29 sep. 2012

Libro de relatos: "Los ausentes" de José Díaz-Díaz


                                             El ajedrecista de Marcel Duchamp



                                                    Prólogo



Desde el sur de la Florida, con  mirada retrospectiva  paseo mi ojo literario por escenarios de New York, de Miami, de Suramérica; pero por sobre todo por espacios subjetivos cargados de desasosiego unas veces, de incertidumbre profunda otras,  siempre con esa desconcertante dualidad de lucidez y oscuridad espiritual que caracterizan mis personajes. Los Relatos están delineados dentro una corriente de interioridad y por una obsesión con los rincones escondidos del subconsciente en donde la realidad y la ficción se confabulan para intentar diseñarnos un retrato del trasfondo de  la conciencia del hombre de hoy que lucha por sobreponerse a ese vacío existencial que lo agobia, buscando a su vez en la clave de sus sueños—o en el desmadre de sus pesadillas— un algo distinto que lo rescate y le dé coherencia a sus actos.

Pretendo en estos relatos—no sé si lo consigo—que la unidad temática se mantenga durante los cuatro primeros títulos: Los rostros de la incertidumbre, Vértigo y penumbras, Insomnio inducido e Isabela. A partir de unos personajes solitarios y perdidos en el entramado social de sus nuevas realidades (con la característica que los cobija en su condición de emigrantes y dentro de un espacio ajeno  en donde no hay lugar para el heroísmo), el lector entra a compartir la vulnerabilidad de sus psiquismos siempre palpitando en una sensación de desarraigo que nunca desaparece; bordeando los límites de geografías extranjeras, de la razón y del absurdo. No solo porque son emigrantes sino también por su condición de hijos de una sociedad que pareciera perder su norte y cuya  escala de valores baladíes no soporta una crítica ecuánime, los protagonistas—ambiguos antihéroes disconformes— transgreden con la historia de sus vidas, normas y hábitos del hombre masificado.

El quinto título: El dromedario, es una parodia que encaja dentro del concepto de  Intolerancia, subyacente a lo largo de las anteriores narraciones. Es una muestra de realismo literario. De la búsqueda de la realidad de la literatura en sí misma. De otra parte,  los últimos dos títulos que rematan la obra: Decisión y El crimen, conforman dos piezas de micro relatos con finales impredecibles.

El estilo  narrativo al que nos abocamos con la lectura de Los ausentes no es nada tradicional. Más bien experimental. Aquí el lector es invitado para que celebre lo extraño y marginal, lo diferente y lo mórbido, principalmente en Los rostros de la incertidumbreVértigo y penumbras e Insomnio inducido, en la línea del postmodernismo. Podría ser una reflexión sobre esa zona no controlable, quizás perversa, donde se juntan y confunden la realidad y los sueños. Los personajes—de carácter sesgado e inaprensible— intentan de todas maneras hacer de sus vidas un ejercicio de libertad, de  búsqueda, así fallen en el intento de conseguirlo. Serán los escenarios y no los argumentos, quienes soporten el significado sustantivo de los textos.

 El tratamiento de los Significantes narrativos adicionado con técnicas de otros lenguajes como el del cine (Insomnio inducido, relato multivisional) o el salto de un tipo de narrador a otro sin aviso alguno; o la voz autodiegética que impone de improviso su patética verdad, hacen parte de esa Forma que, como collage expresivo, busca la máxima adecuación entre habla, emoción y  pensamiento. Es más lo sugerido que lo dicho. Lo que se deja de decir debería impactar al lector tanto como el diálogo explícito. En el mundo de Los Ausentes la incertidumbre y el desconcierto campean sobre cualquier verdad absoluta. No hay moralina, solo insinuaciones. Porque el piso sobre el cual caminan se viene abajo y solo una cuerda floja como franja instintiva les sirve de salvavidas. He ahí la intención de dibujar una metáfora para nuestro tiempo.

