20 ago. 2014

¿Por qué es tan malo Paulo Coelho?







¿Por qué es tan malo Paulo Coelho?

Por Héctor Abad Faciolince 


Doy difusión a este artículo por considerarlo valioso para ayudar a los lectores a tener más herramientas a mano para poder discernir con seguridad sobre lo que es literatura y lo que es seudo-literatura; en otras palabras para separar la pulpa del ripio  o el abono de la hojarasca. La intención es el de mejorar el gusto colectivo mostrándole puntualmente los rasgos de una narrativa elaborada en contraposición a esos paquetes novelados cuya meta no es conseguir una cota artística sino muchos billetes. J. Díaz Díaz


 “Traducido a 56 idiomas, publicado en 150 países, con más de 54 millones de libros vendidos, a Paulo Coelho hay que reconocerle al menos una virtud: es una mina de oro para sí mismo y para las editoriales. En su libro de mayor éxito, El alquimista (1988), un pastor de ovejas andaluz viaja hasta las pirámides de Egipto en busca de un tesoro. Antes de llegar a su destino se encuentra con el gran mago que posee los dos pilares de la sabiduría alquímica, es decir, sabe destilar el elíxir de la larga vida y ha fabricado un huevo amarillo, la piedra filosofal, con cuya ralladura se puede convertir en oro cualquier otro metal.

En su viaje hacia las tumbas de los faraones el alquimista le ha revelado al muchacho otro secreto: “Cada hombre sobre la faz de la tierra tiene un tesoro que lo está esperando”. Luego le explica que si no todos encontramos este tesoro personal, es porque “los hombres ya no tienen interés en encontrarlo”. Sospecho que muchos desgraciados se consuelan creyendo semejante ingenuidad. Vista descarnadamente, es sólo una simpleza o una pía ilusión. Sin embargo hay algo que tenemos que conceder, y es que sin duda Paulo Coelho encontró su propio tesoro, en cierto sentido su piedra filosofal: la ralladura sosa y rosa y empalagosa de su prosa se convierte —como por arte de magia— en oro editorial, en millones de copias de consumo masivo de mediocridad. Pero ¿cómo lo hace? ¿Y por qué, siendo un escritor tan rudimentario en el uso del lenguaje, tan pobre en el pensamiento y tan elemental en sus recursos estilísticos, consigue tocar la sensibilidad de tanta gente?

No voy a dar la respuesta más obvia e inmediata, la que todos dan: Si Coelho vende por sí solo más libros que todos los demás escritores brasileños juntos, esto se debe precisamente a que sus libros son tontos y elementales. Si fueran libros profundos, complejos literariamente, con ideas serias y bien elaboradas, el público no los compraría porque las masas tienden a ser incultas y a tener muy mal gusto. Claro que en los millones de ejemplares vendidos hay algo de esto. Pero también existen muchísimos libros tan malos como los de Coelho que no tienen ningún éxito y, al contrario, hay unos cuantos libros excelentes y literariamente impecables que se venden por millones. En vez de tranquilizarnos con respuestas facilistas y tautológicas (el vulgo es vulgar, el mercadeo vende), conviene examinar con cuidado los libros de Coelho y no desdeñarlos de entrada con altivo esnobismo. Me he impuesto el ejercicio de leerlos para tratar de descubrir en qué estrategias temáticas y narrativas podría residir su extraordinario éxito editorial.
La primera respuesta que me di, apenas empezando la lectura de algunos de sus libros, fue que quizá Coelho disfrazaba de misterio y asombro las puras tonterías. Oigan esta, por ejemplo: “Era un día caluroso y el vino, por uno de estos misterios insondables, conseguía refrescar un poco su cuerpo”. De verdad, qué misterio insondable que un líquido quite la sed. Después me di cuenta de que sus técnicas narrativas no se agotan en la simple estupidez; son algo más hábiles y algo menos burdas.
Para empezar, los libros de Coelho explotan hábilmente un universal humano: nuestra fascinación por los poderes de adivinación y conocimiento sobrenaturales. Ya Thomas Hobbes en su clásico Leviatán (1651) señalaba la irresistible atracción (y por lo tanto el fácil engaño) que padecemos los seres humanos ante todo tipo de presagios. Es una tradición muy antigua (una socorridísima mina de oro, una piedra filosofal) explotar esta debilidad de nuestra psicología. Copio el resumen que hace Hobbes de estos engaños, el cual es preciso y exhaustivo, y parece a su vez un resumen de las técnicas de seducción esotérica que Coelho utiliza en sus libros:
“Así se hizo creer a los hombres que encontrarían su fortuna en las respuestas ambiguas y absurdas de los sacerdotes de DelfosDelosAmmon y otros famosos oráculos, cuyas respuestas se hacían deliberadamente ambiguas para que fueran adecuadas a las dos posibles eventualidades de un asunto (…). A veces en las frases desprovistas de significado de los locos, a quienes se suponía poseídos por un espíritu divino: a esta posesión se la llamaba entusiasmo, y a estos modos de predecir acontecimientos se les denominaba teomancia o profecía. A veces en el aspecto que presentaban las estrellas en su nacimiento, a lo cual se llamaba horoscopia. A veces en sus propias esperanzas y temores, en lo llamado tumomancia o presagio. A veces en las predicciones de los magos, que pretendían conversar con los muertos, a lo cual se llamaba nigromancia, conjuro y hechicería, y no es otra cosa sino impostura y fraude. A veces en el vuelo casual o en la forma de alimentarse las aves, lo que llamaban augurio. A veces en las entrañas de los animales sacrificados, a lo que llamaban aruspicina. A veces en los sueños; a veces en el graznar de los cuervos o el canto de los pájaros. A veces en las líneas de la cara, a lo que se llamaba metoposcopia; o en las líneas de la mano, palmis­teria; o en las palabras casuales, omina. A veces en monstruos o accidentes desusados, como eclipses, cometas, meteoros raros, temblores de tierra, inundaciones, nacimientos prematuros y cosas semejantes, lo que se llamaba portenta y ostenta, porque parecían predecir o presagiar alguna gran calamidad venidera. A veces en el mero azar, como en el acertijo de cara y cruz, en el juego de elegir versos de Homero y Virgilio, y en otros vanos e innumerables conceptos análogos a los citados. Tan fácil es que los hombres crean en cosas a las cuales han dado crédito otros hombres; con donaire y destreza puede sacarse mucho partido de su miedo e ignorancia”.

