27 feb. 2019

Cómo publicar tu libro desde donde estés


 


Cómo publicar tu libro desde donde estés
La Caverna, escuela de escritura creativa


joserdiazdiaz@gmail.com; Hollywood, Florida, USA

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Por qué debes escribir tus memorias

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Porque comunicar es una necesidad vital.
Porque te produce una transformación positiva.

Las personas que escriben sus memorias por lo general tienen una clara necesidad de comunicar.
Tienen una historia que contar siendo los únicos que pueden hacerlo.
Tienen secretos que quieren compartir con parientes amigos y lectores en general.
Para investigar sus antepasados y preservar la herencia familiar.
Para analizar y comprender mejor ciertas situaciones de su vida.
Para curar una experiencia traumática.
Para preguntarse a sí mismo sobre el sentido de su vida.
Como oportunidad para crear otra versión de su vida.
Para darle un sentido sustancial a la experiencia vivida.
En especial los inmigrantes tienen una historia que  contar para dejarlas en herencia a sus descendientes, que no tuvieron ninguna de esas  vivencias de desarraigo y ajuste, y a quienes resultará grato, instructivo e interesante conocer de dónde provienen.
Ser cabeza de familia, el suicidio evitable de un ser querido, un suceso extraordinario del que fue testigo, aquella aventura de joven, aquel romance único, cómo triunfé en los negocios, el secreto del abuelo, una experiencia mística o espiritual, como se venció a la muerte, son ejemplos de lo que puede disparar el deseo de escribir memorias.
Si te decides a escribir tus memorias debe saber que las lecturas que atraen son las historias dramáticas, movidas, y que se rechazan las historias de autoflagelación.
Las personas que leen las memorias escritas por otros lo hacen para informarse, y porque esperan ser modificados para ser mejores personas. Las personas que las escriben, para ahuyentar ciertos demonios sin necesidad de pagar a un psicoanalista.














21 feb. 2019

Bartleby, el escribiente, otro clásico de la literatura


Bartleby, el escribiente, otro clásico de la  literatura
© José Díaz-Díaz






A la pregunta obligada de  por qué una obra literaria deviene en clásica, sin titubeos debemos afirmar que alcanza esa categoría porque las nuevas  generaciones la siguen leyendo, ganándole de esa manera la partida al tiempo y a su poderosa arma, el olvido. Tal es el caso de este cuento de Herman Melville que, aunque publicado por primera vez hace 166 años, conserva intacta su misteriosa atracción, ineludible para todo lector sensible.

La figura interiormente lastrada de Bartleby, su personaje principal, acrecienta su vigencia en cuanto símbolo de resistencia pasiva a un estado de cosas que resienten su adecuación a los parámetros existenciales de la vida moderna y posmoderna. En ese sentido Melville propone una narración de anticipación, que más adelante y con sus peculiaridades propias, retratarán la compleja psicología otros personajes de la gran literatura tales como Gregorio Samsa en La metamorfosis de Kafka(1915), Meursault, en El extranjero de Camus(1942), o Mauricio el personaje de Bartleby y compañía de Enrique Vila-Matas(2007).






La sinopsis argumental del cuento cabe en un párrafo, pero la trama, las descripciones y las reflexiones profundas y simbólicas que acompañan su escritura dimensionan su potencia a tal punto que cautivan y noquean al lector dejándolo sumido en un estado de shock emocional ante la fuerza persuasiva de su personaje. Bartleby, invade con su insoslayable presencia nuestra sensibilidad emocional y con su conducta obcecada, caprichosa e insólita, ajena a cualquier intención aviesa, se convierte en el antihéroe angelical protagonista de la inacción y la impotencia enlodándonos con su radical nihilismo. Necio, herido de mansedumbre, con su descolorida altivez y austera reserva; desolado, melancólico, apático, ecuánime, que parece el más triste de los hombres, que parece solo, absolutamente solo en el universo sin abrazar una pálida esperanza de que las cosas cambien, es un obstinado, de marginación extrema. Y es que Melville ha logrado poner en escena a un personaje despojado de toda alegría de vivir, sin raíces, sin historia, pleno de silencios. La inactividad e inadaptación llevadas al extremo  confieren a Bartleby rasgos angelicales y originarios, dibujando una fuerza primaria del ser humano, cuya sola presencia causa turbación para quien es capaz de ver. Pero no todos son capaces de sostener la vista hasta el fondo de esa oscuridad, sobre todo cuando enfila hacia donde la marginalidad irrumpe en una zona oscura y amenazadora por una caída en prisión y la muerte por inanición. El arte narrativo de este cuento escapa de la lógica social normal (zanahoria o mazo) para deslizarse por un sentido de la resistencia hasta el absurdo, porque todas las relaciones se disuelven en la obcecación del escribiente.

El estilo de Melville es lúcido, caracterizado por un  magistral uso de todo recurso lingüístico y de técnicas narrativas sencillas y complejas en donde no se escapa el mínimo detalle ni la analogía, la metáfora o el símbolo que encumbran su escritura y la elevan a un plano de excelsa laboriosidad. Ya desde la publicación de Moby Dick el autor indicaba la potencia de su oficio. Seguramente que leyó la Filosofía de la composición de Poe, publicado tres años antes y en el cual comunica los secretos de cómo escribió su poema más famoso: El Cuervo. Seguramente leyó también El Manifiesto del Partido Comunista, publicado cinco años antes, en 1848, en donde ya se denuncia la deshumanización del sistema económico imperante. Las descripciones detalladas al máximo, vienen acompañadas de un humor ácido, tragicómico de los personajes. Las escenas a veces llaman a la hilaridad dentro de un tono extravagante y discreto.