José Díaz-Díaz

Fragmento de "Los ausentes"


Aquella noche de jueves fue inolvidable para Armando. En verdad, como todas las noches que pasa con ella. Heather penetra en el cuchitril y exige una copa de vino. Se acomoda en el único mueble que hay en el angosto cuarto, un anticuado sofá de forma arquitectónica decadente color crema—blondo a pesar de viejo—y le echa mano al cojín color marrón que encuentra al alcance de su brazo. Armando le sirve la copa de vino y enseguida destapa una botella plástica de agua y se manda un sorbo para acompañar a la visita. ¡Salud!, ¡salud! se dicen. Él la mira con sus ojos apaciguados sentado en su estrecho camastro y ella sonríe. Buen vino, piensa, pero no dice nada. Realmente es una connaiseur de vinos pero nunca se jacta de ello. Utiliza el cojín como una almohada, con desparpajo se zafa las botas color caoba y estira el cuerpo a lo largo del sofá, sonríe y le dice que lo encuentra bien de semblante. Él asiente con la cabeza, sabe que es verdad, que de alguna manera lleva una vida sana y saludable. Ella comienza la perorata quejándose de sus padres. Es octubre y a finales de mes ya regresarán a apropiarse del apartamento por otros seis meses. Es la regla desde que los viejos están jubilados. Entre ambos suman 150 años, y puede que más. En otoño e invierno viven en Florida. Huyen de las nevadas y del frío que se cuela hasta los tuétanos. Primavera y verano, otra vez  en New York.  Los odia y los desdeña sin razón. Desde el inconsciente. Como única hija lo ha tenido todo, lo que se dice todo. Pero nada, su malcriadez  destroza  sin ningún respeto ni contemplación hasta el amor familiar. “Su mansedumbre me revienta”. Suele gruñir.
 Ahora, le alarga la copa a Armando para que se la llene de nuevo, él le hace un gesto cordial con la mano derecha para que se sirva directamente. Las dos botellas serán para ella y se las zampará sin remordimiento alguno. Sigue pensando en sus padres. ¿Por qué no se quedarán de una buena vez por todas en New York y la dejan vivir a sus anchas en el apartamento de Miami Beach? Armando se distiende y le cuenta la anécdota del botero flaco. Ella sonríe y le dice que de buena gana cogería un alfiler para desinflar todos los boteros gordos que encuentre a su paso. La única redondez que le gusta y así lo admite es la barriga de las embarazadas pero la suya nunca será oval porque es misántropa y jamás tendrá hijos. Armando tampoco ha tenido hijos ni los tendrá en eso sí están de acuerdo sin haber buscado tal coincidencia. Basta ver lo que se ve afuera para estar de acuerdo. Él traga otro buche de agua. Ella se reacomoda, se endereza y extrae de su mochila un tabaco de marihuana y de inmediato lo prende y comienza a fumar. Armando se levanta y abre la minúscula ventanuca para que el aire se renueve con la ayuda del aroma de las bugambilias provenientes de la pérgola. Heather estira la mano para invitarlo a fumar pero él declina el ofrecimiento. Lleva tantos años que no fuma y ya no lo volverá a hacer. Estuvo en drogas por mucho tiempo, pero eso ya es cosa del pasado. No lo hago y es mi libertad y punto, parece pensar. El ambiente se ablanda en la medida que las volutas de humo se elevan y chocan contra el techo que no es muy alto. Esa luz del techo me molesta. ¿No hay manera de usar otra luz? Armando asintiendo la apaga y enciende  la pantalla de la mesita de noche. Es una iluminación más bien blanca, lechosa como especial para leer o para meditar. Ella suspira, se reacomoda y dice algo entre dientes que ninguno de los dos entendemos. ¿Estas piloteando bien la traba, o qué? Calma, querido. Responde ella. Esta sí  que es una sedación del carajo, floto y refloto sobre un muladar de flores esparcidas entre lenguas de una azul-violeta que me zarandean y juegan con mi cuerpo de ola. Ella es una ola que navega entre el sofá y el bajísimo techo de la buhardilla. (Les aseguro que la puedo ver con nitidez pero, obvio, ella no me puede ver  porque yo apenas si soy un fantasma). Armando la mira con actitud estólida, se frota los ojos y la vuelve a mirar. Flota. La miramos. Sí. Flota en verdad. Armando apura otro sorbo de agua. ¡Joder! Gritó. Las alucinaciones también se pegan. Se puso de pie, a pesar de no ser nada alto, su cabeza casi choca con el