23 dic. 2013

Retrato de un incauto. E-book. Primer capítulo





                            José   Díaz – Díaz

                                                     Retrato de un incauto



                                      Novela


Retrato de un incauto
© 2013, José Díaz-Díaz
Sub-Urbano ediciones. Suburbano-Ebooks
ISBN 978-1-4507-1188-3
Todos los derechos reservados.
Esta novela es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes o son producto de la imaginación del autor o se usan de forma ficticia. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, eventos o escenarios son puramente casuales.
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, sin permiso escrito del autor.
josediaz-diaz@hotmail.com
@lenguajevital
 Miami, Florida.


Para Nadgia

Sobre el teclado, una danza de sonidos acuclillados
como manjar esperan.


 “Nunca debe subestimarse el poder de los libros”
Paul Auster, en Brooklyn follies


        

                                  1

 Confesiones de un aprendiz de lector





Soy un hombre retirado de los afanes de la vida mundana. A mis sesenta y ocho años prefiero seguir atado a este mundo por el señuelo de la ensoñación y de la utopía, más que por los vericuetos absurdos y desgastados del previsible acontecer cotidiano. Ejercí como librero de oficio, actividad por demás venida a menos desde cuando las librerías fueron banalizadas y convertidas en supermercados de best sellers y los libros pretendieron competir con las hamburguesas. Mi nombre es Rubén Eduardo Miranda y celebro con beneplácito la ocurrencia del destino que como un golpe de dados me empujó a finiquitar una promesa pospuesta sin razón. Nadie desconoce la tranquilidad experimentada ante la certidumbre de estar cumpliendo con la palabra empeñada.
Así pues, nos encontramos en este irrenunciable evento: tú leyendo en soledad con curiosa expectación y yo como narrador solitario, con mis precarias cualidades de cronista de la inocencia, dispuesto a contarte las infortunados aventuras de mi ahijado Gerardo Antonio Montoya—que en paz descanse—y que tal como se lo hice saber en vida, alguna vez tuve la insensata y peregrina idea de prometerle que divulgaría a los cuatro vientos escenas de su atribulada existencia. ¿Metí la pata a fondo cuando le hice esa promesa? Quién sabe.
 Escúchame lo que te voy a contar. Él no fue ni rico ni famoso, ni tuvo enemigos que le cogieran ojeriza, ni le sacó ronchas a nadie. Entonces, me preguntarás ¿por qué me echo a cuestas tan ardua tarea?...hmmm...bueno, figúrate tú, yo pienso que  es una misión de vida que se me ha encomendado. No hay de otra. Y me doy ánimo para iniciar la historia y todo el rollo de su vida con la complicidad de este naciente otoño, recostado en mi hamaca que está amarrada en diagonal entre las paredes de la terraza de mi vivienda y  arropado con la brisa del océano que acaricia mis piernas velludas y mi rostro atezado, pues estoy de pantalones cortos y camiseta. Apaciguado del todo, disfruto el desfile del velamen que pareciera huir de la marina que lo contiene. Así, pues, llegó la hora de la verdad. Enconchado en este recoveco íntimo de la bahía en Miami Beach, me encuentro enteramente dispuesto a cumplir con mi palabra empeñada.
La veracidad de la historia está garantizada por la incansable vigilancia de mi conciencia, la cual no me dejará mentir. Me acompañan en esta casa de remanso donde la pereza transita oronda— además de mi mujer— mi perro de siempre, un shar pei  blanco de orejas y trompa negra a quien traspaso todas las arrugas que el tiempo me va prodigando para yo engañarme con la vana ilusión de sentirme joven. También me acompañan un reguero de libros que se encuentran arrumados por todas partes. Desorden y no desorden, que al parecer es lo único que a estas alturas le da sentido y coherencia —vaya contradicción—a lo que me resta de existencia.
 Qué pena, pero he llegado— y me siento obligado a confesarlo— a la edad en la cual la vida es finalmente aceptada como una derrota. Me hierve la sangre admitirlo, pero es así. Sin embargo, la visión desoladora que tengo de la condición humana, te prometo, no va a influir en el semblante del relato.
Sin más preámbulos hoy jueves dieciocho de octubre del año 2007 siendo las seis de la tarde doy inicio al acatamiento de mi promesa de recuperar para la memoria colectiva, rasgos y retazos, sesgos de tu discreta presencia por esta tierra de ilusión, ahijado benevolente a quien sigo queriendo como al hijo que nunca tuve.
Lo conocí por allá a finales de los setenta, en Caracas, cuando participábamos en una tertulia literaria a la cual asistían, entre otros, un médico peruano, calvo, de entrecejo autoritario y aficionado a la poesía; una italiana recién divorciada, profesora de Letras del Instituto Pedagógico que tiene su sede en el barrio el Paraíso; y Gustavo García Márquez, uno de los hermanos menores del Nobel quien por esos años estaba residenciado en Venezuela y gustaba de las peñas literarias; leía y escribía pero no publicaba porque tenía la certidumbre y el complejo de que nunca lo haría mejor que su hermano.
Recuerdo que el muchacho me tomó gran afecto desde entonces y también yo a él; amistad generada, pienso, aunque me puedo equivocar, por la compartida actitud ante esa esquina de la vida: desapego y búsqueda, indagación permanente y una crónica inestabilidad emocional que era lo que nos generaba ese desequilibrado estado de inconformidad con todo lo establecido. En cuanto a todo lo demás, hay que establecer las distancias, lo mío es crepúsculo, lo de él, ilusión.
En una de aquellas sesiones, de las pocas que a decir verdad tomó la palabra pues solía ser de ordinario tímido y reservado como esos individuos a los cuales hay que sacarles una palabra con tirabuzón y quienes siempre salen del paso ante alguna pregunta con un encogerse de hombros, con una media sonrisa, o con un sí, o con un no, es decir, callados hasta decir basta. En esa ocasión nos narró Gerardo Antonio lo que fue su primer contacto consciente con los libros de ficción. Nos habló de su primera intromisión en el mundo y la magia de una historia literaria la cual evocaba con una inocultable agitación. Frisaba por aquel entonces, nos aseguraba Gerardo, en los trece años y apenas si estaba despertando de esa nebulosa que recubre el inocente y fantasioso mundo de los niños; estaba rompiendo ese amnios de incondicional complacencia, esa placenta inmejorable que hace de los chiquillos las criaturas felices que todos conocemos. El personaje literario que lo impactó se llamaba Viernes, el indígena salvado de ser devorado por los antropófagos que habitaban esa remota isla tropical, de aguas transparentes, de follaje lujurioso, de incesante sinfonía de cantos de pájaros exóticos y de playas de blancos arenales. El nombre del libro como todos pueden suponer era en efecto: Robinson Crusoe, publicado en 1719 por el escritor inglés Daniel Defoe.

