21 oct. 2017

Renace la literatura oral en la novela: La copa de mis lágrimas

Renace la literatura oral en la novela: La copa de mis lágrimas
Por José Díaz- Díaz







Muy pocas veces la lectura de un libro, en este caso, de una novela autobiográfica, conmueve de tal manera el espíritu del lector, como en el caso de: La copa de mis lágrimas —primera parte de la saga de tres— que conforma esta obra de la cantautora y narradora colombiana Ana Sofía Ruiz, publicada por la editorial madrileña Chiado Editorial.
Es evidente que la voz de su escritura nos implica y arrastra a revivir con ella un sinnúmero de experiencias  que, en el recuerdo realista de sus memorias, nos vapulea entre la tragedia y la comicidad, entre el gozo y el sufrimiento, entre el placer de vivir y la angustia de crecer.

La Colombia de comienzos del siglo veinte y en especial de la Boyacá profunda, como gigante primitivo dormido y laxo, sirve de telón de fondo de la historia de su vida, hasta su primera juventud, nos recuerda que la vida de cada ser humano es el producto de sus circunstancias, y que nadie se hace solo y que nadie es enteramente víctima o héroe y que todos pertenecemos a un cuerpo social en desarrollo, con sus deslices e imperfecciones pero también con sus aciertos.
La crítica de la historia de una familia desplazada por «La Violencia», en Colombia, constituye en esta novela de Ana Sofía Ruiz, el testimonio sagrado e inolvidable del terrible desacierto con que se ha manejado desde la cúpula del poder el destino de millones de personas cobijadas bajo el mismo signo del atraso y de la desvergüenza.

Narrada totalmente en primera persona y dentro de un argumento lineal y realista, despojado de todo artificio literario, el alma naif de Ana nos introduce en un mundo conmovedor en el cual el personaje principal sufre— durante su infancia, adolescencia y primera juventud— los padecimientos causados por un ambiente signado de irracionalidad donde el imperativo es la sobrevivencia.

La antagonista de la historia, su madre de nombre Ana Diosa, encarna el personaje: víctima y victimaria, a la vez, quien arrastra en su destino de mujer y madre envilecida y humillada, la furia de ese ser humano que se autoalimenta de violencia como única  arma defensiva para lograr salir adelante dentro de un medio de «violencia institucionalizada» en todos sus estratos sociales, y así poder levantar a pulso,  con los mínimos recursos, a sus cinco hijos que conforman su núcleo familiar, ausente de padre.

Este primer argumento lo termina el personaje de Ana cuando cumple los veinte años y sale de casa de su madre para casarse con quien será el padre de sus hijos. La historia, además de caracterizarse como una vigorosa obra de literatura y narrativa oral, testifica y recobra un plus valor en cuanto mini retrato de una sociedad convulsionada por los desajustes sociales y políticos característicos de los países latinoamericanos.

Pero, ¿cuál si no es el papel de la literatura, que poner el dedo en la llaga para conseguir una catarsis personal tanto como social? La reveladora potencia de una narradora oral, como es el caso de Ruiz, rescata desde sus raíces la importancia de la literatura oral como medio de contar el material más íntimo que criatura humana pueda transmitir a sus congéneres desde las heridas abiertas de sus emociones vitales. El flujo o corriente de conciencia, que es una forma de monólogo interior, constituye la técnica precisa y despiadada con que ella canta su historia en la medida que deslastra su cuerpo del bombardeo recibido en su alma infantil y juvenil.

 Con esta forma de narrar, se optimiza ese tipo  de escritura realista en que el énfasis básico se encuentra en la exploración de los niveles anteriores al habla con el propósito de revelar la conciencia psíquica de los personajes, es decir, la conciencia de estos personajes nos sirve como una pantalla sobre la que se proyectan los materiales que la novela completa contiene. Es contundente en esta clase de narrativa el poder observar el hecho de que aquí la gramática y la semántica están puestas al servicio de la Historia, y no al revés. Por ello, esta novela constituye un ejemplo de la auténtica recuperación de la voz narrativa sobre cualquier otro elemento complementario.

Bienvenida esta «ópera prima» de Ana Sofía Ruiz, realista y refrescante a más, y abrebocas de lo hilarantes y conmovedores que serán los dos nuevos libros que esperamos con franca expectación.














12 oct. 2017

Los ausentes. Libro de relatos, de Jose Diaz- Diaz

Una noche loca
José Díaz- Díaz

Los invito a leer un fragmento de mi libro de relatos: Los ausentes, el cual se puede ordenar en Amazon, en papel o e-book. El texto viene antecedido por un aparte de la entrevista que sostuve con la poeta ecuatoriana Ana C. Blum, directora de la revista Metaforología. (En Metaforología, revista literaria: LA VOZ DE JOSÉ DÍAZ DÍAZ).











