22 ene. 2013

La poesía de Bukowski o el asco de vivir




Por: José Díaz- Díaz

No sé por qué motivo, cuando pienso en la POESÍA (con mayúsculas), caigo en la trampa de deslizarme como si fuera viajando en un tobogán velozmente hacia el vacío, hacia el fango, hacia la casa de los “poetas malditos”. Baudelaire, Rimbaud y Verlaine me reciben escupiendo flores multicolores de sus bocas bermejas y es entonces cuando comprendo que el lenguaje poético y el verso, se avienen más con la caída existencial que con la felicidad.

Sin ir tan lejos de nuestro patio y, de fecha más reciente, mi memoria me impone de inmediato la imagen desastrada de Charles Bukowski (Andernach, Alemania 1920—Los Ángeles, 1994), y entonces evoco a ese niño de tres años que llegó con sus padres a Baltimore huyendo de las miserias de la primera posguerra.
Lo demás es historia. Bukowski fue un perdedor nato. Sus restos fúnebres que fueron conducidos al cementerio del vecindario de San Pedro (California) por monjes budistas, reposan en una tumba cuya lápida reza: “Don’t try”. Su tabla de salvación—si la tuvo—fue la literatura. Nos legó más de una treintena de obras entre novelas, cuentos, poemas; sin contar los artículos periodísticos, que lo signan como el ícono de la decadencia nihilista de los años de la segunda posguerra. Su estilo fue bautizado con el nombrete de “Realismo Sucio”.

La poesía cultista de T. S. Eliot, pareciera ser una de las excepciones al resto de la producción poética del siglo XX, en USA. El grueso de quienes le siguen en esta centuria, recogen con dolor el árbol que roza los umbrales de la desesperanza. Charles Bukowski, es quizás uno de los extremos de esta tendencia crítica que por la vía del cinismo descarnado, se inmola en su poesía y en su vida para protestar sin contemplación ni concesión alguna, la doble moral y la hipocresía imperante que impone el <<Tener>> sobre el <<Ser>>, como valores supremos, en el engranaje de una sociedad que evita mirarse a sí misma, para no asustarse del camino errático que transita.


Grandes maestros lo influenciaron desde distintos ángulos. Ezra Pound, lo hizo desde una tendencia liberadora de lenguaje y conciencia. Henry Miller con sus “Trópicos”, desmitificando el tabú del asunto sexual; y Ernest Hemingway, más en su poesía que en su narrativa, poniendo al desnudo el orgullo de jugar a perdedor, siempre por la vía moral de la elegancia en el sufrimiento.

Allen Ginsberg, pope de la poesía “beatnik” (quienes se sienten extranjeros en su propia tierra) le señala la angustiosa simbiosis del poeta y su medio con los primeros versos de su conocido poema Aullido: “Yo he visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, desnudas histéricas muriéndose de hambre...”. También Bukowski transita el camino que ya anteriormente Tristán Tzara describiera cuando decía que “la poesía no es meramente un producto escrito, sino una manera de vivir.”

 En definitiva, su literatura se recrea en su propia miseria. La materia prima de sus versos es extraída literalmente de su marginamiento social y de su limpia conciencia que ve con ojos de inocencia el derrumbamiento de su propio mundo en el muladar de unas circunstancias históricas nauseabundas.

Su poesía, que destila amargura y humor negro, descarnada y cruda, cínica y voluptuosamente sucia, invita al lector a emerger purificado luego de enrostrarle las llagas que a través del dolor obran sus poemas como milagrosa catarsis para aliviar el desasosiego y el marasmo existencial.

Charles Dubois definía la Literatura como: “El lugar de encuentro de dos almas”. A su manera, Charles Bukowski, nos entrega en sus versos y en su narrativa la posibilidad de ver el lado oscuro de la nuestra. Su poema Melancolía, bien nos puede servir de abrebocas para acceder a una de las ventanas de su desesperanza:

“la historia de la melancolía
 nos incluye a todos.
 me retuerzo entre las sábanas sucias
mientras fijo mi mirada
en las paredes azules
y nada.
me he acostumbrado tanto a la melancolía que
la saludo como a una vieja
amiga.
ahora tendré 15 minutos de aflicción
por la pelirroja que se fue,
se lo diré a los dioses.
me siento realmente mal
realmente triste
entonces me levanto
PURIFICADO
aunque no haya resuelto
 nada.
(...)
 hay algo mal en mí
 además de la
 melancolía”