21 jun. 2013

Vértigo y penumbras

Vértigo y penumbras
Relato de José Díaz- Díaz
Este texto hace parte del libro de relatos: LOS AUSENTES, de próxima publicación.

Sinopsis

Un joven indocumentado viaja en autobús durante veinticuatro horas desde New York hasta Miami. El viaje se convierte en una pesadilla kafkiana cuando el viajero<<ilegal>> termina delirando sobre su condición de eterno migrante descubriéndonos en su inesperado ataque de vértigo, un rostro de  impotencia y vaciedad existencial.
                                                                                   

                                  

  Vértigo y penumbras










                                           Haz del miedo tu inseparable aliado

El motor del autobús aullaba  apurado cuando lo divisé  al final de la terminal de transporte, con su rumor y sus ágiles galgos  pintados sobre los costados de la amplia carrocería. Aún estacionado, el autobús daba la apariencia de velocidad, de carrera, de  huida. Era Manhattan en el bullicio de las ocho de la mañana sobre la estación de la Greyhound. Una maleta mediana de cuero me hacía compañía y el fresco de esos mediados de octubre confortaba el inicio de un nuevo día vestido con un viento otoñal que juguetón  moría contra los ventanales de los rascacielos.
Del otro lado de la ruta, al día siguiente, veinticuatro horas después ella me esperaría apacible y abnegada. Lorena (mi salvadora) me aguardaría con sus ojillos pequeños llenos de esperanza, bordeada por los espejismos y la irrealidad líquida producida por esa jungla pantanosa, por esa selva enhebrada de manglares, de baba mítica emanada de las bocotas prehistóricas de los animales paridos desde el fondo de los Everglades del sur de la Florida.
Miami me acogería—se me ocurre pensarlo así—estrenando su mejor sol. Tonterías. Miami, y particularmente South Miami, no es más que una postal de palmeras y de mar. Una  encrucijada latina, un dibujo hiperrealista salpicado de arena de playas interminables y chicas en bikini; tiendas, discotecas y muchos automóviles, demasiados diría yo, hasta tal punto que no hay espacio diseñado para los peatones. 
El autobús   abandonó Manhattan  con la indiferencia  de las sombras humanas que afuera, afanosas buscaban sus jaulas para recomenzar la tarea diaria. Mientras se desplazaba sigiloso—serpenteando, doblando de cuando en cuando una, dos, tres  esquinas—, yo veía desde el fondo de mi conciencia enfermiza y afiebrada rostros cansados de soportar insomnios lejanos. Veía casas vencidas por los años que quedaban atrás de la mirada donde los ojos percibían sin afán la repetición de  una jornada en el ensamble rutinario por demás desgastado, abotagado en las arrugas de un tiempo que parecía morderse la cola eternamente. A través de la ventana del autobús yo les decía adiós con la mano a los racimos de árabes y judíos; a los polacos e italianos, a los rusos y paquistaníes, a los hispanoamericanos con cara de mejicanos pobres, a los chinos y dominicanos; en fin a todos los rostros del planeta hacinados en esta isla de fantasía, pero nadie parecía percatarse de mi despedida. 
También quedaban atrás otras fantasías. Mis quimeras engendradas allá en Bogotá, en esa campiña  adolorida del tercer mundo. Tercero, pero mundo al fin, al cual no supe amoldarme, como no me acomodo a este asiento que a duras penas  me soporta. Pero vamos... ¿qué más le puedo pedir a un autobús común y silvestre de tarifa económica y asientos plásticos color metal que en nada se parece a los de turismo de lujo, acolchados y confortables que uno solía ver en las revistas de viajes?
Me cansé en New York de los trabajitos de limpieza y de los <<oficios varios>>. Me revienta que no pueda conseguir sino trabajitos callejeros y de recogedor de escombros como si esta ciudad se estuviera cayendo a pedazos; y como consecuencia de tanto polvero solo veo nubes de humo de basuras por todos lados cuando el que se está derrumbando soy yo. Jamás había caído tan bajo. Y pensar que en mi país era un ciudadano de valía. Pero bueno, ¿a qué más puedo aspirar sin papeles ni idioma?
El caso es que huyo errático. Busco dignidad, indago sobre algo. Busco y no encuentro. Espero y desespero, por lo cual concluyo que algo no está funcionando bien dentro de mí. Percibo desajustes en mi entorno. Me siento un perfecto tarado. Un tarugo que no sabe lo que quiere. Siempre viajando de un lugar a otro, de un país a otro, como de una jaula a otra buscando algo distinto, algo nuevo, pero mi yo no cambia, quizás estoy haciendo las cosas al revés. Indagando en contravía. Vaya usted a saber. Me acomodo lo mejor que puedo en mi asiento de la tercera fila, angosto y frío, nada placentero a decir verdad. Cruzo las piernas y las vuelvo a descruzar. Cruzo los brazos y de inmediato los suelto para que reposen sobre mis piernas sin embargo, aún así no me puedo sentir a gusto.
