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22 nov. 2014

Fragmentos de la Antología: Un Escorzo Tropical

Fragmentos de la Antología: Un Escorzo Tropical






Los invito a leer fragmentos de los cuentos de la Antología: Un Escorzo Tropical, dentro del marco de su lanzamiento en la plataforma de Amazon.com


Del cuento de María Gabriela Madrid:


La primera vez

“Solo para él habría sido la primera vez de Irene. Su negligé anaranjado de encajes burdos tendido sobre la sábana blanca. Ella miró su rostro en el espejo. Vio su cabello negro recién lavado aún destilando agua, sus granitos disimulados con la base del maquillaje un poco oscura para su piel pues la base al igual que el negligé le pertenecía a su madre. Del escogido no sabía mucho solo que el año pasado entró en cuarto año de bachillerato y que dicho por sus amigas cercanas, él había comentado su deseo de conocerla más, de tenerla entre sus brazos, de sentir su respiración acelerando el paso, de su deseo ardiente de tener sexo con ella.
Entrada la noche la casa les pertenecería. Los padres de Irene irían al baile anual de la compañía y Frank tocaría la puerta  contrario a lo acostumbrado en los cuentos de hadas donde el novio escalaba la enredadera con una flor apresada entre sus labios.
Irene untó sus manos con loción y frotó su cuerpo. Primero fueron sus contornadas piernas, luego su vientre plano para finalizar con sus brazos y cuello. Luego bajó y subió la cabeza varias veces para sacudir el exceso de agua de su cabello mojado. Tomó el secador de pelo, lo acercó con movimientos sinuosos hacia su nuca y cabello. El aire caliente que emitía del secador era pálido a los calores que predecía sentiría bajo las caricias de Frank.  Frank no sabía que esa noche no sería su primera vez...".


***
Del cuento de Aymara Jares:

Pesadilla, Luz y Demencia

“No recuerdo nada en particular. Solo sé que mis ojos permanecían abiertos y que la oscuridad era fastidiosa. Pequeños destellos de luz se  filtraban por una rendija. No sé exactamente dónde estaba, el espacio era reducido y me tambaleaba de un lado a otro como barco en mal temporal.   El cuerpo dolorido, mis brazos y piernas delgados al tacto.  Escuchaba sonidos que me atormentaban simultáneamente, voces hablándome a la misma vez, una cerca, otras lejanas. El sobresalto descontrolado de mi pecho fluctuaba en intensidad. No entendía qué sucedía, me sentía atrapada, sin energías.  Poco a poco, me fui quedando dormida.
En la oscuridad, un estruendo me sacó del letargo en el que me encontraba. Un objeto se abalanzó sobre mí,  me aporreé la cabeza y sentí cómo la cara terminó incrustada en la pared.
— ¡Ay, mi nariz!— se me escaparon las palabras en un grito de dolor.
 Mientras tanto, traté de sacar como pude  el objeto pesado que tenía encima. Escuché voces que no reconocí, nadie vino a socorrerme.  De pronto, algo líquido se deslizó y se escurrió por el costado superior del labio hasta infiltrarse en mi boca y mezclarse con la saliva.  “Ese sabor me es familiar”, pensé.  De pronto, sentí nauseas.   Sin querer, percibí una mezcla asquerosa de sangre y saliva, mientras continuaba diluida en aquel momento que no era real. 
Al no saber dónde estaba, ni  poder ver bien por ausencia de luz, decidí cerrar los ojos como lo hice tantas noches, en las que escuchaba los gritos  de Constanza, mi compañera de cuarto.  Se la llevaban diariamente a media noche, ella nunca quería ir, les decía que no, que se había portado bien y que no quería ir a pasear.  Cuando cerraban la puerta después de llevársela contra su voluntad, sus gritos desgarraban mis oídos, la escuchaba clamar mi nombre desconsoladamente por los pasillos de aquel lugar.   
Al principio corría hacia la puerta detrás de ella, solo para encontrarme frente a Fabián, el verdugo que estaba de guardia en las noches en que se llevaban. Me era imposible salir a socorrerla, cerraban la puerta con llave desde afuera para que yo no saliera. Con el tiempo comprendí que era inútil.  Más de una vez Alondra— la enfermera encargada del piso donde dormíamos— me propinó una paliza que me dejó moribunda y llena de moretones. Terminé con los ojos hinchados de los golpes que recibí;  pero era preferible eso a las espantosas golpizas propiciadas por el desgraciado de Fabián, una lacra humana que decía llamarse enfermero y que al igual que Alondra se dedicaron a removernos por completo de la realidad.  Las heridas no sanaban, antes de que cicatrizaran, me propinaban una paliza mucho peor, siempre que intentaba evitar que se la llevaran a esos paseos nocturnos. Con el tiempo me di por vencida y solo lloraba en un rincón. De  la impotencia, no sabía cómo ayudarla. 
Yo no entendía qué hacía allí, me atormentaba el sufrimiento permanente de Constanza. Nunca comprendí el porqué de esos paseos a media noche, el porqué de tanto pánico, especialmente cuando al amanecer la encontraba tranquilamente dormida en su cama.
Poco tiempo después viví en carne propia la desesperación de mi compañera de cuarto, a la cual nunca más volví a ver, después de una de esas noches en que se la llevaron. 
Fabián llegó por mí, con su mirada burlona, me miraba de reojo y se reía sarcásticamente. Me levantó del piso tomándome por los cabellos, fue tan fuerte el  jalón que perdí el aliento. En el pasillo, lo esperaba otro tipo con cara de malo. Me tomaron de los brazos y descalza, me hicieron caminar por un pasillo largo, parecía que no tenía fin.  Mis pies al contacto con el suelo se helaron, también mis piernas flacuchas y el cuerpo. Escuché el tiritar de mi interior. Me llevaron a una habitación llena de luz, tanta que prácticamente me cegaba. No era luz natural, parecían más bien luces de quirófano, y todas sobre mí. 
Me encontraba totalmente inmovilizada, la pesadumbre me consumía, pensé en Constanza, cerré mis ojos y advertí sus gritos de pánico paseándose lentamente en mi memoria. Intenté moverme y no pude. Relajé mi cuerpo mientras sentía el aliento podrido de Fabián sobre mi rostro, escuché su risa sarcástica de verdugo infernal sobre mi oreja y la humedad de su lengua sobre mi cara y mis labios…”.

