28 oct. 2012

El escritor y el Estilo literario. Por José Díaz-Díaz




“Escribir es una manera de vivir”, decía Gustave Flaubert  refiriéndose al compromiso solemne y total del escritor con su escritura. “El estilo es el hombre” decía Buffon. El estilo es el autor, su sello personal. Es ese sesgo propio, con todas sus características: psicológicas, intelectuales y estéticas, vertidas y sintetizadas en el texto. Es también el universo literario del autor, pobre o rico, reflejado de manera única y personal en su libro.
 Visto desde la mirada del lector, El Estilo es  ese conjunto de características  que el receptor descubre a través de sus libros y a quien  va a identificar como especial y único, así confluya en sus contenidos con los mismos tópicos de otros autores. De la misma manera como un melómano distingue una pieza de Debussy de una de Brahms sin previamente conocer los títulos de las obras; o como un amante de la pintura diferencia entre un Renoir  y un Monet, con solo un golpe de ojo. No obstante, lo que debe aparecer ante los ojos del lector es la Historia narrada y no el estilo con el cual se escribe.
“El estilo es ingrediente esencial, aunque no el único, de la forma novelesca” dice Vargas Llosa. La única manera de saber si el novelista tiene éxito o si fracasa en su empresa narrativa es averiguando si, gracias a su escritura, la ficción vive, se emancipa de su creador y de la realidad real y se impone al lector como una realidad soberana.
 El estilo, según lo describe Ángel Zapata en su libro Manual de estilo literario para narradores, descansa en cuatro pilares que confeccionan su unicidad: Naturalidad, Visibilidad, Continuidad y Personalidad.
La  Naturalidad se refiere a evitar el estilo artificioso. A no dejarse llevar por el mero atractivo de las palabras. Evitar la forma de expresión amanerada y el vocabulario altisonante sin parentesco con la conversación normal. Escribir bien no es escribir raro. Hay que buscar la autenticidad. El estilo natural es persuasivo, mientras que el artificioso nos hace sospechar de la verosimilitud de la historia. Hay que escribir con aire divagatorio y desvariar porque escribir es vivir. No fingir. Conseguir fiabilidad. Conseguir una voz de timbre cálido, limpio y natural sin estridencias, ni alardes, ni deslumbramientos. Así se gana la confianza del lector. Fingir tramar una fabula es diferente a fabular de verdad.
 Debe prevalecer el estilo sobrio, conversacional, la temperatura emocional de contenidos directos sobre la prosa enjoyada de palabras, atenta solo a la textura y el color de las palabras por encima de la narración misma. La escritura debe pasar a un segundo plano y utilizarse como herramienta para permitir que el interés recaiga sobre la historia contada por los personajes. La escritura natural favorece la necesaria<<inmersión ficcional>> del lector y nos aparta de una narración sosa, cargada y sin magia. Se debe, pues, narrar con claridad, contención y síntesis. Utilizar frases cortas. Buscar la empatía del receptor subrayando situaciones emotivas. Contagiar al lector con el estado de ánimo de los personajes. La tendencia a escribir en registros que exageren  la manera formal, enfática, retórica y asertiva, van en  contravía con la escritura natural.
La Visibilidad se refiere a las cualidades plásticas y sensoriales que debe caracterizar a una buena prosa narrativa. Debe ser figurativa, visual y concreta. Dibujar con palabras, detalles, cosas, acciones breves. Debe ser un muestrario de imágenes. Evitar los conceptos abstractos que dicen pero no muestran. Construir y dibujar un mundo de personajes, escenarios, objetos y eventos. Poner ante los ojos del lector  el contenido de la historia, poniendo los personajes en acción. Hay que despertar el apetito por lo visible y lo concreto. Proyectar la historia en la retina de los lectores. Huir de las descripciones previsibles porque estas le restan visibilidad al relato.