Ahora, hablando como los locos, me doy cuenta de que <<Hacer la América>>, funcionó tal vez  para los españoles y otras corrientes migratorias de aquella época. El sueño americano, hoy en día,  no es más que una banal invención de Disney World y yo, montado en este armatoste con la incertidumbre de que una redada de la migra me ponga tras las rejas y acabe  de un plumazo con mis oníricas ilusiones.
No es fácil vivir siempre como nómada sin puerto donde anclar. Las pupilas de mis ojos oscurecen su esplendor con el estigma del miedo atado a su belleza natural. Y si sumamos el legendario miedo ancestral que todos llevamos por dentro al enfrentarse a lo desconocido, al otro temor producto de saltar el límite territorial sin el permiso correspondiente— sin papeles, como dicen—, entonces los instintos sí que deben arreciar la defensa del esperpento humano para lograr resistir a la suma de esos dos miedos. ¡Quiero sobrevivir! Hay que soltar el tigre interno que nos legaron nuestros ancestros para que nos defienda. Hay que dejar aullar el lobo atávico que llevamos escondido en nuestro interior desde tiempos remotos para que nos salve de esta parálisis cerval.
Soy un sospechoso a toda prueba. Un turista anónimo. Y la manía persecutoria desparramada como telaraña cósmica sobre mi  límpida aura  me inculpa de todo delito.
Me llamo Juan Andrés. Acabé de cumplir los treinta años el pasado septiembre y si algo me duele es que no pude celebrar ese día al lado de mi Lorena. Figúrese usted pasar un cumpleaños sin la noviecita al lado de uno. Padezco del síndrome de Ulises. De un delirio persecutorio en su máxima expresión. Mis ojos vidriosos me enseñan una realidad inaprensible partida en arco iris que me marea y me encandila hasta lanzarme de bruces sobre un pavimento seco e inhóspito. Una indecible sensación de extrañamiento de todo y de mí mismo me invade. Una vaciedad emocional me consume. Tengo el cabello liso, oscuro y la rareza de  pensar en desorden. O sea, igual que en el orden del desorden que veo. Con mi mudez construyo el monólogo del marginado mientras apaciento mi desamparo a lo largo de esta geografía extranjera. Estoy adentro, pero en realidad estoy afuera. O adentro y afuera a la misma vez. Me repliego en la sabiduría de lo incierto. Cavilo.
Fíjate cómo cambia la historia, ¡vaya paradoja! Ahora somos nosotros los de afuera, los Awaunageesuck  (Así llamaban los amerindios a los extraños) Ya ustedes comprenderán. La tierra cambia de dueño como la puta de cliente. Es un viaje  un poco incómodo…, pero ¿Con qué culo se sienta la cucaracha? Total, el olvido ha borrado de un plumazo la mano tendida de los indígenas Wampanoag a los legendarios Pilgrims recién separados del navío Mayflower. Otra vez deliro. Trastabillo entre lo oscuro y lo luminoso.
Mis posaderas comienzan a cansarse. Estiro las piernas para ayudar a la irrigación de  la sangre. (No te quejes tanto que el viaje apenas comienza —me dice una voz—). No sé por qué  me siento tan fatigado desde  ya. La compañera de asiento  que me ha correspondido, una miss de unos cincuenta años, no dice ni mu. Ella mira al frente indiferente. Ni gorda ni flaca ni alta ni bajita, vestida de  jeans  y chaqueta marrón. De facciones afiladas, huele normal. Blanca, cabellos claros, ojos azules. Mastica un chicle. Ni bonita ni fea para mi gusto. Indiferente.
 Avanzo, avanzo. Entro en la lasitud de la noche  sin prisa, pero sin pausa. Entro como una rasgadura sobre una telaraña nocturna. ¿Qué más se le puede pedir a un viaje lechero como el que me ocupa que,  en justicia, también debiera  tener  su encanto? “Pienso luego existo” sentenciaba Descartes, según nos decía el profesor  de filosofía en el bachillerato. Y ahora le creo porque si no fuera así, ¿Cómo diablos saber que uno existe? De transgredir los colores de la desesperación, es de lo que se trata. El poder de la información global me abruma y me confunde WikiLeaks decodificando desvergüenzas por doquier. Al final esa fragilidad humana que me hostiga sin control, enmudece en lacerante mutismo, mientras canta por dentro. O vocifera.