Ana C. Blum
—Sin duda lo erótico ocupa un lugar importante  en su obra, y no es lo erótico connotado sino lo erótico denotado, a veces brutalmente realista y crudo; y sin embargo hay ocasiones en que el amor romántico y puramente sutil también hace nido en su narrativa; y así una vez más el lector se enfrenta a esa antítesis humana que recorre su obra. Cuéntenos sobre este tratamiento del amor carnal y del amor espiritual en sus libros…

José Díaz- Díaz
“Ni santa ni puta”, me decía una poeta amiga a quien yo inquiría por su comportamiento a veces convencional, a veces libertino pero siempre solidario y hasta sublime. Qué te puedo decir. Amo la doctrina tántrica y aquello de fusionar cuerpo, mente y espíritu me atrae a morir. En narrativa, los personajes son los que imponen su comportamiento erótico-sexual y para presentarlos creíbles, realistas y vigentes hay que describirlos y hacerlos hablar como ellos lo hacen. Eso sí, huyo de la vulgaridad, más bien celebro el humor y la picardía. La línea que separa lo erótico de lo pornográfico es muy delgada pero todos sentimos al leer un texto si estamos denigrando de la condición humana o si estamos celebrando la riqueza de su sensualidad. Desde que conocí El Decamerón de Boccaccio supe que podía gozar leyendo. Desde que conocí a Baudelaire y sus Flores del mal supe que de la miseria humana también se puede extraer belleza. Cuando leí la Historia del ojo de Bataille, me persuadí de que el ejercicio libre del erotismo y la sensualidad son algo más que <<hacer el amor>>. Con Lolita de Nabokov, Los trópicos de Miller y el «realismo sucio» de Bukowski supe que el arte no tiene barreras y que si en la vida real no se puede ser totalmente libre, en la literatura sí.









