29 abr. 2013

La Inspiración






 La inspiración




Leamos este interesantísimo artículo del maestro Vladimir Nabokov,  autor de Lolita, sobre la Inspiración*

“El paso del estadio disociativo al asociativo está marcado por una especie de estremecimiento espiritual que en inglés se denomina a grosso modo inspiration. Un transeúnte silba una tonada en el momento exacto en que observamos el reflejo de una rama en un charco que a su vez, y simultáneamente, nos despierta el recuerdo de una mezcla de hojas verdes y húmedas y una algarabía de pájaros en algún viejo jardín y el viejo amigo, muerto hace tiempo, emerge súbitamente del pasado sonriendo y cerrando su paraguas mojado. La escena solo dura un radiante segundo, y la sucesión de impresiones e imágenes es tan vertiginosa que no podemos averiguar las leyes exactas que rigen su reconocimiento, formación y fusión —por qué este charco y no otro, por qué este sonido y no otro—, ni la precisión con que se relacionan todas esas partes; es como un rompecabezas que, en un solo instante, se ensambla en nuestro cerebro, sin que el cerebro llegue a darse cuenta de cómo y por qué encajan las piezas; en ese momento, una sensación de magia nos estremece, experimentamos una resurrección interior, como si reviviese un muerto en virtud de una pócima centelleante mezclada a toda velocidad en nuestra presencia. Esta impresión se encuentra en la base de la llamada inspiración, ese estado tan condenable para el sentido común. Pues el sentido común subrayará que la vida en la tierra, desde el percebe al ganso, desde la lombriz más humilde a la mujer más bonita, surgió de un limo carbonoso coloidal activado por fermentos, al tiempo que la tierra se iba enfriando servicialmente. Puede que la sangre sea el mar silúrico en nuestras venas, y estamos dispuestos a aceptar la evolución al menos como fórmula modal. Puede que los ratones del profesor Pavlov y las ratas giratorias del doctor Griffith deleiten a las mentes prácticas; y puede que la ameba artificial de Rhumbler llegue a ser una mascota preciosa. Pero repito, una cosa es tratar de averiguar los vínculos y etapas de la vida, y otra muy distinta tratar de comprender la vida y el fenómeno de la inspiración.
El ejemplo que he puesto —la tonada, las hojas, la lluvia— supone un tipo de emoción relativamente simple. Es una experiencia familiar a muchas personas que no necesariamente son escritores; otros, sin embargo, no se molestan en observarla. En el ejemplo, la memoria desempeña un papel esencial, aunque inconsciente, y todo depende de la perfecta fusión del pasado y el presente. La inspiración del genio añade un tercer ingrediente: el pasado, el presente y el futuro (nuestro libro) se unen en un fogonazo repentino; de este modo percibimos el círculo entero del tiempo, que es otra forma de decir que el tiempo deja de existir. Sentimos a la vez que el universo entero penetra en nosotros y que nosotros mismos nos disolvemos en el universo que nos envuelve.

El muro de la prisión del ego se desmorona de repente, y el no-ego irrumpe desde el exterior para salvar al prisionero... que danza ya en el aire libre.
La lengua rusa, aunque relativamente pobre en términos abstractos, define dos tipos de inspiración: vostorg y vdokhnovenie, que pueden parafrasearse como «rapto» y «recuperación». La diferencia entre una y otra es sobre todo de intensidad; la primera es breve y apasionada, la segunda fría y sostenida. Hasta ahora me he estado refiriendo a la pura llama del vostorg, al rapto inicial, que no se propone ningún objetivo consciente pero que es importantísimo a la hora de conectar la disolución del viejo mundo con la construcción del nuevo. Cuando llega el momento y el escritor se pone a escribir su libro, confiará en la segunda y serena clase de inspiración, en la vdokhnovenie, compañera fiel, que ayuda a recuperar y reconstruir el mundo.
La fuerza y la originalidad implícitas en el primer espasmo de inspiración son directamente proporcionales al valor del libro que el autor escribirá. En el extremo inferior de la escala un escritor de segunda fila puede experimentar un ligero estremecimiento al observar, digamos, la íntima conexión entre la chimenea humeante de una fábrica, un lilo desmedrado en el patio, y un niño de cara pálida; pero la combinación es tan simple, el triple símbolo tan evidente, el puente entre las tres imágenes tan gastado por los pies de los peregrinos literarios y por las carretas de las ideas estereotipadas, y el mundo que surge de esa interrelación es tan parecido al normal y corriente, que la obra de ficción puesta en marcha tendrá necesariamente un valor modesto. Por otro lado, no pretendo insinuar que el impulso inicial de una gran obra sea siempre consecuencia de algo visto, oído, olido, gustado o tocado por un artista de pelos largos durante sus vagabundeos sin rumbo. Aunque no debe desdeñarse el cultivo del arte de trazar en uno mismo súbitamente diseños armoniosos con hebras muy separadas, y aunque, como en el caso de Marcel Proust, la idea actual de una novela puede surgir de sensaciones tales como la de notar cómo se deshace una magdalena en el paladar o de un enlosado desigual bajo nuestros pies, sería precipitado concluir que la creación de todas las novelas ha de tener como base una especie de experiencia física glorificada. El impulso inicial puede revelar tantos aspectos como talentos y temperamentos existentes; puede ser la serie acumulada de varios shocks prácticamente inconscientes o una combinación inspirada de varias ideas abstractas sin un fondo físico definido. Pero de una forma o de otra, el proceso puede reducirse incluso a la forma más natural del estremecimiento creador: una imagen súbita y viva construida en un relámpago con unidades desemejantes que son aprehendidas instantáneamente, en una explosión estelar de la mente.