Lorena me espera paciente. No debo afanar mis pensamientos. Estuvo bien calzar estos zapatos tenis. Mi madre me decía que lo más incomodo de los viajes largos en autobús es ese hormigueo en los pies sobre todo después  de permanecer unas cuantas horas  sentado, inmóvil. El jeans, la camisa y el suéter fueron una acertada  selección pues  me defienden del aire acondicionado que lo siento demasiado fuerte. Pasan las horas. Veo no obstante la insensata e inconexa lucidez que me acompaña. Al frente, estirando la vista sobre las cabezas adormiladas de los pasajeros de adelante, esa sempiterna  línea blanca dibujada a lo largo de la autopista interestatal I-95. Pespuntes de enigmas no resueltos. La inminencia subrepticia de una revelación. Como un hilo de Ariadna que se desovilla para salvarme y redimirme del olvido y conducirme a la puerta de entrada y de salida a la vez, donde algo concluye y algo nuevo espera. Esa línea blanca es un faro en tierra firme. Claro que sí. Es una linterna de Diógenes abriendo la senda de lo ya diseñado, contradiciendo el desvanecimiento creciente de la realidad. Devaneos. Solo devaneos.  Opacidad creciente.
Y avanzamos, avanzamos. El autobús se desplaza silencioso y cauto como un felino tras su presa esperando el momento propicio para ¡zas! caerle de una. Mientras estemos en movimiento no hay problema. El asunto de fondo sería no llegar a ninguna parte, como la flecha de Zenón de Elea, el griego,  que vuela sin llegar nunca a su meta. (La vida es un viaje, ya lo sabes. Me dice la voz). Lo  digo porque viajar sin rumbo es un ideal, pero no nos olvidemos que querámoslo o no, siempre hay al final una estación. Al final de la jornada habrá una estación aguardándome. Ojalá en esa terminal estés tú esperándome. Dos miedos juntos— vaya paradoja— suman menos que uno solo.
Cambio mi espalda de posición para sentirme más confortable. Me la rasco frotándola con el respaldo de la silla. Para bien o para mal la señora que está sentada a mi lado, a quien de ahora en adelante llamaré señora G. digamos,  es como si no existiera; para bien porque qué tal un  xenófobo (a)  sentado a mi siniestra y yo con mi colorcito canela desafiando el ojo centinela que nunca duerme.
Podría estar sentada, también, la falaz delación.  Mrs. Delación. En fin, más vale solo que mal acompañado, como dice el dicho, y por tu compañía te pueden juzgar, ojo que los otros son el puente que inducen  al juez  a medrar en los linderos  tan celosamente resguardados de tu  conciencia. Tu conciencia, ese tesoro, esa verdad única que solo a ti te pertenece y que escaldada o no, es tu espejo y tu oasis, tu nido.
El ómnibus continúa su camino, raudo y taciturno. Los treinta y dos pasajeros duermen amangualados con la noche. Mi compañera de asiento, la señora G., duerme. Duerme recta, su cuerpo no se inclina, por ahora, a ningún lado.  Y un frío inexplicable comienza a inundarme. Miro a los lados y no veo a nadie quejarse del aire acondicionado. Todo parece normal, pero dentro de mí un iceberg me crece gigante. Como si algo o alguien llorara dentro de mí. Un vértigo húmedo me invade y me siento como embriagado de debilidad. El viaje no me está gustando para nada. Estoy devastado. Es como si presintiera que algo no va bien. Como si una tragedia estuviera agazapada  esperándome. No sé. Un pálpito estúpido. Tampoco puedo dormir como lo hace la gente a mí alrededor. Y mi cerebro que no me deja en paz. Vaya qué viajecito. Ni modos.
¿Pildoritas para dormir? Me pregunta la voz. No. Gracias. Además solo se consiguen con receta médica. Y los ahorros están escasos. A sufrir sin anestesia. No hay de otra. Divago.
Viví en New York lo suficiente como para afirmar que por un instante me sentí miembro de la comunidad de desterrados más grande de la tierra. Cosmopolitismo de abejas en un enjambre artificial produciendo miel  para excitar la  insaciable avaricia de los usureros de Wall Street. Ruido de trenes domesticados apenas  por  el bálsamo de los blues que devienen en una extraña mezcla de tristeza y esplendor. Silbidos apaciguados  apenas por los mágicos compases sincopados y las plegarias ancestrales del divino jazz. Decidí abandonar New York desde aquella tarde que tuve una visión pavorosa. Me encontraba sentado en un banco de hierro forjado y madera caoba en el Central Park frente a la pista de patinaje cuando de pronto vi que el mundo ardía totalmente envuelto en una lengua de fuego. Yo estaba afuera, pero a veces veía que también estaba ardiendo dentro de la lengua de fuego. Y esa sensación de estar por dentro y por fuera  me sigue persiguiendo  y no me deja. ¡Oh boy!
Yin-yang de la opulencia y la carencia, la Gran  Manzana, es el opio exquisito para quienes construyen su refugio entre la mansedumbre de las verticales moles de cemento. Allí padecí la melancolía del desarraigo, la vulnerable condición del despojado, el vértigo del desamparo; y ahora, presuroso y cauto, como si nada, prosigo el camino de la aldea.