La Continuidad es el tercer pilar que Zapata considera característico del estilo. El secreto consiste en repetir. Conquistar la atención del lector e implicarlo. Repetir para captar la atención. Perseguir y lograr un texto ameno. Evitar los textos pesados y plomizos. No temerle a la Redundancia ni a las Reiteraciones temáticas (anáforas, catáforas), porque estas constituyen el hilo del discurso, sustenta la Continuidad. La redundancia es el tronco del texto que es el árbol.
La Personalidad es el cuarto pilar del estilo literario. Se debe evitar la actitud perfeccionista. El escritor con personalidad escribe desde sí mismo, desde sus vivencias y sus experiencias, desde su modo de estar en el mundo; desde lo que ha imaginado, lo que ha amado y lo que ha perdido. Desde lo más auténtico de su ser. El escritor con personalidad debe descararse y exponerse. Puesto que— como dijera Roberto Bolaño en una entrevista— ser escritor es un trabajo peligroso. Porque debe hurgar en lo obscuro y a veces hasta en lo indecible de la condición humana.  Tan riesgoso como ya anteriormente lo indicara Federico Nietzsche cuando advirtió que de tanto mirar al abismo, el escritor podría caer en él. Aún así, habría que “escribir con sangre”.
José Díaz-Díaz



21 oct. 2012

MO YAN, el nuevo Nobel de Literatura 2012 Por: José Díaz- Díaz



 El narrador chino Guan Moye, conocido por su seudónimo  Mo Yan (que significa en Mandarín “No hables”) ha sido distinguido por la Academia sueca con el máximo galardón de la Letras: EL Nobel de Literatura. Es el segundo escritor chino que recibe este premio después de que en el 2000 le fuera otorgado a su paisano Gao Xingjian, de quien recordamos su novela La montaña del alma.
Un rasgo fundamental que salta a la vista al acercarnos a la escritura de Mo Yan es el de su carácter Nacional, puesto que la temática, personajes y ambientación que desarrolla en la mayoría de sus novelas giran alrededor de tópicos regionales que recuperan y honran elementos característicos de la economía y agricultura de su país, de los hábitos y costumbres de sus gentes; de los ritos y tradiciones  del alma del pueblo chino—hombres y mujeres, guerreros y campesinos  con sus sentimientos atávicos  y centenarios de la china profunda—; y de la relación visceral y ancestral que mantienen con su nación.
   También confluyen en la creación de ese centro conceptual, la reiteración de tramas que tienen que ver con la organización social y lucha de clases sociales, con  la  historia de su patria en el siglo XX ( y las permanentes referencias a la antigua), amén de enaltecer las gestas de su antepasados pero también de criticar a sus líderes, a veces de manera velada y metafórica y otras veces de manera directa, por las injusticias de que han sido objeto su población en décadas recientes y en tiempos pasados.
Traigo a cuento lo de la unidad temática centrada en <<lo nacional>> como rasgo de la escritura  de este autor nacido en 1956, por el evidente contraste con la tendencia, al menos en Hispanoamérica, de alejarse de lo regional y nacional para escribir una literatura más bien transnacional y de pretensiones universales. Pienso, por ejemplo en el reconocido narrador chileno Roberto Bolaño quien optó por escenarios alejados de su país, al menos en sus dos grandes obras: “Los detectives salvajes”, ambientada en México y “2666”, con escenografías en Europa y parte de México. Pienso también en el mexicano Jorge Volpi, quien en la mayoría de sus novelas desde su trilogía En busca de Klingsor,  El fin de la locura y No será la tierra; hasta su nueva novela La tejedora sombras, en las cuales se aleja de los temas nacionales de su país, abrazando más bien el Ensayo, la Poesía y la búsqueda de un sentido universal de la Historia. Vargas Llosa puede ser otro ejemplo en donde el grueso de su temática literaria (tal vez a excepción de Conversaciones en la catedral) busca trascender los linderos de lo nacional peruano. Sin embargo, hay autores muy vigentes, por cierto, y grandes maestro  de la narrativa contemporánea como el estadounidense Philip Roth quien mantiene su unidad de escritura en  el tópico de la nacional. En este caso, el eje de la estructura semántica es el de la búsqueda de la identidad de las nuevas generaciones de su país a través de temas que van desde las migraciones(enfatizando en la judía) y valores fundacionales, hasta las vanguardias culturales, los temas sobre la muerte la vejez, e l erotismo  y el sentido de la vida en el hombre postmoderno en USA.