Cuando el escritor emprende su obra de reconstrucción, la experiencia creadora le dice lo que debe evitar en determinados momentos de ceguera que doblegan de vez en cuando incluso a los más grandes, cuando los duendes gordos y verrugosos del convencionalismo o los astutos trasgos llamados «llenadores de lagunas» tratan de trepar por las patas de su escritorio. El llameante vostorg ha cumplido su misión y la fría vdokhnovenie se pone las gafas. Las páginas todavía están en blanco, pero hay una sensación milagrosa de que todas las palabras están ahí, escritas con tinta invisible y clamando por hacerse visibles. Si quisierais podríais desarrollar cualquier parte del cuadro, pues la idea de secuencia no existe en realidad por lo que se refiere al autor. La secuencia surge solo porque las palabras han de escribirse una tras otra en páginas sucesivas, del mismo modo que el lector debe tener tiempo para recorrer el libro, al menos la primera vez que lo lee. Tiempo y secuencia no pueden existir en la mente del autor porque ningún elemento temporal ni espacial había gobernado la visión inicial. Si la mente estuviese construida con líneas opcionales y si un libro pudiera leerse de la misma manera que la mirada abarca un cuadro, es decir, sin preocuparse de ir laboriosa mente de izquierda a derecha y sin el absurdo de los principios y los finales, ésta sería una forma ideal de apreciar una novela, porque así es como el autor lo ha visto en el momento de su concepción.

De modo que ahora está preparado para escribirla. Se encuentra completamente equipado. Tiene la estilográfica llena, la casa está tranquila, el tabaco y las cerillas a un lado, la noche es joven... y nosotros le dejamos en su grata ocupación, salimos furtivamente, cerramos la puerta, y al marcharnos, echamos de la casa al monstruo ceñudo del sentido común que subía pesadamente a gimotear que el libro no es para el público en general, que el libro nunca nunca se... Y entonces, antes de que ese falso sentido común profiera la palabra v, e, n, d, e, r, á, tendremos que pegarle un tiro”.

*Vladimir Nabokov: El arte de la literatura y el sentido común. Traducción de Francisco Torres Oliver. 