“Fue una revelación que me enfervorizó hasta quitarme el sueño”, nos confesaba esa noche de sábado el desgarbado mozalbete de larga nariz y anteojos con cristales de culo de botella, entre nervioso y feliz de tener un auditorio donde podía desahogar sus más íntimos recuerdos. “Qué quieren que les diga… las aventuras de Robinson y Viernes las veía de manera tan real que me parecía estar allí compartiendo las pesadillas de sus destinos”, sentenció. “Mi fantasía nunca se había disparado como en esa ocasión. Se me agrandó el mundo y de repente las ventanas de mi alma o las ventanas de mi conciencia o las ventanas de yo no sé qué—disculpen si les estoy hablando como un chalado— se abrieron dichosas al encuentro de una geografía de mares e islas paradisíacas que me sembraron en esa tierra encantada y me estimularon el apetito por los viajes y las aventuras. Y a decir verdad— como mis excursiones han sido muy escasas dada mi condición económica siempre en aprietos— la lectura fue la sustituta a mi obligado sedentarismo y además, la portadora de un universo misterioso y fresco que me atrapaba sacándome de una realidad escurridiza para entregarme abismado a otra en el confort de lo novedoso  sin tener que moverme de mi butaca de aprendiz de lector. Como les vengo diciendo, así es como hoy evoco mi primer contacto con los libros de ficción, mis queridos amigos”, agregó.
 Luego entornando los ojos como pretendiendo apresar todo el pasado en ese único instante y respirando a fondo continuó soltando vivencias de su lejana experiencia:
“...O sea, que también en ese momento se me comenzó a mezclar de manera fatal el mundo de la fábula con el mundo de la realidad, figúrense ustedes. Lo cual quiere decir, hoy lo analizo de esta manera, que pasé de una quimera a otra con la  consecuencia de  no saber hasta ahora dónde estoy parado. ¿Saben una cosa?—se preguntó mientras abría los ojazos  y se rascaba la cabeza con la mano derecha—  Les confieso que mi vida toda ha sido un continuo huir de la realidad. Qué lata”.

Cuando dejó de hablar se hizo un silencio largo en donde todos los presentes parecíamos sumidos en nuestros recuerdos infantiles, signados por algún libro con historias que se nos quedaron para siempre estancadas en la memoria. Tal vez lo dijo todo, tal vez no dijo nada. De todas maneras no pudimos evitar que un ramalazo triste agitara remembranzas salpicadas de emoción y hasta de sensiblería. Vivencias como esas eran parte del embrujo que las tertulias literarias significaban para nosotros y por las cuales tanto nos apasionábamos en aquellos años.






16 dic. 2013

Los ausentes y la ausencia presente de José















LOS AUSENTES Y LA AUSENCIA PRESENTE DE JOSÉ

Por Oscar Montoto Mayor



Estar ausente es algo propio de interpretaciones infinitas: metafórica, real o metafísicamente. También cuando la soledad te acompaña aunque estés rodeado de gente. Esa es otra ausencia que no se ve, pero se siente, se palpa, se huele.
Si la ausencia es cuasi un “tratado” sobre la evasión espiritual o física como ocurre en el universo social o en el espacio de tu entorno recreado en la ficción, mejor es referirse, digo, mejor es buscar, a través de lecturas, el libro Los Ausentes, del escritor José Díaz-Díaz, colombiano naturalizado en los Estados Unidos quien, con meridiana claridad y metódico en su estilo narrativo, entrelaza suerte de experiencias descritas en fábulas donde los ausentes están en cada página.
Vayamos a buscarlos o rescatarlos en cada uno de los ocho textos en que te darán el abrazo oportuno, porque cuando se está ausente, puede ser a tu lado y no te das cuenta. No ves.
Para referirme con mayor propiedad al citado volumen, transcribo las palabras que sobre Los Ausentes, del profesor José Díaz-Díaz, aparecen en la contracubierta de su libro,  digo, de sus ausentes.

Desde el sur de la Florida, con mirada retrospectiva, José Díaz-Díaz pasea su ojo literario por escenarios de New York, de Miami, de Suramérica; por espacios subjetivos cargados de desasosiego unas veces, de incertidumbre profunda otras, siempre con esa desconcertante dualidad de lucidez y oscuridad espiritual que caracterizan a sus personajes.
Los relatos están fraguados dentro de una corriente de interioridad y por una obsesión con los rincones escondidos del subconsciente en donde la realidad y la ficción se confabulan  para intentar diseñarnos un retrato del trasfondo de la gente del común que lucha por sobreponerse a ese vacío existencial que los agobia, buscando a su vez en la clave de sus sueños —o en el desmadre de sus pesadillas— un algo distinto que la rescate y le dé coherencia a sus actos.

De nuevo, como lo palpamos en mas reciente novela: Retrato de un incauto, un estilo limpio y el brillo depurado de un lenguaje que se nos impone fresco y renovado, cobija la piel hendida de Los ausentes, compendio de relatos que sin duda, cautivaran la sensibilidad de sus afortunados lectores.

4 dic. 2013

Los conejitos de Bayfront Park


Los conejitos de Bayfront Park
Cuento de José Díaz- Díaz









Los dos alfeñiques jugaban en medio de un angosto caminito de cemento que dividía en dos la alfombra natural, verdosa y fresca de uno de los rincones del Bayfront Park  en la bahía de Biscayne. Amagaban jugar a lo que en algunos lugares le llaman << las escondidas>>. Es un juego más bien estúpido que consiste en que uno se esconde y el otro lo busca hasta encontrarlo. Cuando esto sucede, entonces se cambian los papeles y el cazador pasa a ser cazado.

 Arrebujados, los mequetrefes saltan para aquí y para allá, se toman de la mano girando los brazos como columpios, saltan sobre una cuerda invisible y se empujan para ver cuál cae primero. Van disfrazados de conejitos. Capucha blanca con orejitas blanquinegras y mameluco blanco con cola también blanquinegra. Su majadera risa no cesa como tampoco sus chillidos de monos ahorcados. En medio de la calleja del espléndido parque público, los guasones no paran de fastidiar con sus piruetas descompuestas. Ahora corren, después bailan, tantean a caerse a golpes, y en verdad, el que parece más acuerpado enciende a patadas al más debilucho hasta doblarlo en el piso; en fin, que no dejan de llamar la atención a como dé lugar con tal de distraer a los lugareños y turistas y quitarles — después de un buen rato de artimañas y mohines— un céntimo que aquellos depositarán en una gorra (también blanca) que reposa como abandonada en el piso, al lado de una banca de madera donde yo estoy sentado observando el espectáculo, como el cenobita perdido que soy.
Un círculo creciente se va conformando paulatinamente alrededor del espectáculo improvisado, engrosado por caminantes que deambulan por el bulevar aledaño al Downtown de Miami, saboreando el salitre del mar que a esa hora  de la tarde es conducido por la brisa marina. Al  tropezar con los payasos aflojan sus pasos hasta detenerse y observar el alboroto producido por los bufones. Unos son turistas de ropas ligeras y cachuchas con largas viseras que los cubren los rostros atezados por el sol caribeño. Engrosan la fauna, parejas de tiernos enamorados tomados de las manos y con los ojos encendidos. Las de allí son madres y nanas atajando a sus críos para que no se alejen demasiado de ellas; otros son solitarios (como yo) que van al parque a oxigenarse y de paso a vindicar cualquier atropello que se atraviese en el camino; los de allá, echan un vistazo al centro de la pista, alargando sus pescuezos y afinando la mirada mientras pasean a sus mascotas en un ceremonial de silencio y ausencia. Todos a uno tenemos los ojos puestos en los blancos fantasmas como esperando que de un momento a otro suceda algo extraordinario.

Sin embargo, para desesperación de los transeúntes nada de raro sucede. Lo saltimbanquis continúan con sus movimientos estrambóticos sin parar. El fortachón continúa cayéndole a trompadas al delgaducho demostrando ante el soberano quién domina a quién. De esta manera surrealista se desgranan los minutos cual perlas artificiales de una camándula bendecida por el papa Francisco en las manos temblorosas de una rezandera.  A los que llevan mayor tiempo observando se les empieza a notar el cansancio en las caras largas y el desconsuelo de que no suceda nada especial. Los que apenas llegan, se abren paso a codo limpio y se les nota la expectación por descubrir qué es lo que está aconteciendo en el centro del redondel. Vaya ilusos, si supieran que no pasa nada ni que va a pasar absolutamente nada, o ¿de pronto, sí?