Veamos de qué manera, “con donaire y destreza”, Paulo Coelho le saca partido a nuestra credulidad, a nuestras debilidades y a nuestra ignorancia. Me limitaré inicialmente a El alquimista, su obra más leída, pero el mismo procedimiento se puede rastrear en otros libros suyos. El pastor de ovejas andaluz, al principio del cuento, tiene un sueño y va donde una adivina para hacérselo interpretar. Qué deleite; la gitana no sólo le interpreta el sueño (“los sueños son el lenguaje de Dios”) sino que también le lee la mano. Los sueños del protagonista son el leitmotiv del libro, y es a través de ellos como poco a poco se acerca a su tesoro en el periplo Andalucía-Pirámides-Andalucía.

Para que un mago cobre prestigio como persona capaz de predecir el futuro, mucho le conviene obrar el prodigio de adivinar el pasado. Éste es el paso siguiente en el libro de Coelho: un adivino escribe sobre la arena los episodios más significativos del pasado del joven protagonista, incluyendo la primera vez que se hizo la paja. Cabe aclarar que esta íntima revelación se expresa con palabras mucho más recatadas: “Leyó cosas que jamás había contado a nadie, como (…) su primera y solitaria experiencia sexual”.
El tono sapiente (de una sapiencia falsa, pero en fin) y el ambiguo lenguaje oracular se van soltando en pequeñas dosis a lo largo del libro. Les copio algunos ejemplos: “Cuando deseas alguna cosa, todo el Universo conspira para que puedas realizarla”; “La vida quiere que tú vivas tu Leyenda Personal”; “Todo es una sola cosa”; “Existe un lenguaje que va más allá de las palabras”; “Dios escribió en el mundo el camino que cada hombre debe seguir: sólo hay que leer lo que Él escribió para ti”; “Cualquier cosa en la faz de la tierra puede contar la historia de todas las cosas”. Pero además de este tipo de enseñanzas baratas, de seducción infalible a pesar de su pésimo gusto intelectual, el uso de la magia tradicional también va apareciendo capítulo tras capítulo. Así, el protagonista, al promediar el libro, “acompaña con los ojos el movimiento de los pájaros”. Mira las aves: “De repente, un gavilán dio una rápida zambullida en el cielo y atacó al otro. Cuando hizo este movimiento, el muchacho tuvo una súbita visión: un ejército, con las espadas desenvainadas, entraba en el oasis”. Es el clásico augurio, aunque bastante tosco, pues en vez de descifrar el acertijo del vuelo de los pájaros, al pastor le basta verlo para tener visiones.
Hay un ingrediente adicional que hace más eficaz el recurso al pensamiento esotérico. Para volverlo doctrinalmente inofensivo, para despojarlo de todo peligro satánico, Coelho lo combina con dosis adecuadas de cristianismo tradicional: citas de la Biblia, cuadros del Sagrado Corazón de Jesús, rezos del Padrenuestro… El público mayoritario no se siente en pecado porque lee herejías, y el narrador, al tiempo que se hace pasar por alguien dotado de poderes paranormales (capaz incluso de telepatía), deja saber que él es también un buen cristiano, a pesar de sus coqueteos con la magia.
Hasta aquí algunos elementos temáticos que ayudan a entender, en parte, el favor de Coelho entre los lectores. Pero además de lo temático, conviene señalar también algunas estrategias narrativas del autor brasileño. Sus técnicas para ir tejiendo la trama son tan elementales que me recordaron de inmediato el estudio clásico sobre las formas canónicas del cuento infantil. Vladimir Propp, uno de los padres de la narratología, publicó en Leningrado su monumental Morfología del cuento infantil (1928). El principal mérito de este gran trabajo consiste en haber hallado, por encima de los argumentos superficiales de cada cuento, una serie de elementos formales repetitivos. Mirados al microscopio, es posible descubrir que en todos los cuentos de hadas los personajes, por distintos que sean, acometen siempre las mismas acciones, se ven envueltos en situaciones o “motivos” análogos. Como señala Propp, “cambian los nombres de los personajes, pero no sus acciones, o funciones, por lo que se puede concluir que el cuento le atribuye operaciones idénticas a personajes distintos”.

