para golpear donde debe golpear y salvar lo que es éticamente salvable de las transformaciones  que han  caracterizado la historia de la vida de los estadounidenses hasta el momento actual.
Me limitaré en esta reseña, a anotar algunas señales literarias que, a mi modo de ver, el genio y la inspiración narrativa de Roth puntualiza en El animal moribundo y que de manera particular, patentiza la impronta de su novelística. Dos personajes centrales: el profesor universitario David Kepesh (alter ego de Roth y narrador personaje en primera persona) un hombre seductor, inteligente y culto, de setenta y dos años y su amante y ex-alumna, de origen cubano Consuelo Castillo (de veinticuatro años) sirven de eje donde convergen los más sentidos e intrincados temas de relación de pareja y de la sociedad en la cual viven. Los escenarios exteriores donde transcurre el drama son Manhattan, Nueva York y Estados Unidos. Los detalles de época y ambientación: desde los años sesenta hasta el año dos mil.
 Igual que en sus otras novelas—pero siempre superándose a sí mismo— el autor conforma en su texto un retrato, una ventana, desde la cual nos desvela su mirada sobre la identidad cultural y étnica, sobre la creación artística, sobre los movimientos sociales (hippies, revueltas de 1968, etc.) que dejan al hombre de hoy despojado de cualquier concepto seguro a seguir en la búsqueda de una explicación válida para expresar sus vidas y sus destinos de seres cuyo final ineludible es la incomprensión y sinsentido de la muerte.
Con un estilo directo y descarnado, fluido e incisivo— propio del narrador en primera persona— la trama de la novela va desenvolviendo con desenfrenada profundidad el hilo de secuencias rememoradas por Kepesh y contadas al narratorio( su amigo George), para clavarles sin dilación alguna su valoración ética. Trata de la juventud y de la seducción, de la vejez y la pulsión omnipresente de  la muerte; del eros y el thanatos; de la belleza física y de su decadencia; de la obsesión de los celos (…de la deliciosa imbecilidad de la lujuria…) y  del poder del hombre sobre la mujer y de la mujer sobre el hombre. Trata sobre el sexo como arma de doble filo que puede darle coherencia a la existencia pero que también puede echar por la borda la disciplina más férrea. Habla sobre el matrimonio como un acuerdo social facilista y cobarde y habla sobre el enamoramiento como un abandono de la identidad personal. La fuerza de los cambios conquistados en la década de los sesenta por los movimientos juveniles en la sociedad estadounidense, le sirve de marco histórico para ambientar sus personajes. Habla también del concepto de pornografía, dentro del contexto argumental de El animal moribundo. A propósito, leamos el siguiente fragmento:

“… ¿Cómo cautivo yo a Consuelo? La idea es moralmente humillante, pero ahí está. Ciertamente, no voy a retenerla prometiéndole matrimonio, pero ¿de qué otro modo puedes retener a una joven cuando tienes mi edad? ¿Qué puedo ofrecerle aparte de eso en esta sociedad de leche y miel de libre mercado sexual? Y ahí es donde empieza la pornografía. La pornografía de los celos. La pornografía de la autodestrucción. Estoy arrobado, estoy subyugado y, no obstante, estoy subyugado fuera del marco. ¿Qué es lo que me sitúa fuera? Es la edad. La herida de la edad. La pornografía en su forma clásica es estimulante durante cinco o diez minutos antes de que resulte más bien cómica. Pero en esta pornografía las imágenes son dolorosas en extremo. La pornografía corriente es el esteticismo de los celos. Elimina el tormento. ¿Qué... por qué «esteticismo»? ¿Por qué no «anestésico»? Bueno, quizá ambas cosas. La pornografía corriente es una representación. Es una forma de arte decadente. No consiste sólo en una simulación, sino que es patentemente insincera. Deseas a la chica de la película porno, pero no sientes celos de quien se la está tirando, porque él se convierte en tu sustituto. Totalmente asombroso, pero tal es el poder del arte incluso decadente. Él se transforma en un doble, está a tu servicio, y eso elimina el escozor y convierte el acto en algo agradable. Como eres un cómplice invisible del acto, la pornografía corriente elimina el tormento mientras que la mía conserva el tormento. En mi pornografía no te identificas con el saciado, con la persona que lo está consiguiendo, sino con la persona que no lo consigue, con la persona que lo pierde, con la persona que ha perdido […]”
En la medida en que avanzamos en la lectura de El animal moribundo, podemos sentir asco o admiración; aturdimiento, vergüenza o asombro y, como cuando estamos a las puertas de algo grande, fascinación. Gracias a la pluma despojada de retórica y de artilugios, en donde la poesía anda escondida entre el tono realista y desconsolado de un angustiado existencial, la desnudez y sabiduría de un escritor  como Roth sigue la orden de Nietzsche de << escribir con sangre>>, asumiendo con valentía una realidad trágica  que a la postre  nos ahoga en su verdad, las más de las veces, amarga y dolorosa.
Pero, para comprender y entender con sentido ecuánime a Philip Roth, tenemos que transitar— para fortuna nuestra— por la lectura de las obras de aquellos clásicos de la psicología y de la literatura erótica que le dan entorno, consistencia y peso específico a la singularidad del arte de narrar rothiano. Es menester que recordemos a Freud y sus planteamientos sobre el placer y el dolor amén de transitar por la narrativa del marqués de Sade. Debemos continuar la lectura con la obra cumbre del erotismo, me refiero a Historia del ojo, de George Bataille y regalarnos con  las exquisiteces de La Lolita de Vladimir Nabokov. Quizás debamos releer algunos de los Trópicos de Henry Miller y condimentarlo con algún poema de Charles Bukowski. Tal vez de esa manera podríamos vanagloriarnos, ahora, de que tenemos vivo a uno de los grandes de la literatura nacional estadounidense.
José Díaz-Díaz
www.arandosobreelagua.com

