18 dic. 2018

Isabela, cuento de navidad


Isabela

© José Díaz-Díaz









Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Era la voz dulce y delgada de la secretaria del consultorio del psicólogo que me llamaba por teléfono para recordarme que al día siguiente a las diez de la mañana debía acudir a la cita concertada. Se refería a la cuarta sesión terapéutica de hipnosis. «Hipnosis en tiempos de navidad», suspiré. Qué le vamos a hacer. En qué rollos me meto yo.
Aún encamado estiré el brazo izquierdo y alcancé el reloj que reposaba sobre la mesita de noche, ensanché los ojos para sacarme el sueño de encima y me di cuenta de  que eran ya las ocho y treinta minutos de la mañana. La voz de la secretaria me llega en este momento más musical y melodiosa como si poseyera un registro de soprano coloratura que se acoplara perfectamente con mi soledad esencial dándole un tono colorido y feliz. También percibo su voz un poco aniñada, o mejor, ingenua y elemental, a pesar de que yo le pongo por lo menos cuarenta años o eso me pareció en las pocas veces que la he visto fungiendo de recepcionista en la oficina de la psicóloga. Revivo en mi memoria sus ojillos oscuros, brillantes y pequeñitos escondidos detrás de unos grandes anteojos. Ojos que no quieren mirar, o que miran hacia adentro, ojos que huyen, me pareció. Un poco rara en verdad, más tímida que yo, tal vez.
— ¿Me está escuchando, señor Néstor Núñez?—. Preguntó ella sacándome de mi ensueño evocativo.
— ¡Oh sí! Por supuesto—repliqué.
—¿Cómo se siente hoy? Entonces le veré mañana ¿no es cierto?—remató en tono amigable—  que pase un bonito día.
—Igual para usted—. Respondí tratando de ponerle cierto calor al tono de mi voz para corresponderle a su aparente simpatía que me parecía sentir a través de su vocecita que me rasgaba mis oídos como los conciertos de flauta dulce de Mozart que tanto me gustaba escuchar sobre todo cuando me enfrascaba en lecturas románticas.
Por instantes llegué a sentirla muy cercana—como si me rozara con su piel tersa— y una ráfaga de calor se coló entre las cobijas estremeciéndome involuntariamente. El hilo de su voz de timbre sensual y caluroso aguzó mi soledad que justo por la época de navidad solía envolverme de manera repetida y corrosiva.
Yo vivía por ese entonces en la New York de los años setenta. Llevaba ya un lustro de haber emigrado de Bogotá. Y aquel tiempo lo evocaba con desacostumbrada lucidez pues era el quinto invierno que sufría en La Gran Manzana y a ese friíto que cala  los huesos hasta la médula nunca me pude acostumbrar. De solo evocarlo me da temblequeo. Algunas veces solía retarlo como cuando me iba al Central Park a ver patinar en la pista de hielo, me sentaba en uno de los bancos de hierro forjado y madera caoba que hay por allí y tiritaba a más no poder. Vivía en Brooklyn, distrito de Bensonhurst en un apartamento tipo estudio donde me sentía, en verdad, cómodo.
Eran aproximadamente las once de mañana y guarnecido de pies a cabeza con ropa gruesa, gorro, abrigo de paño, bufanda y guantes, estaba descendiendo al subterráneo  de la estación M. del Metro que me conduciría en una hora a Manhattan y me arrojaría a la superficie helada en la estación de la calle 14. Muy cerca de allí, en el 221 West de la 14 St. se encontraba ubicada la librería Macondo donde yo trabajaba desde su apertura dos años atrás y la cual— ahora lo recuerdo con acritud— fue cerrada por orden de la Corte del Décimo Distrito, treinta y cinco años más tarde en el 2007, ante la imposibilidad de  poder pagar la renta debido a un bajón sostenido en la venta de los libros en español. ¡Qué pereza, ya nadie lee y menos en español!
