18 dic. 2018

Isabela, cuento de navidad


Isabela

© José Díaz-Díaz









Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Era la voz dulce y delgada de la secretaria del consultorio del psicólogo que me llamaba por teléfono para recordarme que al día siguiente a las diez de la mañana debía acudir a la cita concertada. Se refería a la cuarta sesión terapéutica de hipnosis. «Hipnosis en tiempos de navidad», suspiré. Qué le vamos a hacer. En qué rollos me meto yo.
Aún encamado estiré el brazo izquierdo y alcancé el reloj que reposaba sobre la mesita de noche, ensanché los ojos para sacarme el sueño de encima y me di cuenta de  que eran ya las ocho y treinta minutos de la mañana. La voz de la secretaria me llega en este momento más musical y melodiosa como si poseyera un registro de soprano coloratura que se acoplara perfectamente con mi soledad esencial dándole un tono colorido y feliz. También percibo su voz un poco aniñada, o mejor, ingenua y elemental, a pesar de que yo le pongo por lo menos cuarenta años o eso me pareció en las pocas veces que la he visto fungiendo de recepcionista en la oficina de la psicóloga. Revivo en mi memoria sus ojillos oscuros, brillantes y pequeñitos escondidos detrás de unos grandes anteojos. Ojos que no quieren mirar, o que miran hacia adentro, ojos que huyen, me pareció. Un poco rara en verdad, más tímida que yo, tal vez.
— ¿Me está escuchando, señor Néstor Núñez?—. Preguntó ella sacándome de mi ensueño evocativo.
— ¡Oh sí! Por supuesto—repliqué.
—¿Cómo se siente hoy? Entonces le veré mañana ¿no es cierto?—remató en tono amigable—  que pase un bonito día.
—Igual para usted—. Respondí tratando de ponerle cierto calor al tono de mi voz para corresponderle a su aparente simpatía que me parecía sentir a través de su vocecita que me rasgaba mis oídos como los conciertos de flauta dulce de Mozart que tanto me gustaba escuchar sobre todo cuando me enfrascaba en lecturas románticas.
Por instantes llegué a sentirla muy cercana—como si me rozara con su piel tersa— y una ráfaga de calor se coló entre las cobijas estremeciéndome involuntariamente. El hilo de su voz de timbre sensual y caluroso aguzó mi soledad que justo por la época de navidad solía envolverme de manera repetida y corrosiva.
Yo vivía por ese entonces en la New York de los años setenta. Llevaba ya un lustro de haber emigrado de Bogotá. Y aquel tiempo lo evocaba con desacostumbrada lucidez pues era el quinto invierno que sufría en La Gran Manzana y a ese friíto que cala  los huesos hasta la médula nunca me pude acostumbrar. De solo evocarlo me da temblequeo. Algunas veces solía retarlo como cuando me iba al Central Park a ver patinar en la pista de hielo, me sentaba en uno de los bancos de hierro forjado y madera caoba que hay por allí y tiritaba a más no poder. Vivía en Brooklyn, distrito de Bensonhurst en un apartamento tipo estudio donde me sentía, en verdad, cómodo.
Eran aproximadamente las once de mañana y guarnecido de pies a cabeza con ropa gruesa, gorro, abrigo de paño, bufanda y guantes, estaba descendiendo al subterráneo  de la estación M. del Metro que me conduciría en una hora a Manhattan y me arrojaría a la superficie helada en la estación de la calle 14. Muy cerca de allí, en el 221 West de la 14 St. se encontraba ubicada la librería Macondo donde yo trabajaba desde su apertura dos años atrás y la cual— ahora lo recuerdo con acritud— fue cerrada por orden de la Corte del Décimo Distrito, treinta y cinco años más tarde en el 2007, ante la imposibilidad de  poder pagar la renta debido a un bajón sostenido en la venta de los libros en español. ¡Qué pereza, ya nadie lee y menos en español!
Los peatones caminaban con paso rápido abrigados hasta las orejas y sin mirar para ningún lado. Eran sombras que exhalaban en su respiración agitada vahos de humo blancuzco como si se estuvieran quemando por dentro. Y en verdad que el frío quema, lo confirmo ahora. Bueno, yo también caminaba reconcentrado en mis pensamientos. Los dientes me rechinaban de manera instintiva, mientras me invadían unos acordes lejanos de música de blues provenientes de alguna taberna, los cuales  me enternecían sin causa aparente. Solo una cosa me inquietaba y era que la voz afrodisiaca de la secretaria no se me salía del cuerpo. « ¿Me está escuchando, señor Néstor Núñez? ¿Cómo se siente hoy?». Una sensación insólita y agradable me acompañaba sin saber el porqué; era como si su hilo de voz en la exigua conversación que sostuvimos me hubiera inyectado en las venas, en el cerebro, en la piel y sobre todo en el área profunda de mis sentimientos un chorro de elixir extraño que me producía un efecto sedante, envolvente, de constante expectación, de felicidad como un disparo de endorfinas en la cresta de un ejercicio extremo.  Vamos, el corazón se me agitaba del deseo de querer estar cerca de ella o mejor, con ella.
Y llegó el jueves. Fueron veinte minutos más del viaje acostumbrado en el Metro sin necesidad de cambiar de ruta. La oficina estaba ubicada una cuadra al oriente del Central Park, que lucía blanco como una sábana pues la noche anterior había nevado mucho. Subí por la escalera al segundo piso, me sentí tranquilo, eran justo las diez de la mañana.
La secretaria me sonrió con una sonrisa íntima al verme (me pareció), yo también hice lo propio. Me sonrió enigmáticamente, o así lo percibí, lo que me desestabilizó de momento. La sala de espera estaba vacía. Me acerqué a su escritorio y le dije: ¡Hola! Como si la viera por primera vez descubrí su cuerpo esbelto, su rostro blanco, reluciente, de labios macizos y facciones finas adornadas con un hermoso y bien cuidado cabello negro más bien corto que le llegaba hasta los hombros peinado en forma de hongo. Ella me respondió: ¡Hola! Sonriendo de nuevo, cerrando los ojos por un instante y agachando la cabeza lo cual me sorprendió aún más. Esas cuatro letras «h-o-l-a » susurradas con ese encanto irresistible me aflojaron las piernas. Al parecer yo estaba muy sensible.
—Siéntate—me dijo con amabilidad—. En un par de minutos te va a atender la terapeuta.
—Gracias—. Atiné a responder—. Te ves muy linda hoy—le dije como cumplido y agregué— perdón, ¿me recuerdas tu nombre?
—Isabela— dijo—,  puedes llamarme Bela.
—Así lo haré, Be (l) la—. Respondí con mi rostro iluminado. B-e-l-l-a, repitió mi voz interior con indescriptible complacencia.
Volvió a sonreír y yo me froté las manos enfundadas en los bolsillos del abrigo contra mis piernas desfallecientes. No había duda de que estaba flirteando conmigo. Tenía la certeza de que un flechazo concertado nos estaba ligando. Un silencio se apoderó del ambiente y en efecto en cosa de segundos apareció por la puerta del consultorio la terapeuta vestida con una bata blanca indicándome de manera afable que la siguiera. Así lo hice.
Era la última sesión del tratamiento. Y a decir verdad, me sentía curado de esa horrible sensación de pánico, de vértigo y de extrañamiento que me tenía postrado y que me había obligado a pedir auxilio profesional. Ya era hora de que me sintiera más maleable. La psicóloga logró con su técnica de hipnosis restituir en mi inconsciente la imagen y la memoria  de mi niñez perdida, con lo cual recuperé mi capacidad para el asombro, para disfrutar el goce lúdico y redimirme a mí mismo. Para sentirme centrado en una ciudad afamada por la dureza de sus habitantes.
Cuando abandoné el consultorio, la recepción estaba vacía.