Pero, disculpen  esta digresión y volvamos con Mo Yan. Este <<Kafka chino>>, como lo tildan algunos por su manera de asumir su escritura porque recrea un mundo que se bambolea entre lo absurdo, lo inverosímil y lo real; o como dijera John Updike “escritor de metáforas abundantes e hiperactivas”, en su manera de narrar se encuentra muy cerca de una forma literaria  familiar para nosotros como lo es el Realismo mágico, llevado a su cima por el también premio Nobel, el colombiano Gabriel García Márquez.
 En las obras de Mo Yan se respira, como lo señalan por unanimidad los Críticos literarios, el aroma de lo real maravilloso con todos sus elementos característicos de ficción histórica, con sus planos de realidad y fantasía, elementos mágico-fantásticos percibidos como  parte de la normalidad, presencia de lo sensorial como parte de la percepción de la realidad, multiplicidad de narradores, tiempo cíclico en donde los personajes se ubican en los niveles más duros  y crudos de la pobreza y marginalidad social. En fin,  donde la concepción mágica y mítica se hace presente en la visión del mundo y La ruptura de planos temporales, la transformación de lo común y cotidiano en vivencias que incluyen experiencias sobrenaturales y fantásticas, hacen que la narrativa de este nuevo Nobel, no nos sea del todo ajena. El mismo Mo Yan reconoció públicamente  la gran influencia de de García Márquez en sus escritos. Al igual que el Gabo, alimenta su universo literario de sus recuerdos de infancia y adolescencia y de los relatos de transmisión oral contados por sus padres, abuelos y bisabuelos. También reconoce la influencia de Tolstoy y Faulkner. Por supuesto, abraza y acepta la influencia de la literatura clásica china. En entrevista concedida en el 2008 a Casa Asia expresó:
 “En cuanto a la influencia de García-Márquez, "Cien años de soledad" me abrió los ojos porque vi que en mi infancia había elementos tan ricos como los de esta novela y aprovechables. Pero a pesar de recibir influencias de escritores occidentales, mi tesoro ha sido mi infancia y mi adolescencia. Yo leí muy pocos libros en mi juventud, era muy pobre y vivía en el campo, pero tenía un montón de historias en la cabeza que me habían transmitido oralmente. El toque mágico de estas historias me influyó y es habitual en mis obras”.
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 Mo Yan creció en Gaomi en la provincia de Shandong en el noreste de China. Sus padres eran campesinos. Durante la Revolución cultural dejó la escuela a los doce años y empezó a trabajar en la agricultura, y más tarde en una fábrica. En 1976 se enroló en el Ejército Popular de Liberación y fue durante esa época cuando empezó a estudiar literatura y a escribir sus propios relatos. Su primer cuento se publicó en una revista literaria en 1981. El éxito llegó unos años más tarde con la novela corta Touming de hong luobo (1986, en francés Le radis de cristal 1993). Es un autor prolífico de novelas extensas, de más de 800 páginas, que a veces escribe de manera compulsiva como Grandes pechos, grandes caderas que la escribió en 25 días. Es un autor que vive de la escritura en Pekin, y que no ha dejado de cuestionar a su país. Critica la actual China, sin por ello estar encarcelado. Su última obra publicada en España Rana —animal que simboliza la fertilidad—reprueba la actual política de planificación familiar del hijo único. A continuación leamos un fragmento de RANA:
“Estimado señor, yo fui el segundo niño que nació en manos de mi tía. Cuando mi madre se puso de parto, mi abuela se preparó según las tradiciones antiguas: se lavó las manos, encendió tres inciensos y los colocó delante de los tableros conmemorativos de los antepasados de la familia, se arrodilló e hizo tres reverencias. Luego, echó a todos los hombres fuera de la habitación. No fue la primera vez que mi madre daba a luz a un niño. Tengo dos hermanos y una hermana. Sin embargo, mi madre le dijo a mi abuela:
—Madre, me siento muy mal, esta vez no es como las otras. Mi abuela la ignoró y le dijo: — ¿Cómo va a ser diferente? ¿Vas a parir un dragón? El presentimiento de mi madre era correcto. Mis hermanos salieron de cabeza, en cambio, en mi caso, primero salió una pierna. Cuando mi abuela la vio se asustó, porque en nuestro pueblo había un dicho: «Si primero sale la pierna vendrá un fantasma a cobrarse lo que es suyo». ¿Por qué un fantasma? ¿Qué era lo que se cobraría? Lo que ese dicho significaba era que si una familia, en la última transmigración de su alma, tenía deudas, el deudor se convertiría en un fantasma y se reencarnaría en ese niño para causar sufrimientos a la mujer. Por suerte, podía morir solo el niño, aunque la mujer también podía morir junto con él. Si el niño no moría en el parto, tal vez creciese y en el futuro, llegado a una cierta edad, moriría para causar daños sentimentales y materiales a la familia. Mi abuela fingió estar tranquila y dijo:
—«Si sale la pierna, es que es un perneador; correrá y ascenderá en su trabajo». No tengas miedo, tengo la solución. —Salió al patio y cogió un bacín de bronce. Lo posó al lado de la cama y le dio golpes con el rodillo, lo que produjo un fuerte ruido: ¡dang, dang, dang!… Mientras lo golpeaba, gritó—: Sal, sal, niñito pajarito, sal de tu nidito. Tengo comida preparada, ya ha llegado la hora… Mi madre percibió la gravedad de la situación, así que dio golpes en la ventana con el plumero que tenía junto a la cama para llamar la atención de mi hermana, que estaba esperando en el patio: —Man, ¡llama a la tía! Mi hermana, que era muy inteligente, corrió a la oficina del comité del pueblo. Yuan Lian la ayudó a desenrollar el cable del teléfono para conectar con el hospital del distrito. Aquel viejo teléfono lo guardo ahora entre mis objetos preferidos, porque me salvó la vida. Nací el 6 de junio del calendario lunar, día en el que el río Jiao se desbordó. El puente estaba completamente inundado, pero entre ola y ola se podía intuir por dónde pasaba el camino. El vagabundo Du Bozi fue testigo de la escena: mi tía cruzó el río a toda prisa en bicicleta entre olas de un metro de altura. La corriente era tan fuerte que si mi tía se hubiese caído al río, señor, ahora no estaría viva. Mi tía entró en nuestra casa totalmente mojada. Mi madre me dijo que cuando la vio se tranquilizó de golpe. Cuando entró, echó a mi abuela a un lado de la cama y dijo con ironía: —Mi querida tía, con tanto ruido, ¿cómo se va a atrever a salir? Mi abuela se defendió: —A los niños les encanta el bullicio. ¿Cómo no va a salir con todos estos golpazos? Cuando hoy en día mi tía cuenta la historia de aquella noche dice que me tuvo que sacar como si fuera un nabo que arrancase de la tierra. Sé que es una broma”.
Sorgo rojo, publicada en 1987 es quizás su novela más conocida dado que fue llevada al cine con dirección de Zham Yimou la cual obtuvo el premio Oso de Oro en Berlín durante el festival de 1988. La ambientación está centrada en la región de Shandong mayor productora de Sorgo de toda la nación china, donde, recuérdese, nació el escritor. El relato transcurre en el marco de la guerra anti-japonesa narrando las dificultades de los campesinos, su amor, su valentía su lealtad, placeres viscerales y dificultades existenciales.