En cuanto a mí, yo sí que no esperaba nada de esos infelices. Me enfogonaba que el uno abusara del otro. Ya en mi remoto pueblo — cuando era niño—asistí a un sinnúmero de <<espectáculos>> como este, en el parque central de mi barrio y después de tanta curiosidad y tanta espera porque algo mágico sucediera al final de la presentación, nunca pasó nada memorable. Solo me acuerdo de la terrible calentura que cogí una vez cuando en una presentación callejera, dos papanatas, un viejón desdentado y de barbas descuidadas, no paraba de azotar con una gruesa soga de amansar caballos, a un bobote que huía en círculo mientras reía, gemía y lloraba a la misma vez, asimilando con entereza y a la vez con desamparo, la tremenda golpiza que recibía de su verdugo. Nunca entendí dónde estaba la gracia de ese pasatiempo. Ya se tratara de un trotamundos con un mono trepado a su espalda, o de un músico ciego interpretando en un viejo acordeón cansadas melodías; o de un buscavidas vestido de mago con una paloma a punto de volar…; les juro que no ocurría nada que lo sacara a uno del marasmo de lo cotidiano. Ni el bailarín que danzaba con una muñeca de trapo (de su misma estatura) haciendo cabriolas al ritmo del danzón que con sonido ronco salía de un gramófono RCA Víctor; ni el contorsionista semidesnudo que miraba con ojos saltados de asombro desde su rostro que le aparecía por debajo de sus flacuchas piernas; ni el hombre de fuego, mejor dicho, el hombre que se tragaba lenguas de fuego y luego las escupía sin quemarse ni siquiera el bigote; ninguno de ellos lograban sacarlo a uno de la apatía ni de alimentarle, aunque fuera un poquito, la sed de milagro y maravilla que desde el fondo de nuestra inocencia hubiéramos querido que emergiera. Que emergiera, digo, como si uno fuera un pozo de agua y de repente algo inesperado brincara a la superficie como esos peces gigantescos que emanan de sus nidos de agua saliendo a la superficie para dibujar una semicircunferencia en el aire y luego desaparecer tan rápido como se elevaron.

No debió pasar mucho tiempo mientras cavilaba estas tonterías cuando, volviendo en sí, ¿así se dice?, ¿volviendo en sí, volviendo de dónde? Qué cosas tiene el idioma. Bueno, el asunto es que minutos después de mi distracción volví a prestar atención a los payasos y prácticamente ya no quedaba gente a su alrededor. Una patota de  mocetones que no pasaban de cinco los abucheaban y los desconcentraron tan de mala manera de sus papeles que a los pobres no les quedó otro remedio que abandonar la <<representación>>. El grandulón amagó a enfrentárseles pero el chiquito lo disuadió con un gesto de manos. Agotados de tanto desmadre despejaron la vía reculando hacia la banqueta donde yo permanecía sentado. “Por fin, a descansar de tan bonito espectáculo”, les dije hipócritamente mientras me corría hacia un lado de la banca para darles espacio y los dos sonrieron entre complacidos pero amargados por la burla de que estaban siendo objeto por el grupo de adolescentes. Se sentaron y su respiración era fuerte. Sudaban a chorro, consecuencia, digo yo, de tanta saltadera. Uno de ellos, el que se sentó al otro extremo de la banca colocó con cuidado la gorra con los billetes y monedas recogidas durante la feria. Yo alargué la vista para calcular el monto de lo recogido y para mis adentros calculé unos veinte dólares en total. Diez por cabeza, concluí como si alguien me hubiera llamado de lambón a repartir las utilidades conseguidas con tan desgraciada labor.

Me puse en guardia para ver qué era lo que venía enseguida. La tarde estaba cayendo apacible pues era noviembre y la temperatura mezclada con una brisita juguetona me invitaba a quedarme sembrado en la banca (sembrado como un árbol al que se le están cayendo las hojas una a una). Era evidente que el fuerte calor del verano de unas semanas atrás había cedido su puesto a una confortable tibieza que algún poeta de esos que abundan por ahí, diría edénica. Los mamelucos ni me miraban. Me pareció extraño que no hablaran como la gente común ya que el sainete supuestamente había terminado y no había motivo aparente para no hacerlo. Se comunicaban como lo suelen hacer los mimos, a puras señas. Yo miraba de reojo, pues la verdad es que no los sentía muy amigables. Continuaban excitados y parecía que se peleaban. El que cuidaba la gorra que contenía el producido, parecía que mandaba o parecía mandar sobre el otro que era ligeramente más bajito y frágil. Para comenzar, le dio un empellón con el trasero para que no le robara espacio. Con los ojos febriles le envió una señal como diciéndole “no me joda”. El conejo chiquito, de ojos más bien pequeños y afilados, bajó la cabeza en señal de aceptación y disculpa. Mientras tanto, yo saqué un billete de a dólar de la billetera que estaba dentro de mi mochila y como haciendo el que juega basquetbol, lo hice bolita y lo lancé a la gorra. Los dos artistas siguieron con sus caras alargadas y tristes la línea semicircular que dibujó el balón y que encestó directo en el birrete. Los dos a una me voltearon a mirar con una actitud estólida que me confundió. “De nada” les dije,  levantando las manos en señal de vaga respuesta.
De sopetón, un estruendoso pito de sirena que me llevó a cubrirme las orejas con las manos, me sacó momentáneamente de lugar. Alcé los ojos y lo que vi fue una  barcaza de esas que cada dos horas anuncian a los turistas la salida de su recorrido desde Bayside alrededor de las islitas de la fantasía que rodean el sector y que sin necesidad de navegar en aguas profundas, ponen en contacto a los viajeros improvisados con la verdosa piel del mar. Levanté la mirada al horizonte y lo que vi allá a lo lejos fue a tres inmensos cruceros en fila india y con más de diez pisos cada uno y se veían a los turistas (como puntos pequeñitos cual figuras dibujadas por un pintor de marinas) apostadas a lo largo de las cubiertas de los trasatlánticos. A pesar del diabólico rugido que volvió a repetirse, me reconcentré en lo mío y continué fingiendo el despistado, para no poner en alerta a los roedores de mi intención de estar atento a sus más mínimos movimientos. De repente, no sé por qué carraspeé y en tono amigable les dije: “Me llamo Peter, los felicito por su espectáculo, no me perdí ni un solo acto de la obra”. El frágil sonrió tímidamente como dando las gracias pero el de la voz cantante me miró con los ojos aún mas desorbitados como preguntando ¿de qué está hablando este gilipollas? La verdad que me sentí un poco incomodo pero me recompuse y sin carraspear agregué: “Sí, porque lo de ustedes es todo un Performance”, rematé. Me llamo Richard y déjese de tonterías amigo, que está tratando con profesionales. Me llamo Joe, interrumpió con voz aflautada el que estaba pegado a mí. No había terminado de chillar el menor, cuando un fuerte codazo en el estómago proveniente de la humanidad de su socio lo dejó sin aire. Eso, para que no se meta en conversaciones de mayores, lo recriminó, mientras lo fulminaba con la mirada. “Sí, sí claro”, asentí, como si no hubiera visto nada, solo estaba haciendo un cumplido… Vaya, hombre, olvídelo. Me replicó Richard. El tiempo no está bueno para payasadas, agregó. Mire que trabajar casi dos hora para recoger unas monedas que no nos alcanzan ni para pagar el motel de esta noche. La cosa no esta buena, compadre. ¿Y con qué vamos a cubrir los gastos de transporte y comida? Con qué vamos a terminar de pagar el curso de teatro que estamos tomando en el Miami Dade College? ¿Con qué vamos a concluir la gira pactada? No, mi amigo, pagar por aprender a hacer reír no es nada gracioso. Ganarse la vida está bien pero bien cabrón mi amigo. “Sí, tienes razón Richard”, le respondí, llevándole la cuerda rapidito sobre lo que decía.