Pasó una semana, yo me sentía muy tranquilo, sin ayuda de tanto medicamento. A mis años ya sabía que la juventud era un engaño, un espejismo, una ilusión tan pasajera que la vida le jugaba a uno para hacerle creer que era fuerte por siempre. Y esa fortaleza estaba desapareciendo a pasos agigantados. Me sentía frágil e inseguro, la ciudad parecía que se me venía encima, la soledad me doblegaba. Una vaciedad emocional me consumía. La incapacidad para mantener una real comunicación y unas relaciones estables me aislaba de la gente. Sin embargo, la terapia me puso otra vez como un toro y la oportunidad de entablar un vínculo sentimental con «Bella» en este caso (vaya qué iluso y soñador), me disparó al paraíso de mi niñez de donde nunca debí haber salido. ¡Cómo añoro el confort de la placenta de mi madre!  Por todo eso me refugié en el mundo de los libros puesto que la realidad de la vida exterior me era insoportable. Por todo eso la librería Macondo sustituía un hogar real para convertirse en mi hogar de ficción. Por eso viví allí treinta y tres años, hibernando como mamífero que baja su calor corporal al límite de la hipotermia en espera de mejores tiempos. Encuadernado—perdónenme el símil un poco traído de los cabellos— entre portadas y contraportadas, saltando de solapa en solapa. Consintiendo un ostracismo desesperante. Espiando el mundo exterior sin que me vieran, como un voyeur oculto, como una hoja de papel que se resguarda entre las sombras y el calor de sus hermanas gemelas.
Por eso, cuando me asaltó el presentimiento de compartir con Bella un retazo de mi existencia el corazón me saltó de manera inusual y entonces fue cuando tomé la decisión de llamarla y lo hice de inmediato. Fue cosa de abrirle mi corazón (poco a poco) con la ilusa pretensión de que Bella hiciera lo mismo. Ella siempre con  su voz encantadora de flauta dulce conversaba conmigo y su alegría me llegaba a través del  teléfono inundando mi interior de una energía como de color naranja y de mucha, pero mucha euforia. Las conversaciones más entrañables las sosteníamos en las noches cuando ella se encontraba reposando en su casita del barrio de Jackson Heights en Queens. Había nacido en San Juan de Puerto rico y sus padres, que ya murieron, la trajeron a la edad de seis años, junto con su único hermano, Alberto, quien ahora vive en San Antonio, Texas. Después supe que Bella nunca se había casado. Un noviazgo traumático la paralizó para siempre y no pudo emprender en adelante  compromiso amoroso alguno.
Y las cosas se dieron. Yo no sé si las energías del universo conspiraron a nuestro favor o qué carajo pasó, pero lo cierto es que las cosas se dieron. ¡A nuestra manera, pero se dieron! Nuestra especial relación ha durado por todo el resto de nuestras vidas. Ahora ella tiene setenta y dos años y yo sesenta y ocho. Somos viejos. No convivimos bajo el mismo techo pero nos vemos de vez en cuando y la felicidad que nos embarga es plena. Desde entonces nunca hemos dejado de vernos para navidad por un lapso ininterrumpido de treinta años. Ella continuó trabajando por mucho tiempo hasta cuando cerraron el consultorio, siempre acompañando a la psicóloga. También supe que asistía a una sesión mensual de terapia de hipnosis porque padecía de similares trastornos a los míos en especial de pánico y misantropía y era el recurso que la mantenía a flote para poder soportar el absurdo de este mundo que nos ha tocado en suerte. Bella siempre ha sido una criatura muy frágil igual que su candorosa voz de ángel que desde entonces me sirve de bálsamo y compañía.
No piensen que no pretendí romper con el rito y la ceremonia de las visitas distantes para resguardarnos de una buena vez bajo el mismo techo. Lo intenté de verdad, pero no pudo ser. Ella siempre me recordaba que no quería perder mi amistad y que por lo tanto hasta cuando no se sintiera bien segura no iba a dar un paso adelante. Y para mi desamparo total, nunca estuvo lo suficientemente segura.  La amistad pudo más que el amor. Y quizás por eso ha durado tanto nuestra relación.
Ahora, me estoy cobijando al máximo con ropa gruesa, con la bufanda y el abrigo, con el gorro y los guantes porque me dispongo a tomar el Metro y a pasar la noche de Navidad en casa del «amor de mi vida». Me arropo bien porque con la edad, el ríspido frío y, sobre todo las ráfagas de viento helado se convierten en una especie de hojillas metálicas que penetran la piel socavando la poca tibieza que aún pervive. Ya tengo los labios cuarteados de tanta nevisca y el alma arrugada  de tanta desolación. Vale la pena hacer el viaje. En mi memoria el tiempo no pasa y percibiré a Bella, — a B-e-l-l-a—, en sus plenos cuarenta años, como aquella primera vez que la vi mirándome tímidamente con sus ojillos risueños. Me abrirá la puerta de su casa saludándome con ese ¡Hola!, sonriéndome, cerrando los ojos por un instante y bajando la cabeza como adolescente azorada y perpleja.
Como dos niños deslumbrados reviviendo su infancia dichosa, platicaremos hasta el amanecer al calor de las llamas abrasantes de  la chimenea que se ceban con la madera rojiza y sibilante; y la dulzura de sus palabras me engolosinará el espíritu hasta que el sueño nos doblegue.