No voy a decir que Coelho leyó a Propp, estudió cuáles son las “funciones” más elementales del relato tradicional descubiertas por el ruso, y con esta receta se dedicó a escribir el oro en polvo de sus novelas. Eso sería muy sofisticado. La cosa es más simple: Coelho usa, intuitivamente y con alguna destreza, las estructuras más primitivas del cuento infantil. Tomen ustedes cualquiera de los libros de Coelho y verán lo fácil que resulta identificar situaciones como las siguientes, señaladas por Propp en su Morfología: “El héroe abandona la casa”; “el héroe es puesto a prueba o interrogado”; “el héroe se pone en contacto con alguien que le dará un don”; “el héroe recibe un objeto mágico”; “el héroe cae en desgracia”; “el héroe se traslada o es llevado al lugar donde está el objeto de su búsqueda”; “el héroe lucha con un antagonista”; “el héroe regresa”; “el antagonista es castigado”; “el héroe se casa y sube al trono (u obtiene grandes riquezas)”.

Es inútil cansarlos con los ejemplos detallados en que las historias de Coelho parecen calcar literalmente estos esquemas elementales. Les puedo asegurar que, al menos en sus primeros libros, el brasileño repite paso a paso las estructuras narrativas reveladas por el gran formalista ruso hace casi un siglo (y estos sí que son pronósticos: Propp no sólo describió la tradición popular, sino que anticipó las recetas de un gran éxito editorial).
Los libros más recientes de Coelho, por ejemplo el último, Once minutos (2003), son un poco menos rudimentarios que aquellos primeros títulos que lo lanzaron a la fama. En este caso la trama, nutrida por algunos elementos realistas (para esta novela Coelho usó el testimonio de prostitutas existentes), es menos infantil, menos predecible. En todo caso es posible que el inevitable desencanto que viene con los años haya hecho que este último libro de Coelho sea menos ingenuo. Pero el buen gusto estético e intelectual es muy difícil de adquirir, y por lo mismo Once minutos (el cálculo de Coelho de lo que dura un coito), aunque menos esquemático, es un libro incluso más cursi que los anteriores. No quiero afirmar nada que no pueda demostrar con citas textuales. ¿Cuántos ejemplos necesitan para convencerse de la irremediable cursilería deOnce minutos? Podría usar un número mágico, de esos que les encantan a los autores de cuentos infantiles, siete, o tres. Para no exagerar, me voy a limitar a tres momentos:

1. La protagonista (prostituta brasileña que trabaja en Suiza, y la sola situación es ya de un sentimentalismo telenovelesco), se encuentra con un pintor joven que la invita a su casa. Ella observa que la casa es grande y está vacía. Entonces concluye: “Debía de tener dinero de verdad. Si estuviese casado no osaría hacer aquello porque siempre había gente mirando. Entonces era rico y soltero”.
2. En el final feliz de la novela este mismo pintor se le aparece a la muchacha con flores: “Ralf llevaba un ramo de rosas, y los ojos llenos de luz que ella había visto el primer día, cuando la pintaba”.
El rico y soltero que en la última página se aparece con un ramo de rosas y se lleva a la muchacha a conocer París es una situación tan perfectamente cursi que, por kitsch, creo que ni Corín Tellado se atrevería a ponerla en una fotonovela. Pero al promediar el libro hay otro momento todavía peor:
3. La prostituta le hace un regalo al pintor del que se empieza a enamorar. Abre el bolso y busca su bolígrafo. Dice: “Tiene un poco de mi sudor, de mi concentración, de mi voluntad, y ahora te lo entrego. (…) Tú tienes mi tesoro: el bolígrafo con el que he escrito algunos de mis sueños”.
Fuera de la ridiculez de la frase, que es única, hay algo todavía más perturbador: al leerla uno se imagina que el autor está copiando aquí su propia vida. Me parece ver la escena; el multimillonario que ha vendido 54 millones de ejemplares con tantas revelaciones de su estro poético, le muestra a una muchacha el objeto mágico (y fálico) con que la va a conquistar. Le dice, pensando ya en el colchón de la suite que los espera: “Te entrego mi tesoro: el bolígrafo con el que he escrito algunos de mis sueños”. Debe tener un bolígrafo para cada día, cada hotel y cada viaje. Y algo más triste: seguramente algunas víctimas, igual que miles de lectores, se dejarán conquistar con semejante frase y semejante halago. Claro que esto último es lo único que no puedo demostrar de todo lo que he dicho sobre Coelho en este artículo. Esta última situación tan sólo la supongo y es sólo una hipótesis sin fundamento, producto de una mente malpensada; todo lo demás lo he tomado directamente de sus libros".
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12 ago. 2014

Fifty shades of Grey y la literatura erótica









Fifty Shades of Grey y la literatura erótica

José Díaz- Díaz

Para mediados de enero del 2015 estará en cartelera el film basado en la novela Cincuenta sombras de Grey, de la autora británica Erika Leonard James. El libro, primero de la trilogía del mismo nombre y promocionado como el éxito editorial del 2011, fecha en que fue lanzado con todas las herramientas que proporciona la red, logró superar las millonarias ventas de Harry Potter y se convirtió en el bestseller del momento. Como se puede apreciar, todo un éxito de marketing viral.

Cualquier inaprensivo lector podría colegir que se encuentra ante un obra de diáfana calidad y justo merecedor de los favores del gran público. Pero lo insólito es que desde los primeros capítulos (26 en total para una extensión de 470 páginas aproximadamente) nos encontramos ante un bluf de una pobreza literaria que ha llevado a más de un Crítico Literario a la histeria, al desencanto y a concluir una vez más que un éxito de ventas no tiene nada que ver con la calidad de una obra literaria. Como quien dice, nos metieron gato por liebre.

 Estas incongruencias entre calidad y venta, entre novela supuestamente erótica y relato de bondage es lo que me ha impulsado a escribir el presente artículo.

Cincuenta sombra de Grey no puede considerarse, con propiedad, como una novela erótica debido a  su superficialidad manifiesta. Se agota en la descripción explicita de escenas de sexo y no resiste ni de lejos una comparación con las obras noveladas de los grandes maestros del género tales como el Marqués de Sade, George Bataille o el contemporáneo Alberto Ruy Sánchez. Es evidente que no posee la complejidad ni profundidad que el género demanda, la cual va mucho más allá de la descripción de escenas de sexo explícito y se adentra en el territorio de la conciencia frente a sus tabúes, apetitos inconfesables e instintos liberados de todo control. El erotismo no es solo acoplamiento sexual sino más que eso: es sensualidad sin límites, emoción sin freno; inteligencia al servicio del goce de los sentidos, de la complacencia de la mente y de derroche de espiritualidad insaciable que abarca todas las esferas del psiquismo humano.

El bestseller de la autora británica sirve  más bien como un ejemplo para mostrar el tratamiento simplista,  burdo y pobre del complejo y profundo universo de la pareja, que las novelitas rosa se han dado en escribir repetitivamente y que tienen un público lector amplio pero de exiguas luces culturales. El falso romanticismo erótico que invade las librerías y las tiendas virtuales es la triste muestra del consumismo de lectura fácil y de distracción, banal y light, suave y liviana que el puritanismo de nuevo tipo acepta y aplaude. En la novela de marras no hay transgresión de normas sino consentimiento, juego consensuado y con límites preestablecidos. No hay desenfreno ni pasión desbocada. Todo está fríamente calculado como dijera Chapulín.