***

Del cuento de Enrique Córdoba:

Tamora es una mujer que…

“Desde cuando la vi pensé que algo pasaría con esa dama que iba a mi lado. Me intrigó conocer su currículo. Tiene los ojos negros como el ónix, viste blusa de seda y su piel es acanelada. No es alta ni bajita, tiene la estatura de la modelo Naomi Campbell y habla modulando la voz, como saboreando las palabras. Posee un cuerpo que para cualquier ojo masculino, que es por donde le entran las mujeres a los hombres, obtendría una calificación sobresaliente. Cabellos al hombro y estatura normal de latina. De piernas largas como una holandesa, viste jean y habla produciendo un chasquido con los dedos de su mano derecha. Su boca puede parecer la de Angelina Jolie. Hace parte de esa secta de mujeres atractivas, que un hombre no puede ignorar. Si no fuera por la arrogancia que se le sale por los poros, diríamos que es una maravillosa mujer de cinco aclamado. Tropecé con ella en la fila para subir al avión. Pisé su pie al tratar de ayudar a un joven discapacitado y reaccionó. Se salió de casillas, se ofendió.     
—Lo siento, dije, ofreciendo mis disculpas. Pero en lugar de aceptarlas, me respondió despóticamente y de malas maneras y para colmo de mi infortunio al abordar el avión, se sentó a mi lado. Le dieron el puesto inmediato al mío. Se acomodó fanfarronamente a mi derecha.       
Avanzado el vuelo y no pudiendo dejar las cosas así con esta mujer guapa, sabiendo que la tendría de compañera durante ocho horas, opté por invitarla a una copa de vino para derrumbar la muralla con la que había comenzado nuestro encuentro.      
—Prefiero vodka tonic respondió. Surtió efecto pensé. En minutos bajó el tono y su actitud fue más cordial. Yo me quedé con el whisky.       
Al momento de habernos tomado tres tragos la conversación fue más sorprendente. Comencé a conocerla. No cesó de hablar pestes y barbaridades del marido. Me confesó herida, que tras los avatares de un accidente de tránsito esta mañana, en el Dolphin Express Way de Miami, descubrió que su esposo tenía una amante.  
Era de noche, creo que pasadas las doce. Viajábamos rumbo a Europa en un avión Boeing 747, que se remontó majestuosamente por los aires sobre el Océano Atlántico. Del techo se infiltraron dos columnas tenues de luz para ser cómplices de nuestra charla mientras la mayoría de los viajeros dormían apaciblemente. Al fondo de la aeronave una pareja veía una película. Mientras adelante un rabino leía de pie la Torah junto a dos jóvenes que parecían ser sus hijos. Yo estaba entretenido con mi vaso de whisky. Del pecho me salió una descarga de euforia en forma de mariposas que revolotearon por todo mi cuerpo. La mujer rozó su pierna con la mía y tal fue el choque eléctrico que activó las membranas de placer en mi cerebro. Se despertó el seductor…”.