14 dic. 2018

Claves para leer la novela: En busca de la infancia perdida, de José Díaz- Díaz




Claves para leer la novela: En busca de la infancia perdida, de José Díaz- Díaz.

Por Rafael Guillermo Ávila





Con motivo de la celebración del foro que se realizará para discutir la novela por parte de los miembros y amigos del Club de lectura de la Miramar Branch Library de Broward, el próximo 18 de enero de 2019, les comparto los siguientes textos.
El objetivo es el dar luces para que los participantes tengan elementos adicionales que enriquezcan sus puntos de vista en el desarrollo de la conversación. Cordialmente invitados a participar.
Quienes aún no tienen un ejemplar de: En busca de la infancia perdida, pueden ordenarla en Amazon o leerla en Kindle. También pueden solicitarla llamando al 786 512 3437, o escribiendo a: joserdiazdiaz@gmail.com

Texto de la Reseña Literaria escrita por el poeta y escritor Ernesto Olivera Castro.
La salvación está en reconocer el pasado” es la sentencia de Joe, el protagonista de En busca de la infancia perdida, la nueva novela de José Díaz- Díaz, que nos conduce a ese binomio de un mundo lleno de nostalgia- reflexiva, donde nos vemos reflejados los lectores. En la imprescindible niñez. La novela de Díaz alcanza la fluidez de todo discurso persuasivo, con la carga emocional y los recursos estilísticos, como escena obligatoria diríamos en teatro para contar una historia.
Uno de estos recursos es el dominio del entorno, a través de sus descripciones y referencias (Calle St. Thomas, clínica St. Michell, Haulover Beach), de su experiencia literaria (abasto de lecturas y puentes intelectuales de Díaz) y experiencia de vida (viajes y andanzas por Paris, Londres, Madrid) ahora extrapolados en el personaje actor acción atrezzo, donde nos veremos inmersos, viajando por toda la página.
Finalmente cabe destacar que el lector imprime su experiencia, incluso a través de otras lecturas, y nos desbocamos con los caballos de Mishima, en la Opera aperta, invocando y haciendo eco de Umberto.
Otro recurso es la utilización de la novela como instrumento de indagación, y el escritor, el personaje y el lector abrimos las heridas, los bajos fondos o la suave patria como dijo el poeta mexicano, y una cosa nos lleva a la otra, como concatenación universal, y es otra manera de viajar por la página, como hizo Proust. Podemos romper un mundo y adentrarnos en otro, como hizo Hesse, y mantener esa ruptura y continuidad como hizo Hegel, como hizo José Díaz- Díaz en su novela al indagar en el plano intelectual, emocional, como hizo el personaje Mary a invitarnos a ver la vida como una obra de arte, a ver la estética como ética, su carpe diem.
“Si tu sientes paz en tu corazón, entonces no necesitas de ninguna religión” un leitmotiv  en la obra, a su vez, como filosofía viva, de este instante, ahora. Al indagar en nosotros mismos indagamos en el universo que arrastramos dentro, con los demonios de la creación.
Finalmente, apuntalar que la digresión es alfa y omega, es decir, al partir hacia nuevas tierras se escribe con la idea de volver al origen, al punto de partida, concluir el ciclo abierto, la lógica narrativa, per se de la nueva metáfora y estructura, a esos viejos conectores, una veces lingüísticos, de tiempo y espacio o lugar, otras veces invisibles, con ese misterio que nos seduce.
El tercer recurso, entre varios más (tratamiento del tema, aspiración y respiración de la novela total, etcétera) que a mi juicio personal nos elige en su encanto, es la reivindicación de la poesía, la materia prima, la palabra elegida. La metáfora simbólica en una de las sentencias del narrador omnisciente acerca de la infancia “es ese niño herido por dentro” y de entre tanta bellísima reflexión en toda la obra, llena de aliento poético, cito de la página 267:
 “La noche los lanzaba allí como náufragos que entre más lejos se encuentran de un lugar de salvamento, más cerca  se sienten el uno del otro. Navegan dispersos en el silencio de sus soledades arrojados a sus abismos de sus paisajes interiores. Comprenden que el mutismo tiene sentido  cuando es precedido por un verdadero alarido del alma. Y Mary Monserrat sigue buscando como orate iluminada su infancia perdida, porque sabe  que solo allí podrá recuperar el genuino encanto de su existencia…”.