XII

“Aquella noche de jueves fue inolvidable para Rodolfo. En verdad, como todas las noches que pasa con ella. Heather penetra en el cuchitril y exige una copa de vino. Se acomoda en el único mueble que hay en el angosto cuarto, un anticuado sofá de forma arquitectónica decadente color crema—blondo a pesar de viejo—y le echa mano al cojín color marrón que encuentra al alcance de su brazo. Rodolfo le sirve la copa de vino y enseguida destapa una botella plástica de agua y se manda un sorbo para acompañar a la visita. ¡Salud!, ¡salud! se dicen. Él la mira con sus ojos apaciguados sentado en su estrecho camastro y ella sonríe. Buen vino, piensa, pero no dice nada. Realmente es una connaiseur de vinos, pero nunca se jacta de ello. Utiliza el cojín como una almohada, con desparpajo se zafa las botas color caoba y estira el cuerpo a lo largo del sofá, sonríe y le dice que lo encuentra bien de semblante. Él asiente con la cabeza, sabe que es verdad, que de alguna manera lleva una vida sana y saludable. Ella comienza la perorata quejándose de sus padres. Es octubre y a finales de mes ya regresarán a apropiarse del apartamento por otros seis meses. Es la regla desde que los viejos están jubilados. Entre ambos suman 150 años, y puede que más. En otoño e invierno viven en Florida. Huyen de las nevadas y del frío que se cuela hasta los tuétanos. Primavera y verano, otra vez  en New York.  Los odia y los desdeña sin razón. Desde el inconsciente. Como única hija lo ha tenido todo, lo que se dice todo. Pero nada, su malcriadez  destroza  sin ningún respeto ni contemplación hasta el amor familiar. “Su mansedumbre me revienta”. Suele gruñir.
Ahora, le alarga la copa a Rodolfo para que se la llene de nuevo, él le hace un gesto cordial con la mano derecha para que se sirva directamente. Las dos botellas serán para ella y se las zampará sin remordimiento alguno. Sigue pensando en sus padres. ¿Por qué no se quedarán de una buena vez por todas en New York y la dejan vivir a sus anchas en el apartamento de Miami Beach? Rodolfo se distiende y le cuenta la anécdota del botero flaco. Ella sonríe y le dice que de buena gana cogería un alfiler para desinflar todos los boteros gordos que encuentre a su paso. La única redondez que le gusta y así lo admite es la barriga de las embarazadas, pero la suya nunca será oval porque es misántropa y jamás tendrá hijos. Rodolfo tampoco ha tenido hijos ni los tendrá en eso sí están de acuerdo sin haber buscado tal coincidencia. Basta ver lo que se ve afuera para estar de acuerdo. Él traga otro buche de agua. Ella se reacomoda, se endereza y extrae de su mochila un tabaco de marihuana y de inmediato lo prende y comienza a fumar. Rodolfo se levanta y abre la minúscula ventanuca para que el aire se renueve con la ayuda del aroma de las buganvilias provenientes de la pérgola. Heather estira la mano para invitarlo a fumar, pero él declina el ofrecimiento. Lleva tantos años que no fuma y ya no lo volverá a hacer. Estuvo en drogas por mucho tiempo, mas eso ya es cosa del pasado. No lo hago y es mi libertad y punto, parece pensar. El ambiente se ablanda en la medida que las volutas de humo se elevan y chocan contra el techo que no es muy alto. Esa luz del techo me molesta. ¿No hay manera de usar otra luz? Rodolfo asintiendo la apaga y enciende  la pantalla de la mesita de noche. Es una iluminación más bien blanca, lechosa como especial para leer o para meditar. Ella suspira, se reacomoda y dice algo entre dientes que ninguno de los dos entendemos. ¿Estas piloteando bien la traba, o qué? Calma, querido. Responde ella. Esta sí  que es una sedación del carajo, floto y refloto sobre un muladar de flores esparcidas entre lenguas de un azul-violeta que me zarandean y juegan con mi cuerpo de ola. Ella es una ola que navega entre el sofá y el bajísimo techo de la buhardilla. (Les aseguro que la puedo ver con nitidez, pero obvio, ella no me puede ver  porque yo apenas si soy un fantasma). Rodolfo la mira con actitud estólida, se frota los ojos y la vuelve a mirar. Flota. La miramos. Sí. Flota en verdad. Rodolfo apura otro sorbo de agua. ¡Joder! Gritó. Las alucinaciones también se pegan. Se puso de pie, a pesar de no ser nada alto, su cabeza casi choca con el techo. Estiró las piernas. Se desplazó hacia el baño caminando de medio lado y meó. El sonido del chorro de orina le sonó como una cascada que en buen momento tuvo la virtud de sacarlo a la realidad. Volvió a la cama, igual caminando de lado por lo angosto del pasillo. Ella continuó en su ensoñación en un silencio solo interrumpido de vez en cuando por murmuraciones intermitentes que salían de sus labios entreabiertos. Por la expresión de su rostro daba la sensación de que bordeaba los umbrales  de un goce ahogado y púdico. Parecía que se frotaba los muslos. Las imprecaciones emergían ambiguas, digresiones entre hipos apagados que iban desde el sentido de lo sórdido hasta las bondades sinuosas de la castidad. Parece que dijo ver y oír:
«efebos andróginos, letanías perpetuas, sangre aguada, viscosidades metálicas, líquido espermático, ojos vítreos, un ángel custodio; cuerpos apelmazados, dulcísimos cánticos, salitre mohoso, limo y pátina platinada, muladares de oro, hornos de diamante, jadeos agonizantes, más jadeos; un búho ululando, fisuras cavernosas, amaneceres mutilados, nodrizas adolescentes, serpientes hechizadas, campos de concentración, alambradas de neón, salmos sincopados, mantras antiquísimos, vísceras aún calientes, lengüetazos sacrílegos, visiones truculentas, escupitajos, signos cabalísticos, carcajadas malignas, velones, rojas rosas efervescentes, vaginas dentadas, criaturas lactando, sombras astrales, el sonido de un gong, bailarines beodos, música profunda de gong… la llegada de la primavera, más música de gong... gong... gong... ».