La novela Grandes pechos, amplias caderas, publicada en 1996 cuenta la historia de China de los últimos cien años desde la caída de la dinastía Ming hasta 1990, a través de un personaje central, una mujer de nombre Shangguan Lu, Quien se las ingenia para construir una familia de ocho hijas y un hijo, de diferentes padres,  ya  que su esposo era estéril. El hijo varón de nombre  Jintong será el narrador de la historia. Es un canto a la supervivencia, pero no con un tono grandilocuente, trágico o melancólico, sino divertido e hilarante donde lo cómico surge de lo grotesco y lo absurdo de la vida. Dantesca, poética y divertida. Constituye un homenaje del autor a la mujer, a la maternidad, a la feminidad como principio de vida; a su valor y coraje para solventar las grandes dificultades.
Otras novelas de Mo Ya son: Las baladas del ajo, El rábano transparente, La república del vino, y  La vida y la muerte me están desgastando. Este último relato de más de setecientas páginas es una novela-río  donde el imaginario chino, lleno de imágenes prodigiosas llega al tope. Alli MoYan se convierte en personaje lo que le imprime un carácter a veces surrealista, a veces hiperrealista a la narrativa, amén de un sabor autobiográfico. Se despliega el telón de las transmigraciones de las almas y de la regresión  cuando convierte a su protagonista central, el terrateniente Ximen Nao— condenado a la pena de muerte—, en un burro, cerdo, buey, perro y  mono. Contiene los ingredientes de la tradición narrativa china admirablemente mezclado con la tradición occidental. Humor, sátira y bonhomía narrativa. Está plagado de anécdotas que continuamente se desvían del caudal central para regresar a él como afluentes cargados de agua nueva.
Una de las ventajas de los premios literarios y, en este caso el de los Nobel, es que revelan nombres de escritores que por diversas razones nos son desconocidos. Entonces, al entrar en contacto con ellos se  abren espacios insospechados, frescos y novedosos, cargados de imaginería literaria  que nos expanden el horizonte en el que es imposible no recaer en el deslumbramiento y la seducción  de una historia bien narrada. Y nos nutren y nos mantienen vigente la capacidad de asombro. Tal es el caso del escritor chino Mo Yan.
José Díaz- Díaz
www.arandosobreelagua.com
  




17 oct. 2012

Presentación de José Díaz-Díaz en el consulado de Colombia en Miami.


A continuación, el capítulo 22 de la novela El último romántico, leída y comentada por el autor en la presentación en el Consulado de Colombia en Miami.


22. Los hongos festivos

Entre unas cosas y otras, y volviendo al asunto del proyecto personal del poeta, la escritura de la novela crecía pero no con la rapidez que él pretendía. De todos modos ya había alcanzado los 196 folios, que no es poca tinta derramada en el blanco de la imaginación. Durante uno de eso fines de semana largos - que suelen ser frecuentes-, en uno de esos “puentes laborales” donde el grueso de la población aprovecha para desplazarse a la provincia e ir a visitar a sus parientes, un amigo de G.A., Rafael, lector empedernido y especializado en los relatos de viajes y excursiones exóticas, lo invitó junto con dos amigos también viciosos lectores de historia grecorromana y literatura medieval para acampar a orillas del río La Miel a dos horas de la capital vía Girardot donde según comentaban viajeros experimentados, crecían de manera silvestre unos hongos inmensos, multicolores y alucinógenos que inducían a unos viajes psicodélicos fenomenales. En el río se podían zambullir y  nadar pues el agua no era muy fría ni la corriente peligrosa, tampoco era demasiado profunda, en fin que había parajes solitarios en los cuales era fácil montar la carpa, prender un pequeño fogón para cocinar los pescados que lograran atrapar. Llevarían también una hamaca para colgar entre los sauzales que abundaban en esa zona.
Todo fue decirlo y el siguiente viernes en la tarde ya estaban los cinco montados en el jeep de Rafa que los llevaría hasta el paraíso perdido. También los acompañaba Mara, una amiga de Juan José, el menor de todo el grupo, que se había sumado al paseo a última hora. Después de descender las dos horas de carretera, de curvas de nunca acabar, ya estaban saboreando ese viento tibio que golpeaba sus ropas y una temperatura súper agradable que por sí sola obraba el milagro de lanzarlos a una dimensión de sutil encuentro con esa naturaleza indomeñable pero a la vez acogedora y complaciente. Entre claro y oscuro lograron escoger el idílico paraje donde acamparon bajo sauces que bailaban pausados al compás de la brisa montañera y el rumor del agua desplazándose con la imagen de la luna llena que se clavaba sobre su piel y las voces de los contertulios que gozaban las horas celebrando la juventud al calor también de una fogata que consumía sus sombras y que las acercaba y las alejaba en la ebriedad total de la noche que los contenía. Ante el impacto de ese bucólico paisaje, la búsqueda de los hongos bien podía esperar para el día siguiente.