Un aporte latino a la narrativa del Sur de la Florida
Por Mariela Zuluaga

Todos llevamos un “niño herido por dentro” dice en una entrevista, José Díaz-Díaz autor de la novela En busca de la infancia perdida, y Rilke, en Cartas a un joven poeta aconseja que para inspirarse, el escritor debe retornar a la infancia en que “la soledad era el temple habitual”.
En una época en la que, pareciera,  ha aflorado un reconocimiento de la niñez como una etapa importante “per se”, a la que hay que atender no solo para garantizar adultos más equilibrados, sino para menguar  sufrimiento  a los infantes, esta novela surge como un testimonio que resguardado en la ficción y velado por la idílica nostalgia de la niñez lejana, llama la atención sobre las cicatrices que  nos va dejando en el alma el simple hecho de vivir.
Unos protagonistas, ya no tan jóvenes, que fueron resolviendo a la fuerza y en el camino,  los distintos conflictos con los adultos que les tocaron por suerte como madres, padres, tíos o amigos, que huyen de sí mismos y de lo que han sido para  encontrar la razón de sus vidas, tejen, en su desasosiego,  la trama de esta historia “sin historia” que logra descolocar al lector y hacerlo, talvez, reflexionar sobre el origen de su propia búsqueda.
Personajes aparentemente superficiales, que no muestran interés de romper el cascarón de la niñez, para  conservar lo bueno y lo nefasto que ella les brindó, posiblemente por miedo a abordar un presente que defrauda y duelo mucho más por lo simple y rutinario.
En esta novela culta y abiertamente cosmopolita, que supone un cúmulo de lecturas y un largo recorrido vital del autor, pues desde su mismo título remite a la buena literatura, a la música, a la tecnología  y al arte en general,  los personajes son emigrantes por necesidad o por gusto: todos habitaron de niños distintos escenarios y países, antes de llegar al lugar donde se desarrolla la novela: Miami y el sur de la Florida ubicada temporalmente en la segunda década del siglo XXI. Ninguno es nativo de ese lugar.
Llama la atención el narrador en tercera persona que con su ojo omnisciente va desnudando sin pudor el cuerpo y el alma de cada uno de los personajes y por momentos se baja de su cielo de observador para volverse un poco protagonista, crítico y consejero, pues no desaprovecha oportunidad para “pellizcar” al lector y sacarlo de su confort  buscando, convertirlo en un activista del mensaje ambivalente (huida-búsqueda/frustración-entusiasmo) que el autor confiesa quiere transmitir.
En treinta capítulos cortos y ágiles, escritos en un español, sin  nacionalidad aparente pues está salpicado de giros entre ibéricos y latinoamericanos, el narrador describe minuciosamente paisajes, escenarios, sensaciones y sentimientos, para mostrar la “incomodidad del alma” como diría Rilke, que se hace contundente y permanente en esta interesante novela que,  sin duda, es un gran aporte latino a la naciente narrativa de la “ciudad del sol”.
Mariela Zuluaga García
Poeta y escritora colombiana
Septiembre de 2016