 No suelo discutir sobre nada. Evidentemente hace años que dejé de hacerlo. Desde entonces a todo le llevo la cuerda, como quien dice vivo en la cuerda floja. Pero cuando puedo dar el zarpazo justiciero, lo doy. Sin creerme ningún acróbata o maromero voy por la vida pisando liviano porque yo soy de los que creen que la calle está sembrada de minas <<quiebra patas>>. Perdón por la digresión pero a veces uno no puede controlar las ocurrencias que se le vienen a la mente. Por un instante se me ocurrió pensar que podría unirme a ellos. Gritarle a Richard que me dejara unirme a ellos, que en verdad el performance me convencía de que era arte del bueno y, en fin, que no estaría mal que un trió mejorara lo que ya de por sí era una pieza posmoderna de propuestas plásticas atractivas. Yo también había estudiado un año de teatro en la escuela Prometeo de Miami y si tuve que abandonar no fue por falta de amor al arte sino porque se me agotaron las reservas que traía de mi país después de tres años de malvivir con trabajitos ocasionales. Aproveché que el hombre estaba desahogando conmigo sus desventuras para <<metérmele en el rancho>>. “Déjeme engrosar su equipo”, le supliqué, “yo también estudie algo de teatro y con seguridad que podremos optimizar las presentaciones con nuevos números que dirán de nuestra genialidad para poner en escena sucesos cotidianos de la vida que a la mayoría de la gente se le pasarían por alto”. El bufón negó con la cabeza y yo apreté los puños dentro de los bolsillos de mis pantalones, mientras me soliviantaba por dentro. El frágil comenzó a seguir nuestra plática con solapada curiosidad. Sentí que su respiración se le comenzó a acelerar ¡No, es no! Dijo rotundo e hizo un gesto como de querer ponerle punto final a la conversación. “Pero, al menos analícelo, Richard”, insistí. No hay nada que analizar, me respondió rotundo, mientras el frágil lo tomaba de la mano. Ahí comprendí yo que mi propuesta los estaba agrediendo a los dos, que estaba interfiriendo un algo bien gordo. Sospeché que más que un dúo era una pareja. Es decir, me sentí como un entrometido en la intimidad de un hogar. Bueno, un hogar… es como demasiado decir. ¿Qué tiene que ver un hogar con un par de infelices que se buscan el pan haciendo piruetas en la calle pública? Aparentemente nada. Sí y no, porque quiérase o no, la ciudad está llena de hogares de infelices que hacen cabriolas para sobrevivir el día. El conejo mayor le retiró la mano tomada sin contemplación de ninguna clase y se levantó de inmediato. Recogió la gorra, se embolsicó los billetes y las monedas. El frágil también se levantó, asustadizo.

Yo calculo que le llevaría unos cinco años a Richard y creo que me sentía con más experiencia que él. De seguro que yo había comido más mierda que este mameluco aprovechador del desamparado Joe. Me levanté, también de una. No sé por qué sentí que mi destino estaba enganchado al destino disparatado de estos dos miserables. Estaba molesto porque los dos bufones al poner en escena de manera tan ridícula una pieza de teatro, estaban poniendo por el piso la grandeza del arte de Píndaro. Estaba molesto porque ridiculizaron a Marcel Marceau, el gran mimo; porque pisotearon las cenizas de Eugène Ionesco… el maestro del absurdo y, de paso, a los profesores del Miami Dade College. Me hervía la sangre de pensar que Richard, fungiendo de guasón mayor abusara injustamente de esa oveja trémula que era el frágil de Joe. Estaba molesto de verdad. Ellos echaron a caminar y yo detrás de ellos. ¿Hacia dónde se dirigían? Tampoco lo sé. Atravesaron el parque a paso firme y se detuvieron unos segundos frente al monumento de Cristóbal Colón. Lo miraron como preguntándose algo. Yo también me detuve, levante la vista y lo miré como queriendo también preguntarme algo. Avanzaron hasta la parada del bus de la Biscayne Boulevard y yo hice lo mismo. Aún llevaba los puños cerrados entre los bolsillos de mis bluyines. El guasón mayor volteó a mirarme y me midió con los ojos, de la cabeza los pies, como quien dice “no te atrevas a seguirnos, poca cosa”. El autobús llegó en ese momento. Tan pronto se abrió la puerta los dos saltaron adentro con una agilidad inusitada. Yo, como un autómata hice lo mismo. Pagué mi boleto de dos dólares y me fui a sentar justo detrás de ellos. Nuestro destino estaba sellado, comprendí con una perentoria convicción que jamás había sentido.

Con ritmo cansino el autobús continuó su ruta hacia el norte. Paraba y avanzaba un corto trecho. Paraba y avanzaba. Estaba oscureciendo y aparte del movimiento de uno que otro pasajero que se preparaba para salir o de uno que otro que entraba, nada sucedía. Afuera en la intemperie, una que otra alma deambulaba afanosa hacia algún lugar; descontando eso, nada, en verdad, sucedía. Se sentía menos humedad que afuera y el murmullo del motor que ronroneaba como miles de gatos en gigantesco coro, adormecía el ambiente. Mi mente estaba en blanco. No sentía mi cuerpo, solo mis puños como garfios afilados esperando por el momento propicio para el ataque. Las casas, comercios y anuncios de moteles iban quedando atrás. Habría transcurrido una media hora cuando los conejos amagaron a levantarse. “Hemos llegado”, me dije. En efecto, mi pálpito era correcto. La pareja comenzó a desfilar hacia la salida y yo hice lo propio detrás de ellos. Tan pronto el autobús llegó a la parada, se apearon y yo hice lo mismo. El bus cerró su puerta y los tres quedamos a la intemperie. El guasón mayor me miró desafiante. Yo le mantuve la mirada. Ojo con lo que planeas hacer, puede ser tu fin. Me dijo amenazante. “Ese es mi problema”, le respondí sin asomo de cobardía. Alguna cosa le cuchicheó al frágil y este asintió sin más. Cruzaron la calle oscura y vacía y se dirigieron a la entrada de un motel con un letrero fluorescente que rezaba: “The heaven motel”. Hice lo mismo que ellos, como si fuera un integrante del grupo. El dependiente del motelito ya los conocía porque los saludó con familiaridad y tan pronto los vio se agachó detrás del mostrador y luego reapareció con una llave atada a  una manija de madera con un número, el 33. Se la alargó de inmediato al conejo mayor. ¿Y ese? Preguntó dirigiéndose a mí  ¿viene con ustedes? No, nada que ver, le contestó cortante Richard. Ok., que descansen, les dijo. Mientras los conejos se alejaban al fondo de la edificación, el dependiente me preguntó ¿le puedo ayudar en algo? “Sí gracias”. Le respondí. “Necesito una habitación”. ¿Por una noche? “Sí, por una noche”. Déjeme ver porque hoy estamos full. Déjeme ver… y fijó sus ojos en una cartelera. Luego de unos largos instantes, aclarando la voz me dijo: tiene suerte mi amigo solo queda una, la 32, cuesta cuarenta dólares ¿está bien? “Sí”. Le respondí con la respiración entrecortada. “Es el destino”, me repetí, “yo lo sabía, yo lo sabía”. Pagué, luego le enseñé mis documentos falsos. Desapareció detrás del mostrador para reaparecer con una llave atada a un pedazo de madera con el número 32. ¿Equipaje? Solo mi mochila. “Es por una noche”, aclaré. Bienvenido me dijo mientras me indicaba con el dedo índice el pasillo por donde se encontraba la habitación. Cortó de manera abrupta el diálogo y fue a sentarse a seguir viendo en la tele un juego de pelota.