Así transcurrió como una hora, la cual Rodolfo aprovechó la pulsión apagada de la carne para leer unos cuantos poemas de Bukowski. Le gustó en particular ese poema cuyo título se podría traducir como: Consejo amistoso a un montón de jóvenes. Sintió en la lectura como un extraño déjà-lu de otra obra leída anteriormente y que no recordaba ni el título del libro ni al autor de la misma. Pensó en Bukowski y pensó en sí mismo. Se comparó. Los dos amaron las carreras de caballos y las apuestas. La gran diferencia era que el poeta disfrutaba las carreras sin más, mientras que él perseguía vanamente multiplicar su fortuna a costa de ellas. Pero de todas maneras, el poeta murió asqueado del mundo y él moriría reconciliándose con el mundo. De repente, la ola se sienta. ¿Qué pasó, rey? Pregunta la ola. Nada. Aquí leyendo a Charles. Ah verdad. Pues que comience el recital. Pero dame un break y venga la otra botella de vino. Y diciendo esto se levanta, se estira y se dirige al baño. Sus rodillas alcanzaron a rozar el camastro. ¡Mierda! Aquí no hay espacio para nada. ¿Cuándo es que te vas a mudar de esta porquería? Avanzó de lado hasta que conquistó el inodoro. Se subió con ambas manos el batón, se bajó las bragas hasta las rodillas adoloridas. Sobre su pantorrilla derecha reposaba tatuado un pájaro extraño cuyas alas abiertas parecían querer abrazar toda su pierna. Se sentó. El silencio era tal que el ruido de los meaos sonaron como un disparo acuático sobre un lago congelado, mientras las pupilas de sus ojos en blanco y agrandados se alzaban hacia el vacío con una elemental expresión de extravío. Heather reapareció sonriendo. Abrió el refrigerador sacó la botella y se sirvió otra copa de vino.  Su exquisito pescuezo saboreó el excelente vino espumoso. — Alcánzame una botella de agua—, le ordenó el dueño de casa y ella obedeció. Le alargó el frasco con una mano mientras que con la otra le acariciaba suavemente los cojones. Su mano estaba cálida y sensual hasta tal punto que Rodolfo alcanzó a percibir cómo automáticamente se le estremecía el colgandejo con el corrientazo que le produjo la caricia, a la vez que sus riñones acusaban una punzada entre dolorosa y placentera. Heather se sentó.  Sabía que la noche apenas había comenzado. Tomó su mochila la abrió y buscó con ansiedad e impaciencia algo que solo ella conocía. Encontró la bolsita plástica la rasgó y regó su contenido sobre la mesita de noche. Con el filo de la mano juntó el polvillo blanco hasta el borde de la mesita, se acurrucó muy cerca, estiró el cuello y esnifó a fondo. Ahora sí a leer bien concentrados. Dijo. Le rapó el libro de las manos a Rodolfo y comenzó a leer por el final: No lo intentes”.


5 oct. 2017

Anecdotario fantástico de un personaje insólito

Anecdotario fantástico de un personaje insólito
Por José Díaz- Díaz

Comparto con los lectores apartes del capítulo séptimo del libro: Chenco, el pintor, en donde se nos revela— en la propia voz del biografiado—un retrato de su característico sentido del humor con que se acerca a la realidad cotidiana. Humanizando al artista se humaniza el arte. Exponer el «día a día» del hombre no es otra cosa que exteriorizar la urdimbre que explica su creación.






El pintor Chenco Gómez con los escritores colombianos: Luis Miranda; José Díaz Díaz; Juan Pablo Salas;Martha Daza; Eduardo Marceles; Jaime Cabrera; Rafael Vega y Freda Mosquera.



[ 7 ]



ANECDOTARIO FANTÁSTICO DE UN PERSONAJE INSÓLITO






D
ecenas de anécdotas rodean la vida cotidiana de nuestro biografiado. Hilarantes a cual más, nos describen con fidelidad testimonial el personaje  sui  géneris  que  nos  ocupa.  Contestatarias  e  iconoclastas   la mayoría, nos revelan el temperamento afinado para encontrar el humor negro, corrosivo y el drama de cualquier evento en apariencia intrascendente. Su campo preferido y propicio para las bromas está alimentado por su deslumbramiento de lo macabro y lo escatológico. De este modo las escenas alrededor de temas como la muerte, la necrofilia y el más allá; los demonios, las calaveras los fantasmas y demás elementos que alimentan ese miedo cerval hacia lo desconocido, como también los rituales obscenos y temores infundados pero presentes en el inconsciente colectivo de sus semejantes, constituyen el abono para desarrollar uno  de sus pasatiempos predilectos. Fustiga con sus bromas y tomaduras de pelo a las mentes opacas y pacatas que tragan entero toda cuanta ideología política o religiosa siembra en sus cerebros vacíos. Entiende que la estupidez es una de las grandes fuerzas que mueven la historia. Abundan las anécdotas delirantes en cantidad que se necesitó un libro completo para recoger muchas de ellas.

Pintando desde los instintos


“Aprendí a pintar de manera instintiva después de la experiencia con los internos del psiquiátrico del Hospital Santa Clara en Cartagena.
Mi amigo el médico Francisco Haydar Ordage y director del Departamento de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la Universidad de Cartagena, me invito para conocer de cerca el ambiente del asilo. Se me ocurrió darles papel y lápiz para que ellos pintaran lo que se les ocurriera y fue muy sorprendente el resultado. De manera totalmente instintiva los “locos” realizaban sus dibujos. Allí tuve la revelación de  que la pintura en estado PURO debía salir sin preconceptos y academicismos, y solo prestar como un espejo las interioridades  del alma tal como lo hacían los pacientes del Psiquiátrico. Ese es uno de los rasgos de mi estilo”. La actividad artística para mí no es un substituto ni una escapatoria sino una manera de hacer frente a los problemas de la vida.