Hoy, a las 4:55 am - soy un madrugador inveterado - concluí la lectura del libro del escritor colombo-estadounidense, José Díaz-Díaz, EN BUSCA DE LA INFANCIA PERDIDA, de la colección: La caverna. No suelo ser un lector furibundo. A veces suelo leer dos o tres libros simultáneamente, pero este me lo devoré en menos de una semana. Y es que la temática que plantea en autor te va agarrando de una, tanto es así que, insensiblemente, te identificas con el tema planteado, a tal punto que sientes la coincidencia de las vivencias de los personajes y las tuyas. Y es que cuando el autor afirma: "...la memoria es un misterioso sendero que une el pasado con el presente y que da sentido a lo que somos y creemos", no hace otra cosa sino darle la razón a uno de los personajes, Carlitos, al plantearle a su amigo, Joe Alberto - Berto - que "si se puede viajar el futuro, por qué no hacerlo al pasado"; o cuando se quiere referir a los neófitos en música, al citar a Marilyn Monroe, quien dice al escuchar una pieza, que "...debe ser música clásica porque no canta nadie". Y esa hermosa manera de advertirnos que "...La noche huía dejando sombras en su deslizamiento hacia el amanecer...".
Graduado en Filosofía (¡Oh, la filosofía vive!) en la Universidad de Santo Tomás y post grado en Literatura en la Universidad Javeriana, ambas de Bogotá, José es, además, dueño de una apabullante cultura general, amén de monstruoso lector, cultor de la música y de las artes visuales.
 El libro cuenta con la cubierta de una obra del pintor Chenco y el diseño de su esposa, Patricia Franco-Gómez.
Edwin Maza
Medico pintor y escritor colombiano
Noviembre 2016




Martes 04 | Octubre de 2016
Director: Héctor Loaiza
4 475 995 Visitas
Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X 136

En busca de la infancia perdida (fragmento) de José Díaz- Díaz

En este fragmento de una novela de José Díaz-Díaz, lo que más sobresale es el hecho de que el autor haya logrado transformar una escena, que podría ser banal, de un Salón de masajes en un ambiente edénico. Pese a la tendencia del autor a utilizar figuras y metáforas complicadas, llega a contagiar al lector con sus descripciones de los masajes que reciben sus personajes, mujeres y hombres, por las diestras manos femeninas. Esos masajes y la utilización de aceites y perfumes, despiertan los instintos de los clientes y también reviven las imágenes de sus pasados. Según el autor: “Somos una misma carne y nuestro cuerpo pertenece a un Todo en donde el dolor no tiene cabida.”.












  
En busca de la infancia perdida
Por Rafael  Guillermo Ávila
El regreso a la infancia es un documental de exhibición permanente en el  inconsciente humano,  va instalado en el espejo retrovisor de la existencia de cada individuo, que mientras avanza por la vida, registra de manera indeleble fotografías de esa época; que han generado fuentes  imborrables de recuerdos, que reclutados con la genética y las diarias circunstancias, definen las estructuras básicas del desarrollo del carácter y la personalidad. Es decir, el niño de ayer está reflejado en el adulto de hoy  y en el anciano de mañana y posiblemente en el reconocimiento que se haga de su vida después de morir.
José Díaz - Díaz, recoge estos atributos en la definición de sus personajes, para precisar el drama de la vida de cada uno de ellos, pero con un arsenal literario de incalculables dimensiones. Maneja el idioma como fichas de ajedrez en donde cada una tiene su propio movimiento y su manera de defenderse y de atacar, recurso administrado magistralmente de manera que el lector frente al tablero ve las jugadas y trata de adivinar cuál será la próxima, sin soltar el libro. Desde la cultura general integra: filosofía, sicología, geografía, política internacional, religión, antropología, historia y arte: para ubicar al lector e introducirlo en los temas y que experimente o repase los hechos unidos. Entrelaza el amor, las pasiones y frustraciones, en una novela de conclusiones profundas, descritas en el mismo comportamiento de los personajes,  puntualizando la condición humana, tal cual.
La niñez es  la materia prima de la formación, y una vez aceptado cada hecho como línea de trazo de la personalidad, muestra que el comportamiento es concordante; y no es el destino, es el mismo niño que construye y forma el guion de su vida, del cual mañana se sentirá: orgulloso, desgraciado, frustrado o satisfecho, pues él es arquitecto de su vida, en compañía de padres y  maestros de la escuela, durante esa definitiva etapa.
“El hombre es él y sus circunstancias”, expresó el Maestro Hernando Carrizosa, Colombiano, en una exhibición de su obra pictórica, en la Casa de Bolívar en Bogotá, en el año 2011. En el caso que se nos ocupa, el escritor, ha tenido el valor de introducirse en ese espacio y circunstancias de sus personajes, para invitarnos a la reflexión sobre nuestro propio guion y tal vez en el documental de nuestra infancia, para que encontremos la posibilidad de mejorarlo, si queremos y estamos aún a tiempo. Significa esto, que la obra tendrá siempre una capacidad constructiva, edificante  y reflexiva para quienes la aborden. Lo escrito, escrito está, pero lo bien escrito requiere reconocimiento. En la novela está José Díaz, sus personajes y sus circunstancias.
Rafael G. Ávila
Octubre 21 de 2018



En busca de la infancia perdida. Reseña literaria de la crítica Constanza Révérend.