La escenografía y el paisaje opresivo; la ambientación  y la atmósfera por donde deambula nuestro personaje no pueden ser más contundente en cuanto a acrecentar la devastada personalidad de esta alma cuasi romántica y melancólica. El edificio, el ciego muro de ladrillos sin ventanas, dibujan una  arquitectura moral y emocional que contienen armoniosamente su infeliz espíritu. Ese Mecanismo literario que ensambla personas y espacios para imprimirles una unidad de imagen es colosal en la pluma de Melville.

La icónica y estrecha calle de Wall Street, emblemática de Nueva York, luego convertida en el corazón de la Bolsa de Valores y hasta del símbolo del capitalismo financiero mundial será el espacio geográfico  por donde se mueven los personajes. La famosa calle encarna el simbolismo absoluto del poder monetario universal. La oficina del abogado y el biombo donde es «fijado» el amanuense, es una prisión y un refugio para el agobiado copista. Más tarde la cárcel  constituirá el encierro final y La oficina de las cartas muertas donde se constata el fracaso de los mensajes y la conversión en basura para incinerarse, constituirán el golpe final que remata la descripción implacable de nuestro personaje. La pérdida de las palabras en esas “cartas muertas” es la hipótesis para la parálisis de Bartleby, por un efecto devastador de ese extravío en los fragmentos de la existencia ajena. Ante esa posibilidad de que los mensajes nunca encuentren un destino, el cuentista desata su extremo sensible. Uniendo ambos eslabones (la copia mecánica con la destrucción de cartas personales) se redondea la protesta: de un lado, el Estado-productividad, y, del otro, el Destino impersonal se conjugan para introducir la tragedia, especie de irracionalidad extrema que acosa al personaje Bartleby. Cuando un individuo queda contaminado por esa irracionalidad el universo entero cobra un carácter ominoso, el relato posee un tono sombrío y hasta terrible. El espíritu del escribiente virginal por dentro se comporta impermeable e inactivo por fuera. Es la terrible consecuencia de la resistencia pasiva.

“Preferiría no hacerlo”, en inglés “I would prefer not to”, es el leit-motiv y la frase elegante y enigmática que ha permanecido para la posteridad, en calidad de un sello distintivo de este relato y motivo de análisis concienzudos para revelar su confección. Posee encanto literario cual repetición de un sonsonete musical. Para el lector tal rechazo termina por ser previsible y añade un toque cómico. Luego de esa irrupción de fuerza originaria, el lenguaje posterior termina mudo alrededor de tanta negación. La frase opera cual «bomba» que destruye y paraliza el campo de batalla, entonces al personaje lo rodea el silencio y la inacción.

Bartleby es para los filósofos un nihilista estoico o un escéptico; para los religiosos un místico contemplativo, para los políticos un anarquista antisistema, para los psiquiatras un paranoico esquizoide aquejado de mutismo. Bartleby es una figura inquietantemente polimorfa que desafía tanto a la lógica como a la psicología. Bartleby es un hombre sin referencias, sin cualidades, sin particularidades, usando el concepto de Musil, un hombre sin atributos. Hermético e impenetrable, aparece de la nada y se instala en una pura pasividad paciente y al final se deja morir de inanición. Es la alegoría de una posición existencial caracterizada por una suspensión de la acción regida por una "lógica de la preferencia negativa" Su divisa "Preferiría no hacerlo" no indica que se niegue a hacer (voluntad), sino que prefiere (intención) no hacer algo. Su negativa inmotivada a hacer, combinada con su inhumana calma y su firmeza suave, desconcierta y causa una extrañeza paralizante a aquellos con los que interactúa. Además el escribiente permanece inmutable mientras los demás sufren importantes cambios a raíz de su relación con él. El abogado, protagonista y narrador, pasa de la sorpresa a la ira, de la ira a la irritación, de la irritación a la reconciliación, de ésta a la piedad y la caridad, para acabar en pura fraternidad.

A Bartleby se le presiona para que diga sí o no. Esperan de él una negativa rotunda, una insubordinación para así poder echarlo, pero el escribiente no rechaza aunque tampoco acepta, avanza y se retira en su mismo avance, se expone apenas en una ligera retirada de la palabra. Por otra parte, Bartleby tampoco expresa algo preferible, de manera que entre lo que no prefiere -conocido- y lo que prefiere -desconocido- se abre un ámbito de indeterminación que desconcierta.

Para Vila Matas, estos personajes de ficción encarnan o simbolizan la tensión constante entre escritura y silencio, entre narrar y callar. La desconfianza ante la posibilidad del lenguaje, de decir la vida, hace que el escritor se plantee las razones de preferir escribir a no hacerlo y algunos al final prefieren no escribir, prefieren el vértigo de la nada que la palabrería vana, prefieren el misterioso y virginal silencio que la repetición de lo mil veces dicho.


Debo terminar acotando que también Borges tuvo que ver con esta maravillosa historia de Melville. Él traduce y prologa a Bartleby. Nos confirma con su calma sapiencia que: “…  el tema constante de Melville es la soledad; la soledad fue acaso el acontecimiento central de su azarosa vida. Bartleby es más que un artificio o un ocio de la imaginación onírica; es, fundamentalmente, un libro triste y verdadero que nos muestra esa inutilidad esencial, que es una de las cotidianas ironías del universo”.











7 feb. 2019

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