***



Del cuento de José Díaz- Díaz


Los Tres

“Algunas veces, David razona acerca de lo que le sucede con sus dos mujeres como esa tarde de lunes sentado en solitario al lado de la mesa de la piscina  después de darse un refrescante baño. Ama ese espacio abierto al cielo y también íntimo recinto donde algunas  noches medita  sobre la velocidad con que la vida abraza la vejez, mientras sus ojos se extasían viendo a la luna temblar sobre la piel del agua. En la casa no se encuentra más que él  puesto que Carline está cumpliendo su turno en la óptica y Melody ha ido al College de Miami Dade  para preguntar sobre los programas de Matemáticas y física que es lo que  le interesa estudiar.
 « ¿Mis dos mujeres? No». Se contradice y aclara, porque ellas no pertenecen a nadie. Son espíritus libres como ya quisiera serlo yo. Me siento bien, y afortunadamente no encuentro tribulación alguna en mis emociones. ¿Tiene algo de malo  que goce hasta la médula en una contemplación que me lleva al delirio con el solo hecho de seguir con las pupilas de mis asombrados ojos la línea del cuerpo de mi divina Melody? ¿Que me extasíe en su olor felino cuando el sueño comienza a poseerla? ¿Que arda en fogosa llama cuando atado a ella por el calor de su mano, la concupiscencia del deseo me eleve y transporte a estados ardorosos de éxtasis que jamás de otra manera podría obtener? ¿Debería por una veleidad moral negarme a experimentar estos sagrados momentos de arrobamiento que me conectan— frente a su indolente abandono—con la raíz de la felicidad y con el sumo placer de los sentidos abocados a enaltecer la dicha de existir? La respuesta es ¡NO! El heroísmo emana de la debilidad y yo, ciertamente, me arrodillo ante la arrogancia sublime de la belleza. Pero bueno, basta ya de sutilezas éticas y pensamientos de esteta decadente.  Gracias debo dar al cielo por obsequiarme con estas experiencias inofensivas que me salvan de la rutina y me regalan con  inflamados momentos de pasión.
David se sacude la cabeza, se levanta, cruza las manos sobre su nuca y gira el rostro unas cuantas veces a derecha e izquierda. Luego se dirige a su biblioteca ubicada al lado de los sofás de color sepia, se sienta y retoma la lectura de La casa de las bellas durmientes del escritor japonés Yasunari Kawabata. Un tenue sonido de música de piano proveniente del equipo Panasonic le ayuda a deslizarse en un placentero ambiente de relajamiento total y de inmersión en la historia que lee. En su febril fantasía se transforma en Yoshio Eguchi, el anciano protagonista de la obra de Kawabata. Encarnado en el personaje se ve en la posada de las durmientes acostado en el lecho de la habitación (asignada exclusivamente para él por la enigmática mujer que dirige el ceremonial erótico)  con una adolescente virgen narcotizada totalmente a la cual solamente le es permitido contemplar. Solo le es concedido “beber la juventud de la muchacha dormida” y él como hombre de palabra respeta la norma. Se encuentra embebido en la lectura del libro en el cual se hace además una profunda reflexión sobre el estrago del tiempo en el alma de los hombres. Permanece sumido en ese mundo onírico por largo rato en donde el derroche de juventud y vitalidad que brota natural de la piel de la joven dormida, contrasta y abofetea la fealdad insalvable de su vejez cercana a la muerte; y en donde el esplendor y la lozanía de la criatura dormida hace más visible la patética postración de su decrepitud inminente. Evoca con placidez teñida de nostalgia aquellos innumerables momentos de ímpetu desbordado e  infinito goce erótico que encienden y materializan recuerdos de encuentros amorosos de liviandad juvenil y licenciosa adultez.
 En algún momento, el ring- ring de una llamada telefónica equivocada lo saca de esa realidad cenagosa y elusiva y lo devuelve a la realidad del presente…”.