Los peatones caminaban con paso rápido abrigados hasta las orejas y sin mirar para ningún lado. Eran sombras que exhalaban en su respiración agitada vahos de humo blancuzco como si se estuvieran quemando por dentro. Y en verdad que el frío quema, lo confirmo ahora. Bueno, yo también caminaba reconcentrado en mis pensamientos. Los dientes me rechinaban de manera instintiva, mientras me invadían unos acordes lejanos de música de blues provenientes de alguna taberna, los cuales  me enternecían sin causa aparente. Solo una cosa me inquietaba y era que la voz afrodisiaca de la secretaria no se me salía del cuerpo. « ¿Me está escuchando, señor Néstor Núñez? ¿Cómo se siente hoy?». Una sensación insólita y agradable me acompañaba sin saber el porqué; era como si su hilo de voz en la exigua conversación que sostuvimos me hubiera inyectado en las venas, en el cerebro, en la piel y sobre todo en el área profunda de mis sentimientos un chorro de elixir extraño que me producía un efecto sedante, envolvente, de constante expectación, de felicidad como un disparo de endorfinas en la cresta de un ejercicio extremo.  Vamos, el corazón se me agitaba del deseo de querer estar cerca de ella o mejor, con ella.
Y llegó el jueves. Fueron veinte minutos más del viaje acostumbrado en el Metro sin necesidad de cambiar de ruta. La oficina estaba ubicada una cuadra al oriente del Central Park, que lucía blanco como una sábana pues la noche anterior había nevado mucho. Subí por la escalera al segundo piso, me sentí tranquilo, eran justo las diez de la mañana.
La secretaria me sonrió con una sonrisa íntima al verme (me pareció), yo también hice lo propio. Me sonrió enigmáticamente, o así lo percibí, lo que me desestabilizó de momento. La sala de espera estaba vacía. Me acerqué a su escritorio y le dije: ¡Hola! Como si la viera por primera vez descubrí su cuerpo esbelto, su rostro blanco, reluciente, de labios macizos y facciones finas adornadas con un hermoso y bien cuidado cabello negro más bien corto que le llegaba hasta los hombros peinado en forma de hongo. Ella me respondió: ¡Hola! Sonriendo de nuevo, cerrando los ojos por un instante y agachando la cabeza lo cual me sorprendió aún más. Esas cuatro letras «h-o-l-a » susurradas con ese encanto irresistible me aflojaron las piernas. Al parecer yo estaba muy sensible.
—Siéntate—me dijo con amabilidad—. En un par de minutos te va a atender la terapeuta.
—Gracias—. Atiné a responder—. Te ves muy linda hoy—le dije como cumplido y agregué— perdón, ¿me recuerdas tu nombre?
—Isabela— dijo—,  puedes llamarme Bela.
—Así lo haré, Be (l) la—. Respondí con mi rostro iluminado. B-e-l-l-a, repitió mi voz interior con indescriptible complacencia.
Volvió a sonreír y yo me froté las manos enfundadas en los bolsillos del abrigo contra mis piernas desfallecientes. No había duda de que estaba flirteando conmigo. Tenía la certeza de que un flechazo concertado nos estaba ligando. Un silencio se apoderó del ambiente y en efecto en cosa de segundos apareció por la puerta del consultorio la terapeuta vestida con una bata blanca indicándome de manera afable que la siguiera. Así lo hice.
Era la última sesión del tratamiento. Y a decir verdad, me sentía curado de esa horrible sensación de pánico, de vértigo y de extrañamiento que me tenía postrado y que me había obligado a pedir auxilio profesional. Ya era hora de que me sintiera más maleable. La psicóloga logró con su técnica de hipnosis restituir en mi inconsciente la imagen y la memoria  de mi niñez perdida, con lo cual recuperé mi capacidad para el asombro, para disfrutar el goce lúdico y redimirme a mí mismo. Para sentirme centrado en una ciudad afamada por la dureza de sus habitantes.
Cuando abandoné el consultorio, la recepción estaba vacía.