— ¡Primer descanso! 

Ordena con enérgica voz de capataz, el conductor de la Greyhound. ¡Qué rápido pasa el tiempo!  Desentumir las piernas, congelar los recuerdos, orinar (el chorro sonoro se libera como agua de catarata que plácidamente se diluye en el apacible lago que lo recibe); licuar las ideas para que se alivie  el pensamiento.                                                                          
Pero en lo más íntimo algo contrarresta el penoso helaje que me invade y que comienza a mortificar las coyunturas de mis huesos. Es con seguridad el bondadoso fantasma de ella que me espera al final de la ruta. Lorena es una fruta silvestre que desea ser mordida para regalarme su alimento.  Tal vez llueva tal vez  llanto, pero siempre abundancia y esplendor en su entrega. Ella estará allí frágil y fuerte y  me abrazará y me confortará  su aliento con olor a hogar. Ella impondrá el orden salvador.
Aquí entre nos, te confieso que tenemos planes estudiados para pasar como si fuéramos nativos comunes, sin embargo, a la hora de un previsible careo con los funcionarios no somos ni sombras ni ciudadanos de segunda, sencillamente no existimos porque las pantallas del computador oficial no nos reseñan, lo virtual es lo real y lo real es la  matemática,  el número y sin número adjudicado, no somos nada ni nadie.
 Lo que es pasar la raya así de esta manera. La diáspora del viento sobre los muros artificiales de  contención. En definitiva siempre se ha dicho que la línea divisoria entre lo real y lo irreal es muy delgada, casi abstracta, como el umbral que separa lo sensible de lo sensual, lo erótico de lo pornográfico, lo normal de lo anormal. La norma contractual de la norma ética. ¿También lo legal de lo ilegal? (…) ¡Qué sé yo! Pudiera ser una corazonada, un presentimiento, una intuición  que fenece al tratar de abrazarla.
Cuando quiero pisar en firme, es decir, sentirme seguro, estar claro, me asume el ropaje del saltimbanqui mayor. Y me hace sentir culpable. Miro a través de la ventanilla del autobús y como se encuentra un poco empañada la limpio con una servilleta para observar mejor, justo cuando alguien comenta que ese ramo agitado de luces que me deslumbran en la oscuridad de mi corazón, es la ciudad de Washington; luego, concluyo que ya dejamos atrás los grandes bosques de Virginia. Cómo fluye el tiempo sobre la noche que pasa.  Al cerrar los ojos me parece escuchar el vagido angustioso de las luciérnagas inundándose a sí mismas con  su intermitente y pálida luz vegetal.
Y seguimos avanzando. Atrás desaparecen a los lados de la vía  las luces de neón de las gasolineras, las calladas gibas de los sembradíos de palmeras y pinares; fugaces desaparecen los alumbrados eléctricos de algunas casonas veraniegas y la burocracia duerme en su pedestal como las estatuas perdonan la inocencia de las voces que salmodian el catecismo de los derechos humanos.
Algo anómalo está pasando. Me siento tumefacto y como petrificado en el asiento. La voz me dice: <<Fíjate bien que no estés soñando>>. Una insólita sensación de parálisis se está apropiando de mi cuerpo. Intento y no puedo moverme. Mis ojos miran a todos lados y todo parece normal. La señora G. sigue dormitando levemente inclinada hacia delante—cabeceando—y me parece alcanzar a sentir su aliento suave y cálido perderse en el respaldo del asiento de la segunda fila.
Estar en un limbo no es un juego, es asumir el presente  en la total  contingencia como un velamen a la deriva, sin anclas. No es fácil engrosar esa corriente humana indeseada, esa “American Human Garbage”. Cuando escucho a mansalva chillidos hostiles instigando contra mí, surgen y borbotean en mi estómago ráfagas de rabia contenida que mutilan lo poco que me queda de valentía y vergüenza. Oigo con nitidez la voz sin rostro de la contraparte que ruge:
             Inmigrantes... gente apta para inculpar por todo aquello que no sale tan bien como queremos (la cuerda se rompe por la parte más delgada). Desechos humanos que vienen a perturbar nuestra paz, nuestra decencia, nuestro orden. Sí, es cierto que también nosotros  llegamos para quedarnos pues somos orgullosamente una nación de inmigrantes, nuestras raíces, nuestros abuelos forjadores de una identidad nueva donde la libertad  ondea bajo la huella todavía en carne viva, perenne y petrificada para siempre en Ellis Island, en la estatua de la libertad. ¡Pero no! A pesar de todo ustedes siguen siendo unas sabandijas. Ahora quieren que nuestros funcionarios los escuchen en sus idiomas bárbaros. No es fácil ser pioneros del desarrollo y de  la democracia...
 Alguien ronca con un sonido macizo en el fondo del bus. “Me gustas cuando callas  porque estás como ausente” se me viene a la mente, e intento aclarar la garganta para recitarla, pero no. Este verso nerudiano no se le puede aplicar a aquella dama que reafirma su personalidad y su presencia aún en el estertor de sus ronquidos. Y el sueño trata de vencerme y sueño o me parece que sueño y creo ver a un señor muy serio, que al contrario de todo el mundo  nunca duerme, lo ve todo sin ser visto, vela la vigilia y vela la pesadilla y  sus tentáculos no tienen reposo. ¡Oh! el Big Brother, omnipresente y opresivo. Su red es la Internet. Del oscuro sopor de su laberinto nadie escapa. El ciudadano tiene el  sospechoso privilegio de ser un número controlado, agobiado en su intimidad. El detector de mentiras te pondrá derecho si es que te viras hacia el otro lado. Me estoy volviendo loco. Siento un desamparo trascendental. Necesito un orden que me dé confianza y protección.
Nada de juegos, la gratuidad, el goce lúdico, no es bienvenida en el reino de los business…, en el festín de las grandes corporaciones. Por esto los juegos fueron exaltados a la categoría de deportes donde las pingües  ganancias balancean con la alegría de los fanáticos. Eso sí. Juego no, casinos sí. El azar tiene sus razones que la razón desconoce. Sigo desvariando.
Un golpe de dados es un designio manipulado por la mano que tira los dados. No me puedo mover. ¡Auxilio!, ¡auxilio! Grito, pero nadie me escucha. Solo yo oigo y veo, pero nadie me ve ni me escucha.
Pienso en Kafka y El Proceso, el fantasma de Josef  K.  navegando volátil en el torbellino de la culpabilidad. Nacido solo para ser juzgado. Azorado, confuso  y aturdido prisionero en la mano justiciera  del pulpo,  que lo acusa y condena por un delito desconocido que nunca cometió. Me ahogo en la amorfa sensación auto flagelante de La Metamorfosis. El caparazón de la cucaracha, es cierto,  no puede contrarrestar el enfurecido ojo biónico del pulpo perseguidor. Los Minutemen rondan como zombis hilarantes cada centímetro de su  territorio. ¿Tantos? ¡Qué absurdo! Qué contrasentido con los principios que inspiraron a los padres fundadores. Me despeño, me vuelvo leño de barbacoa.
Sobre el andamiaje inverosímil del tecnicismo leguleyo reposan los saldos de las familias desmembradas. Y lloro como un cabrito desgarrado y devorado por las Ménades. Y mi grito de agonía difiere poco de las lágrimas de un bebé. Parece que Gregorio Samsa  balbucea a mi oído las claves del dolor. Soy esclavo de mí mismo. Soy culpable, ¡soy culpable! No importa el delito, eso es lo de menos, venga la pena, mi garganta anhela la cuerda, venga la sentencia. ¡La sentencia! conseguirá mi libertad.
 Pero yo, insensato a morir, enclenque, sombra con alas, te lo aseguro, tocará en breve tu puerta, mi salvación, en la  estación. Amor. Estarás vestida de flores, Lorena, niña mía y en la soledad de nuestras almas quemaremos la angustia para fortalecernos. Nos reconciliaremos con la vida que nos ha correspondido vivir. Dos miedos que se aman dilatan el olor de la noche y mi piel comienza a transpirar recuerdos inolvidables:
“La fractura del grito al nacer humedece el cerco de mi pequeño cuerpo gozoso de luz propia y las fisuras de la memoria me permiten contemplar la bondad de la vida  entre llanto y risa; divertimento de bebé ajeno al tiempo y al pecado, desde su caverna original. Desde su atávica cuna construida de mimbre y raíces de bejucos que se enredan y se desenredan en un eterno retorno al principio donde todo fue diseñado. Quizás sueño la placidez de aquella edad donde la alegría tropezaba mis esquinas felices, el color de las frutas al alcance de la mano, el alboroto de la música, el furor ingenuo y simple de correr, de correr tras las alas del viento”.
Pero ¿cómo pretendes preservar la inocencia—dice la voz—si navegas entre lo  falso y lo bueno? Ya es hora de que seas más maleable.