Cocinando calaveras…


 Siendo estudiante de Derecho y asistiendo a mis clases de Medicina Legal en el anfiteatro del hospital Santa Clara, Calixto el celador, me regala la cabeza de un cadáver, a mí siempre me ha impresionado la muerte. Con ése cráneo llego a mi casa en Castillogrande, entro a la cocina y agarro una olla grande, lo pongo en agua a hervir para desinfectarlo y  que se desprendieran pedazos de carne y cabello que aún tenía, salgo de la cocina y al rato oigo a Patricia que me llama gritando desde arriba ya que estaba acostada con síntomas de pérdida del segundo embarazo. Yo subo corriendo asustado pensando que le había ocurrido algo y ella me dice: “Qué locura estás haciendo ahora?”, yo le contesté muy inocente “nada”. Ella dice: ¿Cómo que nada? La cocinera acaba de subir para que le pague su salario porque se va inmediatamente, ya que tú estás cocinado la cabeza de un cristiano y ella no come de eso”. Por más que le explicamos a la cocinera y le rogamos por el estado de Patricia, se fue. El cráneo quedo limpio y yo lo conservé por mucho tiempo. Nos mudamos entonces al barrio de Manga en la Cuarta Avenida en un apartamento en el segundo piso que tenían Tirso López y Avelina Morales en la parte de atrás de su casa, parientes estos del poeta Luis Carlos López y Darío Morales. Nuestra vecina de la casa de al lado Doña Blanca Baloco de Peláez, nos vendía el almuerzo y la comida que nos enviaba a nuestro apartamento. Yo seguía estudiando mi carrera de Derecho, Patricia atendía a nuestra hija Ana Susana y una madrugada yo estudiando, oí un ruido en el patio vecino de Doña Blanca, me asomé por el balcón de atrás y vi a la muchacha del servicio que se bajaba los calzones para orinar, se me ocurrió instantáneamente coger el cráneo, me puse una sábana encima sobre la cabeza y con la carabela enfrente mío me asomé por el balcón de atrás y dije con voz de ultratumba “boooo”, la sirvienta alzó la vista por donde oyó la voz y cuando vio lo que para ella debió ser un fantasma, se levantó rápidamente y con los calzones todavía por los tobillos corrió hacia el otro lado del patio que daba hacia mi balcón de enfrente, me volví a asomar y vi que pretendía continuar orinando, le dije “boooo”  otra vez y así corrió despavorida, se zafó los calzones y los dejo tirado en el patio y se fue para siempre. Al día siguiente y antes de la hora del almuerzo Doña Blanca nos dijo que no podía enviarnos la comida porque su cocinera se había desaparecido sin dejar rastro y lo más raro, nos explicó que no se llevó su ropa y dejo un calzón tirado en el patio. Yo callado. Patricia en ese momento todavía no se había enterado de lo que yo hice. Solo ahora después de casi 50 años se sabrá este episodio. Pero la cosa no termina allí. Años más tarde siendo yo ya un profesional,  regresamos a vivir a Castillogrande en el penthouse del Edificio Alario, propiedad del doctor Mario Alario DiFilippo. Con el tiempo y por tanto haber limpiado el cráneo, comenzó a soltar polvo y decidimos deshacernos de él. Un domingo salimos a pasear con los niños a darle unas vuelta en el carro y como yo tenía el cráneo ya envuelto me lo llevé y al pasar por la orilla de la bahía del Laguito colindante con el Hospital de Bocagrande, precisamente frente a la casa de mi amigo Senén González Vélez, arrojé el cráneo al agua y seguimos nuestro paseo hasta el Club Naval. Al rato, nos regresamos por la misma vía y a la altura de donde dejamos el cráneo, vimos una multitud de personas y hasta varias radio- patrullas de la policía. Yo curioso como siempre, me orillé al lado de la calle, me bajé para ver qué pasaba. Resulta que el oleaje de El Laguito había traído a la playa el cráneo y oí que la gente opinaba, que al pobre hombre seguramente se lo había comido un tiburón, otras personas decían ese era alguien que se murió en el hospital y lo tiraron al mar”. Yo miré y vi que era el cráneo que yo había tirado y estaba bandeándose al ritmo de la las olas de un lado para otro en la playa, yo no dije nada y me devolví al carro, nos fuimos y llegamos a nuestra casa.







