28 dic. 2016

La adoración del cordero místico, de los hermanos Hubert y Jan Van Eyck, génesis del cuento RAPTO de Luz E. Macías

La adoración del cordero místico de los hermanos  Hubert y Jan Van Eyck, génesis del cuento Rapto, de Luz E. Macías






Muchas y distintas son las canteras desde donde puede tomar cuerpo un cuento a punto de escribirse. Extrañas visiones y sueños o pesadillas, estados delirantes; ensoñaciones y obnubilaciones y demás estados alterados hacen parte de las génesis señaladas como inicio inmediato de una narración.

Sea como fuere, el momento de la inspiración— que es el gatillo que dispara la forma y el contenido de la nueva criatura pronta a nacer— se emplaza dentro de un sinfín de conectores en donde ideas y fantasías, deseos y aspiraciones fallidas; intenciones puntuales y eventuales reminiscencias ahogadas por la fuerza amurallada del inconsciente, brotan airosas y triunfantes en la punta de la pluma del cuentista. Entonces, como un hermoso neonato en las manos alborozadas de una matrona al coronar un  parto, deviene el relato completo, inédito y virginal listo para ser leído.
Así, el texto de un cuento adquiere vida formal y silencioso, sin más intención que la de  herir, justamente con su dulce veneno, esa zona permeable donde el lector todavía es proclive a caer en la trampa de la seducción y el asombro.

He aquí la copia de la pieza literaria que hace parte de la Antología 2016 de la Caverna, escuela de escritura creativa, coeditado por José Díaz Díaz y María Gabriela Madrid.