Durmieron hasta bien entrada la mañana del sábado, Mara enfundada en su sleeper parecía una muñeca de juguete de tamaño natural. Hasta que los rayos del sol los levantó y luego de desperezarse, al agua todo el mundo. El río La Miel en ese lugar era como una piscina mediana, una hondonada de mínimo desnivel y plano el fondo donde caminaban desnudos mis amigos. Nadaban, reían, se lanzaban agua con las manos, chapoteaban, se empujaban y cuidaban a Mara quien era como un ángel para ellos, la muy inocente, la muy casta también en cueros, con su mirada siempre dulce, perdida y pura, total, una criatura sin vicios ni malicia, jugando con ellos como si no existiera ninguna diferencia entre sus cuerpos. Mara sin pecado, ni desasosiego, Mara más allá del bien y del mal. Mara con senos de púber y cabellos blondos — Ráscame la espalda que me picó un bichito—, le decía Juan José. Y todo era prístino y transparente, como la infancia del mundo, como la niñez de la raza antes de inventarse la culpa. Después de los emparedados del almuerzo y de la siesta obligada, vino la búsqueda del tesoro escondido, los hongos multicolores. Comenzaron explorando río abajo y muy cerca del campamento ya hallaron indicios de su presencia. Primero unas flores pequeñísimas, luego unas abejas revoloteando y por último, resguardados sobre la maleza aparecieron a ras de tierra, los sombreritos. Primero uno, dos y luego docenas de ellos. Con cuidado los fueron arrancando de sus raíces, lucían endebles, como pitufos mudos e inofensivos. Los fueron colocando sobre una bandeja grande y regresaron con el botín felices porque el banquete comenzaba de inmediato.
Rafa, quien oficiaba de chamán, no porque dominara las artes y códigos del trance, sino porque era el único que había tenido una experiencia iniciática anterior con la ingesta de hongos alucinógenos. Los convocó a que se sentaran en círculo y con la bandeja en el centro de ellos les ofrendó seis sombreritos a cada uno pero antes de precipitarse sobre el banquete les habló con cierta ceremoniosa actitud sobre el significado de la vianda:
“Hay un triple objetivo en esta cena sagrada que ahora comenzamos, queridos muchachos y que lograremos alcanzar con esta comilona— les dijo con tono sacerdotal—”. Y sin más preámbulos los enumeró:
1— Fortalecemos nuestros lazos de unión, de camaradería, de compinchería, y de  amistad. Este es un obsequio de la madre natura para nuestro acercamiento y mejor comprensión como seres humanos.
2— Es un derroche de emoción e hilarante paseo por los pasillos secretos de nuestros sentidos y nuestra mente, que fluirán libres. Estado que se agota y se explica en sí mismo, al pasar el efecto del desdoblamiento, y que culmina con la experiencia vivida y,
3— Es un medio para alcanzar estados extra sensoriales, lúdicos y psicodélicos, que nos permiten elevarnos sobre nuestra actitud mental ordinaria, desdoblarnos para conocer los misterios de nuestro yo interior y navegar mundos del inconsciente vetados a la razón y a la lógica. Este tercer objetivo—explicó— era sin duda el que pretendían nuestros antepasados para integrarlo como parte de sus rituales y fiestas sagradas, donde, gracias a la interiorización profunda que conseguían con el consumo de estos hongos milagrosos, afloraban los lazos de cohesión entre la conciencia, la existencia y el cosmos... era, para ser precisos, un símbolo de afirmación a la vida”.
