7 may. 2019

La villa de los deseos, una novela que de la ingenuidad trasciende al erotismo profundo.


La villa de los deseos, una novela que de la ingenuidad trasciende al erotismo profundo.
José Díaz- Díaz 








La Villa de los deseos, novela póstuma del argentino José Antonio Gioffré, cuyos manuscritos originales fueron conservados por su hijo Horacio Gioffré, desde 1963, ha sido ahora,  editada y publicada por La Caverna, escuela de escritura creativa.
Su lectura nos hace recuperar la emoción y el placer estético producido cuando nos sumergimos en una historia bien contada. Las descripciones puntuales del alborozado despertar sexual de su protagonista nos arroparán durante toda la aventura y nos contagiarán de su deslumbramiento existencial.

En la contraportada se lee:



Buenos Aires, 1963. Un joven de provincia llega a la capital Argentina en busca de su destino. Deja un pueblo sumido en la miseria y el atraso, llevando en su valija solamente sus sueños de una vida mejor y un arsenal de ideas, producto de sus obsesivas lecturas, como único recurso para  conseguir su sobrevivencia.
Sus sobresaltos y maromas que tendrá que hacer para evitar ahogarse en esa mole de cemento lo llevarán a caer en los brazos de una hermosa, inteligente y joven prostituta que habita con su pequeña  hijita, una casucha situada en una de las tan conocidas «Villas miseria» de la ciudad.
La pasión juvenil de un erotismo inusitado y desbordado llenarán las páginas de esta historia, en donde, y por la magia del amor, la pareja se crece y rebasa el muladar de escoria y ruindad de su entorno. Pero con la llegada de una hermana de la protagonista, más hermosa que ésta y con el  encanto de la ingenuidad y la doncellez manifiesta, nuestro antihéroe cae a sus pies flechado de amor. Comienza entonces un juego de pasión y celos, llevados a su máxima cota, gracias al poder descriptivo de su autor.
José Antonio Gioffré, con ésta su obra póstuma, nos deja un legado de compromiso en donde se asume como hombre comprometido con su sociedad y su tiempo, a la vez que nos sumerge en las delicias de las trampas del placer profundo, recuerdos que al final de cuentas será lo único que quede como huellas indelebles en las fisuras de nuestra memoria.
José Díaz Díaz”.























A continuación les comparto un fragmento de capítulo 10.
Los ejemplares se pueden ordenar en Amazon, en papel o archivo digital.
 

Fragmento del  capítulo 9

¿Para qué se esforzaba tanto Cristina en demostrarme que la vencedora era ella? Se la daba por ganada si total ya de antemano sabía que yo iba a resultar el perdedor. Su sexo era más fuerte que todos mis instintos y deseos, y alrededor de eso giraba todo el mundo, descubierta o encubiertamente. Al final venía a resultar algo así como el motor de la humanidad. Como quien no quiere la cosa me levanté y atasque la puerta, ella me vio y bajó la vista como una virgen pudorosa ¡Qué bien jugaba su papel…! Su experiencia sexual le daba una clase especial para aparentar una ataraxia que no sentía. Sus ojos, que en el momento de la inminente consumación adquirían un brillo especial y anhelante, la delataban. Se había levantado para dejar la pava y el mate sobre la mesa, yo me le acerqué por detrás y le besé el cuello cálido, terso y moreno. Mis manos aprisionaron sus senos duros y erectos que ya palpitaban obedeciendo a la excitación que ella misma había avivado. Resultaba ser víctima de su propio ritual. Acomodó y plegó sus nalgas sobre mi cuerpo y con sus manos apretó las mías sobre sus pechos enervados. Mis labios ardorosos depositaron sobre su cuello un calor que la hacía vibrar y ese vaivén de sus caderas conmocionaron a fondo mi ya imparable excitación. Dándose vuelta se aferró a mi cuello desesperadamente, le ofrecí mis labios ávidos y sedientos que succionó y mordió como diosa enloquecida de pasión. La respiración se hizo jadeante y un furor que nos llevaba a devorarnos se apoderó de nosotros. Caímos al lecho desvistiéndonos a cuatro manos y las ropas volaban por los aires como bailando e integrándose a la celebración del ritual que apenas comenzaba. Me incrusté con un suspiro de gozo inenarrable haciéndola temblar de placer, sus ojos cerrados y su ceño apretado marcaban la pauta de su voluptuosidad interior que transfiguraba su rostro expresando ahora el inenarrable y vertical gozo que la consumía. En medio de ese ritmo alucinante su boca mordió mi grito de placer antes de que naciera y sus quejidos pletóricos de pasión matizaban la cópula que agonizaba en su final maravilloso. Sus caderas lujuriosas se fueron aquietando satisfechas, la comba de su vientre agitado por las ardientes oleadas, parecía un pequeño mar embravecido que todo lo envolvía. Luego vino la calma. Paulatinamente Cristina retomaba el timón de su conciencia desbocada, y volvía sus ojos lánguidos hacia mí. Este era el primer canto al amor y en verdad había sido un verdadero poema. Sin dudas cada día se aprendía algo nuevo, y en este terreno no iba a resultar una excepción. Cristina me lo había demostrado una vez más. El descanso no duro mucho tiempo, casi ni nos dimos cuenta, porque ya estábamos entreverados de nuevo en un escarceo amoroso en el cual aguzábamos todo nuestro ingenio para que el impacto de las innovaciones causaran mayor placer a nuestros excitados sentidos. Nuestro apetito libidinoso iba in crescendo buscando con ansias incontenidas nuevas forma de goce y Cristina volvió a ser Afrodita en su nueva canción de amor, tan renovada como si fuera el primer pecado que hubiéramos cometido. Su cuerpo sabio y maravilloso era el sumun del placer que transportaba con celeridad al pináculo de la voluptuosidad mis deseos amorosos, cobijándolos bajo el manto sublime del orgasmo, sus besos preludiaban cada quejido emitido en el seno de sus entrañas agitadas que se dilataban para recibirme. Sus uñas en el ardor del combate se clavaban sobre mi espalda tensa y sudorosa como si quisieran rasgarme mi alma mientras sollozaba inflamada de pasión. Luego de la faena amorosa nuestra respiración se fue apaciguando y tirados en la cama, juntos los cuerpos fumábamos los dos del mismo cigarrillo, los ojos en blanco y la mente en reposo absoluto.