El pasillo estaba completamente oscuro, solo un foco de luz mortecina ubicado al final permitía leer los números fijados en las puertas. Las chicharras con su ruido me confortaban y con su intermitente luz vegetal me ayudaban a orientar. Mi mente seguía en blanco. El angosto andén por donde caminaba apenas si permitía desplazarse sin tropezar con las raíces de los árboles de mango que encerraban la estancia, pues lo que luego venía era un alto mural que encerraba la propiedad. Tuve— no sé por qué—la sensación de que me encontraba dentro de una cárcel. A medida que avanzaba los números de las puertas aumentaban: 28…29…30…31… y por fin el 32. Apliqué la llave a la cerradura y entré. A tientas como un auténtico ciego estiré mi brazo derecho con la mano extendida y palpé la pared. Fue fácil. Encontré el interruptor y encendí la luz. La habitación consistía en un cubículo pequeño con un camastro y una mesita de noche sobre la cual reposaba una diminuta pantalla. “Es solo por unas horas” me conforté. Mi mente continuaba en blanco. En verdad sabía y no sabía lo que la fatalidad tenía previsto para mí. Me saqué el morral de mis espaldas lo lancé a los pies de la cama y me tire de una con todo y ropa. Permanecí así como una hora. Miré el reloj eran apenas las nueve de la noche. No tenía hambre. Qué raro. Aunque no tan raro en mi caso, a veces pasaba más de doce horas sin tragar bocado, apenas bebía un poco de agua de algún grifo que se me atravesara en el camino. Quizás por eso vivía últimamente en un estado de elevada condescendencia con la nada. La cita con el guasón mayor la pacté (para mis adentros) para las doce de la noche. Tenía tiempo para leer un rato. Encendí la luz de la pantallita y saqué de mi morral el único libro que me acompañaba: La broma infinita del joven difunto David Foster Wallace. Me engolosiné con el capítulo referente a los asesinos de las sillas de ruedas. Locura total. Los minutos transcurrían dentro de mi cuerpo como si  yo todo fuera un reloj de arena que se carga y se descarga minuto a minuto. No podía escapar ni tenía  otra alternativa que ejecutar la decisión tomada: el guasón mayor debía desaparecer de la faz de la tierra. ¿Razón? ¡Por abusivo, por controlador! El frágil Joe merecía vivir en libertad y yo sería el ejecutor de tan digno encargo. ¿Encargo de quién? Tampoco yo lo sé. Solo sé que obro por misericordia. El insensato debe morir. No hay otra alternativa. Hay un punto en que se le debe poner un parado a la abyección. A las doce en punto me dirigiré a la habitación contigua (la 33). Aplicaré el ojo a la cerradura. Como todo estará en calma, con la llave maestra que siempre llevo conmigo cual crucifijo de cristiano, abriré la puerta en el sigilo de los designios más insondables. Ya no me tiembla mi mano derecha que como garfio mortal apretará el cuello del guasón mayor hasta sacarle el último aliento de su mortecino pecho. Al Frágil le diré mirándolo a los ojos: “Si me has visto, no te acuerdas. Y no indagues en razones. No temas más, ya está bueno”.

22 oct. 2013

Una mirada no insular sobre José Lezama Lima






Una mirada no insular sobre José Lezama Lima

 Por José Díaz-Díaz

No sé si a ti te pasa lo que a mí, que cuando navego en lecturas al azar tropiezo felizmente con escritores señeros tal como me ha me ha sucedido con el poeta cubano José Lezama Lima (La Habana, 1910-1976). Entonces no puedo dejar de reflexionar sobre lo que significa tomar el oficio de la escritura con el soporte de un bagaje cultural, que en el caso de Lezama es abrumador: conocedor a fondo de la mitología, de la cultura y literatura greco-latina, recrea en sus obras la génesis de lo que constituye la nuestra. Ensaya por situar la estética del hombre latinoamericano en una dimensión que lo rescata de la mirada centrista y hasta peyorativa de otras cepas culturales.

La circunstancia histórica de haber sido censurada su voz por las autoridades de su país allá por las décadas de los años sesenta y setenta; y más tarde—después de muerto— utilizada su imagen, nos muestra por enésima vez el modo de actuar de los regímenes totalitarios. Sin embargo, la justicia poética que demora en llegar, pero que al final se muestra gallarda, nos induce a recuperar y hacer vigente su legado en cuanto instrumento para conocernos y acercarnos a nuestra identidad antropológica, geográfica y estética como americanos que somos.
José Lezama Lima es definitivamente, un engendro ungido para descubrir la Imagen de una América mestiza, desde la cantera misma que signa y cohesiona la naturaleza del hombre latinoamericano.

 Más allá del barroquismo gongoriano o del neobarroquismo ilustrado de Alejo Carpentier, Lezama se embriaga de la raigambre nativa con la naturalidad del niño de nuestro pueblo que descubre por sí mismo el espejo de su cielo en el manantial que beben nuestros pájaros criollos, o que vislumbra en el verdor de nuestros pastos, el bosque sagrado que lo contiene.
Su pomposa obra está saturada de claves, enigmas, alusiones, parábolas y alegorías que aluden a una realidad secreta, íntima y, al mismo tiempo, ambigua. Desarrolló una erótica de la escritura, anticipándose, de esta manera, a las corrientes europeas de la estilística estructuralista. Sus ensayos son imaginativos, poéticos, abiertos y constituyen una recreación de textos y visiones. Hace prevalecer el sentir sobre el decir. El lenguaje de este poeta, potencia el espíritu, los sentidos, la mente y el cuerpo del mestizo americano, para enraizarlo en el edénico suelo que lo acuna, y a su vez dispararlo hacia la posesión de una riqueza telúrica de asombroso deslumbramiento. Su pasión estética estuvo centrada en encontrar La Imagen poética que transmitiera el rostro neto del ser latinoamericano. “La imagen es la realidad del mundo invisible”, dijo alguna vez.

Como todo escritor que sabe lo que dice o mejor, lo que escribe, el habanero definió el mapa de su recorrido. La estética de Lezama ve por los ojos de la intuición y de lo intuitivo: percepción primaria donde se encuentran todas las clarividencias. Por lo que respecta a su poesía, no se alteró especialmente en la forma ni el fondo con la llegada de la <<revolución>> y se mantuvo como una suerte de monumento solitario difícilmente catalogable. Para muchos especialistas, el conjunto de su obra representa dentro de la literatura hispanoamericana una ruptura radical con el realismo y la psicología y aporta una alquimia expresiva que no provenía de nadie. Julio Cortázar fue sin duda el primero en advertir la singularidad de su propuesta.

Cortázar puntualiza lo siguiente sobre Paradiso, la obra cumbre del cubano, en un artículo que titula: Para llegar a Lezama Lima: Esto no es un libro para leer como se leen los libros, es un objeto con anverso y reverso, peso y densidad, olor y gusto, un centro de vibración que no se deja alcanzar en su coto más entrañable si no se va a él con algo que participe del tacto, que busque el ingreso por ósmosis y magia simpática...”.
Leamos, ahora, uno de sus poemas:

LOS FRAGMENTOS DE LA NOCHE

Cómo aislar los fragmentos de la noche
para apretar algo con las manos,
como la liebre penetra en su oscuridad
separando dos estrellas
apoyadas en el brillo de la yerba húmeda.
La noche respira en una intocable humedad,
no en el centro de la esfera que vuela,
y todo lo va uniendo, esquinas o fragmentos,
hasta formar el irrompible tejido de la noche,
sutil y completo como los dedos unidos
que apenas dejan pasar el agua,
como un cestillo mágico
que nada vacío dentro del río.
Yo quería separar mis manos de la noche,
pero se oía una gran sonoridad que no se oía,
como si todo mi cuerpo cayera sobre una serafina
silenciosa en la esquina del templo.
La noche era un reloj no para el tiempo
sino para la luz,
era un pulpo que era una piedra,
era una tela como una pizarra llena de ojos.
Yo quería rescatar la noche
aislando sus fragmentos,
que nada sabían de un cuerpo,
de una tuba de órgano
sino la sustancia que vuela
desconociendo los pestañeos de la luz.
Quería rescatar la respiración
y se alzaba en su soledad y esplendor,
hasta formar el neuma universal
anterior a la aparición del hombre.
La suma respirante
que forma los grandes continentes
de la aurora que sonríe
con zancos infantiles.
Yo quería rescatar los fragmentos de la noche
y formaba una sustancia universal,
comencé entonces a sumergir
los dedos y los ojos en la noche,
le soltaba todas las amarras a la barcaza.
Era un combate sin término,
entre lo que yo le quería quitar a la noche
y lo que la noche me regalaba.
El sueño, con contornos de diamante,
detenía a la liebre
con orejas de trébol.
Momentáneamente tuve que abandonar la casa
para darle paso a la noche.
Qué brusquedad rompió esa continuidad,
entre la noche trazando el techo,
sosteniéndolo como entre dos nubes
que flotaban en la oscuridad sumergida.
En el comienzo que no anota los nombres,
la llegada de lo diferenciado con campanillas
de acero, con ojos
para la profundidad de las aguas
donde la noche reposaba.
Como en un incendio,
yo quería sacar los recuerdos de la noche,
el tintineo hacia dentro del golpe mate,
como cuando con la palma de la mano
golpeamos la masa de pan.
El sueño volvió a detener a la liebre
que arañaba mis brazos
con palillos de aguarrás.
Riéndose, repartía por mi rostro grandes cicatrices.

Siento, mis amigos, que con Lezama aprendemos que el hombre es perfectible por la Poesía y que su transmutación hacia la apropiación del ser total se logra por la vía poética. La lírica lezamiana es verso y es narración, es lenguaje que despierta y dinamiza la conciencia en pos de la recuperación inmediata, en la movilidad inmóvil, (aparente contradicción) de vivir vibrando en un espacio de sensaciones donde la palabra medita el éxtasis de la vivencia.

Su ensayo: La Expresión Americana, contiene parte de su trabajo crítico y esboza su poética, urdimbre de lenguaje y conciencia que se entrelazan deviniendo indisolubles, alas sin límites, bordes sin final. Su denso conocimiento de la filosofía y de la mitología greco-latina, como ya lo indiqué, lo indujo a lograr una labor de cetrería cuyos hilos abrazan en un solo caldo primordial el origen y la permanencia de la conciencia americana.


José Lezama Lima fue un hombre entregado de tiempo completo a la gestión literaria. La revista Orígenes, creada y dirigida por él, durante los diez años de su continua publicación, convocó voces selectas del pensamiento contemporáneo tales como Juan Ramón Jiménez y Octavio paz. Inmenso en su propuesta poética, a mi modo de ver, Lezama es una garganta cuya música apenas comienza a ser reconocida y escuchada.

6 oct. 2013

El cerebro: protagonista en la vida de un escritor






El cerebro: protagonista en la vida de un escritor
Por: Elizabeth Hernández Apráez


(Por su gran interés, les comparto este artículo publicado en la revista digital FARO LITERARIO)


La literatura es hija del cerebro. En este misterioso órgano, de consistencia gelatinosa, blando como el paté, que pesa menos de dos kilos, que se halla enroscado y oculto bajo los huesos del cráneo, se encuentra todo lo que un escritor necesita para escribir: las palabras, las emociones, la creatividad, la imaginación, las historias y la memoria. A través de esta masa encefálica, del tamaño de una coliflor, con forma de nuez y llena de neuronas, el autor describe el mundo que le rodea.
“El arte nace en el cerebro, y no en el corazón”, decía Honoré de Balzac. Y el escritor francés tenía razón. Precisamente, entre los siglos XVIII y XIX, cuando Balzac vivió, el cerebro ya empezaba a ser protagonista del cuerpo humano. Antes no. Aunque al parecer despertaba gran curiosidad en la humanidad. Los hombres del período neolítico, por ejemplo, practicaban la trepanación, técnica quirúrgica que consistía en agujerar el cráneo y que se realizaba en aquella época por razones místicas, pero también para dar alivio a algunas enfermedades. Los griegos no fueron conscientes de que el cerebro era el órgano de la mente. Aristóteles tenía una mala corazonada, creía que el corazón era la sede de los sentimientos y pensamientos, incluso llegó a afirmar que el cerebro era simplemente el refrigerador de la sangre y que no realizaba ninguna función superior.
En el siglo II, después de Cristo, el médico Galeno de Pérgamo hizo vivisecciones con animales, pero no logró saber con certeza si la mente estaba en el cerebro o en el corazón. En tiempos de Andrés Vesalio, se disecaban cadáveres humanos para estudiarlos. Era el siglo XVI y el gran mérito de este sesudo médico belga fue publicar una importante obra de la historia de la medicina: La fábrica del cuerpo humano. En este libro apareció una de las primeras anatomías del cerebro.
La lista de científicos que después fueron descifrando algunos de los misterios del cerebro es larga. La ciencia se encargó de darle a este enigmático órgano su lugar. Gracias a ellos, hoy se sabe con certeza que un buen escritor debe escribir con el cerebro y no con el corazón. Realmente el corazón no tiene nada que ver con el ejercicio literario.

AMANTES DE LAS PALABRAS

Los escritores son los eternos amantes de las palabras. El cerebro es el celestino de este romance entre los narradores y el lenguaje. Desde la primera, hasta la última letra de un libro viene de la cabeza del autor, más exactamente de dos regiones llamadas Broca y Wernicke.
La región de Broca fue descubierta en 1860 por Paul Broca, un librepensador francés cuya vida bien podría ser contada en una novela. Cirujano, neurólogo y antropólogo, Broca fue un niño genio, estudió al mismo tiempo literatura, matemáticas y física, logrando graduarse en las tres disciplinas. A los veinte años ya era médico y cuando tenía treinta y seis realizó su mayor hallazgo: descubrió el área del lenguaje y lo hizo a través de un paciente llamadoMonsieur Leborgne, conocido como Tan, porque sólo era capaz de articular una sílaba: Tan. El famoso Tan era un artesano francés que había perdido el habla tras un ataque de epilepsia. Todos pensaban que era un enfermo mental, sin embargo, le gustaba leer periódicos y jugar ajedrez. Después de que murió y tras una minuciosa autopsia de su cerebro, el doctor Paul Broca descubrió que Tan tenía una grave lesión en el hemisferio izquierdo y concluyó que esa parte era la encargada de controlar el lenguaje.
La región de Wernicke fue descubierta por el neurólogo y psiquiatra alemán Karl Wernicke en 1874, cuando se dio cuenta de que los individuos que se lesionaban la corteza cerebral, detrás de la corteza auditiva, podían hablar, pero no entendían el significado de lo que decían, o pronunciaban frases incongruentes. “Esta zona es importante para la comprensión del lenguaje, para que eso que estamos leyendo tenga sentido, lo comprendamos. Si se lesiona esta área se presenta algo que se llama afasia de Wernicke, entonces las personas dejan de comprender tanto lo que oyen como lo que leen. Hablan fluidamente, pero en realidad no dicen nada coherente, es una mezcla de palabras que no están coordinadas adecuadamente”, explica Betty Gómez, doctora en psicología por la UNAM e investigadora del área de Neurociencias de la UAM Iztapalapa.
Cuando una persona lee o escribe, las regiones de Broca y Wernicke se activan. Las dos zonas están conectadas por un cableado interno que lleva por nombre fascículo arqueado “Si el escritor quiere escribir una palabra primero debe pasar por Wernicke para saber lo que va a decir, una vez lo entiende, se conecta al área de Broca y allí se encuentran los programas para elaborar la palabra que se va a expresar, eso ocurre en menos de un segundo”, dice Ángel Rojas, doctor en biología experimental de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa. En otras palabras: el área de Broca produce el lenguaje y el área de Wernicke se encarga de comprenderlo.
Y eso no es todo, ningún dedo de la mano de un escritor se mueve sin que el cerebro lo ordene. La corteza motora primaria, ubicada en el lóbulo frontal controla el movimiento de las manos. Todos los individuos tienen la capacidad de escribir, pero los escritores pueden incrementar dicha habilidad debido a que usan más esta parte del cerebro. A esto se le conoce como plasticidad. Lugar del cerebro que no se usa, se atrofia, como cualquier músculo del cuerpo. “De hecho nuestro cerebro es como si lo hiciéramos a mano, lo construimos día a día, cada quien tiene su propio cerebro, que si bien posee principios de funcionamientos básicos aplicables a los humanos y a todos los otros mamíferos, tiene sus peculiaridades”, agrega Gómez.
A veces da la impresión de que el cerebro es como un mundo, con su propia geografía, en donde hay regiones y hemisferios. Muchas zonas son completamente vírgenes, no se han explorado. Si bien Broca y Wernicke son regiones que ayudan a comprender la palabra hablada y la palabra escrita, es posible que existan otras áreas implicadas en estas labores. “El cerebro no se comporta como un archivero”, aclara el doctor Ángel Rojas, “no hay un cajón especial para la memoria, otro para el lenguaje y uno más para la imaginación, sino que es un todo; aunque hay regiones que se especializan en ciertas actividades, requiere de todo para poder expresarse”.
En este mundo llamado Cerebro, los escritores tienen su propio país: el de las palabras. Bien lo dijo el español Juan Marsé: “La verdadera patria de los escritores, es el lenguaje”.