Luz E. Macías
Rapto

Me han redescubierto hace poco. He vuelto a la fama;  la  popularidad llegó en el momento en que un director de cine quiso ponerme de nuevo en la palestra y narrar el hurto más valioso de la historia del siglo XX. Mi secuestro o robo  llamémoslo así ha convocado a todo curioso del mundo para que venga a visitarme. Cierto será porque ahora veo llegar centenares de rostros de diferentes colores, rasgos físicos diversos y lenguas que pasean a mi alrededor, ostentan placer al mirar, se toman fotos a escondidas. He descubierto que también me filman como el Viejo Callejas, que posó en diferentes ángulos mientras alguien tomaba las fotos a hurtadillas. ¿Cómo puedo evitar esto?
Siempre he querido estar en bajo perfil, para no correr riesgos después de esa odisea de ser raptado.  Yo no causé guerras  entre pueblos como Elena conllevó a la  desaparición de Troya. La guerra ya estaba. Estuve secuestrado durante mucho tiempo por gente inescrupulosa que no querían compartirme.  Me querían para su deleite y narcisismo; sólo mirarme, devorarme con ojos semidormidos, exhalar alivio, palparme a solas en silencio. Cuando sentían pasos o voces cerca inmediatamente me encerraban; quedaba a oscuras confinado a un espacio muy reducido.  Mi escondite era  un estuche de madera parecido a un armario de 20 centímetros de ancho por 3 metros y 60 centímetros de alto, y  4 metros y 60 centímetros de largo. Digo, siempre tuve mucha luz a mis espaldas dando un realce de magnificencia y poderío.  El robo como todos los que acontecen en este mundo se da por el egocentrismo de un hombre que vive en éxtasis constante alucinado por mi belleza  y el  poder  placentero  de tener al otro sometido.
 No tienen sensibilidad. Yo por ejemplo lo embriagaba por mis colores, por ser una pieza bien cotizada, porque retaba al mundo a mi búsqueda. Los noticieros, la tv me nombraban todos los días. No había medio de información diaria que no hablaran de mí para regocijo del raptor. Era reconocida como la más valiosa joya  que se ha concebido en el mundo nórtico. Cierto será porque ahora veo que me han colocado en un espacio luminoso, alto, inalcanzable al visitante, cupo limitado. Las cámaras vigilan las 24 horas, hay seguridad al cruzar el umbral, alarmas que al menor movimiento alertan a los guardias. Costo de entrada  para visitarme, lenguas que susurran, exclaman,  silencio,  respeto,  veneración. Llegan de todos los confines del mundo,  rostros de  rasgos  achinados, idiomas extraños se conjugan en este recinto. Me molesta como la luz atraviesa mi espacio como también en el lugar en que me ubicaron para complacencia de otros; no me deja ni siquiera respirar. Me tengo que quejar y lo digo no con el beneplácito de regodearme en un lamento. Antes mi secuestrador me tenía para sí.  Observado por horas por todos lados, me repugnaba su vista cayendo a latigazos sobre estos colores vibrantes. Me sentía impúdico, violado por esos malignos ojos que no cesaban en su codicia de merodearme. 
Claro que como dije antes pasé vicisitudes en el pasado de mi prematura adolescencia. Me habían concebido con un objetivo único, vivir en un lugar de paz, alrededor los cantos gregorianos, también órganos que daban resoplidos armoniosos, cuyas teclas balanceaban mis corporales miembros en el espacio. Fui desafortunado; al comienzo uno de mis gestores muere, prosiguiendo su hermano a terminar de elaborar la obra maestra. No está claro, cosa que no puedo confirmar si muchas manos creadoras finalizaron esta gran pieza; se me llamó Políptico acompañado del nombre del  pueblo que me vio nacer. De todas maneras no he perdido nada porque tan bueno era mi padre creador como su hermano. No abandonó a su sobrino a su merced, al contrario lo fue pincelando con sus trazos de óleo hasta quedar completas las doce partes que conforman el Políptico. En el comienzo, terminada la obra maestra, todos los miembros de mi cuerpo eran protegidos, sólo enseñaba las primeras tablas centrales de colores sobrios,  en tiempos festivos se abrían todos mis paneles para embrujo de muchos, ya que en ella se conjugan los colores vibrantes de su interior. El paganismo y el cristianismo juntos conectados por las Sibilas acompañadas por los mitos del norte complementan mi escenografía. Virgilio hace honra a la sibila de Cumas en la cuarta égloga quien aparece en uno de mis retablos. También, se descubrió un cuarteto rimado dando reconocimiento al primer progenitor ya muerto, aunque el segundo tan bueno como su antecesor reza en el retablo cerrado. Me han cantado odas, de mi han hecho películas, pero aquí no acaba la historia. Mi primer rapto o protección sucedió en el siglo XVI. Fue mi primer desgarre hemorragial al desmembrarme a tabla suelta me escondieron para no morir en la hoguera.  Escapé a la furia de esas fogatas en las que desaparecieron muchos iconos de arte sacro como también sobreviví al último atentado perpetuado en la última guerra del siglo pasado encerrado en una mina que iban a explotar. Sobreviví. Me rescataron. No estaba intacto porque en el año 1781 el emperador José II de Hamburgo había ordenado remover el retablo de Adán y Eva no permitiendo el desnudo naturalista contrario al desnudo clasicista. Se reemplazó por reproducciones de Adán y Eva vestidos y en 1794 se desmontaron las cuatro tablas centrales las cuales fueron enviadas al Louvre por orden de Napoleón. Las laterales fueron vendidas muchas veces hasta llegar a Alemania. El tratado de Versalles obligó a éstos a devolver las tablas laterales a su ciudad de origen en el año 1934.  Gracias al rey Luis XVIII las 4 tablas centrales fueron regresadas a la ciudad que me vio nacer, Gante, y en agradecimiento a ella. El retablo de los jueces justos sigue desaparecido en el último robo; hay una copia mustia que me acompaña; pincelada de un pintor flamenco queriendo restituir el sufrimiento que llevo de perder una arteria, como un órgano es reemplazado por otro.








‘La adoración del cordero místico’ de los hermanos Van Eyck es una de las obras de arte más importantes. Su increíble historia.