Una pariente celestina…


Una noche en una de mis parrandas, todavía yo soltero, llego al barrio de Tesca en Cartagena a un prostíbulo. Al llegar noté que todas la mujeres eran muy atentas conmigo y en especial la “madam” de la casa.
Sigo allí y al entrar a un cuarto me encuentro con una fotografía gigantesca de mi papá en una especie de altar con santos y velas. Te cuento José que se me cayó todo, todo. José tu sabes que el pene responde al sistema nervioso simpático que no está siempre bajo control consciente de allí que muchas veces no ocurra de manera voluntaria o deseada y sorprendido exigí una explicación. Llega la “madam” y me dijo que esa fotografía era de su papá y que ella era mi hermana, que todos mis hermanos la conocían y frecuentaban la casa. A partir de ese día yo tuve el mejor servicio gratuito. El caso es que mi papá antes de casarse tuvo también nueve hijos con distintas mujeres de distintas razas y llegué a conocer a algunos de ellos. Es más me los presentó mi papá. Mi papá  más que un padre fue mi amigo y confidente.


El bastón de Rojas Pinilla…


Mi cuñado Jorge Castellanos Julbe, fue el edecán naval del dictador General Gustavo Rojas Pinilla y al finalizar la dictadura heredó no sé cómo, ni por qué entre otras cosas un bastón de mando del mismo, que desafortunadamente para él y para la historia de Colombia, cayó en mis manos. Ese batón era una pieza de de madera y oro bellísima y yo un muchacho joven parrandero y gran bebedor de cerveza decidí despedazarlo y venderlo como oro pesado a un antioqueño que tenía una casa de empeño/joyería en la Calle Larga en Cartagena. Me pagó muy bien. Lógicamente me bebí muchas cervezas durante mucho tiempo en compañía de mis amigos, claro está, yo  pagaba.

Orlando Vega Barco…


Siendo yo el Intendente Fluvial y de Cabotaje, tenía asignado un vehículo y chofer a mi servicio. Ese chofer se llamaba Orlando Vega Barco, un buen hombre y un gran amigo. Un día, durante un viaje a Barran- quilla lo invité a almorzar a un buen restaurante de churrascos. Ordené una botella de vino para los dos y lógicamente dos churrascos. A la hora de pagar la cuenta, Orlando vio la factura y comento: “Docto, veda que ustedes los blanco son raros, tanta plata por dos pedazos de cane medio crua, que ni en plato nos la sirvieron si no en unos pedazos de tabla y un ron desabrio”.
Esa noche dormimos en un hotel en el mismo cuarto, él se quejó que parecía que estuviera durmiendo en una nube, que ese colchón era muy blandito. Yo tomé un libro y comencé a leer como de costumbre al acostarme y le da otro libro a Orlando, me lo devolvió y me dijo que era débil de vista. A la mañana siguiente le dije que entrara a bañarse él primero, y así fue. Cuando estaba en el baño yo oía que se quejaba uff,ufff, uff… y al salir me dijo: “docto tenga cuidado al bañarse que aquí como que el agua la jieben, está caliente.” En otra ocasión de regreso a Cartagena, yo para mamar gallo le dije que recordaba haber hecho éste viaje hacia muchísimos años en una carreta tirada por caballos y que los indios nos habían atacado, me quedó mirando y me preguntó: “¿docto cuando fue eso?” y le dije entonces, Orlando hace más de 300 años. El me interpeló, entonces ¿usté cuantos años tiene? Yo le conteste, más de 500 y en seguida le agregué que para vivir muchos años como yo, era necesario que repitiera conmigo la siguiente oración: “Sin Dios, sin ley y adorando a Satanás, señor de las tiniebla…” instantáneamente frenó el carro y me dijo docto no siga o me bajo y lo dejo aquí. Lógicamente yo le hice caso y a partir de ese momento me miraba de una manera muy especial.Orlando siguió trabajando a mi servicio durante varios años y siempre almorzaba en mi casa. Un día nos dijo a Patricia y a mí, que ya no iba a seguir comiendo en la casa porque la comía que le preparaba su mujé Carmen no le gustaba ya. También una vez me fui de viaje y le dejé el carro a Patricia y le dije  a Orlando: “Cuide la casa, a la señora Patricia y a mis hijos.” Me cuenta Patricia que esa noche oyó un ruido en la puerta de la calle. Se asoma  por el ojo de la puerta y ve a Orlando acurrucado en el piso durmiendo con un machete en la mano. Ella abrió la puerta y le dijo: “¿Orlando usted qué hace aquí y no está en su casa?” El respondió: “Niña Patricia, el docto me dijo que los cuidara y yo de aquí no me puedo mové hasta que el docto venga.” José te cuento que yo también bauticé al hijo mayor de Orlando y lo llamé Simón Orlando Vega Barco. Pasó el tiempo y un día me dice Orlando, “”Oiga docto, como es que se llama Orlandito, ¿uste le puso el nombre suyo?” y desde entonces lo llamó Simón Orlando.