LA CUNA DE LA CREATIVIDAD Y LA MEMORIA

La creatividad es una etiqueta que identifica a los escritores. Los juegos temporales de Joyce, las imágenes alucinantes de Rimbaud, los heterónimos de Pessoa, fueron creados en las mentes de estos escritores. ¿En dónde radica la creatividad?, es la pregunta que todo lector se hace cuando tiene ante sus ojos una historia atrapante.
La respuesta la tiene la doctora Betty Gómez. Según ella, el hemisferio derecho es clásicamente considerado el centro de la creatividad, pues por medio de este pequeño sitio no sólo se tiene la capacidad de apreciar las bellas artes, sino que además, en él se puede desarrollar alguna de estas disciplinas. “No es todo el hemisferio, hay cierta especialización cerebral, pero no se ha llegado al grado de decir ésta es la partecita del cerebro que controla la creatividad. Se ha asociado el funcionamiento de una región que se llama lóbulo frontal con el aumento en la creatividad”, señala Betty Gómez.
Pero, ¿cómo salió a la luz esta creativa área? Contrario de lo que se puede pensar, no fue examinando los cerebros de escritores, pintores o músicos, como se la dio a conocer, sino investigando a personas comunes y corrientes que en algún momento de su vida presentaron degeneración del lóbulo frontal y de repente empezaron a pintar o a escribir, eran altamente creativos por los cambios plásticos que estaban ocurriendo dentro esta zona. “Por eso sabemos que el lóbulo frontal es una de las regiones más importantes para que uno sea creativo. Pero también el lóbulo frontal izquierdo tiene que ver con la capacidad creadora; tanto la corteza prefrontal izquierda como la derecha participan simultáneamente en la generación de lo que llamamos creatividad”, agrega Betty Gómez.
Y si la creatividad es una etiqueta que identifica a los escritores, la memoria es su materia prima. Ella sí que sabe meterse en la cabeza de un inventor de historias. El escritor guarda información en esa cajita llamada cerebro y la recupera cuando quiere o la necesita. Evoca acontecimientos, ideas, imágenes, emociones, olores…, todo gracias a la memoria. Cada vez que recrea experiencias pasadas, se activan las neuronas que participaron en la experiencia original. Shakespeare, no tenía ni pizca de científico, pero decía que la memoria era “la centinela del cerebro”. Algo de verdad había en la definición del dramaturgo inglés, pues la memoria es una función cerebral que está diseminada por todo el cerebro.
Dentro del cerebro del narrador, la memoria es ama y señora. Anda campante por todo el territorio cerebral, en especial por el hipocampo, el lóbulo frontal, el lóbulo temporal, el lóbulo parietal, el tálamo, el núcleo caudado, el cuerpo mamilar, la amígdala, el cerebelo, el putamen… lugares con nombres poco literarios, pero en donde ocurren sucesos memorables: desde la transformación de los acontecimientos a recuerdos hasta el aprendizaje de un nombre o un número de clave; almacena detalles autobiográficos, guarda las habilidades aprendidas (como manejar con destreza las teclas de la computadora), protege del olvido y de la pérdida de la realidad, mantiene la atención en algo fijo impidiendo la distracción, atesora emociones.
Muchos son los lugares por donde se pasea la memoria, pero el hipocampo parece ser su residencia más importante. Esta zona del cerebro, que tiene forma de caballito de mar, se relacionó con la memoria a partir del caso de un hombre conocido como H.M., quien se quedó sin la posibilidad de formar nuevos recuerdos. La historia de H.M. ya inspiró a un literato inglés a escribir una novela. Cómo no hacerlo, si este individuo, cuando tenía nueve años sufrió una caída de su bicicleta. El accidente le causó un traumatismo craneal, que le hizo perder la conciencia durante cinco minutos. A consecuencia del golpe, desde los 10 años padeció epilepsia severa. Al cumplir los veintisiete años de edad, el 23 de Agosto de 1953, fue intervenido quirúrgicamente para reducirle los episodios epilépticos.
El joven H.M. fue sometido a una escisión bilateral de ambas regiones temporales mediales, que incluían la corteza cerebral, la amígdala y los dos tercios anteriores del hipocampo, que lo liberaron de los síntomas epilépticos. Sin embargo, el paciente H.M. se convirtió en profundamente amnésico, no pudiendo nunca más almacenar nueva información semántica en su cerebro. Recordaba con certeza hasta los dieciséis años, pero los otros once años (de los dieciséis a los veintisiete) eran una nebulosa y nunca pudo remembrarlos nítidamente. No podía memorizar a nadie que hubiera conocido después de la operación, ni las caras ni los nombres.
Después de estudiar durante 40 años el caso de H.M., los científicos lograron establecer que el hipocampo, era importante para almacenar la memoria, pero no era decisivo para todas las clases de memoria: había una primera diferencia entre memoria de corto y largo plazo (el hipocampo es importante para transferir la memoria de corto plazo a largo plazo).
A su muerte en el año 2008, se supo por fin el nombre de H.M. Se llamaba Henry Molaison, y no sólo fue el caso más estudiado sobre la memoria, sino que motivó al escritor británico Steven J. Watson a escribir la novela tituladaAntes de irme a dormir, que narra la historia de una mujer que se despierta cada mañana sin saber dónde está y por qué se encuentra ahí.
Una de las grandes obras maestras de la literatura construida con ayuda de la memoria es En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. En esta obra, el autor francés hace una metáfora de la memoria con una galleta Madeleine de vainilla que remoja en una taza de té. El olor y el sabor de la galleta lo trasladan a su infancia en la casa de su tía Leona, de fachada gris, adornada con un jardín, al pueblo, a la iglesia; todo se llena de vida en el bizcocho empapado en té. “Cuando nada más subsiste el pasado, después de que la gente ha muerto, después de que las cosas se han roto y desparramado, el perfume y el sabor de las cosas permanecen en equilibrio mucho tiempo como almas… que resisten tenazmente, en pequeñas y casi impalpables gotas de su esencia, el inmenso edificio de la memoria”, escribió Proust en alguna de las páginas de su novela.
Lo más sorprendente es que Marcel Proust, sin ser científico, en su quehacer literario descubrió la que él llamó la “memoria involuntaria”, es decir, esa memoria que devuelve al pasado al individuo sin que éste lo quiera. Ella permite que afloren los recuerdos que se creían olvidados y que aparecen repentinamente por medio de un aroma, un sabor, una imagen, un sonido o sensaciones táctiles. La memoria involuntaria está presente en toda la obra de Proust, por eso, es fácil encontrar en las páginas de su libro, al pasado y al presente chocando, y a veces siendo uno solo.
La memoria involuntaria de Proust no ha sido estudiada por la ciencia, pero le funcionó al escritor francés para escribir durante catorce años En busca del tiempo perdido, una obra dividida en siete partes. Por lo visto, algo de ciencia debe tener el acto de escribir usando como herramienta fundamental los recuerdos.