‘La adoración del cordero místico’ completa. Fue devuelta a su lugar de origen este mes. En septiembre de 2012, la Catedral de San Bavón, en Gante, Bélgica, estuvo cerrada al público. El día 12 los vecinos vieron varios automóviles y motocicletas de la policía. Sintieron inquietud: el tesoro mayor del lugar, La adoración del cordero místico, el retablo que data de 1432, había sido robado varias veces durante su larga historia. Uno de sus 12 paneles, por ejemplo, nunca fue recuperado; lo reemplaza una copia.
¿Se habrían llevado otra vez la pieza decorativa del altar, considerada "la obra maestra más codiciada del mundo"?
Sí, se la habían llevado. Pero no los ladrones: los restauradores la trasladaron al Museo de Bellas Artes para trabajar en ella. Y este mes de diciembre de 2016 la devolvieron exactamente como la dejó Jan van Eyck el día en que terminó la labor iniciada por su hermano, otro maestro flamenco, Hubert van Eyck: gracias a una nueva técnica de escaneo, los expertos pudieron quitarle todas las capas de óleos y barnices agregadas y limpiar su marco, cuya leyenda fue objeto de misterio durante siglos. Hoy la obra brilla —literalmente— como recobrada en el tiempo.
Telarañas alrededor de la cabeza de una de las figuras; un rostro todavía no identificado en el aire; vello facial, pieles de otros colores: una serie de descubrimientos echaron luz sobre la historia del retablo que se mantiene, todavía, bastante elusiva.
Los restauradores trabajaron durante cuatro años en la monumental obra que sobrevivió a guerras, nazis y robos.
Se estableció, por ejemplo, que la obra no se pintó a lo largo de una década, sino entre 1426 y 1432: varios soportes de madera provienen de aquél, exacto árbol, según las técnicas de dendrocronología (la ciencia que da cuenta de la datación según los anillos de crecimiento). Difícilmente ese material básico, sobre el que trabajaban los pintores, durase tanto tiempo en el taller que Jan heredó de Hubert a la muerte del hermano mayor, el mismo año en que comenzó la composición de La adoración del cordero místico.
La restauración del marco original, que había sido pintado con hojas de plata para crear la ilusión de que estaba hecho en piedra, permitió conocer más sobre la historia de los artistas. Una inscripción había quedado tapada por las capas de pintura oscura con que se había cubierto el marco: se la encontró durante una restauración en 1823, y el mundo del arte se dividió entre los que la creían original y los que la creían una falsificación agregada en el siglo XVI. Era una cuarteta en rima que nombraba a los mecenas de la obra (Jodocus Vyd y su esposa, Lysbeth Borluut), ponía la fecha de finalización y decía que los autores habían sido Hubert van Eyck "del cual no existe mejor" y Jan, su "segundo en el arte".
Pero en el siglo XIX Jan van Eyck no era un segundón, sino un artista reconocido; en cambio, no se conocía a Hubert, un maestro perdido si realmente era el autor de la que se consideraba "la pintura más influyente de todos los tiempos".
"Nuestra restauración confirmó que la inscripción es original", dijo Bart Devolder al diario británico The Guardian. Eso hizo del retablo la primera obra realmente atribuible a Hubert van Eyck y también una manifestación de amor fraternal: al establecer esas categorías que ensalzan a su hermano, Jan van Eyck fue quizá menos humilde que afectuoso.
Qué reveló la restauración
Ahora que el marco tiene una suerte de resplandor porque en algunas partes sobrevivieron, sobre las hojas de plata, glaseados transparentes, la obra en su conjunto gana una especie de efecto tridimensional, según Devolder.
Entre los elementos que la dotaron de fama se destacan el uso del óleo en gran escala —fue de las primeras obras hechas con este material, cuando predominaba la pintura basada en huevo— y en la riqueza de la composición "por la atención profunda que brinda tanto a la belleza terrena como a la divina", explicó The New York Times en su nota sobre los cuatro años de restauración del políptico de Gante.
El panel central, cuyo nombre se ha extendido a la obra entera, La adoración del cordero místico, muestra la liturgia del cordero, que representa a Jesucristo, sacrificado sobre el altar, cuya sangre se vierte en un grial. El resto de los paneles muestran numerosas figuras en un paisaje de un simbolismo religioso inagotable.

