24 jun. 2014

El dromedario. Cuento de José Díaz- Díaz






El dromedario*

 José Díaz-Díaz


                                                                         “Convierte tu muro en un peldaño”
                                                                                                  Rainer María Rilke


Se sentía realmente cansado de andar escondiéndose y su agotado cuerpo ya no daba para más. Por esto, frente a la primera choza abandonada que encontró mientras huía, sus piernas se doblegaron como chamizos inermes. Empujó la puerta, de una sola hoja, semidestruida y sin ningún tipo de cerradura ni candado y esta cedió sin ningún esfuerzo chirriando con un gemido de madera podrida. De bruces fue a parar al fondo del  desolado bohío construido con débiles paredes de bahareque y sobre un piso de tierra empolvada olorosa a excreciones de chivo viejo y a orín de animales de monte. Solo unos enclenques rayos de luz que penetraban perpendiculares al postigo de un remedo de ventanuca a medio abrir, iluminaban con una luz mortecina la sombra derrumbada del inesperado huésped tumbado casi encima de unas boñigas de caballo todavía frescas.  
<<Hasta aquí llegué>>. Se le oyó balbucir, en un suspiro alargado y triste.

Al mismo tiempo un fuego maligno se desataba en los alrededores justo al morir el día. Tal vez debido a la desmedida  resequedad de la montaña las llamas se extendieron a velocidad inaudita entre los yermos pajonales y los áridos yerbajales. Sobre la tierra baldía trepidaba la furia del fuego depurador y apenas  una garúa finita sosegaba el movimiento de la exigua vegetación humillada por las ráfagas de viento frío que aullaban como manada de lobos en vigilia.

El espurio cayó rendido y dormitó en cuestión de segundos. Su agitada  respiración acompañada de armoniosos ronquidos, conjuraba el sibilino aquelarre de esa noche caliginosa. Llevaba, en efecto, cuatro largas jornadas en desvelo  y su sueño era profundo. Cuatro noches con sus días huyendo de esa pérfida aldea y de  sus pobladores desalmados que como criados biliosos lo rechazaban y lo apedreaban por el simple  hecho de no parecerse a ellos. Se cebaban hasta el hartazgo burlándose de sus imperfecciones y creyéndose, hasta el engaño, superiores a él. Nunca antes— hasta donde podía recordar— se había sentido tan frágil y vulnerable. Nunca  antes había sentido esa sensación de honda  impotencia que encumbraba su pena hasta umbrales obscenos más allá de toda perversa adversidad. Jamás se había percibido, hasta entonces, como un engendro que con su presencia deforme y su figura desastrada, ultrajaba y corrompía la realidad. La única fuerza que lo animaba a huir era el terror de estar vivo.

Y, ahora el fuego. ¿Era acaso el comienzo del juicio final, como muchas veces había oído profetizar a los oráculos del desastre y a los ociosos que la pasaban inventando teorías conspiratorias? Él no tenía la culpa de haber nacido con esa joroba sobre la espalda al estilo de los dromedarios africanos, ni podía responder por el hecho de lucir una piel cubierta de sedoso vello cual exótica llama peruana. El hecho de que  su madre hubiera sido—según conjeturaban las malas lenguas— el producto de un entrecruce prohibido entre dos hermanos (su tío Cayo y su tía Lucinda), tampoco era materia de su incumbencia.

Si su padre había sido encontrado practicando actos de zoofilia con los animales domésticos del vecindario, o como aquella vez que fue pillado jugando en un lodazal con dos gigantescas cerdas albinas y sentenciado por todo esto al destierro, tampoco ese era su problema.
"Allá él" Musitó entre dientes, visiblemente consternado.

Mientras cavilaba toda clase de pensamientos sombríos que agitaban su alma en el profundo abismo de sus sueños, el fuego llegó a la covacha donde se guarecía. El calor insoportable lo logró despertar y de inmediato, legañoso y sonámbulo puso pies en polvorosa. Sus ojos agrandados veían cómo los cuerpos de los árboles iban creciendo con la noche; las ráfagas de viento frío habían mermado y, solo la leve llovizna que persistía milagrosamente mitigaba su letargo. Tan asustado estaba el bastardo que parecía estar escapando del mismísimo averno, pero contradiciendo todo vaticinio, logró salvarse.