Los recursos del lector en: En busca de la infancia perdida

Por Constanza Révérend

Como un retrato de la realidad, una puesta en escena del desencuentro interior y la carencia de sentido humano, en el mundo adulto e inane que se opone y niega a los personajes que reflexionan y buscan una razón de ser, una validación de su propia trascendencia, de su creatividad, de su tiempo y acontecer, cuya cotidianidad no les deja más remedio que el individualismo como refugio, donde el monólogo es el único recurso con el cual se adentran en su propia conciencia, ese espejo interior en el que intentan hallar, quizás, la clave de quiénes son y para qué quieren seguir adelante, como un teatro del mundo al borde del colapso se abre al lector la historia narrativa de la novela En busca de la infancia perdida, de José Díaz Díaz (La Caverna, escuela de escritura creativa, 2016).
La intertextualidad es una característica del contexto narrativo de esta novela que halla en este recurso una forma de dimensionar semántica y simbólicamente la realidad que pretende expresar, y que solo a través de la misma literatura adquiere profundas connotaciones; las ideas, los sentimientos, experiencias y espacios se definen como reflejos de otras obras, porque tanto el narrador como los personajes son en principio lectores, cuyo juicio se establece desde la perspectiva de la escritura como forma de trascendencia si bien artística, profundamente humana; hay un afán por no perder los alcances significativos ya logrados a través de las imágenes y palabras en otras obras que definieron un estado y condiciones existenciales que, como símbolos, rescatan esa esencia que se quiere recuperar y que le es tan ajena a la vida moderna desajustada, deshumanizada, programada, en la que todos buscan en el otro un refugio y ven solo el retrato de su propio descontento. Esta intertextualidad hace que la novela se mueva en un contexto eminentemente letrado que pone a su vez al lector en el ejercicio de leer la novela a través de otras obras, para entender el significado emocional del mensaje: “Logra la puerta de salida y se encuentra con una callejuela tan angosta como la rue inventada por Edgar Allan Poe en su cuento Los crímenes de la calle Morgue”, p.22. Es a través del discurso literario, la poesía, el cuento y la novela, como se entiende la búsqueda por la razón de ser y, a la vez, es a través del ejercicio literario, como se capta la dimensión humana de la realidad; el acto de leer (interpretar la realidad) y el acto de escribir (transcribir el pensamiento) son la esencia de la condición humana en su más profunda acepción.
En: En busca de la infancia perdida el ser es lo que piensa y la trascendencia del discurso adquiere su forma en las palabras que otros han logrado soslayar y definir para lograr un significado antepuesto al lenguaje ordinario, cotidiano, repetido y aprendido y carente de sentido porque no refleja nada, porque es solo un eco de la sociedad y sus normas.
En la novela, ser adulto significa ajustarse, someterse, ingresar a la rutina, a ser productivo y domesticar los sentimientos, las emociones, la apariencia; implica ser una imagen a semejanza de las otras; los personajes, sin embargo, huyen de esta racionalización, todos, a su manera, rompen con las reglas y viven marginados, en sus narrativas personales de amores posibles, de escenarios inesperados, de ruptura de normas y conatos de comuniones con personas en su misma condición de desadaptados, aquellos que no quieren dejarse devorar por un entorno y unas condiciones en las que ya no creen, por las que ya no quieren luchar. Por el contrario, la infancia es esa instancia en la que el ser se abandona a vivir, a percibir-se, a aprender-se y comprender-se porque todo redunda y retorna a sí mismo, pero es, de otra manera, el momento en el que se marca al ser para siempre, porque lo que se vive con ingenuidad e inocencia de pequeño, se juzga y de redefine y revalora de adulto, es esa mirada retrospectiva la que crea el desajuste y la inestabilidad y hace que rebroten de otra manera las imágenes hundidas en lo más profundo del subconsciente, de ese difuso mundo que se mueve en un contexto irracional y que de vez en cuando aflora.
Es interesante ver como en la novela los personajes no están realmente en conflicto con los otros, sino con su propio devenir; ellos se toleran, aman, se necesitan, en medio de un individualismo solidario con el desencuentro del otro; los diálogos no se establecen para entender al otro, sino para expresar la propia búsqueda y el inmisericorde resultado que termina en la incertidumbre, en lo que puede ser o no.
La existencia de un narrador omnisciente que cuenta y se inmiscuye en la vida e historias de los personajes se cuestiona cuando aparece un testigo alterno -y este es un logro en la novela- que revela su condición, no de demiurgo, sino de un personaje más que se integra al mundo dubitativo y anti radical, para incursionar en espacios aparentemente racionales y eminentemente emocionales donde es él, este narrador, quien da cuenta de lo ocurrido a su cómplice que no es otro que el lector:
Sobre el vértice del curio, Bessie, una gata doméstica de mirada curiosa, blanca con sombras negras y grises, tenía su rincón preferido desde donde miraba extasiada el paisaje exterior a través de la ventana. El mobiliario lo completaban dos sillones de espaldar alto, un comedor con cuatro sillas y una cama al fondo vestida con un edredón rojo. Ese rincón en particular exhalaba un tenue aroma de jazmín proveniente de un ramo de flores sembrado en un búcaro sepia que descansaba en la esquina al lado de la tele y de la mesita del computador. No sé. Me parecía que se respiraba una atmósfera intimista, algo surrealista por lo escueta y diáfana. Una energía agradable y una levedad de espíritu emanaban de ese hogar de indulgente quietud.
Mientras tanto, Joe, sin voluntad para pensar en nada, se tiró en el futón cuan largo era y de un tirón se zafó los zapatos. Una sensación de comodidad lo invadió y sus sentidos eran sus ojos que ahora miraban hacia adentro. Sus ojos cerrados le abrieron una compuerta secreta que lo lanzó a un escenario muy frecuentado por él en sus sueños recurrentes. Era algo así como un espacio abierto sin puertas ni murallas, inmerso en una atmósfera de transparencias que lo acogían cual confortable placenta. No me atrevo a afirmar si estaba soñando o estaba recordando. Lo que sí se con certeza es que estaba dormido porque su respiración era suave y rítmica, talvez plácida. En todo caso, era como un sueño evocatorio. «La salvación está en reconocer el pasado», murmuró. Pág. 22-23
En busca de la infancia perdida es, así como la obra de Marcel Proust En busca del tiempo perdido, un retrato de lo cotidiano y, no obstante, es la reflexión de un estado extraordinario de los personajes que quieren hallar la razón de sus vidas y su acontecer al no saber quiénes son, al no poder definir qué sienten, un estado de conciencia que les hace decidir dejarse llevar de la vida y sus encuentros y desencuentros, como el único modus vivendi, un refugio que los preserva de la carencia de sentido de la realidad.
El retorno a la infancia no es propiamente lúdico, no es un solaz, es un descubrimiento de la pérdida constante de la inocencia, de que los momentos de verdadera felicidad, dignos de recordar, se limitan a fragmentos inconclusos que oscilan entre la realidad y la fantasía, entre el mundo del desencanto y el sueño liberador.