25 nov. 2012

Octavio Paz, la vigencia de su Crítica


                                       

Octavio Paz, la vigencia de su Crítica

Por: José Díaz- Díaz



Una de las mayores virtudes de Octavio Paz es la de acceder al ejercicio de la literatura con el doble don de la permeabilidad sensorial ante la Poesía y la racionalidad estricta ante el ensayo, fusionando en muchos de sus escritos prosa y poema, sentimiento y lógica; dualidad que deviene antagónica y a la vez en armoniosa unidad, como en el manejo de los Opuestos, concepto clave de su concepción del mundo y de su estética.

Premio Cervantes, 1981 y premio Nobel de Literatura, 1990; este escritor mexicano (1914-1998) nos deja por partida doble, un cuerpo poético respaldado por una elaboración teórica que asume su concepción del universo y del hombre, doctrina coherente donde los temas universales tienen cabida tales como el Tiempo y la Historia, el Ser, la Vida, y el Movimiento; el Erotismo, la Sexualidad y el Amor.

Esa mirada abarca más de 20 libros de Poesía, dos de prosa poética, una de teatro y más de treinta ensayos, unidad de pensamiento invaluable para entender y comprender al hombre universal en general y al latinoamericano del siglo veinte en particular, desde el vientre mismo de nuestro Lenguaje, el Castellano. Como afirmaba Jacques Lacan cuando decía que el Lenguaje es la realidad; que el habla de cada individuo es su centro de comunicación con el mundo. Así Paz dice que: “...La crítica del mundo comienza con la crítica del lenguaje [...] Somos lo que decimos... el decir impulsa el hacer. Las lenguas son realidades más vastas que las entidades políticas e históricas que llamamos naciones.”

Hablando sobre el concepto de Modernidad, esa señal semántica acuñada por Lyotard, afirma y se pregunta: “La Modernidad es una palabra en busca de su significado [...] la Modernidad ha sido una pasión universal. Desde 1850 ha sido nuestra diosa y nuestro demonio. En los últimos años se ha pretendido exorcizarla y se habla mucho de la Postmodernidad, pero ¿Qué es la Postmodernidad sino una modernidad aún más moderna?”