16 abr. 2013

Bondades y perversiones de la Crítica Literaria





Por José Díaz- Díaz
                 
                                                                                                     
Sin Crítica Literaria no hay buena literatura, afirman los defensores del ejercicio intelectual cuyo oficio—entre otras cosas— es el de exaltar las bondades de una obra, llámese esta: cuento,  relato,  novela o  poema. Lo que yo puedo colegir de esa afirmación es que las dos, Literatura y Crítica son una especie de hermanas siameses que se retroalimentan pues en definitiva las funciones de una le sirven a la otra para salvaguardar su sobrevivencia.
Pero, vamos al grano. El Ensayo Crítico en nuestro medio casi brilla por su ausencia y son muy pocos los lectores que apuntalan este ejercicio. Sin embargo, esta carencia parece caracterizar a toda latinoamericana salvo pocas excepciones. Para nadie es un secreto que las grandes editoriales son quienes imponen autores y libros y llenan los anaqueles con bodrios de todo tipo. Los periódicos acabaron con las llamadas páginas culturales y en la tele, ¿ha visto usted, por casualidad, un programa de Crítica de libros? Claro que no. Los juicios, las reflexiones  literarias poco interesan a los empresarios de los Medios quienes, de paso, tienen envilecido el gusto popular de tanta bazofia que le procura. El público actual— ya nos lo ha demostrado con amplitud la sociedad de consumo— nace, se reproduce y muere en niveles proclives a lo ramplón, al facilismo y a la gris inmediatez.
 En cuanto a los esfuerzos que hace la Academia por facilitar al público lector trabajos accesibles de entender— ya lo puntualizaba el profesor colombiano Pablo Montoya en un artículo sobre el tema— cuando dice que los estudios especializados muchas veces vienen cargados de un lenguaje que solo satisface la sed de los mismos académicos. El artículo académico, ahora con las fórmulas de la «indexación», parece preocuparse solo por llenar requisitos de institutos y no se configura en lo que debería ser: aquel texto apoyado en el rigor que desentrañe esencias, despeje tinieblas y señale nuevos caminos interpretativos donde hay congestión o ninguna ruta por seguir. Estamos en mora de mostrar (si es que lo hay) ese texto afianzado en el cultivo de una escritura que sea capaz de suscitar no solo la emoción intelectual, sino el entusiasmo propio del rigor investigativo.
 Edward Said, uno de los últimos y grandes exponentes de la crítica académica, previno frente a esta exacerbación de la jerga filológica, de corte ya estructuralista, psicoanalista o posmoderno, que se aleja peligrosamente de las múltiples y vitales realidades sociales y estéticas del texto literario, que más parecen autopsias interpretativas con bozales, que dejan al lector extraviado en un limbo gramatológico sofisticado.
Otra actitud contraria al desarrollo de la Crítica proviene de algunos autores que ven en el crítico a un destructor y <<chulo>> del trabajo creativo, más que como a un aliado de sus esfuerzos artísticos. Algunos son  autodidactas que desconocen la existencia de una Historia de la literatura y hasta el desarrollo evolutivo de la creación literaria; de sus estilos y movimientos y hasta de sus representantes más probados, creyendo ingenuamente que su producción tiene valor porque sí. Para ilustrar con un ejemplo, hace unos meses se difundió por todos los Medios una declaración del bestseller Paulo Coelho hablando despropósitos de crasa ignorancia sobre el padre de la modernidad James Joyce. Son los “escribientes” a que se refería Roberto Bolaño en sus comentarios cuando de defender la dignidad de la literatura se trataba.
Es oportuno también señalar que existe más de una actitud perversa en el ejercicio de la Crítica que en nada contribuye a mantenerse en el nivel literario que le corresponde en cuanto Ensayo que debería ser, junto a los otros géneros como la poesía y la narrativa. La actitud más deplorable que salta a la vista es la autoritaria, dogmática; la que ejercen los críticos que creen tener siempre la verdad en el bolsillo. Ese modelo machista, patriarcal, reaccionario y fantoche siempre ha perdido el respeto de autores que realizan su trabajo con probado profesionalismo. El caso extremo y por desgracia muy común es el que ejerce el crítico carente de pudor ético que lo lleva a venderse y caer en la adulación fácil o en la pretensión de elevar y posicionar obras y autores que adolecen de calidad y talento para que se les ubique como figuras de primer orden en el mercado del libro.
Un sano ejercicio de la Crítica Literaria debe superar todos esos escollos para que pueda recuperar su función esencial cual es la de argumentar, señalar y puntualizar los cauces por donde debe transitar el ejercicio de la escritura creativa. Debe ayudar al escritor para que extraiga del lenguaje  lo mejor de su materia y potencie sus vetas intrínsecas. Como dice Alfonso Reyes, esta posibilidad  sólo existe en la manifestación material del lenguaje: “la literatura es la actividad del espíritu que mejor aprovecha los tres valores del lenguaje: la gramática, la fonética y la estilística”.
Un crítica literaria ecuánime debe apuntar a convertirse en faro para lograr un balance reflexivo que nos saque del oscurantismo imperante en cuanto a los valores directrices de un trabajo artístico que justifique y proponga escrituras que nos alejen de los falsos valores éticos y de espejismos técnicos de moda.
No quisiera pecar de pesimista pero pienso que nos están haciendo falta ensayistas  de la talla de Montaigne; de humanistas como Unamuno y Ortega y Gasset; de críticos que ejerzan su oficio sin prepotencia, con humildad y con claridad. Y en cuanto a los escritores, ¿por qué no darnos una zambullida por  los mares de Michel Foucault o de los trabajos teóricos de Borges, de Umberto Eco o de Vargas Llosa?
 Para finalizar, les comparto algunos consejos, sugerencias y reglas que el escritor y crítico literario estadounidense John Updike  se imponía al realizar su labor. Normativas por demás   dignas de ser tenidas en cuenta por quienes realizan este oficio:
“1. Intentar comprender lo que el autor se propone realizar, y no culparlo por no haber logrado lo que no intentó.
2. Transcribir suficiente cita directa –-cuando menos un pasaje extenso-- de la prosa del libro de manera que el lector de la crítica pueda formar su propia impresión, obtener su propio gusto.
3. Confirmar la descripción del libro con citas tomadas del libro, aunque sea una sola oración, en vez de proceder con resúmenes confusos, difíciles de leer.
4. Proceder con cautela al resumir la trama, y no revelar el final.
5. Si juzga que el libro es deficiente, cite algún ejemplo exitoso que va por el mismo estilo, proveniente ya sea de la obra del autor o de cualquier otro sitio. Intente comprender el fracaso. ¿Está seguro que es de él y no de usted?
A estas sólidas cinco reglas puede agregarse una sexta, cuyo propósito es conservar la pureza química en la reacción entre producto y evaluador. No aceptar para la crítica algún libro al que esté predispuesto a no gustar de él, o que por amistad esté comprometido a gustar de él. No se considere el guardián de alguna tradición, el defensor de los estándares de cualquier grupo, un guerrero en una batalla ideológica, un agente de correcciones de cualquier naturaleza. Nunca, nunca… intente <<poner en su lugar>> al autor, convirtiéndolo en un títere en un concurso con otros críticos. Critique el libro, no la reputación. Ríndase a cualquier hechizo, débil o fuerte, que le sea echado. Es mejor halagar y compartir que culpar y prohibir. La comunión entre el crítico y su público está basada en la presunción de ciertos posibles placeres en su lectura, y todas nuestras exclusiones deben inclinarse hacia ese fin”.