— ¡Segundo descanso y merienda de medianoche!— Ordena el conductor.

Trato de levantarme del asiento, pero no puedo. Transpiro y segrego a  través de mis poros un espeso y  viscoso líquido que me perturba. ¿Serán lágrimas? La señora del lado (Mrs. G.) se encumbra, sonríe levemente, se huele los sobacos y desaparece por la salida principal como todos los demás. Solo yo permanezco dentro del grisáceo ataúd. Dentro de este mórbido antro de latón. Quiero moverme, pero no puedo. Me siento inmovilizado entre bielas y manivelas que se estiran y estrangulan mi cuerpo. ¿Será imaginación mía? Algo se ha estancado dentro de mí ¿qué? No lo sé. Lo cierto es que no me puedo mover, aunque la cabeza sí la puedo girar. Y tras el pequeño ventanal que le da respiración a este macabro túnel veo a  la noche indiferente. Como si yo no existiera para ella. Vaya suplicio. Abro bien los ojos y le grito: “¡Yo estoy  aquíííííííí!”, y ella como si nada. ¡Oh Dios! Qué horrible es sentirse así. Se me ha fracturado la realidad. Estoy capturado y asilado en la propia cápsula de mi angustia. En la bóveda del infierno. Ahora, el sarcófago de metal retorcido es solamente mío. El techo cual malla ferrosa se desploma con sevicia sobre mi humanidad  y me aplasta y me hiere con sus treinta y dos maletines de mano que como balas de fuego  perforan mi desvalido esqueleto. Los treinta y dos  asientos complotando para zaherirme  se convierten en garras que adheridas a mi garganta  con sus patas que parecen  estiletes me asfixian sin consideración alguna. Esto es un desguazadero. Alguien llora. Mentira, son mis propios sollozos: Ajeajeajajeaajeaajeajeajeajeajeajeajeajeajeajeajeajeajeajeajeajeajeajeajeajea… Estoy genuflexo y consternado. Ya casi no tengo aire para alimentar mis pulmones. Me estoy ahogando en este panóptico electrificado. Todo conspira en mi contra. Hasta el pasillo se angosta y gira en torbellino feroz como tornado bailarín trastocando en guijarros todo el equipaje de mano de los viajeros y todas las basuritas que encuentra a su paso, varillas y objetos punzantes son dirigibles que me azotan y me destrozan en jirones como serpientes de cien colas alrededor de mi resquebrajada humanidad. Mi cabeza es hollada por cien caballos. Mi corazón incesante parece a punto de estallar estimulado hasta el exceso por corrientazos eléctricos provenientes de gigantescas turbinas y magnetos, de transformadores trifásicos y dínamos monumentales. La puerta del mingitorio rodante se abre de repente, la boca del inodoro regurgita minúsculos trozos de verduras descompuestas y se vapulea sin cesar eructando olores nauseabundos que me prosternan de asco hasta el incontenible vómito. Un aullido portentoso pareciera venir en camino. Un berrido irracional ¿O es más bien un maullido inaudible? ¿O tal vez un mugido de buey cabizbajo y ausente con ojos de buey ahorcado mientras lo penetran en carne viva las bayonetas sedientas de calor animal? ¡Ya no sé! Un pánico agónico me consume y me desmadeja en un amasijo sin rostro y es entonces cuando atino a defenderme  con un grito visceral, desmedido y profundo que solo mi conciencia escucha. El bramido fluye estruendoso por mis venas y arterias bombeando una sensación inflada  de pavor indescriptible y se evade por mi boca hacia afuera, hacia el infinito dejando un eco que resuena en las cavidades de mis huesos.  ¡...ahahahahahahahahahahahahahahahahahahahahahahahahahahahahahah…! Pierdo el sentido.
 Pasa el tiempo (no sé cuanto) y las sombras enfiladas reaparecen por la puerta principal para reacomodarse en sus respectivos asientos. Como que me recompongo. He vuelto en sí. Las veo primero un poco turbias y desdibujadas, pero luego las percibo un poco más nítidas. Me siento respirar. El viaje continúa. Escucho el cuchicheo de la gente que no parece enterarse de mi situación. Soy invisible. Según ellos todo está normal. Me miro hacia adentro y todo parece estar normal. Y me acuerdo que viajo vía Miami.
Miami, ese puerto español encallado en el presente soberbio de los exiliados. Vivir  en América con la piel desparramada en el terruño ancestral es como estar y no estar. Aún así, la bondad del trópico contrasta para bien con el engranaje  de las siluetas, de los agentes encubiertos midiendo desde el acecho la capacidad de adaptación al vértigo de la deportación.
   Ahora, saboreo la bondad del idioma castellano que germina en la ciudad.  Me conmueve hasta los tuétanos y de mi boca parecen brotan orquídeas << la Brassavola ovaliformis >> acabadas de regar por las lluvias empujadas desde el caribe. (Para ser precisos, exhalas mixtura de dioses cuando hablas, me dice la voz). Mi cuerpo es un volumen sólido que se resiente de mantener esta posición, sentado o más bien acurrucado tanto tiempo. Pero en el aguante descansa la fortaleza. El escalofrío pareciera comenzar a disminuir.
Las Carolinas (del norte y del sur) pasan afanosas  delante de mis ojos que ya no miran sino solo ven el paisaje zigzagueante del desasosiego. Vislumbro la cercanía  de Orlando y sus parques de diversiones. Mickey Mouse me saluda a lo lejos desde el corazón del simulacro, justo donde ondea el estandarte de la fantasía, desde donde también invento las laderas que me permiten respirar a horcajadas sobre ellas y superar con liviandad este obsceno episodio   existencial.
¡Ah mi niña! Lorena. Hermosa mía.  Tu cuerpo joven  madura a golpe de heridas  salpicadas de sol. Allí me estás esperando tú sin saber que solo llevo para regalarte, en mi mediana maleta de cuero, un puñado de incertidumbre, un  vacío de madrugada y la piel escoriada  de tanto nadar contracorriente. Me toco y me siento. ¡Milagro! Me puedo palpar. Me vuelve el alma al cuerpo.
Amanece lentamente y el sur de la Florida me recibe con cierta familiaridad. ¿Qué hilo oculto pareciera drenar el sopor del absurdo para pacificar los altibajos de la  pesadumbre? De repente, con la alborada parece que entro en calor y mi cuerpo poco a poco se llena nuevamente de energía. Puedo estirar los dedos de los pies. Sí. Puedo estirar los dedos de las manos. Recupero mi movimiento. ¡Ohhh, qué susto me llevé! Ahora la puedo mirar a Ud. Señora G. con disimulo y hasta decirle “¡estoy vivo!”, pero a ella pareciera no interesarle su entorno. Mi existencia le es indiferente. Y  soy su vecino. No importa, les puedo asegurar que estoy tranquilo. Cierro los ojos y pareciera que mi cuerpo bucea en un remanso de aguas quietas.
Lorena mía, te tengo una noticia muy halagüeña. En un par de horas  veré tu rostro expectante tras los ventanales de la estación. Quimera vestida de mujer. Esperaré para salir, sentado y apacible hasta que baje el último pasajero y me despediré del chofer dándole las gracias. Le daré los buenos días a ese Caronte de pacotilla. Y luego te susurraré al oído: ¡qué linda estás! ¡Cuánto te he extrañado! Te invito a mirar de frente el porvenir...; y mientras tanto, te abrazo y tu cercanía me conforta. Hueles a sándalo adolescente. Me miro en tu límpida mirada y tu sonrisa me refleja sano y salvo. Te traje también mi cuerpo, que poco a poco recupera su calor natural, para que  juegues con él cuando al descuido bailemos  sobre el tinglado que el destino nos ha querido deparar. Como cardumen evanescente e inasible bailaremos, disimulados entre los ríos de hierba de los Everglades, mimetizados entre las paredes invisibles construidas con residuos de chubascos y tormentas tropicales, de vaguadas y ciclones, enajenados entre los residuos de huracanes que de cuando en cuando exudan tempestades y barren con sus barbas los desperdicios olvidados de la bahía.
Junto a los intersticios de la desolación deambulan inermes  y descalzas las sombras que le dan forma al paisaje.