Recordemos algo sobre el arte erótico: Bataille dice que en el erotismo hay un interdicto inicial, una prohibición que lo fundamenta. El interdicto —palabra multívoca: prohibición quebrantable, entre-dicho, no dicho todo, es la herencia que por el lenguaje nos fue legada. El interdicto, como las leyes, están hechas con la expectativa de que sean transgredidas y se fundan en una vivencia de angustia. En el libro de James no hay transgresión sino por el contrario un comportamiento regido por una normativa llevada al extremo de ser plasmada en un documento escrito. Del porqué se establecieron de manera primera estas prohibiciones tiene que ver con que la sexualidad y la muerte teniendo siempre un trasfondo de violencia, atentan contra la paz, el orden y la supervivencia; así, el mundo civilizado que se inicia con el trabajo, exige que a estas desmesuras se les acote.

Para complementar el concepto, Hilda Fernández afirma que el campo en el que se juega el erotismo es siempre el de la violencia. El erotismo es un pasaje tortuoso, una alternancia perenne entre los polos de la vida y la muerte, lo bello y lo horrendo, la bondad y la maldad, lo dulce y lo violento. En el erotismo se compromete siempre la historia y el cuerpo, la infancia y el hic et nunc. En la experiencia erótica las paradojas se multiplican y sabemos que el inconsciente es el reino de las paradojas y de la contradicción. Es pues el erotismo una vía que expresa al inconsciente, más aún, muestra esa parte que no puede ser dicha porque se halla justamente colindando con el orden del goce, y ¿quién puede hablar del goce? Lacan dice al respecto: "(…) este se presenta como envuelto en un campo central, con caracteres de inaccesibilidad, de obscuridad y de opacidad, en un campo rodeado por una barrera que vuelve su acceso al sujeto más que difícil, inaccesible quizás...". En el goce el único que sabe es el cuerpo. Las manifestaciones eróticas, vestidas de arrebato, con esa violencia que las habita y determina, se abren a la muerte, sí, pero también en un acto de conciliación con la vida. En el erotismo la vida y la muerte como caras diferentes de una misma moneda están echadas al vuelo —con la apuesta a que Eros caerá—. El erotismo tiene ese lado obscuro, ese devaneo con la muerte, pero también tiene el lado luminoso que apuesta a hacer de ese momento angustiante una fiesta a la vida.

Pero, ¿por qué se dice que Cincuenta sombras de Grey es pobre literariamente? Veamos los siguientes puntos:

Personajes: Los dos protagonistas son arquetípicos (lo que un buen escritor debería esquivar) utilizados hasta la saciedad por el género rosa (Corín Tellado, por ejemplo) y muchas de las novelitas de la tele: el príncipe azul y la plebeya. En este caso, el inverosímil personaje masculino, Christian Grey, magnate multimillonario, joven apuesto, empresario  súper exitosos; inteligente, dominante, cultísimo…  y todo los demás adjetivos que puedan adornar una personalidad arrolladora pero fantástica, de película, contra la infeliz estudiante de clase media Anastasia Steele: estúpida, insegura, de perfil bajo y baja autoestima, débil y mentecata más todos los demás adjetivos que puedan denigrar de la personalidad de una pobre joven. Con estas caracterizaciones tan exageradas e irreales E. L. James no logra hacer creíble la historia que lleva al relato a perder la principal característica de un buen texto como  es su credibilidad.

El manejo del Tiempo en el relato de James, es uno de los elementos peor tratados. La autora desconoce olímpicamente que desde hace varios siglos se viene usando la técnica del salto atrás (flash back, analepsia o escena retrospectiva), Flash Forward (Prolepsis o salto adelante en la información), la combinación de tiempos, el uso del tiempo reducido y comprimido, o los entrecruzamiento de planos temporales el tiempo mítico, etcétera, etcétera, para contar una historia como sucede en la vida real. Ella nos somete a un relato de estricto corte lineal, a un presente continuo desesperante y previsible, lo que sumado a una voz en primera persona contando un mono tema repetitivo hasta la saciedad (los acoplamientos sexuales consensuados), nos llevan a querer abandonar la lectura y  no lo hacemos debido a la expectación falsamente provocada de que algo extraordinario sucederá lo que al final, para decepción total, no acontece.