Telegrama escondido de la abuela…


Vivíamos en el barrio de El Cabrero en Cartagena y mis padres habían viajado a Montería por enfermedad grave de mi abuela María Josefa de Lavalle Pineda. Se muere mi abuela y mi papá nos envía un marconigrama avisando  su  deceso.   Yo  recibo  el  Marconi,   lo  leí  y  decidí  callarme la noticia ya que al otro día se realizaba el bailecito anual en al Club Cartagena y yo no iba a dejar de asistir. Después del baile, comuniqué    la noticia a mis hermanos. Siempre he hecho vida social en todos los medios, es decir a todos los niveles, entre personas “aristócratas” y clase obrera. Mi papá fue socio honorario del Club Cartagena y más tarde yo y todos mis hermanos también fuimos  socios.

El abuelo y la tiza…


Mi abuelo paterno el General Henrique Alfonso Gómez Pérez (15 de Septiembre de 1865 a 15 de Septiembre de 1963). Fue un General de División del Ejercito de la República de Colombia, y militante del Partido Conservador. Participó en la Guerra de los Mil Dias que fue una guerra civil de Colombia disputada entre el 17 de octubre de 1899 y el 21 de noviembre de 1902. En principio entre el partido Liberal y el gobierno del partido Nacional en cabeza del presidente Manuel Antonio Sanclemente quien fue derrocado el 31 de julio de 1900 por José Manuel Marroquín, representante del partido conservador, en alianza con el liberal Aquileo Parra. Ah, se me olvidaba, también el bisabuelo de Patricia el General Francisco Burgos González-Rubio, participo junto con mi abuelo en esa estúpida Guerra, que nos llevó a la pérdida del Canal de Panamá.
Por su mal carácter y criticón, mi abuelo, era temido en Montería y cuentan las lenguas que cuando paseaba por las calles y se asomaba por las ventanas de las casas por curiosidad donde se celebraban fiestas un vez lo veían a él, la fiesta se acababa enseguida.
También él era propietario de varios bienes, fortuna que se perdió al simular una venta a su hijo mayor mi tio, Miguel Gómez de Lavalle cuando concluyó la guerra de los Mil Días. A la muerte de mi abuela, María Josefa de Lavalle Pineda, mi abuelo reclama la devolución de sus bienes y mi tío se los niega, allí arranca un pleito que duró cerca de 30 años y mi papá y yo, lo ganamos en la Corte Suprema de Justicia y perdimos en las inspecciones de policía en Montería. Uno de esos bienes de mi abuelo fue el teatro Rosy, que después le cambió de nombre por el de teatro Montería. Cuando se inició la ampliación de la calle donde se ubicaba el teatro, mi abuelo se opuso con revolver en mano y sentado en la puerta del al teatro a que se mutilara la parte del teatro que sobresalía a la calle y así se terminó, se respetó la propiedad y voluntad de mi  abuelo.También recuerdo un episodio contado por mi abuelo en el que una señora en Montería a la que él fue visitar a su nueva casa y la señora  muy amablemente comenzó a mostrársela y él no supo que le “insinuaba” la señora cuando le mostró el  baño. Mi abuelo, como ya te habrás dado cuenta José, fue un hombre de carácter muy fuerte y autoritario y además ultra conservador. Vivía en Montería y venía a visitar a sus nietos a Cartagena y para imponernos su voluntad “como militar” y enseñarnos a obedecer, mi abuelo nos pintaba a hermano Mariano Antoni (Toño) y a mí que éramos los más chiquitos, una raya con tiza en el piso de la acera a la salida de la casa en el Cabreo, que no debíamos cruzar sin su consentimiento. Yo como siempre desobediente,  voluntarioso  y rebelde (como él),   nunca esa imposición la respeté e ignoré sus  regaños.


Intervención del gobierno a mi teléfono (lo que ahora llaman las chuzadas)…


 Viviendo en Bogotá, Colombia en 1975 y siendo yo Director General del INTRA, (hoy Ministerio del Transporte) un día se me daña el teléfono y cuando llegan a arreglarlo empleados de la telefónica, me preguntan que si alguna persona en la casa trabaja  para  el gobierno, yo les digo “Si, yo”. Entonces me dicen que el teléfono ha sido intervenido desde la Presidencia de la República y tienen que pedir permiso para arreglarlo. Allí me di cuenta como el servicio de inteligencia, el DAS me vigilaban a través de interceptaciones telefónicas y escuchaban todas las conversaciones.