Sin más preparación teórica iniciaron la cena. Se miraban unos a otros con curiosidad, con expectación, con hilaridad. El poeta consumió los seis sombreritos con asombrosa rapidez, estaba excitado por saber qué sensaciones le iban a producir. No sospechaba que llevaría la peor parte o la mejor tal vez. Las distorsiones perceptivas no se hicieron esperar. Sintió su cerebro como una masa acuosa y maleable. Sus sesos se ablandaban adquiriendo la forma de objetos extraños pero hermosos. Todo ruido se convertía en sonido. Todo sonido en música. El desplazamiento del viento hería sus oídos como si se tratara del paso de un tren. De un tren que se deslizaba lento pero inalcanzable. De las ventanas del tren rostros felices saludaban con las manos o mejor, se despedían agitando las manos. Gerardo Antonio estiraba las suyas respondiendo a las despedidas y la punta de sus dedos alcanzaban a acariciar las puntas de los dedos de las manos que se despedían y su garganta se cerraba de emoción y tristeza por la ausencia inminente de esos rostros felices que iban desapareciendo llevándose consigo su afecto. El cielo, de un intenso color rojizo parecía desplomarse sobre su cabeza y él alargaba sus brazos para tomarlo, confundiéndolo con un trozo de arcoíris. Sus fosas nasales se ensancharon para secuestrar el olor real de los sauces y de las flores silvestres. Aspiró con sus pulmones ensanchados el olor a tierra húmeda. Del fondo de su estómago surgía en oleadas un incontenible llanto imposible de acallar. Lloraba y reía, reía y lloraba. “Me ha penetrado la felicidad” Pensaba, sentía y veía. Y la felicidad estaba en todas partes y en ninguna.
En efecto mientras a sus compañeros, incluyendo a Mara los tornó risueños y saltarines, bailarines unas veces, meditativos otras, dos de ellos Juan José y Rafa vomitaron. Mara se orinó mientras cantaba. Rodríguez se vació en los pantalones a la vez que lanzaba alabanzas al Creador. Todos a pesar de todo se sintieron instrumentos magnificentes de la creación que filtraban a través de sus sentidos abiertos el esplendor sideral y la vibración cósmica que los poseía. Mi ahijado, por ser el más fantasioso e imaginativo de todos, fue violentado con mayor fuerza en el efecto catártico de las mágicas plantas. La expansión de su psiquismo sin sujeción alguna lo empujó a experimentar sensaciones combinadas de pánico y éxtasis mientras deambulaba más allá de las fronteras del yo. Un viaje un poco incómodo. Sin embargo, cuando digo que llevó la peor parte, me refiero a ese flash back que lo indujo a revivir sus tres experiencias anteriores con la pelona. Un desbloqueo de esos recuerdos reprimidos que lo concitó a vivirlas de nuevo, como si en esta cuarta muerte se fusionaran las tres anteriores. Con angustia al comienzo pero con absoluta serenidad después, al entrar en el túnel astral de la blancura total, al reencontrarse con su madre y con Luciano y al prometerle a los muchachos que les contaría <<qué hay después de la vida>>, si era que lo ayudaban a salir pronto de ese trance donde todo sucedía en cámara lenta.
Ya entrada la noche del sábado, durmieron a moco tendido la tremenda cruda que fue más pesada que un guayabo después de una borrachera con vino tinto. El domingo en la tarde, y el lunes hasta el mediodía, antes del retorno, volvieron a zambullirse en las límpidas aguas del río La Miel, desnudos y con una sensación de limpieza por fuera y por dentro como nunca la habían sentido; con una liviandad de ánimo rayana en la santidad, parecían orates poseídos por dioses desconocidos, salmodiando himnos magnificentes, mientras se lanzaban agua a sus rostros felices, con las palmas de sus manos. Mara reía, suspiraba y gemía a la vez, dulcificando con su expresión angelical el golpeteo rítmico de los sauces sobre la piel del agua. La caña de pescar y los anzuelos se quedaron sin usar esperando en los morrales, una nueva oportunidad para probar suerte.