        




21 nov. 2014

Cinco voces hispanoamericanas calientan con sus relatos el invierno que se avecina

Cinco voces hispanoamericanas calientan con sus relatos el invierno que se avecina

José Díaz- Díaz





Desde Florida y Texas, en edición bilingüe, las voces de cinco experimentados narradores confluyen en una aventura editorial llamada Un Escorzo Tropical, A tropical foreshortening.

Son quince elaborados y exquisitos cuentos, inflamados de pasión a cual más, que buscan intimar con el lector en el inconfesable deleite de transgredir la intimidad de sus— hasta ahora— calladas vivencias.

Con textos de José Díaz-Díaz (Colombia) y de María Gabriela Madrid (venezolana)— quien realizó la traducción al inglés— esta Antología recoge también la huella literaria de sus compañeros de aventura: Enrique Córdoba (Colombia); Oscar Montoto Mayor y Aymara Jares (cubanos). Muy recomendable su lectura para atemperar estos gélidos tiempos de ruidosa algarabía ajena al placentero deleite que produce el asombro de una historia bien contada.
La edición, que pertenece a la colección de La Caverna, escuela de escritura creativa, viene bellamente ilustrada con óleos del reconocido maestro mexicano Alejandro Rosales Lugo. Ordénala ya en Amazon.com

Mientras tanto, los invito a leer el Prólogo que acompaña el libro, escrito por Armando Caicedo y  la Introducción consignada por José Díaz-Díaz.

Prólogo:

“Garrapateo esta nota con respeto reverencial por los autores de cuentos y relatos, porque ellos son creadores de mundos que nunca llegamos a imaginar. Los admiro por osados y valientes, porque se atreven a sumergirse en las profundidades de mundos desconocidos, con la misión de rescatar con sus narraciones las claves que podrían contradecir las mentiras que se emboscan en las leyes de la historia real.

Los escritores son artesanos de la palabra que, a punta de fuelle, mantienen viva la brasa de la imaginación. Ellos tienen la habilidad de forjar a fuego y a golpes de cincel figuras imposibles. Martillan sus temas sobre ese yunque que cargan en el hemisferio derecho del cerebro, allí donde se originan los sueños y se maquinan las conspiraciones.

No soy un crítico literario, ni un profesor de academia. Soy un simple escritor de avisos clasificados y obituarios. Lo que sí reclamo, con pasión de evangelista, es mi rol como lector exigente. Por eso aprecié —de oído— la música que en estos quince escritos cargan sus palabras. Me gocé con la construcción de unas metáforas tan monumentales como una catedral. Analicé con mal disimulado cabreo los conflictos que surgen, los dilemas que complican la trama, las rivalidades y los antagonismos que turban y perturban, que enredan y capturan la emoción de cualquier lector curioso, porque durante su lectura, uno intenta adivinar dónde diablos se esconden las signos, las fintas y las argucias... protocolos que con mano maestra desarrollan estos cinco escritores, para asombrarnos con sus finales sorprendentes.

Este género literario es tan exigente, que la elaboración de un cuento le demanda a su autor pulcritud en el oficio. Pulso de cirujano cerebral, sin lugar a temblores ni descaches. La técnica y disciplina de un relojero suizo. La imaginación de un genio confinado en un manicomio. Y la pureza estética de un asceta. Este compendio tiene estructura de libro, pero en su alma más parece una piñata, repleta de relatos, crónicas y viñetas, que a golpe de lectura estallarán en el ambiente para llenarnos de sorpresas.

¿Cuál de estos quince relatos me gustó más? Lo siento, no puedo divulgar su título. Antes de asumir la grata tarea de leer estos manuscritos, tuve que jurar sobre varios poemas sueltos que guardaría, hasta la tumba, este secreto de confesión. Así que el lector es quién ahora tiene la palabra, porque al final de cuentas y de cuentos, cada gusto orbita en un universo personal. Ya verás que uno de los quince relatos te afectará la imaginación mucho más que los otros catorce, pero hay que paladearlos todos...  porque para resumir esta experiencia, el mejor vino, como el mejor cuento, «es el que a mí más me gusta».

A escasos tres renglones de la puerta de entrada a este mundo de fábula, recuerda que  sólo tienes que hacer clic en las entrañas de cualquiera de estos quince elaboradas narraciones para acceder a ese mundo seductor, donde el autor cultiva sus fantasías. Pocas veces tan pocas palabras podrán sorprender tanto, a tantos lectores”.