7 jun. 2013

Retrato de un incauto. Novela de José Díaz-Díaz. Fragmento


Amigos, los invito a que lean mi eBook: "Retrato de un incauto" publicado por Sub-urbano ediciones. Su costo es de $3.99, y consta de trescientas páginas. Se baja en el sitio: www.sub-urbano.info

A continuación les adelanto un fragmento. 




                      







                                                          13

                                                     Mirtaloba






Pero ahora que Eugenia trae a colación  sus obras de teatro, mi memoria no puede dejar de pensar en ese personaje, en esa femme fatale que ya conocemos y que es nada menos que Mirtaloba. El asunto no es que Mirtaloba haya finalmente encontrado a su victimario Luciano y haya saciado en el enano su sed de venganza. No. Lo verídico según me lo confesó Gerardo Antonio sucedió cuando unos seis meses después del infortunado incidente de la jarra de agua helada, la vampiresa criolla sí lo contactó pero ya no con el ánimo de cobrar deudas lejanas, sino para que la ayudara a salir de un problema muy serio que la tenía en ascuas. Requería con urgencia los servicios profesionales del maestro Luciano, sobre todo ahora que según los diarios del país reseñaban el nuevo título que el genial liliputiense poseía entre sus credenciales académicas, el de <<Exorcista Certificado>>. El documento, en efecto, estaba suscrito por la sociedad de santeros del caribe, fieles practicantes del culto yoruba y avalado por la orden sincretista Babalú número uno con sede en la Habana, Cuba. La rúbrica del abogado y respetabilísimo santero Oscar Tariche, avalaba la autenticidad del diploma.