Crítico sensible y dolorido de las características histórico-sociales por las que atravesamos, en su libro Vislumbres de la India—a la vez de regalarnos con su fecunda imaginación descriptiva que nos acerca a la comprensión de la idiosincrasia de ese pueblo para nosotros desconocido y misterioso— puntualiza lo siguiente: “...Las sociedades modernas me repelen por partida doble. Por una parte, han convertido a los hombres— una especie en la que cada individuo, según todas las filosofías y religiones, es un ser único— en una masa homogénea; los modernos parecen todos salidos de una fábrica y no de una matriz. Por otra, han hecho un solitario de cada uno de esos seres. Las democracias capitalistas no han creado la igualdad sino la uniformidad y han substituido la fraternidad por la lucha permanente entre los individuos. Nos escandaliza el cinismo de los emperadores romanos que le daban al pueblo << pan y circo>>, pero, ¿qué es lo que hacen hoy la televisión y los llamados << ministerios de cultura>>? Se creía que a medida que se ampliase la esfera privada y el individuo tuviese más tiempo libre para sí, aumentaría el culto a las artes, la cultura y la meditación. Hoy nos damos cuenta de que el hombre no sabe qué hacer con su tiempo; se ha convertido en el esclavo de diversiones en general estúpidas y las horas que no dedica al lucro las consagra a un hedonismo fácil. No repruebo el culto al placer; lamento la vulgaridad general”.

Autor de uno de los poemas más largos escritos en Castellano, Piedra de sol, Octavio Paz, el amante de Oriente y de la India ( vivió unos cuantos años allí), desde su mexicanidad, asumiendo su extraordinaria riqueza raizal de mestizo que construye con auténtica independencia la nueva literatura en lengua castellana; su voz penetra por la vía de la filosofía y el erotismo la relación: masculino- femenino, el yo y la Otredad, la soledad y la unidad , la posibilidad del amor de pareja como ecuación salvavidas de esta existencia.

En el poema Movimiento (que nos recuerda aquel del poeta francés André Breton, Unión Libre) el poeta canta a la pareja asumiéndose telúrico y complejo en la divinidad de su accidentalidad mundana. Dice así: “Si tú eres la yegua de ámbar/ yo soy el camino de sangre/ si tú eres la primer nevada/ yo soy el que enciende el brasero del alba/ si tú eres la torre de la noche/ yo soy el clavo ardiendo en tu frente/ si tú eres la marea matutina/ yo soy el grito del primer pájaro/ si tú eres la cesta de naranjas/ yo soy el cuchillo de sol/ si tú eres el altar de piedra/ yo soy la mano sacrílega/ si tú eres la tierra acostada/ yo soy la caña verde/ si tú eres el salto del viento/ yo soy el fuego enterrado/ si tú eres la boca del agua/ yo soy la boca del musgo/ si tú eres el bosque de las nubes/ yo soy el hacha que las parte/ si tú eres la ciudad profanada/ yo soy la lluvia de consagración/ si tú eres la montaña amarilla/ yo soy los brazos rojos del liquen/ si tú eres el sol que se levanta / yo soy el camino de sangre”.

www.arandosobreelagua.com



11 nov. 2012

La Poesía: ¿sepultada sin funeral? Por José Díaz-Díaz




“A nadie se le ocurrirá preguntarse cuál es la utilidad del canto de un canario o de los arreboles de un crepúsculo”.                                 Jorge Luis Borges