Cristo en majestad, rodeado de la Virgen María y Juan el Bautista; un coro de ángeles; Adán y Eva; Caín y Abel; peregrinos de todos los caminos de la vida que adoran al cordero místico: todas esas figuras, con detalles asombrosos como el vello facial de los personajes o los reflejos en el ojo de un caballo, se ven cuando la pieza está abierta sobre el altar de la catedral.
Cuando el retablo está cerrado —antes sólo se lo abría y se lo mostraba en fechas de fiestas—, muestra en los paneles superiores a las sibilas de Cubas y Eritrea y a los profetas Zacarías y Miqueas: en la Edad Media se les atribuía a los cuatro la predicción de la llegada del Mesías.
En el segundo nivel, los paneles representan la Anunciación, el episodio en el cual el arcángel Gabriel le anuncia a la Virgen María que será la madre de la divinidad. En la base, los paneles laterales muestran a los mecenas en posición de rezo, y dos esculturas de San Juan Bautista y San Juan Evangelista en los dos centrales.
Una historia de crímenes y tecnología
El trabajo consagratorio de los hermanos Van Eyck conoció muchos peligros antes de los rayos X y la eliminación de capas de pintura.
Lo robaron durante tres guerras distintas: las napoleónicas, la Primera y la Segunda Guerras Mundiales. Los nazis lo guardaron en una mina de sal y por poco un oficial renegado de las SS lo voló en mil pedazos. Ya había estado al borde de la destrucción, en el siglo XVI, a manos de los iconoclastas. Se lo vendió ilegalmente y sufrió numerosas falsificaciones. En 1934 uno de sus doce paneles (el inferior de la izquierda cuando el retablo está abierto, "Los jueces justos") fue robado sin que se haya encontrado una pista desde entonces.

La fragilidad de la obra hizo que durante mucho tiempo los restauradores no pudieran remover las capas agregadas. Una nueva tecnología les brindó el permiso de realizar la tarea arriesgada: la técnica de escaneo llamada Macroanálisis de Fluorescencia de Rayos X (MA-XRF).
¿En qué consiste la novedad? Primero se bombardea una pintura con ondas electromagnéticas de alta frecuencia, para que los átomos emitan sus propias ondas electromagnéticas. Luego un escáner copia el trazado de esas segundas ondas, y un análisis de elementos complejos permite identificar átomo por átomo y su lugar en la superficie pintada. Así los científicos pueden reconstruir las diversas imágenes subyacentes.
El MA-XRF se había utilizado ya sobre los Girasoles de Vincent van Gogh, Los síndicos de los pañeros de Rembrandt y El grito de Edvard Munch, además de varios óleos de otros primitivos flamencos como Jan van Eyck. Pero "nunca antes se había escaneado una superficie tan amplia", dijo a The New York Times Geert van der Snickt, un especialista de la Universidad de Antwoer que contribuyó con el desarrollo del método.
A un costo de 1,3 millones de euros, se pudo confirmar lo que creían los historiadores del arte: que debajo de una serie de capas agregadas había una obra mucho más espectacular. Y desde este mes está en la Catedral de San Bavón, restaurada a su esplendor original de casi seis siglos atrás.

https://video.search.yahoo.com/yhs/search?fr=yhs-adk-adk_sbnt&hsimp=yhs-adk_sbnt&hspart=adk&p=La+adoracion+del+cordero+pascual+de+van+Eyck#id=1&vid=1e2bf5bb1d9d1d457672a462c828d490&action=click






















21 dic. 2016

Vorágine sensual/ Sensual Vortex. Antología bilingüe 2016 de La Caverna, escuela de escritura creativa

Vorágine sensual,  antología bilingüe de La Caverna, escuela de escritura creativa, pronto en Amazon.


Voragine sensual: Relatos de ficcion (Spanish Edition) CreateSpace Independen... https://t.co/TPLoTIx4Wg vía @amazon

Coeditada por José Díaz Díaz y María Gabriela Madrid. Ilustraciones de la escultora Rosibel Ramírez.