Armando Caicedo*
 *Periodista y escritor colombiano residente en la Florida. Desde hace catorce años produce todas las semanas un paquete de Humor Editorial  que se distribuye a diferentes periódicos en español en Estados Unidos. Sirve a más 750 mil lectores cada semana, con sus columnas de sátira política y sus apuntes como editorialista gráfico. Caicedo pertenece a la Association of American Editorial Cartoonists – AAEC – y a la National Association of Hispanic Journalists –NAHJ-. En tres ocasiones ha sido galardonado con el “Premio José Martí” concedido por la National Association of Hispanic Publications –NAHP- como reconocimiento a su trabajo como editorialista gráfico en “El Tiempo Latino”, el semanario en español del “Washington Post”. En 1989, la Revista Time lo reconoció como uno de los más destacados creativos de América Latina.
Introducción

“De similar manera como el azar pareciera estar presente—subyaciendo cual zurcido invisible— en la concatenación y explicación necesaria de toda actividad humana, la huella de la escritura de los autores que conformamos esta Antología, se me antoja, forjada cual golpe de dados sobre el papel blanco que la contiene. No hay una intención generacional aunque, tres de los cinco, nacimos justo en la mitad del siglo pasado. Las dos escritoras que engalanan este libro, como todas las mujeres, siempre son más jóvenes.

Tampoco ha sido el resultado de una estricta selección por géneros literarios puesto que el lector encontrará entrelazados: cuentos, viñetas y crónicas. En el caso de que fuera necesario encontrar un punto de partida que le imprima unidad al libro, este eje es, sin duda alguna de orden extraliterario: nuestro común carácter de inmigrantes. Somos todos inmigrantes en los Estados Unidos, desde donde asumimos la patria como Lenguaje y desde allí, conjuramos la presencia perenne de nuestro saber  ancestral con la hermosa promiscuidad de la cultura que nos da albergue.

Los frescos y deliciosos cuentos de María Gabriela Madrid, nos transportan al regazo de ese espacio mágico en donde conviven la inocencia con la razón de los instintos para tomar cuerpo en personajes perplejos, de una terneza que emociona y a la vez desestabilizan la lógica del lector con su imprevisible actuar y con los inesperados finales de sus gozosas historias.

Los personajes femeninos creados por la novel pluma de Aymara Jares, son inquietantes criaturas que rondan sonámbulas y perdidas por las surreales moradas de paredes de sueño y vigilia donde toda certeza es imposible de confirmar. El lector será impactado por una ráfaga de pánico incontenible al contacto con el dolor existencial que sufren las protagonistas de estas turbadoras historias cotidianas.

Oscar Montoto Mayor, con su estilo de escritura depurada por décadas de ejercicio de amanuense caribeño, será el encargado de dibujar pintorescas viñetas que, al igual que los tableau franceses de cuadros de costumbres, con un pincelazo nos transporta al centro donde el carnaval desfila sus monumentales formas de sensualidad y desmesura.

La desinhibida manera de contar de Enrique Córdoba— encapsulada dentro de las tradicionales normas de la crónica periodística— sin el tapiz del símbolo escondido y bajo una mirada real y directa sobre el hecho narrado— seduce al lector  al encontrar en lo cotidiano ese elemento que consigue alborozo y asombro, hallazgo sin el cual toda  escritura perdería uno de sus dones más preciados.

En cuanto a mis cuentos, es una invitación a celebrar lo extraño y marginal, lo diferente y lo mórbido. Podría ser una reflexión sobre esa zona no controlable, quizás perversa, donde se juntan y confunden la realidad y el subconsciente. Las criaturas de la ficción—de carácter sesgado e inaprensible— intentan de todas maneras hacer de sus vidas un ejercicio de libertad, de  búsqueda, así fallen en el intento de conseguirlo. No hay moralina, solo insinuaciones, porque el piso sobre el cual caminan se viene abajo y solo una cuerda floja como franja instintiva les sirve de salvavidas. He ahí la intención de dibujar una metáfora de nuestro tiempo.

Para terminar, quisiera honrar la importancia que para nosotros tiene el carácter bilingüe de esta Antología ya que consideramos prioritaria y necesaria la inserción de nuevas voces narrativas hispanoamericanas en el contexto bibliográfico anglosajón”.