Cuando uno lee que el hecho poético es anterior al Lenguaje, que nace con el Habla misma, es decir, anterior a la escritura… O que es  hermana gemela de la fantasía y que surgió en la época de la infancia de la humanidad cuando el deslumbramiento y el asombro al tomar conciencia de hechos y cosas hacían brotar sentimientos a flor de piel…  Cuando escuchamos decir que detrás de cada creación artística llámese pintura o música, literatura o escultura, hay una actitud poética subyacente y que la historia y pre-historia del hombre está orientada e iluminada por una acción poética determinada, entonces deberíamos— siendo consecuentes con el razonamiento—   concluir que La Poesía es definitivamente algo que viene determinando por mucho tiempo la historia de los hombres en su devenir.
 Pero  también este tiempo de Postmodernidad puede implicar— por lo que uno ve alrededor de acciones, valores y actitudes— un  talante proclive a alejarse de todo lo que huela a una sana recreación metafórica (poética) de todo lo hermoso que hay en el ser humano, a alejarse de esa riqueza existencial que pretenda rechazar el consumismo, a congraciarse con las cosas elementales y lúdicas de la acción cotidiana y del sentido válido de una vida personal, familiar  y colectiva de espaldas al mercantilismo. Es evidente, que estamos atravesando una alienante actitud anti-poética, un empobrecimiento real de la existencia, en términos de vida, no de posesión de cosas. Una deleznable postración del hombre ante los signos y la impronta de lo insubstancial y lo falaz, donde todo es convertible en mercancía y por lo tanto a ser mercadeado.
¿Quiénes de nuestros vecinos viven poéticamente? ¿Quiénes de nuestros conocidos leen textos poéticos? Muy pocos, hay que admitirlo. Y las preguntas surgen: ¿Por qué, cuándo, cómo? El gusto por lo rampante se ha impuesto. La mayoría de las editoriales están renuentes a publicar libros de Poesía. La razón: simplemente no son rentables. El estilo de vida light se está llevando por delante el ejercicio de la reflexión, de la meditación y del goce estético del arte y la literatura de calidad. El entretenimiento banal, los deportes de masas, los programas de TV amarillistas y de escasa calidad roban las horas de entretenimiento de nuestros contemporáneos. Solo un minúsculo grupo dentro de todo el grueso de la población cultiva tanto en sus vidas como en sus gustos una permanente aquiescencia y actitud poética en la rutina de sus vidas.  
Sin embargo la poesía continúa, ahora, cumpliendo (así no sea escuchada) una función de Rescate. El lenguaje entendido como ejercicio de libertad y no de aniquilamiento, es tomado por los poetas (los hay, a pesar de todo y contra todo) como ventana que sirve para respirar más allá de los linderos de los anti-valores impuestos. El ejercicio del lenguaje poético, con sus conexiones fantásticas, con sus tropos y vías alternas de imaginación, con sus símbolos que irrumpen espacios insospechados de nuevas realidades; con sus comparaciones que violentan el espíritu hacia una estética de la conmoción y del deslumbramiento, irrumpen mágicas y verdaderas tras el rescate evidente de los innegociables valores del ser humano, único en su unicidad, polisémico en su sentir, enajenable en su infinito poder creativo.
Es nuestra tarea enfatizar en que el real signo del hombre se expresa íntegro por el don de la Poesía, a la cual todo mundo debería tener acceso. Atrevernos a vivir en plenitud consistiría en atrevernos a vivir en verso la MISERIA de nuestra propia época.
Tenemos la certidumbre de que mientras exista el Hombre existirá la Poesía, pero la pregunta obligada es, entonces: ¿qué clase de hombre habita hoy nuestro tiempo y qué clase de poesía expresaría su real imagen? El tiempo por el que transcurrimos no es el del Valor sino el del Precio. En consecuencia, si la poesía no tiene precio, no vale. Y si no es mercancía comercializable, ¿para qué perder el tiempo en leerla? Lo cual quiere decir que los poetas están solos, pero que también el hombre masificado está solo.
La masificación de la sociedad ha acabado con la exaltación de lo individual que en definitiva es la llama de la poesía. Pero como las expectativas del individuo mueren en los límites de la economía de mercado, desaparecen las posibilidades de soñar, desaparece el futuro como utopía, como posibilidad de ser distintos, como posibilidad de hacer historia, ya que la historia ha muerto en los linderos y la supremacía  de las cosas sobre los individuos.
Por todo esto la poesía que se está escribiendo actualmente transgrede el gusto de lo retórico y de lo bonito, o el papel de adorno o de decoración o de simple diversión. Va más bien tras la huella, tras el vacío, persiguiendo esa vacuidad de conciencia y esa trampa absurda en que el tiempo de hoy pretende enredar la justa trascendencia del hombre común enlodado en el pantano del consumismo.
Así, la vida se torna breve y el poema asume con dolor su condición de ser para la muerte. Entonces, nuestra poesía es instante y es vértigo, es rasgadura vital que intenta hacer canción con los desperdicios que la plusvalía espiritual dejó de esa empobrecida totalidad del hombre pleno, saqueada por la colonización de sus más sentidos valores.

Pero no todo es pesimismo, mientras el hombre exista, existirá la poesía y esta seguirá siendo la huella o la llaga que no solo muestra el pantano sino que es la ventana por donde respira la hermosa esencia real de nuestra existencia.
José Díaz- Díaz<www.arandosobreelagua.com>>