Los Diálogos son en su mayoría insufribles por lo simples, elementales, bobalicones e intrascendentes que rellenan y rellenan páginas sin substancia alguna. Igual sucede con los e-mails que se envían los dos personajes centrales, anodinos y sin importancia alguna que si se borraran del texto nos ahorrarían parte de su bochornosa lectura.  El libro también ha sido criticado por el uso de modismos ingleses que, sintácticamente, presentan una desconexión con la voz estadounidense de la protagonista (ubicada en Seattle), lo que pone a prueba la autenticidad de los diálogos y de los mismos personajes.

Asunto. El argumento que desarrolla la novela nos indica el grado de simplicidad de una narración en extremo elemental. Se trata de una pareja en donde el joven magnate invita, con la formalidad de un documento escrito, a realizar actos sexuales en donde se van a practicar inofensivas formas de juegos de bondage e inofensivas prácticas que involucran instrumentos como lazos, fustas, correas, látigos esposas, bolas chinas, etc.; lo cual será practicado en el “Salón de juegos” que el aséptico personaje tiene instalado en su apartamento. El rol de él será el de “amo” y el rol de ella el de “la sumisa”. Los planeados e inofensivos juegos, es lo que llevan a los críticos a definir el libro como “porno para jovencitas, mamás y abuelitas”. No hay que esperar erotismo fuerte, porque no lo hay. Y no lo hay precisamente porque no existe ni transgresión de normas  ni ruptura de Interdicto ni quebrantamiento de la voluntad. Tampoco hay práctica real de sadomasoquismo, solo juego consentido. Ni pasión ni lujuria ni amor. Solo interminables coitos sin afecto que solo sirven para eludir el estrés y desinhibir al pobre hombre hijo abandonado de una madre prostituida por el vicio del crack, y acomplejado debido una infancia  quebrantada malamente por una señora (Mrs. Robinson— suena a la película El graduado— quien lo indujo a prácticas inconfesables). “No te voy a hacer el amor, te voy a follar”, le dice Grey a Anastasia en uno de los diálogos.

Espacio, escenografía, ambientación y otras técnicas: Para ser ecuánimes, hay que reconocer que James se esmera por diseñar unos ambientes distinguidos que cautivan por su derroche de lujo y confort, sin embargo, el efecto que producen es contraproducente con la verosimilitud del relato por lo fantástico y fantasioso. Como contrapartida, esos son los escenarios de suntuosidad y esplendor que ponen de rodillas a las cenicientas  de los cuentos de hadas, ahora con el énfasis magnificente  de la era cibernética. Vasta enumerar las excelsas virtudes del culto galán de vestir impecable que tenía a su servicio un sequito de personal, psiquiatra incluido; connoisseur de vinos y de exquisiteces culinarias; pianista, lector, musicólogo, gocetas del arte en todas sus formas; de la música coral y clásica; su esmerado gusto por el boato y sus posesiones incalculables tales como autos de lujo y de carreras, helicóptero y jet privado; apartamentos, casa, edificios… para que las “sumisas” cayeran caer bajo la férula de sus frías y medidas manías con las cuales se sacaba el asco de vivir en una sociedad desastrada.

En cuanto al uso de otras técnicas literarias, la autora, por boca de su protagonista femenina nos cuenta que va a escribir un “monólogo interior” dirigido a Grey (página 364), lo que resulta en una patética nota epistolar que en absoluto nada tiene que ver con lo que se conoce como Monólogo Interior el cual no va dirigido a nadie y es un desbordamiento de conciencia que supera toda barrera gramatical, racional y ética.  

Las cincuenta sombras de Grey, como dijera Stephen King, es una “basura porno para mamás”.  The New Zealand Herald, afirmó que el libro “no va a ganar ningún premio por su prosa” y que hay algunas descripciones sumamente fofas. La profesora de la Universidad de Princeton, April Alliston, dijo: “Aunque no es una obra de arte literaria, Cincuenta sombras es más que un fanfiction basado en la serie de vampiros Crepúsculo”. Jessica Napier, de Metro News Canada, escribió que “fue una tortura soportar 500 páginas de diálogo interno de esta heroína, y no de la forma atractiva que se preveía” Jessica Reaves, del Chicago Tribune, escribió que el: “el texto original no es gran literatura”, y señaló que la novela está “salpicada abundante y repetitivamente con frases estúpidas”, y la describió como “deprimente”.

Esto es lo que hay. Es lo que nuestro gran público consume. Es la medida cultural de nuestros contemporáneos, es el gusto de una época privada de espíritu.

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