HAY EMOCIONES, HAY NOVELA

La melancolía ronda por las páginas de El gran Gatsby, el miedo acecha en las narraciones de Edgar Allan Poe, la desolación cubre a los personajes de Pedro Páramo, la pasión inunda el alma de Humbert Humbert en la novelaLolita. Las emociones son la sal y la pimienta de la literatura al igual que de la vida real. Son las responsables de la personalidad de los seres humanos, sin ellas, las personas serían monótonas e insípidas.Y aunque científicamente son difíciles de definir, su nombre viene del latín emotio, que significa agitar.
Para F. Scott Fitzgerald, el autor de El gran Gatsby, la escritura, se compone principalmente de una necesidad emocional de expresión. “El escritor se convierte en una especie de guerrero o soldado al servicio de sus propias emociones”, decía, refiriéndose a esa urgencia que tienen los narradores de manifestar todos los sentimientos que guardan dentro.
Y es así, las emociones están resguardadas dentro de los escritores. Viven en el cerebro, para ser más precisos en el sistema límbico. La doctora Betty Gómez describe este lugar como un circuito muy primitivo, que se halla en organismos tan sencillos como lagartijas, peces, hasta en mamíferos superiores como el primate humano. “El sistema límbico se encarga no sólo de hacernos notar que tenemos la experiencia de la emoción, sino que al mismo tiempo se genera reacciones viscerales, características de esa emoción en particular. Por ejemplo, cuando vemos sufrir a otro, o leemos en el periódico noticias desagradables de lejanas partes del mundo o si se lee en una novela un suceso triste, nosotros experimentamos las emociones que están plasmadas allí, y quien la escribió tiene que haber experimentado la emoción para saber cómo describirla adecuadamente. Esta es una experiencia muy personal”, dice la experta de la UAM Iztapalapa.
De allí que es acertado decir que los escritores se meten en la piel de los personajes. Esta capacidad, según la doctora Gómez, se debe a un sistema cerebral denominado neuronas espejo, las cuales “sirven para saber qué le está pasando al otro, experimentar eso que siente el otro, ponerse en los zapatos de los demás. Esto se describió no sólo en humanos, sino también en primates no humanos. Es un experimento muy bonito, pues el primate no humano se daba cuenta de lo que estaba experimentando el otro y era a través de actos tan sencillos como la comida; ese otro está comiendo, yo debería estar comiendo también. A los humanos nos pasa igual, es decir, desde muy pequeño, si un niño llora, contagia el llanto a los tres niños que están al lado. Tenemos esta empatía y ocurre por las neuronas espejo, que han ido evolucionando a lo largo de los mamíferos y alcanza, o al menos eso creemos nosotros, su máxima expresión en nosotros los humanos. Cuando no funciona este sistema de empatía, normalmente las personas tienen autismo, u otra enfermedad neurológica”.
Sobre la inspiración, no se conoce ningún mecanismo cerebral que la genere. Las musas, si es que existen, se encuentran afuera. Aunque la doctora Gómez habla de un extraño fenómeno que experimentan ciertas personas que se dedican a las bellas artes. Se llama sinestesia. Cabe aclarar que en literatura también hay una figura retórica que lleva este nombre. Pero en neurobiología, la sinestesia es una facultad que tienen algunas personas para experimentar sensaciones de una modalidad sensorial particular a partir de estímulos de otra modalidad distinta. Los sinestésicos sufren una especie de corto circuito en la experiencia sensorial. Ellos pueden oír colores, ver sonidos, percibir sensaciones gustativas al tocar un objeto, ver colores cuando escuchan música, o sentir el sabor de las palabras.
Se sabe que el escritor ruso Vladimir Nabokov experimentó la sinestesia de audición coloreada, era capaz de ver los colores al escuchar los nombres de las letras. La F, la P y la T, eran para él verdes; la H, de tono rojizo anaranjado; la L, del color de la leche en un tazón de cereales. Él mismo relató este fenómeno en su autobiografía que tituló Habla memoria. Así describió las tonalidades de las letras: “La A larga del alfabeto inglés tiene para mí el color de la madera a la intemperie, mientras que la A francesa evoca una lustrosa superficie de ébano. Los diptongos no tienen colores propios… En el grupo verde están la F, hoja de aliso; la P, manzana sin madurar; y la T, color pistacho. Para la W no tengo mejor fórmula que el verde apagado, parcialmente combinado con el violeta”.
Ahora es más fácil comprender por qué Nabokov escribió el inició de su novela Lolita de una manera tan colorida, en donde la L de Lolita es del tono blanco de la leche mezclada con cereal: “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.”
Los poetas Charles Baudelaire y Arthur Rimbaud también fueron sinestésicos. Este último lo reflejó poéticamente en el Soneto de las vocales: “A negro, E blanco, L rojo, U verde, O azul; / algún día descifraré vuestros nacientes orígenes”.

PERSONAJE LITERARIO

El cerebro es el protagonista en la vida de un escritor. Será por eso, que algunos narradores se han animado a convertir este órgano en personaje de novela. Oliver Sacks es uno de ellos. Este neurocientífico escribe sobre patologías del cerebro. Uno de sus libros más conocidos esEl hombre que confundió a su mujer con un sombrero, en donde cuenta la vida de un músico que padece de agnosia visual, una enfermedad que no le permite identificar caras, sólo ve ojos, nariz, boca, pero no puede saber a qué rostro le pertenecen. Para reconocer a su mujer, le compra un sombrero.
En Viaje alucinante, Isaac Asimov, cuenta la historia de un científico soviético que en plena Guerra Fría intenta desertar a Estados Unidas, pero es atacado, quedando en coma. Para salvarlo, sus colegas estadounidenses aplican la técnica de la miniaturización. Cuatro hombres son reducidos al tamaño de una bacteria y son inoculados en el sistema circulatorio del científico, la idea es que lleguen al cerebro para destruir la trombosis que está a punto de causarle la muerte.
Hay más novelas que hablan directa o indirectamente del cerebro. Pero si el cerebro fuera personaje de novela, ¿cómo aparecería? ¿Sería héroe? ¿Antihéroe? ¿Narrador omnisciente? ¿Quiénes serían sus antagonistas?

La doctora Betty se queda pensativa. Cree que sería un personaje encantador. A ella le parece increíble que exista un órgano tan completo, que sea capaz de definir la esencia del ser humano. Fisiológicamente tendría más grasa que agua, pesaría casi kilo y medio, gobernaría el cuerpo, contaría con más de 86 mil millones de neuronas conectadas entre sí, consumiría mucha energía, se alimentaría de carbohidratos, proteínas y aminoácidos. Después de meditarlo algunos segundos, los ojos de la doctora Betty brillan como si hubiera encontrado la mejor respuesta. Será porque de alguna parte de su cabeza le llegan estas palabras que dice sin titubear: “El cerebro sería el personaje más bello”.