techo. Estiró las piernas. Se desplazó hacia el baño caminando de medio lado y meó. El sonido del chorro de orina le sonó como una cascada que en buen momento tuvo la virtud de sacarlo a la realidad. Volvió a la cama, igual caminando de lado por lo angosto del pasillo. Ella continuó en su ensoñación en un silencio solo interrumpido de vez en cuando por murmuraciones intermitentes que salían de sus labios entreabiertos. Por la expresión de su rostro daba la sensación de que bordeaba los umbrales  de un goce ahogado y púdico. Parecía que se frotaba los muslos. Las imprecaciones emergían ambiguas, digresiones entre hipos apagados que iban desde el sentido de lo sórdido hasta las bondades sinuosas de la castidad. Parece que dijo ver y oír:
 <<efebos andróginos, letanías perpetuas, sangre aguada, viscosidades metálicas, líquido espermático, ojos vítreos, un ángel custodio; cuerpos apelmazados, dulcísimos cánticos, salitre mohoso, limo y pátina platinada, muladares de oro, hornos de diamante, jadeos agonizantes, más jadeos; un búho ululando, fisuras cavernosas, amaneceres mutilados, nodrizas adolescentes, serpientes hechizadas, campos de concentración, alambradas de neón, salmos sincopados, mantras antiquísimos, vísceras aún calientes, lengüetazos sacrílegos, visiones truculentas, escupitajos, signos cabalísticos, carcajadas malignas, velones, rojas rosas efervescentes, vaginas dentadas, criaturas lactando, sombras astrales, el sonido de un gong, bailarines beodos, música profunda de gong, la llegada de la primavera, más música de gong... gong... gong... >>.
Así transcurrió como una hora, la cual Armando aprovechó la pulsión apagada de la carne para leer unos cuantos poemas de Bukowski. Le gustó en particular ese poema cuyo título se podría traducir como: Consejo amistoso a un montón de jóvenes. Sintió en la lectura como un extraño déjà-lu de otra obra leída anteriormente y que no recordaba ni el título del libro ni al autor de la misma. Pensó en Bukowski y pensó en sí mismo. Se comparó. Los dos amaron las carreras de caballos y las apuestas. La gran diferencia era que el poeta disfrutaba las carreras sin más, mientras que él perseguía vanamente multiplicar su fortuna a costa de ellas. Pero de todas maneras, el poeta murió asqueado del mundo y él moriría reconciliándose con el mundo. De repente, la ola se sienta. ¿Qué pasó, rey? Pregunta la ola. Nada. Aquí leyendo a Charles. Ah verdad. Pues que comience el recital. Pero dame un break y venga la otra botella de vino. Y diciendo esto se levanta, se estira y se dirige al baño. Sus rodillas alcanzaron a rozar el camastro. ¡Mierda! Aquí no hay espacio para nada. ¿Cuándo es que te vas a mudar de esta porquería? Avanzó de lado hasta que conquistó el inodoro. Se subió con ambas manos el batón, se bajó las bragas hasta las rodillas adoloridas. Sobre su pantorrilla derecha reposaba tatuado un pájaro extraño cuyas alas abiertas parecían querer abrazar toda su pierna. Se sentó. El silencio era tal que el ruido de los meaos sonaron como un disparo acuático sobre un lago congelado, mientras las pupilas de sus ojos en blanco y agrandados se alzaban hacia el vacío con una elemental expresión de extravío. Heather reapareció sonriendo. Abrió el refrigerador sacó la botella y se sirvió otra copa de vino.  Su exquisito pescuezo saboreó el excelente vino espumoso. — Alcánzame una botella de agua—, le ordenó el dueño de casa y ella obedeció. Le alargó el frasco con una mano mientras que con la otra le acariciaba suavemente los cojones. Su mano estaba cálida y sensual hasta tal punto que Armando alcanzó a percibir cómo automáticamente se le estremecía el colgandejo con el corrientazo que le produjo la caricia, a la vez que sus riñones acusaban una punzada entre dolorosa y placentera. Heather se sentó.  Sabía que la noche apenas había comenzado. Tomó su mochila la abrió y buscó con ansiedad e impaciencia algo que solo ella conocía. Encontró la bolsita plástica la rasgó y regó su contenido sobre la mesita de noche. Con el filo de la mano juntó el polvillo blanco hasta el borde de la mesita, se acurrucó muy cerca, estiró el cuello y esnifó a fondo. Ahora sí a leer bien concentrados. Dijo. Le rapó el libro de las manos a Armando y comenzó a leer por el final: No lo intentes.