En busca de la infancia perdida,
Anotaciones del autor.


Siempre tuve la corazonada de que la amistad es más perdurable que el amor.  Es decir, que una amistad bien llevada puede constituir lazos permanentes más fuertes y significativos que una relación de enamoramiento, por lo general, fugaz y apasionada.
Esa corazonada constituyó uno de los motivos por los cuales encuadré los rasgos, sentimientos y acciones de Mary Monserrat— el personaje central de mi nueva novelaen ese nicho de confort, quizás develado después de un largo periodo de hibernación. Sin embargo, fue la fuerza del título,  el cual devino primero que el texto, la que marcó el tejido que imbricó las partes del cuerpo de la ficción.
Pero, ¿Qué importancia tiene retrotraer algo que ya se fue, como lo es la lejana niñez?, me preguntaba una y otra vez en la medida que avanzaba en la redacción de la novela. Dudaba, pero siempre salía airoso con la respuesta. Estaba absolutamente seguro de que ese estadio de nuestras vidas—la infancia— subyace siempre en nuestro comportamiento de adultos. El inconsciente nos lo recalca siempre, y cuando soñamos, la mayoría de las veces lo hacemos sobre ese periodo de la vida.
Los recuerdos memorables recrean escenas agradables o fallidos de esa etapa, y aunque todos llevamos un niño herido por dentro; la infancia nos remite al goce sin cuestionamiento de esos instantes. Lo lúdico, lo inocente, lo no contaminado se nos impone como característico de esa edad. Como complemento y reafirmación de la relevancia del asunto, el sentir la infancia nos salva cual bálsamo milagroso, de este momento histórico en donde la duda sobre todo y sobre todos, rompe el corazón y la inteligencia. Cuando escribí la palabra «fin», confirmé que el tema era en verdad el que la novela estaba imponiendo.
Las columnas conceptuales del contenido se materializan en sentencias repetitivas a lo largo del texto, como mantras que reiteran los principios éticos del personaje principal. Por ejemplo, la frase: «Si tú sientes paz en tu corazón, entonces no necesitas de ninguna  religión», o, “Si tú te sientes completo en cuerpo, mente y espíritu, entonces no necesitas de otro para que te complete”, lo encontramos a lo largo del contenido de ciento cincuenta páginas.
Mary Monserrat y Joe Alberto Nieves constituyen una pareja en soledad.  En el relato afloran con bastante frecuencia recuerdos incesantes que recrean los momentos trascendentales de sus aventuras personales, que los han dejado lisiados, desvalidos, lo cual los lleva a desnudar sus almas para terminar vislumbrando una epifanía que les impone la aceptación inequívoca de que viven en un mundo falaz de fingimiento total, que les impide tener certeza alguna sobre lo que son y lo que buscan. Es una novela de huida y de búsqueda. De frustración y de entusiasmo.
 Aquí todo acercamiento a la aprehensión de la realidad es sesgada. La lente me muestra una gran mentira global. Las deslealtades, los compromisos fallidos, las familias disfuncionales, la insinceridad y el declive moral, la máscara y la mascarada tocan fondo en el remolino narrado.
 Pero no todo es pesimismo. La protagonista comprende con claridad que no es fácil escapar al molde impuesto por la ola social de banalidad y vacío, y por ello propone hacer del cotidiano vivir una obra de arte. Vivir la vida algo así como en un performance regido por el bien y la belleza, la bondad y el desprendimiento. Me pareció pertinente circundar esa utopía con unos cuantos paletazos de color local, chispazos humorísticos, barruntando una atmosfera salpicada de develamientos oníricos y puntuales connotaciones de sibaritismo cultural. 
En cuanto al lenguaje, persigo un estilo detallista y descriptivo, que se detiene en representar los rasgos de un rostro, la forma de vestir de un personaje o la evanescente atmósfera de los sueños. Voy tras una expresión narrativa viva, coloquial y sin artificios, con el empleo de frases cortas, directas y contundentes.
Todo sucede un mes de octubre del 2012 enmarcado en una trama que transita una época desde 1980 hasta el 2012. Las descripciones muestran una polifonía de  época precisa. No hay historia redonda ni lineal. Todo vuelve hacia atrás buscando el tiempo mítico de la infancia. Tres espacios cerrados y cargados de simbolismo ocupan el centro de la mirada: el apartamento de Mary, hogar de desahogo y descanso; el lugar de su trabajo, el hospital, ámbito de dolor y sufrimiento y el salón de masajes, templo para la exaltación del cuerpo.
Me preocupé en particular por describir espacios que corresponden a la geografía de Miami y del  Sur de la Florida. La intención es la de contribuir a la formación de una narrativa de la ciudad. Como quien dice: la «ciudad del sol» no puede ser solo playas y centros comerciales. Buceo entre palafitos, manglares  y desperdicios  un lugar para la cultura literaria de nuestro entorno. 