Pasó una semana, yo me sentía muy tranquilo, sin ayuda de tanto medicamento. A mis años ya sabía que la juventud era un engaño, un espejismo, una ilusión tan pasajera que la vida le jugaba a uno para hacerle creer que era fuerte por siempre. Y esa fortaleza estaba desapareciendo a pasos agigantados. Me sentía frágil e inseguro, la ciudad parecía que se me venía encima, la soledad me doblegaba. Una vaciedad emocional me consumía. La incapacidad para mantener una real comunicación y unas relaciones estables me aislaba de la gente. Sin embargo, la terapia me puso otra vez como un toro y la oportunidad de entablar un vínculo sentimental con «Bella» en este caso (vaya qué iluso y soñador), me disparó al paraíso de mi niñez de donde nunca debí haber salido. ¡Cómo añoro el confort de la placenta de mi madre!  Por todo eso me refugié en el mundo de los libros puesto que la realidad de la vida exterior me era insoportable. Por todo eso la librería Macondo sustituía un hogar real para convertirse en mi hogar de ficción. Por eso viví allí treinta y tres años, hibernando como mamífero que baja su calor corporal al límite de la hipotermia en espera de mejores tiempos. Encuadernado—perdónenme el símil un poco traído de los cabellos— entre portadas y contraportadas, saltando de solapa en solapa. Consintiendo un ostracismo desesperante. Espiando el mundo exterior sin que me vieran, como un voyeur oculto, como una hoja de papel que se resguarda entre las sombras y el calor de sus hermanas gemelas.
Por eso, cuando me asaltó el presentimiento de compartir con Bella un retazo de mi existencia el corazón me saltó de manera inusual y entonces fue cuando tomé la decisión de llamarla y lo hice de inmediato. Fue cosa de abrirle mi corazón (poco a poco) con la ilusa pretensión de que Bella hiciera lo mismo. Ella siempre con  su voz encantadora de flauta dulce conversaba conmigo y su alegría me llegaba a través del  teléfono inundando mi interior de una energía como de color naranja y de mucha, pero mucha euforia. Las conversaciones más entrañables las sosteníamos en las noches cuando ella se encontraba reposando en su casita del barrio de Jackson Heights en Queens. Había nacido en San Juan de Puerto rico y sus padres, que ya murieron, la trajeron a la edad de seis años, junto con su único hermano, Alberto, quien ahora vive en San Antonio, Texas. Después supe que Bella nunca se había casado. Un noviazgo traumático la paralizó para siempre y no pudo emprender en adelante  compromiso amoroso alguno.
Y las cosas se dieron. Yo no sé si las energías del universo conspiraron a nuestro favor o qué carajo pasó, pero lo cierto es que las cosas se dieron. ¡A nuestra manera, pero se dieron! Nuestra especial relación ha durado por todo el resto de nuestras vidas. Ahora ella tiene setenta y dos años y yo sesenta y ocho. Somos viejos. No convivimos bajo el mismo techo pero nos vemos de vez en cuando y la felicidad que nos embarga es plena. Desde entonces nunca hemos dejado de vernos para navidad por un lapso ininterrumpido de treinta años. Ella continuó trabajando por mucho tiempo hasta cuando cerraron el consultorio, siempre acompañando a la psicóloga. También supe que asistía a una sesión mensual de terapia de hipnosis porque padecía de similares trastornos a los míos en especial de pánico y misantropía y era el recurso que la mantenía a flote para poder soportar el absurdo de este mundo que nos ha tocado en suerte. Bella siempre ha sido una criatura muy frágil igual que su candorosa voz de ángel que desde entonces me sirve de bálsamo y compañía.
No piensen que no pretendí romper con el rito y la ceremonia de las visitas distantes para resguardarnos de una buena vez bajo el mismo techo. Lo intenté de verdad, pero no pudo ser. Ella siempre me recordaba que no quería perder mi amistad y que por lo tanto hasta cuando no se sintiera bien segura no iba a dar un paso adelante. Y para mi desamparo total, nunca estuvo lo suficientemente segura.  La amistad pudo más que el amor. Y quizás por eso ha durado tanto nuestra relación.
Ahora, me estoy cobijando al máximo con ropa gruesa, con la bufanda y el abrigo, con el gorro y los guantes porque me dispongo a tomar el Metro y a pasar la noche de Navidad en casa del «amor de mi vida». Me arropo bien porque con la edad, el ríspido frío y, sobre todo las ráfagas de viento helado se convierten en una especie de hojillas metálicas que penetran la piel socavando la poca tibieza que aún pervive. Ya tengo los labios cuarteados de tanta nevisca y el alma arrugada  de tanta desolación. Vale la pena hacer el viaje. En mi memoria el tiempo no pasa y percibiré a Bella, — a B-e-l-l-a—, en sus plenos cuarenta años, como aquella primera vez que la vi mirándome tímidamente con sus ojillos risueños. Me abrirá la puerta de su casa saludándome con ese ¡Hola!, sonriéndome, cerrando los ojos por un instante y bajando la cabeza como adolescente azorada y perpleja.
Como dos niños deslumbrados reviviendo su infancia dichosa, platicaremos hasta el amanecer al calor de las llamas abrasantes de  la chimenea que se ceban con la madera rojiza y sibilante; y la dulzura de sus palabras me engolosinará el espíritu hasta que el sueño nos doblegue.


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