13 sep. 2012

Alejandra Pizarnik o la Poética de la carencia. Por José Díaz-Díaz







          Alejandra Pizarnik, de nacionalidad argentina, murió en París, de una sobredosis intencional de seconal. (1936-1972) Provenía de una familia de inmigrantes de Europa oriental y estudió Filosofía y Letras en Buenos aires y Literatura francesa en París. Sus principales trabajos están publicados en los volúmenes: "Los trabajos y las noches, Extracción de la piedra de la locura, y El infierno musical”.

Su poesía nos abre el camino hacia una comprensión de la vida de manera más total, más plena, más entera; quizás más auténtica, más desprendida , desbordada hasta la locura, embriagada del goce y el dolor de vivir hasta llegar a verter su existencia por su propia mano y voluntad en el sagrado misterio de la muerte.

Metáforas extraordinarias, es lo de menos. Lo importante es como nos golpea su entrega existencial abierta como una flor que se sabe sublime y marchita en el mismo instante de su mejor color, mujer que besa la vida con los labios alados de su soledad, mujer que delira la belleza insufrible de la existencia en los límites del cuerpo y en las valvas sin horizonte de un espíritu que se sabe inmortal y perfecto.

Y es que Alejandra Pizarnik, nos enseña con su sacrificio, a vibrar en la vida con un sentido de plenitud, que este momento histórico, pisotea, opaca y aliena. Ella entró en el oficio de la Poesía con todo, pues la Poesía es la puerta por donde se reconcilia la existencia humana con su plenitud: por la magia de la Poesía, los sentidos se convierten, entonces, en instrumentos para acceder al goce estético del color o de la música, de la plasticidad del movimiento o de la forma, o en el uso de los sentimientos para acceder a la bondad del corazón en la ternura indescifrable de una energía que se siente y se sabe parcial en la totalidad y una con la perfecta simetría del universo, una con el prójimo que sufre, una, con las lágrimas que sellan una amistad de ojos que se miran más allá de sus cuerpos, de unas manos que se fortalecen cuando se anudan en el silencio de dos sombras que se sustentan en el vacío de la soledad.

Alejandra nos indica definitivamente, la manera de transitar por la alucinante embriaguez del despojo de bienes materiales, a roer la belleza de la inmortalidad humana, con los dientes en posición de batalla escondidos sutilmente detrás de una boca que bebe el dulce aliento de un universo que siempre titila en la distancia. El cosmos, diría ella, es nuestra casa y nuestro hogar. La conciencia, el cántaro y el géiser por donde afloran sensaciones extraordinarias e innombrables.

Transcribo su poema La Jaula, donde se percibe el sacrificio de su existencia.
<< Afuera hay sol./ No es más que un sol/ pero los hombres lo miran/ y después cantan./ Yo no sé del sol./ Yo sé la melodía del ángel/ y el sermón caliente/ del último viento./ Sé gritar hasta el alba/ cuando la muerte se posa desnuda/ en mi sombra./ Yo lloro debajo de mi nombre./ Yo agito pañuelos en la noche y barcos sedientos de realidad/ bailan conmigo./ Yo oculto clavos/ para escarnecer a mis sueños enfermos./ Afuera hay sol./ Yo me visto de cenizas. >>