—Maestro— le dijo Mirtaloba a Luciano, enseñándole los dientes blancos y parejos en una media sonrisa que no se sabía si era fingida o verdadera. Estaban sentados uno frente al otro en la terraza del segundo piso de la cafetería Monteblanco ubicada en la esquina la carrera séptima con catorce en Bogotá, cita a la cual accedió el maestro después de semanas de llamadas telefónicas en las cuales ella le aseguraba que estaba olvidado y perdonado el incidente aquel y que si lo quería ver era porque realmente necesitaba de su ayuda y de que los amigos si en verdad eran amigos tenían que ser solidarios en las buenas y en las malas.

 —Maestro— le volvió a decir sin reticencia alguna mientras llamó con un chasquido de los dedos pulgar y del corazón a la mesera para pedirle dos tazas de aguas aromáticas (las uñas se le veían todas comidas)— yo sé que no te caigo muy simpática por lo loba y golfa que dicen que soy; una bocazas que habla con desparpajo sobre las cosas íntimas de la gente; que soy altanera, que ando metiendo la pata en todo lo que digo y lo que hago como si fuera una torcida de nacimiento; que la paso flirteando con todo el mundo, que soy una buscona, una mosquita muerta; una casquivana de medio pelo con ese aire de corista de segunda categoría, pizpireta y ridícula; que me gusta lucir prendas prestadas; que me gusta aparentar lo que no soy, que compro ropa fina y de marca en tiendas exclusivas y que a la semana después de usarlas al menos una vez, las devuelvo y aquí no pasó nada. Qué va. Nada que ver. Lo que pasa es que me tienen ojeriza. Pero qué le vamos a hacer no todas somos monedita de oro y entre nosotros han pasado cosas tan íntimas que sea como sea son cosas que nos unen más que nos separan. De hecho, te digo que quisiera volver a estar contigo en la intimidad pero sin triquiñuelas ni mañerías para que te regodees de verdad esta golosina jugosita que te espera impaciente. Así de fácil, papito, lo tomas o lo dejas. Qué puñeta. Lucianito, para no dilatar más la tragedia, el caso es que estoy estudiando Reiki con el fin de ayudarme a mí misma en mi sanación pues ya no puedo con ese rollo de las posesiones carnales de las benditas ánimas que me han escogido como su templo de carne y hueso para visitarme en la paz de la noche y gozarme y saciar sus apetencias y desahogar en mi humanidad sus inmortales ganas de coitar como si en su mundo no existieran mujeres y si en este no existiera más que yo. Tampoco.

—Maestrico— le decía Mirtaloba a Luciano tomándole con sus dos manos su manita derecha, mirándolo a los ojos con una expresión enigmática entre angustiada y triste — si me ves así de flaca no es porque lleve una dieta muy rigurosa, sino de tanta singadera con las ánimas de dos o tres sementales sibaritas que no se cansan de darme falo todas las noches y si vieras maestro cómo me despierto de sobresalto toda bañada en sudor por la potencia de esos orgasmos que me hacen gemir de placer. Menos mal que duermo en mi habitación independiente, si no cómo fuera. Qué vergüenza. Qué diría mi mamá. Otra cosa es cuando lo hago con mi preferido, mi benemérito, mi médico de cabecera, el beato José Gregorio. Con él es distinto porque sea como sea es mi protector y muchos son los favores que me hace como para yo ir a negarle lo que él como hombre que es necesita de vez en cuando. Además no me pone tan fría la cama ni mi cuerpo al inicio de la visita, como sucede con los otros ni me deja la piel con un olorcito maluco que solo después de varios días de jabón y perfume logro ahuyentar. ¡Guácala! Él sí es bienvenido y con alborozo lo recibo lástima que cuando me vengo y me despierto a la vez, y lo quiero abrazar, el santo se me esfuma, su cuerpo se desprende de mi bisagra y huye, se evade ¡puff! desaparece y deja mis brazos abrazando el vacío. Qué va. Así no vale.

Créemelo maestro, no es fácil ser amante de tanta sombra en pena, que me dejan frágil todo el día, como trastornada, dual, mal y fatal. Que se las arreglen con las once mil vírgenes que dicen que tienen por allá. Holgazanes de la eternidad. La chimba’e Lola. No es mi problema. Claro, con el beato es otra cosa. A él nunca se lo voy a negar, al contrario es un honor y un privilegio para mí. Bueno, lo que se dice privilegio, privilegio, no. Pero sí me siento distinguida y premiada con su escogencia. Total, una mano lava a la otra, si yo todo el tiempo le estoy pidiendo favores que a decir verdad el siempre me concede, nunca me falla. Siempre seré su pistilo dispuesta a recibir su leche celestial, como dicen. Pero otra cosa muy distinta es con esos padrotes gigantescos que ni conozco ni sé a ciencia cierta quienes son pues cuando me despierto sobresaltada y por la potencia del clímax quedo sentada y con los ojos abiertos en el mismo instante en que el visitante se desprende de mí y desaparece como alma que lleva el diablo. Claro, maestro, que al final de cuentas no te puedo negar que también gozo. Mañosos que son, cómo no gozar con esas artes amatorias que recorren el manual del kamasutra con qué facilidad, feroces expertos de la sodomía. ¡Huyyy...! ¡Qué bárbaros! ¡Qué verriondera!