28 oct. 2012

El escritor y el Estilo literario. Por José Díaz-Díaz




“Escribir es una manera de vivir”, decía Gustave Flaubert  refiriéndose al compromiso solemne y total del escritor con su escritura. “El estilo es el hombre” decía Buffon. El estilo es el autor, su sello personal. Es ese sesgo propio, con todas sus características: psicológicas, intelectuales y estéticas, vertidas y sintetizadas en el texto. Es también el universo literario del autor, pobre o rico, reflejado de manera única y personal en su libro.
 Visto desde la mirada del lector, El Estilo es  ese conjunto de características  que el receptor descubre a través de sus libros y a quien  va a identificar como especial y único, así confluya en sus contenidos con los mismos tópicos de otros autores. De la misma manera como un melómano distingue una pieza de Debussy de una de Brahms sin previamente conocer los títulos de las obras; o como un amante de la pintura diferencia entre un Renoir  y un Monet, con solo un golpe de ojo. No obstante, lo que debe aparecer ante los ojos del lector es la Historia narrada y no el estilo con el cual se escribe.
“El estilo es ingrediente esencial, aunque no el único, de la forma novelesca” dice Vargas Llosa. La única manera de saber si el novelista tiene éxito o si fracasa en su empresa narrativa es averiguando si, gracias a su escritura, la ficción vive, se emancipa de su creador y de la realidad real y se impone al lector como una realidad soberana.
 El estilo, según lo describe Ángel Zapata en su libro Manual de estilo literario para narradores, descansa en cuatro pilares que confeccionan su unicidad: Naturalidad, Visibilidad, Continuidad y Personalidad.
La  Naturalidad se refiere a evitar el estilo artificioso. A no dejarse llevar por el mero atractivo de las palabras. Evitar la forma de expresión amanerada y el vocabulario altisonante sin parentesco con la conversación normal. Escribir bien no es escribir raro. Hay que buscar la autenticidad. El estilo natural es persuasivo, mientras que el artificioso nos hace sospechar de la verosimilitud de la historia. Hay que escribir con aire divagatorio y desvariar porque escribir es vivir. No fingir. Conseguir fiabilidad. Conseguir una voz de timbre cálido, limpio y natural sin estridencias, ni alardes, ni deslumbramientos. Así se gana la confianza del lector. Fingir tramar una fabula es diferente a fabular de verdad.
 Debe prevalecer el estilo sobrio, conversacional, la temperatura emocional de contenidos directos sobre la prosa enjoyada de palabras, atenta solo a la textura y el color de las palabras por encima de la narración misma. La escritura debe pasar a un segundo plano y utilizarse como herramienta para permitir que el interés recaiga sobre la historia contada por los personajes. La escritura natural favorece la necesaria<<inmersión ficcional>> del lector y nos aparta de una narración sosa, cargada y sin magia. Se debe, pues, narrar con claridad, contención y síntesis. Utilizar frases cortas. Buscar la empatía del receptor subrayando situaciones emotivas. Contagiar al lector con el estado de ánimo de los personajes. La tendencia a escribir en registros que exageren  la manera formal, enfática, retórica y asertiva, van en  contravía con la escritura natural.
La Visibilidad se refiere a las cualidades plásticas y sensoriales que debe caracterizar a una buena prosa narrativa. Debe ser figurativa, visual y concreta. Dibujar con palabras, detalles, cosas, acciones breves. Debe ser un muestrario de imágenes. Evitar los conceptos abstractos que dicen pero no muestran. Construir y dibujar un mundo de personajes, escenarios, objetos y eventos. Poner ante los ojos del lector  el contenido de la historia, poniendo los personajes en acción. Hay que despertar el apetito por lo visible y lo concreto. Proyectar la historia en la retina de los lectores. Huir de las descripciones previsibles porque estas le restan visibilidad al relato.
La Continuidad es el tercer pilar que Zapata considera característico del estilo. El secreto consiste en repetir. Conquistar la atención del lector e implicarlo. Repetir para captar la atención. Perseguir y lograr un texto ameno. Evitar los textos pesados y plomizos. No temerle a la Redundancia ni a las Reiteraciones temáticas (anáforas, catáforas), porque estas constituyen el hilo del discurso, sustenta la Continuidad. La redundancia es el tronco del texto que es el árbol.
La Personalidad es el cuarto pilar del estilo literario. Se debe evitar la actitud perfeccionista. El escritor con personalidad escribe desde sí mismo, desde sus vivencias y sus experiencias, desde su modo de estar en el mundo; desde lo que ha imaginado, lo que ha amado y lo que ha perdido. Desde lo más auténtico de su ser. El escritor con personalidad debe descararse y exponerse. Puesto que— como dijera Roberto Bolaño en una entrevista— ser escritor es un trabajo peligroso. Porque debe hurgar en lo obscuro y a veces hasta en lo indecible de la condición humana.  Tan riesgoso como ya anteriormente lo indicara Federico Nietzsche cuando advirtió que de tanto mirar al abismo, el escritor podría caer en él. Aún así, habría que “escribir con sangre”.
José Díaz-Díaz