Dirección de la Miramar Library:
2050 Civic Center Pl. Miramar, Fl. 33025
 Fecha: 18 de Enero de 2019. Hora: 10:30 A.M.

Rafael Guillermo Ávila es miembro del club de lectura de Miramar Library y de la Fundación la Caverna.
Rafael Guillermo Ávila
Nacido en Bogotá, Colombia, Agosto 2 de 1950
Administrador de Empresas de la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano.
Tecnología Educativa. Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano
Análisis y Diseño de Sistemas de Información e Informática para ejecutivos. Universidad de los Andes.
Curso de Postgrado en Estrategia Empresarial. Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano.
Educación en escenarios virtuales. Universidad Nacional Abierta y a Distancia
Diplomado en Ética Profesional Universidad de La Salle. Bogotá Colombia
Magíster en Docencia de la Universidad de La Salle Bogotá Colombia (no graduado)
Ejecutivo del sector Financiero en Bogotá Colombia por 17 años.
Experiencia como Docente universitario por 35 años. Bogotá Colombia.
Postulado por la Universidad de La Salle, como mejor docente universitario del año  2.006 (Premios Revista Portafolio, Bogotá Colombia).


Video: El show de Nancy Restrepo con José Díaz Díaz
( Para ver darle clic al link.)






4 dic. 2018

Nueva Antología de La Caverna, escuela de escritura creativa


Nueva Antología de La Caverna, escuela de escritura creativa

Nos complace anunciar la publicación de la Antología 2018 de la Caverna, escuela de escritura creativa: Cuentos para iniciar una fiesta, la cual se puede ordenar próximamente en Amazon, en archivo de papel y digital.
A continuación, les comparto copia de la página de créditos y  el texto de la Introducción.
¡Feliz lectura ¡





                      Mother Nature, Pintura de Patricia Franco Gómez




Título: Cuentos para iniciar una fiesta
ISBN:
Edición: Diciembre de 2018
© José Díaz-Díaz; Alejandra Morales; María Gabriela Madrid; Mario Morales Bocanegra; Catalina Arenas; Natalia Erdmann; Álvaro Jaimes y Ana Sofía González.
Edición: José Díaz-Díaz y María Gabriela Madrid
Diagramación y diseño de portada: Mónica Orjuela
Cubierta: Pintura de Patricia Franco Gómez Mother Nature. Oil on canvas, 36x48 inches, 2006

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo, ni en parte, ni registrada o transmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, foto-mecánico, electrónico, magnético, electro-óptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito del autor. Esta antología es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes o son producto de la imaginación de los autores o se usan de forma ficticia. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, eventos o escenarios son puramente casuales.
Colección: La caverna, escuela de escritura creativa.




                                                   

                                                                                                                                     







María Gabriela Madrid



Introducción

Por: José Díaz- Díaz


Cuentos para iniciar una fiesta, es una compilación de textos de diverso género, editado y publicado por La Caverna, escuela de escritura creativa, bajo el auspicio de la Fundación La Caverna, con sede en Miami.

Y el título de esta Antología viene al caso porque para «iniciar una fiesta» y entrar en el fragor del suspenso y del albur, en la medida que transcurre la lectura nos vamos tropezando también con textos de poesía y de teatro, de alegorías profundas vertidas en mini ficción y hasta de reflexiones críticas sobre el milagro de la escritura.

Estos textos recogen el trazo individual de ocho  escritores hispanoamericanos, unos jóvenes y otros no tanto, unos, avezados en las trampas de la escritura y otros, neófitos deslumbrados en el umbral del alfabeto, pero todos unidos por el fervor de su profunda adicción: comunicar a través de la expresión literaria.

Valga la pena resaltar el cuento póstumo de  Mario Morales Bocanegra, La nieta de Juana Cata, manuscrito recuperado por su hija Alejandra Morales, quien funge además como compiladora de este proyecto.

En todo caso, la misión de hacer visible la voz de nuestros escritores, la mayoría radicados en territorio estadounidense y con el doble propósito de mantener nuestro lenguaje original y de expresarlo en códigos que transcriben nuestros afanes y compromiso con los grandes problemas de nuestro tiempo, constituyen suficiente aliciente para continuar abonando ese universo literario, que a veces, timoneando las claves del ensamble entre vigilia y ensoñación,  y en medio de sorprendentes metáforas reveladoras, explican con mayor totalidad el quid de nuestra compleja y actual etapa histórica que atravesamos, con más preguntas que respuestas y más perturbación que sosiego.


                                                 Alejandra Morales




                                                   Catalina Arenas





                                         Natalia Erdmann






                                         Ana Sofía González







                                                     Mario Morales Bocanegra


                                         Alvaro Jaimes




                                                      José Díaz Díaz