— ¡Pero ya basta!—. Continuaba diciendo Mirtaloba como volviendo en sí de sus pesadillas que ahora evocaba de manera tan vívida — Maestro Luciano. No más. Ya no más tontinas. Yo no me chupo el dedo. Estas y todas las cosas que me pasan por estúpida y confiada deben acabar. Ya no voy a buscar como lo hacía antes el amor verdadero entre el desfile de amantes y tinieblos que he tenido y que no son pocos. Siempre y con cada uno de ellos buscando el amor y lo que encontraba al final era un acezante chorizo de carne esperando para penetrarme. Todos, sin excepción lo que querían era cepillarme. No voy a hacer más la pendeja dizque socorriendo a mis amigos del barrio que no tenían novia, con una felación relámpago o con un polvito de gallo salvador para que se aliviaran el cuerpo del peso de la abstinencia y se les aclarara la mente casi tostada de tanta paja. Toco madera.

Pero volviendo a lo actual, de verdad Lucianito que necesito de tu ayuda. Estoy que me hago caquita de solo pensar que no me puedas socorrer. De nada me han servido las sesiones de Reiki. De nada me han servido las sesiones de desahogos colectivos que realizamos en el servicio religioso de la iglesia con los hermanos evangélicos todos los domingos bajo el prodigioso verbo encantado de mi pastor Ángel Manuel, a pesar de lo buena discípula que soy. Porque eso sí nadie me gana en cantar y en orar, en gritar cuando hay que gritar y en bailar y en hablar en lenguas y en entrar rapidito en ese estado de trance letárgico de semiinconsciencia donde ya no sé quién soy pero que me hace sentir liviana y liberada de tanta energía apestosa que abunda por ahí. Pero aún así, nada que me logro curar. Así pues que estoy en tus manos.  Hipnotízame, hazme regresión, Lo que sea. Si crees que estoy posesa, exorcízame. Soy paciente disponible. Ayúdame, mi pequeño iluminado. No seas tan antipático. Ya no aguanto más tristeza. Esto no es vida. Tengo amantes fantasmales y en la vida real no tengo ninguno porque según dicen, ellos son celosos y me alejan cualquier galán de carne y hueso que me quiera pretender. Mi cabeza navega en un limbo de incoherencias y verdades a medias. En serio, maestro, fíjate que hasta en el trabajo estoy teniendo problemas y hasta me pueden echar en cualquier momento pues están cansados de que me quede dormida sobre la máquina de escribir donde me toca transcribir ordenes de compra durante las ocho horas continuas. A veces me doy cuenta de que estoy llorando sin saber por qué de modo inexplicable, sin motivo aparente amiguito. Llorando a moco tendido. De verdad, créeme que estoy de psiquiatra. Mis nervios no dan más.

—A ver, a ver— le replicó Luciano tratando de calmarla con su mirada apacible y comprensiva mientras con un gesto paternal la invitaba a tranquilizarse y a beber el agua aromática que una mesera vestida de falda larga y delantal blanco almidonado les había servido hacía ya unos minutos.
— ¿Kikirikihaga, mi niña? No te preocupes. Para comenzar, te tengo dos noticias. Una buena y una mala. La buena es, que ese problemita tiene cura. Y la mala es que después de efectuada la ceremonia de sanación, ya nunca jamás podrás ser toqueteada ni poseída por las ánimas singonas incluyendo al beato.

Mirtaloba lo miraba con una expresión entre incrédula y maravillada a la vez. Se tapaba la cara con las manos, se trataba de levantar de la silla, se movía nerviosa, hasta que después de unos segundos tomó una bocanada de aire y resopló. —Sí maestro. Estoy dispuesta a hacer lo que haya que hacer. Dímelo nomás. Ya sé que hay que hacer sacrificios. Bendito sea el Señor. Dichosos los oídos que te escuchan. Yo sabía que contigo podía contar. No sabes el peso que me quitas de encima. Lo siento por José Gregorio. Él comprenderá.


Enseguida, el liliputiense le puntualizó con pormenores los detalles del rito a seguir. Escogieron como lugar el patio trasero de la casa de Luciano y ese jueves siguiente a las diez de la mañana con la presencia de Gerardo Antonio, quien como testigo voluntario se ofreció para avalar la ceremonia, efectuó lo que para el maestro era pan comido. Mirtaloba iría vestida con ropas muy ligeras y usadas, fáciles de rasgar y quitar por el oficiante, quien colocado con el testigo a espaldas de la paciente (no debían ver sus genitales) y entonando las oraciones pertinentes para el caso, sería despojada de toda vestimenta, mientras con un látigo hecho de ramas del árbol llamado espanta muertos, el liliputiense la aporrearía hasta el cansancio. Así lo dictaba sabiamente la cartilla guía del ceremonial después de haber tirado el óculo sobre una estera hermosísima que el enano guardaba con mucho celo y orgullo, bajo llave, en el armario donde mantenía todo tipo de estatuillas, figuras, reliquias, cuarzos, amuletos, fetiches, talismanes; en fin, utensilios y utilería de uso práctico en sus artes ocultas. Así se hizo. Concluido el ritual, Mirtaloba entre incrédula y alborozada, totalmente confusa con el enrevesado galimatías que había escuchado de boca del oficiante, especialmente para ella que era neófita en esas artes, bañada en sudor mezclado con un abundante llanto de lágrimas gruesas, daba gracias, muchas gracias al maestro por quitarle ese gran peso de encima. Muy modosita se escurrió al interior de la casa y se encerró en el baño donde se dio una ducha de agua caliente que en verdad la reconfortó de tanto zarandeo. Se enfundó un traje nuevo que había adquirido para esa ocasión y que junto con la maleta de marca (también nueva) devolvería al día siguiente a la casa Dior, como quien dice aquí no pasó nada y salió de la casa del maestro dando gracias al cielo como si en verdad se hubiera quitado de encima más de un muerto.