Mientras tanto, leamos un texto de la coantóloga, poeta  Mariela Zuluaga














Mariela Zuluaga


El último testigo*

Me despertó el chapoteo del martín pescador cuando rompió el espejo del río y entonces, recordé que el currucutú había cantado muchas veces la noche anterior. Una corriente  fría  recorrió  mi esqueleto. 
Ahora, cuando le cuento a usted los hechos pienso que, tal vez, aquello que sucedió no me habría afectado si esa mañana  mis ojos no se clavan en el oriente y me convierten  en testigo  y protagonista  de la historia.
Allí, tras los matorrales, mostrando sus dientes de piraña, estaban ellos. Los había visto en otras ocasiones arrasando monte con el resplandor que cargan a la cintura y marcando territorio con los truenos del brazo. Mi primera y única familia la perdí en una de esas. Dos polluelos con plumón apenas, incapaces de volar,   fueron sacados de la cueva donde  los teníamos y  pisoteados por patas que sólo sabían ir hacia delante. Aún hoy escucho el eco de  su llamado de auxilio.  Nunca más he vuelto a empollar. La rabia y el dolor me hicieron más solitario que cualquiera otro  de mi familia y, por miedo, renuncié al amor. Por eso, aquella noche, como muchas, me había quedado solo sobre la rama más baja del  jacarandá, atento, eso sí,  a  las contiendas nocturnas del  monte para rastrear los restos del perdedor de turno.
Y ahí estaban de nuevo, pero en esta ocasión no tumbaban monte, traían  acorraladas a sus presas.  Yo, iluso y hambriento,   presentí un banquete. En ese tiempo aún  disfrutaba la carroña,  por eso abrí mi pico para permitir que el viento me entregara el aroma de la posible comida. Eran animales asustados, tantos como mis dedos delanteros, unos más grandes y otros más pequeños  y con el mismo jadeo del conejo cuando se enfrenta al perro que lo caza. Pero, a diferencia del conejo, ellos no podían correr, algo los hacia estar inmóviles como las estacas.
Dicen que la curiosidad mata, a mí no me mató pero me dejó sin vida. Volé con disimulo hasta la alambrada más cercana, con esa parsimonia que aprendemos desde el nido: agitando suavemente las alas, casi con desinterés, como si no se quisiera avanzar, pero avanzando y pude mirar bien a los cazadores: carrangueros  como yo, pero con el don de la palabra. 
Abrían la boca y le gritaban a sus presas para asustarlas, para  ablandar su carne, pensé en  ese momento, pero por lo que vi después no querían comer la carne, sólo  destruirla y desgarrarla  y  sacar desde el fondo de  sus entrañas ese jugo espeso y rojo al que llaman sangre.
Tumbaron a sus víctimas sobre el matojo sin importar que sus  cuerpos  se estrellaran contra  las espinas de las zarzas   y  cuando los levantaron  para volver a tumbarlos, vi que las burbujas  de agua  pantanosa que brotaban de sus bocas, al ser traspasadas por el sol mañanero,  eran como  estrellas  que explotaban  en el aire.
Retrocedí en el tiempo y ahí estaban  de nuevo  mis  polluelos  sangrantes y  pidiendo auxilio, y estaba  ella mirándome desesperada, reprochando mi cobardía, porque eso fui esa vez, señor, un cobarde: no moví una sola de mis plumas negras para defender  lo propio.
Después, cuando el sol salió entero  y empezó a calentar el pasto negro,  los llevaron a la planada, allá donde se ven esas dos matas de iraca  junto al matarratón solitario y, amarrados como estaban, los pusieron a cavar la tierra como si fueran  armadillos a punto de tener camada.  Los tuvieron escarbando todo el día,  hasta que se fueron doblando  sobre  la madriguera que construían con su  miedo.