Un kilómetro adelante aflojó el paso, comenzó a calmarse, el pánico lo fue abandonando y la criatura aprovechó el momento de sosiego para sacudir de su cuerpo los vellos chamuscados de su núbil  rostro, de sus brazos alargados y de sus  cortas piernas. En sus ojillos de niño maravillado se entrevió brillosa, una chispa, un atisbo apenas, de inusual de alegría. En la retina de sus ojos reposaban todavía restos de su infancia dormida.
 "Menos mal que todo fue un susto", se dijo, mientras continuaba su huida contra la apretada lluvia y a través de la alta montaña caminando reflexivo con la mirada pegada al piso, a las piedras del camino, con los pies desnudos y mugrientos, lento y maleable cual monje eremita en recatada pose de meditación sobre el origen de su supuesta culpa.

A la distancia todavía el negro páramo calcinado conserva vestigios del azote del fuego purificador en su salvaje majestad, cuyas lengüetas nunca alcanzaron a menguar el semblante inerme y a la vez huraño del dromedario, quien hurgando entre atajos y piélagos insalvables, persiste todavía en toparse, algún día, con el paraíso que le fuera escamoteado en alguna orilla de sus sueños.


* Este cuento hace parte del libro de relatos:LOS AUSENTES. Se puede ordenar en Amazon.com



















3 jun. 2014

ARKONTIKA, poema cumbre del poeta venezolano Pedro M. Madrid





ARKONTIKA, poema cumbre del poeta venezolano Pedro M. Madrid
Un acercamiento al símbolo de su huella
José Díaz –Díaz*

Para leer ARKONTIKA, el poema extenso del poeta venezolano Pedro M. Madrid (19 de junio de1958-15 de octubre de 2013) que consta de 60 numerales, y editado en un hermoso libro por su hermana la escritora y editora María Gabriela Madrid, es necesario escurrírsele al mundanal ruido y, como en una sesión de “retiros espirituales”, estar dispuesto a nadar— sin salvavidas— por las torrenciales aguas del vacío y la soledad, de la angustia y del desasosiego, con la frente alta y la mirada extraviada del ciego iluminado dispuesto a saltar y ahogarse en el líquido que lo contiene.  
Arkontika, es la metáfora de un viaje desde la nada y hacia la nada: “Un suspiro entre dos eternidades” como dijera Sartre refiriéndose a la Existencia humana, como lo es también para el poeta. Arkontika es un poema filosófico y como tal, descansa en una Idea. Es una idea que apela a  la explosión de la sensorialidad para trasmitir su mensaje. Y su mensaje bebe desde el torrente antiquísimo del pensamiento oriental: la inmovilidad del ser, la quietud como camino para llegar a la plenitud. Como quien dice: livianos de equipaje se llega más rápido a la esencia que es el vacío.
Para que el lector se familiarice con la extraordinaria vida del poeta, transcribo unas líneas de la semblanza escrita por su hermana María Gabriela, quien al respecto dice:

“…Inquieto mostró en sus años de adolescencia el desapego a lo material y a lo cotidiano y exploró a través de la lectura: el Budismo, el Hinduismo y el Taoísmo. A los diez y ocho años vivió año y medio con sus tíos escritores en Grecia y estudió Filosofía Helénica y Bizantina. Con sus ansias de saber, este ávido lector vivió en España y estudió Filología. También vivió en Boulder y Trinidad-Colorado donde perfeccionó el inglés. A su regreso a Venezuela Pedro M. Madrid M. se gradúo Cum laude de Filósofo y dominó varios idiomas: español, inglés, portugués y mandarín. Desempeñó cargos diplomáticos y vivió dos años en Brasil; siete años en China y en comunión con su cuerpo y alma practicó en incontables ocasiones el Tai-chi. Vivió en Londres, estudio Finanzas y visitó frecuentemente París, ciudad que por su amplio conocimiento sintió como propia (…).