21 oct. 2012

MO YAN, el nuevo Nobel de Literatura 2012 Por: José Díaz- Díaz



 El narrador chino Guan Moye, conocido por su seudónimo  Mo Yan (que significa en Mandarín “No hables”) ha sido distinguido por la Academia sueca con el máximo galardón de la Letras: EL Nobel de Literatura. Es el segundo escritor chino que recibe este premio después de que en el 2000 le fuera otorgado a su paisano Gao Xingjian, de quien recordamos su novela La montaña del alma.
Un rasgo fundamental que salta a la vista al acercarnos a la escritura de Mo Yan es el de su carácter Nacional, puesto que la temática, personajes y ambientación que desarrolla en la mayoría de sus novelas giran alrededor de tópicos regionales que recuperan y honran elementos característicos de la economía y agricultura de su país, de los hábitos y costumbres de sus gentes; de los ritos y tradiciones  del alma del pueblo chino—hombres y mujeres, guerreros y campesinos  con sus sentimientos atávicos  y centenarios de la china profunda—; y de la relación visceral y ancestral que mantienen con su nación.
   También confluyen en la creación de ese centro conceptual, la reiteración de tramas que tienen que ver con la organización social y lucha de clases sociales, con  la  historia de su patria en el siglo XX ( y las permanentes referencias a la antigua), amén de enaltecer las gestas de su antepasados pero también de criticar a sus líderes, a veces de manera velada y metafórica y otras veces de manera directa, por las injusticias de que han sido objeto su población en décadas recientes y en tiempos pasados.
Traigo a cuento lo de la unidad temática centrada en <<lo nacional>> como rasgo de la escritura  de este autor nacido en 1956, por el evidente contraste con la tendencia, al menos en Hispanoamérica, de alejarse de lo regional y nacional para escribir una literatura más bien transnacional y de pretensiones universales. Pienso, por ejemplo en el reconocido narrador chileno Roberto Bolaño quien optó por escenarios alejados de su país, al menos en sus dos grandes obras: “Los detectives salvajes”, ambientada en México y “2666”, con escenografías en Europa y parte de México. Pienso también en el mexicano Jorge Volpi, quien en la mayoría de sus novelas desde su trilogía En busca de Klingsor,  El fin de la locura y No será la tierra; hasta su nueva novela La tejedora sombras, en las cuales se aleja de los temas nacionales de su país, abrazando más bien el Ensayo, la Poesía y la búsqueda de un sentido universal de la Historia. Vargas Llosa puede ser otro ejemplo en donde el grueso de su temática literaria (tal vez a excepción de Conversaciones en la catedral) busca trascender los linderos de lo nacional peruano. Sin embargo, hay autores muy vigentes, por cierto, y grandes maestro  de la narrativa contemporánea como el estadounidense Philip Roth quien mantiene su unidad de escritura en  el tópico de la nacional. En este caso, el eje de la estructura semántica es el de la búsqueda de la identidad de las nuevas generaciones de su país a través de temas que van desde las migraciones(enfatizando en la judía) y valores fundacionales, hasta las vanguardias culturales, los temas sobre la muerte la vejez, e l erotismo  y el sentido de la vida en el hombre postmoderno en USA.
Pero, disculpen  esta digresión y volvamos con Mo Yan. Este <<Kafka chino>>, como lo tildan algunos por su manera de asumir su escritura porque recrea un mundo que se bambolea entre lo absurdo, lo inverosímil y lo real; o como dijera John Updike “escritor de metáforas abundantes e hiperactivas”, en su manera de narrar se encuentra muy cerca de una forma literaria  familiar para nosotros como lo es el Realismo mágico, llevado a su cima por el también premio Nobel, el colombiano Gabriel García Márquez.