Y no fue aquí, donde  usted puso la marca  para que los de su grupo busquen, es allá, señor, donde le digo. Lo sé muy bien, porque ese día, -después de que los cazadores  volvieron a tapar el hueco y pusieron  rastrojo encima para disimular la tierra removida- yo  coloqué una  pluma de mi cola para marcar el sitio.  Esa pluma se secó, pero cada tanto la reemplazo. Vea mi cola señor, está rala,  asómese y  allá  encontrará  los cañones de todas las plumas que me faltan. 
Usted verá si me cree o no, pero así pasó todo y yo fui testigo.  El único, porque cuando llegó la jauría todos salieron espantados y dejaron el monte solo para nosotros,  los dueños de la mortanga. Ellos, aunque me vieron, al principio ni siquiera intentaron ahuyentarme. ¿Qué peligro podía  significar un chulo, guala, zamuro o gallinazo común para alguien que maneja la luz a su acomodo y se siente  dueño del llano,  de la montaña, del río y de todos los que vivimos aquí?
No se ría señor.
Me acerqué un poco más, pero esta vez caminando con mis pasos chuecos, olfateando, mostrando interés por lo que hacían, como si estuvieran desenterrando un mortecino  para mi comida.
Y ahí fue cuando  supe quiénes eran las víctimas.  Mi vista aguda para la muerte, era torpe para la vida. Las ansias de carroña no me habían permitido distinguirlos antes: cazadores  y presas,  animales de la misma especie y entre ellos, amarrado a la madre, reventado por dentro,  un polluelo casi en plumón como  los míos.  Me acerqué un poco más y descubrí sus  ojos que me miraron sin asombro y una  boca sangrante que  pronunció palabras.  Y yo, que me movía  sólo por el interés de saciar mi hambre, sentí pena  ajena por la especie hablante y un vapor caliente que venía desde el fondo de mí,  me hizo vomitar toda la podredumbre que había comido hasta ese momento. Quise alejarme de ahí y olvidarme para siempre de lo que había visto.  Intenté levantar el vuelo, pero un planazo me dejó tirado sobre la sabana.
Y fue entonces, señor, cuando sucedió algo  extraño. Mientras estaba ahí, tendido, soñé que ese polluelo cabalgaba a mi espalda y volaba conmigo sobre la llanura, que los dos  contemplábamos la curva más hermosa del río  y que yo le mostraba mis polluelos  y él me contaba dónde tenía escondidos sus tesoros. Y durante ese sueño el polluelo me enseñó  a hablar.  Ponía su mano sobre mi garganta sin plumas y me pedía que abriera el pico y permitiera que el aire entrara a mis pulmones y  que después, lo dejara salir  lentamente. Así  pronuncié mis primeras  palabras.
Cuando desperté, busqué con mis ojos el polluelo pero, el grupo de cautivos ya no estaba.  Los cazadores ponían  chamizos secos y hojarasca  sobre el sitio donde sus  presas  habían cavado todo el día y luego les prendieron fuego. No me moví por un buen rato.  Después, casi  a la media noche, cuando ellos se fueron,  me levanté  y como pude  arranqué la  pluma más larga de mi cola y la sembré   sobre las cenizas calientes.  Ahora no hay cenizas, la lluvia y el tiempo han emparejado la tierra y el rastrojo volvió a su sitio.  Sólo mi pluma más reciente y los  viejos cañones, permanecen ahí.
—¿Por qué la carcajada, señor?   ¡Venga¡,  yo lo llevo hasta allá y le ayudo a escarbar,  para que me crea.
—¿Qué será lo que quiere este chulo de mierda que ha estado  graznando y  persiguiéndome todo el día? 
—¡Venga¡ ¡Mire¡
¡Péguenle un tiro  a este animal,  que   me está  sacando los ojos!



*Este cuento fue uno de los 20 seleccionados entre 427, por el jurado (Juan Gustavo Cobo Borda, Guillermo González Uribe y Fernando Jiovani Arias) del Concurso de cuento sobre desaparición forzada Sin rastro, de la Fundación Dos Mundos, para hacer parte de la antología Cuentos para no olvidar el rastro, Bogotá, Fundación dos mundos, 2009.
 
 
 
 
 
 
 
 joserdiazdiaz@gmail.com; @lenguajevital; Facebook: La caverna, escuela de escritura