Fue amante de los deportes extremos. Como ciclista realizó varios recorridos siendo los más significativos el sistema montañoso de la vuelta franco-española de los pirineos y el viaje por carreteras de asfalto y tierra desde Caracas a Santa Fe de Bogotá. Como escalador admiró la inmensidad y misterio de las montañas andinas y conquistó varias veces el pico Bolívar. Como nadador, en Venezuela las distancias no existían y atravesó a nado desde cayo Sombrero al cayo de enfrente iluminado tan solo por los rayos del atardecer. Practicó el Buceo en mar abierto donde los peces no estaban presos como cuando niño en busca de más espacio los cambió a la bañera.
Como ciudadano del mundo nunca le perteneció a nadie y fueron muchos sus amores donde subyugado ante los placeres mundanos, fue un gran conocedor de vinos y con su paladar gourmet  todo formaba parte de la conquista. Pedro M. Madrid M. vivió intensamente. Su angustia por un mundo desigual lo llevó a cuestionar y buscar respuestas ante lo que lo rodeaba. En el verso que remata el poema 5 de Arkontika escribe: Hay un milenio repartido entre las hambres (…)”.




                                    El poeta adolescente, en Grecia


Debo afirmar que el poeta recoge— con una apabullante capacidad de síntesis— los códigos que rastrean la huella de la cultura de Occidente, imponiendo su propio criterio. Se regodea con la inconmensurable belleza que rodea el misterio de la presencia del hombre, del mundo y del universo. El verbo del poeta venezolano es cónsono en la gigantesca garganta del poeta inglés William Blake, en su vigor y su aura mística de iniciado, pero en contravía del optimismo del vate inglés. Mientras que en la metáfora de Blake: “A la atareada abeja no le queda tiempo para la pena”, para Madrid “La abeja laboriosa es una heroína insensata” (Poema 13). Y ahí se inicia el camino de nuestro poeta hacia la concepción de la vida como caída, lo cual justifica la inmovilidad esencial, la idea de la Transitoriedad, impronta que pregona a lo largo de todo su poema.
El poeta Pedro Madrid se solaza  también en las fuentes de la cultura grecorromana incluyendo en el zurcido de su mensaje, literatura oral, mitos y leyendas. Con la recreación del mito de Sísifo pone al descubierto el absurdo de llevar a cuestas esa piedra— que es la responsabilidad de vivir— hasta la cima para luego dejarla rodar a la base, bajar y volver a subirla, y así todo el tiempo. No tiene sentido, concluye el poeta. Albert Camus y Jean Paul Sartre serán sus maestros más inmediatos de donde tomará su descarnada tendencia existencialista.
La fisura vital de Madrid lo lleva a retomar la imagen del “insecto” de Kafka en La metamorfosis, para empaquetarlo en el lenguaje surrealista de Breton y lograr las esplendorosas imágenes de su poema 6:

Soy el sueño invernal de un insecto
Sueño que soy el insecto
O el insecto me sueña.

Parezco dejar traspasar el suceso humano,
Trasgrediendo los símbolos de un cielo derrocado.
Ni los ritos de la justicia,
Ni la siembra de armonías en las discordias,
Impiden que las estaciones quiebren el ritmo,
De los seres que pasan de cadencia a cadencia,
Angustiados por la vida.

Permítanme una digresión para recordar que en el panorama de la literatura nadie podría ejemplarizar de manera más patética la decisión de darle la espalda a la realidad vacua e intrascendente, como Melville y Bukowski. El personaje Bartleby de Herman Melville con su perentoria frase: “preferiría no hacerlo” y la sentencia lapidaria que Charles Bukowski ordenó para su tumba: “Do not try” No lo intentes. Igual que Madrid, nos guiñen el ojo para susurrarnos su verdad: la vida no merece acción alguna, pero la existencia hay que beberla hasta el fondo. No busques nada que no hay nada, solo vive intensamente.
 El pesimismo filosófico de Pedro Madrid me recuerda por oposición a  Nietzsche en Así hablaba Zaratustra. La voz del poeta se convierte en la palabra de un iluminado cuya misión es la de señalar con una voz estentórea, cósmica y telúrica la noticia de LA CAIDA del hombre, pese al derroche del universo borracho en las mieles de su esplendor. Dice Madrid en su poema 27:

Sube a la montaña desierta del silencio
Y contempla testigo,
El suave movimiento en derredor
Del viento.
Si la buena nueva del profeta Zaratustra quien vociferaba el advenimiento del “superhombre y la “muerte de Dios”, en el poeta venezolano no hay lugar para tan desmedido optimismo: el hombre es un pobre individuo ahogado en su soledad y carcomido por los linderos de la vacuidad y el sinsentido.
De otra parte, no puedo dejar de comparar Arkontika con el poema Piedra de sol (también uno de los más largos en lengua española) del poeta mexicano Octavio Paz. Ambos son un viaje en la ebriedad espiritual de una noche inacabable en donde—como en El Aleph de Borges—se contiene en el tiempo y en el espacio toda la historia cultural de la humanidad a través del enfebrecido poeta que delira. En el poema 24 Madrid dice:
 “En una noche de danza alocada/Una mujer tomó mi mano y Un carruaje opulento nos llevó a su mansión” (…)
Y los casanovas de hojalata,
Desenfrenados y a la vez rítmicos,
Latieron sus corazones mezquinamente
Babeando ante los senos caídos;
Palpando vaginas enlutadas por la pólvora
De polvos repetidos y repetidos.

Comparemos con Octavio Paz cuando  escribe:

No hay nada frente a mí, sólo un instante/rescatado esta noche, contra un sueño/de ayuntadas imágenes soñado (…)/mientras afuera el tiempo se desboca/golpea las puertas de mi alma/el mundo con su horario carnicero…

Las reminiscencias y los coletazos, los ecos y la alta poesía de Madrid, me recuerda también al poeta nacional Walt Whitman. Igual que él, su estilo literario es experimental, escribe en verso libre y, con un tono profético, celebra la naturaleza, la sexualidad, la salud física y el ser. En el Canto de mí mismo. Dice Whitman: "soy todo el hombre" y se revela como "turbulento, carnal, sensual". Igual fórmula cabe para trazar un escorzo crepuscular de la imagen de Madrid.






                                    El poeta en su adultez

Y como saltimbanquis enfebrecidos, sigamos saltando sobre el banquete exquisito de nuestra cultura: el poema El barco ebrio de Arthur Rimbaud debió gustar mucho a Pedro Madrid (connasieur de las letras francesas) pues Arkontika se me parece al semblante del poeta embebido de horizonte y borracho de éxtasis existencial. En tres años Rimbaud escribió su poesía simbolista que marcó un hito en la poética universal de todos los tiempos, para luego desaparecer en la manigua de la jungla africana en busca de diamantes. En poco tiempo y en dos libros: Arkontika y Las alas perdidas— Madrid crea un destello cuyo reflejo vivirá por mucho tiempo deslumbrando a sus expectantes lectores. Madrid igual que Rimbaud Capta los aspectos más inusuales de lo palpable y no se queda corto en proclamar oráculos que dotan a sus versos de un aura mística y un tono enérgico destinado a perdurar, como si sus palabras escondieran misterios irresolubles que solo podemos intuir porque el ritmo las esconde en un universo que resume lo arcano, crisis como pesadilla y factor positivo que establece un inaudito crecimiento lírico que sabe mantener la equidistancia entre mente y exterior para crear piezas únicas, de asombrosa modernidad de la que muchos deberían tomar nota, devorar, asumir y reinventar. Para terminar, los dejo con el poema 60 con el cual el poeta venezolano aterriza de su magno viaje en la magistral pieza poética ARKONTIKA.

Todo el mundo pisa sobre una sombra
Todo el mundo escribe nombres en las dunas de los
Desiertos
Todo el mundo tiene el sigilo del oscuro teniente de
Cosas rotas
Todo el mundo reconstruye y perece sin permanecer
Todo el mundo es fatal en la vida llena de muros
Todo el mundo sube la escalera más larga para prender
El cielo con tenazas de langosta.
Todo el mundo quiere agitarse en el círculo de la sin
Razón
Todo el mundo olvida para tragarse el alivio de alguien
Todo el mundo lleva en la espalda el mareo de los
Siglos
Todo el mundo levanta la mano y dispara a un hueco
Del universo
Todo el mundo…



*José Díaz- Díaz  es escritor y crítico literario. Estudió Filosofía en la Universidad de Santo Tomás de Bogotá y posgrado en Literatura en la Universidad Javeriana de la misma ciudad. Algunas de sus publicaciones son: Los versos del emigrante (poemas); El último romántico (novela); Los ausentes (cuentos); Manual para escritores: Todo lo que debe saber un escritor principiante. Es director de La Caverna, escuela de escritura creativa; jefe editorial de AIPEH-Miami. Publica en la revista digital Sub-urbano. Su página web: www.arandosobreelagua.com; email: joserdiazdiaz@gmail.com; www.facebook.com/lacavernaescuela.