 En las obras de Mo Yan se respira, como lo señalan por unanimidad los Críticos literarios, el aroma de lo real maravilloso con todos sus elementos característicos de ficción histórica, con sus planos de realidad y fantasía, elementos mágico-fantásticos percibidos como  parte de la normalidad, presencia de lo sensorial como parte de la percepción de la realidad, multiplicidad de narradores, tiempo cíclico en donde los personajes se ubican en los niveles más duros  y crudos de la pobreza y marginalidad social. En fin,  donde la concepción mágica y mítica se hace presente en la visión del mundo y La ruptura de planos temporales, la transformación de lo común y cotidiano en vivencias que incluyen experiencias sobrenaturales y fantásticas, hacen que la narrativa de este nuevo Nobel, no nos sea del todo ajena. El mismo Mo Yan reconoció públicamente  la gran influencia de de García Márquez en sus escritos. Al igual que el Gabo, alimenta su universo literario de sus recuerdos de infancia y adolescencia y de los relatos de transmisión oral contados por sus padres, abuelos y bisabuelos. También reconoce la influencia de Tolstoy y Faulkner. Por supuesto, abraza y acepta la influencia de la literatura clásica china. En entrevista concedida en el 2008 a Casa Asia expresó:
 “En cuanto a la influencia de García-Márquez, "Cien años de soledad" me abrió los ojos porque vi que en mi infancia había elementos tan ricos como los de esta novela y aprovechables. Pero a pesar de recibir influencias de escritores occidentales, mi tesoro ha sido mi infancia y mi adolescencia. Yo leí muy pocos libros en mi juventud, era muy pobre y vivía en el campo, pero tenía un montón de historias en la cabeza que me habían transmitido oralmente. El toque mágico de estas historias me influyó y es habitual en mis obras”.
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 Mo Yan creció en Gaomi en la provincia de Shandong en el noreste de China. Sus padres eran campesinos. Durante la Revolución cultural dejó la escuela a los doce años y empezó a trabajar en la agricultura, y más tarde en una fábrica. En 1976 se enroló en el Ejército Popular de Liberación y fue durante esa época cuando empezó a estudiar literatura y a escribir sus propios relatos. Su primer cuento se publicó en una revista literaria en 1981. El éxito llegó unos años más tarde con la novela corta Touming de hong luobo (1986, en francés Le radis de cristal 1993). Es un autor prolífico de novelas extensas, de más de 800 páginas, que a veces escribe de manera compulsiva como Grandes pechos, grandes caderas que la escribió en 25 días. Es un autor que vive de la escritura en Pekin, y que no ha dejado de cuestionar a su país. Critica la actual China, sin por ello estar encarcelado. Su última obra publicada en España Rana —animal que simboliza la fertilidad—reprueba la actual política de planificación familiar del hijo único. A continuación leamos un fragmento de RANA:
“Estimado señor, yo fui el segundo niño que nació en manos de mi tía. Cuando mi madre se puso de parto, mi abuela se preparó según las tradiciones antiguas: se lavó las manos, encendió tres inciensos y los colocó delante de los tableros conmemorativos de los antepasados de la familia, se arrodilló e hizo tres reverencias. Luego, echó a todos los hombres fuera de la habitación. No fue la primera vez que mi madre daba a luz a un niño. Tengo dos hermanos y una hermana. Sin embargo, mi madre le dijo a mi abuela:
—Madre, me siento muy mal, esta vez no es como las otras. Mi abuela la ignoró y le dijo: — ¿Cómo va a ser diferente? ¿Vas a parir un dragón? El presentimiento de mi madre era correcto. Mis hermanos salieron de cabeza, en cambio, en mi caso, primero salió una pierna. Cuando mi abuela la vio se asustó, porque en nuestro pueblo había un dicho: «Si primero sale la pierna vendrá un fantasma a cobrarse lo que es suyo». ¿Por qué un fantasma? ¿Qué era lo que se cobraría? Lo que ese dicho significaba era que si una familia, en la última transmigración de su alma, tenía deudas, el deudor se convertiría en un fantasma y se reencarnaría en ese niño para causar sufrimientos a la mujer. Por suerte, podía morir solo el niño, aunque la mujer también podía morir junto con él. Si el niño no moría en el parto, tal vez creciese y en el futuro, llegado a una cierta edad, moriría para causar daños sentimentales y materiales a la familia. Mi abuela fingió estar tranquila y dijo:
—«Si sale la pierna, es que es un perneador; correrá y ascenderá en su trabajo». No tengas miedo, tengo la solución. —Salió al patio y cogió un bacín de bronce. Lo posó al lado de la cama y le dio golpes con el rodillo, lo que produjo un fuerte ruido: ¡dang, dang, dang!… Mientras lo golpeaba, gritó—: Sal, sal, niñito pajarito, sal de tu nidito. Tengo comida preparada, ya ha llegado la hora… Mi madre percibió la gravedad de la situación, así que dio golpes en la ventana con el plumero que tenía junto a la cama para llamar la atención de mi hermana, que estaba esperando en el patio: —Man, ¡llama a la tía! Mi hermana, que era muy inteligente, corrió a la oficina del comité del pueblo. Yuan Lian la ayudó a desenrollar el cable del teléfono para conectar con el hospital del distrito. Aquel viejo teléfono lo guardo ahora entre mis objetos preferidos, porque me salvó la vida. Nací el 6 de junio del calendario lunar, día en el que el río Jiao se desbordó. El puente estaba completamente inundado, pero entre ola y ola se podía intuir por dónde pasaba el camino. El vagabundo Du Bozi fue testigo de la escena: mi tía cruzó el río a toda prisa en bicicleta entre olas de un metro de altura. La corriente era tan fuerte que si mi tía se hubiese caído al río, señor, ahora no estaría viva. Mi tía entró en nuestra casa totalmente mojada. Mi madre me dijo que cuando la vio se tranquilizó de golpe. Cuando entró, echó a mi abuela a un lado de la cama y dijo con ironía: —Mi querida tía, con tanto ruido, ¿cómo se va a atrever a salir? Mi abuela se defendió: —A los niños les encanta el bullicio. ¿Cómo no va a salir con todos estos golpazos? Cuando hoy en día mi tía cuenta la historia de aquella noche dice que me tuvo que sacar como si fuera un nabo que arrancase de la tierra. Sé que es una broma”.
Sorgo rojo, publicada en 1987 es quizás su novela más conocida dado que fue llevada al cine con dirección de Zham Yimou la cual obtuvo el premio Oso de Oro en Berlín durante el festival de 1988. La ambientación está centrada en la región de Shandong mayor productora de Sorgo de toda la nación china, donde, recuérdese, nació el escritor. El relato transcurre en el marco de la guerra anti-japonesa narrando las dificultades de los campesinos, su amor, su valentía su lealtad, placeres viscerales y dificultades existenciales.
La novela Grandes pechos, amplias caderas, publicada en 1996 cuenta la historia de China de los últimos cien años desde la caída de la dinastía Ming hasta 1990, a través de un personaje central, una mujer de nombre Shangguan Lu, Quien se las ingenia para construir una familia de ocho hijas y un hijo, de diferentes padres,  ya  que su esposo era estéril. El hijo varón de nombre  Jintong será el narrador de la historia. Es un canto a la supervivencia, pero no con un tono grandilocuente, trágico o melancólico, sino divertido e hilarante donde lo cómico surge de lo grotesco y lo absurdo de la vida. Dantesca, poética y divertida. Constituye un homenaje del autor a la mujer, a la maternidad, a la feminidad como principio de vida; a su valor y coraje para solventar las grandes dificultades.
Otras novelas de Mo Ya son: Las baladas del ajo, El rábano transparente, La república del vino, y  La vida y la muerte me están desgastando. Este último relato de más de setecientas páginas es una novela-río  donde el imaginario chino, lleno de imágenes prodigiosas llega al tope. Alli MoYan se convierte en personaje lo que le imprime un carácter a veces surrealista, a veces hiperrealista a la narrativa, amén de un sabor autobiográfico. Se despliega el telón de las transmigraciones de las almas y de la regresión  cuando convierte a su protagonista central, el terrateniente Ximen Nao— condenado a la pena de muerte—, en un burro, cerdo, buey, perro y  mono. Contiene los ingredientes de la tradición narrativa china admirablemente mezclado con la tradición occidental. Humor, sátira y bonhomía narrativa. Está plagado de anécdotas que continuamente se desvían del caudal central para regresar a él como afluentes cargados de agua nueva.
Una de las ventajas de los premios literarios y, en este caso el de los Nobel, es que revelan nombres de escritores que por diversas razones nos son desconocidos. Entonces, al entrar en contacto con ellos se  abren espacios insospechados, frescos y novedosos, cargados de imaginería literaria  que nos expanden el horizonte en el que es imposible no recaer en el deslumbramiento y la seducción  de una historia bien narrada. Y nos nutren y nos mantienen vigente la capacidad de asombro. Tal es el caso del escritor chino Mo Yan.
José Díaz- Díaz
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