Hoy pienso que tal vez eso se debió a que nunca cedí a las propuestas sucias que me hicieron repetidas veces, y no fui como ellos que sí aprovecharon y siguen aprovechando su “cuarto de hora”, tan común en Colombia. Mi carácter me lo impide y jamás he sido deshonesto, allí me di cuenta de la corrupta clase política y de los intereses mezquinos tristemente al frente del país, no pude hacer nada por corregir lo que vi, no tenia y no tuve el poder para enmendar todo lo que encontré.
¿Habrá cambiado eso en Colombia? Entre otras cosas, por eso, José, abandoné el país.


Chenco y las cervezas



Que tomé muchas cervezas en mi juventud, si eso es cierto y lo reconozco. Ah sí, también a la salida de la universidad después de mi última clase en la noche con mi amigo el doctor Guillermo Gómez León, mi profesor de Derecho Penal nos íbamos a la tienda de la esquina “La despensa” donde nos conocían muy bien, la señora Inés Patrón de Bustamante, dueña de la tienda y allí nos bebíamos mas o menos treinta cervezas Águila cada uno, por supuesto Patricia vivía furiosa conmigo y con Guillermo.
Aún me tomo una que otra cerveza, a ti te consta cuando nos reunimos en mi casa y yo canto rancheras con nuestro amigo Edwin Mazza pero también es cierto que jamás, jamás y bajo ninguna circunstancia he consumido drogas, como si que es usual entre muchos de mis amigos “de la alta sociedad”, que hablan tanto de moral, buenas costumbres y  principios.



Colegio Salesianos…


Yo, estudiando derecho fui profesor del Colegio Salesiano San Pedro Claver en Cartagena y dictaba clases de Doctrina Social de la Iglesia de primero a sexto año de  bachillerato. Me gané el respeto y simpatía de todos mis alumnos. Aún hoy muchos de ellos me llaman y me agradecen todo los que les enseñé durante la época en que me trataron. Un buen día me llama el cura rector del colegio y me pide la renuncia porque los padres de familia se quejaban de mis enseñanzas “socialistas”, yo le respondí al cura que yo solo predicaba y enseñaba lo que aparece en el Evangelio, la palabra y enseñanzas de Jesús. Lucas 1, 51-53/Mateo, 24/25, 31-46/Marcos 1, 3. San Crisóstomo dijo: “No compartir con los pobres los propios bienes es robarle y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que poseemos, son de ellos”. Ahora que si él quería que me fuera que me pagara el resto del contrato que tenía con ellos ya que yo tenía una hija y una esposa que mantener. Tampoco les gustó a los curas del colegio que los alumnos por insinuación mía llamaran a la Banda de Guerra, Banda de Paz. Prefirieron quedarse conmigo a indemnizarme y que continuara predicando mis ideas sociales. Para sorpresa mía, designaron a otro cura para intentar corregir  “mis errores”.

Caída…


 Yo siempre he sido un hombre saludable y me he cuidado mucho, a  pesar de mis travesuras. Pero desgraciadamente a mis 73 años el día 18 de Junio del 2015 me caí al tropezarme en el parqueadero del complejo donde vivo y me fracturé la cabeza del fémur en varias partes y la cadera. Al entrarme a la sala de operación para hacerme la cirugía, le grite a Patricia antes que cerraran las puertas de la sala “Pío, pio!”, para que no dijeran “se murió sin decir ni  pío”. Desde ese día mi vida cambió para siempre. Nunca pensé que esto me iba a pasar. He quedado cojo y me duele mucho la pierna derecha y  la cadera. Continuo visitando al médico y gracias a mi voluntad, deseo   de vivir y a la atención de Patricia, que yo sé le ha resentido su salud por este suceso. Estoy aún aquí y no pienso dejarlos por ahora. Patricia, yo se que tu y nuestros hijos has sufrido mucho con esto también. Recuerden que  otra de mis canciones favoritas es “Que bonita es ésta vida” de José Celedón y también la de John Lennon “Imagen”. Ya han pasado casi dos años, mi ánimo sigue siendo el que tu conoces y a pesar de que tengo episodios de mucho dolor, sigo pensando que la vida vale vivirse.










El libro de colección: Chenco, el pintor, biografía autorizada, de José Díaz Díaz, se puede ordenar escribiendo al Gmail: joserdiazdiaz@gmail.com o, utilizando la cuenta: PayPal.Me/JoseRDiaz