4 nov. 2014

La caverna, escuela de escritura creativa

La caverna, escuela de escritura creativa

















Consejitos


En octubre 1935 Ernest Hemingway publicó en la revista Esquire, un relato donde transcribe los diálogos sostenidos con un aprendiz de escritor, seguramente ficticio, que habría llegado desde Minnesota para consultarle las reglas básicas del oficio. Ese aprendiz aparece designado con el seudónimo Mice (que significa "ratones") y habría acompañado a Hemingway durante una temporada de pesca. A cierta altura, el maestro informa al alumno sobre los grandes libros que todo aprendiz debería leer, en una larga lista que incluye a Tolstoy, Dostoievski, Flaubert, Mark Twain, Kipling, Henry James y muchos otros.

Mice—Pero leer a todos los buenos escritores podría disuadir a un principiante.
Hemingway—Entonces debes ser disuadido.
M— ¿Cuál es la mejor preparación inicial para un escritor?
H—Una infancia infeliz.
M— ¿Usted piensa que Thomas Mann es un gran escritor?
H—Lo sería aunque nunca hubiera escrito otra cosa que Los Buddenbrooks.
M— ¿Cómo puede prepararse un escritor?
H—Observa lo que ocurre hoy. Si conseguimos un pez fíjate exactamente qué es lo que hace. Si te emocionas cuando el pez está saltando, recuérdalo hasta que veas exactamente cuál fue la acción que te aportó esa emoción. Pudo ser el ascenso del sedal desde el agua y la forma en que se estiró como cuerda de violín hasta que las gotas cayeron desde allí, o la forma en que chapoteaba y desparramaba agua cuando saltaba. Recuerda qué ruidos había y qué cosas se dijeron. Descubre qué fue lo que te dio la emoción, cuál fue la acción excitante. Después escríbelo para que el lector lo vea claro y tenga la misma emoción que tuviste. Es un ejercicio para los cinco dedos.
M—Muy bien.
H—Después, para cambiar, ponte dentro de la cabeza de alguien. Si te grito, debes figurarte qué es lo que estoy pensando, tanto como tu sensación al respecto. Si Carlos insulta a Juan, piensa en cómo son ambos bandos. No pienses sólo en quién tiene razón. Como hombre sabes que las cosas deben ser de una manera o de otra. Sabes quién tiene razón y quién no. Tienes que tomar decisiones y afirmarlas. Como escritor no debes juzgar. Debes comprender.
M—Muy bien.
H—Escúchame bien ahora. Cuando la gente habla, escúchala completamente. No te pongas a pensar en lo que vas a decir. La mayor parte de la gente no escucha. Tampoco observa. Debes ser capaz de entrar en una habitación y, cuando salgas, saber todo lo que ocurrió allí y no solamente eso. Si esa habitación te proporcionó alguna sensación, debes saber exactamente cuál fue el motivo de ella. Procura eso como práctica. En la ciudad ponte fuera de un teatro y observa las distintas maneras con que la gente sale de los taxis y de otros vehículos. Hay mil maneras de practicar. Y piensa siempre en la gente.
M— ¿Cree usted que seré escritor?
H— ¿Cómo diablos puedo saberlo? Quizás no tengas talento. Quizás no puedas sentir a otra gente. Tienes algunos buenos cuentos, si es que puedes escribirlos.
M— ¿Cómo lo sabré?
H—Escribe. Si trabajas en ello durante cinco años y descubres que no sirves, puedes pegarte un tiro entonces, igual que ahora.
M—No podría pegarme un tiro.
H—Vuelve entonces y te lo pegaré yo.
M—Gracias.
H—Bienvenido, Mice. ¿Hablamos de otra cosa?
M— ¿De qué?
H—Cualquier cosa, Mice, veterano, cualquier cosa.
M—Está bien. Pero...
H—Nada de peros. Fin. La charla sobre escritura, basta. No más. Agotado por hoy. La tienda está cerrada. El patrón se fue a casa.
M—Bien. Pero mañana tengo algunas cosas que preguntarle.
H—Apuesto a que te divertirás escribiendo, apenas sepas cómo hacerlo.
M— ¿Qué quiere decir?
H—Ya sabes. Divertirse. Alegría. Buenos momentos. Hacer una vieja obra maestra.
M—Dígame.
H—Basta.
M—Muy bien. Pero mañana...

H—Sí. Muy bien. Seguro. Pero mañana.